ENSAYO

Este artículo constituye el epílogo de Una Nueva Troya-Alejandro Dumas; Refutación a Una Nueva Troya-Redactores de El Defensor de la Independencia Americana; Montevideo, Linardi y Risso, Pablo Rocca edit., agosto de 2020.

Por Alma Bolón

la nationalité repose dans les idées (Montevideo ou Une nouvelle Troie)

Con su acostumbrada deferencia hacia quienes le obsequiaban sus obras, Victor Hugo escribe a Eduarda Damasia Mansilla que, en su novela Pablo, ou La vie dans les Pampas, le había resultado de «profundo interés ver su pensamiento americano traducirse en nuestro lenguaje europeo ». Corría 1869 y con ese texto, Eduarda Mansilla, sobrina de Juan Manuel de Rosas, se convertía en la primera escritora argentina en ser publicada en Francia. La novela había sido escrita en francés y posteriormente sería traducida al español por Lucio V. Mansilla, hermano de Eduarda.

Poco importa, ahora, la justeza del juicio pronunciado por Hugo a propόsito de esta novela; en cambio, sí interesa destacar el sentido que este escritor está otorgando a la traducciόn, al ver en ésta una posibilidad de pasar de un continente a otro, de transitar de un lenguaje a otro. La traducciόn aparece, en el juicio hugoliano, como una operaciόn que produce equivalencia, si no es igualdad, entre los dos términos del recorrido, puesto que la mera posibilidad de circular de uno a otro necesariamente implica imaginar (plantear como axioma) algún grado de semejanza compartida(1).  

En ese sentido, la traducciόn supone una operaciόn democrática, por lo que el juicio de Hugo sobre la novela de Eduarda Mansilla cabe ser entendido dentro de ese gran movimiento que, desarmando las jerarquías heredadas de la Poética aristotélica, instala un régimen estético y político que tiene por principio la igualdad, tal como Jacques Rancière lo ha venido planteando(2). 

Dentro de esta sensibilidad estética y política puede leerse Montevideo ou Une nouvelle Troie: como una enorme operaciόn textual que proclama la necesaria traducibilidad del mundo, esa unidad partida que permite que uno se conozca por el otro. Esta práctica discursiva juega en varios niveles de la novela; dista, como se verá, de recoger la unanimidad entre los autores contemporáneos de Alexandre Dumas.

  1. La traducibilidad como poética y como política de Montevideo ou Une nouvelle Troie

La traducibilidad y la consiguiente equivalencia quedan declaradas en la novela dumasiana desde el propio título, desde el propio «ou» que opera la traducciόn de uno por otro  –Montevideo ou Une nouvelle Troie- y que llanamente equipara dos ciudades, una al oriente del Mediterráneo y otra al oriente del río Uruguay, acercando tiempo y espacio, historia y mito. Por cierto, este título carga las tintas, panfletariamente, sobre la heroicidad montevideana, por la índole del parangόn que establece. No obstante, más allá de la hipérbole y del panfleto, también el título está proclamando una posibilidad de conocer una por la otra, gracias a una especie de traducciόn, en la que Montevideo es la paráfrasis contemporánea de Troya y Buenos Aires es la de Atenas, aunque restringidamente: solo como nombre y en cierto lugar: «Buenos Ayres est appelée, dans la terre de Colomb, ‘l’Athènes de l’Amérique du Sud’»(3) (2007:40). La traducciόn -la paráfrasis- es la vía de comprensiόn.

 Esta postura traductora de Dumas se mantiene a lo largo de todo el texto. Así vemos que sucesivamente los personajes orientales son presentados como traducciones de sus otros troyanos, griegos, romanos, teutones, franceses, etc. Así, de entrada, el comandante Jorge Pacheco es presentado como «cet autre Marius»: poseedor de una «force herculéenne», es comparado a los «anciens Romains» (2007:26). José Artigas, por su parte, es «comme Achille» (2007:29); el general Paz es «le Fabius américain, homme vertueux et pur» (2007:50) y Luis Eduardo Pérez es «l’Aristide de l’État oriental. Républicain sévère, patriote exalté» (2007:57).  En cuanto a Marcelino Sosa, se trata de «l’Hector de cette nouvelle Troie» (2007:66), aunque también admite la comparaciόn con Nelson, con los Titanes (2007:91), con Turenne y con Brunswick (2007:93), con «un héros d’Homère ou un paladin du siècle de Charlemagne» (2007:95). Dentro del mismo sistema de traducciones y equivalencias, en el par «Achille et Thersite» (2007 :78), cabe interpretar que está designándose a Garibaldi y a Rosas; mientras que Montevideo se confunde con Esparta («Alors l’étranger qui se trouvait à Montevideo pouvait se croire transporté dans l’antiquité au siège de Sparte», 2007:105) y las mujeres orientales, con la señora de Correa a la cabeza, son lacedemonias genuinas («Chaque femme était devenue, épouse ou mère, une Lacedémonienne», 2007:105). 

La conmensurabilidad no atañe solamente a los personajes sino también a las situaciones: «chaque jour donc on combattait, et chaque jour la ville [Montevideo] apprenait, comme Troie, quelque nouveau trait d’héroïsme de ses défenseurs» (2007:80). 

La traducciόn de los personajes enemigos del gobierno montevideano es doblemente interesante. Por un lado los «malos» son parangonados con «malos» (pusilánimes o poco virtuosos) emblemáticos: Rosas se compara con Tersites y encontramos también las comparaciones con Silas (2007:40), con Nerόn y con Domiciano («Ce que n’a osé rêver aucun tyran, ce qui n’est venu à l’idée ni de Néron ni de Domitien, Rosas l’a exécuté» (2007: 54). De hecho, la comparaciόn de Rosas con Nerόn era un lugar común periodístico(4) que Dumas no desdeña sino que amplifica.  Por otro lado, algunas comparaciones de personajes y de situaciones complejizan la perspectiva, como por ejemplo el paralelismo entre Madame Dubarry y «son nègre Zamore» y Manuelita Rosas y «son mulâtre Eusebio», pronto convertido en «son Bucéphale humain» (2007:44-45). 

Algo semejante ocurre con la analogía que Dumas establece entre dos batallas intra-rioplatenses y una batalla intra-romana: «ainsi disparaissent deux chefs de la campagne dont l’influence pouvait faire ombrage à Rosas. Ainsi, à cette date remontent les morts d’Arbolito et de Molina. Quelque chose de pareil arriva, ce nous semble, aux deux consuls qui avaient accompagné Octave à la bataille d’Actium» (2007:41). 

O «l’analogie», explícitamente reconocida como tal, entre un momento de la Revoluciόn artiguista y otro de la Revoluciόn francesa: «Ainsi, avec Artigas dictateur commence une période qui a quelque analogie avec le sans-culottisme de 93» (2007 :33). 

Lejos de una simple proyecciόn de lo europeo idealmente homogeneizado sobre lo americano, Montevideo ou Une nouvelle Troie muestra el desgarrόn interno que hay en cada una de las entidades: Aquiles, pero también Tersites; Héctor, pero también Nerόn; las mujeres lacedemonias, pero también madame Dubarry; Octavio, pero también Marco Antonio; los girondinos, pero también los jacobinos … Rosas, pero también Marcelino Sosa.

La lόgica de las comparaciones de Montevideo ou Une nouvelle Troie no supone correspondencias entre dos entidades homogéneas (América, Europa) sino entre dos unidades partidas, cada una de ellas portadora en su seno de una contradicciόn.

Dentro de este sistema traductor queda comprendido el célebre párrafo en que la novela establece correspondencias entre poetas rioplatenses y franceses: «Echeverría, le Lamartine de la Plata; Vega, le Bayard de l’armée des Andes(5) » (2007:56). De igual modo quedan comprendidos los «Indiens anthropophages» («les charruas») un tanto previsiblemente comparados con «les Hurons et les Sioux», situados «à l’extrémité opposée du continent» (2007:24). Aunque, no obstante, mucho más imprevisible resulta la comparaciόn de los charrúas con los «anciens Teutons»: «trois derniers combats, pendant lesquels, comme les anciens Teutons, ils [los charrúas] placèrent au milieu d’eux leurs femmes et enfants, et tombèrent sans reculer un pas, virent disparaître leurs derniers restes» (2007:24). 

De manera inesperada, el texto no atribuye a los «charrúas» una singularidad genérica -una belicosidad tan incomparable como irreductible- sino que, por el contrario, reconoce en la belicosidad charrúa la misma que tuvieron los antiguos europeos, amén de que ilustra esta irreductible valentía con una escena de defensa de sus familias, de sus mujeres e hijos. Contrariamente a lo que podría esperarse, «charrúas» y «Teutons» no quedan asociados por lo «bárbaro», sino por el coraje para defender a los más débiles. 

Por cierto, no se trata de juzgar lo apropiado de las comparaciones, sus justezas o justicias. Sí se trata, a mi modo de ver, de calibrar una postura enunciativa -una manera de ver las cosas- que es, por sí misma, una postura de disenso y, por eso mismo, fuertemente política, no tanto por los contenidos asertados como por lo que se hace al decir lo que se dice.

2) El «gaucho» traducido versus el «gaucho» intraducible

2.1.) El «gaucho» en Francia

Diseminada a lo largo de todo el texto, la labor traductora que realiza Montevideo ou Une nouvelle Troie se vuelve muy patente en torno al término «gaucho».

En sentido estricto, en 1850 y tal como lo declarará explícitamente el texto dumasiano, la palabra «gaucho» no era desconocida en Francia. La ediciόn de 1835 del Dictionnaire de l’Académie française no incluye este término, aunque sí lo hacen el Dictionnaire de la langue française (1873-1877) de Émile Littré y el Grand Dictionnaire Universel du XIX siècle (1872) de Pierre Larousse. El Trésor de la langue française informatisé (TLFi) sitúa la primera ocurrencia de «gaucho» en 1826, en la Revue britannique, publicaciόn dedicada a la selecciόn y traducciόn de artículos sobre variados dominios (literatura, bellas artes, artes industriales, agricultura, comercio, economía política, finanzas, legislaciόn, etc.), provenientes de periόdicos de Gran Bretaña. La variante ortográfica « gaoucho», también señala TLFi, había aparecido años antes, en 1822, bajo la pluma de Jacques Arago, en su relato de viajes titulado Promenade autour du monde.  

Claramente incluido en el último cuarto del siglo XIX en el diccionario de lengua de Littré y en el enciclopédico de Larousse, por mi parte agregaré al menos una apariciόn del término «gaucho» en la prensa cotidiana francesa de la primera mitad del siglo. Me refiero a una ocurrencia en un artículo de Le Constitutionnel (30 de mayo de 1844) precisamente referido a la cuestiόn del Plata, en el que, antes de transcribir la intervenciόn de Adolphe Thiers, el periόdico presenta un resumen de lo debatido en la Asamblea Legislativa. Ahí se afirma: «On ne veut pas avoir d’affaire, même avec le barbare gaucho Rosas». Aunque en itálica, el término no es objeto de ninguna glosa ni explicaciόn.

Si bien por razones muy subsidiariamente relacionadas con el desconocimiento real del término, tal como lo veremos más adelante, lo cierto es que el término «gaucho», inclusive en los textos en español, en esos años suele ser objeto de glosas y explicaciones. Por ejemplo, a pesar de que son escasos (una cuarentena(6)) los términos que Esteban Echeverría glosa, uno de ellos es «gaucho», que aparece en el léxico de El ángel caído; en cuanto a Alejandro Magariños Cervantes en Caramurú (1850, Madrid) y a José Mármol en Amalia (1851, Montevideo-Buenos Aires), sus caracterizaciones de este término son extensas y polémicas, como veremos más adelante.

Sucede entonces que Montevideo ou Une nouvelle Troie anticipa y/o acompaña este movimiento discursivo que hace de «gaucho» un término «necesariamente» a glosar.  

2.2.) El «gaucho» en Dumas

En las glosas y explicaciones que Dumas plantea en torno a «gaucho» se pone de manifiesto, como dijimos, su ánimo traductor, su afán de hacer pasar de un mundo a otro, en un doble movimiento que declara que hay dos mundos que son uno, traducciόn mediante.

La primera apariciόn de «gaucho», en Montevideo ou Une nouvelle Troie, es una menciόn rápida que equipara «gaucho» y «raza», al afirmarse que el joven Artigas era «brave comme un vieil Espagnol, subtil comme un charrua, alerte comme un gaucho», por lo que tenía «les trois races, sinon dans le sang, du moins dans l’esprit » (2007:26). El razonamiento es interesante y, en cierto sentido, bastante coincidente con los lugares comunes que nos son contemporáneos: por un lado se afirma el vínculo entre «sangre» y «raza», distinguiéndose la sangre india, la española y la mestiza. Pero, por otro lado, se reconoce, a la par de la raza de nacimiento, una «raza» espiritual, cultural, adquirida, respirada: una raza que nada tiene que ver con lo que suele entenderse por «raza», al quedar disociada del haz de rasgos físicos que llegan por la sangre.

La segunda apariciόn de «gaucho» es extensa y compleja. Luego de referirlo como «flagelo» del hombre de las ciudades y del hombre de la campaña, Dumas escribe: «En France, nous appelons gaucho tout ce qui vit dans ces vastes plaines, ces immenses steppes, dans ces pampas infinies, qui s’étendent du bord de la mer au versant oriental des Andes ; nous nous trompons » (2007:27). 

(De paso: véase cόmo Dumas prosigue su labor de traducciόn, vertiendo «les vastes plaines» del idioma francés en el término «steppes» proveniente del ruso, antes de verterlo en el americano «pampas». El objeto -«la cosa» referida- queda dicha entre tres idiomas, circula por una forma neolatina, una forma rusa y una forma quechua.)

Ahora bien, si nos atenemos a la explicaciόn proporcionada, Dumas no vendrá a colmar una ignorancia existente en Francia con respecto al sentido de «gaucho», sino que se propone corregir, rebatir, refutar un error. Para Dumas, la confusiόn léxica, como veremos, es sobre todo confusiόn política. 

En efecto, fue «le capitaine Head, de la marine anglaise», explica Dumas, el primero en poner de moda el error de «confondre le gaucho avec l’habitant de la campagne». Y el «error puesto de moda» por el capitaine Head es grave, porque «le gaucho est le bohémien du Nouveau Monde. Sans biens, sans maison, sans famille, il a pour tout bien son poncho, son cheval, son couteau, son lazo et ses boleadoras» (2007:27).   

Desde la perspectiva de Montevideo ou Une nouvelle Troie, parece tratarse menos de una confusiόn sociolόgica que de un disenso político, en la medida en que la definiciόn del capitán Head anodinamente asimila ‘gaucho’ y ‘habitante del campo’, mientras que la de Dumas subraya la equivalencia de los lejanos, la igualdad de los diferentes y distantes.  Si el capitán Head neutramente prefiriό atenerse a la contigüidad metonímica, Dumas pega el salto metafόrico y acerca a los que no estaban llamados a encontrarse, a gauchos y a bohemios.

¿Qué se entendía entonces, en francés, por «bohémien»? Desde por lo menos 1844, «bohémien» no designaba solamente a quienes, oriundos o no de la regiόn de Bohemia, llevaban una vida nόmade. Un nuevo sentido se había agregado al término, en particular desde la publicaciόn de Un prince de la bohème (1844), nouvelle en que Balzac caracteriza ese tipo discursivo (literario y a la postre sociolόgico) que está elaborando: «Ce mot de Bohème vous dit tout. La Bohème n’a rien et vit de tout ce qu’elle a. L’espérance est sa religion, la foi en soi même est son code, la charité passe pour être son budget. Tous les jeunes gens son plus grands que leur malheur, au-dessus de la fortune mais au-dessous du destin». 

Esta caracterizaciόn de Balzac pone de manifiesto la cercanía temporal y conceptual entre el nacimiento de la figura de «l’artiste» y la del «bohème». En ambos casos, se trata de mitos muy fuertes puesto que  son las figuras con los que el siglo XIX está disintiendo del mito burgués: propietario, sedentario, cuantificador, sin grandeza, sin espiritualidad(7). Cabe conjeturar que en Notre-Dame de Paris (1831) el personaje de Esmeralda, sucesivamente nombrada por Victor Hugo como «bohémienne» et «égyptienne», colaborό con fuerza en este encuentro entre una supuesta procedencia geográfica, una vida errante, una ajenidad a los valores burgueses y una propensiόn a lo no productivo, a lo no materialmente acumulable (tocar la pandereta, bailar y hacer bailar a su cabrita en la explanada de Notre-Dame, proteger al débil y contrahecho, etc.).

 Téngase en cuenta que Karl Marx, en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (diciembre de 1851-marzo de 1852, Nueva York), denuesta al príncipe presidente golpista tratándolo de  «bohémien», empleando el término en francés en el texto en alemán, tal como suele conservarse en la traducciόn al español: «Bonaparte, que precisamente como bohémien, como lumpemproletario principesco, le llevaba al truhán burgués la ventaja […]»(8).

En Marx, «bohémien» queda sinonimizado por «lumpemproletariado», tal como lo confirman otros pasajes del texto; «bohémien» evoca, en el filόsofo alemán, una ajenidad al mundo del trabajo asalariado fabril, una práctica social que no corresponde ni a la del burgués ni a la del proletario, y que por eso mismo, para Marx, se carga de valores negativos, condenables, contrariamente a lo que sucede en otros autores. 

De hecho, el gran éxito decimonόnico del término «bohémien» se había producido gracias a las Scènes de la vie de bohème, que Henri Murger publica a partir de 1846 en la prensa francesa. En este texto, en que «bohème» y «artiste» se confunden, ambos tipos quedan claramente definidos en su divergencia con los valores burgueses predominantes y su extenso prόlogo es una especie de acto fundacional del mito del «bohémien». Muy precisamente, el 22 de noviembre de 1849, el Théâtre des Variétés había estrenado La vie de la bohème, obra de Barrière & Murger. Alexandre Dumas, si bien para entonces ya había fundado el Théâtre-Historique (1847), había estado ligado el Théâtre des Variétés, desde que en 1836 estrenase Kean ou Désordre et génie. Para la fecha del estreno de La vie de la bohème en el Théâtre des Variétés, en París ya se encontraba Melchor Pacheco y Obes, conversando con Dumas sobre lo que sería, muy pocas semanas más tarde, Montevideo ou Une nouvelle Troie.

(De hecho, en ese mismo día de noviembre de 1849, en el que el Théâtre des Variétés estrenaba La vie de la bohème, en el Théâtre-Historique, Dumas estrenaba Le comte Hermann, obra en que Montevideo aparece nombrada. El protagonista explica el origen de una cicatriz suya por un duelo a muerte mantenido, en Montevideo, a raíz de una historia galante con una lugareña. Curiosamente, la dama era una de esas «belles créatures de sang mêlé, une de ces descendantes des Portugais et des anciens maîtres de la côte»; por otra parte, el malogrado rival montevideano del conde Hermann era un «chef des chasseurs des pampas», jinete sin más arma que un cuchillo con el que despoja de su larga cabellera a la dama, antes de morir en manos del conde(9). Cabe conjeturar que Melchor Pacheco y Obes pudo haber asistido al estreno de Le comte Hermann. También puede conjeturarse que por los días de ese cruce de «bohème» en el Théâtre des Variétés y de «chasseurs des pampas» en el Théâtre-Historique ya estaba Montevideo ou Une nouvelle Troie en proceso de escritura.)

El parangόn «gaucho» y «bohémien» vuelve una segunda vez en la pluma de Dumas: «Ce fut alors qu’Artigas, réunissant tout ce que le pays lui offrait de ressources, se mit à la tête de ces bohémiens de l’Amérique que l’on appelle les gauchos» (2007:31).

Cabe entonces afirmar que cuando Alexandre Dumas metaforiza «gaucho» con «bohémien» -cuando traduce uno por otro- no señala solamente la vida nόmade de ambos personajes, sino también y sobre todo equipara dos estilos de vida divergentes de la lόgica burguesa decimonόnica. Con esta postura, Dumas, a su vez, diverge de otros puntos de vista(10). 

2.3. El «gaucho» en otros rioplatenses y franceses

Como se dijo, en El ángel caído, Esteban Echeverría glosa «gaucho»; en los propios versos y en su explicaciόn, este término se vincula con «estanciero»: «Estanciero: el propietario de una hacienda de pastoreo», «Gaucho: el campesino que trabaja en ella a jornal ». Notoriamente, la glosa de Echeverría al presentar el par complementario «estanciero/gaucho» no solo es esquiva a la figura del «gaucho» solo y solitario (y en eso equiparable al «artista» o al «bohémien»), sino que esta glosa se acerca al sentido denunciado por Dumas como engaño o equivocaciόn reinante en Francia, iniciado por el capitán Head. De hecho, la glosa que proporciona Echeverría se asemeja a la que aparecerá en el Littré (1872): «gaucho: nom donné aux hommes d’origine espagnole qui habitent les vastes plaines de l’Amérique du Sud, autour de Buenos-Ayres». Las definiciones de Echeverría y de Littré, también, a su modo, practican una forma de traducciόn, mostrando que alcanza con pasar de una manera de designar a otra -de «campesino» a «gaucho»- como si todo solo fuera cuestiόn de maneras de nombrar. El capitán Head, Echeverría y Littré, en este caso, pratican una traducciόn allanadora, que devuelve el término «gaucho» a la indiferenciaciόn básica que envuelve a «campesino», o a «habitante de las planicies». En cambio, la traducciόn de Dumas –«gaucho»«bohémien»- produce la equivalencia entre dos excepcionalidades.

Otro es el cantar de Alejandro Magariños Cervantes en Caramurú (1850, Madrid), obra que al  imaginar un lector ignorante dedica un extenso pasaje a una caracterizaciόn del «gaucho». La caracterizaciόn(11) que realiza Magariños también insiste en la excepcionalidad, aunque esta aparezca sin parangόn ni término de comparaciόn, contrariamente a lo que Dumas hacía aparecer en su escritura. Dicho de otro modo, si el «gaucho» de Magariños es excepcional («carácter excéntrico y original que no conoce más leyes que su propio capricho»), lo es por su condiciόn de «amalgama» («inclinaciones e ideas de vida nόmade y salvaje, amalgamadas con las de la civilizaciόn»). Su excepcionalidad emana de su hibridez, de su mestizaje, de su dimensiόn quimérica (mitad civilizado, mitad salvaje; mitad hombre, mitad caballo), y se expresa en una fisonomía y en un acicalamiento indumentario («los rasgos de su fisonomía y de su caprichoso traje») que lo singularizan absolutamente: «Baste esa descripciόn para conocer que es un gaucho el héroe de nuestra historia, porque solo ellos visten de esa manera», concluye Magariños.

De esta poética de la hibridez (criollez, mestizaje, indigenismo, etc.) singular e intraducible, diverge Alexandre Dumas, con su poética de la traducciόn irrestricta, e inclusive, del travestimiento. En efecto, es un lugar común en la caracterizaciόn del «gaucho», la atenciόn pormenorizada a su vestimenta. Sin duda alguna, esta atenciόn descriptiva es constitutiva de aquello que, a partir de comienzos del siglo XIX, llamamos «literatura» y que hace entrar en su discurso no solo la descripciόn -el tiempo estancado de la inacciόn en que las cosas solo son y significan con su «parole muette»(12) – sino una multiplicidad de objetos hasta entonces sin jerarquía alguna en el mundo de la poesía(13). La inclusiόn y descripciόn de objetos viles, prosaicos por su cotidianeidad sin historia (sin mito, sin poesía) es, entonces, una operaciόn discursiva constitutiva de lo que hoy reconocemos como «literatura», o de lo que, a partir del siglo XIX empieza a ser designado por ese término. Dentro de ese gran movimiento desjerarquizador de objetos y de seres, también conocemos el lugar que la novela decimonόnica construye para la vestimenta. Ya Balzac había afirmado que la Revoluciόn también había sido el debate entre el «paño» y la «seda», por ser «le costume le plus énergique de tous les symboles»(14).  

En este marco discursivo se inserta la atenciόn que prestan unos y otros a la indumentaria, cuando se trata de definir al «gaucho». Así entendemos la pormenorizada descripciόn que hace Magariños Cervantes(15), o el juego entre «capa» y «poncho» en el comienzo de Amalia, de José Mármol. También, como dijimos antes, Magariños Cervantes elabora una figura de «gaucho» hecha de una hibridez singular e intraducible, al punto que la vestimenta permite reconocer al personaje, como en la commedia dell’arte, aunque no es seguro que Magariños aceptara esta comparaciόn, sino que tal vez prefiriera decir «como en la realidad»… 

Esta no es, por cierto, la perspectiva de Alexandre Dumas, quien dedica escasa atenciόn a lo vestimentario, pues solo menciona el poncho y dos atributos: el lazo y las boleadoras (2007:27). A esta escasa atenciόn, se suma el relato de una broma desarticuladora de esencias intraducibles, la mofa de algunas señoras porteñas a lo que ellas llaman el «gaucho travesti» (2007:40). Si hay damas que en las tertulias porteñas, cuando aparece Rosas, se burlan de él llamándolo «gaucho travestido», esto significa que el aserto de Magariños «vestirse así es ser gaucho–ser gaucho es vestirse así» falla con facilidad, como lo prueba la doble e irreconciliable posibilidad (fallida para algunos como las tertulianas burlonas; exitosa para otros como Rosas, satisfecho con su caracterizaciόn). Contrariamente a lo que afirma Magariños, no hay feliz continuidad entre esencia y apariencia, sino que hay, como recuerda Dumas, juego y travestimiento(16). En consecuencia, solo queda participar en el gran movimiento metaforizador, traductor. Nόtese la distancia -estética y política- que hay entre el «gaucho» híbrido, quimérico, mestizo, criollo, pero provisto de una esencia/apariencia que inconfundiblemente lo distingue del resto del planeta (y por eso poseedor de una «identidad»), y el «gaucho» travestido, que juega con incierto resultado la posibilidad de la identificaciόn. 

José Mármol percibirá esa divergencia y la discutirá explícitamente en Amalia (1851, Montevideo-Buenos Aires). 

En efecto, en Amalia, José Mármol también participa de esa poética de la hibridez del «gaucho», «ese ser que por sus instintos se aproxima al hombre de la Naturaleza y por su religiόn y por su idioma se da la mano con la sociedad». Entre español e indio, entre hombre y animal, entre jinete y caballo… Para Mármol, esta singular hibridez hace que «por sus hábitos no se aproxima a nadie, sino a él mismo»; solo prόximo de sí mismo, solo semejante a sí mismo, para José Mármol, el «gaucho argentino no tiene tipo en el mundo, por más que se han empeñado en compararlo unos al árabe, otros al gitano, otros al indígena de nuestros desiertos» (1855:282)(17). 

Del anterior dardo lanzado por José Mármol, puede colegirse que quien se empeñό, a pesar de la singularidad irreductible del «gaucho», en compararlo con el árabe es, justamente, Esteban Echeverría, en sus glosas de «ombú» y de «tolderías», en las que sucesivamente, el «ombú» es comparado con la «palmera en los arenales de Arabia» y las «tolderías» con «conjunto de chozas o el aduar del salvaje», siendo «aduar» término que proviene de la lengua árabe. Puede inferirse que, si el ombú en la pampa es como una palmera en los arenales de Arabia y si las tolderías son como aduares, entonces el gaucho es como el árabe; inferencia perfectamente intolerable para quien está abocado, como lo está José Mármol, a construir una singularidad sin parangόn, sin traducciόn.

A menos conjeturas se presta la identificaciόn de quien se empeñό en comparar al «gaucho» con el «gitano», ya que esta denuncia de José Mármol nos remite directamente a la caracterizaciόn dumasiana del «gaucho» como «le bohémien du Nouveau Monde». Claro que por ignorancia fingida o genuina, Mármol asimila, sin más, «bohémien» y «gitanos», términos que, como antes vimos, a mediados del siglo XIX ya no se recubren sin resto. El desliz de «bohémien» a «gitano» realizado por Mármol trivializa la metáfora de Dumas, reduciéndola al simple rasgo del «nomadismo». Tan inequívoco es el destinatario de la saeta de Mármol que unas líneas más abajo, el autor de Amalia se refiere directamente: «darse la mano con la civilizaciόn europea, como acaba de pretenderlo no sé qué mal conocedor de nuestra historia europea, que ha escrito no sé qué con el título de Nueva Troya, era cuanto se necesitaba para no ser más de lo que fueron el abuelo y el bisabuelo… » (1855:285).

Nítidamente, Mármol pudo percibir y rechazar la poética y la política que Alexandre Dumas llevaba adelante en Montevideo ou Une nouvelle Troie, poéticas y políticas asentadas en la traducibilidad de los mundos, en su deseable equivalencia. En alguna medida, Esteban Echeverría suscribe este pensamiento dumasiano que desjerarquiza y desubstancializa (porque substancialmente -patentemente- un ombú en la pampa y una palmera en el desierto no tienen nada que ver; sin embargo, algo fundamental las vuelve comparables, como son comparables Montevideo y Troya, o Marcelino Sosa y Héctor, o la señora de Correa y una mujer lacedemonia, o las fuerzas artiguistas y los sans-culottes).

Contra esto protesta José Mármol, por su parte empeñado, como Magariños Cervantes, en construir lo excepcional hasta la singularidad incomparable e intraducible, id est, lo «americano». Por cierto, esta divergencia de miras alcanza no solo la figura del «gaucho» o del «indio» (recordemos las comparaciones/traducciones de Dumas a su propόsito), sino también situaciones y, fundamentalmente, el paisaje o, mejor dicho, una «Naturaleza» presentada como origen y fundamento de la excepcionalidad americana. También aquí encontramos la disidencia entre una monumentalidad intraducible que solo reclama la celebraciόn de su singularidad y una monumentalidad traducible, comparable, pensable: la pampa como vasta planicie, la pampa como estepa. 

3. La singular hibridez victoriosa

Por cierto, los términos de este conflicto estético y político siguen hoy vigentes, con clara ventaja para las posturas herederas de Mármol que han hecho de la hibridez o del mestizaje un esencialismo diferenciador, una «identidad» destinada a ser buscada y conservada (o en su versiόn cinética: construida en su devenir).      

Irόnicamente, estas posturas esencialistas, negadoras de la traducciόn y de la metáfora aparecen también en textos franceses. Véase por ejemplo el ya mencionado Grand Dictionnaire Universel du XIX (1872) de Pierre Larousse. En un breve párrafo introductorio, se define a los «gauchos» como «habitants de l’Amérique du Sud disséminés dans les pampas de l’État de Buenos-Ayres» y «les pampas» son referidas como «ces vastes steppes du nouveau monde». Luego, en las tres extensas columnas que siguen, este diccionario enciclopédico recorrerá todos los lugares comunes que constituyen al «gaucho» (figura quimérica: mitad hombre/mitad caballo, mitad español/mitad ser natural; libertad/sociabilidad; alimentaciόn cuasi animal (carne y agua); vestimenta (propia y de su montura) muy pormenorizada; rivalidad con el indio, de quien es víctima, etc.). El recorrido a través de estos lugares comunes solo reconoce un término comparable, cuando se afirma que «comme tous les vrais fils du désert, le Gaucho pratique noblement l’hospitalité »(18). Fuera de esta oportunidad, en que se equipara al «gaucho», por su noble hospitalidad, con «todos los verdaderos hijos del desierto», en ningún otro momento esta enciclopedia trae, para hablar del «gaucho», elementos lejanos, extraños o ajenos: en el Grand Dictionnaire Universel du XIX, como en Mármol y en Magariños Cervantes, el «gaucho» es tratado como una excepcionalidad, como una singularidad sin término de comparaciόn posible.

De semejante modo, una perspectiva fundadora de diferencia absoluta entre ambos mundos puede encontrarse en Alphonse de Lamartine. El poeta, desde comienzos de los años 40, es contrario a la intervenciόn de Francia en el conflicto del Río de la Plata. Uno de sus argumentos recurrente es que la política del Estado francés debe obedecer a los franceses de Francia, y no a los franceses «expatriés volontaires», es decir, a los franceses de Montevideo, los que más tarde formarían la Légion de Volontaires Français y fundarían el periόdico Le Patriote Français. Escribe Lamartine en La Presse: «Il faut que cela finisse, il faut que les Français expatriés volontaires sachent que les 30 millions de véritables Français qui vivent, travaillent, obéissent, combattent pour la France ne se croient pas tenus de payer leur impôt, de donner leurs enfants, de verser leur sang au gré de quelques agents commerciaux enivrés de leur importance, pour quelques centaines d’individus résidant je ne sais où, qui ne paient pas, qui n’obéissent pas à nos lois, qui ne combattent pas pour leur pays, qui ne se souviennent qu’ils sont Français que quand il faut être défendu par nous, et souvent pour des actes que je ne veux pas qualifier» (25/IV/1841).

El razonamiento de Lamartine, para sostenerse, debe apoyarse en la insalvabilidad de la oposiciόn entre «les Français expatriés volontaires» y los «30 millions de véritables Français», entre los genuinos y los falsos franceses. Para que los franceses de Francia no presten atenciόn a los franceses de Montevideo, una diferencia sustancial e insalvable debe negar la igualdad de los ciudadanos. (El simple hecho de que, desde principios del año 1849  el enviado del gobierno montevideano José Ellauri había visitado las cárceles francesas para reclutar para el gobierno de la defensa de Montevideo cuatro o cinco mil insurrectos que habían logrado salvarse de ser masacrados en las barricadas de junio de 1848 e, igualmente, el hecho de que a principios de 1851, Melchor Pacheco y Obes se ocupaba en París de equipar barcos para el transporte a Montevideo de los franceses alistados en una oficina en la Chaussée d’Antin(19) probaban la facilidad con que podía pasarse de la condiciόn de «véritable Français» a la de «Français expatrié volontaire», por lo tanto, la debilidad que suponía fundar una argumentaciόn en una diferencia sustancial, no política, como lo es, el concepto de «ciudadano». 

Por cierto, este debate no ha cesado en Francia; su último episodio resonante tuvo lugar cuando en 2015 el entonces presidente François Hollande, cediendo a los deseos de la extrema derecha, propuso privar de la nacionalidad francesa a quienes, acusados o culpables de delitos vinculados con el «terrorismo», tuvieran otra ciudadanía. Afortunadamente, François Hollande, ante las protestas de buena parte del espectro político, dio marcha atrás y retirό el proyecto acusado, entre otras cosas, de lesionar el principio de igualdad entre los ciudadanos(20). 

Durante los primeros años del sitio, los franceses de Montevideo que tomaron las armas para la defensa de la ciudad y se organizaron en la Légion de Volontaires, fueron amenazados, por el propio consulado francés, con el retiro de la ciudadanía francesa y en más de un caso la amenaza se materializό(21).  

En su argumentaciόn, Alphonse de Lamartine sitúa a los franceses expatriados, (opuestos a los «verdaderos») residiendo «je ne sais où». La fόrmula es muy poco cortés -«viviendo no sé dόnde»- porque supone un punto de vista esencialista: fuera del lugar de residencia de los franceses «verdaderos», cualquier otro lugar de residencia es tan diferente, tan incomparable con el de los «verdaderos» que ni siquiera puede hacerse acreedor de un nombre. Sin nombre, es la diferencia absoluta, perfectamente innombrable. Puede denostarse, pero no puede nombrarse y, menos todavía, podría traducirse, compararse, parafrasearse, equipararse. 

Aunque en clave antipática, esta postura es bastante afín a la sostenida por José Mármol, por Magariños Cervantes, por el Dictionnaire Universel du XIX de Pierre Larousse. Ambos creen en esencias, que luego con el paso del tiempo, en el ámbito americano pasarán a ser llamadas «identidades» (hechas o en devenir), vinculadas a territorios, razas, sangres, objetos, vestimentas, costumbres, naturalezas. 

Alrededor de 1850, esa postura se diferencia claramente de la que sostiene, en Montevideo ou Una nouvelle Troie, Alexandre Dumas que, por si quedaba alguna duda, escribe: «la nationalité repose dans les idées» (2007:110).Varios años antes, en los primeros meses del sitio de Montevideo, Le Patriote Français había publicado unos octosílabos rimados, que en son de broma algo de eso decían:

El gaucho Jacinto Cielo Al Patriota Francés

Aunque V. no es Oriental
Señor Patriota Francés,
Los gauchos sabemos que es
Un patriota liberal
Y como es accidental
Ser Francés o Americano;
Lo estimo como a paisano,
Porque dice quien lo entiende
Que V. muy lindo defiende
La causa contra el tirano(22).


1) Estoy incluyendo la traducciόn dentro de las prácticas del «como si», fundamento ficcional de la lengua y fundamento lingüístico de la ficciόn. Cf. Sandino Núñez Psicoanálisis para máquinas neutras, Montevideo, Hum, 2017; Alma Bolόn «Literatura, mapa sin territorio: en su procura» in El animal letrado: literatura, verdad, política, Montevideo, H Editores, 2016.

2) Cf., entre otros posibles, Le partage du sensible (2000), Politique de la littérature (2007), Aisthesis.Scènes du régime esthétique de l’art (2011), etc.

3)Montevideo ou Une nouvelle Troie, Alexandre Dumas, Amiens, Cahiers Alexandre Dumas. Société des Amis d’Alexandre Dumas, 2007. 5Avant-propos de Pierre Gintzburger.Préface de Jacques-André Duprey.

4)Véase, por ejemplo, Le Constitutionnel: «Rosas, ce Néron de l’Amérique, bouffon et cruel» (30/IV/1844).

5) En sentido estricto, le chevalier Bayard no fue poeta, sino espejo de la caballería, flor y nata del «caballero sin miedo y sin reproche», según lo inmortalizaron las narraciones de Jacques de Mailles, su compañero de armas.

6)Tal es el cálculo que realiza Pedro Luis Barcia en su estudio sobre los argentinismos en Echeverría, disponible en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-anotaciones-de-echeverria-a-los-argentinismos-inclusos-en-sus-poemas/html/f522135c-abc1-11e1-b1fb-00163ebf5e63_2.html#I_0_). Agradezco a Adriana Cabakian el conocimiento de este estudio.

7) Sigo aquí la perspectiva foucauldiana y, más particularmente, la de Michael Löwy en «Qu’est-ce que le romantisme révolutionnaire» in Le romantisme révolutionnaire, Europe no.900, París, abril de 2004. 

8) Karl Marx, «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», in Obras Escogidas, Tomo 1, Carlos Marx y Federico Engels, Moscú, Ediciones en lenguas extranjeras, circa 1955, p.309.

 9) Sigo la versiόn de: http://www.alexandredumasetcompagnie.com/images/1.pdf/LeComteHermann.PDF

10) Las relaciones de Alexandre Dumas con «el orden» y los poderes instituidos distan se ser sencillas. Para el período 1848-1851, Claude Schopp muestra cόmo Dumas apoya la insurrecciόn antimonárquica y luego se suma al «Parti de l’ordre», reuniόn de legitimistas y orleanistas que, en un primer momento, apoyan la candidatura presidencial de Louis-Napoléon Bonaparte. Rápidamente Dumas tomará nota de las decepcionantes políticas de esos años y partirá al exilio en Bruselas, junto a su amigo Victor Hugo, a cuya captura había puesto precio el príncipe presidente, ahora golpista. Claude Schopp, Alexandre Dumas, París, Fayard, 2002, pp.411-446. 

11) Mucho habría para comentar sobre esta caracterizaciόn propiamente literaria (ficcional), que juega a ser retrato verídico.

 12) Cf. Jacques Rancière, en particular, La Parole muette. Essai sur les contradictions de la littérature, Hachette, 1998 (réédition poche, Hachette Pluriel, 2005).

13) Recordemos los problemas de decoro y/o políticos suscitados por el empleo de términos «bajos» en la tragedia; escribe Walter Benjamin que la traducciόn de Othello que hizo Alfred de Vigny fue un fracaso, justamente, por la palabra «pañuelo», cuya menciόn en una tragedia resultaba insoportable («Le Paris du second empire chez Charles Baudelaire», in Charles Baudelaire, París, Payot, 2002, traduc. de Jean Lacoste, p.143.) 

14) Traité de la vie élégante (1830), Honoré de Balzac.

15) Cf., por ejemplo: «sombrero portugués […] adornado con algunas plumas de pavo real […] un ramito de flores silvestres […] cinta […] seda […] botanadura de plata de su poncho, especie de capa cerrada que se mete por la cabeza […] el halda de su poncho […] un pañuelo de espumilla formaba el chiripá […]». (Caramurú, p.) Como se dijo antes, esta descripciόn subraya el carácter híbrido del personaje, cuya prenda emblemática -el poncho- es traducido en términos de «capa» a la que se le atribuyen «haldas», como a cualquier «capote» («capote de dos haldas», cf. D.R.A.E.).     

16) Es notorio que el enmascaramiento es una dimensiόn discursiva y metafísica fundamental del folletín, remito aquí a mi «Ducasse y Onetti se encuentran en Rocambole», in Revista Orbis Tertius, Universidad Nacional de La Plata, 2017 http://www.orbistertius.unlp.edu.ar/article/view/OTe54. En el caso de Alexandre Dumas, alcance con recordar los sucesivos travestimientos del Conde de Montecristo, una vez abandonada su condiciόn de Edmond Dantès.

17) Amalia, Cuarta Parte, cap. VIII «La guardia de Luján y Santos Lugares»; sigo ediciόn en línea, cuya declarada fuente es la segunda ediciόn de 1855: http://files.literatur-arte.webnode.es/200000063-cd969cf8b6/Marmol,%20Jose%20-%20Amalia.pdf

 18) http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k205360r/f1079.item.r=.langFR.zoom

 19) Hubo 7500 inscriptos, de los que fueron seleccionados 3000, que ya llevaban varias semanas de ejercicios militares cuando Luis Napoleόn Bonaparte ordenό no seguir con ese plan. Tomo estos datos de Claudio María Braconnay, La legiόn francesa en la defensa de Montevideo, Montevideo, Claudio García, 1943, p.274.

 20) Cf., por ejemplo, el editorial que dedicό este tema el diario Le Monde, insospechable de cualquier extremismo: http://www.lemonde.fr/politique/article/2015/12/24/decheance-de-nationalite-la-double-faute-de-francois-hollande_4837846_823448.html

 21) Cf., por ej., Le Patriote Français

 22) Le Patriote Français, 17 de julio de 1843.

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