TERESA KORONDI / Antes de conocerla personalmente, la voz de María Gravina Telechea ya me inquietaba. Era una voz que desarmaba lo potencialmente comprensible, mostrándose musical, rítmica, desparpajada y sin ataduras, como un tintineo entre remolinos de viento. Su poesía, sin proponérselo, se convierte en una experiencia performática, envolviendo al lector con una energía mágica y particular
POIESIS / 88
Antes de conocerla personalmente, la voz de María Gravina Telechea ya me inquietaba. Era una voz que desarmaba lo potencialmente comprensible, mostrándose musical, rítmica, desparpajada y sin ataduras, como un tintineo entre remolinos de viento. Su poesía, sin proponérselo, se convierte en una experiencia performática, envolviendo al lector con una energía mágica y particular. Gravina es, sin dudas, una rara avis. Leerla es adentrarse en un ritmo sincopado, plagado de un lenguaje preciso y audaz, lleno de imágenes que a menudo nos descolocan. No es un mero “divagar” de palabras, aunque ella se refiera a sí misma como una divagadora; más bien, cada poema es una construcción cuidadosa donde el lenguaje, en su multiplicidad, cruza fronteras, incluso las del idioma. A menudo, el francés, que domina como docente, aparece como un eco subconsciente. Así, estos mundos colisionan para engendrar extraños amuletos poéticos.
Un aspecto crucial en su vida fue su exilio en Cuba durante la dictadura uruguaya. Allí, ya en la adultez, comienza a mostrar su escritura al mundo, participando en el concurso Casa de las Américas y ganando el Gran Premio. De ese exilio surgen dos aspectos clave en su obra. El primero, la sensación de “rareza” y extranjería que la acompaña desde entonces, un sentimiento de no pertenecer del todo ni aquí ni allá. El segundo, su persistente disidencia, esa voluntad de mantenerse siempre al margen, escapando de etiquetas. La libertad se convierte en su refugio, su terreno sagrado en un mundo que continuamente intenta encasillarnos.
Cuando nos hicimos amigas y comenzamos a reunirnos para conversar sobre poesía, descubrí que la dimensión poética y performativa de Nacha –como la llamamos– no solo reside en su obra, sino también en su vida. Su relación con el mundo es intensa, como si lo poético habitara en cada uno de sus actos. No se define como poeta, simplemente lo es: vive la poesía sin proponérselo. En su concepción del tiempo como duración, muy bergsoniana, su vida y su obra fluyen en un constante estado de recreación. Escribe todo el tiempo, y sus palabras parecen surgir físicamente de su cuerpo, como si cada texto contuviera algo de sus entrañas, porque son una suerte de pensamiento en voz alta, similar a los diarios personales. Este vínculo con lo corporal está íntimamente ligado a su herencia familiar. María es hija del escritor Alfredo Gravina, a quien invoca con profundo orgullo, y creció en un hogar donde la escritura y la música eran una constante.
El compromiso con la realidad es otro de los ejes que atraviesa su obra. En cada texto lanza preguntas al aire, cuestionando el poder, los vínculos y nuestra desconexión con la naturaleza. Me recuerda a Anne Carson en su capacidad de escribir de manera anárquica, explorando sus creencias y dudas, siempre consciente de que todo es relativo. María Gravina no busca respuestas definitivas, pero deja entrever convicciones profundas. Su escritura, aunque parte de lugares oscuros, es luminosa. Vitalista, muchas veces irónica, es capaz de sumergirnos en un pesimismo nihilista cercano a Cioran, a quien admira profundamente.
Nacha, más que poeta, es un ser político. En su obra, conjuga el enojo con una esperanza insólita, como cuando escribe: “muchacha calesita molino/remolino masculin féminin/sucré salé”. Acaso sea esta ternura su forma más radical de resistencia.

Seleccion-Maria-Gravina-Telechea

MARÍA GRAVINA TELECHEA (Montevideo, 1939). Poeta.
Durante su exilio en Cuba, ganó el premio Casa de las Américas en 1979, con su poemario Lázaro vuela rojo. De vuelta en Uruguay publicó La leche de las piedras.
En 1989 participó de Viva la Pepa, colectivo de mujeres que reunió a diez poetas con diez artistas plásticas para la realización de libros objetos.
En 2010 edita Que las cosas fabriquen sus finales y en 2020 Lumbre.
En 2024 recibe un reconocimiento a su trayectoria en el 4to Encuentro y Congreso Internacional de Literatura llevado a cabo en Punta del Este, donde se le rindió tributo en vida.
Gran parte de su obra aún continúa inédita.


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