D. LAMAS GARCÍA
/ La polarización ya no es un efecto colateral del debate; es el negocio principal de una economía que necesita fragmentarnos en nichos para vendernos mejor. Cada vez que elegimos un bando, no estamos tomando una posición ética: estamos comprando una identidad de catálogo. Y cuanto más nos dividimos, más nos alejamos de aquello que alguna vez nos sostuvo como sociedad: la posibilidad de trascender nuestras propias trincheras.


ENSAYO

El debate sobre la decadencia de nuestra sociedad, la uruguaya, parece instalarse en forma progresiva y, de alguna forma, inevitable a la luz de algunos indicadores sociales. De la mano y con el trasfondo mismo de este debate está el de la evolución y radicalización de la polarización en todos los aspectos de intercambio social, cultural y, obviamente, político.

Mi recuerdo y mi asombro de polarización social la sitúo, no en Uruguay sino en Italia, a mediados de los 80’. cuando veo las primeras pintadas con temas de fútbol que decían en forma tajante y condenatoria “Juve merda”. Que raro pensé, que nivel de fanatismo por un tema deportivo, que si bien siempre despertó adhesiones y pasiones, nunca esperaba encontrar expresiones que empezaran a tomar las calles.

Algo que pudo asombrar hace 40 años hoy es parte de nuestro paisaje urbano y, además, llevado a extremos cuantitativos y cualitativos a los que nos hemos acostumbrado y naturalizado. 

El otro tema sensible es la decadencia. Uruguay comenzó su declive económico mediando la década de los 50’. Luego ese declive tomó una aceleración a partir del periodo de dictadura que comenzó en 1973. Lo “normal” era que las personas indigentes fueran aquellas que pedían limosna en las puertas de la iglesias. Hoy día es solo sacar la cabeza por la ventana para ver un complejo y dramático panorama social. Miles de personas viven en las calles, con cartones y poco más, habitan en espacios públicos e incluso en medio de los canteros de avenidas o bulevares. Tanto edificios históricos como monumentos aparecen vandalizados con un sin fin de pinturas hechas con aerosoles, así como también casas y edificios particulares. 

Todo, hoy, se polariza y no solo el espacio físico se deteriora sino también el espacio simbólico: el del diálogo, el del entendimiento común. No solo la política, que ya es un campo minado entre oficialismo y oposición, sino también el fútbol donde ser de Nacional o Peñarol parece definir radicalmente a las personas y ni hablar de la educación, donde el debate público se ha reducido a una trinchera entre gremios y gobierno, sin espacio para preguntarse qué niño estamos formando.

La polarización ya no es un efecto colateral del debate; es el negocio principal de una economía que necesita fragmentarnos en nichos para vendernos mejor. Cada vez que elegimos un bando, no estamos tomando una posición ética: estamos comprando una identidad de catálogo. Y cuanto más nos dividimos, más nos alejamos de aquello que alguna vez nos sostuvo como sociedad: la posibilidad de trascender nuestras propias trincheras. De ahí, quizá, esa sensación de vacío que se respira en el aire, como un humo invisible. Todo parece indicar que polarización y decadencia se retroalimentan en una espiral perversa. 

Lo contradictorio con estos signos de la época es que vivimos un período histórico de un ascendente conocimiento sobre la naturaleza. Cada vez conocemos más, se abren más especializaciones para poder abarcar ramas del conocimiento y junto a este proceso nos vemos enfrentados a la eterna e inmortal reflexión socrática que advierte que, al profundizar en el conocimiento sólo conocemos el mayor tamaño de nuestra ignorancia y la dimensión de todo lo desconocido.

La profundización del conocimiento va en una clara contradicción con la polarización que de por sí implica un proceso agudo de simplificación. Quien sabe más debería ser más humilde, más consciente de lo que ignora. Pero la paradoja es que, en la era de la información, saber más no nos hace más humildes. Toda polarización es intrínsecamente tan arrogante como simplificante.

La polarización es producto de una estrategia de mercado. No es un accidente, sino un diseño. La polarización es el síntoma de la decadencia. Las plataformas digitales y los medios tradicionales, han descubierto que el contenido que indigna, que divide, que genera «nosotros vs. ellos» retiene más audiencia y vende más publicidad. La polarización busca el enganche emocional y actúa como sustituto de identidad. Si todo se reduce a pertenecer o no pertenecer a un grupo, la vida se empobrece. La trascendencia —ese impulso humano de ir más allá de uno mismo, de conectar con lo universal, lo eterno,  se vuelve imposible. Polarizar es empequeñecer el horizonte.

Pero entonces, ¿cómo ensancharlo de nuevo? ¿Cómo recuperar la capacidad de trascender nuestras propias trincheras en un mundo que nos empuja a elegir bando antes que a pensar? Quizá la escritura —una escritura pausada, ensayística— sea un primer paso. O quizá solo sea una manera de preguntar, en voz alta, si todavía estamos a tiempo de polarizar la decadencia, de nombrarla con claridad para poder, algún día, trascenderla.

¿En qué espejo debemos mirarnos? ¿En el de los grandes pensadores de nuestra historia —Vaz Ferreira, Figari— o en el de los intercambios insultantes de los parlamentarios y gobernantes, claros emergentes de una sociedad polarizada y en decadencia? ¿O acaso en el espejo del habla hueca y repetitiva del Gordo de la Colombes?