ENSAYO

Por Mariela Michel

Siempre el enfrentamiento con una página en blanco es un momento crítico. ¿Es necesario que escriba algo para este número? ¿Hay hoy algún tema sobre el cual valga la pena reflexionar de modo escrito hoy? ¿Hay algo que yo pueda aportar sobre algún problema que es necesario resolver?

La palabra ‘problema’ trae inmediatamente una asociación difícil de desestimar. Una vez que viene a la mente la idea ‘suicidio de adolescentes’, se vuelve imposible dejarla de lado, dejar la página en blanco. Lo que viene a mi mente ahora, y de manera insistente, no se puede llamar ‘un problema’ sino ‘un drama’; una situación realmente angustiante que despierta un cierto deseo de apartarla de la mente.  Ya no importa si personalmente puedo aportar, basta con no dejar la página vacía, porque las palabras pueden actuar como disparadores, para que otras reflexiones escritas o no escritas puedan emprender un camino reparador hacia alguna incipiente esperanza. 

Hace pocos días una docente me relató una situación que se generó en una clase de posgrado que ella estaba dictando. En determinado momento, su clase fue interrumpida por una noticia que, sin la presencia ubicua de los teléfonos celulares, siempre colocados a una distancia muy corta de sus portadores, hubiera pasado quizás desapercibida. Muchas de las estudiantes, por ser madres jóvenes, tenían hijos con afecciones infecciosas que han surgido en estos últimos meses por la época invernal. Por eso, ellas le habían solicitado a la docente permiso para dejar sus celulares sin silenciar y a mano de modo excepcional. Y fue así que uno de estos aparatos tuvo la mala idea de emitir su característico sonido aproximadamente en la mitad de la clase, para notificar a una de las estudiantes que una adolescente que ella conocía de modo cercano se había suicidado pocas horas antes. El shock que produjo esta noticia en ella fue tan intenso que no pudo contener su reacción. La conversación que siguió trajo una emoción en cadena en muchos de los presentes. Otros participantes de esa reunión habían vivido situaciones similares con adolescentes o jóvenes allegados que, por tratarse de experiencias muy recientes, todavía provocaban respuestas emocionales de gran intensidad. 

Todo esto puede haber sido una triste coincidencia y nada más, es cierto. Pero quienes tenemos cierta edad tenemos una vaga sensación de que estamos ante un fenómeno inusual y no aleatorio. Una primera confirmación de esta sensación tuvo lugar cuando comenté lo sucedido con una persona que, también por coincidencia, resultó que estaba vinculada a una funeraria. Ella mencionó que hacía ya un tiempo estaba asombrada por el aumento de los sepelios a partir de “la pandemia”, y por el aumento de defunciones de personas jóvenes. Esto tampoco fue el resultado de un estudio cuantitativo, pero había allí una constatación de un hecho factible de cuantificar y verificar.   

Lo que sí fue una investigación formal es la que se reporta en un informe del Ministerio de Salud Pública del 2023 titulado Suicidio en adolescentes en Uruguay: un análisis desde el sistema de salud. La investigación fue llevada a cabo entre el 2022 y el 2023 por el Área Programática de Salud de Adolescencia y Juventud del Ministerio de Salud Pública, con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Se trata de un informe exhaustivo, con una revisión bibliográfica considerable, una sección de análisis de defunción e historias clínicas,  e incluye grupos focales con profesionales de la salud mental. Lo que llama la atención es que de ese informe no se han extraído conclusiones que puedan ser aplicadas o que lleven a modificar las condiciones asociadas a los actos autolesivos que se desea prevenir.  

Se trata de un informe muy completo que entre otros datos trae la siguiente gráfica:

En esta imagen se constata una tendencia anual al aumento, un incremento visible pero que no aparece cuantificado. Con el fin de aportar algunas cifras, podemos recurrir a una información del diario El País con fecha 16/07/2021 que registra que en el año 2020 el aumento de suicidio adolescente fue de un 45%.  Si esto constituyese una tendencia, se explicaría lo acontecido en la clase interrumpida por aquella noticia devastadora. Este aumento impactante abre la posibilidad de que en otros espacios, otras clases, otras reuniones, situaciones trágicas similares estén latentes, no expresadas, sino contenidas en conmocionados cuerpos jóvenes que difícilmente puedan mantener su foco atencional en los estudios que desean llevar adelante. No llama la atención entonces que muchos estudiantes en la actualidad tengan dificultades de concentración. Estos hechos están afectando fuertemente a las poblaciones jóvenes.

Todo hace pensar que actualmente sigue la vigencia de lo que en el 2020 se describió de este modo:

El subsecretario del Ministerio de Salud Pública (MSP), José Luis Satdjian, consideró que en Uruguay la problemática del suicidio “está más vigente que nunca y es más urgente que nunca”, según expresó en el marco de la presentación de cifras del año 2020 que realizó la cartera por el Día Nacional de Prevención del Suicidio. “Tenemos una pandemia de suicidios”, aseguró. (la negrita está agregada)

La motivación para escribir esta nota hoy surge del hecho de que, si bien la llamada “pandemia Covid” ha terminado, esta otra pandemia resulta más estremecedora porque afecta a una población que debería estar saliendo hacia su adultez con toda su energía vital. En principio, se constata que siguió agravándose durante el 2021, y que parece no haber disminuido aún.  Al menos eso hace pensar la abundancia de lágrimas vertidas por quienes están tratando de sobreponerse a hechos muy recientes. Se trata además de hechos singulares, que resultan impactantes, cuando de ser una anónima representación gráfica, esa información involucra a personas concretas con nombre, con amigos, hermanos, padres. Parece más que una coincidencia que se hayan acumulan tantas historias tristes, en el pequeño espacio de un aula de posgrado, hace pocos días

¿Qué está pasando?

Esta pregunta no recibió aún una respuesta clara de los profesionales de la salud.  Tal vez esté implícita, escondida, entre las frases de ese informe del Ministerio de Salud Pública, que aparentemente nadie lee y del que ni siquiera en el propio informe se extraen conclusiones esclarecedoras.  

Así como en el momento de prevenir, ningún medio de prensa hegemónico recogió la voz de quienes advertimos que esto pasaría, tanto a través de esta revista, como de otras voces de profesionales aisladas e ignoradas, tampoco hoy se escucha una necesaria admisión de responsabilidad y por qué no decirlo de culpa. 

Se estima que la pandemia por COVID-19 puede haber recrudecido los factores de riesgo de suicidio debido, entre otros factores, al aumento de los trastornos por consumo de alcohol y otras sustancias, ansiedad, depresión, violencia y sensaciones de pérdida (Organización Panamericana de la Salud [OPS], 2020). La adolescencia ha sido considerada como uno de los grupos poblacionales especialmente vulnerables a los impactos negativos de las medidas de distanciamiento social en la salud mental (Amorós-Reche et al., 2022; Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia [UNICEF], 2020; Nearchou et al., 2020; Panchal et al., 2021). También es importante mencionar dentro de los factores de riesgo, las posibles dificultades para el acceso a la atención en salud en general y a la salud mental en particular, en el contexto de la pandemia. (Informe MSP 2023)

¡Pero si fueron estas mismas instituciones mencionadas aquí las que impulsaron estas medidas! Lo escriben en un informe tres años después y no piden ni siquiera disculpas a los familiares, que aún están sintiendo ese dolor tan intenso que es indescriptible. Fueron estas instituciones las que acallaron la voz de los profesionales de la salud, de los padres, de los abuelos, cuando quisimos advertir que el pronóstico de salud mental – junto con el de salud física asociado a aquellas medidas llamadas “sanitarias” – era nefasto.  

Y allí está otra vez la OMS en primera fila. En ese mismo informe del MSP, aparece en una cita para recomendar que “se puede prevenir”. 

Para la OMS (s/f) “a pesar de que la adolescencia está considerada como una etapa saludable de la vida, en su transcurso se producen muertes, enfermedades y traumatismos en una proporción considerable. Gran parte de esos problemas se pueden prevenir o tratar” y el suicidio es uno de ellos. (Informe MSP 2023)

Y al leerlo quedamos atónitos, sin saber si agradecerles o denunciar su inexplicable ajenidad. En la misma investigación del MSP en el que se convoca a profesionales de la salud y en la que se identifican las medidas sanitarias recomendadas por la OMS como la única explicación que se les ocurre para explicar el impactante aumento del suicidio adolescente, se recoge una declaración de esta misma organización, con las mismas autoridades aún en actividad. En ese documento, se afirma con tranquilidad que es posible prevenir justamente lo que sus imposiciones no incidieron sino provocaron. ¿Por qué no aplicaron la prevención que recomiendan? Cualquier persona racional hubiera pensado que la mejor forma de prevenir algo es dejar de causarlo. Se entreveran en ese informe como en aquel “cambalache problemático y febril”, una suerte de “biblia” de prédicas a ser seguidas, a riesgo de caer en un pecado mortal, junto a un acto de profanación de esos cuerpos jóvenes que deberían ser sagrados para una institución que se supone tiene la misión de protegerlos. La deshonra con la que caen en la depresión por un abandono de quienes ocupan el sacro altar de la salud global.  

Algún lector podría objetar que esa explicación puede haber sido válida para lo sucedido en el 2020, e incluso los dos años siguientes, tal como sugiere el informe del MSP, pero no sería válida para los casos actuales, como los relatados por la docente en el 2024.  Otras pueden ser las razones. Es cierto, es necesario proponer otras posibles causas o desencadenantes de estos nuevos actos no cuantificados. Para prevenir, siempre es necesario conocer las causas de lo que se quiere prevenir. Cualquier odontólogo sabe que para prevenir, por ejemplo, las caries debe conocer que el azúcar es una de sus causas; solo así puede recomendar evitar ese alimento, o de lo contrario lavarse los dientes luego de ingerir dulces. Sin identificar causantes, no hay prevención posible. 

La agenda para el desarrollo sostenible

Las medidas sanitarias que han desencadenado esa otra pandemia que afectó a los jóvenes de modo inusual, forman parte de estrategias internacionales de organizaciones para el bien común como la OMS. Ellas son promocionadas por instituciones como la UNICEF, que específicamente se dedica al cuidado de niños y adolescentes. 

Estas estrategias están reunidad en lo que se denomina “Agenda 2030 para el desarrollo sostenible”. La relación entre las medidas sanitarias Covid19 y esta agenda está explicitada en este párrafo del documento de UNICEF (s/f) titulado Los niños, niñas y adolescentes tienen derechos. 

“Es vital, por ello, contar con una estrategia global, integral y coordinada para prevenir infecciones, salvar vidas y minimizar el impacto del nuevo coronavirus. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030 representa una hoja de ruta para enfrentar los desafíos mundiales como la crisis originada por coronavirus, respetando los derechos de la infancia en un mundo tan interconectado como el actual, manteniendo un equilibrio entre la protección de los derechos, el medio ambiente y el necesario desarrollo económico.” (negritas en el original)

 Este documento, que está explícitamente dirigido a proteger los derechos de esta población, deja claro que dicha “estrategia global” no está limitada a la crisis que ya terminó, sino a otros desafíos. El panorama que se les presenta a los jóvenes es un mundo permanentemente amenazado por la muerte prematura, ya sea por peligros para la salud física, como para la supervivencia del medio ambiente, del cual depende la vida, o por la constante advertencia de probables catástrofes económicas. La alarma que podría haberse detenido con el fin de la “pandemia de coronavirus” se enciende en múltiples áreas del entorno en el que están creciendo.

Las medidas sanitarias ya no están vigentes, pero no están desacreditas ni etiquetadas como peligrosas, como deberían estar. Han quedado en ‘stand by’, y por eso aún se ven esporádicamente algunos tapabocas. Están allí esos protocolos, mantenidos como válidos,  pero innecesarios en este momento puntual. Forman aún parte de otra serie de medidas globales propuestas por agencias internacionales para ser aplicadas por los países que se adhieren a esa iniciativa.  “Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030 constituye una hoja de ruta para enfrentar los desafíos mundiales como la crisis originada por coronavirus”. Esto significa que la crisis sanitaria vivida fue solo una de las que estos objetivos intentan abordar y que están acechando en esa ruta empinada hacia el 2030. Ahora bien, si aquella estrategia global resultó contraproducente, iatrogénica y tremendamente dañina, ¿no debería revisarse, así como la totalidad de las estrategias diseñadas para el “desarrollo sostenible”?

El 2 de setiembre del 2019, bajo la Presidencia del Dr. Tabaré Vázquez, el Diario Oficial publica la aprobación del documento “Política de Cooperación Internacional de Uruguay para el Desarrollo Sostenible al 2030” por parte del Poder Ejecutivo y el Consejo de Ministros a través del Decreto 243/019. En este momento, luego de la catástrofe de la que estamos siendo testigos, aunque solamente sea por la memoria de los adolescentes que sucumbieron frente a la desesperanza, que siempre está detrás de un suicidio, debemos al menos plantearnos una revisión de estrategias. Un objetivo que trae consigo la palabra “desarrollo” no puede continuar incólume ante una crisis del desarrollo de la magnitud que estamos viviendo.  

Uno de los objetivos, en mi opinión el más amenazante para la población adolescente, es el de establecer un “cambio cultural” como el que se describe en este decreto. El término ‘cambio cultural’ se refiere a medidas a tomar para reducir desigualdades de género, con respecto a poblaciones discriminadas como las afrodescendientes, LGBTIQ, en situaciones de pobreza o discapacidad. Tal finalidad es en apariencia loable, pero trae el mismo efecto boomerang que las medidas contra la COVID19 en tanto mensaje a la población adolescente. Tomar medidas para que alguien no contagie, implica decirle que es un agente de contagio. Tomar medidas para que alguien no discrimine, implica decirle que es un agente de discriminación. Los cambios culturales no se imponen por decreto, tampoco se planifican. Surgen inevitablemente de la necesidad de los seres humanos como seres sociales por naturaleza de vivir armónicamente y de disfrutar de la vida en común. El pedagogo Paulo Freire se volvió famoso por recordar que la liberación debe partir del propio oprimido y no ser impuesta por ningún tipo de institución estatal, internacional, y mucho menos de una política pública diseñada por las autoridades de un país. 

Una prevención tan anunciada como olvidada

¿Qué lección nos pueden dejar estos adolescentes que ya no están? Nos enseñaron que fueron heridos de muerte por el aislamiento social. El tenebroso aislamiento y la gélida distancia social fueron los protagonistas absolutos de aquel año fatal, el 2020, en el que se desencadenó ese camino hacia la muerte. El aislamiento no fue solamente una medida de índole física, sino una que además tuvo un significado. Como todo hecho o acto, esta medida es, además, un signo. En el caso de los adolescentes, el aislamiento no está asociado al cuidado de sí mismos, sino al riesgo de dañar a familiares cercanos mayores. Si se deben aislar para protegerlos, esto no admite otra interpretación que la de ser personas dañinas. Y si nos quedaba alguna duda sobre ese significado, el acto de hacerse un daño a sí mismos lo confirma. Todo esto nos muestra la medida en que fueron afectados los adolescentes por el encierro obligatorio en su cuarto durante horas interminables, forzados a entretenerse frente a sofisticados dispositivos tecnológicos. El retraimiento obligado se hizo carne en ellos.  Su tendencia a bucear en internet fue incentivada hasta el hartazgo, y su apetencia por esa actividad se vertió contra ellos mismos y los llegó a asfixiar. Y si en esa época difícil necesitaron especial apoyo de parte de los adultos, bueno, fue esa la época en la que menos disponibles estábamos los adultos para ellos. En el momento de mayor necesidad, el sentimiento de abandono probablemente fue muy grande. Es muy difícil que adultos en situación de estrés pudieran hacerse cargo adecuadamente de adolescentes en estado alterado. Si habitualmente la adolescencia plantea desafíos a los padres, la adolescencia alterada se puede volver inabordable.  La soledad en esos casos puede fácilmente transformarse en desolación. 

Cuatro años después…. ¿qué ha cambiado? ¿qué le podemos responder a esos adolescentes? ¿Acaso alguien les dijo que el error fue nuestro, que él, que ella, tenía razón? Luego de tantos años no suena en el aire de la ciudad que tantos abandonaron, ni del mundo que dejaron atrás tan precozmente, una palabra de arrepentimiento o una frase de esperanza. Prevenir significa decirles a quienes ahora están llegando a la adolescencia y que eran niños en ese momento, que todo aquello fue equivocado, enormemente distorsionado: que la verdad es la que ellos portan en sus células vibrantes. La verdad es que el contacto físico es salud, que lo que su cuerpo les dice es lo correcto, que lo que su vitalidad reclama es bueno, y que ellos son seres buenos por naturaleza, por impulso, por vocación. 

Una forma de prevención implica revertir el discurso que los afectó, es necesario decirles que todos los demás componentes de este “cambio cultural” que nos están imponiendo es innegablemente destructivo. No son ellos los auto-destructivos, sino que la destrucción proviene de un giro cultural artificial, autoritario e hipócrita, en el mundo adulto. Su sentimiento de rechazo a ese mundo artificialmente creado por un discurso globalizado puede ser visto también como una expresión de su vitalidad latente, de una vibrante negación a crecer en un entorno anti-vida. Quizás no se trató de un salto al abismo, sino de un salto a la vida que buscó dejar atrás un distanciador entorno social cargado de muerte. En manos de quienes siguen aquí radica la esperanza bajo la forma de negación. Pero debe ser una negación atendida, celebrada por los adultos, que ahora sí debemos bajar los brazos y agachar la cabeza en señal de arrepentimiento.  Nos corresponde a los adultos dejarlos expresarse en este mundo, en vida, a través de la apertura a escuchar sus signos de vida, que nunca más debe ser sofocados. 

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