“La verdad, que hasta ese momento era lo otro del sofisma, es ahora revelada por este. Freud levanta no solo la represión aristotélica sino también la represión a secas, para dejar que hable el deseo. El sentido ya no está donde aparecía, en la fachada lógica, sino que se sitúa en el lugar del sinsentido”. 

Barbara Cassin, Jacques el sofista. Lacan, logos y psicoanálisis

ENSAYO

Por Santiago Cardozo

1.  Alguien habla y, al hablar, está irremediablemente condenado a no decir lo que quiere decir: la lengua maliciosa le coloca todo tipo de obstáculos (la ambigüedad, la polisemia, la homonimia, el lapsus); además, querer decir es no poder decir el deseo que nos mueve a decir, por lo que hablar es, ante todo, decir que no se puede decir todo, que el objeto de nuestras palabras está siempre alejado, en perpetuo desplazamiento, como lo está el objeto de nuestro deseo. Por ello, la lengua es deseante; su estructura es la del deseo.

2. Alguien habla y, al hablar, queda, ipso facto, capturado por la red de la lengua, por el vacío que le da forma, por la imposibilidad de que las palabras y las cosas coincidan en la plenitud teleológica de la referencia. Al hablar, el que habla está escindido por el deseo y el inconsciente; experimenta, así, los efectos de lo real sobre lo imaginario de su decir.

3.  De la doble transitividad del objeto y el destinatario del hablar a la intransitividad del propio acto de decir: no interesan ya ni el objeto del deseo comunicativo ni aquel al que se le habla, al que se le dirige la palabra, como contenido y como interpelación; importan, sin embargo, el hablar mismo, el acontecimiento histórico, material, físico, dramático, de ponerse a hablar. El efecto más relevante de esta intransitividad es la puesta en crisis de la doble transitividad que informa la estructura más íntima del decir: así pues, 1) el objeto es siempre otro objeto, o un objeto en perpetuo desplazamiento (a duras penas podríamos hablar de denotación), por lo que hablar es, en primera y última instancia, hablar de y en un vacío, de y en un agujero, pero también, al mismo tiempo, a partir y a través de la oquedad, y 2) el destinatario es siempre una petición de interpretación, que se ejerce en múltiples niveles, de formas diversas, nunca predecibles, anticipables; la solicitud o la demanda de una escucha que ocurre por los efectos que sobre ella provocan los diferentes silenciamientos que la constituyen: nunca se escucha todo y, a la vez, siempre se escucha de más, sobre-determinadamente; siempre hay partes del decir que son o se vuelven audibles y otras que, aun no siendo inaudibles, se silencian, porque la escucha opera, por definición, silenciando “fragmentos” (intenciones, tonos, contenidos, formas, actos ilocutivos) del decir del sujeto.  

4.  De la misma forma que el sujeto que habla, la palabra está hecha de otras voces, otros ecos, en suma, otras palabras; está igualmente escindida por su propio inconsciente, lo real de los silencios que la definen (una palabra excluye otras, que, sin embargo, actúan en aquella a título de ausencia; una palabra evoca otras tantas, los discursos que las han contenido, al tiempo que multiplica los efectos de los juegos de significados que tienen lugar en su “historia de uso”, en los deseos que las animaron, en las colisiones y los disensos que (las) provocaron, también susceptibles de ser silenciados, incluso por la propia palabra que los suscitó). No se trata, en suma, única ni principalmente de un silencio como un no hablar todavía, como un haber dejado de hablar o como un espacio entre palabras (un silencio empírico, óntico), sino de un silencio que constituye, desde adentro, a las propias palabras, a las desfasadas relaciones entre sus significantes y sus significados, entre quienes las usan y los efectos que causan al margen de las intenciones de su empleo; de un silencio que abre espacios de resonancias cuya escucha no siempre resulta sencilla y para la cual, muchas veces, se requiere de cierto entrenamiento, de cierto “ejercicio literario”, en tanto se pone en juego una sensibilidad poética propia que afecta al ser (un silencio ontológico).  

5.  Dos personas discuten sobre cierto asunto. Una de ellas emplea una palabra que introduce en la discusión un disenso de otra naturaleza: ahora, los dos están hablando de lo mismo y, a la vez, ven cosas distintas, un objeto referencial que no coincide con la palabra empleada que dio lugar al litigio. Pero este litigio, es preciso aclararlo, no es semántico: no se resuelve apelando al diccionario (situación ficticia que resultaría, por lo demás, ridícula): este litigio es, básicamente, irresoluble. El desacuerdo que se abrió espacio es propio del equívoco co-extensivo a toda la lengua, que la domina enteramente. Lo que acaba de pasar pone en escena (la metáfora dramática viene doblemente al caso) la relación inherente, estructural, entre el decir y lo no-dicho, entre la palabra y el silencio, entre el deseo comunicativo y la escucha demandada, entre los cuales parece no haber convergencia posible. Se juegan las condiciones mismas de la discusión, que no se reducen a la interpretación exacta de un tono, un acento puesto más intensamente sobre una sílaba, al estiramiento de una vocal que, en su pronunciación normal, debería haber sido más bien breve, ni a la gramática que soporta

el decir, ni mucho menos al terreno infinitamente más resbaloso de la pragmática de las intenciones del que habla y del contexto dialógico. Se abrió así un abismo en el propio hablar, que había estado, hasta el momento, en silencio, como agazapado, esperando para dar el zarpazo en la cara de los sujetos que hablan.    

6.  Excurso poético. Memoria esmerilada: Recuerdo su voz más bien raposa, ajada, la respiración ansiosa incapaz de narrar la historia de su vida, de contar el dolor que perduraría en la humedad de las paredes, detrás de los cuadros que decoraban el living y los dormitorios, en los fregones de la cocina que se colgaba en la cintura. Sus largos dedos amenazantes nunca encontraron el punto exacto de la caricia, ni sus manos agónicas pudieron reconocer el rostro adulto de su primogénito, la textura de sus pómulos y la nariz romana de las fotografías. Tenía manos grandes, pesadas; dedos fuertes, capaces de doblegar una masa de pan o el ánimo burlón de su hijo. La indolente artrosis las fue ganando, hasta que deformó su movilidad, el pliegue más endeble para tomar una lapicera y escribir la lista del almacén o la esquela de la heladera.  

7.  Alguien habla y, al hablar, pone en juego la dialéctica sentido/sinsentido, en la cual el segundo aparece como el suelo, el sostén y la sustancia que hacen posible al primero. La intransitividad del hablar no puede sustraerse, en cierto punto de su ocurrencia, al hecho de que el hablante demanda, pide que las palabras signifiquen, que haya representación (esta es, si se quiere, la demanda del deseo). Pero si esta demanda existe, si tiene lugar, es porque el lenguaje funciona sobre un “piso” o fondo hecho, sustancial y fundamentalmente, de sinsentido, y este sinsentido, es preciso decirlo, resulta intolerable, indigerible, traumático. De esto se sigue que el sentido funciona, por así decirlo, como una conjuración del sinsentido, como el semblante que el sujeto construye para protegerse de sus efectos destructivos: las palabras son puro significante o significantes puros, y el sentido ocurre sin relación alguna con aquello que lo provoca: el significante. Funes el memorioso no deja de enseñárnoslo.   

8.  Funes no puede nombrar los objetos del mundo porque, en rigor, no tiene lenguaje: no puede abstraer, no puede entender que un sustantivo suprime los matices reales que constituyen al objeto en cuanto tal, y que esta supresión es la condición de posibilidad del lenguaje. Luego, desea un imposible: para él, cada objeto del mundo, ligerísimamente movido, corrido o desplazado en el tiempo y/o en el espacio, es un objeto distinto, singular y, por lo tanto, requiere su propio nombre. Se trata, en suma, de la plétora o la falta más fulgurantes y, sobre todo, fulminantes, letales: nada hay de(l) lenguaje en el lenguaje de Funes: este ha quedado atrapado en la lógica de funcionamiento de los números racionales, según la cual entre dos fracciones siempre hay una más. Funes ha quedado, entonces, clavado en las profundidades del tiempo y del espacio. Por ello, la situación de este personaje nos muestra los límites mismos de nuestro pensamiento, el perímetro más allá del cual no podemos pensar. Funes no es memorioso, sino “monstruoso”, vale decir, mitológico. En definitiva, no podemos entenderlo, concebirlo, porque accedemos (únicamente podemos acceder) a él a través de las palabras del narrador, que es como nosotros. Así, solo nos queda, si se quiere, la intuición de lo real. 

9.  Alguien habla y, al hablar, dice un nombre: “perro”, “mar”, “amor”, “artiguismo”, “persona”. Cualquiera de estos sustantivos supone una síntesis histórica de un conjunto de prácticas sociales en las que el sujeto cognoscente conoce sus propias prácticas de conocer. Así pues, lejos de tratarse de términos que denotan una realidad del mundo, concreta o abstracta, material o espiritual, los signos en cuestión construyen hipótesis de inteligibilidad del mundo en el que aparecen, recortados, como signos, según la implacable lógica saussureana de las diferencias y las oposiciones. Paralelamente, el nombre que, actuando sobre la realidad, la crea, produce también la superficie (el vacío) sobre la cual se recorta como un significante y de la que se desprende como no-superficie, como no-contexto. Queda articulada, de esta manera, la relación entre las palabras y los referentes, atravesada por o hecha de una falta que se inscribe tanto en el signo como en el objeto referido: la relación misma signo-objeto es una relación en falta, que la nominación nombra como el trasfondo de su funcionamiento. Nombrar es ejercer el deseo de representación y, a la vez, nombrar la propia imposibilidad de concretar completamente ese deseo. Entre el deseo y el objeto perseguido, entre el nombre y el referente, la falta es el lenguaje. 

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