ENSAYO

Por Mariela Michel

Cualquiera que haya estado cerca del nacimiento de un bebé, conoce la tranquilidad que se siente cuando el neonatólogo constata sus reflejos y afirma sonriente: “padres, todo está normal”.  En ese momento, escuchar la palabra “normal” es lo que más deseamos. No hay nuevo normal que valga. Y, cuando no todo está normal, contamos con que el cuerpo buscará de modo incansable el retorno a ese estado tan natural como el propio respirar. 

En las etapas tempranas del desarrollo, estamos cerca del origen. Por eso, si observamos a los bebés cuidadosamente, podemos entender mejor cuáles son algunas características de la naturaleza humana que todos compartimos. Podemos distinguir cuáles son aquellos aspectos que tenemos en común, antes de diferenciarnos y transformarnos en carpinteros, maestros, médicos o bailarines.  En los momentos iniciales, descubrimos que la búsqueda de la normalidad es un ingrediente esencial del crecimiento. Observamos que esa búsqueda es lo que nos hace maravillar frente a la sabiduría de esos seres que parecen tan indefensos y que, sin embargo, nos muestran desde que se asoman al mundo que saben exactamente que necesitan para crecer, fortificarse y diferenciarse. Es una sabiduría que viene inscrita en su cuerpo y que los guía y los protege. 

El impulso a la vida está incrustado en nuestra constitución genética tanto cuando el médico dice “todo está normal”, como cuando algo altera ese funcionamiento.  Recuerdo el caso de un bebé de dos años internado con una neumopatía, hace ya más de veinte años. Los antibióticos parecían no estar dando resultado, hasta que se decidió introducir un drenaje.  Inmediatamente se empezó a constatar una mejoría, porque el niño dejó de tener fiebre, y comenzó a alimentarse normalmente. Pocos días después, sus familiares ya preparaban el retorno al hogar, cuando la fiebre volvió a hacer latir sus corazones porque temían un retroceso. En ese momento, un médico ingresó, observó la situación y emitió su diagnóstico inmediato: “Lo que sucede, explicó con calma, es que el cuerpo ha comenzado a rechazar el drenaje que le fue introducido. Hasta ahora lo aceptaba y fue determinante para que su fiebre descendiera, pero ahora que ya no lo necesita, lo rechaza”. Ese médico fue capaz de entender el fuerte y claro mensaje de aquel cuerpito aún algo débil, pero lleno de sabiduría natural. ¿Cómo puede el mismo objeto causar la reducción de la fiebre y luego su aumento? Las leyes de causa efecto no son capaces de explicar esa modificación ya que a una misma causa le sigue siempre el mismo efecto.  

Debemos entonces recurrir a otra explicación que excede las leyes mecánicas. La normalidad es aquello a lo que el desarrollo humano tiende. Uso la palabra “tiende” a propósito, porque toda tendencia está impulsada por una causa final.  Por ‘causa final’ me refiero a aquello que orienta todo proceso de desarrollo. Con base en el pensamiento de Aristóteles, el fundador de la semiótica, C. S. Peirce, desarrolló su propia concepción de la causalidad final y describió su acción combinada con la causalidad eficiente. Si bien es un tema complejo, voy a intentar esbozar a través de una cita el modo en el que la causa final opera en los procesos de desarrollo también llamados procesos evolutivos: 

       Decir que el futuro no influye en el presente es una doctrina insostenible. Sería equivalente a decir que no hay causas finales, o fines. El mundo orgánico está lleno de refutaciones de esa posición. Tal acción [por causa final] constituye la evolución. Pero es cierto que el futuro no influye en el presente de la manera directa, dualista, en que el pasado influye en el presente. (Peirce, C.P. 2.86)

La causa eficiente puede explicar el descenso de la temperatura del cuerpo por el descenso de la infección, la acción directa del drenaje sobre el cuerpo. También puede explicar el aumento de la temperatura como rechazo a un objeto extraño introducido en el cuerpo.  Pero solamente la acción de la causa final puede explicar el cambio de la aceptación al rechazo de un mismo objeto colocado en el mismo lugar físico. 

Mi objetivo no es discutir exhaustivamente la causalidad, sino revisar aquí algunos aspectos del desarrollo temprano de un bebé humano, para argumentar que la única opción posible para no dañar la salud y la naturaleza humana es la defensa de la normalidad.  No me refiero a la normalidad como un valor de tipo moral, sino como el estado al que todo cuerpo tiende y el que busca restablecer cuando algo perturba su maravilloso equilibrio dinámico. 

Qué aprendemos al observar un bebé

Acercarnos al origen de la vida en cada ser nuevo nos permite recuperar la capacidad de maravillarnos frente a la sabiduría de la naturaleza. Esa sabiduría la llevamos desde siempre en cada una de nuestras células, a veces sin darnos demasiada cuenta del enorme valor que tiene ese tesoro que estamos transportando de aquí para allá con cierta indiferencia.  Pero basta “mirar jugar a un niño” u observar a un recién nacido, para quedar boquiabiertos. Luego, la neurociencia llegó para confirmar que no nacemos como una ‘tabula rasa”, no somos una pizarra en blanco. Pero tampoco está todo decidido en ese estado inicial. 

Podemos como ejemplo recurrir a un breve fragmento de un documental didáctico realizado en base a estudios científicos de la época. Estudios realizados hace ya más de treinta años nos permiten ver que un bebé de 10 minutos de edad es capaz de realizar un enorme esfuerzo para llevar a cabo una acción que bien podríamos llamar ‘de aprendizaje’. A esa tan corta edad, lo vemos ávido por incorporar todo lo que su entorno le ofrece para realizar su potencial como miembro plenipotenciario de la especie humana. Resalté la palabra ‘incorporar’, porque nos remite a la constante interacción entre una mente atenta y en busca de conocimiento, y un cuerpo impulsado desde su interior hacia el crecimiento. Esa incorporación también evidencia la íntima conexión entre naturaleza y entorno (cultura). Ya no nos queda duda, no tenemos que elegir entre nature o nurture (naturaleza vs cultura/crianza), se trata de un movimiento constante entre ambas. En el documental, se escucha la voz suave y segura de la locutora cuando dice que el bebé está impulsado a aprender, que un bebé no está simplemente precableado (pre-wired) para volverse un ser humano, sino que está programado para buscar en su entorno aquellas experiencias que lo ayudarán a actualizar su potencial, y así llegar a la plenitud de su desarrollo como ser humano. 

El cuerpo busca la normalidad, porque la normalidad es el desarrollo pleno. Cuando un bebé nace, su cerebro ya trae consigo prácticamente todas las neuronas que va a usar en su vida, pero su cerebro es flexible, pues no se han establecido aún conexiones esenciales. Estas solo se realizarán en ese intercambio permanente y nutritivo que se genera con el vínculo, y que depende nada más ni nada menos que de las relaciones primarias y luego de las de toda la vida. El bebé deja de nadar en el líquido amniótico para volverse un nadador en su

entorno social; se mueve con enorme destreza innata en ese mar de relaciones que lo espera al asomar su cabeza. El bebé deja la placenta que lo nutre para alimentarse integralmente a través de la “placenta social” (J. L. Moreno). Él recibe su alimento rodeado de miradas, sonrisas, voces dulces, entonaciones musicales, caricias, de todo ese entorno de palabras suaves y movimientos rítmicos con los que los padres normalmente reciben a sus hijos.  

Digo, ‘normalmente’, porque sé que esto no siempre ocurre del modo esperado por todos, o esperado por la propia naturaleza. En lo que resulta de esos encuentros iniciales radica la enorme fortaleza del bebé, pero también su mayor vulnerabilidad. Cuando las cosas no salen bien, como todos desearíamos – incluso los padres que no pueden ofrecer a su bebé ese entorno nutritivo desearían poder hacerlo – siempre queda la esperanza de que aquella tendencia a la normalidad va a buscar con mayor o menor éxito los vínculos que puedan compensarnos, y devolvernos la esperanza en la bondad de la condición humana. Pero no hay duda de que todo niño nos muestra su adhesión a la normalidad, ya sea a través de sus comportamientos normales o de los atípicos. Sus golpes de cabeza contra la pared, sus sonidos lacerantes, sus gritos estridentes, sus miradas huidizas y sombrías ponen en evidencia que los vínculos amenazados o amenazadores no forman parte de la normalidad. 

Ningún bebé podría tolerar nacer en un mundo en el que se llame “nuevo normal” el acostumbrase a prescindir de los abrazos, de las miradas de rostros completos. Los bebés buscan rostros aún cuando van en los cochecitos por las calles, allí sentaditos, los vemos ávidos de expresiones, de mover sus manitos para saludar, para recibir de quien esté disponible las señales que le permiten crecer sano y vital. La restricción de rostros, la falta de faldas humanas para ir de brazo en brazo, la exposición al estrés de los adultos que lo rodean, todo eso condena a los bebés a una frustración permanente. Y ya comenzamos a ver por la calle carritos con miradas tristes, que responden poco a los intentos de interacción, empezamos a ver los primeros signos de una “indefensión aprendida”(M. Seligman) que dañará la formación de conexiones cerebrales si no de modo irreversible, de modo difícil de revertir. 

El cuerpo, ese gran oprimido de la nueva normalidad 

Que el mundo con vínculos restringidos, que la convivencia con vínculos amenazados y tildados de amenazadores es anormal lo sabemos todos sin excepción.  La frase ‘nuevo normal’ es una forma de intentar engañar y disfrazar de normalidad lo que es lisa y llanamente anormal. ¿Por qué lo sabemos? Porque lo grita nuestro cuerpo, el que compartimos todos, ese organismo biológico que recibimos al nacer y que nos guía hacia una realización en la convivencia plena con otros, y que protesta de múltiples formas cuando se siente en riesgo. Siempre nos protege el cuerpo. En la normalidad, el cuerpo protege tanto al bebé que sin que nos demos cuenta en el momento en que se vuelve móvil, se dispara en su interior un mecanismo conocido como ‘miedo a caerse’.  Ese miedo no existe en los bebés antes de que empiecen a gatear o a caminar, a pesar de que pueden percibir la profundidad de un abismo. El miedo portector se despierta solo, es el cuerpo el que sabe cuál es el momento preciso. 

Si un bebé sabe escuchar a su cuerpo, también podemos hacerlo los adultos. Desde el primer día de la ‘pandemia’, muchos sabemos que nuestro cuerpo dijo que no. Luego dijo: “bueno si no hay más remedio y es por poco tiempo…”, pero sabemos que nunca dijo que es normal, tampoco que es nuevo normal. Muchas personas con las que converso en diferentes lugares afirman que el tapabocas les resulta insoportable. Sin embargo, una vez que se extiende la conversación y esas mismas personas no se lo quitan, explican que ya están acostumbradas y elevan las cejas sobre su tapabocas con resignación. Como los bebés parecen estar afectados por un sentimiento de ‘indefensión aprendida’, y ese sentimiento no es más que la señal de que todo es anormal. 

Pero lo importante de todo esto es que nuestro cuerpo está allí, sufriente, desesperanzado, pero tenazmente diciendo que no. Por eso, los canales de televisión tienen que insistir, repetir y no cansarse de repetir. Porque saben que cada una de nuestras células le dice que no a la distancia social. Saben que en el fondo es imposible; nunca van a convencer a nuestro cuerpo, porque es un cuerpo vivo, una multitud de dendritas y axones rebeldes, y que mientras les quede un soplo de vida clamarán por encontrarse y conectarse en el espacio infinito de nuestro cerebro plástico. Gran parte del material biológico de nuestro cerebro está constituido por conexiones entre neuronas, conexiones que se generan y se afianzan con las interacciones humanas o se debilitan y se pierden.  Guiados por la acción implacable de la causa final, dendrita y axón se vuelven ávidos buscadores de normalidad. Para encontrarse, estas inquietas prolongaciones necesitan caricias, abrazos, risas, miradas, cantos y danzas. Mientras nuestras dendritas y nuestros axones tengan una chispa de vida, nos reclamarán hasta el cansancio que volvamos a ser esos seres humanos sociales, alegres, a veces un poco preocupados, pero siempre amantes de la libertad. La libertad es necesaria, porque solo guiados por nuestro cuerpo podremos saber qué es lo que necesita, qué tipo de encuentros fortifica las conexiones neuronales allí en ese espacio interior ya no tan desconocido. 

La demanda de libertad no es un lujo, ni un privilegio del que podamos prescindir, es el reclamo básico de nuestra constitución a la vez biológica, mental y social. Sin libertad no solamente perdemos la alegría de vivir, perdemos también la posibilidad de guiarnos por los designios de un cuerpo que sabe desde el momento en que es engendrado hasta el último día de su vida cómo guiar su accionar en el mundo hacia la plenitud de un desarrollo saludable en todos los planos. En la dimensión física del encuentro entre una dendrita y un axón en el cerebro de un bebé, así como en el encuentro que ilumina la vida de muchos “viejos amigos” sentados en bancos de parques y plazas, encontramos la misma tendencia a la normalidad. Imagino a esos dos viejos amigos que son también amigos viejos, mientras tarareo los versos de Simon & Garfunkel (Old Friends). Veo las siluetas de esos amigos a quienes su cuerpo les sigue reclamando pasar sus horas juntos, sin distancia, para conversar sobre viejas fotografías, para preservar recuerdos que son lo único que les queda, nos dice aquella canción. Pero como el primer día de su vida, sus cuerpos los siguen impulsando al encuentro, para recordar juntos. La letra de la canción no menciona que además de esas imágenes de tiempo feliz congelado, también les queda a ellos la posibilidad de encontrarse en el parque, para seguir viviendo su amistad. Simon & Garfunkel no lo incluyeron en la letra de Old Friends, porque ese encuentro lo dan por sentado, porque es un componente básico de la normalidad. La respiración pasa desapercibida al igual que la normalidad (Andacht, 2020). ‘Juntos’ es la palabra mágica que nos acompaña hasta el último día de vida, es la maravillosa y salvadora normalidad de nuestra existencia humana. 


Nota

1 A Baby´s World (1994), Learning Channel, Bethesda, MD. Discovery Enterprises Group.

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