eXtramuros prosigue, en traducción propia a cargo de Alma Bolón, la publicación de fragmentos de “Manifiesto conspiracionista”, libro de autoría colectiva anónima que “no pertenece a nadie, pertenece al movimiento de disociación social en curso” 

Editado en enero de 2022 por Éditions du Seuil, “Manifiesto conspiracionista” recoge la experiencia de la pandemia remontándose a sus vísperas planetarias -el estado del mundo en aquel lejano 2019-; a las pioneras conspiraciones anticonspiracionistas -Karl Popper y Friedrich von Hayek en la postguerra-; a los paralelismos con 1914 -las dimisiones de la “izquierda” y el olvido del conspiracionismo de sus autores señeros-; a los sucesivos ejercicios de simulación de catástrofes en los que, desde hace más de veinte años y bajo la ideología del preparedness, confluyen servicios de inteligencia (CIA-FBI), científicos-guionistas, millonarios, transnacionales.
La tesis es sencilla y esclarecedora: la guerra fría no terminó ni se interrumpió con la caída de la Urss, sino que la guerra fría es el régimen en el que vivimos desde los años 1940. Régimen tecnocrático que modela nuestro vivir, la guerra fría es creación de servicios de inteligencia (CIA-FBI), antropólogos, sociólogos, psicólogos, ingenieros, físicos, biólogos, genetistas, matemáticos, informáticos, médicos, mega patrones de mega transnacionales, medios de comunicación, etc.
La reivindicación es nítida: “somos conspiracionistas, como hoy lo son todas las personas sensatas”, porque “el conspiracionismo es el nombre de la consciencia que no depone las armas”.

Una primera traducción y edición en papel de “Manifiesto conspiracionista” tuvo lugar en Logroño, España, en octubre de 2022, en la editorial Pepitas de calabaza:
https://www.pepitas.net/libro/manifiesto-conspiracionista

El arte de gobernar solo produce monstruos

1. El proyecto de gobernar todo.

2. Diseño democrático y poder medioambiental.

3. Arquitectos y supranumerarios

1.

Hoy en día, cuando se busca obligar a toda una población a que se deje inyectar una “vacuna”, de entrada no se proclama una ley, antes de despachar a la fuerza pública a casa de los rebeldes.

No sería moderno.

Y sería contraproductivo.

Más bien, se obsequia a los jóvenes consentidores con un McDonald’s, o una jornada gratuita en el parque acuático regional.

Se los llama para decirles que se los espera en el centro de vacunación, que ya tienen hora.

Se otorga a los pobres un “diploma de conquistador del Covid-19” -sí, sí, sí, así hicieron en Meaux.

Se organiza alrededor de cada persona una inexorable “presión social” que va desde el lavado de cerebro de los informativos televisados hasta el psitacismo de los colegas, pasando por el bombardeo de las redes sociales.

Luego, se eructa, se impugna, se amenaza de excomunión a los recalcitrantes y reincidentes.

Y, para concluir, se esparce en la vida de los irreductibles mil contratiempos mezquinos, mil prescripciones ínfimas que de todas formas no llegan hasta hambrearlos.

Se los desprende imperceptiblemente de la vida social.

En resumen: se los hace desaparecer.

Por supuesto, siguen existiendo en algún lado, como tantas cosas ínfimas, pero es como si ya no existieran más.

De este modo, para imponer la norma, no fue necesario hacer que la ley reinara. No hubo que constreñir directamente los cuerpos. Se los hizo venir, “libremente”. Se hizo palanca con sus necesidades, sus hábitos, sus temores, sus deseos, para conducirlos a la contrición. Se organizó todo un “ambiente favorable”. Y esto no fue para este o para aquel, sino para la población en general, y para todas las poblaciones particulares que la componen.

Esto es gobernar: actuar estratégicamente sobre los comportamientos.

“Conducir las conductas”, según la expresión canónica de Michel Foucault, en la que hay que oír claramente la metáfora automóvil. Producir pilotos. Y pilotear a los pilotos.

En esto lo verbal solo entra para apuntar a lo no verbal. Un poco como en la hipnosis. Por otra parte, como se sabe, conducir un automóvil tiene mucho del estado hipnótico liviano.

La razón no interviene aquí como intermediario.

Gobernar no es hacer que se oiga la razón para que a su vez la consciencia someta el cuerpo a su ley. Ni forzar a la razón.

Solo se gobiernan seres libres.

“Un individuo solo puede ser eficazmente manipulado si experimenta un sentimiento de libertad”. (Robert-Vincent Joule y Jean-Léon Beauvois, Petit traité de manipulation à l’usage des honnêtes gens, 1987).

Entonces, no constreñir los cuerpos, sino más bien organizar el medio artificial en el que una población vive, se manifiesta y se mueve libremente.

Así como se diseña un medio urbano, se configura un espacio mental.

En marzo de 2010, el Institute for Government inglés y el gabinete del primer ministro publicaron un documento que dio fe de su conversión a las “ciencias comportamentales”. Se titula “Mindspace, influencing behaviors through public policy”. Comienza así: “Influir los comportamientos de las personas no es nada nuevo para el gobierno”. Por esto, gobernar desde hace mucho tiempo no es más asunto exclusivo de los gobiernos, porque sus métodos invadieron el mundo. Vean la estadística -la ciencia del Estado- como ganó todos los espacios. En el siglo XVII, William Petty contaba trabajosamente las casas de Dublín y los muertos del Hospicio. Algunos cuentan hoy sus pasos diarios, y el big data le indica a uno en tiempo real el itinerario más rápido para llegar a buen puerto. De modo que en lo sucesivo ya puede ser cosa de gobernar el clima como de gobernar la ciudad, de gobernar la “salud global” como de gobernar “los comunes”. No es que el gobierno se vuelva total, es que todo debe ser gobernado.

Podemos hacer remontar esta manera especial de ejercer el poder hasta el nacimiento de la economía política en el siglo XVIII. Según ésta, un orden social espontáneo debe nacer de la anarquía de las libertades individuales, merced a la mano invisible de los mercados –ordo ab chao.

Podemos igualmente hacer que esta manera de ejercer el poder resulte del modo en que el management sustituyó poco a poco, desde el fin del siglo XIX, el viejo poder autoritario, disciplinario, patriarcal por un poder “suave”, indirecto, de influencia cuyo modelo es doméstico y sabe mejor que uno lo que es bueno para uno -como una mamá gorda y benévola. Porque hasta fin del siglo XIX el management designa en inglés antes que nada el cuidado dedicado a los animales, a los niños y accesoriamente a un negocio. No tiene ninguna connotación de disciplina violenta. Acompaña de manera atenta un crecimiento orgánico. Da tantas menos órdenes cuanto que vela para que el orden reine materialmente, hasta en cada detalle – para que todo esté gentil, calmamente en su lugar.

Taylor se hace de este campo semántico cuando escribe: “Bajo el management científico, la disciplina está en su mínimo […] Esta es una de las particularidades características del management científico: no es la esclavitud; es la gentileza; es la formación”. Henry Ford en 1922 traduce esto en estos términos: “Nuestra meta es hacer de modo que, por la organización material, por el equipamiento y por la simplificación de las operaciones, las órdenes se vuelvan superfluas”. El contragolpe de este “orden espontáneo”, entonces era, para Ford, la paliza igualmente espontánea propinada a cualquier obrero que intentara organizarse sindicalmente, paliza a cargo de la jauría de millares de truhanes y de brazos gordos acabados de salir de la penitenciaría y que componían el Ford Service Department. Fronda, rebelión, enfrentamientos, estallidos: las formas de la revuelta contra la autoridad patriarcal, más o menos cada uno la domina. Pero ¿cómo se rebela uno en el seno de una enorme matriz sin afuera, que ensordece todo, lo sofoca a uno y “quiere su bien”?

¿Cómo hacer que las personas hagan libremente lo que se quiere que hagan? Así se formula la cuestión gubernamental. Tal es la cuestión en la que todos los astutos hoy comulgan- el responsable de marketing que nudge a su cliente, el ministro que vende su nueva reforma, el DRH a punto de introducir más “agilidad” en la empresa, el comunicador, el padre moderno desbordado por sus hijos, el conceptor de aplicaciones para Smart-phone, el urbanista en plena “rehabilitación” de un barrio, el seductor profesional, la que acecha las reacciones de sus followers en Instagram, el que intenta conseguir el mejor precio para su moto en Leboncoin o el automovilista que quiere obtener buena calificación de sus pasajeros en Blablacar. La relación gubernamental con el mundo se insinúa en todas partes, y junto con ella su paradoja esencial.

Mead y Bateson con rara limpidez explicitan esta paradoja, en un diálogo en 1941 en Nueva York, cuando una “Conferencia de ciencia, filosofía y religión en su relación con el modo de vida democrático”. “¿La puesta en obra, pregunta Mead, de una dirección definida acaso no constituye un llamado al control? Y el control, -el control medido, calculado, definido, el control que logra verdaderamente sus fines- ¿no invalida acaso con su sola existencia la democracia, al elevar a ciertos hombres para que ejerzan el control y al degradar a todos los demás al rango de víctimas de ese control? […] Al trabajar en vistas a finalidades definidas, nosotros, especialistas de las ciencias sociales, somos culpables de manipulación de las personas, y de esta manera, de negación de la democracia.” A esta interrogación, finalmente honesta, Bateson responde con la “sugestión de separar cualquier finalidad a fin de realizar nuestra finalidad”. “Estamos de acuerdo en que cierto sentido de autonomía individual, un hábito espiritual de cierta manera ligado a lo que llamé el “libre arbitrio” (free will) son esenciales en una democracia, pero no tenemos perfectamente clara la manera en que esta autonomía debería ser definida operacionalmente. Por ejemplo, ¿cuál es el vínculo entre la “autonomía” y el negativismo compulsivo? Las estaciones de gasolina que rehúsan el toque de queda ¿muestran o no muestran un espíritu democrático refinado? […] ¿Qué bricolaje haríamos en el laberinto o en la caja de problemas para que la rata antropomórfica obtenga una impresión repetida y reforzada de su propia libertad? […] Finalmente, el conflicto en curso es una lucha a muerte a propósito del papel que las ciencias sociales deben desempeñar en el ordenamiento de las relaciones humanas. Es apenas una exageración decir que esta guerra pesa ideológicamente sobre este único punto -sobre el papel de las ciencias sociales. ¿Vamos a reservar las técnicas y el derecho de manipular los pueblos al privilegio de algunos individuos ávidos de poder, orientados hacia las finalidades y la planificación, y sobre quienes el carácter instrumental de la ciencia ejerce una atracción particular? Ahora que disponemos de técnicas, ¿a sangre fría vamos a tratar a las personas como cosas? ¿O qué vamos a hacer con esas técnicas?

En el otro extremo de su orbe histórico, el proyecto de gobernar se estremece en boca de Yuval Harari participante en el World Economic Forum de Davos en enero de 2020: “Si usted sabe bastante de biología y tiene bastante potencia de cálculo y bastantes datos, usted puede hackear mi cuerpo, mi cerebro y mi vida. Un sistema que nos comprende mejor que lo que uno se comprende puede prever sentimientos y decisiones, puede manipular nuestros sentimientos y nuestras decisiones y puede en última instancia tomar decisiones en nuestro lugar. […] Pronto, al menos algunas empresas y ciertos gobiernos serán capaces de sistemáticamente hackear a todas las personas. Los seres humanos deberíamos acostumbrarnos a la idea de que ya no somos almas misteriosas. Ahora somos animales hackeables. (Comment survivre au XXI siècle)

El data scientist en jefe de una gran empresa de la Silicon Valley lanza anónimamente: “El condicionamiento a gran escala es esencial en la nueva ciencia de la ingeniería de masa de los comportamientos humanos”.

Larry Page declara en 2016 en el Financial Times: “Nuestra primera meta es lo societal. […] Tenemos necesidad de un cambio revolucionario y no progresivo”.

El PDG de Microsoft se maravilla en 2017 ante una asamblea de sus desarrolladores: “Es una locura ver los progresos realizados en profundidad y en extensión en nuestra sociedad, en nuestra economía; ver hasta qué punto nuestra tecnología digital es invasiva.” Y concluye su intervención exhortando a “cambiar el mundo”. Y lo aplauden.

El PDG de la empresa china que creó el sistema de crédito social se felicita de que este “haga de modo que las malas personas no encuentran lugar en la sociedad, mientras que las buenas personas pueden evolucionar libremente y sin obstáculos”.

En junio de 2021, el Senado francés se extasía ante el modelo gubernamental chino en un informe de prospectiva sobre el uso de herramientas digitales en vistas de todas las apetitosas crisis que se anuncian. Reteniendo como principio que la “eficacia [de las herramientas digitales] está directamente ligada a su intrusividad”, los relatores sugieren: “Finalmente, en las situaciones de crisis más extremas, las herramientas digitales podrían permitirse ejercer un control efectivo, exhaustivo y en tiempo real sobre el respeto a las restricciones por parte de la población, combinado de ser necesario con sanciones disuasivas, y fundado en una explotación de los datos personales todavía más derogatoria”.

La cibernética nació como “ciencia del control y de la comunicación”, como ciencia del control a través de la comunicación.

La cibernetización de todo es la gubernamentalización de todo.

[…]

2.

Una vez desgastada la fórmula del gran encierro general de la primavera septentrional de 2020, el gobierno francés intentó otros expedientes.|

Se probó con el toque de queda. Después de todo, era una “guerra”. Entraba en el tema del ejercicio.

Para que la cosa tuviera más mordiente, se la instauró un atardecer del 17 de octubre.

Un 17 de octubre -como ese día de 1961 en que los argelinos que manifestaban contra el toque de queda que se les había impuesto a ellos exclusivamente terminaron por centenas en el Sena. Las fechas es el único recuerdo que les queda a los gobernantes de sus años de clases preparatorias para concursos selectos.

Esta era osada. Convengámoslo.

Aquel atardecer, para desafiar la nueva medida de vejación, éramos algunas centenas quienes deambulamos de la plaza del Châtelet hasta la Gare de l’Est. Arreglando, de paso, la fachada de alguna comisaría pequeña.

Éramos algunas centenas, en los millones de habitantes que tiene París, los que no apreciamos la ironía de la fecha.

Un vértigo.

Pero tal vez es la forma misma de la “manifestación” la que no conviene más a la nueva época. Tal vez la época exija maneras por un lado más furtivas y, por otro, más restallantes. En nuestras pobres bocas, remontando la calle Saint-Denis, solo quedaba una pobre palabra en tres sílabas: “li-ber-tad”. Por cierto, pudo escribirse “Únicamente la palabra libertad es todo lo que hoy sigue exaltándome. La creo capaz de mantener, indefinidamente, el viejo fanatismo humano” (André Breton, Manifeste du surréalisme, 1924). Pero, finalmente, luego de “re-vo-lu-ción” que mágicamente hizo arder, venida de tan lejos, los Champs-Elysées el 16 de marzo de 2019, “li-ber-tad” sonaba como una vuelta al mínimo político estricto. Una cosa es escandir la revolución que no se logra hacer. Otra cosa es reivindicar una noción tan etérea que puede figurar en la entrada de las cárceles de la República.

Lo que se nos apareció en la primavera de 2020 -cuando nuestro apartamento se convirtió en celda con paseo cotidiano, refectorio en el supermercado, patrullas de milicos carceleros, lagartijas de preso pero nada de visita -es que nuestra ausencia de libertad no reside en la autorización, o no, de ir y venir, sino en el estado de dependencia ilimitada en la que esta sociedad nos mantiene. Habrá bastado con un chasquido de dedos, con un cuarterón de perversos domiciliados en el Elysée y que declaran “la guerra” para que nuestra condición se realice: habitamos en una trampa, que durante mucho tiempo permaneció abierta, pero que podía cerrarse en cualquier momento. El poder que nos tenía se encarnaba menos en las marionetas histéricas que pueblan, para nuestra mayor distracción, la escena política, que en las estructuras mismas de la metrópolis, en las redes de aprovisionamiento de las que depende nuestra sobrevivencia, en el panóptico urbano, en todos los delatores electrónicos que nos sirven y nos asedian, en resumen: en la arquitectura de nuestras vidas. He aquí todo un ambiente en el que no tenemos ningún asidero real, que otros pensaron para nosotros, en el que estamos fritos como ratas. Un urbanista alemán de origen socialista, diseñador de las grandes redes de infraestructuras estadounidenses de la post primera guerra mundial, ya escribía en los años 1920: “La metrópolis antes que nada aparece como la creación del capital todopoderoso, como el aspecto de su anonimato, como una forma urbana dotada de sus propios fundamentos psíquicos colectivos, económicos y sociales que permiten el aislamiento simultáneo y la amalgama más estrecha de sus habitantes. […] La arquitectura de la metrópolis depende esencialmente de la solución encontrada entre la célula elemental y el organismo urbano en su conjunto.” (Ludwig Hilberseimer, L’Architecture de la métropole, 1927). Duplicada en lo sucesivo por el ecosistema virtual que cada uno transporta consigo, la metrópolis es ese ambiente total, ese ambiente de ambientes, en el que todo es posible y nada lo es. La libertad formal del átomo humano se mueve en el círculo de hormigón de posibles jalonados por el medio ambiente que se construyó en su torno, para él. Se detiene en donde comienza su ambiente. La arquitectura de las opciones ofrecidas es imperativa -imperativa y silenciosa. Una baranda de autopista, una cámara de vigilancia o un asiento anti linyera materializan intimaciones implícitas. La única libertad que valga es aquella en cuya fuente estamos. Es la libertad de hacer nuestro propio ambiente, de alterarlo, de configurarlo, es decir de hacer de manera que ya no sea más un “ambiente”, sino un medio en el que no nos limitamos a insertarnos convenientemente, sino en el que existimos. Huelga decir que esto no sucede solo. Requiere salir del aislamiento prescripto y recobrar la potencia de actuar inherente a cualquier tejido humano vivo, a cualquier densidad de experiencias compartida.

La solución a la aporía del hombre y de su ambiente es una manera de vivir que haga desaparecer esta aporía.

Y que ahí aparezca un mundo nuestro.

Vivimos en un mundo íntegramente designado.

Un mundo concebido de lado a lado, saturado de intencionalidades mudas.

Cada rincón de la metrópolis, cada encrucijada de circulación, cada taller, cada open space lleva la huella inconfesable de estudios de los que constituye su puesta en obra y sus estrategias sin apariencia.

Ya, en 1889, el Congreso internacional de las viviendas baratas reunido en París estipulaba que “los planos de las viviendas colectivas serán concebidos con la idea de evitar cualquier oportunidad de encuentro entre los inquilinos; los paliers y las escaleras a plena luz deben ser considerados como prolongaciones de la vía pública”.

La propia depresión crónica del metropolitano fue planificada.

“La publicidad se encarga de mantener el descontento de las masas con respecto a su género de vida, y a hacerles insoportable la fealdad de las cosas que los rodean. Los clientes satisfechos no dan tantas ganancias como los descontentos”, ya avisaba la revista de reclames Printers’Ink en 1938.

Nada nuevo bajo el sol.

En nuestros días, cada funcionalidad de smartphone fue pensada para activar nuestro circuito dopamínico de recompensa, cada aplicación que apunta a engancharnos, y si es posible a tragarnos.

Hay un conceptor tras cada uno de los inocentes objetos de los que nos apoderamos, tras cada detalle del meadero en donde orinamos, tras cada luz de cada vitrina a la que nos acercamos.

Lo hay también tras de los términos de novlengua que retomamos, y que están ahí para hacernos papar algún timo. Hasta las palabras se pusieron a marchar para quienes las manufacturan.

A tal punto que una higiene existencial un poco consistente exigiría que uno se repitiera cada día, a manera de antídoto: no, una cibercomunidad no es una comunidad, una ciberamistad no es una amistad, y cibertrabajo no es un trabajo y un cibermundo no es un mundo.

Bajo cada detalle de nuestro ambiente se esconden diseños/designios informulados.

No es paranoia, es marketing.

“CAPTology” (Computers As Persuasive Technology) es el nombre que el fundador del “diseño comportamental” dio a su ciencia de “cambiar los hábitos o los comportamientos de las personas”. Sus consejos y sus enseñanzas inundaron el Silicon Valley desde fines de los años 1990. Todo el arte de echarle el anzuelo al usuario de los sistemas de informática interactivos consiste en construir un ambiente que funcione como un aparato de captura. “El comportamiento humano es programable. Basta con conocer el código. Presentamos aquí el Design comportamental: un marco de concepción para la programación del comportamiento humano.” Es así que comienza el libro Digital Behavioral Design (2018) de T. Dalton Combs y Ramsay A. Brown.

El sentimiento de soberana libertad del usuario es la culminación de la programación más refinada. En la concepción informática, se lo llama “design emocional”, el “design de experiencia” o el “design centrado en el usuario”. En nuestras vidas la omnipresencia de los smartphoes, tablets y otros objetos conectados fue objeto de reflexión, por supuesto. Fue a fines de los años 1980, en Xerox PARC de Palo Alto, por un ingeniero, Mark Weiser. Otros apostaban entonces a los primeros cascos de realidad virtual para venderle a cada uno su ambiente ficticio ideal, Weiser, por su parte, prefirió informatizar el ambiente existente. Esto lo convierte en el padre de la “informática ubicuitaria”. Para Weiser, así era la “computadora del siglo XXI”: una pieza con aspecto trivial pero que totaliza bajo sus superficies ergonómicas centenas de captores y de dispositivos de control que se comunican entre sí -pantallas, recintos, ayudas vocales, programadores, alarmas, cámaras integradas- todo un sensorium electrónico. Lógicamente, es en los términos de Weiser que Apple introdujo en 2012 su iPad: “Nosotros pensamos que la tecnología alcanza su sumun cuando se vuelve invisible, cuando uno no piensa más en lo que hace”.

Es un error aprehender como dos dominios estancos el diseño informático y el diseño físico. Estas dos disciplinas están genealógicamente ligadas: es un discípulo de la escuela de diseño de Ulm en Alemania -una escuela fundada bajo el padrinazgo de Walter Gropius, el director histórico del Bauhaus -quien concibió el Control Room de Salvador Allende, la habitación futurista cubierta de pantallas, de botones y de manijas que debía centralizar en tiempo real todos los índices de producción sector por sector, todos los indicadores de motivación de los obreros, todas las informaciones sobre el tráfico rutero que le transmitían los télex del proyecto socialista Cybersyn. El MIT Media Lab proviene del MIT Architecture Machine Group, un grupo de jóvenes arquitectos fundado en 1967. Pero sobre todo, puede trazarse una línea histórica continua que lleva de las ambiciones socialistas del Bauhaus de Weimar a las reivindicaciones democráticas de los gigantes californianos de la Tech. Las paradojas que manejan y las imposibilidades que los animan se emparentan. Designing freedom es el título en forma de double bind que el ingeniero en jefe del proyecto Cybersyn había dado a una serie de intervenciones radiofónicas en Chile en 1973. Es también la formulación de la contradicción insuperable en la que se debate el poder ambiental de las sociedades tecnocráticas contemporáneas.

De 1917 a fin de los años 1920, la cuestión que anima todos los campos de la vanguardia artística rusa es la “reconstrucción socialista del modo de vida”. Es el tema del “novi byt”. Byt es una noción rusa tan elemental como intraducible. Es la vida cotidiana, lugar de cualquier redención y de cualquier condena, odiada y entrañable. Es la vida doméstica, la cultura material en oposición a bytie, el ser, la existencia espiritual. Byt designa de manera inseparable el arreglo de los lugares familiares y los hábitos que ahí se arraigan. Sería literalmente la “forma de vida”, si byt no fuera también el verbo “ser” en ruso, directamente. Puede decirse que toda la tragedia de la vanguardia rusa, precipitada en el suicidio de Maiakovski, tiene que ver con la ambivalencia de esta noción. “La barca amor se quebró contra el byt” fueron sus últimas palabras. Como Google hoy, aunque con intenciones diametralmente opuestas, el constructivismo ruso quería “volverse la forma superior de la ingeniería de las formas de la vida por entero”. Con su arquitectura, sus reclames, sus poemas, sus pinturas, su teatro y todas sus realizaciones, apostado sobre “el frente del modo de vida”, entendía perturbar el byt de los hombres y, con eso, el conjunto de sus usos, de sus costumbres, de sus moralidades y de sus creencias. Configurando un nuevo ambiente, procuraba la reforma de la propia humanidad. En la misma época Walter Gropius presidía en Berlín el Consejo obrero para las artes en el que se buscaba agrupar todas las artes “bajo el ala de una gran arquitectura que sería asunto del pueblo entero”. Veinte años después, Gropius, Mies van der Rohe, Hilberseimer & Co. definían la marca de fábrica -el infaltable “style international”- de la arquitectura estadounidense de la posguerra, que desfiguró el mundo y dibujó a la uniforme inhumanidad de las metrópolis del mundo entero. Como muy bien lo escribió Hilberseimer, “esto va a llevar a una arquitectura directa y liberada de cualquier reminiscencia romántica, en acuerdo con la vida cotidiana de hoy: no subjetiva e individualista, sino objetiva y universal”. Todo el urbanismo de la posguerra, con sus inexorables redes de infraestructuras de electricidad, de agua, de circulación y de comunicación, con su repetición geométrica -de una igualdad supuestamente democrática- de los mismos volúmenes de hormigón de techo plano que servían como “máquinas para habitar”, realiza a su manera el eslogan inicial del Bauhaus “¡Arte y tecnología, una nueva unidad!” Huelga aclarar que todo esto solo camina si hay una suave redefinición de la democracia: “Por democracia, quiero decir la forma de vida que, sin identificación política, se expande lentamente en el mundo entero, irguiéndose sobre los cimientos de una industrialización creciente, de una comunicación y de servicios de información acrecentados y de una admisión ampliada de las masas en la educación superior y el derecho al voto”. (Walter Gropius, Apollon dans la démocratie, 1968)

Definir el nuevo poder ambiental como fundamentalmente democrático es una proeza que evidentemente se le debe al Committee for National Morale de Gordon Allport, Margaret Mead y Gregory Bateson, en 1940. Y también en esto, el Bauhaus no tiene responsabilidad. En el Committee for National Morale, se busca una alternativa a la propaganda autoritaria -una forma de propaganda que no solo sería democrática en su contenido, sino en su forma misma. Uno se pregunta cuál ejercicio de la comunicación no reproduciría la sumisión unilateral de los receptores al emisor. ¿Cómo escapar a los mensajes de sentido único desde una emisora central -ya sea en el micrófono de la radio, tras la cámara o en la mesa de montaje- que condicionan sujetos receptores, pasivos, seriados, robotizados, fanatizados? En otros términos ¿cómo hacer propaganda interactiva? He aquí una interrogación de inaudita descendencia. La respuesta del Committee for National Morale es: la instalación artística multipantalla, la exposición inmersiva ofrecida a una “visión con campo extendido” en la que el espectador se desplaza libremente y se deja ganar por un sentimiento de participación en el ambiente creado. Los primeros happenings son nietos de esta búsqueda alternativa a la agresión del mensaje unidireccional de los poderes autoritarios. La definición que da su inventor, Allan Kaprow, en 1957 se ve afectada por esto: “Un happening es un ambiente exaltado, en el que el movimiento y la actividad se intensifican durante un lapso limitado durante el que, por regla general, en cierto momento las personas se reúnen para una acción dramática”. El Committee no inventa nada: de hecho se inspira en las primeras exposiciones realizadas por un ex del Bauhaus alemán exiliado, en el Museum of Modern Arts de New York, por otra parte fundado y financiado por algunos Rockefeller. La retrospectiva sobre el Bauhaus de 1938, pero sobre todo las exposiciones de propaganda de las que Herbert Bayer fue el designer en 1942, The Road to Victory o Airways to Peace, inspirarán al Committee for National Morale la respuesta a la cuestión que lo ocupa. Confrontados a aquella novedad hoy para nosotros tan convencional, los espectadores estadounidenses primero se vieron desorientados por esta manera en apariencia caótica de presentar las obras, esta visión de 360 grados en donde apenas se discierne, gracias a algunas manos dibujadas en las paredes, el sentido de la marcha, en la que cada uno debe hacer su propia experiencia de la exposición. Los conceptores en cambio estaban muy satisfechos con este perfecto compromiso entre la libertad dejada a los visitantes -lejos de la embrutecedora pasividad demostrativa de la propaganda totalitaria- y la directividad suave contenida en las opciones de los agenciamientos, de las obras y de los recorridos posibles. Aquí se traza un continuum perfecto entre la Segunda Guerra mundial y la guerra fría, entre la lucha contra los nazis y la lucha contra los soviets. La propaganda democrática, después de la guerra, ya no dejará de organizar giras por todo el mundo de sus gigantescas exposiciones cuyo modelo sigue siendo The Family of Man, la exposición más visitada de todos los tiempos -de 1955 a 1963, ofreció a los espectadores de sesenta y ocho países la contemplación de sus quinientas fotografías sin orden discernible. Estas exposiciones fueron generalmente financiadas y planificadas, ya fueran artísticas o comerciales, de vanguardia o más consensuales, por los servicios dedicados a la lucha anticomunista. La CIA, se supo hace algunos años, puede también ser legítimamente considerada como la instigadora del éxito planetario del expresionismo abstracto. Durante veinte años, subvencionó y promovió las exposiciones de Pollock, de Rothko y de De Kooning, quienes nunca supieron nada. Este diseño de ambiente como respuesta democrática a la propaganda totalitaria, el historiador de la comunicación Fred Turner lo llama el “cerco democrático”. Evidentemente, del mismo modo que internet no abolió la radio ni la televisión, el cerco democrático solo hizo que se multiplicara la propaganda dominante, presentándola no como mensaje, sino como dispositivo.

Terry Winograd, un teórico vagamente honesto del design informático, que fue profesor en Stanford de Larry Page, escribía a cuatro manos con el ex ministro de Economía de Salvador Allende, Fernando Flores, convertido en empresario exitoso en Estados Unidos: “El design, en su sentido esencial, es de orden ontológico. Constituye una intervención en la trastienda de nuestra herencia cultural y nos empuja fuera de las costumbres consolidadas de nuestra vida, afectando profundamente nuestras maneras de ser. El design, desde el punto de vista ontológico, es necesariamente reflexivo y político, y concierne a la vez la tradición que nos formó y las transformaciones por venir.” (Terry Winograd y Fernando Flores, L’intelligence artificielle en question, 1986). Design, el éxito de la disciplina hizo un poco que se olvidase, significa en inglés “proyecto, plan, dibujo, intención, objetivo”, pero también “mala intención, conspiración”. To design es intrigar, simular, esbozar y proceder de manera estratégica. Un designer, en el siglo XVII, era un complotista pérfido que tiende trampas. Tener designs sobre el marido de una amiga significaba haberle echado el ojo, querer pasarlo por las armas. Un mundo íntegramente diseñado es un mundo íntegramente malo por su proceder mismo -el tener que esconder siempre sus designios para verlos triunfar. Las grandes plataformas de la Silicon Valley son la expresión más lograda del poder ambiental y de sus paradojas democráticas. Lograron confeccionar a medida para cada persona un ambiente personalizado que le hace las veces de mundo. Solo hace falta modificarlo invisiblemente para registrar el efecto que esto produce sobre los usuarios y su conducta. Tras de las experimentaciones edificantes de Facebook para incitar a los estadounidenses o para comprender lo que los entristece, viene Cambridge Analytica -que empieza por un contrato del departamento de Estado estadounidense para estudiar las maneras de reducir la influencia de Daech en las redes sociales y que termina aplicando a los electores estadounidenses las milagrosas técnicas de micro targeting que la empresa desarrolló so pretexto de antiterrorismo. Cada año, por virtud del design, la función de mantenimiento del orden político de las grandes plataformas informáticas se hace cada vez más inmoderado. Umbral por umbral, niveles de censura propiamente chinos se van alcanzando. Facebook da caza a los grupos de vacunados que comparten sus testimonios sobre los efectos secundarios. En un documento intitulado “The Good Censor”, y publicado en 2018, Google se propone “luchar contra los malos comportamientos” para tener una internet abierta e inclusiva”. He aquí un feliz complemento a la ayuda ofrecida por la empresa al fisco francés para dar caza a los propietarios de piscinas no declaradas, aplicando un poco de inteligencia artificial a las imágenes satelitales de Google Earth.

Es entonces so capa de design y de ingeniería que el enemigo nos hace un bebé a nuestras espaldas. Pocos lo reivindican, pero algunos no se ocultan. En política, está por ejemplo Madsen Pirie, un neoliberal inglés o, más bien, escocés, y su think tank, el Adam Smith Institute. Los grandes enfrentamientos ideológicos y las batallas épicas de Margaret Thatcher contra los mineros no eran de su gusto, a pesar de que la aconsejaba. A esto, él oponía la micropolítica. No exactamente la de Foucault, Deleuze o Guattari. Más bien la manera en la que, a largo plazo, se vence arrolladoramente al enemigo de clase con pequeños dispositivos de morondanga, pero que metódicamente le mueven el piso. Un ejemplo: mejor que abolir el estatuto de los obreros del ferrocarril y así garantizarse un amplio conflicto, se puede reservar ese estatuto a quienes ya lo tienen, y reclutar a los nuevos según otras bases contractuales, así “se compran las generaciones presentes a fin de ir instalando progresivamente un nuevo sistema”. (Madsen Pirie, Démanteler l’État : théorie et pratique de la privatisation, 1985.) Para qué abolir una profesión muy reglamentada como es la de los taxis, alcanza con introducir una oferta competitiva, perfectamente precaria, abusiva y fatalmente mucho menos cara, como Uber. También se pueden proponer buses a los pobres, en guisa de alternativa low cost a los trenes, cuyo sindicato está demasiado bien sindicalizado. Así, sin decir agua va, yendo simplemente hacia lo más ventajoso, cada cliente participa en el desmantelamiento de la reglamentación. Usando una inofensiva aplicación, vota neoliberal y ejecuta la política idónea, a su escala ínfima, pero acumulativa. El micro político neoliberal “se concentra no en la batalla de ideas, sino en cuestiones de ingeniería política. […] Construye máquinas que funcionan […] y modifican las opciones que hacen las personas, alterando las circunstancias de esas opciones. […] La mayoría de los éxitos de la micropolítica precedieron la aceptación general de las ideas en las que se fundaban. En muchos casos, es el éxito de esas políticas lo que condujo a la victoria de la idea, más que lo inverso. (Madsen Pirie, Micropolitique, 1988). No es por otra parte muy seguro que los grandes conflictos espectaculares no puedan servir de diversión a la instalación simultánea de dispositivos micropolíticos tan temibles como imperceptibles.

Al gobierno de todas las cosas responde entonces el ejercicio de un poder esencialmente ambiental. Un poder que dispone el medio ambiente y deja libres a los seres. Que “arquitectura sus opciones” y solo interviene sobre los cuerpos como último recurso. Que evita el desorden evitando dar órdenes. Que no decreta más la Ley, sino que segrega normas. Innegablemente los humanos se refirieron siempre a lo que los rodeaba. La tradición hippocrática siempre vio en las circumfusa -las cosas circundantes- el factor determinante de la salud y de la enfermedad. La famosa “teoría de los climas” del siglo XVIII englobaba todos los aspectos materiales -aire, aguas, lugares- que influyen en la existencia terrestre. Algunos incluso pensaban entonces que los ambientes tienen suficiente fuerza plástica como para engendrar las especies animales que los pueblan. La policía del Antiguo Régimen -esa “policía de todo”- se aplicaba a todos los aspectos de la vida urbana, al alumbrado público tanto como al aprovisionamiento, a la contaminación como a la aducción del agua, a los precios en los mercados como a las cuestiones sanitarias. Era una policía del medio ambiente. Pero fue necesario que el capital revolucionase y rehiciese a su guisa todas las condiciones de existencia material de los hombres -y en particular fue necesario que los urbanizara masivamente- para que el poder mismo se hiciera ambientalista. Y que viera en la ingeniería de esas condiciones lo esencial de su tarea -de su tarea democrática. Cosa que no dejó de hacer desde 1945.

La nueva soberanía de lo ambiental llama a la de la policía. El poder democrático se define implícitamente por garantizar el Habeas corpus a los ciudadanos en tanto que se mueven sin fricción en el medio ambiente, material y virtual. El ciberespacio está, tanto como el espacio urbano, pensado para una circulación absolutamente libre y absolutamente arquitecturada. Es igualmente envolvente y policiado. Al carácter ambiental del poder democrático responde el control directo de la policía sobre los cuerpos de los infractores -los que crean perturbaciones, los que se reagrupan, los que se atreven a tocar el contexto. El soberano salvajismo de la policía estadounidense debía fatalmente imponerse al resto del mundo, a lo largo de la democratización y de la metropolización universales. Así como es conveniente, en una autopista, que el más mínimo acontecimiento sea borrado sin demora para evitar una cascada de otros acontecimientos, para asegurar la fluidez de la circulación general y la regulación del sistema, corresponde a la policía intervenir en cuanto antes, a través de todos los medios eficaces, para borrar la más mínima anomalía en el funcionamiento regular del ambiente metropolitano. Aquí cualquier acontecimiento es considerado como un accidente. Nada más puede suceder. Nadie debe inmiscuirse para modificar o apropiarse de un contexto tan bien pensado. En esto, el sujeto automóvil es una especie de ideal antropológico del ciudadano contemporáneo. Porque si hay algo que debe marchar derechito en el ambiente que se concibió para él, es el automovilista. Y si hay algo que está excluido, es que éste altere cualquier cosa, que haga algo que no sea someterse tocando bocina. El confinamiento del automovilista, incapaz de comunicarse con sus semejantes con algo que no sean gesticulaciones hostiles o cortesías temerosas, su aislamiento en su burbuja de chapa y plástico, fija una especie de perfección humana para el poder gubernamental. Para él no hay agrupamiento; solo hay embotellamientos. No es por nada que, desde Walter Lippmann y Louis Rougier, la metáfora rutera constituye una especie de topos del imaginario neoliberal, que nunca dejó de pensar la acción política como esencialmente ambiental. Si el socialismo es un régimen rutero en el que el Estado dice a cada uno cuándo salir con el auto, para ir adónde y por cuál trayecto, el liberalismo salvaje dejaría que los autos circulasen sin reglamento de tránsito, el “liberalismo constructor”, -o neoliberalismo- dejaría que cada uno fuese adónde mejor le pareciera, pero haciendo que se respetase con gran rigor el reglamento de tránsito. Hay que creer que los neoliberales nunca pusieron los pies en Nápoles, en donde todo está tan habitado y en donde los mundos sobreabundan tanto que la ciudad es ingobernable. En Nápoles, uno de los lugares del mundo en que menos se respeta el reglamento de tránsito, los accidentes son tan escasos como los conductores son hábiles. A la policía se la mantiene lejos, a distancia. Y esto algo tiene que ver.

El tono de obviedad con el que hoy no se para de hablar de “ecosistemas numéricos” o empresariales es un eco de la ecología tan “humana” de la Society de Wolff-Mead y de los torturadores de la CIA de los años 1950: todo indica que solo hay ambiente en donde el mundo nos escapa completamente. O en donde el mundo nos permanece obstinadamente hostil.

Nada de lo que yo puedo conocer, nada de lo que puedo tocar, nada de lo que puedo amar o detestar forma parte del “medio ambiente”. Por el contacto toda cosa entra en mi mundo.

El medio ambiente es, como el horizonte, una cosa que retrocede a medida que avanzo.

Esto lo convierte en una perfecta causa de la extrañeza reinante -e incluso una causa tan planetaria como la extrañeza puede serlo.

Nunca tantos extraterrestres se preocuparon tanto de esta naturaleza fangosa de la que huyen por todos los medios y que, en el fondo, los asquea.

Dejaremos devastar el mundo mientras tengamos necesidad del GIEC para conocer su estado.

Desde 1945, las causas del medio ambiente, del planeta o del clima no dejaron de propagar más ampliamente la impotencia que comandan.

La denuncia a ultranza del Planète au pillage de Fairfield Osborn data de 1948.

Quienes “destruyeron el medio ambiente” empezaron por construirlo como problema insoluble.

El medio ambiente se volvió sagrado desde el día en que el poder mismo se volvió ambiental.

En 1950, Norbert Wiener decía ya en Cybernétique et société: “Hemos modificado tan radicalmente nuestro medio que debemos modificarnos a nosotros mismos para vivir a la escala de ese nuevo ambiente”.

Existe otra vía: no intentar salvar el medio ambiente, sino emprender desde ya su desmantelamiento.

Porque bajo el medio ambiente, hay el mundo.

3.

Del mismo modo que hay una afinidad entre neoliberalismo y automóvil, hay una conexión entre neoliberalismo y petróleo.

Del mismo modo que la Fundación Ford financió en los años 1950 las reuniones del club estadounidense-europeo de los dirigentes atlantistas Bilderberg, las multinacionales del petróleo apoyaron durante largo tiempo a la Société du Mont-Pèlerin, teniendo algún interés en que los pueblos no vengan a interferir demasiado en sus actividades globales.

No es casual que los dos focos históricos del neoliberalismo -la London School of Economics y la universidad de Chicago- sean creaciones de los Rockefeller.

La conexión entre petróleo y neoliberalismo es de naturaleza estratégica: desde hace un siglo y medio, los arquitectos de este mundo -llamémoslos los “cosmócratas”, hicieron de modo que, parcela por parcela, cada aspecto de este fuera sistemáticamente sustraído a nuestro poder y devuelto bajo la forma de un medio ambiente inaccesible. Como lo mostró Timothy Mitchell en su Carbon Democracy, el paso del carbón al petróleo estuvo motivado en primer lugar por el hecho de que la mina seguía estando, dígase lo que se diga, en manos de los obreros, que eran los amos, en servidumbre sin duda, pero amos incuestionados de lo que sucedía bajo tierra. El petróleo con sus instalaciones lejanas, su logística compleja, su explotación poco necesitada de trabajadores y ampliamente automatizable, su personal de ingenieros y su geopolítica armada, permitía escapar a los pueblos. Era su principal virtud. El pasaje al petróleo fue una política que a continuación impuso una reconstrucción económica completa -tanto de la producción como del consumo. Desde entonces, cada nuevo progreso del capital habrá consistido en reforzar nuestra disminución de mundo, como si ésta representara la medida inconfesa. Esta preocupación preside la automatización tanto como la deslocalización, la transición dirigida hacia lo virtual como hacia las semillas transgénicas estériles, hacia la construcción de mercados globales como hacia las instancias políticas supranacionales. Si la escala nacional ya era el lugar de nuestra desposesión, esta ahora no tiene límites.

Esta pérdida organizada de nuestro agarre -de nuestra incidencia- en el mundo forma la condición del hombre contemporáneo. Su disponibilidad para la revuelta como su maldición. Su existencia shabbática como el abismo de su depresión.

“Ya no servimos para nada” -he aquí lo que puede oírse como un lamento o como el final maravillado de nuestra servidumbre.

“La humanidad hoy en día mejoró su tecnología de manera tan desmesurada que se volvió ampliamente superflua. La maquinaria moderna y los métodos de organización hicieron posible que una minoría relativamente reducida de managers, de técnicos y de trabajadores calificados baste para hacer funcionar el aparato industrial. La sociedad alcanzó un estado de desocupación de masa potencial; y cada vez más el empleo de masa es un producto manipulado por el Estado y las potencias emparentadas que canalizan a la humanidad supranumeraria con la finalidad de mantenerla en vida y, a la vez, bajo control […] Esto significa que amplias masas de trabajadores perdieron cualquier relación creativa con el proceso de producción. Viven en un vacío social y económico. Su dilema es la condición previa al terror. Ofrece a las fuerzas totalitarias una vía abierta hacia el poder y un objeto para su ejercicio. Para estas fuerzas, el terror es la administración institucionalizada de la humanidad vuelta un excedente.” (Leo Löwenthal, “L’atomisation de l’homme par la terreur”, 1946).

La intuición acerca de que los amos del mundo quieren deshacerse de nosotros, ahora que ya no tienen más necesidad y tienen todo que temer de nosotros, no es para nada insensata. Incluso lleva el cuño del sentido común. Es una vieja sabiduría gubernamental que “es necesario mantener al pueblo perpetuamente ocupado. […] Son peligrosos para la paz pública quienes no tienen interés en nada”. (Giovanni Botero, De la raison d’État, 1591) Un emprendedor de la Silicon Valley, papa efímero de la “nueva economía” de los años 1990, especulaba en el New York Times, hace más de veinte años ya: “2% de los estadounidenses bastan para alimentarnos, y 5% para producir lo que necesitamos”. Todos los bullshit jobs del mundo no alcanzarían para contener la marea creciente de los supranumerarios. La reintroducción de condiciones de trabajo de naturaleza esclavista -puesto que “toda mano de obra, en cuanto es puesta a competir con un esclavo, ya sea un esclavo humano o mecánico, debe aceptar las condiciones de trabajo del esclavo”, como Norbert Wiener advertía en 1949 al sindicato estadounidense de los trabajadores del automóvil -en nada cambiará la cuestión, ni tampoco la avidez de control universal. Esta situación imposible no puede ser estabilizada.

Este es el secreto de Polichinela de esta época, que se transparenta aquí o allí, por estallidos. Resulta de esto una curiosa configuración ortogonal de los poderes, públicos como privados. A la cabeza de las grandes firmas como de los Estados, se observa la misma disposición de un puñado de decididores, inmersos en un ambiente viril de truhanes prontos para asaltar el mundo y, por debajo de ese pequeño núcleo de horizontalidad desinhibida, una vertical, no del poder, sino de la sumisión. Una vertiginosa cascada de obediencia temblorosa, en la administración tanto como en las empresas, que ya no busca entender lo que le hacen hacer. Tal estructuración, inclusive apoyada por la fuerza pública y los gabinetes de consultoría mundiales, dispone de escasa capacidad de resistencia. Carece de tenor propio.

Este universo en el que algunos arquitectos regulan secretamente la vida del conjunto de sus contemporáneos fatalmente conduce al cinismo o a la jactancia imprudente.

De tanto tratarnos como un rebaño, se pensaron que éramos unos bestias.

Creen que pueden decir cualquier cosa, y que nadie oirá nada.

Es el “tiempo del cerebro disponible” de Le Lay. O el “Hemos sido vencedores en la lucha de clases” de Warren Buffett. O Laurent Alexandre arengando a los estudiantes de Polytechnique: “Ustedes, los dioses, que dominan, controlan y serán los managers de las tecnologías NBIC, crearán un gap con respecto a los inútiles. […] Los Chalecos Amarillos son la primera manifestación de ese gap intelectual insoportable. […] La urgencia es evitar la multiplicación de los Chalecos Amarillos”.

Lo que los vuelve locos, con los conspiracionistas, es advertir que su apuesta falló.

Ya no alcanza con distraernos y aterrorizarnos para tenernos inmovilizados.

Nos informamos. Nos formamos. Discutimos. Leemos. Pensamos. Nos esmeramos en compartir lo que creemos haber entendido.

Nuestros medios son magros, pero estamos lejos de renunciar a detectar las maniobras de ellos.

Y sobre todo, nosotros sabemos dónde habitamos.

Leímos al teórico orgánico del Consejo Europeo, Luuk van Middelaar, leímos cómo celebra los golpes sucesivos, tan atrevidos como furtivos, a través de los cuales el poder europeo se liberó de cualquier control. No se nos escapó que Van Middelaar, para esto, se refiere al Maquiavelo francés del siglo XVII, Gabriel Naudé, y sus Considérations politiques sur les coups d’État. Y con cuidado tomamos nota de que éste nos ve como a una platea inerte para la cual la aristocracia política debe actuar muy bien en sus puestas en escena neoconservadoras, para que a pesar de todo algo suceda. Su tranquila insolencia no cayó en oídos sordos.

Nosotros leímos el desprecio del pueblo, tan impermeable a cualquier razón y tan sujeto a los rumores, que chorrea de cada línea de La Guerre des vaccins de Patrick Zylberman -especie de consejos del Príncipe para aplastar sin escrúpulo cualquier oposición a la actual política vacunatoria. También esto recibirá luego su correspondiente paga.

Nos encantó esta entrevista a alguien cercano a Jean Monnet, el hombre de la elite transatlántica en la Francia de posguerra, el hombre de los gabinetes de abogado de Wall Street mucho más que de la CIA. Cuenta su vida desmelenada en el Commissariat du Plan entre 1946 y 1958, en donde corredactó una decena de declaraciones de investidura de presidentes del Consejo: “En el Plan, ¡era prodigioso! Éramos tres: Monnet, Hirsch y yo, el resto eran las comisiones, los expertos, pero nosotros estábamos los tres siempre juntos haciendo todo, una especie de comando. Fuimos los autores de la reconstrucción, del plan de industrialización, de la estabilización, de la política social; hicimos la política extranjera y terminamos haciendo la política militar […]. ¿Se imaginan la vida que llevábamos? Era una diversidad inaudita. Desde mi escritorio en la buhardilla del Commissariat du Plan, inspiré ampliamente la política económica francesa. Era muy eficaz como método: ¡tres tipos clandestinos que hacían todo! ¡Y los gobiernos hacían lo que les decíamos! (Pierre Uri in François Fourquet, Los comptes de la puissance, 1980). Nos faltaba este pequeño esclarecimiento histórico sobre el período: lo que informa va mucho más allá.

Vimos a Edward Bernays, que públicamente pretendía que la publicidad saliera de su edad mágica para abordar su edad científica, en un dibujo representarse a sí mismo como un mago melancólico en torno al cual gira el universo.

O a Alex Pentland, el papa comportamentalista de las GAFAM, interviniendo hace algunos años en Mountain View en la sede de Google: “Ustedes oyeron hablar de individuos racionales […] No es lo mío […] No creo que seamos individuos […] La acción no se encuentra bajo nuestro cráneo. La acción está en las redes sociales”.

Leímos a Eric Schmidt, el patrón de Google, en 2013: “Casi nada, fuera de un virus biológico, puede aumentar tan rápida, eficaz o agresivamente como estas plataformas tecnológicas; tamaña potencia también convierte en todopoderosas a las personas que las edifican, las controlan y las utilizan”.

Y por supuesto leímos a Klaus Schwab, su Quatrième Révolution industrielle et son COVID-19: la grande réinitialisation. Nos dejó mudos la delectación mórbida con la que detalla: “los efectos desastrosos sobre nuestro bienestar mental” de la atmósfera de angustia mantenida en torno a “una de las pandemias menos letales que el mundo haya conocido en el curso de los dos mil últimos años”, y con la que balancea “el traumatismo, la confusión y la cólera” engendrados por las medidas de confinamiento en la mayoría de las personas y la felicidad incomparable con la que esas mismas circunstancias colman a los genios auténticamente creativos. ¡A qué ridiculez se entregaron los medios de comunicación al hacer que se tomara por una “teoría de la conspiración” lo que figura letra por letra en libros que estos medios no se tomaron el trabajo de hojear!