MIGUEL COYULA / “Looks like AI” (Parece Inteligencia Artificial) fue el comentario de un amigo estadounidense demócrata, al enviarme una foto de jóvenes cubanos con gorras rojas MCGA (Make Cuba Great Again). Ciertamente cuando ví la imagen instintivamente sentí una profunda sensación de extrañeza. 


ESPECIAL CUBA

Primero pensé las gorras eran un collage, luego que se había hecho en Miami. Luego valoré la posibilidad de que el régimen cubano la hubiese creado con AI para desprestigiar a la oposición interna. Si las gorras eran reales, ¿alguna MiPyme se habría arriesgado a confeccionarlas en Cuba, o se las habrían enviado del extranjero? Pero en realidad la imagen contenía una artificialidad mucho más perturbadora, cuya extrapolación casi rayaba en una disonancia cognitiva. Después de casi 70 años en la más reciente y perdurable dictadura, jóvenes cubanos aludían a un símbolo devenido en dogma de otro gobierno autoritario y fascistoide. La devoción absoluta a los ismos conduce a un credo, una religión. Los heraldos del comunismo y el capitalismo predican dogmas políticos que algunos abrazan con fanatismo, mientras para otros las definiciones de izquierda y derecha se intercambian a conveniencia de forma cada vez más efímera y sujeta a intereses económicos. 

Por solo mencionar algunos aspectos, Donald Trump (en una época perteneciente al partido demócrata) es hoy un presidente republicano convicto, ha apoyado el genocidio en Gaza, es responsable de liberar a sus seguidores que asaltaran el capitolio de su país, ultimando al policía Brian Sicknick. Dos muertos más recientes, son los ciudadanos Renee Good y Alex Petrie, cuyos asesinos uniformados, aún no han sido juzgados. ICE, el ejército personal de Trump, ha propagado la xenofobia y represión, deportando a más de tres millones de inmigrantes, incluyendo cubanos. Sus ansias de dominación económica mundial disfrazada de “libertador” ya fueron visibles en Venezuela, e Irán, y pareciera que le siguen Cuba y Groenlandia.

La postura anti-intelectual de Trump conlleva a que algunos académicos lo declaren un idiota. Su autora favorita, Aynd Rand, erigió un monumento al egoísmo. Siempre me pareció revelador el instante en que Roark, protagonista de El Manantial afirma “Nadie tiene derecho a un minuto de mi tiempo” para luego dinamitar un complejo de edificios destinados a ser habitados por personas con bajos recursos. Pareciera que también sirvió de inspiración a Elon Musk cuando dijo recientemente que la empatía es una debilidad, como si los heroicos empresarios protagonistas de La rebelión de atlas mostraran su verdadero rostro.

El caso de Roark es interesante, porque su compulsiva determinación a preservar su individualidad resulta inicialmente para cualquier joven que no esté dispuesto a seguir dogmas. Su arrogancia hubiera podido representarlo lleno de contradicciones, como un antihéroe trágico. Pero la propuesta dramática colapsa por su insistencia de Rand por convertirlo en una figura heroica, hasta el punto de volverse inhumano, una suerte de ventrílocuo del objetivismo, con final feliz incluido. Personalmente nunca me han interesado las narrativas heroicas, no me las creo en el arte, muchos menos en la política. Me interesa mucho más Nietzsche, por estar interesado en las contradicciones del individuo, no pretende tener la respuesta final sobre a un modelo social. Quizá por ello, a diferencia de Marx, sus ideas no generaron un movimiento político masivo, o en el caso de Rand, cuyo objetivismo ha calado en las elites del neoliberalismo.

Trump no es un idiota, pero si sabe hablarles a los idiotas. Mientras Fidel Castro vendió ideas humanistas, Trump prometió materialismo neoliberal con prosperidad económica para todos. Ambos están alineados a ideologías aparentemente opuestas, pero igual de abstractas en su manifestación física. Los rasgos sociopáticos de ambos apuntan a una megalomanía desbordada. Uno al frente de una isla pequeña y el otro liderando un imperio a base de órdenes ejecutivas.

Fidel Castro también tuvo ansias expansivas, en Argelia, Congo, Etiopía, Angola… Fue criticado por muchos que hoy piden para Cuba una intervención militar de una potencia extranjera. Quizás el subdesarrollo, como escribía Edmundo Desnoes, es la incapacidad para relacionar las cosas y acumular experiencias. También puede ser que muchos no tengan problema alguno con el anexionismo. 

Latinoamérica ha sido históricamente el patio trasero de los Estados Unidos. Simultáneamente el fracaso de la revolución cubana es ahora más evidente en el analfabetismo cultural y político de la mayoría de los influencers. La inmediatez de la Cuba que presentan, aparece generalmente como un fenómeno aislado, divorciado de complejidades globales y sujeta a un reduccionismo binario. Uno de los muchachos MCGA dice que el alcaide de nueva York es comunista, con lo cual pareciera que su única fuente de información es Fox News. Y en una contradicción más absurda dicen que no endiosar a ningún político. Cuba y sus problemas son para ellos el centro del universo, el peor lugar del mundo, el único del que vale la pena hablar y salvar. La realidad es que Cuba nunca ha sido “Great”. Hubo una república, si, liderada por antiguos libertadores de la guerra de independencia, la mayoría, devenidos en ladrones o dictadores.

MCGA, la nueva filial de MAGA en Cuba, parece obviar esto. Su movimiento Fuera de la caja (Outside of the Box), deriva de una ideología e idioma ajenos, involuntariamente confinándose a otra caja por su propia falta de autenticidad, de ideas nuevas, algo que naturalmente se esperaría de un joven.

Las razones por la que estos jóvenes aluden a la consigna de Trump pudieran ser muchas: Ingenuidad, desconocimiento, oportunismo, cinismo, o simplemente algo mucho más perturbador… vacío. El pueblo cubano está tan harto de la dictadura actual, sus sentidos tan diezmados, que posiblemente si Hitler resucitara y prometiera “liberar a Cuba”, algunos se amarrarían la esvástica. Ese es también el hombre nuevo. Seres incapaces de sentir y pensar como ciudadanos del mundo, que abrazan la globalización invasora más cercana como símbolo de libertad frente a la asfixia material y política del régimen cubano. Ignoran que la violación de la soberanía significa luz verde al tecno feudalismo expansivo de otros Imperios: Rusia sobre Ucrania, China sobre Taiwan. Pero el sentido político de este cubano parece regirse al alcance programado de un semáforo. No existe luz larga en el pensamiento. Afortunadamente hay otros jóvenes en la isla que también se oponen al régimen en una postura completamente distinta. Lamentablemente son los menos en un mar de consignas, extraídas de lo que pudiera ser un manual libertario de Aynd Rand, degenerado por Javier Milei.

De varias personas he escuchado justificaciones automatizadas como “No me importa. Lo que yo quiero es que se acabe la dictadura y liberar a los presos políticos” Quizá si eres activista, o político esa sea la postura modelo: ¨Unir en vez de dividir¨. Pero al priorizar una meta vertical, estás eliminando el pensamiento crítico necesario para evitar que la historia se repita.

De forma inepta el gobierno cubano acaba de anunciar sanciones, prohibiendo manifestaciones de apoyo a Trump en Cuba, como si ignorara que su impopularidad generará en muchos la reacción inversa. Bajo un prisma conspiranoico, tal ineptitud parecería una estrategia de transición frente a otro secuestro, estampida o capitulación negociada.

Dicho esto, allanar un domicilio, arrestar a una persona, intimidarla, desaparecerla profesionalmente, inducirla al exilio por tan solo emitir una opinión política, es inaceptable. 

Llevamos casi 7 décadas de abusos similares por un sistema que aún predica una fachada de justicia social, que culpa al embargo como único responsable de toda su ineficiencia, corrupción interna y violación sistemática de derechos ciudadanos.

Mi bisabuelo fue delegado de la asamblea constituyente en 1939. Durante la redacción de la Carta Magna, a pesar de que era ateo, propuso la invocación inicial a favor de Dios en consideración a las creencias de la mayoría de la población. Yo no soy mi bisabuelo. No soy un político. Simplemente soy un ciudadano que se desmarca de otro credo inminente, de la misma forma que lo he hecho del régimen cubano. Creo en la libertad de expresión de los jóvenes MCGA, como también en la mía. Tenemos en común que deseamos el fin de este régimen, pero aclaro que no me representan. Ellos no son la causa sino consecuencia del fracaso de la izquierda enarbolada por el régimen cubano para su marketing mundial. La razón de este texto. La razón de este texto, es para que cesen, en esta época de cambio inminente, los intentos de alinearme al trumpismo (único presidente estadounidense, al menos reciente que tiene un movimiento político acuñado a su nombre) a través de mensajes privados, solicitudes de firmas, invitaciones a foros. Pero tampoco es nacionalismo. Siempre me he considerado iconoclasta. Rechazo todo lo que huela a uniforme, sean boinas del Che Guevara, o gorras MAGA. A lo mejor estos tres fotogramas de mi película Corazón azul (2021) ilustren mejor mi punto.

El recién finalizado festival de Málaga fue escenario de controversias. El actor Jorge Perugorría, residente en la isla habló de cómo las nuevas medidas de la administración Trump asfixiaban a Cuba. Fue criticado por el cineasta Ian Padrón, residente en Estados Unidos por no mencionar la responsabilidad del gobierno cubano como el verdadero responsable. Ambos tienen razón, pero, ninguna de ambas partes cuenta la historia completa. Ciertamente la disfuncionalidad del régimen cubano es innegable. Pero también las recientes medidas implementadas por la administración de Donald Trump han afectado profundamente aún más la vida diaria de los cubanos. La restricción sobre importaciones de petróleo ha generado mayor escasez de combustible, dificultando el transporte público y elevando los precios del transporte privado. La electricidad es aún más intermitente, afectando la refrigeración de alimentos, el suministro de agua. Los precios de los alimentos y medicinas han aumentado. La crisis humanitaria existía, pero es imposible negar que ahora es más fuerte, y que quien la sufre en su subsistencia diaria es el pueblo, no los gobernantes. La estrategia de Trump pareciera manipular a los animales de un coliseo, dejándolos sin alimentos para que devoren a los gladiadores. Sobre el mismo tema, el cineasta Pavel Giroud, residente en España, comentó en Málaga que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, argumentando que durante la segunda guerra mundial nadie cuestionó a Europa su alianza a Estados Unidos. Esto trae un punto interesante, pues en estos días no se puede hablar de una alianza al país, sino personalmente a Trump. Este mandatario usurpa los tres poderes establecidos en los principios constitucionales de la nación, dicta o, mejor dicho, ametralla órdenes ejecutivas sin consultar. Pero sus seguidores exclaman ¡No es un dictador! Otro colega en Madrid aducía en privado: “Las transiciones siempre son mierderas”. Todos son comentarios removidos de la realidad física de la isla. Cuba produce el 40% del crudo nacional. Frente a una asfixia, los que siguen sufriendo frente a este bloqueo es el pueblo. No los dirigentes de la elite, ni la policía o el ejército. Ellos siempre recibirán prioridad para reprimir a un pueblo cada vez más debilitado. Por otro el régimen cubano, que ya había perdido bastante reputación, es ahora reavivada para la izquierda trasnochada como víctima del imperio en la forma de ayudas humanitarias que jamás cuestionan a los gobernantes de la isla, perpetuando un rol de resistencia David contra Goliat, que debilita a la ya mermada oposición interna. 

Por ultimo esta una cuestión humana. A diario veo personas vulnerables desquiciadas por la creciente crisis, pero todo esto pareciera ser valorado como daños colaterales. Viví en el extranjero y es cierto que el tiempo, la distancia, las redes con sus algoritmos, distorsionan y polarizan la realidad.

Facebook es un mal necesario, pero es preciso limitar su uso. Hace poco Lynn Cruz bloqueó a Humberto Castro, un pintor cubano ferviente seguidor de las políticas de Donald Trump. También hemos borrado o bloqueado seguidores o colaboradores del régimen cubano. Nuestra obra apenas se exhibe en Cuba ni en Miami, pero afortunadamente no hemos necesitado de ninguno de los dos poderes para abrirnos camino en el resto del mundo. Hasta hace muy poco no entendí verdaderamente que vivir de hacer lo que nos gusta sin comprometer una integridad artística podía ser una libertad envidiable. Como Castro era pintor uno pensaría que quizás el arte los uniría, pero curiosamente su única interacción-reactiva es sobre la política. ¿Entonces si no hay nada en común, qué sentido tiene la amistad virtual? Algunas personas se quejan cuando las borramos, pero no es nada personal. Simplemente con la pésima conexión que tenemos, recibir una notificación para cargar una página puede ser tortuoso, sobre todo para terminar frente a un mensaje reiterado. 

Casi siempre utilizo Facebook esporádicamente, solo para compartir noticias de mis películas, festivales, premios, reseñas, etc. Cuando compartí la primera versión de este texto, un usuario del sitio llamado Jacobo Londres me etiquetó en su página mientras compartía mi texto diciendo “Bah, la misma pinga blanda. Coyula quiere que liberen a Cuba, pero no quiere que sea Trump.” Como no era mi amigo, su elocuencia me hizo pensar que era un troll más, y simplemente lo bloqueé para evitar más notificaciones. Luego Lynn me comentó que Londres era un alter ego virtual de Javier Marimón, escritor con quien yo había intercambiado un par de correos electrónicos hace más de dos décadas a razón de una posible adaptación al cine de un texto suyo. Cuando le contesté que estaba ocupado adaptando Memorias del desarrollo, replicó: “Dicen que es tremenda mierda”. Nunca más supe de él hasta ahora, 20 años después. Justo antes de terminar este texto, acababa de compartir el video que Cinema Tropical me había pedido para anunciar a Crónicas del absurdo como mejor documental latinoamericano del año durante los premios anuales que se otorgan en el Lincoln Center. En ese video critiqué al régimen cubano y a la política tecno-feudalista de Trump, quizá por ahí empezó el malestar. En todo caso el hecho era revelador: En todos estos años de colgar noticias culturales, la única reacción de Marimón, devenido en Londres, fue suscitada por este, un texto de opinión política, lo cual pareciera evidenciar sus intereses.

Hasta cierto punto puedo entender qué muchos cubanos emigrados aplaudan a Trump, pero al hacerlo se declaran indiferentes a la realidad física de sus paisanos, amigos y familiares en la isla. Una isla donde la mayoría nunca se atrevió a disentir mientras la habitaron bajo el férreo control de sus instituciones. Y es que este limbo de reconcentración Castro-Trumpista, (citando a Lynn Cruz) pudiera extenderse en el tiempo, como mismo se ha extendido el conflicto en Irán, proyectándose como un desgaste similar a Vietnam. Mientras comienza a desplomarse la economía de Estados Unidos muchos siguen aplaudiendo al policía mundial, conquistador del universo, con su flamante Ministerio de la Guerra, la misma persona a quien María Corina Machado regalara su Premio Nobel de la paz. 

En este caso el desgaste es para el pueblo cubano, no para sus dirigentes. Todos esperan la liberación de Cuba sin saber que muy posiblemente asistan a un cambio de fachada, la destitución de la cara represora que emitiera la orden de combate contra la población el 11J, pero al igual que en Venezuela sucedido por otra Delcy Rodríguez que firme la sumisión económica a Trump. Ilusos los que esperan que un presidente que pasa por alto el congreso y el senado, le interese traer democracia a Cuba. Esto evidencia que la verdadera libertad les interesa a muy pocos. Lo triste es que la promesa de mejoras económicas sea suficiente para que una mayoría silenciosa tolere a otra-misma dictadura. Mike Hammer, el jefe de misión de Estados Unidos en la Habana, fue ovacionado recientemente en la Iglesia de la Virgen de la Caridad de Regla, anunciando la propagación del evangelio como otro dogma de peso en el tablero político de la inminente nueva-sociedad-arcaica heredera de todas las corrupciones latinoamericanas, citando al cínico protagonista de mi novela La isla vertical: “Un ideal del progreso que viviríamos después del cambio que muchos llamaron democrático.”  

Como cineasta realizo películas controlando cada detalle de su puesta en escena. Pero lamentablemente poder apreciarlas en un cine, formato para el cual están diseñadas es algo que solo he conseguido fuera de la isla. Después de años de censura, el cambio me beneficiaría. Incluso como fuente de inspiración, ya tendría nuevos políticos contra quién despotricar. Pero estoy pensando en algo más que en mí. Desearía que en medio de esta coyuntura apareciera una voz política, autónoma interna, alguien que no responda a la estela de Castros o al volcánico Trump. La social-democracia de muchos países nórdicos, si bien no es perfecta, considero que actualmente es el modelo más humano. El modelo ideal aún no se ha creado, ni yo puedo o pretendo imaginarlo. Pienso que los mejores gobiernos son aquellos que no se sienten. Los buenos administradores no tienen que preocuparse por ser estridentes. Sé que probablemente esa sea otra utopía: Somos cubanos.

Miguel Coyula (1977) es un cineasta y escritor cubano. Ha realizado su obra sin apoyo institucional con un enfoque multidisciplinario. Entre ellas destacan las películas Cucarachas Rojas (2003), Memorias del Desarrollo (2010), y Corazón Azul (2021). Su obra está prohibida en Cuba. La revista Cineaste lo describe como “…alguien cuya innovadora y desafiante forma de entender el cine, no está aquí para aplacar o acariciar. Esta aquí para clavar el aguijón.”