PENSAMIENTO / Diálogos

El periódico La Diaria publica en su edición digital del 23 de marzo de 2020 un pequeño artículo titulado Pandemia y Filosofíaque, según su autor, pretende “…sintetizar los debates filosóficos sobre el coronavirus…”

Por Diego Andrés Díaz

Este “estado de la cuestión” periodístico tiene un eje bastante evidente en los aspectos que rescata como importantes: la interpelación a intelectuales que han cuestionado la reacción global ante la pandemia (“es ético que una persona tan influyente haga afirmaciones que pueden desacreditar las recomendaciones de los profesionales”, señalan sobre Giorgio Agamben), el cuestionamiento a los que sostienen que muchas medidas tomadas por los gobiernos representan un peligro a las libertades, justificando las medidas maximalistas de algunos gobiernos, y proponiendo el paralelismo entre las medidas adoptadas y un “estado de guerra”, y la necesidad de que los países no tomen medidas descentralizadas y apelen a la “intersolidaridad” para evitar “pagar, con victimas adicionales”. También, es citado Zizek, en este anhelo de una “respuesta coordinada globalmente”, lo que para el sería una nueva forma de “comunismo”.

La línea argumental del artículo está claramente trazada: el pánico global se justifica, es una especie de “estado de guerra”, la solución requiere de un modelo globalizado de gobernanza. Este pánico sería consecuencia de “la ausencia de un marco político para estas dinámicas a nivel global”, citando a Aïcha Messina. Es decir, hay pánico, no puede cuestionarse, y se debe a que no hay gobernanza global.

Esta propuesta diáfanamente expresada, que hace confluir las diferentes versiones de la “ideología globalista” -que no es otra cosa que un nuevo envoltorio en que se nos presentan las ideas centralistas y estatistas de carácter global- parecen confluir a un reclamo, una “exigencia de la hora”: profundizar el modelo de centralismo político a escala global.

Sin embargo, esta serie de reivindicaciones y justificaciones sobre la necesidad de converger en una construcción política global no parecen asentarse en los resultados reales y efectivos sobre el manejo de la pandemia. En contraste con esto, la “estrategia redundante”, es decir, la multiplicidad de estrategias y métodos de enfrentarse a la crisis sanitaria -resultado de la poliarquía en la cual aún se mantiene el mundo- representan teórica y empíricamente una superioridad aplastante frente a las tendencias y estrategias centralistas.

Las ventajas evidentes de la existencia de estrategias diversas, fruto de la descentralización de las decisiones, referidas ya en un anterior artículo, se evidenciaron aún más tras la cadena creciente de insucesos y errores incurridos por la OMS, sin contar además en que esas estrategias erráticas y fallidas, probablemente estén impregnadas de ocultamientos, mentiras, y corrupción. Este último punto, que ameritaría un abordaje analítico en sí mismo, promete profundas investigaciones y rendiciones de cuentas sobre la connivencia de las autoridades de la dictadura China, filántropos globalistas y autoridades de la OMS, representa un nuevo mojón en el análisis de las propuestas centralistas, sus promotores y sus predecibles consecuencias.

La tendencia en profundizar una dependencia amplificada de los ciudadanos frente al poder del estado, se inscribe en la reacción ante el miedo, el anhelo de seguridad frente al peligro de pauperización material general. La tendencia promueve no solo aspectos materiales, sino también culturales: recibir una ración pobre y decreciente, pero igualada a todo el rebaño, aunque esto signifique la destrucción de la economía y del sistema de incentivos que impulsan el desarrollo productivo.

Cualquiera que se tome el trabajo de hacer una búsqueda asertiva en internet, sobre la exigencia constante de creación de un “gobierno mundial”, quedaría verdaderamente abrumado: este clamor, este reclamo de una construcción política hipercentralizada y global, tiene entre sus entusiastas la mas variada gama de personajes, instituciones, agencias y organizaciones.

Otra vertiente que encara el artículo es la que sostiene que cualquier matiz que cuestione mínimamente los enfoques apocalípticos sobre el virus son acusados de “irresponsables” e “insensibles”. Este espíritu consensual del terror, puede sintetizarse a través de dos consignas: “lo peor está aun por venir”, muletilla repetida dentro de la actitud errante de la OMS, y “entre economía y vida, elijo la vida”, falsa oposición cargada de sensiblería progresista, repetida con asiduidad, por ejemplo, por el presidente argentino Alberto Fernández. Los cuestionamientos al tremendismo, los intentos de matizar o realizar otras interpretaciones, elaborar preguntas o proponer miradas más abarcativas, son vistos como actos de sabotaje, expresiones de irresponsabilidad. Dos reacciones son especialmente preocupantes por la capacidad liberticida de las mismas: la apelación a la infalibilidad científica y de la “científicos oficialistas” como argumento para el disciplinamiento de opiniones, como si no existiera hoy un fermental debate entre científicos sobre las valoraciones del fenómeno, cruzadas además por cuestiones políticas e ideológicas.

Por alguna extraña acción mágica, las fuerzas ideológicas locales que nos señalan un día sí, y el otro también, que las autoridades gubernamentales del Uruguay no manejan bien la situación, y pueden engañarnos, cuando se refieren a las cuestiones internacionales, nos transmiten la necesidad de centralizar, de tener estrategias únicas y globalizadas, de creer en agencias gubernamentales globales. La desconfianza frente a la acumulación del poder tiene relación con la proporcionalidad de este, pero según una pulsión creciente en la izquierda progresista, una gobernanza global debería ser recibida con los brazos abiertos. La contradicción no sería escandalosa si no existiese en la misma toda una declaración de principios políticos.

La desconfianza y precaución frente al aumento sostenido del poder de los gobiernos, debería ser proporcional a la jurisdiccionalidad de este: cuanto más extenso, no sería desaconsejable tener mayor recelo de sus potestades: “el estado libre está fundado en el recelo y no en la confianza” sostenía, con acierto, Thomas Jefferson. En estás épocas, esta precaución debería extenderse a formas que exceden por completo al poder de los viejos estados nacionales.

“LA GUERRA ES LA SALUD DEL ESTADO”

La pandemia no es una guerra, no hay destrucción extendida de bienes, sino que hay un derrumbe de la oferta: hemos dejado de trabajar. La referencia comparativa entre la pandemia con una especie de “estado de guerra”, que justificaría el deterioro de las libertades civiles y la centralización política, no es ingenuo en absoluto, y tampoco es una novedad: las guerras modernas han representado, siempre, la excusa perfecta para que los Estados y el poder político aumente su centralismo, su competencia, su intervención en la vida de los ciudadanos.

Un ejemplo de esto se puede observar al analizar la Primera Guerra Mundial: allí se consagra, en algún sentido, la “era del Estado”. El proceso de centralización del poder en occidente tuvo varias etapas, donde la aparición de un nuevo modelo político -el estado-nación- convivió durante el siglo XIX con formas más tradicionales de organización política. Pero si existe un antes y un después en la historia del rol protagónico del estado en la sociedad occidental, es a partir de la Primera Guerra Mundial.

“La guerra es la salud del estado” proclamaba Randolph Bourne al ver su país, EE.UU., sumarse a la gran guerra. Y no se equivocaba: La primera guerra mundial significó un impactante aumento de las potestades y atribuciones del Estado en la esfera económica, social, política y cultural de las sociedades occidentales, atribuyéndose en forma temporal o definitiva actividades de carácter, monetario, comercial, industrial, agropecuario, cultural, social, logístico, comunicacional, religioso, científico, entre otras.

El proceso de aumento en las áreas que los estados desempeñaban funciones de control, intervención y dirección parece relacionarse directamente con la lógica bélica y la incidencia, en mayor o menor medida, de los altos mandos militares en la planificación de la vida productiva y social de los civiles. Varias preguntas pueden surgir al respecto: ¿por qué la guerra potencia el crecimiento de los estados? ¿Es cuantificable este crecimiento?:

Sobre ello, sostiene Charles Tilly: “… posiblemente, parte de la respuesta remite al instrumento principal de la construcción del estado: la lógica por la cual un señor feudal extendía o defendía el perímetro dentro del cual monopolizaba los medios de violencia y, de ese modo, aumentaba la contraprestación bajo la forma de tributos, dando un paso más en la lógica de la guerra. Al comienzo del proceso, los rivales internos y externos coincidían en gran medida. Sólo el establecimiento de grandes perímetros de control dentro de los cuales los grandes señores frenaban a sus rivales marcó la línea entre lo interno y lo externo…” (1)

Sobre la segunda pregunta, podemos tomar el ejemplo británico: la incidencia económica de estado durante el siglo XIX -el siglo donde se consolida y expande el predominio del Reino Unido como potencia hegemónica- cuantificable en la incidencia del gasto público estatal con referencia al PBI nacional, tuvo leves variaciones en el entorno del 10%. En un contexto de gasto publico moderado, durante el periodo bélico alcanza una incidencia cercana al 50%, retrayéndose en el periodo entre guerra de los niveles de gasto, pero sin alcanzar los niveles previos al conflicto de 1914.

En la GRÁFICA podemos apreciar las variaciones del porcentaje del gasto público sobre el PBI nacional del Reino Unido, para tener una idea de la incidencia de las guerras en el mismo.

La tendencia a expandir dramáticamente el gasto público en relación con respecto al PBI, durante los periodos bélicos, también se verifica en los casos de las economías de Alemania, EE.UU. o cualquier potencia. Los presupuestos estatales tuvieron un fuerte incremento a través de dos vías: el aumento sostenido del gasto estatal y la incorporación paulatina de actividades industriales, comerciales y sociales a la órbita del estado. La tendencia tiene una doble dimensión: expansión radical del gasto del estado en épocas de guerra, que jamás vuelve a los niveles anteriores a la emergencia bélica.

Este proceso no representa sencillamente una consolidación de crecientes procesos de estatización económica. En un principio, este modelo productivo representa una ventaja para ciertas empresas, aunque relativo. Todo derivó rápidamente a una consolidación de un “neomercantilismo” donde los procesos de cartelización, subvenciones y privilegios se extiende bajo la tutela del gobierno y el “esfuerzo de guerra”.(2) Así, la “empresa bélica” tenía en el Estado, a su principal protagonista, y le confería potestades no solo económicas y de planificación industrial y financiera, sino que preveía el aumento de sus atribuciones e influencia en los aspectos de la movilización social que representaba la guerra, su incidencia y control en los medios de comunicación, la prensa, la educación, la propaganda, la intervención y organización general de la vida de los ciudadanos durante el conflicto. (3)

Antes de 1914, los sectores estatales eran más bien pequeños, aunque la tendencia a su aumento estaba impulsada por las políticas de expansión imperial y competencia nacionalista. En general, la incidencia real del Estado giraba en torno al 5-10% del producto bruto nacional:

esto era especialmente deprimido para países como EE.UU. (9%)Otros Estados, como el alemán, rondaban el 18% (4)

La cultura de la planificación de guerra, llevada a los diferentes niveles de la vida social, promovió el auge de las ideas del “predominio legítimo” del Estado sobre la sociedad civil. La crisis funciona como un amplio constructor del consenso intervencionista: primero, dispara el miedo colectivo., y en seguida el anhelo de seguridad, y la necesidad de certezas. El miedo representa el ingrediente indispensable para el crecimiento del poder estatal, del centralismo y del intervencionismo político. El paralelismo es demasiado evidente, increíblemente, el artículo de “la Diaria” sugiere exactamente el proceso inverso.

Uno de los impactos más notorios que impulso la guerra fue en el sistema financiero y monetario global: la guerra necesitaba una constante financiación, y eso llevó a los estados a abandonar el patrón oro y desarrollar una notable expansión de la oferta monetaria.

Estas acciones por parte de los gobiernos dieron lugar a poderosos procesos de inflación y depreciación monetaria, dado que casi todos los países abandonaron las paridades fijas del patrón oro durante la guerra, y luego de ella los retornos al viejo modelo monetario fueron escasos y de poca duración en el tiempo. (5)

Otra de las áreas de aumento en la influencia del estado fue en las estrategias de propaganda y comunicación, absorbiendo los gobiernos crecientes niveles de control de medios de comunicación, limitaciones de la libertad de expresión y de la libertad de prensa.

Las crisis son en general ámbitos ideales para que el control sobre los medios de comunicación se acentúe bajo la excusa de la emergencia. La guerra -contra el vecino, contra la pandemia- justifica este avance.

Como sostiene Murray Rothbard, “…La Primera Guerra Mundial trajo la consumación de todas estas tendencias progresistas. El militarismo, el servicio militar obligatorio, la intervención masiva interior y exterior, una economía colectivizada de guerra, todo llegó durante la guerra y creó un poderoso sistema cartelizado que la mayoría de sus líderes dedicó el resto de su vida a tratar de recrear, tanto en la paz como en la guerra…” (6)

Este punto clave, relacionado con el proceso de cartelización y el desarrollo de un núcleo duro de relaciones interconectadas entre la clase política, los agentes económicos que viven de las disposiciones estatales, los intelectuales afines al centralismo estatal y la alta administración del Estado, merece un análisis un poco más detallado, que abordaré más adelante. Por ahora, creo importante resaltar como la “lógica de guerra” potencia el crecimiento y potestades que estos sectores se atribuyen en medio de las crisis.

Como vemos, la capacidad de articulación, control, planificación e intervención alcanzaron durante el siglo XX las mayores dimensiones de la historia de la organización política de los pueblos, impulsada en este caso por las urgencias de la guerra y sus “necesidades”: Esto potenciará la simbiosis entre pueblo-nación y estado, reafirmando en la sociedad la idea de representar dimensiones únicas, e intercambiables entre si: “la guerra -afirma Rothbard- puso de manifiesto tanto la impresionante rapidez con que el Estado moderno podía expandirse como el insaciable apetito que desarrolló en consecuencia, tanto por referencia a la destrucción de sus enemigos como al ejercicio de un poder sobre sus propios ciudadanos…”

A medida que la guerra se extendía en el tiempo, (7) todas estas actividades representaron nuevas legislaciones que daban al Estado una capacidad de intervención desconocida hasta entonces. Nótese aquí como el paralelismo entre las características en épocas de guerra y lo que estamos observando por la crisis sanitaria, se evidencia con mayor nitidez:

a) El intervencionismo se evidenció en la restricción de las libertades públicas, con especial énfasis en la libertad de prensa. El “esfuerzo de guerra” lo justificaba.
b) La urgencia por atender las necesidades militares, hizo que los Gobiernos actuaran al margen de los Parlamentos. En casi todos los países se implantaron, en la práctica, auténticas dictaduras de guerra.

c) Los enormes gastos generados por una confrontación de tal magnitud obligaron a los gobiernos a tomar medidas desconocidas hasta ese momento en el terreno económico. La dirección de la economía nacional quedó en sus manos, tanto la producción como los empresarios se vieron sometidos a su autoridad.

La Primera Guerra Mundial marcó la consolidación del protagonismo del Estado en la sociedad moderna. En guerra, el poder de los estados beligerantes fue llevado al máximo bajo la consigna de la “defensa” o la “emergencia”, tomando bajo su órbita actividades y acciones que en tiempos de paz habían sido resistidas abiertamente. La guerra, por lo tanto, ofrece múltiples beneficios al Estado y, de hecho, cada guerra moderna ha traído a los pueblos beligerantes un legado de mayor intervencionismo. Esta tendencia se repite en cada conflicto, por pequeño o grande que resulte.

Los discursos comparativos entre la pandemia y una “situación bélica” representan una suerte de justificación del avance del gobierno centralizado. La retórica bélica parece filtrarse en la comunicación institucional de los gobiernos, característica que comparte con buena parte delas “cruzadas” que el estado emprende –guerra contra las drogas, guerra contra el contrabando, guerra contra los especuladores, etcétera- a la hora de iniciar una nueva ola de expansión en sus atribuciones.

ALGUNOS EJES DEL DISCURSO CENTRALISTA-ESTATISTA, DOMINANTES EN LA PANDEMIA.

En la circunstancia actual, rastrear los ejes centrales de las propuestas centralistas no parecen reportar mayores dificultades: los planteos se repiten, las propuestas se asemejan a tal punto que las argumentaciones que las sostienen no tienen mayores diferencias. Como ya esbozamos, el pedido de una “gobernanza global”, promovida de diversas formas y por diversos actores, parece ser la tónica general de este movimiento. (8)

Ahora bien, cuando se observa el fenómeno a nivel más regional o nacional, los ejes del pedido suelen mezclarse con otras propuestas de acción frente a la pandemia. Una de ellas es el reclamo más o menos extendido de la implementación de una cuarentena o reclusión obligatoria, coactiva e indeterminada en el tiempo, sin fecha de caducidad ni plan de salida: este pedido de cuarentena radical no deja de significar una práctica de disciplinamiento social, que en última instancia predispone a aceptar el avasallamiento de los derechos fundamentales, (9) e impulsa a los ciudadanos a una lógica de delación, búsqueda de enemigos, chivos expiatorios y denuncia al vecino que creemos “culpable”, similar al “antipatriota” o “enemigo de la revolución” típicos del lenguaje político jacobino o socialista. Los derechos fundamentales, el respeto de la ley, de la libertad de los individuos, están basados en principios generales. Que sirven en toda situación, o no sirven. La indeterminación de la cuarentena empuja a la sociedad a los brazos del estatismo. Los gobiernos de tendencia socialistizante se abrazan a la cuarentena, bajo consignas tan falsas como deplorables (“salud o economía”)

Otro reclamo que emerge es el pedido del “control de precios”. Mucho se podría hablar de la experiencia milenaria de los resultados nefastos de esta práctica gubernamental, pero la pandemia nos ofrece nuevas evidencias del desastre que conlleva tomar ese camino: las medidas encaradas tanto en España como en Argentina han resultado un rotundo fracaso, con la consabida estela de desabastecimiento de los productos “controlados”. El control de precios no funciona, es absurdo, y lleva al desabastecimiento. El punto además es que destruye el sistema de precios, y, así, el entramado empresarial y laboral -en especial el pequeño- exponiendo a la población a una creciente dependencia del Estado. En Uruguay la exigencia del control de precios fue un reclamo extendido al principio, con, por ejemplo, los tapabocas. Al poco tiempo, y recibiendo las señales (es decir, los “precios” altos), el mercado inundó de tapabocas de todo tipo, pelo, color y tamaño. Derrumbando el precio por el aumento de oferta.

Por otro lado, la destrucción del empleo y de las empresas, debido a la reclusión prolongada, habilitó rápidamente la propuesta de enfrentar la crisis económica de las familias con una diversos actores, parece ser la tónica general de este movimiento. “renta” que el estado provee: la conocida “Renta Básica Universal”  (10). La idea no es proveer un auxilio circunstancial, sino instaurar una renta constante. La tendencia en profundizar una dependencia amplificada de los ciudadanos frente al poder del estado, se inscribe en la reacción ante el miedo, el anhelo de seguridad frente al peligro de pauperización material general. La tendencia promueve no solo aspectos materiales, sino también culturales: recibir una ración pobre y decreciente, pero igualada a todo el rebaño, aunque esto signifique la destrucción de la economía y del sistema de incentivos que impulsan el desarrollo productivo. Destruir el entramado empresarial, el empleo, la moneda, han resultado ser acciones fundamentales para dejar a los individuos inermes frente al Estado, dependientes, débiles. También, como otra consecuencia en el campo cultural y simbólico, socava la propiedad, transmitiendo la idea de que la riqueza de un país no es de los ciudadanos, sus creadores, sino del estado y que este dispone antojadizamente de la misma, esperando recibir pleitesías eternas por esta falsa solidaridad.

Por último, también se ha extendido la política de “ciberpatrullaje”, control creciente de las redes sociales y medios de comunicación . Tanto los gobiernos socialistas de España como de Argentina, han expandido la idea que el gobierno debe “controlar” y “censurar” las opiniones disidentes a su gestión porque promueve la proliferación de “bulos” sobre la pandemia. Redes de “controladores”, medidas estatales de “denuncia de delitos informáticos” son implementadas por los gobiernos cuando alguien cuestiona a los gobernantes. Esta práctica de control sobre los medios de comunicación también se inscribe en la “lógica de guerra” que los grupos ideológicamente centralistas promueven: las voces disidentes se transforman en “virus” de desinformación, que deben de ser combatidos y perseguidos, y el “estamosganando” como mensaje político frente a la pandemia, encuentra un “chivo expiatorio” en donde canalizar al “enemigo”.

Lo paradojal de las experiencias más cercanas de esta actitud de los gobiernos, es que esa retorica recuerda la argumentación justificativa de la “Patriotic Act” que promovía George W. Bush luego del 11 de setiembre. En este sentido, la apelación al “peligro de las fake news” y las estrategias de censura son promovidas por diferentes gobiernos. Este estilo, además, suma la criminalización de la disidencia a partir de señalar a la misma como resultado de la acción de la “ultraderecha” -en España- o la promoción del “discurso del odio”- en Argentina. Como refuerzo a la ofensiva de censura, se ha profundizado el financiamiento estatal de medios de comunicación y periodistas para disciplinar sus posiciones, en nombre de “estar unidos en la guerra” contra la pandemia. Uno de los casos más patéticos de censura orweliana se dio a través de “Twitter España”, donde la red social establece una censura atroz a todo aquel que cuestione las políticas gubernamentales. “Estamos trabajando para mantener a la gente segura” reza en el primer hilo de “twitts” institucionales, por lo que censurarán “contenido que niegue las recomendaciones globales o locales” como todo “contenido engañoso”. Imagino las dificultades algorítmicas que surgirían si le aplicasen el “censurador de bulos” al régimen español, o a las autoridades sanitarias globales.

¿POR QUÉ LA EMERGENCIA SANITARIA NOS EMPUJA A TOMAR PARTIDO?

Ya sea de forma intuitiva o reflexiva, se dan diferentes formas de alineamiento a actitudes o decisiones que se relacionan con la crisis sanitaria del COVID 19. Dentro de esa circunstancia, me gustaría referirme a una de las disyuntivas más recurrentes al respecto: la “Globalización” y lo que representa necesariamente.

Uno de los planteos más repetidos por los promotores del centralismo político global estriba en transmitir como un todo indiferenciado y automáticamente unificado, lo que representa la manifestación del globalismo entendido como la interconexión económica y la amplitud de los intercambios de mercado, sea este de bienes, servicios, accesibilidad y comunicaciones, con la globalización política, formas únicas de gobernanza mundial y la construcción de un corpus ideológico-jurídico basado en el centralismo de los organismos internacionales. (11)

Esta apelación a la igualación conceptual (convergencia de mercados interconectados = Convergencia de gobiernos unificados) no deja de representar más que un plan político, y no una constatación efectiva y mínimamente objetiva de lo que en realidad sucede. En general, el desarrollo de un mercado global -y con el consiguiente crecimiento cualitativo y cuantitativo de los bienes intercambiables- tiene en la realidad poliárquica del mundo de las naciones -e incluso en el mundo de la multiplicidad de actores que exceden a los Estados soberanos- su mayor aliado.

El intento por presentar a dos fenómenos de naturaleza diversa como iguales, no deja de significar un intento por parte de los promotores del centralismo de engalanarse con logros que le son ajenos: la integración política, señala H. Hoppe, “…implica la expansión territorial del poder fiscal de un Estado y de sus reglamentaciones sobre la propiedad”, mientras que “La integración económica consiste en la extensión de la división interpersonal e interregional del trabajo, así como de la participación en el mercado…” (12) Esta naturaleza diferenciada es demostrable en la enorme cantidad de ejemplos históricos donde la centralización se da en procesos de crecimiento o de deterioro económico: Países de tamaño similar -es decir, de jurisdiccionalidades similares- presentan diferentes grados de integración económica. Históricamente los pequeños países tienden a favorecer el libre comercio.

Los ejes parecen referirse a dos enfoques que se entrecruzan e incluso se contradicen: una que plantea diferentes grados de interconexión, libertad de emprender, producir e intercambiar frente a propuestas estatizantes, mercantilistas, globalistas de cartelización económica; y las que plantean la importancia de la poliarquía, el control y fragmentación del poder político, la protección de los sistemas redundantes y descentralizados de decisión, frente a la tendencia globalista y centralista de construcción de una especie de gobernanza mundial.

(1) TILLY, Charles, Guerra y Construcción del Estado como crimen organizado, Revista Académica de Estudios Internacionales. 2006.

(2) Las crisis globales en épocas modernas suelen potenciar los procesos de centralización y cartelización de vastos ámbitos de la vida de los ciudadanos. En estos procesos, los mayores beneficiados por la serie de decisiones gubernamentales son una ciertas elites: lo que es verdaderamente, el Estado. La clase política de los países pasa a ser protagonista evidente en épocas de crisis, y su capacidad de incidencia, aumenta. Pero no es el único: forman parte de ella la “Alta administración del estado” (alta judicatura, altas autoridades militares y policiales), los sectores de la economía estatal, que engloba a todos los sectores estatizados, que dependen o están asociados al Estado, o que viven de las regulaciones del Estado: la banca, los sectores energéticos, transporte, variando en cada país, y el aparato de hegemonía: medios de comunicación, educación y ciencia, clero. Esta elite actúa anárquicamente entre sí, pero comparten la pertenencia a la misma. Lo interesante es el nivel de capacidad de “intercambiarse” entre unos y otros grupos dentro de esta gran agencia, que es verdaderamente, el estado: ex militares que pasan a la política, políticos a la gestión de empresas relacionadas a la economía del estado (no de la economía competitiva, sino de los sectores asociados a la regulación del estado), ministros de defensa ex integrantes de la industria bélica, figuras mediáticas a la política, etc.

(3) Es notablemente evidente el aumento por las exigencias de control cultural y de medios de comunicación en los períodos de guerra, como hoy con la Pandemia del Coronavirus, así como la semejanza en el lenguaje, los símbolos y las argumentaciones.

(4) JOHNSON, Paul, Tiempos Modernos, ED. B, Buenos Aires, 2000

(5) Sostiene Derek ALDCROFT en Historia de la economía europea 1914-1980: “…Casi de la noche a la mañana los gobiernos abandonaron precipitadamente la sana ortodoxia financiera del siglo xix, lo que significó el abandono de la disciplina del patrón oro y el recurso a la financiación con déficit. Las operaciones de crédito de una u otra clase, más que los impuestos, fueron la principal fuente de financiamiento de la guerra. Alemania y Francia, por ejemplo, confiaron casi por completo en el préstamo, mientras que incluso en Estados Unidos sólo un poco más del 23 por 100 de los gastos de guerra se obtuvo de fuentes de renta. En promedio, un 80 por 100 o más del gasto total de guerra de los beligerantes se financió por medio de préstamos. Este método de financiar la guerra no tenía por qué haber sido excesivamente inflacionista si los préstamos se hubieran obtenido de auténticos ahorros, pero de hecho gran parte de la financiación procedía del crédito bancario. Los bancos concedieron préstamos a los gobiernos mediante la creación de nuevo dinero o bien recibieron «promesas de pago» de los gobiernos y entonces procedieron a incrementar la oferta de dinero utilizando las promesas como reservas. Los detalles del mecanismo variaron de un país a otro, pero el resultado final fue con mucho el mismo. Las deudas públicas aumentaron rápidamente, incrementándose la proporción de la deuda a corto plazo a medida que pasaba el tiempo; la oferta monetaria aumentó considerablemente y las reservas metálicas de los bancos, en relación con el pasivo, cayeron notablemente. A fines de 1918 la oferta monetaria alemana había aumentado nueve veces y el déficit presupuestario seis veces, mientras que la relación entre las reservas metálicas y los billetes de banco y depósitos había bajado del 57 por 100 al 10 por 100. La situación fue incluso peor en el caso del imperio austro-húngaro, mientras que Francia y Bélgica también lo pasaron mal…” PP. 18-25

(6) En el artículo de Murray Rothbard: “La primera guerra como consumación, el poder y los intelectuales”

(7) El pedido de medidas maximalistas de confinamiento coactivo ante la situación de emergencia, sin fecha de caducidad ni plan de normalización, potencian el avance de las medidas intervencionistas de los gobiernos y su implementación sin ningún tipo de control o mecanismo de representación democrática que lo avale. Sea una guerra, o una pandemia.

(8) La lista exhaustiva seria inconmensurable, y va desde políticos locales y regionales, a burócratas internacionales, representantes religiosos, filósofos y pensadores de la izquierda radical y moderada, filántropos internacionales, gurúes del “one world”, artistas y agentes culturales posmodernos, y un larguísimo etcétera.

(9) El artículo de La Diaria recoge en ese sentido como una especie de “alarmismo” la preocupación por la defensa de los derechos individuales frente a las disposiciones rígidas y extendidas de confinamiento, y plantea, como contrapartida, la relación pandemia-guerra.

(10) También en este caso, la literatura técnica y conceptual sobre la inspiración coactiva y las consecuencias negativas de la implementación de la renta básica son abundantes. Un excelente trabajo al respecto es el de Juan Ramón Rallo, Contra la renta Básica (2015, ED. Planeta. Barcelona)

(11) Las exigencias y pedidos de un gobierno mundial o centralismo político en diversos aspectos no son nuevas, y en estos últimos años se han ahondado, compartiendo este exhorto desde el Papa Francisco, José Mujica, Gordon Brown, Slavoj Zizek o Pedro Sánchez. Más allá del variopinto club, en general son diferentes expresiones y matices del progresismo de izquierdas. El alineamiento a esta postura por parte de algunas dictaduras y regímenes autoritarios parecen enfocarse más a un factor estratégico y no principista, y quizás, en última instancia, ninguna de ellas es permeable a futuras disposiciones globales, como no lo es hoy.

(12) HOPPE, Hans Hermann, Monarquía, Democracia y Orden Natural. Unión Editorial. 2013. Pág. 164

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