ENSAYO

Por Aldo Mazzucchelli

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Querida lectora, querido lector de eXtramuros, tu te das cuenta de que la peste -sea una peste mayormente real o una peste mayormente inventada, fruto de un virus real e inventado a la vez- puede usarse para hacer política de la peor, ¿verdad?

El novelista, hace cuarenta y cinco años, ya lo sabía. «…pasaba horas insomnes en la hamaca preguntándose cómo carajo me voy a escabullir del nuevo embajador Fischer que me había propuesto denunciar la existencia de un flagelo de fiebre amarilla para justificar un desembarco de infantes de marina de acuerdo con el tratado de asistencia recíproca por tantos años cuantos fueran necesarios para infundir un aliento nuevo a la patria moribunda, y él replicó de inmediato que ni de vainas, fascinado por la evidencia de que estaba viviendo de nuevo en los orígenes de su régimen cuando se había valido de un recurso igual para disponer de los poderes de excepción de la ley marcial ante una grave amenaza de sublevación civil, había declarado el estado de peste por decreto, se plantó la bandera amarilla en el asta del faro, se cerró el puerto, se suprimieron los domingos, se prohibió llorar a los muertos en público y tocar músicas que los recordaran y se facultó a las fuerzas armadas para velar por el cumplimiento del decreto y disponer de los pestíferos según su albedrío, de modo que las tropas con brazales sanitarios ejecutaban en público a las gentes de la más diversa condición, señalaban con un círculo rojo en la puerta de las casas sospechosas de inconformidad con el régimen, marcaban con un hierro de vaca en la frente a los infractores simples, a los marimachos y a los floripondios mientras una misión sanitaria solicitada de urgencia a su gobierno por el embajador Mitchell se ocupaba de preservar del contagio a los habitantes de la casa presidencial, recogían del suelo la caca de los sietemesinos para analizarla con vidrios de aumento, echaban píldoras desinfectantes en las tinajas, les daban de comer gusarapos a los animales de sus laboratorios de ciencias, y él les decía muerto de risa a través del intérprete que no sean pendejos, místeres, aquí no hay más peste que ustedes, pero ellos insistían que sí, que tenían órdenes superiores de que hubiera…«

Órdenes superiores de que hubiera, evidentemente tenemos. Sino, no se habría impuesto un par, o tres pares, de cosas de lo más raras.
Una, que en lugar de proteger desde el comienzo a los más vulnerables, se los encerrase en sus asilos con otros vulnerables infectados recién dados de alta de los hospitales por decreto -y por decreto intesteables-, dejando entrar y salir libremente a los enfermeros y cuidadores, como hizo Cuomo en Nueva York; o como hizo el veterinario que administra la peste en Bélgica; y ambos han logrado alcanzar el top 3 de la lista de muertos por millón del universo.
Dos, que una vez encontradas curas adecuadas para la peste -en los primeros días al menos-, se las prohibiera con campañas de prensa encabezadas por el New York Times, se las politizase haciendo el insólito silogismo, contrario a la medicina y a la decencia mental «si la recomienda Bolsonaro, no puede curar» -confesión final de que bicho habrá, pero se trata de un bicho político por los cuatro costados; y se llegase a publicar un artículo trucho en la revista médica más prestigiosa de la tierra que destruiría la idea de usar hidroxicloroquina para siempre, estudio que hubo que retirar al rato -y aun retirado se lo usa y cita post mortem– cuando se descubrió que los «casi cien mil casos» considerados en los «seis continentes» no habían existido nunca, y que por ejemplo los fallecidos del estudio, en Australia, resultaban un número mayor de muertos que los muertos totales de Australia en el mismo período.
Tres, tomar una técnica forense de detección de material genético, sacarle la parte cuantitativa de su funcionalidad y convertirla en un test de medición solo «cualitativo» -porque es mucho más fácil, para una política en blanco y negro, manipular una frontera que un continuo de elocuentes números que suben y bajan en curva-, donde, al observar los masivos resultados de ese test toqueteado, la «cualidad» de «estar infectado con el nuevo virus» no corresponde necesariamente a ningún estado de enfermedad -y no corresponde en un porcentaje escandaloso de los casos; y usar los resultados de ese test, divulgados a cada media hora por la tele, como prueba de que «nos estamos muriendo todos» y que «cualquier medida está justificada», incluyendo empezar a meter a las cámaras proyectos de ley dictatoriales.
Cuatro, imponerle a los buenos médicos que son la inmensa mayoría de los médicos de todos los países y también del nuestro, que no pueden usar esas drogas que curan, y que en cambio deben protegerse ellos de la enfermedad no tratando a los pacientes, no yéndolos a ver, ni recetándoles nada salvo antigripales. La «atención» inicial de muchos enfermos de Covid se reduce a diagnosticarlos (mayormente con el test dudoso), luego dejarlos aislados en su casa y llamarlos cada tanto por el teléfono a ver cómo andan. Se llama «telemedicina» y garantiza, entre otras cosas, que el pequeño porcentaje de enfermos que se agravan seriamente y empiezan a perder el resuello sean ingresados a los hospitales, donde sí se intenta tratarlos lo mejor posible, pero ya en un estadio de la enfermedad mucho más avanzado. Y a cualquier enfermo en riesgo de fallecer por cualquier causa se lo testeará día y noche (siempre con el test cuestionado): es un número Covid seguro para engrosar la lista SINAE.

¿Se pretende que nadie se de cuenta de que se está haciendo todo de un modo extraño, todo intervenido por política e ideología, al revés de lo que debería ser la medicina, y que se lo legitima por una constelación de desconocidos en política, empresarios y académicos de la ciencia repentinamente elevados a la categoría de próceres globales, porque la política ha sido derogada y en su lugar solo existe la política del virus? Son «la-Ciencia-que-nos- conecta-por-fin-a-nosotros-provincianos-ignorantes-con-el-mundo-global-real-de-inteligencia-artificial-y-robótica-que-inevitablemente-se-viene» (poner de fondo el cover de «Imagine» y jóvenes políticamente ignaros pero tunicados, única reserva moral en que la tele y el criminal de guerra Tedros Adhanom Gebreyesus confían).

Tales repentinos próceres, inventados a campaña publicitaria paga de afuera, usan metáforas futbolísticas, y se dedican a dar una especie de golpe de Estado soft contra los representantes electos. Promueven el uso de la policía contra cualquiera que diga lo contrario; se hacen los que no pasa nada cuando YouTube toma el trabajo de censurar a cualquiera que diga lo contrario; no se inmutan cuando Facebook o Twitter bajan decenas de miles de cuentas de cualquiera que diga lo contrario. Hablan de ser la voz única respetable de la ciencia en la ciudad, mientras la policía mete presos a quienes se atreven a ir a una plaza en Maldonado a decir lo contrario, a preguntar lo mismo que unos pocos (cada vez más) preguntamos hace meses: ¿por qué no se administra hidroxicloroquina o ivermectina a los enfermos y se los trata en las fases iniciales, cuando es posible curarlos? ¿por qué los cómplices de la muerte que dirigen los periodísticos televisivos en horarios centrales, en lugar de atacar a quien pretende ayudar a curar a los enfermos, no se dedican a entrevistar todos los días a los médicos que han curado centenares y miles de pacientes usando hidroxicloroquina o ivermectina? ¿por qué se sacó del aire el reporte inicial de un periodista que denunciaba centenares de fallecidos ancianos luego de vacunarse en un residencial, y esa misma noche El País publicó un texto sin firma, obvia estrategia de control de daños, donde se informaba que no se habían vacunado, cosa que se volvió verdad oficial al día siguiente? ¿por qué no se informa cuál es el número de fallecidos declarados Covid 2021 que en realidad murieron por otras cosas, pero con un PCR (mayormente trucho) positivo? (en 2020 la sobredeclaración fue de un tercio: de 244 hubo que bajar a 174, dato elocuentísimo que a nadie parece importarle mayormente, sobredeclaración escandalosa que nadie parece interesado en explicar) ¿por qué el gobierno no prepara un kit gratuito igual que el que distribuye el gobierno de Guatemala? Guatemala, con un sistema de salud teóricamente mucho peor, tiene muchos menos fallecidos por millón que Uruguay. ¿Por qué no se informa la cifra total de fallecidos por cualquier causa en 2021? ¿por qué se miente diciendo que la vacuna es «la única salida»? ¿cuántos fallecidos vacunados hay? ¿Cuántos casos positivos con vacuna?

Mientras la policía manda en cana a quienes preguntan, el momento político construye una oposición entre la «ciencia» y la «política», en detrimento de la segunda. Muchos en el mundo corporativo, empresarial, y mediático, se pliegan a eso, creemos que con buena intención y hasta cierta inocencia sobre el alcance que pueda tener a mediano plazo. En nuestra opinión eso contribuye a debilitar la democracia y favorecer la tecnocracia. Es decir, favorecer el poder, no controlado por la ciudadanía, de la tecnología y sus agentes, que son también agentes económicos muy poderosos, y que defenderán en primer lugar sus intereses particulares cuando estos entren en conflicto con intereses más generales.

Mientras la policía encierra a los que hacen preguntas, fuerzas económicas y corporativas que no conocemos intervienen los edificios de la ciudad para hacer propaganda del Partido de la Ciencia. Cualquier parecido con operaciones propagandísticas de las dictaduras puede que sea casualidad, pero estéticamente da escalofríos.

Imagen en la Torre IV del World Trade Center, Montevideo, 23 de abril de 2021

De repente, un mecanismo de propaganda global para inocular a toda la tierra con vacunas experimentales cuya seguridad de mediano y largo plazo se desconoce -algo que nunca se hizo antes-, vacunando en medio de una pandemia -algo que nunca se hizo antes- a riesgo de provocar un escape inmunológico de consecuencias catastróficas para la humanidad entera, se ha vuelto algo que no es posible discutir. Igual que, hace un año, tampoco fue posible discutir la idea de que un distanciamiento social y unos lockdowns tremebundos para la vida de la gente -no para la economía: para la vida- debían usarse, cuando nunca antes se habían usado porque estaban totalmente desaconsejados por la ciencia, que sabía que no servirían de nada. Hoy, que se sabe a ciencia cierta que no sirvieron de nada, los burócratas globalistas sin base en ninguna tierra real, y los militantes colectivistas pagos por los anteriores y ansiosos de imponer la renta básica universal y seguir viviendo a expensas de lo que producen los que producen algo, siguen pidiendo en piloto automático más encierros. A ninguno se le ocurre ir a mirar las cifras de muertos por millón resultantes de los países con encierro, frente a las cifras de muertos por millón resultantes de los países sin encierro. Uruguay, sin encierro, tiene 655; Argentina, con encierro, tiene 1350; Reino Unido, con encierro, tiene 1869; Japón, sin encierro, tiene 79; Nueva York, con encierro, tiene 2683; Florida, sin encierro, 1622. ¿Qué relación hay entre encerrar a la gente, destruir su vida, sociabilidad y trabajo, y evitar más muertos? Ninguna. Pero es lo que piden los militantes automáticos del partido del miedo pandémico.

-2-

Además de lo anterior, a quienes hacemos eXtramuros han intentado acusarnos, a veces, de hablar de lo que no nos correspondería. «¿Qué hace una revista de escritores e intelectuales opinando sobre la pandemia?», se preguntan. «¿Por qué no se limitan a hacer literatura, a publicar sus poemas y narraciones, o a hacer filosofía, sociología, historia o politología puras

Nuestra respuesta rápida es: estamos haciendo filosofía, literatura, historia y lo demás. Pero no lo estamos haciendo con el estilo que nos exige un consenso oficial de domesticación genérica (es decir, de género literario) y temática que es de curso en Occidente hace unos cien años -el tipo de domesticación que creó una «academia» humanística cientifizada. En cambio, nosotros reivindicamos que la principal y más exquisita literatura que puede hacerse en tiempos de pandemia es el ensayo salvaje que mezcla géneros, datos y letras, en la proporción adecuada al pensamiento libre.

Además, como buenos escritores y artistas que somos en primer lugar y por vocación, nosotros realmente practicamos la libertad sobre lo que quiera pensar el de al lado -a diferencia de la prensa grande. Porque incluso al hacer ensayo interpretativo y divulgación científica, en eXtramuros hemos incluido visiones contradictorias entre sí, incluyendo posturas que llamaríamos «oficiales«, y hemos invitado frecuentemente a participar a mucha gente sin preguntarle nunca lo que va a decir. 

-3-

La pandemia de Covid-19 no es solo la aparición de una enfermedad nueva. Es también un gigantesco síntoma y un masivo evento político, que puede ser leído desde distintos puntos de vista. Esto ha instalado nuevos ejes de pensamiento que recién se van asomando y que han terminado de borronear las distinciones tradicionales «izquierda-derecha». En todo caso, pienso que lo que estamos viviendo es uno de los mayores síntomas de una gran decadencia de las naciones que lideraron el llamado «mundo occidental» en todo el largo proceso histórico de la Modernidad -y observe el lector: la intensidad de la pandemia es directamente proporcional a la «occidentalidad» de cada cultura. El epicentro de los fallecidos por millón está en Inglaterra y USA, la vieja Europa, rebota en los satélites culturales de Occidente que son América Latina, Sudáfrica y las zonas europeizadas de Rusia, y va derivando luego a cada vez menos muertos por millón a medida que nos alejamos, llegando a lugares como China, Indonesia o Japón, y casi toda África, donde de hecho el virus casi no tuvo consecuencias. Cuanto más occidentalizada está una cultura y su sistema de salud, más mata el Covid. Es un dato curioso, no atribuible a la capacidad de reporte. Países muy organizados y muy cultos como Japón, Corea del Sur o China conocen perfectamente el nombre de cada uno de sus muertos.

Esta gran decadencia podría ser también un bienvenido momento bisagra, el comienzo de nuevos tiempos y nuevos órdenes y desórdenes.

Estamos pues, al fin, ante una disyuntiva. Puede que lo que estemos viendo sea (como nos repite la «ortodoxia Covid» que hoy controla todos los medios de comunicación tradicionales), un elogiable avance de la ciencia y sus métodos de control de las pandemias, y que no haya en esto la menor intención de transformar las sociedades occidentales en sociedades colectivistas de acentuado control sobre la individualidad y la libertad humana. Solamente se estaría tratando, por los mejores medios técnicos conocidos, de controlar la enfermedad para volver luego a la normalidad -y el objetivo de las vacunas no es mayormente comercial o biopolítico, sino estrictamente sanitario. Si eso resulta así, entonces nosotros habremos estado desorientados y equivocados. 

Puede, en cambio, que lo que estemos viendo sea un intento dramático y acelerado por hacer crecer el control de arriba hacia abajo, y una disminución estratégica de la libertad individual. Es decir, una movida reaccionaria. Ella podría -pese a que amaga un discurso revolucionario y futurista basado en la «inteligencia artificial» y la «robótica»- estar capitalizando una alianza táctica con la actual hegemonía ideológica del colectivismo estatista «de izquierda», impuesto hace tiempo en las burocracias de todo nivel incluida la «académica». Esa movida sería en nuestra opinión reaccionaria, porque estaría buscando reaccionar y frenar cambios que están insinuados hacia una sociedad nueva, pero no más centralizada, autoritaria y colectivista, sino todo lo contrario.

Una sociedad que ya ha descreido hace mucho de la religión, economía, y política tradicionales, y está buscando a tientas empezar a crear una fe, una economía y una política nuevas y distintas.

Buena parte de los que manda(ba)n al nivel local de los países vienen sintiendo el otoño de su legitimidad, igual que el Patriarca de García Márquez evocado al comienzo: ni los académicos ni los políticos ni los banqueros están en su mejor momento. La «Ciencia» muestra en esta pandemia su gran debilitamiento, debido a haberse convertido mayormente en una empresa, donde el avance en cuestiones de vida o muerte ha pasado a depender de conveniencias y ganancias, y donde el conflicto de intereses es parte integrante de la empresa científica. Pero la tecnología -algo distinto pero hoy sometido a esa empresa y política de la «Ciencia» con sus burocracias- debe estar al servicio de lo humano para hacerlo más libre y responsable, y no al revés. Ese es uno de los ejes centrales de debate hacia el futuro.

Si esta movida es así reaccionaria, estaría además intentando retomar un nivel de control narrativo que la explosiva democratización digital le venía quitando a los agentes globalistas (grandes corporaciones y banca, organismos internacionales, y sus representantes locales).

Si esto fuese así, entonces nosotros habremos estado en una orientación general correcta. Estaríamos frente al montado artificial de excusas que permitan avanzar en tal revolución de control, excusas con base en una epidemia real de escasa magnitud objetiva, a la que se mantiene viva artificialmente y se «combate» por métodos extraños que son la destrucción de hecho de todos los procedimientos epidemiológicos y médicos simples y eficaces hasta ahora reconocidos. Si eso fuese así, sería no solo ese síntoma mencionado de una lamentable decadencia de Occidente, sino también un crimen contra la humanidad.

Ante él nuestra única actitud, querida lectora, querido lector, es: piensa por tí mismo, no tengas miedo, intenta que tus acciones coincidan con tu conciencia, desarrolla tu independencia individual ante esta marea de turbias coacciones emocionales. Todo esto pasará. Pero solo pasará cuando haya terminado de revelar su verdadero rostro, y entonces todos habremos aprendido -en tres años acaso más que en los últimos trescientos-, acerca de la naturaleza de nuestra vida en común y del modo en que nos veníamos informando sobre ella y construyéndola.

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