Como adelanto de la próxima entrega de la sección PENINSULAe, publicamos -con permiso de su autor- un capítulo (el 23) del libro
Pandemia y posverdad. La vida, la conciencia y la Cuarta Revolución Industrial. 2021. Fragmenta Editorial.  (pp. 105-116)

PENINSULAe


Por Jordi Pigem

¿Qué pasó con la salud? En lo que llevamos de siglo x x i, desarrollos de vanguardia en medicina y biología estaban demostrando que el paradigma mecanicista de la salud, basado en simples conexiones lineales entre un patógeno, una enfermedad y un remedio, es una ficción. Es una ficción porque ignora a la persona y porque ignora la intricada red de relaciones en la que se da cualquier fenómeno biológico. Pero es un ficción muy útil para el tecnocapitalismo.

Entre tales desarrollos podemos mencionar la psiconeuroinmunología, que demuestra, más allá de toda duda, la enorme influencia del estado anímico de las personas sobre su sistema inmunitario. O la psicomicrobiología, que muestra cómo la salud física y mental está claramente influida por el microbioma intestinal, un enorme ecosistema que incluye bacterias, virus y hongos, gracias al cual podemos hacer la digestión. Todo organismo sano contiene billones de bacterias y virus benéficos, sin los cuales no podría vivir. No somos individuos atómicos, sino seres simbióticos.

Los virus, como las bacterias, se descubrieron asociados a enfermedades, pero desde hace décadas sabemos que las bacterias son esenciales para la vida. En los últimos años hemos empezado a comprender que los virus también están presentes, para bien, en muchas de las funciones básicas del organismo humano y de todo organismo sano. En los océanos hay una cantidad astronómica de virus (en cada gotita de agua de mar que nos salpica en la playa puede haber medio millón), sin los cuales no sería posible la prodigiosa autorregulación química y biológica del mundo que llamamos Tierra y que es sobre todo agua.

Un virus no es una bomba que explota donde cae. Actúa de una manera u otra según el medio y el contexto, según el sistema inmunitario, según la persona. En la medicina clásica de todas las culturas, la enfermedad era solo uno de los polos de una tríada que incluía, con no menor peso, a la persona y al terapeuta. La relación (y la conversación) entre la persona y su médico era, y debería seguir siendo, esencial en todo tratamiento. Pero la persona ha ido desapareciendo del actual paradigma biomédico, eclipsada por el creciente papel otorgado al patógeno y al remedio, más fáciles de entender en términos estrictamente bioquímicos. Con ello, la medicina pierde su dimensión de arte de curar y se convierte en mera técnica. Cosa que también conviene al tecnocapitalismo.

La salud de una persona se parece más a la prodigiosa complejidad de una sinfonía que al funcionamiento de una máquina. Y la curación se parece más a potenciar el equilibrio y la fuerza de esa sinfonía que a una reparación mecánica. La salud de cada persona es única, pero a la sanidad tecnocapitalista le resultan más rentables los tratamientos one size fits all, como las vacunaciones masivas. Y sin embargo, es evidente que no todos los tratamientos funcionan igual para todas las personas. Por eso la curación ha de tener siempre un elemento de autogestión, en que la persona conserva el sentido de lo que le va bien y lo que no, sean alimentos, hábitos de vida o tipos de terapias. El soberano de la salud de una persona no es el médico ni el sistema, sino la misma persona, que alberga en su seno la fuente de su salud y de su curación. El papel del médico es ayudar a que la fuente interior de la salud mane sin obstrucciones, con toda su fuerza y su vigor.

Hace medio siglo, en su clásico Medical Nemesis (Némesis médica), Ivan Illich ya denunciaba la «expropiación de la salud» generada por el sistema sanitario, que se ha convertido, escribía, en «una grave amenaza para la salud». Illich temía que el paradigma mecanicista de la salud, la «medicalización de la vida» y los desarrollos tecnológicos compatibles con ambos, podían llevarnos a

un nuevo tipo de sufrimiento: la supervivencia anestesiada, impotente y solitaria en un mundo convertido en sala de hospital […], en un infierno planeado y diseñado a través de la ingeniería.

No debe confundirse la sanidad tecnocapitalista con el verdadero arte de curar.

La física cuántica, la descendiente más encantadora del pensamiento occidental del que surgió la ciencia moderna, también nos muestra que en última instancia el mundo no está hecho de sustancias fijas y aisladas (como se suponía que eran los átomos y los genes). La física cuántica implica que el mundo no está hecho de cosas, sino de relaciones. También la salud es el resultado de la confluencia de múltiples relaciones dinámicas. A diferencia de lo que el paradigma mecanicista querría hacernos creer, cada célula es también única, se halla en continua transformación y se comporta de una manera tan prodigiosa que, cuanto más la exploramos, más desborda nuestra comprensión.

Es urgente dejar atrás el paradigma mecanicista y abrazar un paradigma holístico de la salud. «Holístico» remite a la comprensión de que el todo es siempre (en lo vivo y en lo humano, no en lo mecánico) más que la suma de sus partes. Deriva del término griego ὅλος, holos (‘completo, total, entero’), que Platón usa al criticar a los médicos que «negligen el todo»:

Así como no se ha de intentar sanar los ojos sin la cabeza, ni la cabeza sin el cuerpo, no se ha de tratar al cuerpo sin la psique.

Veinticuatro siglos después, alude a esta cita Hans-Georg Gadamer en su obra Über die Verborgenheit der Gesundheit (‘El carácter oculto de la salud’, 1993). El gran filósofo alemán, fallecido en 2002 a los 102 años de edad (algo debía saber de salud), argumenta que la salud no puede ser impuesta a partir de «valores estándar» y ni siquiera se puede medir, puesto que es un estado personal de adecuación interior (inneren Angemessenheit) y de auto-armonía (Übereinstimmung mit sich selbst). La salud, como todos sabemos, es algo de lo que somos sobre todo conscientes cuando nos falta. Podemos sentir un malestar en nuestro interior, pero en cambio, explica Gadamer,

la salud no es para nada algo que sintamos interiormente. La salud es ser-ahí, ser-en-el-mundo, ser-con-otras-personas, estar-activo-con-las-tareas-de-la-vida, estar-lleno-de-alegríacon-las-tareas-de-la-vida.

Más sucintamente, Gadamer escribe que «la salud es el ritmo de la vida», y añade:

Somos naturaleza y la naturaleza en nosotros sostiene nuestro equilibrio interior.

Cada persona es única. También es única cada desafinación de la sinfonía de la salud. Pero se ha ido imponiendo un paradigma, el de la sanidad tecnocapitalista, que no está centrado en las personas, sino en las empresas, en la línea de lo que desde hace medio siglo promueven Klaus Schwab y el Foro Económico Mundial.

En el mundo centrado en las empresas, no en las personas, la autonomía sobre nuestra salud queda reducida a un mínimo. Ejemplo de ese mínimo ha sido la casi total ausencia de consentimiento informado en las recientes campañas de administración de inyecciones con instrucciones genéticas. En la sanidad tecnocapitalista, las grandes empresas farmacéuticas, a través de su red de influencias sobre todo tipo de autoridades (sanitarias y políticas), imponen su criterio sobre qué se nos ha de administrar y qué no. Como su principal motivación son sus beneficios y no la salud de las personas, cabe concluir que la salud de las personas nunca había estado tan amenazada.

El doctor Peter McCullough ha calificado el tratamiento de la covid como «nihilismo terapéutico», en el que se abandona toda cartografía de remedios probados para lanzarse a navegar en mares ignotos, bajo el impulso de lo que conviene a los intereses del tecnocapitalismo y del complejo tecnofinanciero. Lamentablemente, la salud pública se ha convertido en una vía de extracción de dinero público hacia manos privadas. Al mismo tiempo, la salud pública es ahora la puerta trasera por la que penetra el totalitarismo tecnocrático, mientras quienes han sido confundidos por la narrativa oficial siguen creyendo que todo es por el cuidado de las personas y por el bien común.

La salud pública ha sido presa del tecnocapitalismo porque antes había sido desplazada a su terreno de caza: la salud había sido reimaginada en términos más acordes con el tecnocapitalismo. Desde los tiempos de John D. Rockefeller (cofundador de la primera gran multinacional de la historia, la Standard Oil, que tuvo que ser disuelta por sus malas prácticas, y de la epónima Fundación Rockefeller, muy interesada, desde sus primeros días, en cambiar el paradigma de la salud pública en esta dirección), la salud de las personas se ha ido desplazando cada vez más del ámbito personal, orgánico y vital al ámbito de lo mecánico, reduccionista y despersonalizado. Se ha pasado del doctor que te conocía y te miraba a los ojos al levantamiento de pantallas y muros de datos entre médico y paciente. Se ha pasado de la relación terapéutica personal, en la que se confía en la capacidad de curación que la vida o la naturaleza brinda a través de lo más íntimo de la persona, a una relación cada vez más tecnocrática en la que se supone que la curación es un producto que la persona o el sistema de salud pública han de comprar (a precios cada vez más astronómicos) al tecnocapitalismo.

Parecíamos haber dejado atrás el viejo dogma extra Ecclesiam nulla salus: ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’. Ha sido sustituido por un nuevo dogma, extra Technocratiam nulla salus: ‘fuera de la Tecnocracia no hay salvación’, que al mismo tiempo significa ‘fuera de la Tecnocracia no hay salud’. Es el dogma de un sistema que está imponiendo, urbi et orbi, inyecciones como un sacramento que ha de ser periódicamente renovado so pena de excomunión. La salvación que promueve la tecnocracia, por supuesto, es engañosa. La salud que prometen sus remedios es también un enorme espejismo.

La mayor desgracia, sin embargo, es que la salud y la vida se hayan convertido en víctimas del tecnocapitalismo. ¿Qué pasó con la vida?

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¿Qué pasó con la vida? En los orígenes de la cultura occidental, en la Grecia clásica, encontramos una rebosante confianza en la vida. En su clásico The greeks (Los griegos), insuperable introducción al mundo helénico, H.D.F. Kitto comentaba que el elemento de tragedia en la cultura griega nada tenía que ver con el pesar: los griegos reían con frecuencia y exhibían una «casi feroz alegría de vivir» (almost fierce joy in life). En ninguna otra cultura posterior, continúa Kitto, volvemos a encontrar aquella «extraordinaria confianza en la humanidad» (superb self-confidence in humanity), como no sea en el Renacimiento, que precisamente tomaba como modelo a la Grecia clásica.

Contrastando la poesía griega antigua con la literatura moderna, Kenneth Rexroth también destaca en ella la expresión de confianza en el mundo y en la vida:

¿Qué caracteriza a esta poesía? ¿Qué es la sensibilidad pagana? ¿Qué es lo que se fue perdiendo? La confianza.

En griego clásico, para decir «hola» y «adiós» se decía «¡alegráos!», «¡alégrate!» (χαίρετε, χαῖρε). Tal vez había una resonancia de ello en la fórmula de despedida, cada vez más en desuso, «¡que usted lo pase bien!».

¿Qué ha ocurrido para que desde el amanecer griego, rebosante de vitalidad y espontaneidad, en el que lo divino, lo natural y lo humano nunca están separados, se pase a mundos llenos de artilugios y de absurdo, de artificios y de ansiedad, mundos vacíos de sentido, huérfanos de lo divino, desligados de lo natural y, cada vez más, alienados de todo lo propiamente humano?

«Vivir es nacer a cada instante», escribió Erich Fromm. Nacer nuevamente, una y otra vez, psicológicamente y también fisiológicamente. La célula no es un objeto sólido (el citoplasma es agua en gran medida), sino un remolino de fuerzas inextricables: no es una entidad mecánica, sino un proceso vivo en continua transformación.

Vivir es renovarse. Lo sabemos cuando sentimos que en nuestro interior la vida fluye, libre. Pero en los últimos siglos, y todavía más en los últimos años, este continuo impulso renovador, propio del humus que es lo humano, parece haber ido quedando sepultado bajo el asfalto de las abstracciones y los artificios.

Muchas de las mentes más lúcidas de los tiempos modernos han reclamado poner las abstracciones y la cultura al servicio de vidas plenamente vividas. Ejemplo de ello es Goethe, la figura culminante de la literatura alemana de los últimos siglos, con su «Gedenke zu leben», ‘piensa en vivir’ (o ‘no te olvides de vivir’, como lo expresa Pierre Hadot en el libro que construye a partir de esta frase). También Paul Valéry proclama, en uno de los versos más célebres de El cementerio marino, que «Le vent se lève! … Il faut tenter de vivre!» (‘El viento se alza… ¡Hay que intentar vivir!’).

Estas invitaciones a la vida plenamente vivida nada tienen que ver con el concepto de vida que se ha ido imponiendo desde 2020, centrado en el temor, la distancia y la renuncia en aras de la mera supervivencia biológica. A lo largo de la historia, son muchas las personas que han ignorado, acortado o complicado su existencia biológica a fin de vivir con mayor coherencia y mayor sentido: las huelgas de hambre son un claro ejemplo, y otros muchos hay, en lo heroico y en lo cotidiano.

Las exhortaciones a vivir en sentido pleno pueden sonar un tanto ingenuas o banales en el contexto de la cultura contemporánea, tan impregnada de cinismo y de nihilismo. Pero incluso Jacques Derrida, el más destacado filósofo posmoderno, declaró prácticamente como mensaje final de su vida, en su última entrevista, que tenemos que «apprendre à vivre enfin» (‘aprender a vivir, a fin de cuentas’).

La necesidad de poner la vida en el centro de la experiencia y del pensamiento también palpita en Nietzsche, Bergson, Ortega, Whitehead, Merleau-Ponty y muchos otros filósofos. Bergson, por ejemplo, señala que la inteligencia abstracta es «muy hábil manipulando lo inerte» pero «muestra su torpeza tan pronto como toca lo vivo». Más recientemente, el sinólogo y filósofo François Jullien, que se ha esforzado en construir un puente entre el pensamiento europeo y el pensamiento taoísta de la China clásica (nada que ver con el actual totalitarismo chino), ha resumido el contraste entre uno y otro en el título De l’Être au Vivre (‘Del Ser al Vivir’). El pensamiento occidental se ha centrado en el Ser (y, sobre todo desde Descartes, en las sustancias fijas y aisladas, la objetividad y el distanciamiento), mientras que la filosofía taoísta invita a sumergirse en el Vivir, en un mundo de relaciones, experiencia y plena presencia.

El cambio de horizonte del Ser al Vivir encaja con lo que proponía Erich Fromm en el ensayo citado al principio. Para que el ser humano sea plenamente humano, escribía, «tendrá que ser aventurero, valiente, imaginativo, capaz de sufrir y de gozar», y «sus poderes estarán al servicio de la vida, no al servicio de la muerte».

Winston Smith, el protagonista del 1984 de Orwell, ve en un sueño como la vida que vibra en un cuerpo humano conlleva una promesa de liberación:

Con su gracia y despreocupación parecía aniquilar toda una cultura, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano y el Partido y la Policía del Pensamiento pudieran ser barridos hacia la nada con un solo movimiento espléndido del brazo. Ese también era un gesto que pertenecía a un tiempo antiguo. Winston se despertó con la palabra Shakespeare en los labios.

Tal vez ese recuerdo le ayuda cuando, hacia el final de la novela, se enfrenta a su torturador:

—Sé que fracasaréis. Hay algo en el universo, no sé, un espíritu, un principio, al que nunca podréis vencer.
—¿Crees en Dios, Winston?
—No.
—Entonces ¿qué es ese principio que nos vencerá? —No lo sé. El espíritu humano.

El espíritu humano: la palabra llena de sentido, la creatividad, el fondo de luz de la conciencia, la participación en el latido de la vida. El espíritu humano y todo aquello con lo que nos conecta. Todo lo que somos, más allá de lo digitalizable, robotizable y controlable.

Mientras finalizaba estas páginas, en Singapur ha empezado a patrullar las calles el robot de vigilancia «Xavier» (topónimo original, navarroaragonés, de la población que dio nombre a san Francisco Javier). También en la poderosa ciudad-estado asiática, un perro-robot ha empezado a patrullar un parque público, acosando a sus usuarios. Ambos robots llevan una serie de cámaras y dictan instrucciones a los ciudadanos para hacer cumplir las medidas contra la covid. De este modo, las personas se acostumbran a ser vigiladas por robots. ¿Acaso tras la covid estos robots de vigilancia serán retirados y destruidos? ¿Hacia qué mundo vamos si nos acostumbramos a que nos vigilen robots?

Síntesis de alienación huxleyana y control orwelliano, el nuevo poder vigila mientras distrae y confunde.

Gris metálico, el desierto tecnocrático crece tras el escaparate del Gran Reset y de la Cuarta Revolución Industrial, impulsado por vientos de miedo y confusión. El proyecto fáustico avanza y coloniza cada vez más personas e instituciones. Intenta incluso invadir nuestra interioridad.

«Atención, atención», trina el miná sagrado en la isla utópica de Huxley.

Atención: estamos personalizando a los robots y, a la vez, estamos robotizando a las personas.

Atención a las transformaciones sin precedentes en que ha entrado el mundo.

Atención al mundo de la vida, en el presente, aquí y ahora.

  • Capítulos 23 y 24 de Jordi Pigem, Pandemia y posverdad: La vida, la conciencia y la Cuarta Revolución Industrial, Fragmenta, Barcelona, 2021, páginas 105-116 (las referencias se encuentran en las páginas 135-137).

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