A Graciela Lugano y Liliana Cruz.

ENSAYO

Por Santiago Cardozo

1. La expresión “el amor de la lengua” admite una lectura reversible y una lectura simultánea en esas dos direcciones: “la lengua” como el objeto amado y/o el sujeto que ama. Este es, precisamente, el punto central del libro El amor de la lengua, [1] de Jean-Claude Milner: el equívoco, la ambigüedad, las formas en que la lengua no puede mantener adecuadamente ordenados sus diferentes estratos (léxico, fonología, morfología, sintaxis).

2. “El amor de la lengua” es, pues, el amor que se ejerce sobre la lengua, una forma de relacionamiento con ella que trasciende su “tratamiento instrumental”: la lengua considerada como mera herramienta de comunicación. La lengua es amable, pero, a la vez, antipática: no se deja utilizar como le gustaría al hablante, quien se constituye como sujeto en la resistencia al uso soberano que la lengua le ofrece. 

En la misma medida, la lengua demanda al sujeto, lo precede y, por ello, se le impone, lo inscribe en ella a título de sujeto demandante, un sujeto que pide que haya representación. Arrancado del estado pre-simbólico en el que se encontraba sin ser consciente de ello, el sujeto se ve expuesto a la pérdida del objeto de goce provocada por la lengua, con relación a la cual actúa, ahora, el deseo, que consiste en la pretensión de recuperar el objeto perdido/imposible, el objeto a, el fragmento de lo real que mueve la teleología de la referencia. 

3. Es la referencia el telos del lenguaje, por lo que el referente funciona como el lugar de detenimiento, fijación y estabilidad del sentido, en la medida en que imaginariza la distinción originaria, primigenia y no deconstruible lenguaje/realidad. En el referente se obturan la presencia y los efectos de lo real en la articulación palabras/objetos; o mejor, se forcluye lo real como constitutivo de dicha articulación.

4. Una de las consecuencias más notables e importantes de esta forclusión concierne a la desvinculación o al desligamiento de la enunciación y el enunciado, particularmente en cuanto al modo en que la primera define, desde adentro, o desde una posición éxtima, el sentido del segundo. Varios nombres designan este corte, esta desconexión, causa y consecuencia de la imaginarización inherente al enunciado: reificación, denotación y, llegado el caso, oración. [2]  

5. ¿Cómo funciona el deseo que la lengua le dirige al sujeto y que el sujeto le dirige a la lengua? La univocidad del sentido, que forma parte de la estructura de la demanda que el sujeto le lanza al lenguaje en términos de su inscripción en este, se ve permanentemente cortocircuitada por el desfasaje inherente a la articulación palabras/objetos, que es, sobre todo, una no-relación, puesto que no hay punto de conmensurabilidad entre el orden de la lengua y el orden de la realidad. Así, la teleología de la referencia queda suspendida en beneficio de los efectos disruptivos, los efectos de vacío o de falta que lo real inscribe en el juego entre el significante y el significado y entre estos y su tercero indispensable, necesario: el referente.   

6. La lengua se resiste al sujeto en términos de la condición de usuario de este. Así, la visión instrumental de la lengua es contraria a la “lengua maliciosa”, que desea el deseo del sujeto hablante, por medio del cual lo constituye como sujeto en la escisión que lo sitúa en el discurso como un locutor no soberano, que emplea palabras ya dichas, cargadas de sus usos previos, de las enunciaciones que ya no pueden reconstruirse y que, aun así, permanecen en el significado de un significante, al menos, a título de fragmento, de “resto” o “residuo”, siempre susceptible de ser actualizado. La enunciación estructura al enunciado como extimidad, [3] por lo que su gramática, su semántica y su pragmática terminan produciendo diversos efectos de estabilidad del sentido, en particular con relación a los conceptos de hablante-oyente ideal (gramática), denotación y referente (semántica) e intención, contexto e información consabida

(pragmática), nociones articuladas, finalmente, con la figura gramatical del sujeto sin sujeto chomskiano.

7. El mundo es, en rigor, como lo percibe Funes. La lengua, en su deseo del deseo del sujeto (el que la habla y es hablado por ella), inscribe en lo real, como efecto de la simbolización, una serie diferencial de determinaciones simbólicas (Slavoj Žižek) o abstracciones lingüísticas (Sandino Núñez). Luego, la realidad, eso que llamamos realidad, tiene la forma del juego diferencial y opositivo que permite la construcción de un tejido o una trama de sentido. Ya no hay más cosas en cuanto tales: las determinaciones simbólicas han introducido la idea de mismidad (negada, como efecto de la propia simbolización, por lo real), que subyace al empleo de cualquier palabra en su articulación necesaria con el tercero indispensable de la lengua: el referente. Así pues, un lápiz, ligerísimamente movido en el espacio, sigue siendo el “mismo” lápiz y, por ello, podemos seguir diciéndole “lápiz”; lo mismo sucede con los más ínfimos movimientos en el tiempo. Se ha instalado, pues, de una vez y para siempre, la barra que relaciona (separa y une) lenguaje y realidad, palabras y cosas, sin la cual no habría, propiamente hablando, lenguaje. En este sentido, Funes ilustra a la perfección la posición mitológica de un “sujeto” que experimenta la sustracción de las barras en las relaciones entre los significantes y los significados y entre los signos y sus referentes, por lo cual se nos aparece como un personaje “monstruoso” que nos enseña los límites de nuestro propio pensamiento. 

En suma, las barras en cuestión constituyen la necesaria operación de imaginarización de la realidad como determinaciones simbólicas, cuya reificación, que viene dada por defecto, consiste en hacer olvidar las determinaciones simbólicas como tales. 

8. El sujeto hablante, sujeto en cuanto es demandante y sujeto de la falta en virtud de la cual demanda que haya representación, persiste en la tenaz ilusión de la univocidad del sentido, de que los recortes internos a la lengua se correspondan con los recortes de las porciones de mundo. Esta coincidencia entre un orden y el otro es lo que, en efecto y como efecto de la demanda de sentido, puede llamarse imaginario, de donde se obtiene la comunicación como el intercambio que ocurre según esta lógica de las coincidencias. 

9. Pero lo real se interpone como un inter-dicto que introduce, desde el interior mismo del imaginario, una falta que impide las coincidencias sobre las que se funda la fantasía comunicativa y el semblante de la plenitud del sujeto, de su identidad y su autosuficiencia como hablante. 

10. Al decir que no decimos lo que queremos decir, postulamos que hay un telos del lenguaje al que podríamos acceder mediante un decir adecuado, plenamente coincidente con el referente. Así, el “blanco” del lenguaje no les preexiste a las palabras, sino que aparece como efecto fundamental (en todos los sentidos de “lo fundamental”) del yerro inherente al decir. Con esto se pone en evidencia que la idea de referente, éxtima con relación a la lengua, es constitutiva del juego que consiste en pasar de la lengua al discurso, esto es, lo imposible-necesario del envío referencial.  

11. Cuando hablamos, somos sujetos de ese amor de la lengua, porque somos sujetos del deseo, sujetos deseantes y deseados, sujetos de la angustia. Por esto mismo, para nosotros, la lengua es, ante todo, interpretación, lugar siempre amenazado por el sinsentido, en la medida en que el sinsentido es su punto de apoyo y su condición de posibilidad. “Abajo” del sentido no hay nada o hay vacío, falta: de y en la tensión entre este “abajo” y el trabajo de significación de la lengua emerge la angustia, redoblada por los efectos de no poder decir lo que queremos decir, o de decir siempre algo de más, algo de menos o algo torcido y, llegado el caso, supremo lío, todo eso junto. Es, entones, porque lo vivido no se reduce al sentido por lo que hay angustia y, con ella, sujeto. 


Notas

[1] Jean-Claude Milner, El amor de la lengua, Madrid: Visor, 1998 [1978].

[2] Este punto merecería una extensa explicación. Por lo demás, la explicación en cuestión, que no voy a desarrollar acá, no pasa por el estudio de la actitud del hablante con relación al contenido expresado, lo que queda generalmente recubierto bajo el nombre de modalidad y, también, más recientemente, evidencialidad. La clásica distinción entre el modus y el dictum, reactualizada modernamente en las dos categorías referidas, no alcanza a plantear el problema de la relación entre la enunciación y el enunciado en los términos en los que lo he planteado. En mi opinión, la única vía por la cual se puede advertir la dimensión y el alcance del problema que pretendo discutir es la consideración del modo en que lo real, lo imaginario y lo simbólico lacanianos permiten construir una teoría de la enunciación > enunciado. El símbolo > pretende emular la escritura del sujeto barrado S, pero en el sentido de que la enunciación determina “barradamente” al enunciado, hecho que implica que el sentido del producto enunciativo no está contenido completamente en él y que, por ello, algo se pierde. 

[3] Ver Jacques Lacan, El seminario 7. La ética del psicoanálisis, Buenos Aires: Paidós, 1988 [1959-1960].   

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