ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

El tuit del periodista Leonardo Haberkorn la semana pasada

En el tuit que abre esta nota, del domingo 28 de noviembre, el periodista Leonardo Haberkorn intenta criticarme personalmente de nuevo -ha sido un intento repetido varias veces- ante los ojos de su sufrida audiencia. 

Otras veces le había contestado como me pareció mejor, es decir, con una dosis lo suficientemente intensa de silencio como para que él la oyese. Pero puesto que insiste, y no se le pasa, me ocuparé de lo que intenta decir con su herramienta filosófica favorita, que es el tuit insidioso pero no directo, donde -con melancólicos resultados- intenta ser gracioso y canchero.

Buscar o creer

Leonardo Haberkorn usa en su piecita difamatoria el verbo equivocado: “creer”

Ahí se resume todo el problema que desplegaré en esta respuesta. Haberkorn cree que el problema está en creer o en no creer. Y por eso lo escribe así.

Yo no lo veo así. Para mí, ni se trata de “creer” o no en el PCR, ni se trata de “creer” o no en la astrología. De lo que se trata es de investigar, ir a ver por uno mismo, experimentar. Y también de tratar de conocer lo que otros han investigado y experimentado a niveles más complejos de los que uno puede alcanzar en algún campo particular. 

El silogismo de Haberkorn es: Mazzucchelli no cree en el PCR; pero Mazzucchelli cree en “la astrología”. Por tanto (esto no lo dice Haberkorn, pero es lo que dice en realidad): como Mazzucchelli cree en cosas raras que la Razón y la Ciencia han rechazado definitivamente (la “astrología”), pero no cree en el instrumento “científico” por excelencia en el que se basa toda la narrativa de pandemia (el PCR), Mazzucchelli no debe obtener el crédito de las personas serias y racionales.

Ese, más o menos -el lector corregirá si exagero o falto en algún detalle- parece ser el intento de Haberkorn. 

Vamos a ver. Cuando Haberkorn dice “la astrología”… ¿a qué se referirá? Él quiere hacer resonar en otros cientifistas tan ignorantes del tema como él, la cuerda de “el horóscopo” (el de los diarios, supongo) y las “cartas astrales”, que Haberkorn no sabe tampoco qué podrán ser. Es decir, intenta atraer nociones como “superstición”, “creencia en tonterías”, y sin duda “irracionalidad” o “rechazo a la Ciencia”. Y de ese modo, cree que debilita mis publicaciones, observaciones o críticas respecto de la “pandemia”.

Lo que creo que secretamente inquieta a Haberkorn, quizá sin que él mismo se de cuenta, es una angustia y un miedo que vienen de percibir el sinsentido en que esta civilización vegeta hace tiempo -solo así se puede vender esta farsa pandémica como realidad- e intentar aferrarse a algún tipo de creencia muleta, creencia bastón, los cuales pasa a blandir, acusando e intentando golpear a quien no lo confirma en esa creencia sustituta. Son sentidos y dimensiones existenciales de fondo las que están en juego, y la pandemia es nada más que una ocasión particularmente desagradable para que se exhiban.

Pandemia, sinsentido, y refugio dogmático en la narrativa oficial

Gracias a su inconsciente brulote basado en el concepto de “creer”, Haberkorn vuelve a colocar la pseudo “pandemia” en donde en realidad siempre estuvo: en un enfrentamiento entre los partidarios de la Religión de la Ciencia, como él, y los que seguimos buscando formar y vivir una independencia crítica respecto de todo lo que se presente ante nosotros, sin mirar demasiado qué autoridad lo avale. 

No se entenderá lo que implica la “pandemia” como prueba para esta civilización y para cada uno de nosotros, hasta que no se entienda aunque sea en el nivel elemental el tipo de problema que la Ilustración trajo a la conciencia de, sobre todo, el ciudadano occidental. El desafío utópico que representó, y las dimensiones estruendosas de su fracaso, masivamente ya consumado. Hoy estamos ya en un momento en que las palabras, manoseadas por la política hasta el fin, significan aproximadamente lo contrario de lo que significaban originalmente, y la mayoría de personas, cada vez menos educadas, no pueden siquiera darse cuenta de ello. Estamos en un momento, por ejemplo, de “ultraliberalismo” -como lo llamaba John Gray en el Times Literary Supplement de 27 de marzo de 2018- que parece haber perdido todo contacto con el sentido común. Ese “ultraliberalismo” designa hoy a un microautoritarismo cuasi fascista aplicado por organismos internacionales, financiadores de todo tipo, buro-progresistas de alto vuelo, encargados de relaciones públicas de toda empresa lo suficientemente grande como para tener uno, “académicos”, ongs y sus agentecillos locales. Aplican e intentan promover, a plata y propaganda, su menú de ideas en todo lugar donde se reúne y organiza gente suficiente, con una capa azucarada por encima de frígida moralina pietista a la que le repele la vida humana real. Con igual pasión promueven el veganismo para ser sensibles con los animales dotados de ojos, y el aborto, y no perciben contradicción entre ambos. Es decir: son incapaces de pensar, solamente son capaces de emitir el menú precocido que sus amos globales dictan. Y para mantener su posición, quieren que todo el mundo piense y repita una liturgia de cambioclimáticogénerorazavictimización, a la cual le han agregado ahora la ortodoxia covid.

Ahora bien, la “pandemia”, con sus indeciblemente absurdas “reglas”, “protocolos” anticonstitucionales y antihumanos, y desinformación rampante 24/7, es hoy otra expresión oficial de tal autoritarismo desesperado, el que viene de saberse gobernando un sinsentido: una sociedad donde pareciera que sólo queda, en el menú disponible, afiliarse a un relativismo cínico. Los que siempre mandaron quieren seguir mandando, pero la legitimidad de su poder se cae a pedazos. Ahora ya se dieron cuenta de que precisan una especie de estado de excepción o estado de guerra interno ilimitado para seguir controlando un poder que, auguro con mi habitual optimismo, de todos modos se les escapará. Lo mismo que los espantosos diarios y programas periodísticos tradicionales se dieron cuenta de que para tener audiencia precisan secuestrarla con una mentira aterradora, y venderle a esa audiencia el consiguiente pánico sin sentido. De ese modo logran estirar un añito o dos más lo que venía siendo, y será, la bienvenida desaparición final de esos extenuantes intentos de controlar la narrativa de una sociedad entera, adormeciendo y llevando de la nariz a los ciudadanos que se han resistido hasta ahora a ser ilustrados, y siguen por ello a merced de cualquier narrativa que se les venda por los suficientes medios convergentes. 

Se confirma el fracaso histórico de la Ilustración

Episodios como el twit de Leo Haberkorn son síntomas de que la Ilustración ha fracasado: la sociedad ha perdido su masa crítica de lectores realmente cultos y autónomos que harían que alguien tenga que avergonzarse de convertir semejante gol en contra.

La Ilustración trajo como mensaje principal el abandonar la infancia mental, y hacerse cargo de las propias decisiones. Como decía Kant en su respuesta a una encuesta de periódico, respuesta hoy glorificada como texto fundamental, titulada “¿Qué es la ilustración?”, se trata de emplear “la libertad de hacer un uso público de la propia razón“. Y para ello, primero uno debe finalmente crecer, y hacerse cargo de aquello de lo que, hasta ahora, no ha querido hacerse cargo. Así, la ilustración implica, según Kant, “la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella… Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración“. 

Este año, como si fuese una lección que uno debe interiorizar de nuevo con mayor y mayor fuerza, mucho de lo que se ve es gente que no quiere hacerse cargo de lo que le corresponde, ni de lo que ha hecho y hace, y que por tanto lo proyecta en el otro. En general esa proyección viene como un ataque, a menudo velado y silencioso, otras veces explícito y torpemente “directo”, como intenta hacer Haberkorn.

La Ilustración trajo pues un mandato de responsabilidad, de “hacerse cargo” de uno mismo. Y ese mandato pareciera aterrorizar a muchas personas, tanto en tiempos de Kant, como ahora. Ahora más, quizá, porque la tarea de destrucción de la trascendencia y de sentidos más profundos de la vida está ya mucho más avanzada en esta cultura “occidental” ilustrada. Y sin sentido de trascendencia realmente asumido, el hacerse cargo es mucho más difícil, porque no hay apoyo para lo malo que se nos viene encima en este mundo. Nunca como este año queda claro que el sinsentido de esta vida ha venido a ser tapado, por mucha gente, con fe irracional en “la ciencia” y sus supuestos poderes. 

El tiempo no es propicio para la libertad de pensar, ni cuando Kant pensaba, ni ahora. Es la condición humana. Ya lo observaba el filósofo hace doscientos y pico de años: “Luego, si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción. Sin embargo, ahora tienen el campo abierto para trabajar libremente por el logro de esa meta, y los obstáculos para una ilustración general, o para la salida de una culpable minoría de edad, son cada vez menores.

En efecto, el trabajo de salir de la tutela -sea del Emperador, o de las idioteces corruptas de la OMS y la FDA- es largo. Mejor no salir. Esa “extraña conducción” de la que habla Kant -que te dirija otro, un extraño, aunque sea a patadas y a risotadas por lo absurdo de lo que te están haciendo tragar- es la que ha aceptado Haberkorn y la generalidad de los periodistas de este país, salvo honrosas excepciones.

Una historia de ataques personales incomprensibles

Leonardo Haberkorn me ha atacado varias veces ya a lo largo de estos dos años. Puesto que no registro tener la más mínima cuenta personal abierta con él, ni pasada ni presente, supongo que soy una especie de “percha” adecuada para algo a lo que él le teme especialmente, porque sino no dedicaría tiempo ni esfuerzo en esos ataques. ¿Qué podrá ser? 

Primero me acusó de no tener razón en mis denuncias iniciales sobre el uso del PCR para crear y regular la intensidad de la “pandemia”. Intentó confirmar su acusación convocando a un espacio radial que tenía en el programa Rompekabezas a un par de expertos. Lamentablemente para él, los expertos me dieron básicamente la razón a mí, cosa que describí y por la que agradecí como correspondía a esos científicos honestos.

El segundo intento -dejemos olvidados otros aun menores- fue cuando publicó un tuit donde me acusaba de “trumpista” y de ultraderechista por haber informado -único medio uruguayo que hasta ahora lo hizo- en eXtramuros con un nivel de complejidad y equilibrio bastante mayor al promedio, respecto de lo que estaba pasando políticamente en Estados Unidos, país que conozco bien, que aprendí a respetar un poco más al haber participado de sus miserias y grandezas, y del que me consta que la gran mayoría de la prensa uruguaya -por no decir la totalidad- cubre repitiendo lo que le dictan las agencias globales de desinformación y los periódicos mainstream globalistas -que están todos alineados con un discurso único al respecto.

Debido a que, como graciosamente le pasa cada vez que intenta enchastrarme en el famoso twitter, sus propios seguidores -igual que le pasa con los expertos- lo llenaron de argumentos a favor mío, decidió borrar el tuit. Pero para desgracia de Leo, no consiguió hacerlo tan rápido como para que un buen amigo -no soy parte de esa cloaca llamada twitter– me lo enviase. Lo reproduzco a continuación:

tweet de Leonardo Haberkorn. Enero de 2021. Eliminado por su autor.

Haberkorn razona esta vez así: “si logro establecer alguna conexión entre algo que considero reprochable -por ejemplo el “trumpismo”- y Mazzucchelli, sus argumentos sobre el PCR y la pandemia, que me molestan pero no sé como rebatir, quedarán en peor posición”. 

Con ese método, Haberkorn sigue su alocada carrera a darse la cabeza con los obstáculos que él mismo se pone delante. Sus propios seguidores en twitter lo dejan en ridículo, los científicos que convoca no le dan la razón, y se ve obligado a bloquear y eliminar a amigos de hace años porque en su infantil rabieta no consigue lo que se propone.

De todos modos, él sabe que está contribuyendo desde sus espacios periodísticos a la hipnosis colectiva que nos inunda. A consecuencia de esa hipnosis colectiva que los Haberkorn alimentan, hoy miles de padres están ansiosos por inyectar a sus propios hijos con una sustancia que probadamente puede causarles daño cardíaco permanente -entre otros. Así es que, según la lógica de Leo Haberkorn, la existencia de una “pandemia” se ha vuelto artículo de fe sobre el cual quien discrepe o plantee dudas se convertirá inmediatamente en un “irracional” y caerá fuera de los límites de la decencia que imponen instituciones morales beneméritas, faros en materia de ética y racionalidad -como el Canal 12-, o en donde el discurso oficial intenta crear bandos ideológicos. 

Pero en fin, como también los argumentos políticos le han fallado, ahora Leo Haberkorn busca por otro lado, y me acusa de astrólogo.

El argumento por “la astrología”

En su obsesión, Leo ahora intenta otra variante. Esta vez es, según él, mi “creencia” en “la astrología”. Mi respuesta breve ya la adelanté, y es: yo no creo ni dejo de creer en la astrología (ni en el test PCR). No son artículos de fe. 

En cambio, desde que tengo unos veinticinco años, me he dedicado a observar directamente, en teoría y práctica, muchos de los aspectos de la astrología occidental, la que empezó con observaciones sistemáticas en las culturas mesopotámicas unos 2000 años largos antes de Cristo, luego y en paralelo se desarrolló de otro modo en el valle del Nilo, y ambas tradiciones convergieron en el período helenístico en Alejandría, ya un siglo largo después de la muerte de Alejandro. La ciudad, fundada por los Ptolomeos, fue el gran punto de reunión de los conocedores en todos los campos del saber en aquellos tiempos. Espacio políglota y tolerante, allí se produjo la síntesis de esos conocimientos primitivos con la geometría y la mitología de los griegos, dando lugar a la tradición que luego mantendrían y complicarían los árabes, y que luego sería traducida de nuevo al latín y a las lenguas romance desde el siglo XII en adelante, en el sur de España y en Italia. Esa es la historia que me ha interesado, que para mí es fascinante y se entrelaza con la creación de los mitos que han iluminado a Occidente como civilización desde esos tiempos babilónicos, egipcios y griegos. También los sucesivos planteos “técnicos” de la astrología los he estudiado durante años, he intentado ver y experimentar en qué medida puedan ser reveladores de una unidad mayor y unos ritmos más significativos de lo que percibimos a primera vista. Todo ello en parte me ha interesado prácticamente, y en parte como testimonio de la historia del conocimiento sobre ciclos y ritmos. 

Es imposible que le comunique a Haberkorn ni a los lectores la belleza y el interés del asunto, si el lector o Haberkorn no hacen el esfuerzo de meterse ellos mismos bastante profundamente en el tema. Cuando alguien, por un prejuicio arraigado y oficial, se niega a meterse en ello, está simplemente dando razón al sabio carácter esotérico de toda esta clase de conocimientos y campos de experiencia. No todo el mundo tiene por qué investigarlos, pero mientras no los investigue, todo lo que tienen de valioso e interesante seguirá oculto para el no conocedor. Y está muy bien que así sea. Ya lo dijo el tenebroso Heráclito: “Los perros le ladran a lo que no conocen“.

A todo esto -a sentir la “música de los cielos”, a investigar los ciclos, a conocer sobre la historia y la práctica de la astrología occidental, y sobre todo a buscar conexiones entre distintos aspectos de la experiencia de la vida y el conocer, tengo derecho por ser una persona libre. Haberkorn intenta manchar también ese derecho en nombre de un método único de conocer del que creen ser propietarios, como lo han hecho normalmente los autoritarios de mente estrechada, los defensores del status quo, y los inquisidores fanáticos desde que el mundo es mundo. Es siempre lo mismo, y da lástima revivir los mismos mecanismos otra vez.

Es importante que el lector considere esto: Haberkorn no sabe si la astrología funciona o no, porque participa de un prejuicio anterior, que es que la astrología no puede funcionar. Eso es todo. Él cree eso. No puede ir a mirar los datos, por cuestión de principios y de dogma. Le ha creído a sus distantes jefes cientifistas vendedores de materialismo mecanicista y, dado que se siente parte de esa secta religiosa, se negará con uñas y dientes a ir por sí mismo a mirar nada. Lo considera, de antemano, una pérdida de tiempo, algo imposible, inútil y ridículo, y jamás se rebajaría a ello.

El origen de tal prejuicio, del que es presa todo materialista mecanicista respecto de estos temas, no es ningún secreto. La Ciencia buscó aislar un objeto de estudio y someterlo a condiciones de experimentación controlada. Es analítica en su esencia y necesariamente limitada en sus descubrimientos, que están ligados a esa posibilidad de aislamiento del objeto.

La astrología no tiene ni puede tener propiamente un “objeto” aislable: su “objeto” es la experimentación de una unidad. 

La ciencia tiene vocación de análisis; la astrología tiene vocación de síntesis.
Por tanto, como movimiento humano hacia la experimentación de lo “uno”, la astrología debe contrastarse con los intentos permanentes del “dos” por dividir, catalogar y reorganizar esa unidad. Naturalmente toda la experiencia humana se encuentra y se podría reconciliar en el “tres”, por lo cual no hay ninguna necesidad de oponer “ciencia” y “astrología” como enemigas -salvo en la turbulenta conciencia de Leo y de mucha gente más. Pero qué le vamos a hacer. Para esa mentalidad no es posible que una misma persona entienda el funcionamiento de la ciencia y el funcionamiento del mito, o que intente comprender en paralelo distintos modos de aproximarse a la experiencia del sentido de vivir.

La astrología no es ciencia, no puede ser ciencia, y nunca lo será. Reclamarle que lo sea es como pedirle a un delfín que maneje un ferrocarril. Pero, sobre todo, es creer que la ciencia es la única forma legítima de alcanzar conocimiento. La astrología está mucho más cerca de la poesía, el mito y la adivinación, ramas de la actividad humana que -al igual que el funcionamiento de los tests PCR- Haberkorn no parece haber explorado demasiado aun. Espero que Haberkorn me perdone si me equivoco en esto y él sí ha estudiado astrología, y desde ya le pido disculpas públicas de ser así.

Al intentar difamarme, Haberkorn usa una entrevista que un inteligente psicólogo, Álvaro Zas, me hizo hace ya bastantes años. En aquella entrevista -con un entrevistador interesado en diversas teorías de la existencia, la mente y el alma, así como en política, medios y aledaños- hablamos de muchas cosas. Para que se entienda de qué hablamos cuando hablamos de “astrología”, puedo remitir al lector a alguna otra cosa que he escrito sobre el tema. Baste con una que me llevó a publicar mi amigo -y contagiador inicial en una de las pasiones de ciertas partes de mi vida, la semiótica peirceana-, Fernando Andacht (ya era amigo en aquella época, y mucho antes también), en S, una revista europea de semiótica. Ese trabajo hizo un largo camino, y publicado originalmente en inglés, fue traducido al francés y al ruso, y puede ser consultado aquí. Como puede ver cualquier lector, no se trata exactamente del horóscopo de hoy para el signo de Capricornio.

El mundo y el alma humana son lugares muy amplios y complejos. Como este comentario muestra, no me preocupa nada admitir mi interés en la astrología tal como yo la entiendo, y me importa un bledo la opinión de Leonardo Haberkorn al respecto, pero cumplo con los lectores ampliando un poco la información que Haberkorn manipula e ignora, para ofrecer y tentar a otros que tengan la inquietud de aventurarse.

Vayamos al cierre.

“Una joyita”

Haberkorn termina su intentona tuitera diciendo que mi entrevista con el Psic. Zas es “una joyita”. 

¿Cuál será la “joyita” que tenemos entre manos? Como lo he insistido muchas veces, yo me puedo equivocar y sin duda me habré equivocado muchas veces, tanto respecto de la pandemia como de todo lo demás. Pero algo puedo asegurar: siempre he ido a ver, y sigo yendo. Es decir, en lugar de afiliarme a un discurso oficial y a una verdad oficial que se vuelve dogmática, represiva y autoritaria, a lo largo de toda mi vida he intentado saber por mí mismo qué es lo que se sostiene de aquello que me cuentan. La experiencia es dura, pero le garantizo a Leo que lo va a hacer sentir más libre y a tener menos miedo, si se anima a explorar más allá de los límites del discurso autorizado de la “Ciencia” -hoy por hoy, un conjunto artero de burócratas y políticos de túnica. 

Como esas cosas implican, como pedía Kant, hacerse cargo de lo que uno hace, le recomiendo la búsqueda individual, como le recomendaría una joya que uno regala por amor. La joyita que por amor ahora le regalo -Leo Haberkorn no va a entender esto todavía-, es que se deje de dar lástima con sus pataítas sotretas en el twitter (dicho sea de paso, qué asco es twitter como experiencia humana, ¡eh!) y empiece a buscar por sí mismo en qué podría no estar viendo lo que pasa.

Yo, pese a todo, veo signos de avance, porque veo que mucha gente todos los días se va dando cuenta del nivel de mentira y corrupción de partes significativas del poder global. Hay un viejo proverbio chino -según me contó esta mañana el iChing, otro factor supersticioso del que el muy científico Leo no querrá de pronto saber nada, que dice:

“Si quieres corregir el mundo, debes primero corregir el Estado; 
si quieres corregir el Estado, debes primero corregir la familia;
si quieres corregir la familia, debes primero corregirte a ti mismo.
Trabajar en la auto-corrección es lo primero y acaso lo único de importancia.
Al corregir la propia actitud, son posibles grandes cambios en la actitud de otros.

Lo que sabía el chino viejo, es lo que hay que saber, y finalmente, es lo que importa: que uno se haga cargo de sí mismo, en lugar de vivir proyectando y atacando a otros por lo que uno mismo es incapaz de hacer. Esa es “la joyita” que hoy le regalo a Leo Haberkorn. Que la deje si quiere por ahora en un cajón o en una cajita, mientras no está en condiciones de hacerse cargo de sí mismo. Cuando crezca -eso puede pasar de golpe cualquier día- ya la sacará del cajón y en el brillo que siempre estuvo esperándolo reconocerá la pureza de la intención.

Mientras tanto, nos regalo a todos un poema (astros, iChing y poesía para todos!) -otra cosa tan no científica que la época ya no sabe qué hacer con ellos- que me parece apropiado a la situación del ataque inexplicable y -acaso- de mi excesivamente intensa defensa. Insisto, es para todos, para Leo, para mi y para el lector, y lo decía allá por 1978 Elías Uriarte:

Se dice Lindo
Se dice Ajó, 
Tibio Tibio
quizás Calor:
Pero es el miedo.

Es experto en Peros
y Sinembargos,
y es Bueno Pero
y es Pero pero Bueno
Pero es el miedo.

Se dice Puro Color Pintado
Pura Palabra Escribiendo
Puro Sonido Cantando
se dice Puro:
Pero es el miedo.

Se dice Apartado del Mundo
del Terrible Deseo
Sabio Indiferente
o Maestro Chino:
Pero es el miedo.

Se dice Pound o Eliot,
Apollinaire o Michaux,
Teócrito o Gardel:
Pero es el miedo.

Se dice Puedo Escribir los Versos
Mas Tristes Esta Noche,
o Moi Qui Vis Parmi Les Tentures
Pour Ne Pàs Voir le Néant:
Pero es el miedo.

Se dice Renuncia
o Virtud,
Aspero desengaño
o Escepticismo Fiero;
Pero es el miedo.

Luego predica que sólo la pena
vale la pena:
Pero es el miedo.  

Capricornio. Imagen de Johfra

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