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Por Diego Andrés Díaz

Las elecciones en Argentina consagraron a Javier Milei, líder de “La Libertad Avanza”, como el próximo presidente. Estos resultados eleccionarios de Argentina pueden haber significado una sorpresa para muchos ciudadanos en nuestro país.

Esta sensación se agudizó cuando, uno a uno, todos los colectivos, gremiales y corporaciones económicas, sociales y culturales de Argentina, temerosas de perder sus privilegios decantados de la relación carnal con el Estado, se dedicaron metódicamente a agitar una campaña de terrorismo verbal nunca antes vista en ese país, al ritmo de los millones y millones de pesos que el candidato-ministro Sergio Massa iba soltando casi a tanta velocidad como los imprimía, engrosando así el déficit fiscal, la inflación y la debacle económica general del país. El uso por parte del poder político del aparato del Estado y del dinero de los ciudadanos para sostener y perpetuar su poder es una tónica histórica en todo el mundo, pero este último capítulo argentino mostró una de sus peores caras.

Parte de la sorpresa en los resultados quizás radique en la cantidad y variedad de enemigos que fue acumulando en su contra Javier Milei en todo el proceso. ¿A quién se enfrentó Javier Milei?

1- A la dirigencia y los aparatos políticos aceitados de la partidocracia histórica Argentina -gobierno y oposición, peronistas y radicales-, que han hecho del Estado su propiedad privada de donde proveerse de poderes discrecionales y negocios suculentos, una vida de lujos -que jamás conseguirían por sus medios en el sector privado-, una agencia de colocaciones usada para premiar y castigar a sus amigos y adversarios circunstanciales; que tiene como característica una compleja y sofisticada red de lealtades personales, favores ilegales y sistemas de dependencia-sumisión a diferentes niveles piramidales (la alta política, los líderes regionales, los mandos medios de la política, las segundas, terceras y cuartas líneas, los representantes provinciales, regionales, municipales y barriales), donde todos tienen algo que pueden utilizar para premiar, castigar, promover o frenar; en un poderoso sistema de billetera libre a costa del ciudadano, junto a un conglomerado de kioskitos y peajes que son espacios de poder y enriquecimiento personal, de tráfico de influencias, de reparto de cargos, etc.

2- Al sindicalismo argentino, dedicado al monopolismo gremial, los negocios legales e ilegales en connivencia con el Estado, los sistemas institucionalizados de extorsión y apriete a cambio de poder y “caja”, con ramificaciones en los más variados ámbitos (futbolístico, el empresarial, los servicios de salud, el transporte, la logística, y un largo etcétera).

3- A la “intelligentsia” y demás bufones de la corte, que el Estado financia como aparato ideológico para construir la legitimidad que garantice la supervivencia del sistema. Estos abarcan ámbitos tan variados como los actores políticos de la educación del Estado en todas sus ramas, las Universidades, los centros de investigación de la “Ciencia Oficial” (esos que nos trajeron el discurso pandémico). Junto a estos también están los demás actores del “aparato de hegemonía” que recibe del Estado rentas, negocios y promociones (artistas de todo tipo, actores, músicos, “intelectuales orgánicos”, periodistas, y cuánto intelectual u organización que recibe un salario estatal o tiene un chiringuito paraestatal existe en Argentina.

4- El caso de los medios de comunicación tradicionales en Argentina fue verdaderamente paradigmático, a tal punto que fue parte sustancial del debate político de campaña el uso y abuso de la “pauta oficial” -es decir, del dinero del Estado- por parte del gobierno para alinear a casi todos los medios en contra de Milei, incluidos el otrora enemigo del Kirchnerismo Grupo Clarín, así como el Grupo América, o La Nación, así como toda la prensa estatal.

5- Los empresarios prebendarios del Estado, es decir, todo el conglomerado de empresas y grupos “amigos del poder” que se benefician directamente del poder de lobby y de sus negocios con el poder político, los adjudicatarios directos de los contratos estatales, los que lucran con el tráfico de influencias y la venta de derechos de importación, que medran con el infame sistema de las SIRAS y los kioscos que venden permisos de comercio, los industriales proteccionistas -de Argentina y del Mercosur- e incluso los “empresarios” de las actividades ilegales.

6- Todo el conjunto de organizaciones, ONGs, instituciones y activistas de las diferentes expresiones de militancia, de lo que se denominan los “colectivos identitarios”, ya sean estos los movimientos feministas, LGBT, ecologistas, instituciones de defensa “de los derechos humanos”, junto a las instituciones de todos y cada uno de los organismos del globalismo político (ONU, OMS, ONU Mujeres, UNESCO)

7- Toda la prensa mainstream global occidental, tanto la progresista como la neoconservadora, la cual se dedicó a presentarlo como un loco desquiciado peligrosísimo para la “democracia” y la “convivencia”. Desde la BBC, NYT, WSJ, WP, El País de Madrid, DW, AP, Francia 24, ABC, Bloomberg, The Economist, The Times, Reuters pasando por toda la prensa local (El País, El Observador, La Diaria, todos los canales de televisión, las radios, los periodistas) dedicaron minutos en algún momento para lanzar los peores agravios y las burlas más desagradables y grotescas.

8- Los líderes políticos del globalismo occidental, entre ellos los presidentes de los países más poderosos del mundo. Desde Joe Biden a Lula, desde Pedro Sánchez a Gustavo Petro, junto a todo el progresismo internacional, el Grupo de Puebla, la derecha progresista, los dictadores latinoamericanos, el Papa Francisco y la militancia del catolicismo progresista, se dedicaron a manifestar su más profundo rechazo.

9- La “Ciencia Oficial” internacional, desde “Nature” pasando por el lobby del “Cambio climático” que lo trató de negacionista, los voceros más notorios del llamado “agendismo” y de las organizaciones internacionales por una “sociedad abierta”.

10- Toda una enorme cantidad de colectivos reunidos en las más variadas y delirantes siglas que se autoproclaman representantes locales o internacionales de algún grupo de actividad, interés, presión o reivindicación, aglomerados en declaraciones rimbombantes del tipo “los abajofirmantes”.

Ante este panorama -que es parcial, los rechazos fueron seguramente más amplios- no era difícil imaginar que la victoria electoral de un candidato liberal libertario representaría un nuevo capítulo donde el “consenso progresista” que domina a sus anchas en la cultura regional y occidental se dedicaría día y noche a presentarnos a un verdadero demonio al que hay que temer, odiar y defenestrar. Un factor fundamental en este esquema de denostación mediática monocorde con respecto a Milei -como antes sucedió con figuras como Bolsonaro, Trump, Bukele, Orban, y un largo etcétera, la lista es infinita aunque la ideas que promuevan sean diferentes- es que le ofrece al ciudadano el prestigio -y el salvoconducto social ante la mirada de nuestros pares- de ser parte del club progresista de la “superioridad moral” y estar del “lado correcto de la Historia”.

La manifestación práctica de este monopolio absoluto del progresismo sobre los resortes de la “cultura”, entendida en el esquema gramsciano del tipo “siglo XX” por parte del oficialismo gobernante se evidencio al condensar de forma abrumadora a su favor casi todas las voces, sin matices, dando la sensación general que la “opinión pública” rechazaba al candidato opositor, sin matices. Este mecanismo en general había demostrado ser muy exitoso, hasta ahora. El montar, una tras otra, voces y organizaciones supuestamente “representativas” de la sociedad, saturando con la condena de un candidato, en esta ocasión se dieron de frente con lo que podría denominarse “nuevas formas” de militancia. Este dato es relevante en la medida que supone un proceso de transformación en lo que respecta a la comunicación política de masas, y evidenció el relativo impacto -por lo menos en un contexto de crisis social y económica profunda- del uso de la institucionalidad formal y la “simbólica” como mecanismo de legitimación del poder, e incluso como legitimación de quienes pueden “jugar” el partido de obtenerlo.

Ante toda esa avalancha de agencias, organizaciones, colectivos y grupos de poder, que se manifestaron organizadamente contra Javier Milei, lo terminó votando el ciudadano que no tiene representación en el sentido “identitario” o colectivo, ni espera instalar una “agenda” específica relacionada con los intereses de grupos de presión organizados, preocupado por una agenda general y comunitaria, ese tipo de agenda que históricamente también era de la preocupación de la izquierda política hasta hace unas décadas, y que hoy ha dejado de lado por promover las agendas particulares de los grupos identitarios.

Observando este proceso, quizás con el tiempo los cientistas sociales se animen a investigar a fondo una de las campañas electorales más efectivas, económicas y poderosas que se tenga memoria, realizada mayormente en las calles y en las nuevas plataformas de comunicación (X, Instagram, Tik Tok, youtube, radios online, prensa alternativa) basada en un estilo irreverente y juvenil -desarrollada mayormente por las autodenominadas “Fuerzas del Cielo” -que construyó una mística y una épica propia, poco común, apostando al humor -trato a la centroderecha tradicional de “viejos meados” con absoluto desparpajo y asertividad-, y que estuvo a años luz del ambiente de prebenda y financiación estatal que caracterizó la acartonada y terrorista campaña del gobierno. Como pocas veces, la derecha juvenil argentina pulverizó uno tras otro los intentos de operaciones del oficialismo.

El ejercicio del poder, en cualquier sistema y bajo cualquier circunstancia, distorsiona las expectativas iniciales con respecto a las ideas subyacentes. Estas distorsiones pueden ser amplias o leves, extendidas en el tiempo o circunstanciales, pero siempre son una realidad con respecto a las expectativas singulares y únicas de cada uno de los ciudadanos. Veremos como se desarrolla este capítulo novedoso en la democracia argentina.

La victoria cultural y la victoria electoral

Son tantos los desafíos que deberá enfrentar el nuevo gobierno que su posibilidad de éxito no es mucha. Sobrevuela sobre la circunstancial victoria electoral un fenómeno más profundo e interesante, que excede a Milei, y que está sostenida en la irrupción de las ideas liberales libertarias como opción integral para articular la vida comunitaria, más allá del voto circunstancial mayoritario o minoritario. Sobre algunos aspectos del fenómeno político que terminó de consagrarse el pasado domingo 19 de noviembre en Argentina, ya habíamos manifestado algunas consideraciones generales en un artículo anterior. Como ya señalamos, la situación catastrófica de la Argentina pone un manto de dudas sobre la viabilidad de los cambios que propone, profundizada esta situación por la existencia de varias “oposiciones” ideológicas y corporativas que intentarán que fracase y se derrumbe en el ejercicio del gobierno. Más allá de esta circunstancia, es interesante preguntarse la razón de fondo por la cual la aparición de un político que encarna de alguna forma un conjunto de ideas de larga tradición en Occidente puede ser presentado constantemente a nivel mediático como una especie de “novedad” o “moda”, y que esta caracterización en tono negativo que le endilgan es realizada por diferentes actores que encarnan ideas que nunca se cansan de amontonar fracasos y tragedias sobre sus hombros. Como señalamos anteriormente, las ideas “…de Javier Milei no nacen hace poco, son parte de varias tradiciones occidentales dentro de una concepción amplia del llamado liberalismo, que pueden rastrearse en lugares de occidente tan diversos como la tradición de la escolástica tardía de la escuela económica de Salamanca, la tradición escocesa, los sociólogos liberales franceses, los liberales ingleses del derecho negativo, de la tradición confederal de la “vieja derecha” europea, de la tradición libertaria de la mayor parte de los “padres de la patria” de los EE. UU., del federalismo que se propagó como idea de fragmentación del poder político en Hispanoamérica, de los autores de la escuela austriaca de economía, de la Argentina Alberdiana y Roquista, entre otras notorias influencias menores…”. Incluso en Uruguay, la tradición liberal es de las más antiguas dentro de las ideas vigentes en nuestro país, representa históricamente la base ideológica de todo el proceso independentista y de sus actores más notorios, y fue predominante en gran parte del siglo XIX, para ir cediendo espacio en el siglo XX frente a las concepciones más colectivistas. Lo extraño de esta situación nos permite realizarnos la siguiente pregunta: ¿Cómo puede ser una novedad a nivel popular un conjunto de ideas que fueron predominantes en nuestros países, e incluso fueron inspiración inevitable de los “padres fundadores” de las naciones de América?

El siguiente ejercicio es bastante sintomático sobre la naturaleza del proceso cultural que existe en Uruguay -y no solo en Uruguay- con respecto a las ideas que promueve Milei: pregúntele a cualquier persona de su entorno -mejor si es mayor de 25 años, aunque esto no es necesariamente indispensable- si conoce de alguna forma -escasa, parcial o total-, si escuchó hablar en algún ámbito, especialmente educativo, académico o político; o en cualquier otro ámbito, alguna vez, sobre las ideas liberal libertarias, o de alguno de sus autores más notorios; y si esas ideas fueron mínimamente fundamentadas o explicadas. Pregúntele además si conoció esas ideas en los más diversos ámbitos de su periplo educativo nacional, en alguna de las asignaturas o disciplinas donde esas ideas y acciones se materializaron histórica, económica, social, política o culturalmente; si existió una mínima o completa referencia sobre lo que promueven y manifiestan, y si esto nació de la boca de algún docente o educador. Si estas ideas formaron parte en algún momento de una etapa o unidad entre los aprendizajes de la currícula nacional, y si encuentra a alguien que los referenció mínimamente -así como se manifiestan y analizan las obras e ideas de tantos y tan variados autores del colectivismo- y, si fueron nombrados o señalados, si recuerda si fue realizado con el afán de enseñar -es decir, mostrar para que uno se informe- con la intención para saber más sobre ese mundo o simplemente fueron referenciadas en un tono estigmático, negativo y burlesco. 

Al hacer este ejercicio se puede proyectar bastante luz sobre otro de los aspectos centrales que representan un verdadero cambio que viene de la mano del fenómeno cultural junto a Javier Milei y muchos otros: los cambios tecnológicos y más específicamente los relacionados a las “tecnologías de la comunicación”, abrieron una hendija para que millones de personas conocieran, si así lo deseaban, de forma clara y detallada, lo que eran las características y fundamentos de las ideas de la libertad. 

Así, a partir de esta circunstancia, emergieron ​​hace bastante tiempo una enorme cantidad de individuos, especialmente jóvenes, dispuestos a dar el debate público en tono fundado, cuestionando las diferentes “vacas sagradas” del centenario colectivismo triunfante, proponiendo del otro lado una mirada radicalmente diferente sobre una enorme cantidad de temáticas y tópicos, enfrentando argumentalmente a la izquierda cultural y política con una idea de sociedad tangible, basado en las viejas ideas de libertad individual, derechos de propiedad, desconfianza frente al poder político y predominio de la sociedad civil sobre el Estado. Entonces, gran parte de los contendientes intelectuales que lograron despertar a las izquierdas y derechas de la siesta de los victoriosos son miles y miles de jóvenes y adultos, que descubrieron ideas y filosofías que antes no existían porque simplemente jamás las conocieron. En este sentido las posibilidades comunicacionales de internet permitieron quebrar el centralismo discursivo que los sistemas educativos cooptados por el progresismo habían erigido como una especie de “Muro de Berlín” cultural. 

La emergencia de las ideas libertarias como fenómeno político en varios países parece manifestar un nuevo giro en la estructuración de lo que se denominan “las derechas” en occidente. La Historia de las derechas occidentales en el siglo pasado representó en distintos momentos la preponderancia de diferentes tradiciones filosóficas e ideológicas, que le dieron a cada una de esas etapas el tono dominante de las propuestas, los valores, los estilos, los énfasis y los matices. En distintos momentos, las tradiciones demo-cristianas, las liberal-progresistas, las nacionalistas incluso en sus versiones radicales y las conservadoras, marcaron la tónica en gran parte del último siglo. Lo que se observa con bastante notoriedad, ya consignado en un artículo anterior, es “…el avance y predominio de las concepciones más libertarias, liberales y secesionistas; desplazando al conservadurismo, al nacionalismo y al social liberalismo del centro del escenario discursivo y simbólico de las derechas occidentales…Por eso, los ingredientes descentralizadores, anti estatistas y liberales domina en las nuevas expresiones de derecha, opacando incluso las viejas líneas. No es la primera vez que las derechas viven transformaciones profundas en sus propuestas, lo que parece perder vigor es la vieja derecha nacional-conservadora, el centro derecha y el centro progresista, ya que por diferentes razones se mezclan con sus adversarios. Su capacidad de acumulación sin cuestionar la cultura hegemónica parece agotada. Tienen mayor proyección las expresiones rupturistas con el consenso progresista, las que no se venden como “buenos gestores” ni “verdaderos soberanistas”, sino que proponen un cambio radical no sólo político, sino también, cultural y comunicacional…”

En ese sentido, esta situación manifiesta -por lo menos por un tiempo- un desafío importante para las izquierdas políticas y culturales, ya que los viejos esquemas discursivos, los viejos relatos estigmáticos, sus calificativos denigrantes (neoliberal, facho, ultraderechista) parecen causarle más beneficio que daño a los militantes liberales y libertarios. La obsesión de la derecha libertaria por los números, la economía y los datos aporta además un factor siempre difícil de tragar para los relatos progresistas y sus aliados.

Como planteamos en el artículo anterior sobre Javier Milei, lo crucial de este fenómeno -que excede dramáticamente a él y es verdaderamente el factor central del terror absoluto que el sistema– radica a mi entender en el hecho que pone una enorme cantidad de ideas y valores en el debate público, y que miles y miles de personas se desayunan de un proyecto definido, claro y concreto que propone una interpelación general y cáustica al consenso socialdemócrata, donde sus tópicos recurrentes están relacionados a cuestiones tan profundas y fundamentales como son los derechos individuales, los valores comunitarios, la centralidad de las cuestiones morales por encima de las utilitaristas y materialistas, el peligro del estado omnipresente, la libertad económica, los derechos de propiedad como principio civilizatorio, entre otros. Y estos elementos escapan a los vaivenes circunstanciales de las luchas del poder, las suertes electorales y las manifestaciones de simpatías o antipatías populares: hacen a la forma de ser y estar en el mundo de las personas, y se materializan a diario en nuestra forma de vivir y actuar. 

Las reacciones a su victoria giraron en torno a la condena y el miedo, y a una postura crítica y expectante. También algunas tímidas señales de esperanza, o interés honesto, sobre lo que puede representar, en el acuerdo o la discrepancia. La distancia aséptica -otra de las reacciones visibles- sobre este y otros fenómenos políticos no representa necesariamente una mirada superadora de las “pequeñas pasiones de nosotros los tontos mortales”, sino que suele venir acompañada de la idea que, en última instancia, todos los políticos “son lo mismo”, idea que se instaló últimamente para explicar temas tan variados como los conflictos internacionales o la pandemia. Es algo real que los entusiasmos y temores exacerbados sobre los cambios políticos son un mal consejo para cualquiera que conozca cómo funciona ese ámbito. igualmente, vale señalar una crucial diferencia entre la valoración sobre las ideas, frente a la valoración sobre los partidismos políticos. 

El fenómeno Milei no deja de ser una manifestación política de un conjunto de ideas muy occidental, muy regional, incluso muy argentino. Una de las características más típicas del pensamiento “antioccidental”, que nace en el seno de la Civilización Cristiana Occidental, es que necesita que los ciudadanos occidentales aprendan a odiarse a sí mismos, a odiar lo que son, lo que recibieron como tradición valiosa y fecunda, y que ese odio a sí mismos sea parte sustancial de la religión oficial dominante en el propio occidente. 

Es bastante recurrente que las ideas antioccidentales -que nacen en occidente- se auto justifican por representarse a sí mismas como una supuesta evolución, un destino de futuro inevitable, y la proyección a un ámbito espacial -todo el planeta- deseable. Estos tres ejes -” evolución” como manifestación de herencia perfeccionada, “futuro” como progresismo inevitable dentro de las coordenadas de la ideología “futurista” y “proyección” como manifestación de una receta global y única donde acostarse y esperar el “fin de la Historia”– intentan en última instancia colarnos junto a ellas buena parte de las ideas antioccidentales como hijas inevitables de su naturaleza.

La tradición que analiza las diferentes señales de decadencia que manifiesta nuestra civilización es de las más ricas e interesantes que la intelectualidad Occidental nos ha legado. Me interesa señalar sobre ella que tiene en su corpus histórico reflexiones y análisis indispensables, pero que existen también vías muertas e incluso trampas que pueden llevarnos, a mi entender, a falsas interpretaciones. El problema del discurso sobre la naturaleza decadente de buena parte de Occidente, o su conjunto completo, es que en ocasiones pasa de análisis valioso y reflexión necesaria a una especie de profecía autocumplida donde se le exige a los habitantes comunes y corrientes de esta civilización que se “odie a sí mismo”, emparejándose a niveles insoportables con el programa de los enemigos de occidente, a un nivel tal que pasan a ser casi idénticos. Y nadie nació para odiarse a sí mismo.