ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

Muchas veces en el curso de los últimos casi dos años, ante el absurdo continuo de afirmaciones A y No A hechas por la misma persona y casi al mismo tiempo, uno se tienta a pensar que la irracionalidad domina al mundo. 

Pero no es la irracionalidad: es la guerra declarada entre facciones. Estas facciones han aparecido como resultado de la narrativa de Ortodoxia Covid lanzada desde marzo de 2020, y por la reacción crítica de científicos y pensadores independientes. Ambos bandos están llenos de gente, con o sin calificaciones particulares, que cree que forma parte de un bando “del bien”. Mayoritariamente, en particular, la Ortodoxia Covid ha adosado cláusulas morales a su prédica -pero el lado crítico tiene sus conceptos beatíficos también. Desde el principio quien no obedece a las ridículas medidas planteadas y quien no se murió de miedo como la mayoría, fue descrito como un antisocial, un irresponsable, etc. por los ortodoxos.

Del otro lado, el bando oficialista fue pintado también desde el principio como un rebaño sin capacidad crítica ni independencia alguna respecto de lo que el poder le ordena. 

Este estado de cosas generó una confrontación, digamos una guerra de facciones. Y en una competencia de ese tipo, si el otro tiene razón, peor para él. He ahí la “irracionalidad”, que no es tal: es falta de voluntad para aceptar la razón del otro y “saber perder”. 

En un deporte, por ejemplo el fútbol, un fanático que presencia un partido no está particularmente interesado en reconocer ninguna de las eventuales virtudes del equipo rival. Si el rival hace un gol luego de una jugada elegante y bien concebida, y mejor ejecutada, quizá un 1%, 5% o 10% de los fanáticos rivales podrá querer apreciar esas virtudes estéticas. El restante 90 y pico por ciento redoblará su odio ante el gol rival, sin darle normalmente ningún crédito a nada más. Es decir: en la competencia, las facciones no están interesadas por la virtud ajena, sino por ganar. La virtud ajena es, si acaso, algo que incrementa el sufrimiento del que va perdiendo, y aleja aun más a las dos partes.

***

Anthony Fauci ha declarado recién que muchos niños que se declara hoy internados “por Covid” en realidad están siendo sobre-contabilizados, porque no tienen más que un PCR positivo, sin síntomas. Fueron internados por otras causas. Cualquiera podría notar que lo que Fauci admite ahora es lo mismo que venimos diciendo sus críticos desde hace más de un año: que se declara “internado por Covid” o “muerto por Covid” a muchísima gente que está internada o ha muerto por otras causas. 

Entonces, ¿no causarán las declaraciones de Fauci una corrida de gente, de su bando al bando contrario, puesto que Fauci mismo ahora da razón a sus contradictores? No. Y Fauci lo sabe bien, y parece reírse de la situación misma al contradecirse sin cesar. Pues lo que predomina no es la razón, sino la guerra de trincheras. Y para quienes han decidido estarse en la trinchera de Fauci, que Fauci le de la razón al otro bando no es razón suficiente para cambiarse. En cambio, es un argumento más para redoblar el odio al otro bando, que encima “hizo un gol”, o “tuvo razón” en algo. 

Para dos enemigos irreconciliables, los aciertos o virtudes del otro son en general causa de mayor encono. 

Esto ha ocurrido muchas veces durante la falsa “pandemia”. Casi todas las afirmaciones críticas hechas por el campo de los “negacionistas” se ha confirmado. Y si bien eso hace crecer la conciencia en algunos, que se cambian de bando, en otros sólo causa mayor rabia. 

Esas afirmaciones críticas, y confirmadas, se apilan sin cesar. 

Por ejemplo: 

* La “pandemia” no era tal, porque las cifras de muerte son mínimas, como avisó Ioannidis ya en marzo 17 de 2020. Sin embargo, ese hecho es ignorado por los ortodoxos, quienes reaccionan a cualquier intento de objetivar los números como una “falta de respeto a los muertos”. 

* Los PCR tal como han sido implementados solo sirven para crear una “casemia” de falsos positivos que da lugar a todas las demás medidas restrictivas, y a una contabilidad falsa y exagerada de “muertos Covid”. 

* Los “protocolos” impuestos a médicos y personal de la salud, con el pretexto de “preservar el sistema de salud”, han dejado a los enfermos en sus casas hasta que se agravasen tanto como para meterlos casi directamente en un CTI, darles Remdesivir cuando éste ya no puede tener ninguna acción positiva, y entubarlos, lo que muy a menudo termina con la vida del paciente. Esos pacientes podrían haber sido salvados si se los hubiese tratado tempranamente con drogas comprobadamente beneficiosas. 

La Ortodoxia no solo no puede admitir esto, sino que negará los beneficios de esas drogas, no importa cuántos estudios de la mayor seriedad se les exhiban. No los irán a mirar, porque aceptar eso implicaría tener que sufrir, sin querer de todos modos abandonar la trinchera.

* Las vacunas generarían escape de variantes obstaculizando el proceso evolutivo natural por el cual el virus habría mutado siempre a menos letal. Al inmunizar selectivamente contra una cepa temprana del virus se inhibe a los sistemas inmunes de los vacunados para luchar eficaz y naturalmente contra las nuevas cepas; los vacunados se contagiarán, contagiarán a otros, tendrán enfermedad grave y morirán.

Por tanto, la idea de que uno se vacuna “para proteger a otros”, además de absurda, se ha demostrado falsa.

* La pandemia será el pretexto para hacer avanzar el sometimiento a mayor control de los individuos, y dependencia de los ciudadanos respecto de los Estados. La tecnología ya permite imponer estos cambios -de la robotización y trabajo a distancia a la identificación y control biopolítico a través de chips y “pasaportes covid”-. Todas esas y otras imposiciones, que fueron negadas por “conspiranoicas” en 2020, son una realidad incipiente cuando 2022 recién empieza.

Estas afirmaciones contrarias a la Ortodoxia se han demostrado verdaderas, pero no importa cuantas veces se exhiban las cifras de contagios y muertes en países altamente vacunados, la Ortodoxia Covid musitará “deben ser los no vacunados”, y no querrá saber más nada. Aun cuando ven indudablemente que son sobre todo los vacunados los contagiados, contagiadores y muertos, eso no los hace cambiar de postura, sino que los ahínca más en el error inicial. “No hay ningún tratamiento y todos debemos vacunarnos” es el dogma principal de ese bando en la guerra de trincheras. 

Ayer, un sujeto que va en Twitter bajo el nombre de Uriel Lander sugirió que habría que “señalar y condenar” con nombre y apellido a los internados en CTI por Covid, que según él y los fraudulentos y opacos datos que el gobierno reparte a los grandes medios, son “en su mayoría no vacunados”. Este sujeto cree en todo lo que dice la prensa y los grandes medios, y su imperceptible inteligencia no le alcanza ni siquiera para distinguir “la ciencia” de los infomercials de Pfizer que repiten los supuestos expertos locales como Galiana o Medina, instando a vacunar a los niños. Galiana dijo recientemente en El País que los niños son “grandes contagiadores” contrariando explícitamente a todo el consenso médico mundial anterior. Lander cree que cualquier cosa que diga Galiana o alguno de los promovidos por Big Pharma como sus vocacionales abogados y mercachifles es verdad. Para este ciudadano, eso es la ciencia. Felizmente, según vi en el teléfono de una persona cercana (yo no tengo Twitter), el exabrupto de Lander recibió una abrumadora catarata de repudios. Muchos de ellos mezclados con buenos argumentos. Cuando se le exhibió la noticia de que uno de los países más vacunados del mundo, Israel, está considerando promover la infección con omicron como vacuna natural, puesto que las vacunas de Pfizer evidentemente no protegen, Lander bloquea a quien se la envió. 

Ese es su “argumento”, y confirma lo que vengo diciendo: es ingenuo razonar. Lander siente, a quienes le dan información que no lo confirma, como enemigos. No todos quienes creen en la ortodoxia actúan así, porque la mayoría de la gente tiene un alma humana capaz de recapacitar y cambiar de opinión, y de bando. Ese cambio de bando se viene produciendo bastante más rápido de lo que la ortodoxia admite. Mientras que una mayoría de la población tomó las dos primeras dosis, la tercera está siendo más resistida. Cuando comience la vacunación de niños con sus previsibles efectos secundarios, y las reinfecciones por ADE, veremos más y más conciencia de este gigantesco engaño. 

De modo que, si la mayoría no se siente enemiga en una guerra, hay tipos que sí lo sienten. De aquí en más, en la medida en que esa gente tiene poder muy concreto, no reconocer que se está en una guerra de trincheras es ingenuidad pura. En Alemania, en Austria, en Australia, en Canadá… los gobiernos están encerrando a la gente, discriminando, multando y amenazando con la cárcel a los no vacunados. La ingenuidad de que “la pandemia terminó” pronunciada repetidamente durante 2021 es nada más que una expresión de deseos sin contacto con los hechos. No son, entonces, los argumentos: es la guerra de facciones. Y los éxitos argumentales del “enemigo antivacunas” sólo generan más encono y más autoritarismo en los ortodoxos. 

La pandemia solo puede terminar de una manera, si termina como la ortodoxia quiere: haciéndola desaparecer igual que se la impuso, al eliminar el PCR (ya se hace a estas horas) y declarando que, puesto que nadie se testea y no hay más “casos asintomáticos”, las vacunas “han sido eficaces”. Se dejará así a la gente seguidora de la ortodoxia feliz de haber estado del lado del ganador, y se preparará el terreno para el próximo engaño, aumentando un paso el control de las personas, y aislando a quienes quieran resistir informándose y pensando por sí mismos. Los muertos que hoy estamos viendo y que el sistema Euromomo declara escandalosamente excesivos ahora que no hay casi muertos Covid, nunca serán reconocidos como resultado de la vacunación, sino que se atribuirán a “Covid largo”, o a secuelas de la mala atención, la que también -claro está- se atribuirá a Covid.

En un mundo controlado por una narrativa hipnótica, todo cierra, siempre. Y si no cierra, peor para el que piensa en libertad.

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