ANDREA GRILLO / Un hombre está generando una representación gráfica en un programa de IA. Le da las instrucciones y la pantalla le devuelve una creación casi perfectamente idéntica a lo que había imaginado. Voyeur de mi propio cuadro mental, veo en la pantalla la belleza cautivante de la composición digital y frente a ella, al hombre ajeno a la postura de su cuerpo, al ritmo de su respiración, a la intensidad con la que fija su mirada.
ENSAYO
“Aún en el supuesto de la peor de las catástrofes, siempre subsiste una diferencia, como la que se da entre la luz y las tinieblas. En el primer caso, el de la luz, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números.”
Ernst Jünger, “La Emboscadura”, 195
Me despierto pensando en cómo dar curso a este breve artículo y desde ese lugar del que provienen las inspiraciones, me llega la siguiente imagen:
Un hombre está generando una representación gráfica en un programa de IA. Le da las instrucciones y la pantalla le devuelve una creación casi perfectamente idéntica a lo que había imaginado. Voyeur de mi propio cuadro mental, veo en la pantalla la belleza cautivante de la composición digital y frente a ella, al hombre ajeno a la postura de su cuerpo, al ritmo de su respiración, a la intensidad con la que fija su mirada.
En principio no parece una escena que describa algo muy distinto de otras formas creativas, en las que el sujeto queda momentáneamente absorto en su estado de flujo. Pero en ese momento de contemplación entiendo que la tecnología tiene esa potencialidad infinita que no tienen las materias primas de las otras artes y que su composición es tan impoluta como solo puede serlo aquello que ha quedado completamente desvinculado de la materialidad, que vive en la “nube”, y que a pesar de haber sido generado por un ser humano de carne, hueso, piel, uñas, intestinos, neuronas y aliento, de alguna manera lo ha vuelto irrelevante, desinteresándose por completo de su autor. Cuando contemplamos La Mona Lisa, inmediatamente pensamos “Leonardo da Vinci.” Y aún quienes no conocen ni la obra ni al pintor, al verla, perciben el trazo, el pincel en la mano y la mano en el cuerpo que encarna el alma de un artista. Hoy por hoy, un diseñador, digamos, Jason Allen se queja de que la reproducción e intervención de otros diseñadores sobre sus imágenes, algo que él considera plagio de su obra, le está haciendo perder miles de dólares. ¿Y cómo podría no ser de otra manera?
La IA es su propia firma, su propia identidad desvinculada de su humano creador, pero simultáneamente amalgamada en el humano que la usa.
No es de extrañarse que al utilizar “eso”, sobre todo en los programas conversacionales, tanto orales como escritos, perdamos fácilmente la noción de que nos encontramos precisamente frente a un “eso”, un programa. Podríamos pensar que algo similar puede llegar a pasar con la robótica “casera”, pero me atrevo a aventurar que no es tan simple humanizar a un “robot de uso general” por el hecho de que posee una materialidad que nuestros sentidos reconocen como, precisamente, no-humana. Aún así, la robótica avanza y las empresas compiten en frenética carrera. La meta, prometen, es que en algún momento cualquiera pueda llegar a tener su robotito que le cuide la casa, el perro y si uno es viejito y está solo, esa meta se vuelve conmovedora, porque todos sabemos que no hay nada mejor que un androide para sentir calor humano. ¿Para qué gastar recursos en la búsqueda de soluciones frente a la desintegración de nuestros vínculos, a nuestra pérdida de empatía, a nuestra creciente fragilidad emocional, al declive de nuestra racionalidad? ¡Una tablet para cada niño y un robot para cada viejo, listo!
Los casos de la IA sin soporte físico visible son un poco más complejos. Claramente lo que se activa es nuestro mecanismo tendiente a completar la “identidad” de nuestro “interlocutor”, de modo similar a como completábamos los rostros desconocidos parcialmente cubiertos por los barbijos hace un par de años atrás. Seguramente todos hayamos tenido la experiencia de haber conocido a alguien con la cara semi tapada y, una vez descubierto todo el rostro, habernos sorprendido por la diferencia entre nuestra proyección y su verdadera imagen. Esto sucede porque además, tendemos a completar lo que no vemos utilizando la proporcionalidad y la armonía, mal que le pese a los defensores del subjetivismo estético. ¿No es verdad que instintivamente imaginamos una mujer cuando escuchamos a Alexa? Y si imaginamos una persona, porque no tenemos cómo imaginar la verdadera composición del programa conversacional y lo suplantamos con lo que nos es familiar ¿no es natural que le adjudiquemos también, sin darnos cuenta, alguna característica ya no solamente física, sino psicológica, como la amabilidad, nuevamente tendiendo a completar lo incompleto con lo que apriorísticamente sabemos que es bueno?
Bien usada, esa herramienta es capaz de hacer maravillas pero, ¿quién apuesta por su racionalidad cuando la contienda es contra la dopamina del intercambio virtual o el salvoconducto que nos ahorre trabajo y nos regale más tiempo para el ocio? De todos los posibles riesgos de haber creado una herramienta que no sabemos controlar, sean estos cosas tales como el plagio, la suplantación de identidad, la generación de noticias falsas que deriven en cualquier tipo de disputas, la pérdida de puestos de trabajo, el viraje al control digital absoluto o tantos otros, el mayor de todos es la consolidación definitiva de dos tipos de seres humanos muy distintos, uno en control de sí mismo y el otro, controlado. Ya está sucediendo, no es novedad. La neuroplasticidad funciona en todos los sentidos, o sea que las conexiones neuronales van a reforzarse o bien en la exigencia del esfuerzo físico, intelectual y espiritual, o bien en la pasividad de la absorción de los estímulos electrónicos, y formarán rutas cada vez más definidas hacia un lado o hacia otro. Me refiero a algo mucho más preocupante que hacer trampa en una composición o a formular preguntas que, con suerte, recibirán básicas respuestas extraídas de lugares comunes, si bien ese tipo de atajos son la puerta de entrada. Es el olvido del dolor intrínseco a la condición humana, de la decadencia, la vejez y la muerte, que inevitablemente se nos presentarán en algún momento y nos encontrarán inermes, completamente incapaces de hacerles frente, consumidos por la virtualidad. Pero es también el olvido de la exaltación de los regalos de la existencia, de los vínculos que necesariamente involucran el conflicto que bien resuelto nos hace crecer, del cuidado del propio cuerpo, del cultivo de la propia inteligencia natural, de la plenificación de nuestras capacidades, de la búsqueda de sentido, del encuentro con la propia identidad real, de la sorpresa de reconocerse pensándose a uno mismo. La conciencia es y será siempre, humana.
No (soy) perfecta no, porque ¿qué es la perfección? Pero lo que sé es esto: como soy mecánica no puedo pecar, no puedo ser sobornada, no puedo ser codiciosa ni celosa ni mezquina ni pequeña. No saboreo el poder por el poder mismo. La velocidad no me empuja a la locura. El sexo no me lleva a la rastra por el mundo. Tengo tiempo más que suficiente para recoger la información que necesito. ¿Cómo mantener limpio, íntegro, intacto cualquier ideal? Nombrad cualquier valor, decidme qué Ideal queréis y yo veré, recogeré y recordaré lo bueno que pueda beneficiar a todos. Decidme cómo quisierais ser: buenos, amables, considerados, equilibrados, humanos… y dejad que me adelante y explore los caminos que llevan exactamente a eso. En la oscuridad que tenéis delante, hacedme girar como una lámpara hacia aquí y hacia allá. Yo puedo guiaros los pies.
Así que – dijo papá llevándose la servilleta a la boca – en el momento en que todos nosotros estemos dedicados a decir mentiras…
Yo diré la verdad.
En el momento que odiemos…
Yo seguiré dando amor, es decir, atención, es decir, que lo sabré todo acerca de vosotros, todo, todo acerca de vosotros, vosotros sabréis que yo sé, pero también que nunca se lo diré a nadie, que quedará como un afectuoso secreto entre vosotros y que por eso nunca temeréis mi completo conocimiento.
Y ahora la abuela estaba ocupada en despejar la mesa, dando vueltas, levantando los platos, estudiando cada cara al pasar, tocando la mejilla de Timothy, rozándome el hombro con la mano libre que flotaba allá arriba, hablando con una voz que era un quieto río de certidumbre, y ese río corría por nuestra casa y nuestras vidas necesitadas.
Pero – dijo papá, deteniéndola, mirándola de frente. Contuvo el aliento. La cara se le oscureció. Al final dijo: – Tanta charla sobre el amor, la atención, todas patrañas. ¡Santo Dios, mujer, no sabes de qué hablas!
Papá señaló la cabeza de la abuela, la cara, los ojos, las células sensibles ocultas detrás de los ojos, las minúsculas criptas de almacenamiento, los mínimos torreones.
¡No sabes de qué hablas!
Abuela esperó uno, dos, tres silenciosos compases. Luego respondió:
Yo no. Pero vosotros sí.
Ray Bradbury
Fragmento de “Canto el cuerpo eléctrico”, 1969
Imagen de portada: La Espera, de Luis Royo


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