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Las incomodidades y molestias, contradicciones y enojos visibles, que han quedado expuestas y evidentes fruto de lo que pensamos, decimos y hacemos con respecto la Pandemia, y sus implicancias directas con elementos sustanciales de la Civilización misma, parece que entrevero los roles, y empuja a reasignar los papeles en esta película barata. El malestar de ciertos actores hasta hace poco hegemónicos -sea en su rol de oficialista de la verdad, sea en el de disidente, que en general era el mismo- es uno de los síntomas de que las papillas ideológicas y sensibleras a las que nos tenían acostumbrados, no las estamos tragando tan fácil.

Por Diego Andrés Díaz

Si hay una consecuencia observable de la Pandemia, de carácter profundo e incierto, es el proceso de reconfiguración y transformación de las posiciones políticas tradicionales que hasta ahora dominaban a nivel internacional y nacional. No es que las divisiones históricamente utilizadas tuviesen una alta eficacia explicativa -hace años que se insiste en la idea que los conceptos de “izquierdas y derechas”, por ejemplo,  han perdido capacidad descriptiva de los espectros políticos nacionales, si es que alguna vez logró hacerlo- pero todo parece indicar que la crisis del Coronavirus ha llevado las cosas a una confusión tal que buena parte de las representaciones políticas tradicionales, las ideologías afines a las mismas y las alianzas que proyectaban históricamente, se han desintegrado o están en crisis. ¿Esto es absolutamente cierto? Más allá del grado de transformación que se pueda analizar, es interesante repasar algunos de los cambios y de las continuidades a nivel político e ideológico, fruto de los diferentes alineamientos frente a la Pandemia.

Un primer hecho bastante constatable es que la pandemia nos empuja a tomar partido. No necesariamente entre dos posturas, pero nos lleva a marcar posiciones. Mucho de esta coyuntura de confusión y alianzas novedosas venían configurándose hace ya mucho tiempo, pero el grado de ruptura y fragmentación de buena parte de los diferentes bloques políticos e ideológicos ha alcanzado tal nivel que las identidades políticas se entrecruzan dejando a muchos actores en veredas opuestas a las que tradicionalmente solían contenerlos, como una especie de rio revuelto que deposita en orillas diferentes a actores políticos hasta hace poco cercanos.

El punto de partida de este proceso de transformaciones -o profundización de tendencias ya latentes- se manifiesta a partir de las respuestas ante la pandemia a principios del año 2020. Dentro de los discursos pandémicos, los que realizan los enemigos del capitalismo puro vieron rápidamente una gran oportunidad para derribar lo poco que queda del sistema de libre mercado. La exigencia unánime entre estos sectores, de cuarentenas obligatorias y cierres policíacos -como medida deseable para “combatir el virus”- los ha acercado a los postulados del que podríamos caracterizar como el “Partido Globalista”, ya que los gobiernos pueden destruir directamente el capital, liquidar el comercio mundial, promover una dependencia estatal absoluta y causar un desempleo masivo, dejando a la gente inerme, débil y receptiva a políticas más intervencionistas, colectivistas o incluso socialistas. Pero la cuestión no es tan simple, ni la voz dominante del Partido Globalista está interesada mínimamente en ese programa político tan ortodoxo y “siglo XX”.

La unanimidad argumental de la disidencia: centralismo, renta básica, cuarentena.

Uno de los factores que han dividido y reconfigurado las miradas y alianzas políticas es la emergencia -ya referida anteriormente- del “centralismo político” como respuesta pandémica. La tendencia hacia un proceso de centralización en la toma de decisiones políticas a nivel global no es algo novedoso, pero esta coyuntura ha promovido las voces que han exigido una coordinación unificada de las respuestas, y han insistido en la necesidad de alcanzar otro nivel de poder jurisdiccional, ya más bien global. En números anteriores nos hemos referido a esta tendencia ideológica y política ( https://extramurosrevista.com/poliarquia-y-libertad-frente-al-peligro-del-centralismo-politico/ ) que podría categorizarse como el “Partido Globalista” de la cual parecen formar las diferentes corrientes progresistas y socialdemócratas occidentales. Los sectores de centroizquierda han abrazado mayormente esta tendencia en los diferentes países, reivindicando el papel que las agencias supranacionales de gobierno deben tener en la crisis sanitaria. El problema de estas posturas es que ha significado un verdadero terremoto a la interna del espectro ideológico de las izquierdas, ya que el centralismo político solía ser señalado por buena parte de estas como una forma de imperialismo de parte de los países del primer mundo.

En última instancia este malestar logró ser suavizado porque los sectores progresistas del primer mundo también promovieron una serie de medidas políticas que fueron vistas como una oportunidad de ahondar el estatismo por parte de los sectores mas socialistas o de izquierda ortodoxa o tradicional. Estas medidas -implementación de diferentes niveles de “renta básica”, aumento del gasto público y el endeudamiento, cuarentenas rígidas y policíacas, restricción de las libertades individuales, control de la información y censura a ciertos grupos hostiles a la respuesta única, estatización de la economía- que podrían catalogarse de ortodoxas con respecto a la Pandemia, lograron en algún punto suavizar las históricas diferencias entre las izquierdas más tradicionales con respecto a la socialdemocracia y el progresismo del primer mundo.

Tan temprano como abril del 2020 señalábamos que buena parte de los sectores ideológicos de tendencia estatista, que persiguen en sus programas políticos mayores niveles de centralización del poder y revindican el rol del Estado en la sociedad, han sido entusiastas promotores de las medidas tendientes a dar una única respuesta:  “…Los grupos de ideología estatista, colectivista y socialista, que promueven el control político de la vida económica, social y cultural de los individuos, están intentando venderle a la población que su comando centralizado es la única salida. En esta secuencia los tiranos locales compiten con los globales a quien propone “centralizar” más las decisiones. Y esto no son cuestiones sanitarias, son cuestiones políticas e ideológicas…”

Esta situación es bastante evidente con respecto a los vaivenes que ha manifestado la izquierda política uruguaya frente a la Pandemia: en todo momento ha insistido en alinearse con las propuestas de respuesta más ortodoxas y restrictivas frente a la Pandemia, exigiendo desde temprano la implementación de una cuarentena obligatoria ( http://www.portaltnu.com.uy/video.php?vid=6618 ), así como de la creación de una renta básica -tema que he abordado en anteriores números de extramuros-, propuestas que han sido reafirmadas en este 2021, reformulando algunos detalles y evitando nominarlas de la forma inicial. También han replicado los mensajes de parte de referentes políticos y sociales de la izquierda política reivindicando o valorando positivamente la estrategia pandémica del gobierno argentino de Alberto Fernández, pero estas ponderaciones han envejecido pesimamente frente a los muy negativos resultados a nivel sanitario y económico de ese país, así como los casos de corrupción en el manejo de las vacunas.

Más allá de la anterior convergencia, también se viene manifestando con claridad la tensión que experimentan con todo esto, la sensibilidad de las izquierdas de concepción más liberales, antiimperialistas, incluso republicanas; resultado de lo que ha sido una manifestación casi unánime de la izquierda política con respecto a sus recetas frente a la pandemia –recetas que fueron descritas en el artículo del número anterior- y que empieza a manifestarse de forma más orgánica, más estructurada, más constante y consciente. Este programa abrazado por la izquierda política local (que resumíamos de la siguiente forma: “…Centralismo político creciente basado en agencias supranacionales de nula legitimidad democrática, cuarentena obligatoria sin estado de derecho que la regule y renta básica que exacerbe la dependencia a los gobiernos…”), sumado a la ya nada novedosa coincidencia con los organismos internacionales de financiación que exigen desesperadamente que los países gasten y se endeuden con la Pandemia, viene horadando las diferencias entre la izquierda política (FA y la izquierda cultural tradicional) con las expresiones que simplemente, no logran tragarse este programa globalista de encierro, endeudamiento, control del discurso y dependencia, que replica el Partido Globalista y que la izquierda política local, por estrategia o convencimiento, ha defendido de forma entusiasta.

Aquí, el entretejido de intereses entre la izquierda política, las oenegés encargadas de canalizar a sus arcas las sabrosas financiaciones de los organismos internacionales y la prensa globalista parecen afinar cada vez más sus instrumentos para ejecutar la misma canción: en una nota presentada por la “Deusche Welle en Español”  sobre nuestro país, y replicada a través de Twitter, este medio sostiene sin el menor rubor que “Por primera vez en 15 años, los uruguayos vuelven a depender de alimentos provistos por donaciones privadas. La ONG Solidar Uruguay intenta traer alivio en tiempos de crisis…”. La nota tiene tan poco cuidado -y veracidad- que en la misma aparece en varias ocasiones instalaciones del partido opositor de Uruguay -el Frente Amplio-, y en todo el relato se deja entrever la idea que en Uruguay el cambio de gobierno tuvo como consecuencia que pasamos a ser nuevamente pobres, y que la Pandemia resultó “devastadora”: las oenegés globales pueden presentar estos informes como una “evidencia” para recibir fondos frescos, o jugosos contratos con el Estado uruguayo.

La agitación prematura que vivimos en marzo del 2020, en la búsqueda de transmitir un fuerte descontento popular y político con el gobierno “neoliberal” -que empezó cuando el mismo no tenía un mes de instalado y en el inicio de la pandemia-, junto a la proliferación inmediata de ollas populares -que en ultima instancia, evidenciaba una situación económica altamente precaria de buena parte de la población, difícilmente achacable al gobierno recién instalado- significaron para la izquierda política nacional una estrategia de resultados contraproducentes a sus intereses. Esta situación no se origina solamente en los buenos resultados de la gestión del gobierno frente a la Pandemia o en los altos niveles de aceptación de la gestión de Luis Lacalle Pou. Además, le permitió a la Coalición Republicana, y especialmente al presidente, ubicarse en un lugar extremadamente cómodo -más allá de que sea o no sea esta su postura personal- frente a las medidas y su alcance.

Este punto es bastante medular con respecto al estado de confusión ideológica y el análisis desarrollado: en última instancia, frente a la emergencia de la Crisis sanitaria, el gobierno encontró en la Izquierda política un interlocutor duro y maximalista que reclamó en todo momento avanzar en gasto, que exigió machaconamente el cierre total de las actividades, la implementación de medidas de confinamiento y cuarentena obligatoria, que suponen necesariamente pasar por encima de derechos individuales fundamentales consagrados en la Constitución, crear todo un sistema rígido y policíaco de disuasión, delación y represión de la movilidad, y la destrucción de amplios campos de la economía como resultado inevitable. Para una izquierda sociológica que tiene en su interior sectores de alta sensibilidad con respecto al cuidado y desconfianza frente a las fuerzas de represión del Estado, estas exigencias son evidentemente incomodas, por más esfuerzos hipócritas de desconectar estos reclamos con los posibles resultados.

Esta relación dialéctica entre la izquierda “cuarentenista” y un gobierno que promovió la “libertad responsable”, ahondó el divorcio de buena parte de los individuos que -sean o no de izquierdas- rechazan las propuestas de control estatal radical de la población: el gobierno, afirmado en un discurso “pro libertad”, moderando las exigencias de profundizar las medidas de confinamiento de la oposición -e incluso a la interna del gobierno- ha tenido siempre como contraparte del debate público el discurso “pro cuarentena” estatista/izquierdista representado por el Frente Amplio. Los debates públicos tienden a transformarse en una cuestión “dualista”. Esa situación profundizo la tendencia a percibir como inútiles los tradicionales conceptos de división política e ideológica, y muchas personas de “sensibilidad de izquierda” están huérfanas de representación cultural porque la izquierda política se jugó a pleno al combo estatismo/pandemia/cuarentena/renta básica. La disidencia más vociferante -e incluso “caceroleante”- a la idea del gobierno de conservar mayormente la “Libertad responsable” -con consecuencias tangibles en el mantenimiento de la normalidad en la vida diaria, en comparación al resto del mundo- huele demasiado a globalismo, cuarentena y autoritarismo, y en ella se metió la izquierda política desde el inicio.

En esta coyuntura, las posiciones que cuestionan -con diferentes matices y grados- buena parte de las medidas políticas globales frente a la Pandemia han unido a individuos de diferentes orígenes filosóficos, ideológicos y políticos, como una especie de termómetro de esta situación de confusión general. Un ejemplo de esto es la cordial nota de Adolfo Garcé que publica el diario El Observador el pasado 28 de febrero, donde al referirse a buena parte de los planteos críticos de la Revista Extramuros, ubica su predica en el genérico y poco clasificable concepto de disidentes: ¿disidentes a qué? La respuesta puede ser extremadamente variada y necesariamente larga y fundamentada, pero lo que está claro es que en ningún caso, la disidencia es política, menos aun partidaria u opositora, y, yendo al elemento central de este análisis, ubicable en los parámetros tradicionales de división: hay una disidencia, que cuestiona la reacción globalizada a la Pandemia, exactamente por el otro extremo de la más visible, la política, y que reclama cuidar las libertades individuales, los derechos fundamentales, cierta soberanía política nacional y protegerse de las multinacionales y su influencia antidemocrática en todo esto. Un combo complejo.

No hay mucho de orgánico en todo esto, pero parece que este proceso -que venía dándose desde hace años, décadas quizás- recibió también un poderoso espaldarazo con la Pandemia. Esta situación parece estar detrás cuando uno lee el artículo publicado por Hoenir Sarthou en el semanario Voces el pasado 24 de febrero. En el mismo, el autor -personalidad que tiene una tradición dentro de la izquierda nacional- se pregunta a donde ha ido a parar la izquierda que el conoció, y de la que evidentemente se sintió o siente parte, en algún plano. Puedo caer en la tentación de señalarle que su malestar responde, a mi entender, a un cambio en la relación de la izquierda con los medios que utiliza para sus fines, y no tanto un cambio en los fines últimos de su accionar -allí están el igualitarismo, el progresismo, la tendencia materialista-, pero existe en su planteo una cuestión que es inocultable, y que señala de la siguiente forma: “…hay un nuevo parteaguas en la política mundial y en la nacional. Por encima de partidos -de hecho, en casi todos los partidos- hay quienes aceptan o se resignan a la influencia de los intereses transnacionales, y quienes aspiran a defender la soberanía y la libertad política de sus sociedades…”

El “parteaguas” que manifiesta el señor Sarthou tiene, creo yo, otros componentes, quizás más profundos, quizás menos amigable con esa tradición que en algún sentido reivindica en la nota. Pero evidentemente el malestar, la confusión, están presentes, y las posiciones frente a las respuestas políticas a la Pandemia han entreverado aún más las cartas, acercado posiciones anteriormente lejanas o imposibles, distanciado a viejos compañeros de ruta, relativizado los absolutos políticos.

Dentro de esta situación general, un síntoma interesante y especialmente destacable de estos cortes en el espectro político y cultural es la notoria incomodidad y malhumor que la intelectualidad tradicional uruguaya siente en todo este asunto de la Pandemia. Se ha mostrado mayormente silenciosa y cuidadosa con fijar posiciones o realizar análisis al respecto: su perfil mayormente urbanita, progresista e izquierdista la pone en un lugar muy incomodo con respecto a las propuestas políticas de su tradicional expresión política, y no logra posicionarse en el lugar donde mas cómoda se suele sentir: el de representar la voz de la resistencia al sistema, indefinible, difuso, pero necesariamente culpable. La tradicional gimnasia de repetir los lugares comunes de sus antecesores -llenas de liturgias cansadas pero efectivas, de “padrenuestros” de singladura previsible- que representaría su salvoconducto indoloro para mantener su lugar hereditario como representantes de la “intelligentsia” local, parece que ya no bastan.

Esta nueva situación los pone en el incomodo lugar de enfrentarse a su espejo y observar que los dientes con los cuales mordían al sistema están podridos y no logran ni aparentar una mordida. Además, reclaman que el título de representar la “resistencia», se transforme en la exigencia de su derecho a la «transgresión como norma», sin sanción, una verdadera institucionalización de la resistencia, con rentas estatales y subvenciones aseguradas, para rebelarse como Dios manda…

Un futuro abierto.

Esta reconfiguración, esta situación de falta de claridad, esta idea de inestabilidad ideológica abre una perspectiva novedosa en las sociedades occidentales, incluida la nuestra, en varios campos. No solo en lo que respecta a las reflexiones y miradas frente a cuestiones tan trascendentales como la libertad, la política, el derecho, la salud, y un larguísimo etcétera, sino que tiene expresiones mas mundanas como pueden ser la política partidaria, el lugar que ocupan ciertas elites intelectuales en el imaginario local, o la realpolitik provinciana de nuestro país. Esto abre una serie de perspectivas sumamente interesante, no solo en el campo de las ideas políticas y sociales, sino también en el campo de la forma de comunicar.

Esta serie de incomodidades y molestias, de contradicciones, de enojos visibles, que han quedado expuestas y evidentes fruto de lo que pensamos, decimos y hacemos con respecto a la Pandemia, y sus implicancias directas con elementos sustanciales de la Civilización misma, parece que entrevero los roles, y empuja a reasignar los papeles en esta película barata. El malestar de ciertos actores hasta hace poco hegemónicos -sea en su rol de oficialista de la verdad, sea en el de disidente, que en general eran el mismo- es uno de los síntomas de que las papillas ideológicas y sensibleras a las que nos tenían acostumbrados no las estamos tragando tan fácil.

Así, se empieza a vislumbrar que se puede dar un debate, a mi entender, más interesante. Porque, en el campo de las ideas y la política, lejos de representar una especie de tragedia, la crisis sanitaria parece terminar de mover las viejas piezas del tablero y permite que muchos debates trascendentales, afloren. El futuro está abierto, y eso es bueno.

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