ENSAYO

Por Gonzalo Palermo

La ideología globalista naufraga y los gigantes del entretenimiento deciden alejarse antes que hundirse con ella. Mientras Netflix cambia sus estatutos para defender la libertad de contenidos, Disney reconoce que la agenda política progresista ha causado pérdidas de audiencia. Estamos ante un cambio de paradigma.

En 2004, Patrick Le Lay, por entonces presidente de la cadena de medios francesa TF1, aseguraba que el objetivo de la televisión era vender “el tiempo disponible del cerebro humano” a sus patrocinadores. “El trabajo de TF1 es ayudar a Coca-Cola, por ejemplo, a vender su producto. Sin embargo, para que un mensaje publicitario sea percibido, el cerebro del espectador debe estar disponible para ello. Nuestros programas tienen como objetivo ponerlo a disposición. Es decir, entretenerlo y relajarlo para prepararlo entre un mensaje y el siguiente. Lo que le estamos vendiendo a Coca-Cola es el tiempo disponible del cerebro humano. Nada es más difícil que obtener esta disponibilidad. Aquí es donde está el cambio permanente. Debemos buscar constantemente programas que funcionen, sigan modas, sigan tendencias, en un contexto donde la información se acelera, se multiplica y se vuelve común [1]”.

La fórmula publicidad/entretenimiento/publicidad definida por Le Lay entró en crisis terminal alrededor de 2015 con la proliferación de las plataformas de streaming, en una nueva ecuación que aparentemente prescindía de la publicidad permitiendo que el público negociara el “tiempo disponible” de su propio cerebro directamente con la compañía generadora de contenido (que pasó de ser un canal de televisión a convertirse en una plataforma online). Esto cambió la manera de entretenerse delante de una pantalla. Ya no había que esperar una semana para ver el nuevo episodio de la serie de moda. No más interrupciones de tres minutos de espacio publicitario en la mitad de la escena del clímax. Sin días ni horarios, entretenimiento cuando quieras donde quieras. Netflix generó así esa práctica que consiste en echarse todo un fin de semana en el sillón atiborrándose de series chatarra sin interrupciones hasta que tus receptores de dopamina acaben desechos y el mundo real parezca una cosa muy lejana y casi prescindible. Disney, Amazon y HBO siguieron sus pasos. A ver series como si se acabara el mundo.

Pero ¿qué pasó con la publicidad? En un mundo donde las series no tienen publicidad las series mismas son la publicidad. En la sociedad del zapping, el cerebro humano ya casi no tiene tiempo disponible –y en muchos casos el humano ya casi no tiene cerebro directamente. Esto, como anticipó Le Lay dos décadas atrás, obliga a la reinvención de la publicidad, ahora infiltrada como parte misma del entretenimiento.

Si viste “House of Cards” y te gustó, entonces Netflix tenía razón. “House of Cards” fue la primera serie que te gustaba incluso antes de existir. Ese fue el punto de quiebre, en febrero de 2013, cuando “House of Cards”, con el estreno de su primera temporada, se convirtió en la primera serie creada a partir de los datos arrojados por un algoritmo según el cual los abonados de Netflix estaban deseosos de ver un argumento sobre conspiraciones políticas en el que apareciera Kevin Spacey con la dirección de David Fincher. Netflix mezcló los ingredientes según lo prescrito por el sistema operativo y así nació su primer hit. Un año más tarde, usando la misma herramienta de big data, fue creada otra serie, “Orange is the New Black”, ambientada en una cárcel de mujeres.

Netflix, sin embargo, pasó rápidamente de ser una idea aparentemente liberadora donde eran los gustos del usuario los que definían el contenido –y no la publicidad– para convertirse tiempo después en un instrumento adoctrinador de la ideología woke. Este proceso ocurrió mientras en Estados Unidos lo woke alcanzaba su máximo esplendor bajo el segundo mandato presidencial de Barack Obama, cuya campaña de reelección, de hecho, recibió el aporte de 700 mil dólares por parte de Ted Sarandos, jefe de contenidos de Netflix [2] y alma mater detrás del big data para diseñar los contenidos de la plataforma basándose en un 30 % de juicio y dejando el restante 70 % librado a los cálculos del algoritmo [3].

A este período de estallido woke corresponden justamente los contenidos más ideologizados de Netflix. Entre ellos encontramos “Sense8”, una serie creada por las hermanas Wachowski –que antes de ser hermanas fueron hermanos– donde un grupo de ocho personajes (un negro, un asiático, un latino, un indio, un transexual, un yanqui y dos europeos) se conectan a través de una especie rara de telequinesis. En esa misma línea de la diversidad a martillazos están también la historia de un hombre embarazado en “He’s Expecting”, los superhéroes diversos de “The Umbrella Academy” y la exploración sexual-bisexual-transexual-pansexual de los adolescentes en “Sex Education”. Al mismo tiempo, Netflix ha experimentado adaptando –arruinando, en realidad– relatos clásicos a la esfera de lo políticamente correcto, engendros como el Aquiles negro de “Troya: la caída de una ciudad” o la relación lésbica gratuita de “La maldición de Bly Manor” basada –con licencias para matar– en “Otra vuelta de tuerca” de Henry James.

Netflix hace cualquier cosa –marketing, propaganda, lobby, análisis de big data– menos arte. El proceso de filtrado a través del cual producen sus ficciones está más cerca de lo que haría una agencia de publicidad que una productora cinematográfica. La cuestión es quién –o qué– está detrás de su algoritmo. Si en su nacimiento pareció estar hecha a la medida de las masas –te hacemos ver lo que la mayoría quiere ver–, con el tiempo se transformó en un reproductor de la ideología dominante –te hacemos ver lo que una minoría poderosa quiere que veas. Así llegamos al punto en el que la joven empresa innovadora californiana se convierte en un fiel organismo replicador de la narrativa hegemónica. Un itinerario similar, por otra parte, al de la también otrora joven y californiana y liberal Facebook, hoy también feroz represora de cualquier relato no alineado con la fórmula diversidad-raza-crisis.

Un ejemplo gráfico es el de aquel usuario que opinó en una red social: “Los gays no son necesarios en sus series”. A lo que Netflix, desde su cuenta oficial, replicó: “Tu no eres necesario en nuestros suscriptores” [4]. Netflix pasó de estar hecha a medida de los suscriptores a prescindir de aquellos que no estuvieran hechos a su medida ideológica.

Este paradigma, sin embargo, parece haber entrado en crisis recientemente. Netflix estrenó en octubre de 2021 el especial “The Closer” del comediante Dave Chappelle donde este suelta chistes como “en este país podés matar de un tiro a un negro pero ni se te ocurra herir los sentimientos de un homosexual”. A las pocas horas un grupo de empleados de Netflix se manifestaba en la puerta de la sede central de las oficinas de la compañía pidiendo que se bajara inmediatamente el contenido de la plataforma [5]. En la burbuja de seguridad del mundo woke es lógico exigir la censura de un artista si este no se ajusta a sus estándares, al menos así ha sido durante el último lustro, tan lleno de cancelaciones exitosas –la más célebre fue la de Kevin Spacey, estrella de “House of Cards”, quien fue borrado de la serie y condenado a un moderno damnatio memoriae tras un presunto caso de acoso.

Esta vez, sin embargo, la cosa fue diferente. Netflix no bajó el show de Chappelle de la plataforma ni se pronunció al respecto. Hay dos motivos de peso que explican esto. El primero es el contrato de 60 millones de dólares que unía al artista con Netflix a cambio de ofrecer cuatro shows especiales de los que “The Closer” formaba parte. El segundo es el apoyo del público: “The Closer” estuvo mucho tiempo entre los contenidos más vistos de Netflix y aún hoy cuenta con un 95 % de aprobación por parte de los usuarios [6].

Eso no fue todo. Unos meses después, en mayo de 2022, Netflix anunció el despido de 150 empleados, entre los que, según especularon ciertos medios, había referentes de las áreas de diversidad, equidad e inclusión de la empresa [7]. No queda del todo claro si esto último es otra táctica victimista propia de estos colectivos –¡nos echaron por gays, lesbianas, tranexuales y diversos!– o si Netflix efectivamente se dio cuenta de que el público ya no estaba siguiendo la línea woke y era necesario dar un volantazo. Tal vez haya un poco de ambas cosas.

Unos días antes de anunciar el despido masivo, Netflix actualizó su memorando de cultura empresarial con este interesante párrafo:
“Como empleados, defendemos el principio de que Netflix ofrece una diversidad de historias, y puede haber títulos que vayan en contra de nuestros valores personales. Según la función que cumplas, es posible que debas trabajar en títulos que te resulten ofensivos. Si te cuesta respaldar nuestra amplitud de contenido, entonces Netflix quizás no sea el mejor lugar para ti” [8].

Luego del despido, Ted Sarandos explicó en una entrevista lo que para quienes tienen dos dedos de frente es una obviedad pero para los militantes totalitarios woke de la diversidad parece ser una cosa completamente extraña:

“Estamos tratando de apoyar la libertad creativa y la expresión artística entre los artistas que trabajan en Netflix. A veces, y nos aseguramos de que nuestros empleados entiendan esto, por eso, porque estamos tratando de entretener al mundo, y el mundo está compuesto por personas con muchas sensibilidades y creencias y sentidos del humor diferentes, a veces, habrá cosas en Netflix que no te gusten, cosas que incluso encontrarás dañinas” [9].

En términos ideológicos el discurso de Sandros supone un cambio de dirección radical desde una visión que hasta ahora parecía obsesivamente fijada en una sola forma de entender el mundo –la paradójica diversidad woke donde todos tienen que pensar, hacer y decir lo mismo, donde la libertad es libertad siempre y cuando siga las propias reglas de lo woke– hacia otra visión más libre, acompasada a la realidad geopolítica del mundo actual, en una suerte de retorno a los orígenes de Netflix.

Pero esto, lejos de ser una revelación espiritual de Sandros, responde a los números fríos. El crecimiento de Netflix venía desacelerándose desde 2021 llegando al 2022 con el primer declive en sus ganancias desde 2012. Además, en cuanto al número de suscriptores, la plataforma también registró un descenso, el primero de su historia, entre el último trimestre de 2021 y el primer semestre de 2022, repuntando en la segunda mitad de 2022 [10], coincidiendo esto último precisamente con el despido masivo de mayo de ese año.

En la vereda de enfrente las cosas no parecen ir mucho mejor. Disney tiene casi todos sus números en rojo. La casa del ratón Mickey lanzó su plataforma de streaming para competir con Netflix alcanzando su pico histórico de suscriptores en 2022 con 164 millones pero un año más tarde cayó hasta los 146 millones [11]. En el último trimestre de 2023 la compañía tuvo un déficit de 420 millones de dólares [12], mientras que en igual período de 2022 el déficit había sido de 1400 millones de dólares, lo cual había llevado al recorte de siete mil puestos de trabajo, buscando salvar alrededor de 5 millones y medio de dólares en el balance anual [13]. En ese mismo período también dejó su cargo Latondra Newton, jefa de diversidad de Disney, encargada de garantizar la cuota de diversidad e inclusión de los contenidos de la plataforma [14], responsable de la Sirenita negra y la Blancanieves latina (que veremos próximamente en cines) entre otros espantos.

Todo esto ocurrió mientras Karey Burke, presidenta corporativa de Disney, aseguraba que quería aumentar la diversidad en las historias de la plataforma hasta alcanzar un 50 % de personajes LGBTQ+ en 2023 [15]. ¿El resultado? Las acciones de Disney se desplomaron de manera inversamente proporcional al porcentaje de diversidad que Burke inyectó a los personajes, exactamente un 50 % desde marzo de 2021 hasta la fecha, pasando de los 200 dólares por acción a menos de 100 [16].

En el reporte anual presentado el pasado 30 de septiembre ante la Comisión de Bolsa y Valores de los Estados Unidos [17] la directiva de Disney reconoce la caída económica e intenta analizar los motivos.

En primer lugar, la compañía describe el problema al que se enfrenta actualmente:

“Nos enfrentamos a riesgos relacionados con la desalineación con los gustos y preferencias del público y de los consumidores en materia de entretenimiento, viajes y productos de consumo, lo que afecta la demanda de nuestras ofertas y productos de entretenimiento y la rentabilidad de cualquiera de nuestros negocios”.

A continuación, identifican un notorio cambio en las preferencias del público tanto dentro como fuera de los Estados Unidos:

“Nuestros negocios crean entretenimiento, viajes y productos de consumo cuyo éxito depende sustancialmente de los gustos y preferencias de los consumidores, que cambian de manera a menudo impredecible. El éxito de nuestros negocios depende de nuestra capacidad para crear contenido atractivo de manera constante (…) Por lo tanto, el éxito de nuestros negocios depende de nuestra capacidad para predecir y adaptarnos con éxito a los gustos y preferencias cambiantes de los consumidores tanto fuera como dentro de los EE. UU. (…)”.

Por último, en un párrafo que es prácticamente un mea culpa con todas las letras, la compañía asegura que sus tendencias ideológicas están poniendo en riesgo el negocio:

“Además, las percepciones de los consumidores sobre nuestra posición en asuntos de interés público, incluidos nuestros esfuerzos para lograr ciertos objetivos ambientales y sociales, a menudo difieren ampliamente y presentan riesgos para nuestra reputación y nuestras marcas (…)” [18].

Por si fuera poco, el 30 de noviembre, el director ejecutivo de Disney, Bob Iger, parece haberle dado el golpe de gracia a la primavera woke con sus declaraciones al New York Times:

“Los creadores perdieron de vista cuál debía ser su objetivo número uno. Primero tenemos que entretener. No se trata de mensajes (…) Me gusta poder entretener si puedes difundir mensajes positivos y tener un buen impacto en el mundo. Fantástico. Pero ese no debería ser el objetivo” [19].

La narrativa mainstream –desde la identidad de género hasta la crisis climática– se ha sostenido siempre sobre el delirio imposible de una realidad editable donde cualquier cosa puede ser pulverizada a fuerza de relatos. Hollywood primero y las plataformas de streaming después, pasando por la televisión modelo Le Lay, ejercieron siempre como poleas de transmisión de esta forma de (no) ver el mundo. A partir de cierto punto, sin embargo, la realidad acaba imponiéndose. Esas mismas poleas que ayer trabajaron en un sentido mañana lo harán en el contrario si la maquinaria cambia. Y la maquinaria está cambiando. Disney y Netflix, promoviendo una sola visión del mundo, no solo obturan las posibilidades comerciales que ofrecen las demás sino que hoy lucen fuera de época. Los titanes del entretenimiento parecen estar despertando del delirio woke para desayunarse con que allá afuera existe el mundo real. La narrativa única empieza a desintegrarse, el mapa geopolítico global se transforma y algo parece remitir para que otra cosa (hasta ahora más o menos silenciada) vea la luz, y todo eso se puede ver reflejado en la crisis de audiencia de las grandes plataformas de streaming.


NOTAS:

[1] https://www.nouvelobs.com/culture/20040710.OBS2633/le-lay-nous-vendons-du-temps-de-cerveau.html
[2] https://www.theguardian.com/media/2013/dec/30/netflix-evil-genius-tv-revolution-ted-sarandos
[3] https://www.newyorker.com/business/currency/hollywoods-big-data-big-deal
[4] https://tetu.com/wp-content/uploads/2019/08/Capture-d%E2%80%99%C3%A9cran-2019-08-08-%C3%A0-09.26.57-768×952.png
[5] https://www.nytimes.com/2021/10/20/business/media/netflix-protest-dave-chappelle.html
[6] https://www.rottentomatoes.com/m/dave_chappelle_the_closer
[7] https://www.latimes.com/entertainment-arts/business/story/2022-05-24/lat-et-ct-netflix-lay-offs-poc-diversity
[8 ] https://jobs.netflix.com/culture?lang=Espa%C3%B1ol
[9] https://variety.com/2021/film/news/dave-chappelle-netflix-ted-sarandos-i-screwed-up-1235093098/
[10] https://www.businessofapps.com/data/netflix-statistics/
[11] https://www.businessofapps.com/data/disney-plus-statistics/
[12] https://edition.cnn.com/2023/11/08/media/disney-earnings-report-q4/index.html
[13] https://edition.cnn.com/2023/05/22/media/disney-layoffs/index.html
[14] https://www.linkedin.com/in/latondranewton/
[15] https://forbesnewyork.com/karey-burke-wants-more-disney-characters-to-be-lgbtq/
[16] https://www.marketwatch.com/investing/stock/dis
[17] https://www.sec.gov/ix?doc=/Archives/edgar/data/0001744489/000174448923000216/dis-20230930.htm
[18] Ibíd. pp. 18 – 19.
[19] https://www.nytimes.com/2023/11/30/podcasts/bob-iger-of-disney-on-culture-wars-and-streaming.html