a Hugo Vitale

ENSAYO

Por Santiago Cardozo

1. En el principio fue el padre

Artigas es nuestro padre, nuestro héroe, nuestro prócer. Y es, paralelamente, el traicionado, como lo canta Zitarrosa, nuestro mesías y Año I de la Orientalidad, punto de referencia de la Era Artiguista en el calendario oriental-uruguayo. Asimismo, como un fantasma de uniforme militar, está ahí, mirando la “cámara” (amonestando al mirón) en el congelamiento corporal del pincel y en el desafío que, desde el pasado imaginario de la tela, le lanza al pasado. 

Pero también es el viejito de cuyo nacimiento se ha hecho el día del abuelo. Quizás, inspirados en el retrato de Demersay, la imagen de ese Artigas debilucho, frágil, a punto de expirar, que no se condice con el prócer apostado estoico y amenazante en la Puerta de la Ciudadela o aquel otro que, peinado con una raya al costado y medio engominado, ofrece, con indiferencia hacia la historia, su nariz aguileña a la postrera descripción que le pone un rostro, tan necesario como deseado, a nuestro padre, devenido progenitor de sí mismo, el día del abuelo haya terminado por ser una instancia en la que podemos ver la maleabilidad de Artigas y, sobre todo, el patriotismo ridículo y contumaz construido a su alrededor y ejercido en su nombre.

2. La identidad negativa del signo lingüístico

Una ausencia y su representación; el nombre oblicuo de una falta, la materia significante de un vacío, una torcedura o un desplazamiento: esto es el lenguaje en su relación con los objetos de la realidad; esta es la lógica de su funcionamiento, que nunca puede obtener la plenitud homeostática de la referencia, el apacible equilibrio de la denotación transparente, supremo deseo de la comunicación, del hablante ingenuo que no trata con la lengua, sino que la usa (la categoría lingüística o pragmática de usuario de la lengua es tan corriente como sospechosa). De un lado, palabras; del otro, cosas; de un lado, el sistema lingüístico; del otro, el afuera o el exterior del sistema. Un signo se define por la relación arbitraria y necesaria entre el significante y el significado y por el juego de oposiciones y diferencias con otros signos, de suerte que la identidad del primero está constituida por la presencia de los segundos, que actúan en aquel a modo de ausencia. Si un signo es todo lo que los demás no son (insoslayable enseñanza saussureana), su identidad no se localiza en él mismo, pero tampoco en lo que los otros signos podrían darle, en la medida en que estos no tienen lo que aquel precisa para establecer su identidad. Por lo tanto, la identidad de un signo lingüístico es doblemente negativa y no puede situarse en ninguna parte del sistema de la lengua, no tiene lugar en la que pueda ser localizada; en todo caso, aparece, a título de negatividad, en la relación misma que un signo mantiene con los otros, pero una relación que no puede ser representada positivamente, que carece de toda sustancia. He aquí, pues, el punto crítico de la referencia, de esa petición o demanda de sentido que el hablante, por defecto, le lanza al lenguaje, petición o demanda que desea coincidencias entre signos y referentes, entre la lengua y el mundo. Pero, como sabemos, esta coincidencia no es más que una fantasía imaginaria (perdóneseme el pleonasmo) que carece de todo fundamento lingüístico y ontológico.

3. En la referencia, el deseo y el silencio

Lo que distingue fundamentalmente el lenguaje animal del humano es que el así llamado lenguaje animal nunca es equívoco, mientras que esta equivocidad es constitutiva […] de todas las lenguas en que un pueblo condensa las experiencias, se puede decir, individuales, que le interesaron.

Jacques-Alain Miller, Seminarios en Caracas y Bogotá

Así, como puede comprenderse, la relación de un signo con su referente es problemática por definición y nunca puede dar lugar a una plenitud referencial sustentada en el objeto referido y tampoco, en la misma media, en el significado del signo, en la descripción que implica o en el conjunto de rasgos que componen su “esencia” semántica. Esta relación es siempre equívoca, errática: yerra en su blanco, se multiplica en diversas direcciones, se queda corta, se interrumpe de forma imprevista, vuelve a ocurrir en el interior de un discurso determinado, aparece inter-dicta por otros significados o por los afectos que, como efectos del decir, produce todo enunciado. La inter-dicción supone no solo un diálogo entre discursos (Bajtín, Volóshinov), sino también la presencia de lo real (lo que no cesa de no inscribirse, lo que no puede ser representado en la lengua, lo que no tiene lugar en el sistema lingüístico más que a título de ruptura, de oquedad) en lo imaginario (el significado del signo), la forma en que lo real del decir perfora la fantasía comunicativa, provocando efectos de equívoco y agujeros en el sentido a través de los cuales penetran el deseo y el silencio en el contenido de lo dicho como aquello que no se dice (lo no-dicho). Lo no-dicho es, pues, constitutivo de lo-dicho, pero no bajo la forma de lo implícito, sino como aquello que, silenciado, no “pasa” al discurso, no encuentra su lugar en la ejecución de la lengua; como aquello que asegura, porque produce, la polisemia, la ambigüedad, la homonimia, el lapsus, etc. 

4. Artigas es una palabra

Como signo, el Nombre propio se presta a una exploración, aun desciframiento: es a la vez un “medio ambiente” (en el sentido biológico del término), en el cual es necesario sumergirse bañándose indefinidamente en todos los ensueños que comporta, y un objeto precioso, comprimido, embalsamado, que es necesario abrir como una flor.

Roland Barthes, “Proust y los nombres”

La palabra “Artigas” es una especie de término mágico que despeja cualquier tipo de dudas o sospechas sobre nuestra identidad nacional, especie de desparpajo que todo colectivo define para encontrar la cohesión ideológica necesaria a fin de constituirse performativamente como sujeto político (como un pueblo, que proviene de las entrañas del “pueblo oriental”, un pueblo parido por Artigas, divorcio de la Madre Patria mediante; un pueblo que, huelga decirlo, fue parido por el culo y, por ende, carga con toda su suciedad). Llegado el caso, es la materia prima misma –la hechura, pero también la achura– de la que está hecha esta identidad y el punto sólido en el aire que la sostiene y la mantiene con vida. La escuela, con sus discursos y sus protocolos, con sus manuales y su prédica casi religiosa, con la conformación de un espacio sagrado que se corona, en sus paredes, con diferentes imágenes del héroe oriental y una larga tradición que repite la misma cantinela histórica sobre “nuestro padre”, ha sido, sin que esto constituya un descubrimiento ni mucho menos, un pilar fundamental en la producción y

reproducción del mito artiguista. Dentro de esos protocolos oficiales, está la promesa de la bandera, de la que nadie puede zafar, pero que nadie entiende mucho; evento patrio percudido de rancio encierro. 

Así pues, el nombre “Artigas” designa el procedimiento mediante el cual los orientales-uruguayos (tensión irresuelta) llenamos el vacío constitutivo de las sucesivas identificaciones que operamos para forjarnos una cohesión nacional, transformándolas en la estabilidad identitaria que permite la homeostasis de un goce infinito alrededor de la figura del Jefe de los Orientales. Este goce aparece socialmente materializado en el conjunto de frases de Artigas que circulan por doquier, extraídas de su contexto de ocurrencia (la cita siempre es hija de una descontextualización y da espacio a una recontextualización) como enunciados que flotan en el aire y que, como sentencias gnómicas, piden adhesión, apego, estremecimiento o emoción por la potencia retórica y moral de su contenido y su forma (“Sean los orientales tan ilustrados como valientes”, “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”, “Es muy veleidosa la probidad de los hombres, sólo el freno de la constitución puede afirmarla”, “Que los más infelices sean los más privilegiados”).  

El carácter sentencioso de las frases de Artigas, adoptado fundamentalmente como efecto de la descontextualización de las citas y de su circulación social, inmortaliza su figura y permite que cada frase pueda ser aplicada, ayer, hoy y mañana, a circunstancias bien diversas (un padre puede decirle a sus hijos, a título de broma y con una pequeña variante, “Mi autoridad no emana de vosotros y tampoco cesa ante vuestra presencia soberana”). Cada uno de los enunciados en cuestión parece funcionar como un objeto a (Lacan), a partir del cual la totalidad desconocida del blandengue heroico (no hay rostro ni voz; no hay cuerpo sino como cenizas) queda sublimada por el efecto de sus fragmentos (las frases). Cada frase, en y por sí misma, tiene la capacidad de elevarse a la posición de la totalidad y, desde ahí, sinécdoque mediante, iluminar y consolidar la estatura moral, política, ideológica, en una palabra, histórica, de Artigas. Como voces (en algunas ocasiones gritos, demandas, evocaciones a viva voz; en otras, murmullos o susurros, incluso como el “sírvete” vallejiano del poema XXVIII de Trilce) que vienen del pasado original de nuestra nación, las frases de Artigas (espectro inadecuadamente simbolizado) constituyen diversas vías de acceso a su pensamiento, fraguado, como dije, en el divorcio de la Madre Patria: somos hijos de un padre al que nunca le vimos la cara y que nos dio a luz como resultado de la separación de “nuestra madre”; pero también somos nietos de ese mismo padre, que parece haberse engendrado a sí mismo el 19 de junio (mientras se promete la bandera en los patios escolares, afuera se celebra el día del abuelo, combinación ridícula que echa por tierra toda pretensión de solemnidad, todo intento más o menos serio de construir una identidad oriental-uruguaya o una descendencia patria). Así, preñado de un pueblo que empujaba su gestación, Artigas nos dio la vida y ahora, siempre, reconocemos en él la deuda que todo hijo mantiene con su progenitor, especialmente en un caso como el suyo, por la traición de la que fue objeto y el raje al Paraguay.

5. La mitología centrípeta/centrífuga de la patria

En la línea del “análisis mitológico” abierta, es interesante y atractivo realizar una lectura del poema de Líber Falco “La expatriación”, en el que la voz del poeta observa cómo Artigas abandona la Banda Oriental para internarse en la espesura de la historia (el viaje hacia Paraguay que, finalmente, termina siendo a Paraguay, donde la historia permitió e incentivó una infamia nacional, una ignominia insalvable contra los parientes de significante). Lo primero que debe destacarse es, precisamente, el nombre del poema, que contiene al término “patria”. Aquí, vemos el juego de que la palabra “expatriación” parece nombrar directamente lo que “exilio” podría decir de manera oblicua, como si fuera un eufemismo. Si en otros contextos históricos “exilio” funcionó como la forma directa de decir las cosas, evitando caer en los eufemismos despolitizados que podrían sustituirla (como “irse del país”), en el poema de Falco es necesario dejar establecido que Artigas abandona, por el accionar de sus congéneres, la patria que lo vio crecer y por la cual había emprendido la lucha revolucionaria. Si podemos pensar, jugando con la virtualidad de la lengua, una “patriación” como el proceso y el resultado de “encarnar” o “hacer carne” la patria (hay una transitividad ineludible), es decir, como una crianza bajo la abrigo de la patria, el prefijo “ex-” se lee de otra manera, con otra fuerza histórica, como una inaplazable autocrítica.   

El poeta se interroga en la primera estrofa:

¿Quién cruza el río?

¿Quién lo cruza triste?

¿Quién, callado, quién?

Triste, ¿quién? [1]   

La repetición de la pregunta con el interrogativo “quién” parece transformarse, por la insistencia inquisitiva, en un “por qué”. El poema nunca da las razones ni ofrece hipótesis: se limita a constatar la expatriación y a señalar la relación de Artigas con su América (la política integracionista de Artigas, la lógica de la solidaridad entre las naciones: el “su” proviene de esa ideario, de esa reivindicación política; en estos encuentra su sostén). Desde lo alto de la mirada del poeta, es posible valorar el estado anímico de Artigas, que, como si se desplazara cabizbajo, sin nada más para decir o dejar dicho, tiene su voz en su propia marcha hacia “el corazón de su América”, donde se encontrará, dice el poeta, “A solas con su muerte”, con quien no tendrá la ocasión de saldar deudas más que aquella que salda consigo mismo, en la agobiante tranquilidad paraguaya. Así, la patria que lo parió fue también la patria que lo expulsó, que lo “dio en adopción” como un rechazo de sus “hermanos” e, incluso, de sus primeros “hijos”, rechazo que su descendencia posterior ha querido conjurar en la multiplicación infinita de la iconografía en el ornato público. [2] 

A través de los ojos del poeta, asistimos a las ventanas íntimas de la historia, al patio trasero por el cual Artigas tuvo que emprender el exilio y, paralelamente, al dolor de quien tiene el privilegio de verlo, envuelto en la oscuridad de la noche que eligió para irse y de la historia nacional que lo expulsó, condenándolo a la pena más deshonrosa, más humillante, que Sócrates evitó tomando la cicuta: la expatriación, el destierro. En ambos casos la muerte es lenta, pero, para Sócrates, lo vale, mientras que, para Artigas, constituye el ignominioso desenlace marcado por el ritmo que establece su envejecimiento, paralelo al olvido del que fue objeto por aquellos años del siglo XIX. 


Notas 

(*) Una versión previa de este texto fue publicada en la revista Vadenuevo, Nº 152 (3/III/21), con el nombre de “Fragmentos de Artigas: historia, enunciados, identidad”.

[1] Líber Falco, Tiempo y Tiempo, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2006, p. 113. Cabe señalar que este texto que integra un conjunto de poemas que Falco llamó “Artigas”.  

[2] Cfr. Martín Atme y Fernando Andacht, El padre nuestro Artigas, Montevideo: Estuario Editora, 2011. 

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