PORTADA

Por Aldo Mazzucchelli

¿Qué relaciones habría entre humanidad, humanismo, cuerpo, género? Los cuatro conceptos son antiguos, y los cuatro están intentando ser editados y relanzados, todos con significados nuevos. Las dinámicas de la época -tecnologías de comunicación y marketing más poderosas que nunca, junto a gran dinero de varios sectores interesados- los reconectan hoy de modos nuevos.

Humanidad es un sustrato de nuestra experiencia, no sujeto a edición integral -aunque, sin duda, el sueño del poder materialista sería ‘conquistar ese territorio’. Y ese es el programa hoy del transhumanismo: conquistar un territorio nuevo, más allá de lo humano, desde el cual se vislumbra -con mal disimulado orgullo de los virtualistas y los militantes de la reformulación jurídica del ser humano- un futuro antihumano.

El problema fundamental es que la metáfora territorial de conquista, la metáfora moderna inicial por excelencia, no funciona aquí: la humanidad no es ningún territorio, sino una precondición absoluta, inoperable por totalizadora, abstracta y anterior, y completamente a salvo de todas las pretensiones de intervención o conquista del materialismo, el cientifismo, y el legalismo.

Desde luego, la mirada espejada del objetivismo moderno es incapaz de realizar este problema. Esa incapacidad está en su origen, que es el origen de la modernidad, y está llevando a la modernidad entera a una implosión en su propia libertad, que es perfectamente coherente con su origen, su esencia, y su destino. Ese desastre arrastra hoy en su torbellino a un cardumen de políticos y políticos de túnica, médicos cirujanos, abogados, tecnólogos y programadores, estudiantes, militantes, y burócratas estatales u ongistas, a promover la destrucción de los cuerpos en nombre de un supuesto ego insatisfecho, de una insatisfacción construida también a dinero, explotando debilidades inherentes a la experiencia humana. Es significativo que una civilización entera, en virtud de la potencia instrumentalizable de la comunicación digital, pueda estar respondiendo hoy a la gigantesca proyección de sujetos que han transformado su propia peripecia subjetiva en causa masivamente ajena, como una de las personas trans más ricas e influyentes teóricamente del mundo, Martine Rothblatt, o el redactor de los principios de Yogyakarta, Stephen Whittle, quien transicionó en su juventud, y ha luchado toda su vida para transformar las leyes del mundo entero.

La humanidad, sin embargo, es el conjunto de precondiciones a partir de las cuales otras cosas humanas pueden desplegarse. La supuesta capacidad de autoedición que la ciencia pretende desplegar es más un movimiento publicitario con fines de lucro, que un programa de éxito. Pero es como programa de éxito que se lo vende -siempre ya dentro de las posibilidades que el fracaso escandaloso ha predispuesto para ello. Por los niños se está empezando en todas las escuelas y por todos los medios -como en el animado para niños The Blue’s Clues Pride Parade, donde en el minuto 1:11 aparece una especie de simpática nutria o carpincho transicionado con dos cicatrices donde estaban antes sus supuestos “senos”. Y las víctimas de esa promoción, sus cuerpos recosidos y exhibidos con orgullo masoquista en las redes sociales como ejemplos de originalidad e integridad transhumana, son parte del actual marketing antihumano, refuerzan el salto colectivo al precipicio, en nombre de la conquista de un placer y una plenitud que es lo que, garantido, esas operaciones niegan. 

La integración de un supuesto yo interno insatisfecho con un cuerpo físico que sería la causa de la insatisfacción, termina -en nombre del futuro- con el futuro de los seres humanos empujados o autolanzados a una suerte de carnicería genital, a manos de cirujanos que, como la Dra. Sidhbh Gallagher, de Miami (400-500 cirujías de “afirmación de género” al año), o la Dra. Marci Bowers, son verdaderos artistas mengelianos de la obstinación por crear una antirrealidad ultraliberal -sin privarse de significativas ganancias financieras en el camino. Bowers –ver What is a Woman?, como es conveniente, considera que cualquiera que se oponga a sus prácticas, es “un dinosaurio“. Nada más elocuente respecto de que la causa de la mutilación es idéntica hoy a la causa del progreso y la libertad.

La trampa parece ser el intento voluntarista de hacer un corte radical con la historia, el pasado, y toda humana precondición. Creer que todo es posible con tal que haya dinero y tecnología suficiente. Pero acaso para saber de transhumanismo, primero haya que saber de humanismo, lo mismo que para saber de “género” primero hay que tener una experiencia corporeizada de cierta forma dada, completamente fuera del alcance de la transición “médica”. El sexo de la especie está en cada célula de cada cuerpo. Nada de eso puede cambiarse.

El humanismo tuvo muchas formas de interpretación, y una de ellas desde luego fue la realización, en el Renacimiento, de que el hombre es más que revelación confesional religiosa: que tiene en sí el poder de entender y cambiar el mundo. Los primeros humanistas son los que interpretaron, para Europa y sus dominios, la sorpresa del legado griego que, traducido en Toledo o en Italia gracias a la preservación árabe y bizantina, recién por entonces se recuperaba. Del protestantismo a la totalidad de la tecnología posterior salen de aquella sorpresa. Pero si los griegos dieron la impronta al deseo de conocer y crear, el sujeto moderno creyó de distintos modos que podía crear en soledad; eliminó el elemento colectivo y fatalmente externo, ajeno, de su mundo, y pasó a sustituirlo por una representación del poder como algo estrictamente individual.

Consiguientemente lo colectivo de la modernidad occidental no es nunca colectivo: es la proyección acumuladora de una subjetividad representada, que lidera a una masa impensante de congéneres convertidos en número, con fines de reivindicación, o de venganza. De allí toda autenticidad interior se ha ausentado, y los miembros han pasado a ser pensados y representados por lo que el grupo cree. En el grupo -o burbuja- occidental ya no hay colectividad: solo hay una entrega de sí a una subjetividad empresarial y mediática dominante. Esta subjetividad no es más que una representación fogoneada a plata y formateada por ideólogos insatisfechos, formulada como plataforma reivindicativa, anuladora y represiva, canceladora de cualquier individualidad auténtica, interna o externa al grupo. 

Y en cierto modo es una suerte que ningún individuo auténtico pueda sentirse representado por burbuja alguna: ese aislamiento, y las obras hoy incomprensibles que produce, son lo mejor del legado occidental para otros tiempos. 

Mientras tanto, en el lugar masivo, la mutilación de los cuerpos en nombre de la liberación de un supuesto “yo interior” puro, no es entonces más que la realización final de que ese ego interno es cualquier cosa menos puro, y cualquier cosa menos libre de materialidad. No hay salida individual para el proyecto del ego moderno. La guerra cartesiana contra la materialidad, en nombre de un yo interno, intelectual, que solo piensa -sin cuerpo-, pasando por los cerebros en cubetas de Matrix, es lo que está detrás de este impulso marketinero y egoico de “superar” la vida, de ser uno más grande que aquello que por definición es más grande que cada uno, de la negación intoxicada contra el aceptar, y del entretenimiento como huida de sí llevada a las intimidades del propio cuerpo.

La vieja locomotora moderna, hoy muy maquillada de virtualidad y ausencia de fierros, sigue tirando a paladas a sus nuevas víctimas en una carrera hacia un futuro que nunca llegará. Antes eran los mineros del carbón y los semihumanos de la polución urbana de Dickens, hoy son los niños con el cerebro lavado, las muchachas ya sin senos, y los tipos que renuncian a su poder reproductivo y de realización en nombre de un prestigio virtual invaginado contra sí, y efímero como la moda.

La representación no puede sustituir a aquello que le da origen y existencia. Solo es posible transicionar contra el cuerpo, no es posible salir, antes ni después, del cuerpo, y por ende no es posible ningún transhumanismo humano; solo un transhumanismo subjetivo, representado, virtual. La construcción del mundo externo a medida de cada sueño individual puede haber sido la raíz de cómo el sujeto se entiende a sí mismo en occidente. Lo atroz es pretender generalizarlo e imponerlo a los demás. Introducir la casuística individual, hasta el capricho, en la Ley. Los abogados de todo esto confunden su sueño y pesadilla interior con la vida y derechos de todos los demás. Solo una conclusión solipsista y sin alma de la modernidad podría haber desembocado en esta atropellada del dolor personal de donde se ha arrancado todo sentido de colectividad.

La subjetividad, luego de haberla eliminado de la vida, tiende a reinventar, como no podía ser de otro modo, una religión a medida del capricho individual, para justificarse. Se trata de esa religión corporativo-hararista del “Homo Deus”, precisamente, donde la promesa es que la subjetividad insatisfecha, por medio de la intervención estrictamente materialista de cirugía médica o ingeniería genética, conseguirá la felicidad construida a medida, y a continuación la vida eterna –como quien firma observó ya hace tiempo en algún ensayo. Esto es literal. Martine Rothblatt, quizá la persona teóricamente más refinada entre los que proponen este futuro, ha observado en esta entrevista: “Todas las religiones enseñan la inmortalidad del alma, y todas enseñan que nuestra vida no está limitada por nuestro cuerpo. La ciberconciencia parece muy coherente con la religión tradicional“.

Esta vida eterna de chapucería se parece a la vida eterna lo mismo que un centro de mesa de plástico se parece a la Amazonia. Pese a que el marketing no lo diga, ser cabalmente antihumanista implica poner la negatividad del dolor subjetivo como norma, cancelando todas las demás experiencias, formateando jurífica y publicitariamente placeres y sufrimientos ajenos. Eso no es posible hacerlo sin incurrir en una confrontación generalizada, todos contra todos, que es lo que estamos viendo crecer día a día en Occidente. Esa es la implosión. 

El transhumanismo es un intento de salirse de sí mismo por via técnico-jurídico-mediática. Así, el ser humano Occidental no es ya un humano, sino un proyecto de la representación.

El futuro de occidente no admite individuos completos, hembras ni machos alfa. Ellos tienen demasiada biología, demasiada voluntad que no se rinde a la representación. Por tanto, el poder interior ha sido puesto fuera, a fin de que terceros puedan manipularlo, vendiendo en el proceso que es uno mismo quien lo manipula. Quien no luche contra eso, en el futuro solo podrá acceder a su inane fantasma representado.