MARIELA MICHEL / ¿Por qué la pregunta del título? La maternidad siempre va a existir mientras exista la especie humana.  Y, sin embargo, en muchas instituciones de educación para la primera infancia, ha surgido la iniciativa de dejar de festejar el día de la madre. En general, la propuesta es cambiar esta celebración por la del “día de la familia”.  La razón principal esgrimida es que no todas las familias en la actualidad se constituyen de acuerdo al modelo tradicional: madre, padre, hijos. Se argumenta con frecuencia que existen familias monoparentales, o que podría haber familias constituidas por dos padres, por ejemplo. Algo equivalente sucede con la celebración del “día del padre”, en el caso de niños con dos madres.


ENSAYO

Y, por otro lado, también existen niños que están a cargo de instituciones de amparo. En páginas de internet, se pueden encontrar argumentos que defienden una posición discursiva emergente que se opone a este ritual de celebración de la maternidad. Personalmente, me he encontrado con esta tesitura frecuentemente en el ámbito de la educación en primera infancia.  En una de esas páginas titulada “¿Por qué celebrar el Día de la Familia en lugar del Día del Padre o la Madre?” a la que accedí a través de una breve búsqueda, se pueden encontrar algunos de los justificativos para esta iniciativa. Copié aquí uno de estos que me interesó, porque atañe a aspectos emocionales que son centrales en relación al bienestar de los niños. En primera instancia debemos pensar en los niños, pues son los integrantes más vulnerables del vínculo materno-filial, y por lo tanto quienes más pueden ser afectados por decisiones como ésta. Uno de los objetivos mencionados en este sitio de internet para explicar esta propuesta es el siguiente: “Evitar el malestar emocional: para muchos niños, estas fechas tradicionales pueden ser dolorosas si han perdido a un progenitor, no lo conocen o no viven con él”

Desde el punto de vista psicológico, esta recomendación puede tener efectos negativos sobre esos mismos niños a quienes se intenta proteger. El dolor de la pérdida de un progenitor es uno de los más intensos que podemos sentir, sean cuales sean las circunstancias que la acompañan. Por ende, no es posible “evitar ese malestar emocional”. 

Tampoco es recomendable que se intente evitárselo a un niño. Esta afirmación no se basa en un conocimiento teórico sobre el proceso de duelo en general, sino en mi experiencia personal vivida por la pérdida de mi hermana en mi infancia. Mis padres hicieron todo lo posible por evitar que yo sufriese el dolor de esa pérdida por la forma repentina en que sucedió, y ellos decidieron que yo fuese a pasar unos días en la casa de unas primas de mi edad. Cuando llegué, recuerdo que ellas estaban decorando unas tarjetas de Navidad que habían dibujado. Les ponían azúcar sobre el pegamento que habían esparcido arriba de la superficie coloreada por ellas. Apenas entré en la casa de mi tía, el clima navideño y creativo me capturó casi totalmente. Pero, antes de dejarme invadir por esa diversión infantil, recuerdo haberles dicho que mi hermana había muerto. Una de mis primas, la menor de tres hermanas, me miró fijamente y me dijo con convicción: “no, no, eso no puede pasar…los niños no mueren.” Apenas dijo esa frase, mi malestar desapareció como por arte de magia: “Tiene razón”, pensé  inmediatamente, y me uní a la actividad lúdica dejando atrás a la niña en duelo que apenas unos minutos antes había dicho semejante disparate. Sin embargo, no sólo la dejé atrás, también la dejé sola. La angustia no había desaparecido y se hacía notar cuando en las noches, yo despertaba apesadumbrada con una incomprensible dificultad para volver a dormir, algo que por mi corta edad no recordaba me hubiera sucedido nunca antes, y que además ya no me era posible atribuir a ninguna causa evidente.  Es fácil caer en la negación, cuando una pérdida dolorosa acontece de modo sorpresivo. Pero mientras dura la negación y desaparece el malestar diurno, la angustia siempre va a persistir en  un lugar recóndito  de nuestra psiquis infantil y también adulta.  

Ya sea una separación irreversible como es el fallecimiento o una separación física en vida,  el dolor se debe al hecho en sí, y no al hablar sobre él o al evocar que ese hecho sucedió. No es el festejo del Día de la Madre en ausencia de la madre lo que causa el dolor, sino la ausencia de la madre en sí misma. Toda forma de hablar sobre ese hecho doloroso en un contexto protector, solo puede ser una forma de acompañar al niño en esa ausencia y favorecer el proceso de duelo. El duelo comienza con la negación de la muerte, pero  si persiste la negación, el proceso se detiene y no se llega a la aceptación de esa ausencia. En otras palabras, si se tratase de una separación con respecto a la madre, la negación impide que se puedan establecer nuevos vínculos con figuras de apego capaces de sustituir  el vínculo materno perdido  En el caso de niños que no viven con su madre,  siempre van a tener una figura de apego que desempeñe el rol materno. En un centro de primera infancia, durante una celebración, todo niño podrá encontrar  a alguien a quien regalarle su manualidad dedicada a mamá. 

La necesidad que un niño siente de decir la palabra ‘mamá’ no es algo que se lea en los libros de psicología. Al menos no exclusivamente.  Escribo estas líneas y me vienen a la mente unos cuantos niños que perdieron a su mamá, y muy poco tiempo después habían elegido a alguien a quien preguntarle: ¿te puedo decir mamá? Mencionaré solo dos casos. Un niño de 5 años que el día de la boda de su padre viudo con una mujer muy cariñosa con la que no había aún convivido, se acercó a ella, el mismo día del casamiento y le hizo aquella pregunta crucial, como si hubiese entendido que la consumación del matrimonio, de algún modo, lo había incluido también a él.  De modo similar, quedó grabado en mi memoria un momento muy breve del encuentro con una niña de edad similar, cuando yo tenía doce años, y visité con un grupo de voluntarios un centro de lo que en aquella época era el Consejo del Niño. Hoy, casi 60 años después, puedo aún visualizar su rostro inocente y escuchar su tono de voz suave, cuando antes de retirarme,  me miró a los ojos y me dijo con convicción “mamá”, antes de despedirme. Fue para mí una despedida ardua, y me dejó la convicción de que ella estaba pidiéndome una adopción que yo, con mi situación vital en ese momento no estaba en condiciones de asumir. 

¿Qué es lo que llevó al niño de 5 años a poner la carreta delante de los bueyes y no esperar a que la flamante esposa de su padre conviviera con él, y ejerciera el rol materno para llamarla ‘mamá”? ¿Qué es lo que llevó a aquella niña a adoptar una madre?  No es fácil responder por qué los niños necesitan de manera tan imperiosa decir la palabra “mamá”, pero también es difícil negar que lo necesitan de modo imperioso.  

Bueno, alguien podría contra-argumentar que el hecho de que se deje de festejar el Día de la Madre en los centros de primera infancia no quiere necesariamente decir que la figura de la madre esté perdiendo importancia en la sociedad en general. Esta celebración bien podría ser apenas un evento comercial, y en realidad sin duda lo es.  

El extendido temor al parto niega su naturalidad 

Pero hay otros abundantes signos de que la maternidad está siendo puesta en jaque por un discurso social y académico que emerge con gran energía y que está orientado a negar la relación entre maternidad y femineidad a través de la oposición entre ‘instinto’ materno y la ‘construcción social’, es decir, el relato edificado sobre esa idea. Una simple consulta en el buscador de Google sobre esta relación trae como resultado el siguiente párrafo:

El instinto materno es considerado mayoritariamente una construcción social y no un impulso biológico innato o universal, desvinculando la femineidad de la obligación de ser madre. Aunque existen cambios hormonales y cerebrales que favorecen el cuidado, la maternidad es una elección y un sentimiento variable, no un mandato natural para la mujer (énfasis agregado)

La autoría de este párrafo corresponde evidentemente a la ya conocida inteligencia artificial (IA), que emite su docta opinión desde el hoy reconocido podio de la sabiduría virtual. El énfasis en la palabra natural fue agregado, porque es esperable que una inteligencia que es artíficial tenga dificultades en relacionarse con el ámbito de lo natural. Si la inteligencia fuera realmente artificial, la maternidad también podría serlo. Por supuesto, una inteligencia artificial nunca podría acceder al ámbito de lo natural, eso le es ajeno por completo. Si lo que llamamos el ‘instinto materno’ definido por la propia IA como “una inclinación natural e innata de las madres para proteger, nutrir y cuidar a sus hijos” fuese artificial, seguramente esa inclinación debería atribuirse a un mandato que surge de una arbitraria construcción social. Es fácil aceptar que en el espacio virtual no hay lugar para el ámbito natural, todo allí es artificial. Así como las hermosas imágenes de exuberante vegetación o de montañas rocosas que nos ofrece nuestra pantalla son obviamente artificiales, construidas por un programa para reemplazar los hermosos paisajes naturales que anhelamos ver al abrir nuestras ventanas o al viajar, aquellas nunca podrán reemplazarlos. 

Al escribir este texto, empiezo a comprender el intenso temor que expresaron tener las estudiantes con quienes trabajé estos últimos años con respecto a todo lo relacionado con la maternidad: el malestar asociado al embarazo, el pánico al momento del parto, y la reticencia con respecto a la lactancia para evitar la incomodidad. Todo aquello que se vincula a la alegría, a la plenitud y a la vida estaba en ellas fuertemente asociado al riesgo de muerte y al dolor insoportable. También les despertaba imágenes de opresión y de pérdida de la libertad. Durante esas conversaciones resultó evidente que había una casi brecha generacional imposible de atravesar. En mi discurso, involuntariamente se colaban palabras y expresiones que dejaban en evidencia mi avanzada edad, a pesar de intentar ceñirme estrictamente al plano académico, y alejarme de la esfera de mi experiencia personal en ese tema. En una de esas clases, sin darme cuenta, usé la expresión ‘parto natural’. Sus rostros enseguida se transformaron, la conversación se detuvo y, por un momento, ninguna de ellas se animó a explicar su consternación. “Lo que pasa es que nos enseñaron otros docentes a no usar la expresión parto natural”,susurró finalmente una voz tímida desde las filas del fondo. Luego, alguien explicó: “lo que nos enseñan es que todos los partos son naturales, los que son por cesárea también”. Eso era para ellas tranquilizador, porque el parto considerado natural era lo que más terror les producía, y cuánto mayor la intervención médica, mayor era la seguridad que sentían.  La lejana época en la que parecía que la juventud tendía a buscar experiencias de parto no medicalizadas, con música, bañeras, en la comodidad del hogar, seguramente quedó muy atrás. 

¿Será que el jovencito Eros ha envejecido?

Esbozaré ahora una versión simplificada de los conceptos básicos psicoanalíticos por ser una de las primeras teorías que abordó el tema del papel de lo instintivo en el desarrollo humano. En los inicios del psicoanálisis, Freud describió la tensión básica entre dos púlsiones humanas: la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Para ilustrar la pulsión de vida recurrió a la figura del dios Eros (equivalente a Cupido) que, en la mitología griega, respresenta la atracción sexual, el amor y la fertilidad (búsqueda en Google). La pulsión se solía asociar a lo instintivo, lo natural. El placer se encuentra al servicio de la pulsión de vida. La importancia del placer en el desarrollo infantil llevó a que se planteara la necesidad de una instancia psíquica, el Super Yo, para explicar la conciencia moral que representa los límites del entorno social en el mundo interno (psiquis). Sin esa instancia sería imposible controlar las pulsiones que Freud comparó con  un caballo indómito y que describó como otra instancia psíquica que llamó el  Ello. Sin el Super Yo, el Ello tendería a desbocarse y llevar al jinete (la instancia llamada Yo) irremediablemente hacia el  tentador placer ilimitado, especialmente en esas etapas de gran vitalidad, que son la adolescencia y la juventud. En la niñez, el Super Yo aún no está desarrollado, y por eso es necesario el control externo a cargo de una persona adulta.  Se trata de un modelo triádico en el que lo placentero impulsa el camino hacia la  sexualidad y a la maternidad bajo la supervisión de las figuras de los padres internalizadas en el Super Yo. 

Pero en las conversaciones con mis alumnas, no se llegó a mencionar ningún aspecto placentero asociado a la maternidad y tampoco a la atracción sexual.  Los aspectos positivos de estas dos dimensiones de lo humano tan estrechamente relacionadas entre sí, parecían estar opacadas por el miedo al acercamiento erótico de los hombres, y por el temor al dolor y a la enfermedad en el caso de la maternidad. El placer del erotismo, que antes llevaba a los encuentros en bailes, a acercarse mucho con el perimido cheek to cheek, hoy fue desplazado por la desconfianza. En el modelo básico del psicoanálisis, la atracción es la que lleva a la búsqueda de la pareja fuera del ámbito familiar, luego de que el Complejo de Edipo instala la prohibición del incesto. Me refiero aquí exclusivamente a la relación entre hombre y mujer, no por negar o discriminar otro tipo de encuentro erótico, sino porque éste fue el tema de las conversaciones que tuvieron lugar en clase.  Una de las estudiantes relató, a modo de ejemplo, el caso de un hombre que la miró de modo prolongado a la distancia en el entorno  laboral cuando aún no la conocía, algo que ella interpretó como un gesto intimidador e incluso abusivo. Luego ella misma comentó que se trataba de un hombre amable con quien luego pudo desarrollar una amistad. Ese ejemplo fue considerado representativo de la experiencia de varias de las jóvenes presentes. 

Una lectura posible de las conversaciones con las estudiantes que mencioné aquí con base en la versión simplificada del  modelo psicoanalítico, sugiere que actualmente antes de que el inútil Super Yo pueda ejercer algún intento de represión, una actitud defensiva tiñe la interpretación de cualquier acercamiento erótico del sexo opuesto, y lo bloquea. Esto quizás no ocurra en todas las jóvenes, pero en mi experiencia, la interpretación de todo intento de acercamiento como agresivo fue mayoritaria.

Una cierta añoranza por aquel interjuego de miradas pícaras también revela mi edad. Hace unos años asistí a un documental sobre el surgimiento de los centros comerciales cerrados en Estados Unidos. A un grupo de mujeres jóvenes de raza negra, que no parecían estar en actitud de compras, el locutor les preguntó a qué venían a ese lugar. Ellas se miraron con picardía y con una amplia sonrisa y cierto desparpajo respondieron: “A mirar negros”.  Hace un tiempo ya que no se escuchan, en los programas radiales o televisivos, los acordes de canciones clásicas que antes escuchábamos hasta el cansancio, como la imperecedera sensualidad de “Garota de Ipanema”, que empieza con la palabra ‘mira’ (“olha”), hoy caída en desuso: “Olha que coisa mais linda. Mais cheia de graça. É ela menina que vem e que passa. Num doce balanço a caminho do mar. Moça do corpo dourado do sol de Ipanema” 

Mis jóvenes alumnas seguramente rechazarían com vehemencia el abuso cometido por Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes (1962) al incitar a mirar el balanceo de un cuerpo feminino dorado por el sol. Y no sería como en el caso de antaño por el temor a caer en el pecado. Podemos pensar que lo que se teme es a las manifestaciones de la naturaleza en todas sus formas, inclusive en el hoy excaserbado temor al sol y al bronceado de la piel. La artificialidad ha logrado erguirse en la gran protectora de la humanidad. Ella nos ofrece su inteligencia deshumanizada para ampararnos frente a las amenazas de la otrora protectora madre naturaleza. 

La protección de la madre natural

Casi sin pensarlo, se escribió en mi teclado la expresión “madre naturaleza”. Aquella a quien solíamos entregarnos con confianza para contrarrestar el estrés ciudadano de la ‘selva de cemento’, y que ha quedado excluida de las ventanas al mundo, de las pantallas  que hoy ofrecen acceso a un sustituto materno artificial que se esmera arduamente por competir con la sabiduría y la inteligencia de la madre natural. 

El poder protector de la madre naturaleza me llenó de estupefacción cuando vi el clásico experimento llamado “el precipicio visual” (Gibson y Walk, 1960) que muestra que los bebés que están en la etapa del gateo, detienen su paso frente a una superficie que simula un precipicio, a pesar de que se le incite a atravesarlo, debido a un “miedo a caerse” que está latente en su cerebro, pero que no se despierta hasta que se vuelven móviles. Esa fue para mí una evidencia que terminó de convencerme de que la naturaleza nos protege desde la primera infancia e incluso mucho antes de eso,  al preveer la formación del embrión en un ámbito tan seguro y acogedor. 

Pero una vez más, vuelven las voces de algunas estudiantes y docentes que en el ámbito de la educación para el trabajo con primera infancia alzan sus quejas frente a las teorías psicológicas que asignan un lugar protagónico en el desarrollo infantil a la madre: “esas teorías terminan por otorgar excesiva importancia, responsabilidad y carga emocional a la madre y a la mujer en general.” Esta no es una cita literal sino el resumen de varios comentarios escuchados a lo largo del año lectivo. Con frecuencia se sustituye en las clases la palabra  ‘madre’ por ‘cuidadora’ o incluso “cuidador”. 

Así, paulatinamente, el término ‘madre’  parece estarse convirtiendo en un tabú. El énfasis de la perspectiva de género en términos de políticas públicas o de derechos sociales o laborales, en muchos casos se confunde con un desdibujamiento de las diferencias entre hombre y  mujer, que va tiñendo los roles materno y paterno, que pierden la especificidad en cuanto a sus funciones. Cuando ese desdibujamiento se produce, se pierde la triangulación familiar que resulta del interjuego de tres roles irreductibles: madre, padre e hijo/a con consecuencias para el desarrollo infantil. 

¿Es necesario desdibujar el rol materno para mantener los valores que defiende el feminismo? Ese es el supuesto que defienden con buena intención las estudiantes con las que trabajé. Muchas de ellas mencionan su defensa al “género” femenino. En todas las conversaciones, su postura feminista invariablemente remite a la perspectiva de género (PDG) considerada unánimemente como la única teoría que tiene como objetivo salvaguardar los derechos de las mujeres y, con ellos, los de los niños. Más allá de que, sin lugar a dudas, el hombre también puede cumplir funciones vinculadas con el rol materno, el trabajo con familias y con niños me llevó a observar que existe una inclinación de las mujeres hacia el cuidado de los niños que no parece atribuible a un “mandato social” y, mucho menos, a un sentimiento de “obligación”. Las propias estudiantes mencionadas, a pesar de su esfuerzo argumental para negar la especificidad de la maternidad,  manifiestan  con su sola presencia, en desproporción de 30 o 40 mujeres con respecto a 1 o 2 varones, una inclinación a cumplir funciones de cuidado de bebés, hayan o no elegido tener hijos. En otras palabras, las mujeres nos inclinamos en un número llamativamente más elevado que los hombres a profesiones que se asemejan a la maternidad, a pesar de que tareas como la de educadora en primera infancia no está bien remunerada. De eso se desprende que no hay presión o valoración social que las empuje a realizarlo. Quienes eligen esa profesión, dificilmente puedan atribuir su elección a otra cosa que a una genuina vocación. 

Hace pocos días atrás, en una conversación con la filósofa argentina María José Binetti, investigadora del CONICET,  autora del libro “Mater/realismo: Aportes para una filosofía feminista de la diferencia sexual” (M. J. Binetti, 2018), que también es activista por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, tuve conocimiento de la existencia de un marco filosófico  que vuelve posible la defensa teórica de la femineidad sin que sea necesario desvalorizar o artificializar la maternidad. Esa posición se apoya en la teoría conocida como Feminismo de la Diferencia Sexual (FDS), una de cuyas iniciadoras fue la Dra. Luce Irigaray (1932- ), también filósofa con un perfil psicoanalítico. Se trata de una postura feminista que toma un camino alternativo con respecto a la perspectiva de género, y que incluso mantiene afinidades con ideas anteriores a la introducción de la noción de ‘género’ al universo conceptual del feminismo. La Dra. Binetti plantea que el FDS es el único modo posible de superar lo que se conoce como ‘el complejo de la maternidad’. Esta forma de ver la maternidad es, según Binetti, una construcción teórica que describe esa condición humana como opresora, y no da cuenta de su real potencial liberador: “Una afirma la diferencia como potencia creadora, relacional y recíproca, en clara referencia a la virtualidad procreadora de la mujer” (Binetti, 2018), que es una característica de la femineidad independientemente de si cada mujer opta por tener hijos o no. De ese modo, el feminismo hoy sigue manteniendo un pensamiento que termina por ser opuesto a los valores feministas que promulga defender, y termina por fragmentar a la mujer al desconocerla como ser integral. 

Frente a la necesidad de solucionar una falsa dicotomía que lleva a disociar  discursivamente femineidad y maternidad es necesario encontrar marcos teóricos que interpreten la maternidad como vivencia de plenitud. Por eso, considero trascender la visión de la PDG, y buscar nuevos modelos que sean afines a la búqueda feminista. Para esto, creo oportuno citar un tramo del trabajo final de investigación para la Carrera de Investigación en Estudios de la Mujer y de Género titulada En el Nombre de la Madre. Aportes para una Filosofía Matricial. (Binetti 2013, Universidad Nacional de Luján), que es una apertura a lo que la autora llama un futuro esperanzador:

“Frente a un feminismo de la primera ola que reivindicó políticamente a la madre a costa de la autonomía de la mujer, y un feminismo de la segunda ola que reivindicó la autonomía femenina a costa de la fuerza materna, creemos en un feminismo fundado en la libertad creadora de la mujer, cuyo paradigma absoluto lo constituye el vínculo materno. Para tal feminismo, los tiempos ya han madurado lo suficiente.

No hablaremos aquí de esta o aquella madre en particular – aunque sí también de ellas –, sino del principio, del elemento, del arjé y el origen materno de lo real, en cuyo Nombre se dice y se piensa la humanidad esencial, y cuyo seno concibe y contiene un modo de ser universal. Tal es el comienzo oculto de  nuestra historia y tal parece también, nuestro futuro.”

La búsqueda de la autonomía femenina en su integralidad es imperiosa. Si bien es cierto que la maternidad siempre existirá mientras exista la especie, el modo en que es concebida por la sociedad influye no solo en las mujeres que optan por tener hijos, sino en el modo de vivir la femineidad en general. La construcción de la maternidad como opresora puede operar como una profecía autocumplida, y así termina por teñir de oscuridad una experiencia vital y luminosa. El encuentro inicial con la madre y todo encuentro humano con la maternidad constituyen un faro para el porvenir de la especie. La capacidad de ser madre no se reduce a la experiencia puntual de tener o no tener hijos, aunque la abarca. La sociedad en general necesita, por sí misma, celebrar la maternidad en todos los momentos, sea o no el del festejo del Día de la Madre. Quitarle esa posibilidad a los niños en los centros de primera infancia sería dejarlos solos en una búsqueda primaria e ineludible.  Los niños saben mucho más que cualquier perspectiva o teoría de género que la maternidad forma parte inseparable de su desarrollo, y que anida en el seno de toda mujer. Esta virtualidad se cristaliza en una innumerable variedad de experiencias. Lo sabía aquel niño de 5 años, quien en su orfandad miró a una mujer que había conocido hace no mucho tiempo, y le preguntó esperanzado: ¿te puedo decir mamá?