PORTADA

Stephanie Seneff, investigadora senior del MIT, ha presentado en colaboración con Greg Nigh un exhaustivo estudio, publicado en 2021 en la revista International Journal of Vaccine Theory, Practice and Research, que alerta acerca de los riesgos de las vacunas de ARNm para covid producidas por Pfizer y Moderna. También explica la muy escasa probabilidad de que estas vacunas tengan seguridad o eficacia, debido al proceso de producción.

Según los autores, los principales efectos graves y potencialmente mortales que están causando estas vacunas tienen que ver con la aparición de casos graves de “covid” fruto de la potenciación dependente de anticuerpos (ADE); hemorragia y accidente cerebrovascular; enfermedad inflamatoria multisistémica y efectos de autoinmunidad; trombocitopenia y problemas de coagulación; afectación de la función reproductora, activar el herpes zoster latente en el cuerpo, enfermedades priónicas, posibilidad de contagiar a no vacunados, entre otras.

Se trata de un estudio fundamental que, por su solidez y profundidad de análisis y por el prestigio y respaldo de sus autores se vuelve un pilar en la construcción de hipótesis que expliquen la mortalidad y los efectos secundarios de las vacunas contra covid19. Traducimos el Resumen y los capítulos fundamentales, en los cuales se describen los efectos potenciales adversos y mortales de estas vacunas en un porcentaje, difícil de determinar aun, de quienes se las han aplicado. 

Por Stephanie Seneff (Computer Science and Artificial Intelligence Laboratory, MIT – Cambridge, MA) y Greg Nigh (Naturopathic Oncology, Immersion Health, OR)

El original en inglés aquí: https://ijvtpr.com/index.php/IJVTPR/article/view/23/51

RESUMEN

La operación Warp Speed permitió comercializar en Estados Unidos dos vacunas de ARNm, producidas por Pfizer y Moderna. Los datos provisionales sugerían una gran eficacia para ambas vacunas, lo que ayudó a legitimar la autorización de uso de emergencia (EUA) por parte de la FDA. 

Sin embargo, el movimiento excepcionalmente rápido de estas vacunas a través de ensayos controlados y hacia el despliegue masivo plantea múltiples preocupaciones de seguridad. 

En esta revisión describimos primero la tecnología subyacente a estas vacunas en detalle. 

A continuación, revisamos tanto los componentes como la respuesta biológica prevista para estas vacunas, incluida la producción de la propia proteína de la espiga, y su posible relación con una amplia gama de patologías inducidas, tanto agudas como a largo plazo, como trastornos sanguíneos, enfermedades neurodegenerativas y enfermedades autoinmunes. 

Entre estas patologías inducidas potenciales, discutimos la relevancia de las secuencias de aminoácidos relacionadas con la proteína priónica dentro de la proteína espiga. También presentamos una breve revisión de los estudios que apoyan el potencial de “derrame” de la proteína de la espiga, la transmisión de la proteína de una persona vacunada a una no vacunada, lo que resulta en síntomas inducidos en esta última. Terminamos abordando un punto común de debate, a saber, si estas vacunas podrían modificar o no el ADN de los vacunados. Aunque no hay estudios que demuestren de forma definitiva que esto ocurre, aportamos un escenario plausible, apoyado en vías previamente establecidas para la transformación y el transporte de material genético, por el que el ARNm inyectado podría incorporarse en última instancia al ADN de las células germinales para su transmisión transgeneracional. Concluimos con nuestras recomendaciones relativas a la vigilancia que ayudarán a aclarar los efectos a largo plazo de estos fármacos experimentales y nos permitirán evaluar mejor la verdadera relación riesgo/beneficio de estas nuevas tecnologías.

Palabras clave: potenciación dependiente de anticuerpos, enfermedades autoinmunes, edición de genes, nanopartículas lipídicas, ARN mensajero, enfermedades priónicas, transcripción inversa, vacunas contra el SARS-CoV-2 

Introducción

Sin precedentes. Esta palabra ha definido mucho el año 2020 y la pandemia relacionada con el SARS-CoV-2. Además de una enfermedad sin precedentes y su respuesta mundial, la COVID-19 también inició un proceso sin precedentes de investigación, producción, prueba y distribución pública de vacunas (Shaw, 2021). La sensación de urgencia en torno a la lucha contra el virus llevó a la creación, en marzo de 2020, de la Operación Warp Speed (OWS), el programa del entonces presidente Donald Trump para sacar al mercado una vacuna contra el COVID-19 lo antes posible (Jacobs y Armstrong, 2020). La OWS estableció algunos aspectos más sin precedentes de la COVID-19. En primer lugar, hizo que el Departamento de Defensa de EE.UU. colaborara directamente con los departamentos de salud de EE.UU. con respecto a la distribución de la vacuna (Bonsell, 2021). En segundo lugar, los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) colaboraron con la empresa de biotecnología Moderna en la introducción en el mercado de un tipo de vacuna sin precedentes contra las enfermedades infecciosas, que utiliza una tecnología basada en el ARN mensajero (ARNm) (Institutos Nacionales de la Salud, 2020).La confluencia de estos acontecimientos sin precedentes ha dado a conocer rápidamente al público la promesa y el potencial de las vacunas de ARNm como nueva arma contra las enfermedades infecciosas en el futuro. Al mismo tiempo, los acontecimientos sin precedentes carecen, por definición, de una historia y un contexto que permitan evaluar plenamente los riesgos, los beneficios esperados, la seguridad y la viabilidad a largo plazo como contribución positiva a la salud pública.

En este artículo examinaremos brevemente un aspecto concreto de estos acontecimientos sin precedentes, a saber, el desarrollo y la aplicación de vacunas de ARNm contra la clase de enfermedades infecciosas que se engloban bajo el nombre de “SARS-CoV-2”. Creemos que muchas de las cuestiones que planteamos aquí serán aplicables a cualquier vacuna de ARNm que pueda producirse en el futuro contra otros agentes infraestructurales, o en aplicaciones relacionadas con el cáncer y las enfermedades genéticas, mientras que otras parecen ser específicamente relevantes para las vacunas de ARNm que se están aplicando actualmente contra la subclase de virus corona. Mientras que las promesas de esta tecnología han sido ampliamente anunciadas, los riesgos objetivamente evaluados y las preocupaciones de seguridad han recibido una atención mucho menos detallada. Nuestra intención es revisar varios aspectos moleculares muy preocupantes de la tecnología de ARNm relacionada con las enfermedades infecciosas, y correlacionarlos con los efectos patológicos tanto documentados como potenciales

Muchos aspectos del Covid-19 y del posterior desarrollo de la vacuna no tienen precedentes para una vacuna desplegada para su uso en la población general. Algunos de ellos son los siguientes.
1 Es la primera vez que se utiliza PEG (polietilenglicol) en una inyección (véase el texto)
2. Es la primera vez que se utiliza la tecnología de la vacuna de ARNm contra un agente infeccioso
3. La primera vez que Moderna saca un producto al mercado.
4. La primera en que los oficiales de salud pública le dicen a quienes reciben la vacunación que esperen efectos adversos.
5. La primera en aplicarse públicamente sin más datos que los preliminares sobre su eficacia (véase el texto) 6. La primera vacuna que no hace afirmaciones claras sobre la reducción de las infecciones, la transmisibilidad o las muertes
7. La primera vacuna contra el coronavirus que se intenta aplicar en humanos
8. La primera inyección de polinucleótidos modificados genéticamente en la población general

Desarrollo de vacunas

El desarrollo de vacunas de ARNm contra enfermedades infecciosas no tiene precedentes en muchos aspectos. En una publicación de 2018 patrocinada por la Fundación Bill y Melinda Gates, las vacunas se dividieron en tres categorías: Simples, Complejas y Sin precedentes (Young et al., 2018). Las vacunas simples y complejas representaban aplicaciones estándar y modificadas de tecnologías de vacunas existentes. Sin precedentes representa una categoría de vacuna contra una enfermedad para la que nunca ha existido una vacuna adecuada. Las vacunas contra el VIH y la malaria son ejemplos. Como indica su análisis, representado en la Figura 1, se espera que las vacunas sin precedentes tarden 12,5 años en desarrollarse. Y lo que es aún más inquietante, se calcula que tienen un 5% de posibilidades de superar la fase II de los ensayos (para evaluar la eficacia) y, de ese 5%, un 40% de posibilidades de superar la fase III (para evaluar el beneficio para la población). En otras palabras, se predijo que una vacuna sin precedentes tenía un 2% de probabilidades de éxito en la fase de un ensayo clínico de fase III. Como dicen los autores sin rodeos, hay una “baja probabilidad de éxito, especialmente para las vacunas sin  precedentes.” (Young et al., 2018)

Figura 1: El lanzamiento de vacunas innovadoras es costoso y requiere mucho tiempo, con una baja probabilidad de éxito, especialmente para las vacunas sin precedentes (adaptado de Young et al, 2018

Con esto en mente, dos años después tenemos una vacuna sin precedentes con informes de eficacia del 90-95% (Baden et al. 2020). De hecho, estos informes de eficacia son la principal motivación del apoyo público a la adopción de la vacunación (Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, 2020). Esto desafía no sólo las predicciones, sino también las expectativas. El British Medical Journal (BMJ) puede ser la única publicación médica convencional prominente que ha dado una plataforma a las voces que llaman la atención sobre las preocupaciones en torno a la eficacia de las vacunas COVID-19. En efecto, hay razones para creer que las estimaciones de eficacia necesitan ser reevaluadas.

Peter Doshi, editor asociado del BMJ, ha publicado dos importantes análisis (Doshi 2021a, 2021b) de los datos brutos entregados a la FDA por los fabricantes de vacunas, datos que son la base de la afirmación de alta eficacia. Lamentablemente, estos fueron publicados en el blog del BMJ y no en su contenido revisado por pares.  Sin embargo, Doshi ha publicado un estudio sobre la eficacia de la vacuna y la cuestionable utilidad de los criterios de valoración de los ensayos de vacunas en el contenido revisado por pares del BMJ (Doshi 2020).

Un aspecto central de la crítica de Doshi a los datos preliminares de eficacia es la exclusión de más de 3400 “casos sospechosos de COVID-19” que no se incluyeron en el análisis provisional de los datos de la vacuna de Pfizer presentados a la FDA. Además, un porcentaje bajo, pero no trivial, de individuos en ambos casos de Moderna y Pfizer se consideraron positivos al SARS-CoV-1 en la línea de base, a pesar de que la infección previa era motivo de exclusión. Por estas y otras razones, la estimación provisional de eficacia de alrededor del 95% para ambas vacunas es sospechosa.

Un análisis más reciente examinó específicamente la cuestión de la reducción de riesgo relativa frente a la absoluta. Mientras que las altas estimaciones de reducción del riesgo se basan en los riesgos relativos, la reducción del riesgo absoluto es una métrica más apropiada para que un miembro del público en general determine si una vacunación proporciona una reducción del riesgo significativa personalmente. En ese análisis, utilizando los datos suministrados por los fabricantes de vacunas a la FDA, la vacuna Moderna en el momento del análisis provisional demostró una reducción del riesgo absoluto del 1,1% (p= 0,004), mientras que la reducción del riesgo absoluto de la vacuna de Pfizer fue del 0,7% (p<0,000) (Brown 2021).

Otros han planteado importantes cuestiones adicionales en relación con el desarrollo de la vacuna COVID-19, cuestiones con relevancia directa para las vacunas de ARNm revisadas aquí. Por ejemplo, Haidere, et. al. (2021) identifican cuatro “preguntas críticas” relacionadas con el desarrollo de estas vacunas, preguntas que son relevantes tanto para su seguridad como para su eficacia:

-¿Las vacunas estimularán la respuesta inmune?

-¿Las vacunas proporcionarán una resistencia inmune sostenible?

-¿Cómo mutará el SARS-CoV-2?

-¿Estamos preparados para los contragolpes de las vacunas?

La falta de ensayos preclínicos y clínicos estándar y extendidos de las dos vacunas de ARNm implementadas deja cada una de estas preguntas por responder con el tiempo. Sólo mediante la observación de los datos fisiológicos y epidemiológicos pertinentes generados por la administración a gran escala de las vacunas al público en general se podrán resolver estas cuestiones. Y esto sólo es posible si hay libre acceso a la información imparcial de los resultados, algo que parece poco probable dada la censura generalizada de la información relacionada con las vacunas debido a la necesidad percibida de declarar el éxito a toda costa.

Las dos vacunas de ARNm que han superado la fase 3 de los ensayos y que ahora se están suministrando a la población general son la vacuna Moderna y la vacuna de Pfizer-BioNTech. Las vacunas tienen mucho en común. Ambas se basan en el ARNm que codifica la proteína de la espiga del virus del SRAS-CoV-2. Ambas han demostrado una eficacia relativa del 94-95%. Las indicaciones preliminares son que los anticuerpos siguen presentes después de tres meses. Ambos recomiendan dos dosis espaciadas por tres o cuatro semanas, y recientemente hay informes de que son necesarias inyecciones de refuerzo anuales (Mahose, 2021). Ambas se administran a través de una inyección muscular, y ambas requieren un almacenamiento en congelación para evitar que el ARN se descomponga. Esto se debe a que, a diferencia del ADN de doble cadena, que es muy estable, los productos de ARN de una sola cadena son propensos a dañarse o quedar sin poder a temperaturas cálidas y deben mantenerse extremadamente fríos para conservar su eficacia potencial (Pushparajah et al., 2021). Los fabricantes afirman que la vacuna de Pfizer requiere ser almacenada a -94 grados Fahrenheit (-70 grados Celsius), lo que hace que sea muy difícil transportarla y mantenerla fría durante el tiempo que transcurre antes de su administración final. La vacuna Moderna puede almacenarse durante 6 meses a -4 grados Fahrenheit (-20 grados Celsius), y puede guardarse de forma segura en el frigorífico durante 30 días tras su descongelación (Zimmer et al., 2021). 

Otras dos vacunas que se están administrando ahora de forma urgente son la de Johnson & Johnson y la de AstraZeneca. Ambas se basan en una tecnología de ADN vectorial que es muy diferente de la tecnología utilizada en las vacunas de ARNm.  Aunque estas vacunas también se lanzaron al mercado de forma precipitada y con una evaluación insuficiente, no son el objeto de este artículo, por lo que nos limitaremos a describir brevemente su desarrollo. Estas vacunas se basan en una versión defectuosa de un adenovirus, un virus de ADN de doble cadena que causa el resfriado común. El adenovirus ha sido modificado genéticamente de dos maneras, de forma que no puede replicarse debido a la falta de genes críticos, y su genoma ha sido aumentado con el código de ADN para la proteína de pico del SARS-CoV-2. La producción de AstraZeneca implica una línea celular humana inmortalizada llamada Human Embryonic Kidney (HEK) 293, que se cultiva junto con los virus defectuosos (Dicks et al., 2012).  La línea celular HEK se modificó genéticamente en la década de 1970 aumentando su ADN con segmentos de un adenovirus que aportan los genes que faltan para la replicación del virus defectuoso (Louis et al., 1997). Johnson & Johnson utiliza una técnica similar basada en una línea celular de retina fetal. Dado que la fabricación de estas vacunas requiere líneas celulares tumorales humanas modificadas genéticamente, existe la posibilidad de que se produzca una contaminación del ADN humano, así como muchos otros contaminantes potenciales.

Los medios de comunicación han generado un gran entusiasmo por esta tecnología revolucionaria, pero también existe la preocupación de que no nos estemos dando cuenta de la complejidad de las posibles reacciones del cuerpo a los ARNm extraños y otros ingredientes de estas vacunas que van mucho más allá del simple objetivo de engañar al cuerpo para que produzca anticuerpos contra la proteína de la espiga. En el resto de este artículo, primero describiremos con más detalle la tecnología que hay detrás de las vacunas de ARNm. Dedicamos varias secciones a aspectos específicos de las vacunas de ARNm que nos preocupan en cuanto al potencial de consecuencias negativas tanto predecibles como impredecibles. Concluimos con un llamamiento a los gobiernos y a la industria farmacéutica para que consideren la posibilidad de ser más cautelosos en la actual empresa de vacunar al mayor número posible de personas contra el SRAS-CoV-2.

[…]

Vacunas de ARNm, proteínas de espiga y potenciación dependiente de anticuerpos (ADE) 

El ADE es un fenómeno inmunológico descrito por primera vez en 1964 (Hawkes et al., 1964). En esa publicación, Hawkes describió una serie de experimentos en los que se incubaron cultivos de flavivirus con sueros aviares que contenían títulos elevados de anticuerpos contra esos virus. El hallazgo inesperado fue que, con diluciones cada vez más altas de los sueros que contenían anticuerpos, la infectividad de las células aumentaba. La falta de una explicación de cómo podía ocurrir esto es probablemente la responsable de que se haya ignorado en gran medida durante casi 20 años (Morens et al., 1994).

Se han propuesto múltiples vías a través de las cuales los anticuerpos participan tanto directa como indirectamente en la neutralización de las infecciones (Lu et al., 2018b). El ADE es un caso especial de lo que puede ocurrir cuando en el momento de la infección hay niveles bajos y no neutralizantes de anticuerpos específicos o de reacción cruzada contra un virus. Estos anticuerpos pueden estar presentes debido a la exposición previa al virus, a la exposición a un virus relacionado o a la vacunación previa contra el virus. En el momento de la reinfección, los anticuerpos, en número insuficiente para neutralizar el virus, se unen a éste. Estos anticuerpos se acoplan al receptor Fc de las superficies celulares, facilitando la entrada del virus en la célula y, por consiguiente, aumentando la infectividad del virus (Wan et. al., 2020). 

Se cree que el ADE es la causa de la mayor gravedad del dengue que se observado en aquellos con exposición previa (Beltramello et al., 2010), y también podría desempeñar un papel en una enfermedad más grave entre aquellos previamente vacunados contra la enfermedad (Shukla et al., 2020). También se cree que el ADE desempeña un papel en el ébola (Takada et al., 2003), la infección por el virus del zika (Bardina et al., 2017) y otras infecciones por flavivirus (Campos et al., 2020).

En una correspondencia ampliada publicada en Nature Biotechnology, Eroshenko et. al. ofrecen una revisión exhaustiva de las pruebas que sugieren que el ADE podría manifestarse con cualquier vacuna empleada contra el SARS-CoV-2. Es importante señalar que se ha observado ADE con vacunas contra el coronavirus probadas tanto en modelos in vitro como in vivo (Eroshenko et al., 2020). Otros han advertido de la misma posibilidad con las vacunas contra el SARS-CoV-2. Una teoría sobre cómo podría producirse el ADE en el caso de una vacuna contra el SARS-CoV-2 sugiere que los anticuerpos no neutralizantes forman complejos inmunitarios con antígenos virales para provocar una secreción excesiva de citoquinas proinflamatorias y, en el caso extremo, una tormenta de citoquinas que cause un daño tisular local generalizado (Lee et al., 2020). En una amplia revisión de los ADE potencialmente asociados a las vacunas contra el SARS-CoV-2 se señaló: “En la actualidad, no se conocen hallazgos clínicos, ensayos inmunológicos o biomarcadores que puedan diferenciar una infección viral grave de una enfermedad inmunodeprimida, ya sea mediante la medición de anticuerpos, células T o respuestas intrínsecas del huésped” (Arvin et al. 2020; Liu et al.,2019). Volveremos sobre este punto más adelante.

Los anticuerpos de inmunoglobulina G (IgG) preexistentes, inducidos por la vacunación previa, contribuyen al daño pulmonar grave por el SARS-CoV en macacos (Liu et al., 2019). Peron y Nakaya (2020) aportan pruebas que sugieren que la gama mucho más diversa de exposiciones previas a los coronavirus experimentadas por los ancianos podría predisponerlos a la EDA tras la exposición al SARS-CoV-2. Un artículo preimpreso preocupante informaba de que el plasma del 76% de los pacientes que se habían recuperado de una enfermedad grave por COVID-19, cuando se añadía a cultivos de SARS-CoV-2 y células susceptibles, mostraba una mayor capacidad de infección viral del SARS-CoV-2 en las células Raji (Wu et al., 2020). Los autores señalan que “los títulos de anticuerpos [contra la proteína de la espiga] fueron más altos en los pacientes de edad avanzada de COVID-19, y una respuesta de anticuerpos más fuerte se asoció con un retraso en la eliminación del virus y una mayor gravedad de la enfermedad en los pacientes. Por lo tanto, es razonable especular que los anticuerpos específicos contra la proteína S pueden contribuir a la gravedad de la enfermedad durante la infección por SARS-CoV-2”. (Wu et al., 2020)

Se ha informado de que los tres fabricantes de vacunas de EE.UU. -Moderna, Pfizer y Johnson & Johnson- están trabajando para desarrollar inyecciones de refuerzo (Zaman 2021).Con decenas de millones de adultos jóvenes e incluso niños que ahora tienen anticuerpos contra la proteína de la espiga del coronavirus inducidos por la vacuna, existe la posibilidad de desencadenar ADE relacionados con la futura infección por el SARS-CoV-2 o con la inyección de refuerzo entre esta población más joven. El tiempo lo dirá. 

Las vacunas de ARNm entregan en última instancia la proteína de espiga altamente antigénica a las células presentadoras de antígenos. Como tal, los anticuerpos monoclonales contra la proteína de la espiga son el resultado esperado de las vacunas de ARNm actualmente desplegadas. Se descubrió que los anticuerpos monoclonales contra la proteína de espiga humana producen altos niveles de anticuerpos de reacción cruzada contra las proteínas humanas endógenas (Vojdani et. al., 2021; revisado con más detalle más adelante). Teniendo en cuenta las pruebas sólo parcialmente revisadas aquí, hay suficientes razones para sospechar que los anticuerpos contra la proteína de la espiga contribuirán a los ADE provocados por la infección previa por el SARS-CoV-2 o la vacunación, que pueden manifestarse como afecciones autoinmunes e inflamatorias agudas o crónicas. Hemos señalado anteriormente que no es posible distinguir una manifestación de enfermedad ADE de una verdadera infección viral no ADE. En este sentido, es importante reconocer que, cuando las enfermedades y las muertes ocurren poco después de la vacunación con una vacuna de ARNm, nunca se puede determinar definitivamente, incluso con una investigación completa, que la reacción a la vacuna no fue una causa próxima.

El cebado patogénico, la enfermedad inflamatoria multisistémica y la autoinmunidad 

El cebado patogénico es un concepto que es similar en el resultado a la ADE, pero diferente en el mecanismo subyacente. Lo discutimos aquí como un mecanismo único a través del cual las vacunas de ARNm podrían provocar patologías asociadas.

En abril de 2020 se publicó un importante artículo sobre la posibilidad de que se generen anticuerpos autorreactivos tras la exposición a la proteína de espiga y otros epítopos antigénicos repartidos a lo largo del SARS-CoV-2. Lyons-Weiler (2020) acuñó la expresión “cebado de patógenos” porque creía que la más comúnmente utilizada “potenciación inmunológica” no lograba captar la gravedad de la afección y sus consecuencias. En su análisis in silico, Lyons-Weiler comparó todos los epítopos antigénicos de la proteína SARS-CoV-2 marcados en la base de datos SVMTriP (http://sysbio.unl.edu/SVMTriP/) y buscó en la base de datos p-BLAST (https://blast.ncbi.nlm.nih.gov/Blast.cgi) la homología entre esos epítopos y las proteínas humanas endógenas. De las 37 proteínas del SARS-CoV-2 analizadas, 29 tenían regiones antigénicas. Todas menos una de estas 29 tenían homología con proteínas humanas (putativos autoantígenos) y se predijo que eran autoreactógenas. El mayor número de homologías se asoció con la proteína de la espiga (S) y la proteína NS3, ambas con 6 proteínas humanas homólogas.

Un análisis funcional de las proteínas humanas endógenas homólogas con las proteínas virales encontró que más de 1/3 de ellas están asociadas con el sistema inmune adaptativo. El autor especula que la exposición previa al virus o la vacunación previa, que podría iniciar la producción de anticuerpos dirigidos a estas proteínas endógenas, puede estar desempeñando un papel en el desarrollo de una enfermedad más grave en los ancianos en particular. En este caso, los anticuerpos preexistentes actúan para suprimir el sistema inmunitario adaptativo y conducen a una enfermedad más grave.

Otro grupo (Ehrenfeld et. al., 2020), en un artículo predominantemente sobre la amplia gama de enfermedades autoinmunes encontradas en asociación con una infección previa de SARS-CoV-2, también investigó cómo la proteína spike podría desencadenar tal gama de enfermedades. En la tabla 1 de esa referencia, informan de cadenas de heptapéptidos dentro del proteoma humano que se solapan con la proteína pico generada por el SARS-CoV-2. Identificaron 26 heptapéptidos que se encuentran en los seres humanos y en la proteína pico. Es interesante observar que 2 de los 26 heptapéptidos que se solapan resultaron ser secuenciales, una cadena sorprendentemente larga de péptidos idénticos que se encuentran en común entre las proteínas humanas endógenas y la proteína de la espiga. Al comentar los péptidos superpuestos que habían descubierto y la posibilidad de que esto impulsara muchos tipos de autoinmunidadsimultáneamente, comentan: “El escenario clínico que surge es perturbador“. Lo es, por cierto.

En mayo de 2020, Vojdani y Kharrazian (2020) publicaron otro artículo importante en este sentido. Los autores utilizaron anticuerpos monoclonales de ratón y de conejo contra la proteína de espiga del SARS de 2003 para comprobar la reactividad no sólo contra la proteína de espiga del SARS-CoV-2, sino también contra varias proteínas humanas endógenas. Descubrieron que había un alto nivel de unión no sólo con la proteína de espiga del SARS-CoV-2, sino contra una amplia gama de proteínas endógenas. “[H]emos encontrado que las reacciones más fuertes fueron con la transglutaminasa 3 (tTG3), la transglutaminasa 2 (tTG2), la ENA, la proteína básica de la mielina (MBP), la mitocondria, el antígeno nuclear (NA), la α-miosina, la peroxidasa tiroidea (TPO), el colágeno, la claudina 5+6 y la S100B“. (Vojdani y Kharrazian, 2020).

Hay que destacar estos importantes hallazgos. Los anticuerpos con una alta afinidad de unión a la espiga del SARS-CoV-2 y otras proteínas también tienen una alta afinidad de unión con la tTG (asociada a la enfermedad celíaca), la TPO (tiroiditis de Hashimoto), la proteína básica de la mielina (esclerosis múltiple) y varias proteínas endógenas. A diferencia del proceso autoinmune asociado al cebado de patógenos, estas enfermedades autoinmunes suelen tardar años en manifestarse sintomáticamente.

Los autoanticuerpos generados por la proteína pico predicha por Lyons-Weiler (2020) y descrita anteriormente se confirmaron con un estudio in vitro publicado más recientemente. En este artículo de seguimiento, Vojdani et. al. (2021) volvieron a examinar la cuestión de la reactividad cruzada de los anticuerpos, esta vez utilizando anticuerpos monoclonales (mAbs) humanos contra la proteína de espiga del SARS-CoV-2 en lugar de mAbs de ratón y conejo. Sus resultados confirmaron y ampliaron sus hallazgos anteriores. “Con un punto de corte de 0,32 OD [densidad óptica], el anticuerpo de la proteína de membrana del SARS-CoV-2 reaccionó con 18 de los 55 antígenos probados“. Estos 18 antígenos endógenos abarcan la reactividad en el tejido del hígado, las mitocondrias, el sistema nervioso y digestivo, el páncreas y otras partes del cuerpo. 

En un informe sobre el síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C), Carter et. al. (2020) estudiaron 23 casos. Diecisiete de los 23 (68%) pacientes tenían pruebas serológicas de una infección previa por SARS-CoV-2. De los tres anticuerpos evaluados en la población de pacientes (nucleocápside, RBD y espiga), la densidad óptica de anticuerpos de la proteína espiga IgG (que cuantifica las concentraciones de anticuerpos con respecto a una curva estandarizada (Wikipedia, 2021)), fue la más alta (véase la figura 1d en Carter et al., 2020).

En la actualidad, se especula comúnmente que MIS-C es un ejemplo de cebado inmunitario por exposición previa al SARS-CoV-2 o a otros coronavirus. Buonsenso et. al. (2020) revisaron múltiples similitudes inmunológicas entre el SMI-C y la enfermedad relacionada con una infección previa por estreptococos del grupo A (GAS). Los autores escriben: “Podemos especular que la exposición múltiple de los niños al SARS-CoV-2 con padres con COVID-19 puede funcionar como un cebado del sistema inmunitario, como ocurre con la infección por SGA y, en los niños genéticamente predispuestos, conducir al desarrollo [de MIS-C]“. Otra hipótesis es que las infecciones previas con otros coronavirus, mucho más frecuentes en la población pediátrica, pueden haber cebado el sistema inmunitario del niño al virus del SARS-CoV-2”. 

En junio de 2019, Galeotti y Bayry (2020) revisaron la aparición de enfermedades autoinmunes e inflamatorias en pacientes con COVID-19. Centran su análisis en el SMI-C. Después de revisar varios informes publicados anteriormente sobre una relación temporal entre la COVID-19 y la aparición de MIS-C y de describir una serie de posibles conexiones mecanísticas entre ambas, los autores señalaron que no se había establecido ninguna relación causal. En una recomendación un tanto premonitoria, escribieron: “Para confirmar esta hipótesis debería considerarse un análisis fino de la homología entre varios antígenos del SARS-CoV-2 y los autoantígenos, mediante el uso de enfoques in silico y la validación en modelos experimentales“. Es precisamente este tipo de análisis in silico realizado por Lyons-Weiler (2020) y por Ehrenfeld et. al. (2020) descrito en los párrafos iniciales de esta sección, que encontró la estrecha homología entre los antígenos virales y los autoantígenos. Aunque esto no confirme definitivamente la relación causal hipotetizada por Galeotti y Bayry, es una fuerte evidencia de apoyo.

La autoinmunidad se está reconociendo mucho más ampliamente como una secuela de la COVID-19. Existen múltiples informes de individuos previamente sanos que desarrollaron enfermedades como la púrpura trombocitopénica idiopática, el síndrome de Guillain-Barré y la anemia hemolítica autoinmune (Galeotti y Bayry, 2020). Hay tres informes de casos independientes de lupus eritematoso sistémico (LES) con manifestaciones cutáneas tras el COVID-19 sintomático. En un caso, un varón de 39 años tuvo una aparición de LES dos meses después del tratamiento ambulatorio por COVID-19 (Zamani et.al., 2021). Slimani et.al. (2021) describen otro caso sorprendente de LES de rápida progresión y mortal con manifestaciones cutáneas. 

Los autoanticuerpos se encuentran con mucha frecuencia en los pacientes con COVID-19, incluidos los anticuerpos encontrados en la sangre (Vlachoyiannopoulos et. al., 2020) y en el líquido cefalorraquídeo (SFC) (Franke et. al., 2021). Aunque el SARS-CoV-2 no se encuentra en el LCR, se teoriza que los autoanticuerpos creados en respuesta a la exposición al SARS-CoV-2 pueden provocar al menos una parte de las complicaciones neurológicas documentadas en los pacientes deCOVID-19. Una importante carta al editor enviada a la revista Arthritis & Rheumatology por Bertin et. al. (2020) señaló la alta prevalencia y la fuerte asociación (p=0,009) de autoanticuerpos contra la cardiolipina en pacientes con COVID-19 con enfermedad grave.

Zuo et. al. (2020) encontraron autoanticuerpos antifosfolípidos en el 52% de los pacientes de COVID-19 hospitalizados y especularon que estos anticuerpos contribuyen a la alta incidencia de coagulopatías en estos pacientes. Schiaffino et. al. (2020) informaron de que el suero de un alto porcentaje de pacientes hospitalizados por COVID-19 contenía autoanticuerpos reactivos a la membrana plasmática de los hepatocitos y las células gástricas. En un paciente con síndrome de Guillain-Barré se encontró reactividad de anticuerpos en el líquido cefalorraquídeo (LCR), lo que llevó a los autores a sugerir que la reactividad cruzada con las proteínas del LCR podría provocar las complicaciones neurológicas observadas en algunos pacientes con COVID-19. En una revisión más reciente, Gao et. al. (2021) observaron altos niveles de autoanticuerpos en pacientes con COVID-19 en múltiples estudios. Concluyen que “uno de los posibles efectos secundarios de la administración de una vacuna masiva podría ser una fusión [sic] de enfermedades autoinmunes, especialmente en individuos genéticamente propensos a la autoinmunidad“. 

Una publicación reciente recopila una gran cantidad de pruebas de que se pueden encontrar autoanticuerpos contra una amplia gama de receptores y tejidos en individuos que han tenido una infección previa por SARS-CoV-2. “Los 31 antiguos pacientes de COVID-19 tenían entre 2 y 7 GPCR-fAAB diferentes [autoanticuerpos funcionales contra receptores acoplados a proteínas G] que actuaban como agonistas del receptor” (Wallukat et. al. 2021) La diversidad de GPCR-fAABs identificada, que abarca tanto la actividad agonista como la antagonista en los receptores diana, se correlacionó fuertemente con una serie de síntomas post-COVID-19, incluyendo taquicardia, bradicardia, alopecia, déficit de atención, PoTS, neuropatías y otros. 

El mismo estudio, al referirse a los autoanticuerpos predichos por Lyons-Weiler (2020) mencionados anteriormente, señala con obvia y grave preocupación: “La proteína de la espiga de Sars-CoV-2 es un objetivo epitópico potencial para los procesos autoinmunológicos inducidos por la biomimética [25]. Por lo tanto, creemos que será extremadamente importante investigar si los GPCR-fAABs también serán detectables después de la inmunización mediante la vacunación contra el virus“. 

Hemos revisado aquí la evidencia de que la proteína de espiga del SARS-CoV-2 tiene una extensa homología de secuencia con múltiples proteínas humanas endógenas y podría preparar al sistema inmune para el desarrollo de enfermedades autoinflamatorias y autoinmunes. Esto es particularmente preocupante dado que la proteína ha sido rediseñada con dos residuos de prolina adicionales para impedir potencialmente su eliminación de la circulación a través de la fusión de membranas. Estas enfermedades podrían presentarse de forma aguda y en periodos de tiempo relativamente cortos, como en el caso de MIS-C, o podría no manifestarse durante meses o años tras la exposición a la proteína de la espiga, ya sea a través de la infección natural o de la vacunación. 

Muchos de quienes dan positivo al test COVID-19 no tienen síntomas. El número de casos asintomáticos positivos a la PCR varía mucho entre los estudios, desde un mínimo del 1,6% hasta un máximo del 56,5% (Gao et. al., 2020). Los que son insensibles a COVID-19 probablemente tienen un sistema inmunitario innato muy fuerte. Los neutrófilos y macrófagos de la barrera mucosa sana eliminan rápidamente los virus, a menudo sin necesidad de que el sistema adaptativo produzca anticuerpos. Sin embargo, la vacuna elude intencionadamente el sistema inmunitario de la mucosa, tanto por su inyección más allá de las barreras naturales de la mucosa como por su configuración artificial como nanopartícula que contiene ARN. Como se señala en Carsetti (2020), las personas con una fuerte respuesta inmunitaria innata experimentan casi universalmente una infección asintomática o sólo una presentación leve de la enfermedad COVID-19. Sin embargo, podrían enfrentarse a una enfermedad autoinmune crónica, como se ha descrito anteriormente, como consecuencia de una producción excesiva de anticuerpos en respuesta a la vacuna, que no era necesaria para empezar.

El bazo, las plaquetas y la trombocitopenia 

El Dr. Gregory Michael, obstetra de Miami Beach, murió de una hemorragia cerebral 16 días después de recibir la primera dosis de la vacuna COVID-19 de Pfizer/BioNTech. A los tres días de la vacuna, desarrolló púrpura trombocitopénica idiopática (PTI), un trastorno autoinmune en el que las células inmunitarias atacan y destruyen las plaquetas. Su recuento de plaquetas descendió precipitadamente, lo que provocó una incapacidad para detener las hemorragias internas, lo que condujo a la apoplejía, como se describe en un artículo del New York Times (Grady y Mazzei, 2021). El New York Times publicó un segundo artículo en el que se hablaba de otros casos de PTI tras la vacunación contra el SRAS-CoV-2 (Grady, 2021), y en el Sistema de Notificación de Efectos Adversos de las Vacunas (VAERS) se han notificado otros casos de caída precipitada de las plaquetas y trombocitopenia tras la vacunación contra el SRAS-CoV-2. 

1.Biodistribución de las vacunas de ARNm 

Varios estudios sobre vacunas basadas en ARNm han confirmado de forma independiente que el bazo es un importante centro de actividad para la respuesta inmunitaria. Un estudio sobre una vacuna contra el virus de la gripe basada en ARNm es extremadamente relevante para responder a la cuestión de la biodistribución del ARNm de la vacuna. Esta vacuna, al igual que las vacunas contra el SARS-CoV-2, se diseñó en forma de nanopartículas lipídicas con ARN modificado que codifica la hemaglutinina (la proteína de fusión de superficie equivalente a la proteína de la espiga en los virus corona), y se administró mediante inyección muscular. Se hizo un seguimiento de la concentración de ARNm a lo largo del tiempo en varias muestras de tejido, y se registró la concentración máxima observada en cada lugar. No es de extrañar que la concentración fuera máxima en el músculo en el lugar de la inyección (5.680 ng/mL). Este nivel disminuyó lentamente con el tiempo, alcanzando la mitad del valor original a las 18,8 horas después de la inyección. El siguiente nivel más alto se observó en el ganglio linfático proximal, alcanzando un máximo de 2.120 ng/mL y no descendiendo a la mitad de este valor hasta 25,4 horas después. Entre los órganos, los niveles más altos con diferencia se encontraron en el bazo (86,69 ng/mL) y el hígado (47,2 ng/mL). En el resto del cuerpo, la concentración era entre 100 y 1.000 veces menor. En particular, los ganglios linfáticos distales sólo tenían una concentración máxima de 8 ng/mL. Llegaron a la conclusión de que el ARNm se distribuye desde el lugar de la inyección hasta el hígado y el bazo a través del sistema linfático, llegando finalmente a la circulación general. Es probable que esto ocurra a través de su transporte dentro de los macrófagos y otras células inmunitarias que lo captan en el muscular en el lugar de la inyección. De manera inquietante, también llega al cerebro, aunque a niveles mucho más bajos (Bahl et al., 2017). El informe de evaluación de la Agencia Europea del Medicamento para la vacuna Moderna también señaló que el ARNm podía detectarse en el cerebro tras la administración intramuscular en aproximadamente un 2% del nivel encontrado en el plasma (Agencia Europea del Medicamento, 2021).

En otro experimento realizado para rastrear la vía de biodistribución de las vacunas de ARN, se administró una vacuna de ARN antirrábico por vía intramuscular a ratas en una única dosis. La vacuna incluía un código para una proteína inmunógena de la rabia, así como el código para la ARN polimerasa, y estaba formulada como una nanoemulsión de aceite en agua. Por lo tanto, no es del todo representativa de las vacunas de ARNm del SRAS-CoV-2. No obstante, su administración intramuscular y su dependencia de la captación de ARN por parte de las células inmunitarias significa probablemente que migraría a través de los tejidos por una vía similar a la de la vacuna contra el SARS-CoV-2. Los autores observaron un agrandamiento de los ganglios linfáticos de drenaje, y los estudios de los tejidos revelaron que el ARN de la rabia apareció inicialmente en el lugar de la inyección y en los ganglios linfáticos de drenaje en el plazo de un día, y también se encontró en la sangre, los pulmones, el bazo y el hígado (Stokes et al., 2020). Estos resultados coinciden con el estudio anterior sobre las vacunas de ARNm contra la gripe.

Por último, un estudio en el que se compararon las nanopartículas de ARNm que expresan luciferasa con las células dendríticas de ARNm que expresan luciferasa como enfoque alternativo para la vacunación reveló que la señal de la luciferasa alcanzó una gama más amplia de sitios linfoides con el mecanismo de entrega de nanopartículas. Y lo que es más importante, la señal de la luciferasa se concentró en el bazo en el caso de las nanopartículas, en comparación con el predominio en los pulmones de las células dendríticas (Firdessa-Fite y Creuso, 2020). 

2.Trombocitopenia inmune 

La trombocitopenia inmune (PTI) ha surgido como una importante complicación de la COVID-19 (Bhattacharjee y Banerjee, 2020). En muchos casos, aparece después de la recuperación completa de la enfermedad, es decir, después de que el virus se haya eliminado, lo que sugiere que es un fenómeno autoinmune. Una vía probable por la que podría producirse la PTI tras la vacunación es la migración de células inmunitarias que llevan una carga de nanopartículas de ARNm a través del sistema linfático hacia el bazo. Estas células inmunitarias producirían la proteína de espiga de acuerdo con el código de las nanopartículas, y la proteína de espiga induciría la generación de anticuerpos IgG por parte de las células B. 

La PTI se manifiesta inicialmente como petequias o púrpura en la piel, y/o hemorragias en las superficies mucosas. Tiene un alto riesgo de mortalidad por hemorragia y accidente cerebrovascular. La PTI se caracteriza por un aumento de la destrucción de las plaquetas y una reducción de su producción, y los autoanticuerpos desempeñan un papel fundamental (Sun y Shan, 2019). Las plaquetas están recubiertas por anticuerpos antiplaquetarios y complejos inmunes, y esto induce su eliminación por parte de los fagocitos. 

Especialmente en condiciones de autofagia alterada, la cascada de señalización resultante también puede dar lugar a la supresión de la producción de megacariocitos en la médula ósea, que son las células precursoras de la producción de plaquetas (Sun y Shan, 2019). El estudio de un caso de un paciente diagnosticado de COVID-19 es revelador porque desarrolló una trombocitopenia de aparición súbita un par de días después de haber sido dado de alta del hospital sobre la base de una prueba de ácido nucleico COVID-19 negativa. Tras esta evolución, se comprobó que el paciente tenía un número reducido de megacariocitos productores de plaquetas, mientras que los anticuerpos autoinmunes eran negativos, lo que sugiere un problema de producción de plaquetas más que de destrucción de las mismas (Chen et al., 2020).

La autofagia es esencial para eliminar las proteínas dañadas, los orgánulos y los patógenos bacterianos y virales. Las alteraciones de las vías de autofagia se están convirtiendo en un sello distintivo de la patogénesis de muchos virus respiratorios, como el virus de la gripe, el MERS-CoV, el SARS-CoV y, sobre todo, el SARS-CoV-2 (Limanaqi et al., 2020). La autofagia es seguramente crítica en la eliminación de la proteína de espiga producida por las células inmunes programadas para producirla a través de las vacunas de ARNm. 

Se puede especular que la autofagia alterada impide la eliminación de la proteína de espiga producida por los macrófagos a partir del ARNm de la vacuna. Como mostraremos más adelante, las plaquetas poseen proteínas autofágicas y utilizan la autofagia para eliminar los virus. El deterioro de la autofagia es un rasgo característico de la PTI, y puede ser la clave del ataque autoinmune a las plaquetas (Wang et al., 2019). 

3. Un rol crítico para el bazo

El bazo es el mayor órgano linfoide secundario de los seres humanos y contiene hasta 1/3 de los suministros de plaquetas del cuerpo. El bazo es el principal lugar de destrucción de las plaquetas durante la PTI, ya que controla la respuesta de los anticuerpos contra las plaquetas. Los dos principales autoanticuerpos asociados a la PTI son contra la inmunoglobulina G (IgG) y el complejo de glucoproteínas (GP) IIb/IIIa de las plaquetas (Aslam et al., 2016).

El bazo desempeña un papel central en la eliminación de antígenos extraños y la síntesis de IgG por parte de las células B. Tras la exposición a un antígeno, como la proteína de la espiga, los neutrófilos de la zona marginal del bazo adquieren la capacidad de interactuar con las células B, induciendo la producción de anticuerpos (Puga et al., 2011). Esto es probablemente crucial para el éxito de la vacunación. La modificación con pseudouridina del ARNm es importante para asegurar la supervivencia del ARN el tiempo suficiente para que llegue al bazo. En un experimento sobre la inyección de nanopartículas de ARNm en ratones, tanto el ARNm suministrado como la proteína codificada pudieron detectarse en el bazo a las 1, 4 y 24 horas después de la inyección, en niveles significativamente más altos que cuando se utilizó ARN no modificado (Karikó et al., 2008).

Un sofisticado mecanismo de comunicación cruzada entre plaquetas y neutrófilos en el bazo puede provocar trombocitopenia, mediada por una respuesta patológica denominada NETosis. El receptor plaquetario TLR7 (toll-like receptor 7) reconoce las partículas de la gripe en la circulación y conduce a su engullimiento y endocitosis por las plaquetas. Después de engullir los virus, las plaquetas estimulan a los neutrófilos para que liberen su ADN dentro de las trampas extracelulares de neutrófilos (NETs) (Koupenova et al., 2019), y el ADN, en cantidades excesivas, pone en marcha una cascada protrombótica.

4. Lecciones a partir de la gripe 

El virus de la gripe, al igual que el virus de la corona, es un virus de ARN monocatenario. La trombocitopenia es una complicación común de la infección por gripe, y su gravedad predice los resultados clínicos en los pacientes críticos (Jansen et al., 2020). Las plaquetas contienen abundantes glicoproteínas en sus membranas que actúan como receptores y apoyan la adhesión a la pared endotelial. Los autoanticuerpos contra las glicoproteínas plaquetarias se encuentran en la mayoría de los pacientes con trombocitopenia autoinmune (Lipp et al., 1998). El virus de la gripe se une a las células a través de las glicoproteínas, y libera una enzima llamada neuraminidasa que puede romper los glicosaminoglicanos unidos a las glicoproteínas y liberarlos. Esta acción probablemente expone las glicoproteínas de las plaquetas a las células B, induciendo la producción de autoanticuerpos. Se ha demostrado que la neuraminidasa expresada por el patógeno Streptococcus pneumoniae desializa las plaquetas, lo que conduce a la hiperactividad plaquetaria (Kullaya et al., 2018).

Las plaquetas parecen desempeñar un papel importante en la eliminación del virus. Un minuto después de incubar las plaquetas junto con los virus de la gripe, los virus ya se habían adherido a las plaquetas. La internalización posterior, posiblemente por fagocitosis, alcanzó su punto máximo a los 30 minutos (Jansen et al., 2020).

La proteína de pico del SARS-CoV-2 se une al ácido sésico, lo que significa que podría unirse a las glicoproteínas de las membranas de las plaquetas (Baker et al., 2020). Existe una similitud estructural entre la proteína de espiga S1 del CoV del SRAS y la neuraminidasa expresada por el virus de la gripe, lo que podría significar que la proteína de espiga posee actividad neuraminidasa (Zhang et al., 2004). Varios virus expresan neuraminidasa, y generalmente actúa enzimáticamente para catabolizar los glicanos en las glicoproteínas a través de la desialilación.

Por lo tanto, parece plausible que una cascada peligrosa que conduce a la PTI podría sobrevenir después de la vacunación de ARNm, incluso sin virus vivo presente, particularmente en el contexto de la autofagia deteriorada. Las células inmunitarias del músculo del brazo captan las partículas de ARN y circulan por el sistema linfático, acumulándose en el bazo. Allí, las células inmunitarias producen abundante proteína spike, que se une a las glicoproteínas de las plaquetas y las desializa. La interacción de las plaquetas con los neutrófilos provoca la NETosis y la puesta en marcha de una cascada inflamatoria. Las glicoproteínas expuestas se convierten en objetivos para los anticuerpos autoinmunes que atacan y eliminan las plaquetas, lo que provoca una rápida caída del recuento de plaquetas y un evento que pone en peligro la vida. 

Activación del herpes zóster latente

Un estudio observacional realizado en el Centro Médico de Tel Aviv y en el Centro Médico Carmel de Haifa, Israel, descubrió un aumento significativo de la tasa de herpes zóster tras la vacunación de Pfizer (Furer 2021). En este estudio observacional se controlaron pacientes con enfermedades reumáticas inflamatorias autoinmunes preexistentes (AIIRD). Entre los 491 pacientes con AIIRD durante el periodo de estudio, 6 (1,2%) fueron diagnosticados de herpes zoster como primer diagnóstico entre 2 días y 2 semanas después de la primera o segunda vacunación. 

La base de datos VAERS de los CDC, consultada el 19 de abril de 2021, contiene 278 notificaciones de herpes zóster tras la vacunación de Moderna o Pfizer. Dada la documentada infradeclaración al VAERS (Lazarus et al. 2010), y dada la naturaleza asociativa de los informes del VAERS, no es posible demostrar ninguna relación causal entre las vacunas y los informes de zoster. Sin embargo, creemos que la aparición del zóster es otra “señal” importante en el VAERS.

Este aumento del riesgo al herpes zóster, si es válido, puede tener importantes implicaciones más amplias. Múltiples estudios han demostrado que los pacientes con inmunodeficiencia primaria o adquirida son más susceptibles a la infección grave por herpes zóster (Ansari et al., 2020). Esto sugiere que las vacunas de ARNm pueden estar suprimiendo la respuesta inmunitaria innata. Existe una interacción entre el TNF-α y el interferón de tipo I en las enfermedades autoinmunes, en la que cada uno suprime al otro (Palucka et al., 2005). El interferón tipo I inhibe la replicación del virus de la varicela-zóster (Ku et al., 2016). El TNF-α está fuertemente regulado en una respuesta inflamatoria, que es inducida por las nanopartículas lipídicas de la vacuna. Su aumento también se asocia con el estado inflamatorio crónico de la artritis reumatoide (Matsuno et al., 2002). La expresión exuberante de TNF-α tras la vacunación puede estar interfiriendo con la respuesta INF-α de las células dendríticas que mantiene el herpes zoster latente bajo control.

Toxicidad de la proteína espiga

Ahora se está viendo que el SARS-CoV-2 tiene graves efectos en la vasculatura de múltiples órganos, incluida la del cerebro. Como se ha mencionado anteriormente, la proteína de espiga facilita la entrada del virus en una célula huésped al unirse a ACE2 en la membrana plasmática. La ACE2 es una proteína integral de membrana de tipo I que escinde la angiotensina II en angiotensina(1-7), eliminando así la angiotensina II y reduciendo la presión arterial. En una serie de artículos, Yuichiro Suzuki, en colaboración con otros autores, presentó un argumento sólido de que la proteína de la espiga por sí misma puede causar una respuesta de señalización en la vasculatura con consecuencias potencialmente amplias (Suzuki, 2020; Suzuki et al., 2020; Suzuki et al., 2021; Suzuki y Gychka, 2021). Estos autores observaron que, en los casos graves de COVID-19, el SARS-CoV-2 provoca importantes cambios morfológicos en la vasculatura pulmonar. El análisis post-mortem de los pulmones de los pacientes que murieron por COVID-19 reveló características histológicas que mostraban un engrosamiento de la pared vascular, principalmente debido a la hipertrofia de la túnica media. Las células musculares lisas agrandadas se habían redondeado, con núcleos hinchados y vacuolas citoplasmáticas (Suzuki et al., 2020). Además, demostraron que la exposición de las células musculares lisas de la arteria pulmonar humana cultivadas a la subunidad S1 de la proteína de espiga del SARS-CoV-2 era suficiente para promover la señalización celular sin el resto de los componentes del virus.

Figura 2: Un modelo simple para un proceso por el cual la proteína de espiga producida a través de las vacunas de ARNm podría inducir una respuesta patológica distinta de la inducción deseable de anticuerpos para suprimir la entrada viral. Redibujado con permiso de Suzuki y Gychka, 2021.

Los artículos siguientes (Suzuki et al., 2021, Suzuki y Gychka, 2021) mostraron que la subunidad S1 de la proteína de espiga suprime la ACE2, causando una condición que se asemeja a la hipertensión arterial pulmonar (HAP), una enfermedad pulmonar grave con una mortalidad muy alta. Su modelo se representa aquí en la Figura 2. Ominosamente, Suzuki y Gychka (2021) escribieron: “Así, estos estudios in vivo demostraron que la proteína de pico del SARS-CoV-1 (sin el resto del virus) reduce la expresión de la ECA2, aumenta el nivel de angiotensina II y exacerba la lesión pulmonar“. Los “estudios in vivo” a los que se referían aquí (Kuba et al., 2005) habían demostrado que la lesión pulmonar inducida por el coronavirus del SRAS se debía principalmente a la inhibición de la ECA2 por la proteína de la espiga del SRAS-CoV, causando un gran aumento de la angiotensina-II. Suzuki et al. (2021) siguieron demostrando experimentalmente que el componente S1 del virus SARS-CoV-2, a una baja concentración de 130 pM, activaba la vía de señalización MEK/ERK/MAPK para promover el crecimiento celular. Especularon que estos efectos no se limitarían a la vasculatura pulmonar. La cascada de señalización desencadenada en la vasculatura del corazón provocaría una enfermedad arterial coronaria, y la activación en el cerebro podría dar lugar a un accidente cerebrovascular. También se prevería una hipertensión sistémica. La hipótesis es que esta capacidad de la proteína de la espiga de promover la hipertensión arterial pulmonar podría predisponer a los pacientes que se recuperan del SARS-CoV-2 a desarrollar posteriormente una insuficiencia cardíaca ventricular derecha. Además, sugirieron que podría producirse un efecto similar en respuesta a las vacunas de ARNm, y advirtieron de las posibles consecuencias a largo plazo para los niños y adultos que recibieran vacunas COVID-19 basadas en la proteína de espiga (Suzuki y Gychka, 2021).

Un interesante estudio de Lei et. al. (2021) descubrieron que las esferas de pseudovirus decoradas con la proteína S1 del SARS-CoV-2, pero que carecían de ADN viral en su núcleo, provocaban inflamación y daños tanto en las arterias como en los pulmones de ratones expuestos por vía intratraqueal. A continuación, expusieron células endoteliales humanas sanas a las mismas partículas de pseudovirus. La unión de estas partículas a los receptores ACE2 endoteliales provocó el daño y la fragmentación mitocondrial en esas células endoteliales, dando lugar a los cambios patológicos característicos en el tejido asociado. Este estudio deja claro que la proteína spike por sí sola, sin asociarse con el resto del genoma viral, es suficiente para causar el daño endotelial asociado a COVID-19. Las implicancias para vacunas que se espera que hagan que las células manufacturen la proteína de la espiga son claras, y son una obvia causa de preocupación.

Los síntomas neurológicos asociados a la COVID-19, como el dolor de cabeza, las náuseas y los mareos, la encefalitis y los coágulos sanguíneos cerebrales mortales, son todos indicadores de los efectos virales perjudiciales en el cerebro. Buzhdygan et al. (2020) propusieron que las células endoteliales microvasculares primarias del cerebro humano podrían causar estos síntomas. La ACE2 se expresa de forma ubicua en las células endoteliales de los capilares cerebrales. La expresión de ACE2 está regulada al alza en la vasculatura cerebral en asociación con la demencia y la hipertensión, ambos factores de riesgo para los malos resultados de COVID-19. En un estudio in vitro de la barrera hematoencefálica, el componente S1 de la proteína de la espiga promovió la pérdida de la integridad de la barrera, lo que sugiere que la proteína de la espiga actuando sola desencadena una respuesta proinflamatoria en las células endoteliales del cerebro, lo que podría explicar las consecuencias neurológicas de la enfermedad (Buzhdygan et al., 2020). Las implicaciones de esta observación son inquietantes porque las vacunas de ARNm inducen la síntesis de la proteína de espiga, que teóricamente podría actuar de forma similar para dañar el cerebro. 

La proteína de espiga generada endógenamente por la vacuna también podría tener un impacto negativo en los testículos masculinos, ya que el receptor ACE2 se expresa en gran medida en las células de Leydig de los testículos (Verma et al., 2020). Varios estudios han demostrado ahora que la proteína de la espiga del coronavirus es capaz de acceder a las células de los testículos a través del receptor ACE2, e interrumpir la reproducción masculina (Navarra et al., 2020; Wang y Xu, 2020). En un artículo que incluía el examen postmortem de los testículos de seis pacientes masculinos de COVID-19 se encontraron pruebas microscópicas de la proteína de espiga en las células intersticiales de los testículos de los pacientes con testículos dañados (Achua et al., 2021).

Una posible relación con las enfermedades priónicas y la neurodegeneración

Las enfermedades priónicas son un conjunto de enfermedades neurodegenerativas que se inducen a través del mal plegamiento de importantes proteínas corporales, que forman oligómeros tóxicos que acaban precipitándose en forma de fibrillas que causan daños generalizados en las neuronas. Stanley Prusiner acuñó por primera vez el nombre “prión” para describir estas proteínas mal plegadas (Prusiner, 1982). La enfermedad priónica más conocida es la enfermedad MADCOW (encefalopatía espongiforme bovina), que se convirtió en una epidemia en el ganado europeo a partir de la década de 1980. El sitio web de los CDC sobre las enfermedades priónicas afirma que “las enfermedades priónicas suelen ser rápidamente progresivas y siempre son mortales” (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, 2018).  Actualmente se cree que muchas enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, la enfermedad de Parkinson y La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) puede ser una enfermedad priónica, y los investigadores han identificado partículas infecciosas proteicas específicas vinculadas a estas enfermedades (Weickenmeier et al., 2019).

Además, los investigadores han identificado un motivo característico vinculado a la susceptibilidad de plegarse erróneamente en oligómeros tóxicos, denominado motivo de cremallera de glicina. Se caracteriza por un patrón de dos residuos de glicina espaciados por tres aminoácidos intermedios, representados como GxxxG. El prión bovino vinculado a MADCOW tiene una secuencia espectacular de diez GxxxG en una fila (véase uniprot.org/uniprot/P10279).

En términos más generales, el motivo GxxxG es una característica común de las proteínas transmembrana, y las glicinas desempeñan un papel esencial en el entrecruzamiento de α-hélices en la proteína (Mueller et al., 2014). Las prionproteínas se vuelven tóxicas cuando las α-hélices se pliegan de forma incorrecta como β-hojas, y la proteína se ve afectada en su capacidad para entrar en la membrana (Prusiner, 1982). Las glicinas dentro de los motivos transmembrana de la cremallera de glicina en la proteína precursora del amiloide-β (APP) desempeñan un papel central en el mal plegamiento del amiloide-β relacionado con la enfermedad de Alzheimer (Decock et al., 2016). La APP contiene un total de cuatro motivos GxxxG.Cuando se considera que la proteína de la espiga del SARS-CoV-2 es una proteína transmembrana, y que contiene cinco motivos GxxxG en su secuencia (véase uniprot.org/uniprot/P0DTC2), resulta extremadamente plausible que pueda comportarse como un prión. Una de las secuencias GxxxG está presente en su dominio de fusión de membrana.

Recordemos que las vacunas de ARNm están diseñadas con una secuencia alterada que sustituye dos aminoácidos adyacentes en el dominio de fusión por un par de prolinas. Esto se hace intencionadamente para forzar a la proteína a permanecer en su estado abierto y dificultar su fusión con la membrana. 

Un artículo publicado por J. Bart Classen (2021) propuso que la proteína espiga de las vacunas de ARNm podría causar enfermedades similares a los priones, en parte por su capacidad de unirse a muchas proteínas conocidas e inducir su mal plegamiento en priones potenciales. Idrees y Kumar (2021) propusieron que el componente S1 de la proteína espiga es propenso a actuar como un amiloide funcional y a formar agregados tóxicos. Según Tetz y Tetz (2020), la forma de la proteína espiga del SARS-CoV-2 tiene regiones priónicas que no están presentes en las proteínas espiga de otros coronavirus. Si bien esto se informó en un artículo no revisado por pares, los autores habían publicado un documento anterior en 2018 que identificaba regiones similares a los priones en múltiples virus eucariotas, por lo que tienen una experiencia considerable en esta área (Tetz y Tetz, 2018).

Un último punto aquí se relaciona con la información sobre la vacuna de Pfizer en particular. El informe de evaluación pública de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) es un documento presentado para obtener la aprobación de la comercialización de la vacuna en Europa. En él se describe detalladamente una revisión del proceso de fabricación, así como una amplia gama de datos de pruebas asociadas. Una revelación preocupante es la presencia de “especies fragmentadas” de ARN en la solución de inyección. Se trata de fragmentos de ARN resultantes de la terminación temprana del proceso de transcripción a partir de la plantilla de ADN. Estos fragmentos, si son traducidos por la célula después de la inyección, generarían proteínas de espiga incompletas, dando lugar de nuevo a una estructura tridimensional alterada e impredecible y a un impacto fisiológico que, en el mejor de los casos, es neutral y, en el peor, perjudicial para el funcionamiento celular. Había un número considerablemente mayor de estos fragmentos formas de ARN encontradas en los productos fabricados comercialmente que en los productos utilizados en los ensayos clínicos. Pfizer afirma que los fragmentos de ARN “probablemente… no darán lugar a proteínas expresadas” debido a su supuesta rápida degradación dentro de la célula. Sin embargo, no se presentaron datos para descartar la expresión de proteínas, por lo que los revisores comentaron: “Estas formas [de ARN fragmentado] están mal caracterizadas, y los limitados datos proporcionados para la expresión de proteínas no abordan plenamente las incertidumbres relacionadas con el riesgo de traducir proteínas/péptidos distintos de la proteína pico prevista” (EMA 2020). Si bien no afirmamos que las proteínas que no son espigas generadas a partir de ARN fragmentado estén mal plegadas o sean patológicas, creemos que al menos contribuirían al estrés celular que promueve los cambios conformacionales asociados al prión en la proteína espiga que está presente.

  1. Lecciones a partir de la enfermedad de Parkinson

La enfermedad de Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa asociada con depósitos de cuerpos de Lewy en el cerebro, y la principal proteína que se encuentra en estos cuerpos de Lewy es la α-sinucleína. Esa proteína, la α-sinucleína, es ciertamente priónica en la medida en que bajo ciertas condiciones se agrega en oligómeros solubles y fibrillas tóxicas (Lema Tomé et al., 2013). Las investigaciones han demostrado que la α-sinucleína mal plegada puede formarse primero en el intestino y luego viajar desde allí al cerebro a lo largo del nervio vago, probablemente en forma de exosomas liberados por las células moribundas donde se originó la proteína mal plegada (Kakarla et al., 2020; Steiner et al., 2011). Las condiciones celulares que promueven el mal plegamiento incluyen tanto un pH ácido como una alta expresión de citoquinas inflamatorias. Está claro que el nervio vago es crítico para la transmisión de las proteínas mal plegadas al cerebro, ya que la interrupción del nervio vago protege del Parkinson. La atrofia del nervio vago en asociación con la enfermedad de Parkinson proporciona más pruebas de la participación del nervio vago en el transporte de oligómeros de α-sinucleína mal plegados desde el intestino hasta el cerebro (Walter et al., 2018). Otra vía es a través del nervio olfativo, y la pérdida del sentido del olfato es un signo temprano de la enfermedad de Parkinson. Ominosamente, la disminución o pérdida del sentido del olfato es también un síntoma común de la infección por SARS-CoV-2.

Hay muchos paralelismos entre la α-sinucleína y la proteína de la espiga, lo que sugiere la posibilidad de una enfermedad similar a la de los priones tras la vacunación. Ya hemos demostrado que el ARNm de la vacuna termina en altas concentraciones en el hígado y el bazo, dos órganos que están bien conectados con el nervio vago. Los lípidos catiónicos de la vacuna crean un pH ácido que favorece el mal plegamiento, y también inducen una fuerte respuesta inflamatoria, otra condición predisponente. 

Los centros germinales son estructuras dentro del bazo y otros órganos linfoides secundarios donde las células dendríticas foliculares presentan antígenos a las células B, que a su vez perfeccionan su respuesta de anticuerpos. Los investigadores han demostrado que las vacunas de ARNm, a diferencia de las vacunas de proteínas recombinantes, provocan un sólido desarrollo de anticuerpos neutralizantes en estos centros germinales del bazo (Lederer et al., 2020). Sin embargo, esto también significa que las vacunas de ARNm inducen una situación ideal para la formación de priones a partir de la proteína de la espiga, y su transporte a través de exosomas a lo largo del nervio vago hasta el cerebro.

Estudios han demostrado que la propagación de priones de un animal a otro aparece primero en los tejidos linfoides, en particular el bazo. Las células dendríticas foliculares diferenciadas son fundamentales en el proceso, ya que acumulan proteínas priónicas mal plegadas (Al-Dybiat et al., 2019). Una respuesta inflamatoria regula la síntesis de α-sinucleína en estas células dendríticas, aumentando el riesgo de formación de priones.  Los priones que se acumulan en el citoplasma se empaquetan en cuerpos lipídicos que se liberan como exosomas (Liu et al., 2017). Estos exosomas acaban viajando al cerebro, causando la enfermedad. 

2. Contagio por liberación de vacuna

Se ha hablado mucho en Internet sobre la posibilidad de que las personas vacunadas provoquen enfermedades en personas no vacunadas que estén cerca. Aunque esto pueda parecer difícil de creer, existe un proceso plausible por el que podría ocurrir a través de la liberación de exosomas de las células dendríticas del bazo que contienen proteínas de espiga mal plegadas, en complejo con otras proteínas priónicas reconformadas. Estos exosomas pueden viajar a lugares lejanos. No es imposible imaginar que sean liberados por los pulmones e inhalados por una persona cercana. Las vesículas extracelulares, incluidos los exosomas, se han detectado en el esputo, el moco, el líquido de revestimiento epitelial y el líquido de lavado broncoalveolar en asociación con enfermedades respiratorias (Lucchetti et al., 2021).

Un estudio de fase 1/2/3 realizado por BioNTech sobre la vacuna de ARNm de Pfizer implicaba en su protocolo de estudio que preveían la posibilidad de una exposición secundaria a la vacuna (BioNTech, 2020). El protocolo incluía el requisito de que las participantes en el estudio debían informar de la “exposición durante el embarazo“. A continuación, daban ejemplos de “exposición ambiental durante el embarazo” que incluían la exposición “a la intervención del estudio por inhalación o contacto con la piel“. Incluso sugirieron dos niveles de exposición indirecta: “Un miembro masculino de la familia o un proveedor de atención sanitaria que haya estado expuesto a la intervención del estudio por inhalación o contacto con la piel expone entonces a su pareja femenina antes o en torno al momento de la concepción“. 

Surgimiento de nuevas variantes del SARS-CoV-2 

Se ha propuesto una hipótesis interesante en un artículo publicado en Nature, que describe un caso de enfermedad grave por COVID-19 en un paciente con cáncer que estaba tomando fármacos inmunosupresores para la quimioterapia del cáncer (Kemp et al., 2021). El paciente sobrevivió durante 101 días tras su ingreso en el hospital, sucumbiendo finalmente en la batalla contra el virus. El paciente eliminó constantemente el virus durante los 101 días, por lo que fue trasladado a una sala de aislamiento de enfermedades infecciosas con presión negativa y alto intercambio de aire, para evitar el contagio. 

Durante su estancia en el hospital, el paciente fue tratado con Remdesivir y, posteriormente, con dos rondas de plasma con anticuerpos tomado de personas que se habían recuperado de COVID-19 (plasma de convalecencia). Sólo después de los tratamientos con plasma, el virus comenzó a mutar rápidamente, y finalmente surgió una nueva cepa dominante, verificada a partir de muestras tomadas de la nariz y la garganta del paciente. Un paciente inmunodeprimido ofrece poco apoyo de las células T citotóxicas para eliminar el virus. 

Un experimento in vitro demostró que esta cepa mutante tenía una sensibilidad reducida a múltiples unidades de plasma convaleciente tomadas de varios pacientes recuperados. Los autores propusieron que los anticuerpos administrados habían acelerado en realidad la tasa de mutación del virus, porque el paciente era incapaz de eliminar completamente el virus debido a su débil respuesta inmunitaria. Esto permitió que se pusiera en marcha un programa de “supervivencia del más fuerte”, que acabó poblando el cuerpo del paciente con una nueva cepa resistente a los anticuerpos. La replicación viral prolongada en este paciente condujo a un “escape inmunológico viral” y a una resistencia similar.

Las cepas podrían propagarse muy rápidamente dentro de una población expuesta (Kemp et al., 2021). De hecho, es posible que un proceso similar produzca las nuevas cepas altamente contagiosas que están apareciendo en el Reino Unido, Sudáfrica y Brasil. 

Hay al menos dos preocupaciones que tenemos con respecto a este experimento, en relación con las vacunas de ARNm. La primera es que, a través de la infección continuada de pacientes inmunocomprometidos, podemos esperar la aparición continuada de más cepas nuevas que sean resistentes a los anticuerpos inducidos por la vacuna, de tal manera que la vacuna puede quedar rápidamente obsoleta, y puede haber demandas para que la población se someta a otra campaña de vacunación masiva. Un estudio publicado por investigadores de Pfizer ya ha demostrado que la eficacia de la vacuna se reduce para muchas de estas cepas variantes. La vacuna sólo fue 2/3 de eficaz contra la cepa sudafricana que contra la cepa original (Liu et al., 2021).

La segunda consideración más ominosa es reflexionar sobre lo que ocurrirá con un paciente inmunodeprimido tras la vacunación. Es concebible que respondan a la vacuna produciendo anticuerpos, pero esos anticuerpos serán incapaces de contener la enfermedad después de la exposición a COVID-19 debido a la función deteriorada de las células T citotóxicas. Este escenario no difiere mucho de la administración de plasma convaleciente a pacientes inmunodeprimidos, por lo que podría engendrar la evolución de cepas resistentes a los anticuerpos de la misma manera, sólo que a una escala mucho mayor.  Esta posibilidad se utilizará seguramente para argumentar a favor de rondas repetidas de vacunas cada pocos meses, con un número creciente de variantes virales codificadas en las vacunas.  Se trata de una carrera armamentística que probablemente perderemos.

Potencial para una incorporación permanente del gen de la proteína de la espiga en el ADN humano

Se ha afirmado que las vacunas basadas en el ARNm son más seguras que las vacunas vectorizadas por el ADN que funcionan incorporando el código genético de la proteína antigénica objetivo en un virus de ADN, porque el ARN no puede incorporarse inadvertidamente al genoma humano. Sin embargo, no está nada claro que esto sea cierto. Ahora se sabe que el modelo clásico de ADN → ARN → proteína es falso. Ahora es indiscutible que existe una gran clase de virus denominados retrovirus que portan genes que transcriben de forma inversa el ARN en ADN complementario (ADNc).  En 1975, Howard Temin, Renato Dulbecco y David Baltimore compartieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su descubrimiento de la transcriptasa inversa y su síntesis por parte de los retrovirus (como el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH)) para derivar ADN del ARN (Temin y Mizutani, 1970, Baltimore, 1970). 

Mucho más tarde se descubrió que la transcriptasa inversa no es exclusiva de los retrovirus. Más de un tercio del genoma humano está dedicado a misteriosos elementos móviles de ADN llamados SINEs y LINEs (elementos nucleares intercalados cortos y largos, respectivamente). Los LINEs aportan la capacidad de la transcriptasa inversa para convertir el ARN en ADN, y los SINEs proporcionan el soporte para integrar el ADN en el genoma. Así, estos elementos proporcionan las herramientas necesarias para convertir el ARN en ADN e incorporarlo al genoma para mantener el nuevo gen a través de las generaciones futuras (Weiner, 2002).

Los SINEs y los LINEs son miembros de una clase más amplia de elementos genéticos llamados retrotransposones. Los retrotransposones pueden copiar y pegar su ADN en un nuevo lugar del genoma a través de un ARN intermedio, al tiempo que posiblemente se introducen alteraciones genéticas en el proceso (Pray, 2008). Los retrotransposones, también conocidos como “genes saltarines”, fueron identificados por primera vez por la genetista Barbara McClintock, del Laboratorio ColdSpring Harbor de Nueva York, hace más de 50 años (McClintock, 1965). Mucho más tarde, en 1983, fue reconocida con un premio Nobel por este trabajo. 

Sorprendentemente, los retrotransposones parecen ser capaces de ampliar su dominio de generación en generación. Los LINEs y SINEs colaboran para invadir nuevos sitios genómicos mediante la traducción de su ADN a ARN y de vuelta a una nueva copia de ADN, que se inserta en una región rica en AT del genoma. Durante mucho tiempo se consideró que estas LINEs y SINEs eran ADN “basura”, una idea absurda que ahora se ha disipado, al conocerse sus funciones críticas.  En particular, se ha puesto de manifiesto que también pueden importar ARN de una fuente exógena al ADN de un mamífero. Se ha demostrado que los elementos de repetición similares a los retrovirales que se encuentran en el genoma del ratón, denominados partículas intracisternas A (IAP), son capaces de incorporar ARN viral al genoma del ratón. La recombinación entre un virus exógeno de ARN no retroviral y un retrotansposón IAP dio lugar a la transcripción inversa del ARN viral y a su integración en el genoma del huésped (Geuking et al., 2009).

Además, como veremos más adelante, el ARNm de las nuevas vacunas contra el SARS-CoV-2 también podría transmitirse de generación en generación, con la ayuda de las LINEs expresadas en el esperma, ADNc integrado en el vianon encapsulado en plásmidos. Las implicaciones de este previsible fenómeno no están claras, pero son potencialmente de gran alcance.

  1. Retrovirus exógenos y endógenos 

También existe la preocupación de que el ARN de las vacunas de ARNm pueda transferirse al genoma humano con ayuda de los retrovirus. Los retrovirus son una clase de virus que mantienen su información genómica en forma de ARN, pero que poseen las enzimas necesarias para transcribir de forma inversa su ARN en ADN e insertarlo en el genoma del huésped. A continuación, dependen de las herramientas naturales existentes en el huésped para producir copias del virus mediante la traducción del ADN de nuevo a ARN y para producir las proteínas que codifica el ARN viral y ensamblarlas en una partícula viral fresca (Lesbats et al., 2016).  

Los retrovirus endógenos humanos (HERV) son secciones benignas en el ADN de los seres humanos que se asemejan mucho a los retrovirus, y que se cree que se han convertido en secuencias permanentes en el genoma humano a través de un proceso de integración de lo que originalmente era un retrovirus exógeno. Los retrovirus endógenos son abundantes en todos los vertebrados con mandíbula y se calcula que ocupan entre el 5 y el 8% del genoma humano. La proteína sincitina, esencial para la fusión de la placenta con la pared uterina y para el paso de fusión entre el esperma y el óvulo en la fecundación, es un buen ejemplo de proteína retroviral endógena. La sincitina es el gen de la envoltura de un retrovirus humano endógeno defectuoso recientemente identificado, el HERV-W (Mi et al., 2000). Durante la gestación, el feto expresa altos niveles de otro retrovirus endógeno, el HERV-R, y parece proteger al feto del ataque inmunitario de la madre (Luganini y Gribaudo, 2020). Los elementos retrovirales endógenos se parecen mucho a los retrotransposones. Su transcriptasa inversa, cuando se expresa, tiene la capacidad teórica de convertir el ARN proteico de las vacunas de ARNm en ADN.

2. Integración permanente en el ADN de los genes de retrovirus exógenos 

Los seres humanos están colonizados por una gran colección de retrovirus exógenos que, en muchos casos, no causan ningún daño al huésped, e incluso pueden ser simbióticos (Luganini y Gribaudo, 2020). Los virus exógenos pueden convertirse en virus endógenos (incorporados permanentemente al ADN del huésped) en el laboratorio, como demostró Rudolf Jaenisch (Jaenisch, 1976), que infectó embriones de ratón de preimplantación con el virus de la leucemia murina de Moloney (M-MuLV). Los ratones generados a partir de estos embriones infectados desarrollaron leucemia, y el ADN viral se integró en su línea germinal y se transmitió a su descendencia. Además de la incorporación del ADN vírico en el genoma del huésped, ya en 1980 se demostró que se podían microinyectar plásmidos de ADN en los núcleos de embriones de ratón para producir ratones transgénicos que se reproducen correctamente (Gordon et al., 1980). El ADN del plásmido se incorporaba al genoma nuclear de los ratones a través de los procesos naturales existentes, preservando así la información genética recién adquirida en el genoma de la cría. Este descubrimiento ha sido la base de muchos experimentos de ingeniería genética con ratones transgénicos diseñados para expresar genes humanos recién adquiridos desde entonces (Bouabe y Okkenhaug, 2013). 

3. LINE-1 está ampliamente expresada 

Las LINE representan por sí solas más del 20% del genoma humano. La más común es LINE-1, que codifica una transcriptasa inversa que regula procesos biológicos fundamentales. LINE-1 se expresa en muchos tipos de células, pero en niveles especialmente altos en los espermatozoides. Los espermatozoides pueden utilizarse como vectores tanto de moléculas de ADN como de ARN exógenas mediante ensayos de transferencia genética mediada por espermatozoides. Los espermatozoides pueden transcribir de forma inversa el ARN exógeno directamente en ADNc y pueden entregar plásmidos que empaquetan este ADNc al óvulo fecundado. Estos plásmidos son capaces de propagarse dentro del embrión en desarrollo y de poblar muchos tejidos del feto. De hecho, sobreviven hasta la edad adulta como estructuras extracromosómicas y son capaces de transmitirse a la progenie. Estos plásmidos son transcripcionalmente competentes, lo que significa que pueden utilizarse para sintetizar proteínas codificadas por el ADN que contienen (Pittoggi et al., 2006).

Además de los espermatozoides, los embriones también expresan la transcriptasa inversa antes de la implantación, y su inhibición provoca la detención del desarrollo. LINE-1 también se expresa en las células cancerosas, y el silenciamiento de LINE-1 humano mediado por ARN induce la diferenciación en muchas líneas celulares de cáncer. La maquinaria de la transcriptasa inversa está implicada en la génesis de nueva información genética, tanto en las células cancerosas como en las células germinales. Se ha descubierto que muchos tejidos tumorales expresan altos niveles de LINE-1 y contienen muchos plásmidos extracromosómicos en su núcleo. Los gliomas malignos son los tumores primarios del sistema nervioso central. Se ha demostrado experimentalmente que estos tumores liberan exosomas que contienen ADN, ARN y proteínas, que acaban en la circulación general (Vaidya y Sugaya, 2020). LINE-1 también se expresa en gran medida en las células inmunes en varias enfermedades autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico, Sjögrens y la psoriasis (Zhang et al., 2020). 

4. Integración del gen de la proteína de la espiga en el genoma humano 

Sorprendentemente, se ha demostrado que las neuronas del cerebro de los pacientes de Alzheimer albergan múltiples variantes del gen de la proteína precursora del amiloide APP, incorporadas al genoma, que se crean a través de un proceso denominado recombinación genética somática (SGR) (Kaeser et al., 2020). La SGR requiere la transcripción del gen, la ruptura de la cadena de ADN y la actividad de la transcriptasa inversa, todo lo cual puede ser promovido por factores de riesgo de la enfermedad de Alzheimer bien conocidos. El ADN que codifica el APP se transcribe de forma inversa en ARN y, a continuación, se transcribe de nuevo en ADN y se incorpora al genoma en un lugar de rotura de la cadena. Como el ARN es más susceptible a las mutaciones, el ADN de estas copias en mosaico contiene muchas variantes mutantes del gen, por lo que la célula se convierte en un mosaico, capaz de producir múltiples variantes de APP. Las neuronas de los pacientes de Alzheimer contenían hasta 500 millones de pares de bases de exceso de ADN en sus cromosomas (Bushman et al., 2015). 

Investigadores del MIT y de Harvard publicaron un inquietante artículo en 2021, en el que aportaban pruebas contundentes de que el ARN del SARS-CoV-2 puede transcribirse inversamente en el ADN e integrarse en el ADN humano (Zhang et al., 2021). Se vieron abocados a investigar esta idea tras haber observado que muchos pacientes siguen dando positivo en las pruebas de COVID-19 después de que el virus haya sido eliminado de su cuerpo. Los autores encontraron transcripciones quiméricas que contenían secuencias de ADN viral fusionadas con secuencias de ADN celular en pacientes que se habían recuperado de COVID-19. Dado que el COVID-19 suele inducir una tormenta de citoquinas en los casos graves, confirmaron la posibilidad de una mayor actividad de la transcriptasa inversa mediante un estudio in vitro en el que se utilizaron medios condicionados que contenían citoquinas en cultivos celulares. Comprobaron que la expresión endógena de LINE-1 se multiplicaba por 2-3 en respuesta a las citocinas. El ARN exógeno del virus incorporado al ADN humano podría producir fragmentos de proteínas virales indefinidamente después de que la infección se haya eliminado, y esto da un falso positivo en una prueba de PCR. 

5. Diarrea vírica bovina: Un modelo inquietante 

La diarrea vírica bovina (DVB) es una enfermedad vírica infecciosa que afecta al ganado en todo el mundo. Pertenece a la clase de los pestivirus, que son virus pequeños, esféricos, monocatenarios y de ARN envolvente. La enfermedad está asociada a enfermedades gastrointestinales, respiratorias y reproductivas. Una característica única de la DVB es que el virus puede atravesar la placenta de una madre infectada. Esto puede dar lugar al nacimiento de un ternero portador de partículas virales intracelulares que confunde con “sí mismo”. Su sistema inmunitario se niega a reconocer el virus como una invasión extraña y, como resultado, el ternero elimina el virus en grandes cantidades a lo largo de su vida, pudiendo infectar a todo el rebaño. Se ha convertido en una práctica generalizada identificar a estos terneros portadores y eliminarlos del rebaño en un intento de reducir la infección (Khodakaram-Tafti & Farjanikish, 2017). 

Parece plausible que en el futuro pueda darse una situación peligrosa en la que una mujer reciba una vacuna de ARNm para el SARS-CoV-2 y conciba un hijo poco después. Los espermatozoides serían libres de tomar los liposomas incrustados de ARN de la vacuna y convertirlos en ADN utilizando LINE-1. A continuación, producirían plásmidos que contengan el código de la proteína de la espiga, que el óvulo fecundado tomaría mediante el proceso descrito anteriormente. El bebé que nace es potencialmente incapaz de crear anticuerpos contra la proteína de la espiga porque su sistema inmunitario la considera “propia”. Si ese bebé se infectara con el SARS-CoV-2 en cualquier momento de su vida, su sistema inmunológico no montaría una defensa contra el virus, y el virus presumiblemente sería libre de multiplicarse en el cuerpo del bebé sin restricciones. Lógicamente, el bebé se convertiría en un superdifusor en tal situación. Es cierto que se trata de una especulación, pero lo que sabemos sobre los retrotransposones, el esperma, la fecundación, el sistema inmunitario y los virus demuestra que no se puede descartar esta posibilidad. Ya se ha demostrado en experimentos con ratones que los elementos genéticos de las vacunas con vectores de ADN, que son esencialmente plásmidos, pueden integrarse en el huésped genoma (Wang et al., 2004).  De hecho, este proceso se ha sugerido como base de la evolución lamarckiana, definida como la herencia de los rasgos adquiridos (Steele, 1980). 

La constatación de que lo que antes se llamaba “ADN basura” no es basura, es solo uno de los resultados que se desprenden del nuevo paradigma filosófico en el lenguaje humano, la biología y la genética que se basa en la genómica fractal (Pellionisz, 2012) -un paradigma que Pellionisz ha vinculado a la participación de las “representaciones narrativas verdaderas” (TNRs; Oller, 2010), realizadas como “iteraciones de una plantilla fractal” en los procesos altamente repetitivos del desarrollo normal de las numerosas estructuras ramificadas del cuerpo humano. Estos procesos son numerosos en los pulmones, los riñones, las venas y las arterias, y sobre todo en el cerebro.  Las vacunas de ARNm son una terapia genética experimental con el potencial de incorporar el código de la proteína de la espiga del SARS-CoV-2 en el ADN humano. Este código de ADN podría instruir la síntesis de un gran número de copias de partículas infecciosas proteicas, y esto tiene el potencial de insertar múltiples señales falsas en el desarrollo de la narrativa, dando lugar a resultados impredecibles. ConclusiónLas vacunas experimentales de ARNm han sido anunciadas por su potencial de grandes beneficios, pero también albergan la posibilidad de consecuencias imprevistas potencialmente trágicas e incluso catastróficas. Las vacunas de ARNm contra el SRAS-CoV-2 se han aplicado a bombo y platillo, pero hay muchos aspectos de su utilización generalizada que merecen preocupación. Hemos revisado aquí algunas de esas preocupaciones, pero no todas, y queremos enfatizar que estas preocupaciones son potencialmente serias y podrían no ser evidentes durante años o incluso transgeneracionalmente. Para descartar adecuadamente las potencialidades adversas descritas en este documento, recomendamos, como mínimo, que se adopten las siguientes prácticas de investigación y vigilancia: 

-Un esfuerzo nacional para recopilar datos detallados sobre los eventos adversos asociados a las vacunas de ARNm con una abundante asignación de fondos, con un seguimiento mucho más allá del primer par de semanas después de la vacunación. 

-Pruebas repetidas de autoanticuerpos en la población receptora de la vacuna. Los autoanticuerpos analizados podrían estandarizarse y deberían basarse en anticuerpos previamente documentados y en autoanticuerpos potencialmente provocados por la proteína de la espiga. Entre ellos se encuentran los autoanticuerpos contra los fosfolípidos, el colágeno, la actina, la tiroperoxidasa (TPO), la proteína básica de la mielina, la transglutaminasa tisular y quizás otros. Las pruebas deberían incluir, como mínimo, la IL-6, el INF-α, el dímero D, el fibrinógeno y la proteína C reactiva.

-Estudios que comparen las poblaciones que fueron vacunadas con las vacunas de ARNm y las que no lo fueron para confirmar la esperada disminución de la tasa de infección y los síntomas más leves del grupo vacunado, mientras que al mismo tiempo se comparan las tasas de varias enfermedades autoinmunes y enfermedades priónicas en las mismas dos poblaciones. 

-Estudios para evaluar si es posible que una persona no vacunada adquiera formas específicas de la vacuna de las proteínas de la espiga de una persona vacunada en la proximidad.

-Estudios in vitro para evaluar si las nanopartículas de ARNm pueden ser tomadas por el esperma y convertidas en plásmidos de ADNc.

– Estudios en animales para determinar si la vacunación poco antes de la concepción puede dar lugar a que las crías lleven plásmidos que codifican la proteína de la espiga en sus tejidos, posiblemente integrados en su genoma.

-Estudios in vitro destinados a comprender mejor la toxicidad de la proteína de la espiga en el cerebro, el corazón, los testículos, etc.

-La política pública en torno a la vacunación masiva ha procedido, por lo general, partiendo de la base de que la relación riesgo/beneficio de las nuevas vacunas de ARNm es un “golpe de efecto”. Con la campaña de vacunación masiva ya en marcha en respuesta a la emergencia internacional declarada de COVID-19, nos hemos apresurado a realizar experimentos con vacunas a escala mundial. Como mínimo, deberíamos aprovechar los datos disponibles de estos experimentos para aprender más sobre esta tecnología nueva y no probada anteriormente. Por último, como sugerencia obvia pero trágicamente ignorada, el gobierno también debería animar a la población a tomar medidas seguras y asequibles para reforzar su sistema inmunológico de forma natural, como salir a la luz del sol para aumentar los niveles de vitamina D (Ali, 2020), y comer principalmente alimentos integrales orgánicos en lugar de alimentos procesados cargados de productos químicos (Rico-Campà et al., 2019). Asimismo, debe fomentarse el consumo de alimentos que sean buenas fuentes de vitamina A, vitamina C y vitamina K2, ya que las deficiencias de estas vitaminas están relacionadas con los malos resultados del COVID-19 (Goddek, 2020; Sarohan, 2020).

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