ENSAYO

El trágico imperio de los adictos a la pasta base de cocaína se ha extendido a través del Cordón Norte y Sur, Palermo, Barrio Sur, Centro, Ciudad Vieja y Aduana, con extensiones parciales a todos los barrios limítrofes con estos mencionados. Ya han arruinado la vida cotidiana en el centro de la ciudad, la arruinan cada vez más. Nadie debe tolerarlo y deben accionarse diversos mecanismos para impedirlo.

Por Rafael Bayce

Configuran la 4ª. generación de desventajados urbanos, y seguramente la más molesta, peligrosa e inconducente de las cuatro. Las otras 3 probablemente puedan describirse como de desaventajados sufrientes o víctimas de evoluciones de variables urbanas más bien ajenas a su voluntad y posibilidades vitales (especulación inmobiliaria, aumento de precio del suelo urbano, vivienda encarecida, dificultad de garantías, competencia de inmuebles que son activos lavados, etc.). 

Corresponde, entonces, que la población, sus instituciones municipales, departamentales y nacionales, caritativa o justicieramente, procuren compensar los efectos y consecuencias extremas de la evolución desfavorable de algunos factores socioeconómicos sobre las vidas de las 3 primeras generaciones de desaventajados estructurales urbanos, a saber: 1ª. generación, conventillos; 2ª. generación, cantegriles; 3ª. generación, asentamientos. 

Pero sobre la 4ª. generación, la de los adictos pastabaseros, no hay ni tenemos la misma responsabilidad compensatoria estructural que podemos sentir o argumentar sobre conventillos, cantegriles y asentamientos. Sus desventajas no están originadas tanto en razones estructurales, ajenas a sus posibilidades y voluntades, como por adicciones y desarreglos psicológico-psiquiátricos que no les permiten usar instituciones inventadas para aquellos que ‘no pueden’ acceder a vivienda propia, alquilada, hoteles baratos, pensiones o hasta a refugios nocturnos.  Y pueden molestar y agredir el cotidiano mucho más.

En el caso de esta 4ª. generación de desaventajados urbanos, los adictos pastabaseros, no es que ‘no puedan’ acceder a alguna de estas modalidades de vivienda, sino que ‘no las quieren’; porque su constante ida y venida desde las bocas de pasta base hasta sus lugares de depredación del cotidiano de los otros los hace despreciar cosas como refugios, así como cualquier compromiso laboral formal o vivienda permanente. No es justo ni caritativo darles nada; es reproducir el ciclo perverso de modo ampliado, multiplicativo. No se soluciona nada y se alimentan los problemas originarios, que no son las injusticias, ni desigualdades ilegítimas, ni accidentes ni ignorancias que produjeron arrabales, conventillos, cantegriles y asentamientos. No hay que romantizar su absoluta negatividad, como estila a veces la bohemia intelectual progre, limítrofe con lo woke.

Su elección alternativa a la del trabajo formal y el uso de instituciones públicas supletivas, es hacer changas (lavado y cuidado de vehículos, etc.) de modo que puedan, en cuanto hacen algún cambio, correr a las bocas con pasta base que proliferan cercanas a las zonas de la ciudad nombradas, y volver a su ‘base’ (valga la redundancia), donde hacen changas, piden, asustan para pedir, provocan lástima, inmundizan contenedores de basura en búsqueda de objetos vendibles en las bocas o comida, manguean excedentes de comida de locales de comida y hoteles, y hacen todo tipo de transacciones con drogas y sexo. 

Y gritan, gritan, gritan, todo el día, especialmente de 9 a 19. Pero también a otras horas, porque es su modo salvaje de comunicación, modo perverso de comunicación, eficiente modo de vengarse de los que tienen vivienda para vivir, y horas para dormir, comer, etc.; el griterío innecesario, ubicuo y constante, es uno de los modos perversos por medio de los cuales se apoderan del espacio urbano (lo veremos más en detalle a seguir).

Veremos a continuación, en más detalle, por qué son una fauna urbana especialmente peligrosa y mortificante, para la cual las emergencias y urgencias diseñadas para conventillos, cantegriles, asentamientos y gente en situación de calle por carencia, no sirven; porque para adictos y psicópatas esas cosas no sirven; no son excedentes estructurales de desigualdades, injusticias y errores públicos, como sí lo son en buena parte los otros 3 desaventajados. No hay por qué financiarlos, aguantarlos ni respetar lo que hacen: hacerlo es multiplicar los problemas, no solucionar ninguno, y volverse rehenes de extorsiones, violencias y alteración de los en general legítimos modus vivendi y operandi de la población en aras de modus vivendi y operandi ilegítimos, ilegales, inmorales y más o menos violentos.

Si las autoridades policiales, municipales, departamentales y nacionales no consiguen resolver los problemas específicos que plantean, no será de extrañar entonces que aparezcan grupos como los que ya recorren, en autos y munidos de bates de béisbol, el centro y barrios, apaleando a los durmientes callejeros, con intención de amedrentarlos y sacarlos de la calle y de ese infernal modus vivendi y operandi en que están y que le imponen a la población, que paga lo necesario como para que todo eso no le pase. O si no, tendremos Bukeles en el horizonte que le resuelvan a la población esos problemas que privadamente no pueden resolver, y que los diversos niveles de gobierno no enfrentan con la decisión que se merecen los problemas y sus sujetos problemáticos activos. 

La tolerancia y reproducción irresponsable y cobarde del modus vivendi y operandi de los pasabaseros es la mayor causa del despoblamiento de la capital y de su centro, cuya población está sitiada, agredida, incomodada y extorsionada progresivamente. Y se va, con gran afectación del turismo radicado en Montevideo, o de paso hacia otros destinos turísticos.

Sigue un relato histórico de las 4 generaciones de desaventajados urbanos, para entender la especificidad de la cuarta, lo que padece y padecemos todos.

Del conventillo a los pastabaseros, pasando por cantes y asenta

Es un proceso muy estudiado por la sociología y antropología urbanas en todo el mundo occidental, ya desde principios del siglo XX por la 1ª. Escuela de Chicago, que en el Uruguay adquiere leves particularidades. Todo dentro de un proceso de deterioro de las urbes y de los límites entre lo urbano y lo rural, todo agrandado por el surgimiento de un espacio ‘rurbano’ específico (que en la Argentina permite entender el surgimiento y evolución del peronismo, del canto rurbano de los 50, y de la cumbia villera y las cuartetas desde los 70, ya que estamos).

La 1ª. generación intraurbana desaventajada fueron los ‘conventillos’, eliminados mediante discutible decisión edilicia y sanitaria por el gobierno cívico-militar. Romantizados y edulcorados por el candombe, la murga y el cancionero y poética de la intelectualidad bohemia progre, los conventillos, partes de la ciudad ediliciamente deterioradas o con incompleta urbanización, son habitadas entonces por los sectores menos pudientes de la población, entre ellas los afrodescendientes, que ocupan, de esos inmuebles, principalmente los ubicados en la Ciudad Vieja, el Barrio Sur y Palermo, aunque sucesivamente se sumarán inmuebles deteriorados en barrios también antiguos, pero menos céntricos, como Cordón, Aguada, Goes, Reducto.

La 2ª. generación desaventajada fue y aún es, la de los ‘cantegriles’. A diferencia de sus antecesores urbanos los conventillos, los ‘cantes’, son producto de la excesiva migración campo-ciudad, en la cual hay una imperfecta integración del migrante rural al centro de la ciudad. De algún modo son herederos de los enclaves donde se integraban, también imperfectamente, los inmigrantes extranjeros en las dos olas inmigratorias del pasado. Gruesamente, y por hablar rápidamente de ello en esta columna, el tango será producto del cruce de las culturas de los inmigrantes extranjeros latinos con las culturas de los migrantes rurales propios. 

En lugar de fijarse en los enclaves céntricos más difusos de la inmigración extranjera anterior, ya construidos, la fracasada migración rural se concentra en barrios construidos a nuevo, aunque precariamente, en la periferia de los centros de las ciudades deseadas. Esos barrios precariamente construidos en las periferias son los cantegriles, o cantes, que se irán urbanizando irregularmente mediante las mediaciones de políticos que los enarbolan de a uno. Los conventillos son muy distintos de los cantegriles, que son más periféricos, recién construidos, y habitados por contingentes promedialmente diversos entre sí, en orígenes y composición étnica.

La 3ª. generación es mucho más reciente: los ‘asentamientos irregulares’. Los conventillos son producto del deterioro urbano y la desigualdad, pero son centrales y no periféricos, ni relacionados con la inmigración externa ni con la migración interna rural, como sí lo son los cantegriles. 

Ahora bien, los asentamientos irregulares son también periféricos, también objeto de punteros políticos, pero no se producen por la atracción de los centros urbanos sino por la expulsión desde los centros urbanos de los menos privilegiados, desde lugares que la especulación inmobiliaria ‘ensucia’ y/o ‘limpia’ para darles precios y apreciaciones más lucrativas. 

Los residentes de conventillos son citadinos menos privilegiados que ocupan los sectores más deteriorados de los centros; los cantegriles no residen en centros sino en periferias urbanas que recogen la imperfecta integración urbana de migrantes urbanos en áreas ‘rurbanas’ distintivas. Tienen la ‘esperanza’ característica de los migrantes.

Los irregularmente asentados, también construyen sus hábitat y viviendas en periferias, pero tienen menos fe y esperanzas que los cantegrileros, porque no son esperanzados sino desesperados, desesperanzados, expulsados; los conventillos y los asentamientos son más producto de decadencias que los cantegriles; pero los conventillos mantienen cierto orgullo cultural, que les falta a los asentamientos, que son expulsados sin reconocimiento cultural (por eso sus reacciones culturales y económicas, como el delito, los caracterizan); no tienen nivel socioeconómico ni tampoco cultural como los conventilleros, ni esperanza y raíces nombrables, como los inmigrantes extranjeros y los migrantes rurales. 

La 3ª. generación de desprivilegiados es más radical y relativamente carente que las dos anteriores; y será más macro-problemática.

Vayamos ahora a esta 4ª. generación de desprivilegiados: los pastabaseros. Describamos el lugar y espacio que cumplen los pastabaseros en la producción de un infierno cotidiano en el centro del Centro de Montevideo; por ejemplo, para quien tenga la desgracia de vivir en la cuadrícula dibujada por Rondeau al Este, 18 de Julio al Sur, J.H. y Obes al Oeste y Mercedes al Norte, sin olvidar al sector de Av. Libertador entre Colonia y Mercedes, sector muy céntrico, muy cómodo por el acceso a consumos y a desplazamientos. Se vive el siguiente infierno, que estamos intentando restaurar junto a la muy diligente Defensoría del Vecino de la Intendencia.

El infierno céntrico creado por cuatro subinfiernos sumados

Sub-infierno 1: el Club Juventus, sus eventos y niños de verano en su azotea.

Primer insumo infernal: el Club Juventus, de Río Negro y Colonia, con ruido extensible a Libertador y a Colonia. Funciona en un edificio construido a principios del siglo XX por la Asociación Cristiana de Jóvenes, que se la vendió al Juventus cuando estuvo habitable su nueva sede en Colonia entre E. Acevedo y F. Crespo. Edificio viejo, oscuro, húmedo, necesitaba, especialmente en verano, de una salida externa. Lo hacen con algunas construcciones mínimas en la azotea, que está ubicada aproximadamente a la altura del tercer piso de los varios edificios de muchos pisos que hay en el barrio. Lo que implica que cualquier actividad que allí se haga, se amplifica su sonido, que se dispersa hacia arriba y con rebote en las paredes de los edificios del barrio. Parece que el Juventus ignora esto y la existencia de ingenieros y arquitectos acústicos que les hubieran informado que estaban generando un ruido mayor a los decibeles permitidos por la Intendencia, ruido que se amplificaría y deformaría para mal de los tímpanos del barrio.

Inicialmente, fueron solo comidas y fiestas en esa azotea inconsulta e irreverente para con el barrio, en la medida que los excesivos decibeles eran infrecuentes y no muy tardíos; no molestó demasiado al barrio. 

Pero eso cambió radicalmente cuando, al abrir Socios de Verano, durante enero y febrero, irrumpieron hordas incontinentes e incontenidas de ruidosísimos niños que, en lugar de ser contenidos por sus profesores hacia la disminución de los decibeles de gritos y chillidos histéricos sádicamente exportados por sus padres hacia el barrio, los profes gritan por encima de los gritos y chillidos colectivos, redoblando gritos y chillidos; se genera, entonces, durante 3 horas, de lunes a viernes, un infierno que Dante no llegó a conocer pero que de haberlo conocido no lo habría dejado de consignar en su descripción de los círculos más profundos del Infierno. 

Este infierno estuvo condimentado, inicialmente, con esa pésima música de moda (con letras dudosamente para infantes) a un volumen absolutamente desmesurado, de discoteca adolescente, pero a mediodía, entre miles de personas del barrio victimizado. Entre gestiones ante el club y gritos intimidantes e insultantes desde las ventanas de los pobres vecinos, al menos esa música mala, innecesaria, inconveniente y excesivamente alta, cesó. Pero, de lunes a viernes, desde que llegan las hordas neosalvajes liberadas, entre 12 y 12.30, y hasta que se van luego de las 15, el infierno en la tierra reina. Los miles de vecinos que quisieran descansar, trabajar, dormir, niños, ancianos, estaban fritos. Y recuerden que, mientras, los gritos de los pasteros de Colonia y de Libertador continúan, y también un subinfierno canino de feroces e incansables ladridos que luego veremos.

Creo que buenos oficios de la Defensoría del Vecino silenciaron desde hace unos días a la tropa entre 13 y 15, aunque aún falta solucionar las ruidosísimas llegada y salida de los infantes, antes de las 13 y luego de las 15. Pero ha habido progresos ante ese increíble abuso institucional, gracias a la Defensoría del Vecino, y a gestiones y gritos de los vecinos (hay detalles bastante jocosos pero sería muy largo).

Sub-infierno 2: la mujer que pasea 2 veces por día una jauría canina feroz y que ladra a un unísono multisonoro.

Esto sucede en horas en que el infierno 1 del Juventus no funciona, para completar el horario de tortura, horario que será suplementado por pasteros varios, como veremos.

A media mañana y a la tardecita, si no llueve, todos los días del año, una mujer llega con 7 perros, que suelta en una placita triangular en el cruce de Libertador, Colonia y Río Negro. Los 7 perros, con ladridos diferentes, corren imparablemente y ladrando ferozmente, alienados, quizás excesivamente encerrados por su dueña, que parece ser sorda, y seguramente sorda a cualquier impacto auditivo en el barrio. Menos mal que no coincide con la jauría humana del Juventus, pero sí coincide con la gritería de los pastabaseros que veremos configuran los infiernos 3 y 4.  

Sub-infierno 3: el pastero, changuero y demás, que grita de 9 a 19, L-V, al menos, Libertador entre Colonia y Mercedes como centro sonoro.

Algunos afirman que duerme en refugios; otros cuentan que lo han visto dormitar en Libertador. Unos consideran que hay gente que no lo echa por miedo, otros que es por lástima. Ha sufrido intervenciones policiales por conflictos con una farmacia del barrio y con un supermercado. Grita cuando avista un auto que puede acomodar y lavar, grita cuando consigue uno, grita cuando se van, grita porque le gusta gritar, y se considera vivo y espontáneo gritando, a toda hora; lo oye todo el populoso barrio delimitado por 18 de Julio, Mercedes, Río Negro y Colonia, Entrevero incluido. Hace unos días que no grita como lo hacía, supongo que gracias, de nuevo, a alguna intervención de la Defensoría. Veremos; el hombre es claramente desequilibrado; cuando de tardecita se va, grita abundantemente con ampulosos gestos de saludo a los edificios de Río Negro entre Mercedes y Uruguay, casi seguramente camino a las bocas con pasta base que pululan por allí. Un día, viniendo en ómnibus por Colonia, pasaba, solo, por la vereda, gritando a los buses. Parece un asunto de Defensoría, probablemente ayudada por la Seccional 3ª, con informe al Mides y a Salud Mental de Salud Pública. Pero ha mejorado, veremos con qué duración, porque es muy patológico todo lo que hace y dice, y sumamente molesto por su absoluta prescindencia de quien oiga sus gritos, a toda hora, especialmente de lunes a viernes, y sábados part time. Los domingos nos concede descanso; no tiene clientes con quienes lucrar para las bocas, ni como ocasión para gritar porque sí o por pereza de acercarse para hablar. Un infierno, y sumamente indignante que siga haciéndolo sin freno público para un daño muy público. Pero el Centro de Montevideo se ha transformado en un hospicio, manicomio y ‘pastalandia’ invivible y expulsiva de turistas.

Sub-infierno 4: un pastero, changuero, Colonia entre Paraguay y Río Negro, lunes a sábado, 9-19 mínimo, nos deja libre el domingo, como el pastero anterior.

Acomoda autos, hace changuitas, fuma pasta base, y grita a clientes posibles y reales, grita cuando llegan y grita cuando se van, y saluda a conocidos, también a los gritos, full time, sin jamás moverse de su ‘base’, a grito pelado, sean saludos a clientes reales o posibles. No existe eso elemental de acercarse al interlocutor: no se debe dejar la base y sus enseres sin cuidador.

Y le ahorro, lector, otro epicentro de pasteros, que es Rondeau y Colonia, nudo de un super 24 horas, un carrito de comidas rápidas y la plaza Cagancha. Otro submundo infernal, pero que pocas veces parece tocarse con el infierno que les narré; por lo menos su ruido no llega ni alcanzo a divisar sus proezas depredadoras desde mi privilegiado atalaya, víctima ruidosa de otros.

El menú sonoro diario de las víctimas de esos cuatro infiernos sumados

Todo esto lo cuento porque vivo en un apartamento muy alto, con 4 ventanas a Colonia y 3 a Río Negro, de modo que tengo una visión panóptica muy favorable de toda la movida 18-Entrevero-Río Negro-Colonia-Libertador-Mercedes-Paraguay, y perfectamente invisible para los actores de las movidas. Perfecto para contar lo que estoy relatando, y para intentar cambiar la pisada tal como lo estoy haciendo.

Lector, le resumo el menú sonoro diario para los miles de vecinos del centro del Centro de Montevideo, capital del Uruguay, de lunes a viernes o hasta sábados: 1) de 7.am a 9.am, gritos mañaneros como desayuno barrial, laborales o no, del pastero que changa en Libertador, hasta aproximadamente las 19 o 20 horas. 2) Desde las 9. am, se suman gritos del cuidacoches y changuero pastero de Colonia, hasta aproximadamente las 19 o 20 también. 3) A media mañana llega la mujer con sus enloquecidos perros a sumarse al cambalache sonoro. 4) Al mediodía se suman alegremente decenas de infantes que gritan y chillan desde la azotea del Juventus, con contribución multiplicativa de los profesores del club, que jamás intentan bajar los decibeles de esos gritos y chillidos. Valga recordar que, durante estas horas, no ya la mujer de los perros enloquecidos, pero sí los pasteros de Libertador y de Colonia, están en su apogeo. Indigestos almuerzos tenemos los vecinos, que ya desayunábamos inquietos. 5) La mujer se suma nuevamente a la tardecita, cuando el Juventus ya terminó, pero los pasteros aún no han parado de gritar, ni de ir y venir de las bocas. 6) De 19 en adelante, solo queda el final de la tarea céntrica de los pasteros laburantes de Libertador y de Colonia. 7) Aproximadamente desde las 20 hasta el día siguiente a las 7, los heroicos y sufridos vecinos del centro del Centro de Montevideo pueden descansar sus tímpanos. 

Todo esto ha sucedido mucho tiempo con la mayor impunidad para todos los victimarios infractores de múltiples normas, e ignorantes absolutos de los efectos y consecuencias de sus nefastas acciones. 

La depredación a otras horas, qué hacer, qué no hacer

El fin del infierno sonoro diurno no libera a los habitantes del Centro de los adictos durmientes en plazas, parques y puertas de inmuebles deshabitados o resignados, en las horas en que no son posibles changas ni transas, y cuando las ´bocas’ cierran. Ni se libran esos ciudadanos de los continuos y más o menos atemorizantes mendicantes, zombies que interrumpen el trayecto de los pobres transeúntes que deban o quieran caminar o ir de algún lado a otro. Lo peor, si insisten en transitar serán ‘fichados’ por los zombies, que sabrán cómo manguear mejor. Haberles dado ayer empeora la situación hoy, porque, ¿por qué hoy no, o menos que ayer?; son como derechos adquiridos.

Una de las cosas que he investigado con más interés (recuérdese que soy Doctor en Ciencias Sociales y Catedrático universitario) es el porqué de los gritos de los changueros callejeros pasteros. He llegado a las siguientes conclusiones: las personas con orígenes en cantes, y excitados por el consumo de la pasta base, no hablan acercándose al interlocutor, sino a los gritos, sin intentar acortar distancias para no gritar. Eso pareciera que da sensación de poder en medio de la más absoluta carencia de poder formal, y en medio de gran euforia compensatoria ocasionada por la pasta, a veces potenciada por alcohol. Además, cuando están sentados, sea fumando pasta o hurgando en las pipas para rascar algo a falta de la sustancia a pleno, para no abandonar sus tareas principales ni sus pertenencias en la base de operaciones, no se levantan para hablar con nadie, sino que saludan, avisan o dialogan a los gritos, sea para avisar a un potencial cliente, para guiarlo si acepta, para despedirlo cuando se va (salvo para la propina, tan deseada), y para saludar a cualquier conocido; todo es a los gritos desde la base, fumando o hurgando. Y, por supuesto, el sonido asciende amplificado y distorsionado hacia el populoso, desesperado e indignado barrio, de 7 a 19 al menos, de lunes a viernes o sábados.

Pero si afirmamos que han arruinado el Centro, no es solo por lo que han leído hasta ahora; también caminar solo, o siendo anciano o mujer, por las principales calles, de noche, o aun de día, por plazas y parques, es un viaje de pesadilla entre zombies demacrados y malvestidos, que, ‘con todo respeto’ y llamándole de ‘tío o tía’, manguean de modo que puede interpretarse como amenazante y sin duda francamente desagradable; piensen qué pensarán los turistas de estos safaris urbanos. Y los bancos de las plazas, también inundadas de pedigüeños intimidantes y desagradables, ocupados por quienes duermen a las horas del uso previsto para la población general. 

Sin pensar cómo quedan esos bancos, y los excrementos y sobras de la noche, para los ancianos y niños que los necesitan y los usarán con riesgo sanitario la mañana siguiente a su incautación por los pasteros, que duermen en horas de cierre de las bocas y menguantes fuentes de changa, salvo drogas y sexo. 

Otro problema es que los pasteros perjudican la imagen de todos los otros consumidores de drogas que no provocan las gruesas molestias y problemas diversos que los pasteros generan. Y yo, desde hace 40 años promotor de la despenalización de todas las drogas, como mal menor para sus problemas y como bien mayor para sus virtudes, lamento su existencia, modus vivendi y operandi, como un obstáculo a esa mi posición, que tantos adoptan crecientemente; pero si la imagen de los consumidores de drogas es la de los pasteros, adiós, olvidate. 

Pese a que esta 4ª. generación de desaventajados ha arruinado y sigue arruinando el centro, habitar en él, su tránsito por él y su estacionamiento en él, no todo está perdido. La Defensoría de Vecinas y Vecinos de Montevideo de la Intendencia de Montevideo (25 de mayo 604/105, 08001616, 29170042, 098187601) es muy receptiva y activa para ocuparse de cosas como éstas; pero precisa del Mides, de las seccionales policiales, de Salud Pública (y salud mental), de los centros comunales zonales y de los municipios; y de comisiones barriales ad hoc de vecinos, actuando coordinadamente con ellos, en nuestra opinión. 

En la Intendencia, en los Municipios, en los Centros Comunales Zonales, hay una lista de problemas urbanos sobre los que la población puede quejarse y ocuparse. Hay formularios on line para presentar, aunque yo recomiendo la información y reclamos presenciales, porque hay una persona responsable y respondente. 

De todos modos, hay algunas de las graves molestias de las que hemos hablado y que sufren crecientemente los montevideanos, problemas para los que hay formularios específicos de queja y pedido de intervención: Molestias por ruido, humo y olores; Trabajos sin permiso en la vía pública; Ocupación de veredas. Todo el infierno sonoro que le hemos descrito cabe bien en estos 3 rubros, además de constituir faltas o contravenciones, y, en algunos casos, hasta delitos susceptibles de flagrante. Hay también una interesante iniciativa, con componente académico y universitario, pero también muy autogestionado: desgajado del Programa Calle-Drogas, el Colectivo Nitep ha conseguido, entre otros logros para la gente en situación de calle, una casa propia, suerte de refugio diurno. Seguramente deberían sumarse a esas instituciones públicas en el tratamiento de los problemas que encaramos. Muévase vecino: quéjese, formalmente, en formularios, en oficinas pertinentes, hablando con autoridades municipales, de la Junta Departamental, de la Intendencia, de las seccionales correspondientes, del Mides, de Salud Pública; y fílmelos en acción; y registre sus volúmenes de sonido y ruido (hay multas según horas y decibeles). 

Hay que terminar con esta infame realidad, antes de que llegue, triunfalmente, a solucionarlo, algún Bukele que se precie. Porque, desgraciadamente, es casi una ley sociopolítica que, llegados a extremos como los que ya estamos viviendo, una probabilidad cierta, que ya ha comenzado, es la de grupos de apaleadores nocturnos; lo que sigue son Bukeles, casi inexorablemente. 

Si la gente y las autoridades no se unen para terminar con estos infiernos como el que relaté, seguirán proliferando; desgraciadamente, no son ya una rara avis; se están volviendo cada vez más frecuentes y radicalmente inmorales, ilegítimos e ilegales; y seguido solo por discepolianos encogidos de hombros, que están siendo expulsados de su hábitat y torturados en sus domicilios por modernos depredadores urbanos tolerados por las autoridades que debieran combatirlos. 

Porque no son pobres conventilleros, canteranos, ni asentados precarios, ni gente que no puede con los costos de vivienda fija; pueden, pero prefieren fumárselo y seguir depredando, aparentando que son pobres imposibilitados de vivienda, comida y ropa, pidiéndolo de otros que los tienen porque no se los han fumado; que no precisan extorsionar desde trabajos innecesarios e invasores de calles, veredas y domicilios.  

No les dé nada porque no soluciona nada y multiplica los problemas alimentando modus vivendi y operandi perversos y encadenados; filme, grabe, denuncie, hable con autoridades, antes que sea demasiado tarde para su bienestar, su domicilio, su barrio, su ciudad capital, que están en jaque.

La galería de horror que se exhibe en las calles, veredas, plazas y parques del centro de Montevideo, en proceso de extensión concéntrica, es una curiosa variedad de hospicio/psiquiátrico a cielo abierto, en interacción permanente con toda la población; es patológico, patógeno y digno de un Rocky Horror Show o de la distopía ficcional fílmica de la ciudad antigua de Blade Runner. Muy malo para sus habitantes y para el turismo.