eXtramuros prosigue, en traducción propia a cargo de Alma Bolón, la publicación de fragmentos de “Manifiesto conspiracionista”, libro de autoría colectiva anónima que “no pertenece a nadie, pertenece al movimiento de disociación social en curso” 

Editado en enero de 2022 por Éditions du Seuil, “Manifiesto conspiracionista” recoge la experiencia de la pandemia remontándose a sus vísperas planetarias -el estado del mundo en aquel lejano 2019-; a las pioneras conspiraciones anticonspiracionistas -Karl Popper y Friedrich von Hayek en la postguerra-; a los paralelismos con 1914 -las dimisiones de la “izquierda” y el olvido del conspiracionismo de sus autores señeros-; a los sucesivos ejercicios de simulación de catástrofes en los que, desde hace más de veinte años y bajo la ideología del preparedness, confluyen servicios de inteligencia (CIA-FBI), científicos-guionistas, millonarios, transnacionales.
La tesis es sencilla y esclarecedora: la guerra fría no terminó ni se interrumpió con la caída de la Urss, sino que la guerra fría es el régimen en el que vivimos desde los años 1940. Régimen tecnocrático que modela nuestro vivir, la guerra fría es creación de servicios de inteligencia (CIA-FBI), antropólogos, sociólogos, psicólogos, ingenieros, físicos, biólogos, genetistas, matemáticos, informáticos, médicos, mega patrones de mega transnacionales, medios de comunicación, etc.
La reivindicación es nítida: “somos conspiracionistas, como hoy lo son todas las personas sensatas”, porque “el conspiracionismo es el nombre de la consciencia que no depone las armas”.

Una primera traducción y edición en papel de “Manifiesto conspiracionista” tuvo lugar en Logroño, España, en octubre de 2022, en la editorial Pepitas de calabaza:
https://www.pepitas.net/libro/manifiesto-conspiracionista



El conspiracionismo es el nombre de la consciencia que no depone las armas

1 La conspiración anticonspiracionista.
2. Como en 1914.
3. “Todo conspira”.

1.
Pretender luchar contra una epidemia, y mañana contra la catástrofe ecológica, condicionando toda la vida social a la presentación de un “pase”, especie de versión electrónica de la libreta obrera del siglo XIX, para luego reprobar como irresponsables a quienes encuentran esta pretensión extravagante –el poder presente le tomó gusto a esta operación recurrente: plantear un real delirante, luego declarar heréticos a quienes se niegan a suscribirlo.

Pero nosotros no somos una herejía.

Somos un cisma.

No hay, en este momento, personas que deciden y otros que protestan.

Hay realidades que divergen, continentes perceptivos que se alejan, formas de vida que se vuelven irreconcialiables.

Es una divergencia mucho más masiva y mucho más silenciosa que todo lo que se manifiesta.

Esta situación hace rabiar, literalmente, a quienes necesitan un mundo único sobre el cual reinar, aunque sea a su pequeña escala. Por todos los medios necesitan resorber ese afuera que se les escapa. Ya sea Agustín frente al pelagianismo o el papa Inocencio III frente a los movimientos espirituales, la caza a los heréticos procede siempre con un doble movimiento de reintegración de los “diplomáticos” –aquellos que aceptan vivir, etimológicamente, “plegados en dos”- y de exterminación de los irreductibles. El anticonspiracionismo contemporáneo tiene que ver con esas especies de cábalas, de persecuciones, aunque también les agregue una torsión suplementaria.

El inventor de la retórica anticonspiracionista es Karl Popper, con La sociedad abierta y sus enemigos en 1945. Dos años más tarde, fundaba con su amigo Friedrich von Hayek, quien le había encontrado un puesto en la London School of Economics, la conspiración más exitosa de la segunda parte del siglo XX: la Sociedad del Mont-Pėlerin. En 1947, la Sociedad del Mont-Pėlerin parte de un total estado de derrota histórica del campo liberal –el mundo entero, o casi, se había vuelto keynesiano. A esto, la Sociedad opone la certidumbre ontológica de su causa – Hayek, Von Mises y Popper mientras tanto habían planteado, en el terreno epistemológico, refutaciones al socialismo de las que éste en el fondo nunca se recuperó, y a las que terminó convirtiéndose. Como única palanca, la Sociedad del Mont-Pėlerin dispone de una red de amistades seguras alimentadas por un debate filosófico reñido y por complicidades discretas tejidas en la administración tanto como en el mundo de los negocios y del periodismo – en ese entonces no solo había economistas. La Sociedad nunca exhibe su finalidad política no obstante obsesiva, y no deja translucir ninguna de sus estrategias, enmascarando su agenda táctica bajo la forma convenida de la discusión teórica de alto vuelo. Durante treinta años de trabajo metódico, obstinado, a veces público y a veces subterráneo, la Sociedad del Mont-Pėlerin llevó el neoliberalismo a la pila bautismal. Le dio el poder en las cabezas antes que en los palacios presidenciales chileno, francés, británico o estadounidense. Hizo del neoliberalismo la atmósfera reinante en las sociedades, el lenguaje espontáneo de los gobiernos, el resorte implícito de la mayoría de las tecnologías de moda. Hizo pie en todos los terrenos y se metastaseó en los cuatro rincones del mundo en cien departamentos de universidad, think tanks, institutos, y grupos de presión que. por su parte, produjeron un chorro continuo de mil proposiciones, mil informes y análisis, mil soluciones a corto, medio y largo plazo. Al punto que gobernantes y gobernados a menudo se encuentran, sumidos en la fragancia de la época, haciendo neoliberalismo sin saberlo. Ni siquiera la tecnología de las redes neuronales con base en el deep learning deja de tener alguna deuda desconocida con Hayek & Co.

Fue necesaria una sociedad singularmente cerrada para imponer a todos la “sociedad abierta”. De hecho, la retórica anticonspirativa desde su nacimiento sirve para cubrir una intensa actividad conspirativa. Se emparenta con la táctica de la negación del cambio climático por las multinacionales petroleras, que saben de qué se trata desde los años 1960. Pero esto seca al adversario, lo deja sin voz, le birla de abajo de los pies el suelo compartido. La grosería del procedimiento desconcierta por el cuestionamiento casi punk de lo que sin embargo es una evidencia sensible, además de ser un hecho establecido. Quien desenvaina gana así tiempo para llevar a su término las operaciones en curso, y para advertir lo siguiente. Pone ese mundo al abrigo de cualquier crítica, levanta una pantalla de humo y prepara el terreno para sus operaciones futuras. La acusación de conspiracionismo es el guardián de la mentira desfachatada.

El 2 de junio de 2006, protegido por un ejército de policías, el diputado-alcalde socialista de Grenoble defendía la instalación, cuestionada en su ciudad, de Minatec, un nuevo centro de investigación del Comisariado de la Energía Atómica dedicado a las nanotecnologías. A los manifestantes que ponían objeciones a este proyecto, el diputado decía: “Hacer que las personas crean que un “nanomundo” totalitario se impondrá a la población sin debate previo no solo es una manipulación mentirosa, sino que también es una forma de paranoia política muy sabida, que se apoya en la teoría del complot, el odio a las élites, a los responsables, a los políticos”. El debate nunca tuvo lugar, claro. Y las nanopartículas de Minatec ahora están por todos lados. Si el debate nunca tuvo lugar es porque se lo alejó en el momento en el que podía ser decisivo. En el momento en el que todavía se estaba a tiempo de deshacer esta nueva embestida de los furrieles de desastres.

Más cerca de nosotros, un buen día de noviembre de 2016, Narendra Modi anunciaba sin decir agua va la desmonetización de los billetes de 500 y 1 000 rupias, es decir 86 % de las especies en circulación en la India. Se trataba, claro está, de luchar contra la pobreza y la corrupción, de que todos los ciudadanos aprovecharan el desarrollo del país y de hacerlos por fin iguales ante el impuesto. Quienes entonces denunciaron una brutal maniobra para liquidar el anonimato propio del intercambio en especies y así instaurar un control social reforzado por la digitalización de todas las interacciones económicas, fueron amonestados como adeptos de las “teorías de la conspiración”. Tres años después, el gobierno indio anunciaba su programa “Cashless India”, aconsejado por el oligarca que había creado en años anteriores el banco de datos biométricos nacional. El país se jacta, ahora, de tener la economía más digitalizada del mundo –un medio sin parangón, vemos, para “luchar contra el coronavirus”.

[…]

Como epígrafe del libro en el que vilipendia por primera vez la “teoría de la conspiración”, Popper colocó una frase de Walter Lippmann, el columnist estadounidense más influyente del comienzo del siglo XX, el “creador” del neoliberalismo: “La derrota de la ciencia liberal se encuentra en el origen del cisma moral del mundo moderno que divide tan trágicamente a los espíritus esclarecidos”. Popper poco escondía, para quien sabe leer, lo que estaba maquinando. Su argumento contra las “teorías de la conspiración” se resume así: 1. no es porque hay complots que estos son victoriosos; 2. todo es más complejo de lo que nos lo imaginamos; 3. hay una “lógica de la situación” que escapa, como el propio mercado, a cualquier control. En suma, uno no puede decir porque uno no está en todas partes y entonces no puede tener certeza de nada. Intentar producir una inteligibilidad histórica del curso de los acontecimientos es una presunción fatal. Quien dice algo de este mundo que éste ya no dice por sí mismo, ultrapasa sus derechos epistemológicos. No hay nada que decir de este mundo, además. Solo hay que adaptarse. A cualquier enunciado por otra parte refutable sobre el estado de las cosas, la retórica anticonspiracionista responde con una diversión argumentativa sobre el enunciado mismo, o incluso sobre quien lo profiere –sus sesgos cognitivos, su falta de método, su psiquismo errático, su paranoia. Así es que esta retórica protege verdaderamente ese mundo –y tal es su función- desviando los tiros, disertando sobre defectos psicológicos y “minusvalideces epistemológicas”. Mientras que nosotros hablamos del mundo, los anticonspiracionistas solo hablan de nosotros. Popper, padre de todos los trolls, conduce hasta el famoso “estilo paranoico en política”, tan elegantemente revocado por Richard Hofstadter en 1963 como la expresión de una simple ansiedad apocalíptica en sujetos intelectualmente carenciados. El mundo es pues esta inmensa positividad incuestionable. La única sabiduría posible es escéptica. Si hay que “mantener abierta la controversia” sobre los neonicotinoides, el petróleo o la energía nuclear, es solo para evitar tácticamente que se cristalice en la opinión alguna verdad desventajosa –al menos esta es la opinión chorreante de desprecio de quienes se encuentran del lado del mango. “La duda es nuestro producto”, titulaba en 1969 una nota de servicio de uno de los dirigentes de la industria del tabaco. Tanta duda confortable va muy bien con el axioma de que solo el mercado, siendo el único omnisciente y el único omnipresente gracias a la señal de los precios, puede producir verdades. ¿Quién puede atreverse a sostener que este mundo está moldeado por las relaciones de dominación, cosa que constantemente debe hacer olvidar, y a fortiori que ya pasó su cuarto de hora y debe ser derrocado? El alarde es imparable, al menos formalmente. Históricamente, en cambio, es aberrante: si los complots más nefastos a veces fracasan, es porque fuerzas opositoras los vieron a tiempo y se esforzaron en combatirlos en el momento en el que todavía eran embrionarios –en el momento pues en el que las buenas almas que se atienen a las apariencias negaban hasta su existencia.

“Hell is truth seen too late”, recordaba Philip Mirowski, el gran historiador del neoliberalismo, parafraseando a Hobbes.

El argumento de Popper solo tiene alcance porque hay conspiracionistas, y actúan en consecuencia.

Si hay complotistas, simplemente es porque hay complots.

Distamos de estar solos, epistemológicamente. En apoyo, tenemos numerosos espíritus analíticos generosos. Solo hay que lamentar su súbito silencio desde marzo de 2020. Así, el historiador de las ciencias Steven Shapin explicaba en diciembre de 2019 a sus colegas de Harvard que si tantas personas no creen más en “la ciencia”, no es solo por falta de pedagogía o por atraso mental, sino que tal vez sea porque, desde la bomba atómica y el proyecto Manhattan que la parió, y desde el alistamiento de la investigación al servicio del capital, “la ciencia” tuvo tanto éxito en este mundo que toda la gente la sabe demasiado interesada como para ser honesta. Sirvió tan bien al poder que nadie sigue esperando que además sirva a la verdad.

Inversamente, no faltan chupatintas de izquierda que intenten esclarecer al vulgo con espesos volúmenes acerca de ese complotismo que “protege al sistema” y “perjudica la lucha social”. Les refrescaremos la memoria, en términos de edificación histórica, con esta pequeña anécdota llena de enseñanzas. Luego de Popper, durante esta guerra fría en la que la confrontación entre maccarthysmo y stalinismo por cierto no ayudaba a pensar libremente, no faltaron intelectuales liberales, inclusive libertarios, que intentaran deconstruir las teorías de la conspiración, su “causalidad diabólica”, y reprobar la vía por la que cualquier radicalismo político lleva directo a las cámaras de gas. Uno de los primeros artículos sobre lo que entonces se llamaba “la concepción policial de la historia” apareció en la revista antitotalitaria Preuves en 1954 bajo la pluma de Manės Sperber. Diez años más tarde, la revista estadounidense Ramparts aportaba la prueba de que Preuves era financiada, sin su conocimiento, por la CIA.

En un mundo de paranoicos, los paranoicos son los que tienen razón.

Para los propietarios de este mundo, la retórica anticonspiracionista apunta a adjudicarse el monopolio de la facultad de conspirar.

2.

Por muchos aspectos, la ruptura de 2020 es hermana de la de 1914.

Mismo carácter asfixiante, desvergonzado, telefoneado pero eficaz de la propaganda.

Misma traición pasmosa de la izquierda.

Mismo desierto que súbitamente se forma en torno de quienes no flaquean.

Misma guerra declarada al enemigo como instrumento para que la propia población se ponga a marcar el paso.

Misma prescripción de la mentira, no solo en los periódicos sino también en las relaciones humanas.

Misma invocación por el Consejo de Estado a las “circunstancias excepcionales” para terminar de arruinar cualquier principio jurídico.

Misma fulminante reestructuración de los métodos de producción y misma instantánea revisión de todas las normas sociales.

Misma fatiga sumisa que gana, al final, a pesar de los amotinamientos.

Como en 1914, el espectáculo más desopilante nos lo ofrecen todos esos radicales que no pueden confesarse que se pasaron para el campo gubernamental. En 1914, se había bromeado mucho al ver a los paladines anarquistas de la “guerra social” convertidos instantáneos en guerra al alemán, al boche. Hoy, los radicales de ayer están a favor del confinamiento, a condición de que sea auto administrado. Contra el “pass sanitario”, hasta tanto no lo tenga todo el mundo. A favor de las vacunas, por solidaridad, pero sin saber bien qué pensar de lo que contienen o de quiénes las producen. Hay también quienes llevan el gusto por la paradoja hasta juzgar la obligación vacunatoria infantilizante y en consecuencia pedir “más pedagogía”. Se vieron hace poco esos extraños anarquistas que citan a Bakunin –“cuando se trata de botas, me atengo a la autoridad de los zapateros”- para lavar su honor político: jamás se sometieron al Estado, en materia de restricciones “sanitarias”; solo se atuvieron a los médicos, y esto no tiene nada que ver.

Los gobernantes que ayer aún los anarquistas desafiaban, y que tan hábilmente los envolvieron en su juego, deben de reírse mucho en sus cenas mundanas.

Pero es de una manera general que toda la izquierda da, desde hace dos años, lo mejor de sí misma. Cayó en todas las trampas tendidas. Redifundió todos los mismos productos que las agencias de comunicación gubernamentales y no le hizo ascos a ningún chantaje afectivo, a ningún paralogismo, a ningún mutismo cómplice. Reveló ser lo que es: irracional a fuerza de racionalismo, oscurantista a fuerza de cientificismo, insensible a fuerza de sensiblería, mórbida por higienismo, odiadora por filantropismo, contra revolucionaria por progresismo, estúpida por haberse creído cultivada, y maléfica a fuerza de querer pertenecer al campo del Bien. Durante estos dos últimos años, en todos los países del mundo, salvo tal vez en Grecia, la izquierda, socialista igual que anarquista, moderada igual que ultra, ecologista igual que stalinista, sistemáticamente se ofreció como apoyo al golpe del mundo tecnocrático. Ningún confinamiento, ningún toque de queda, ninguna vacuna, ninguna censura, ninguna restricción le habrá parecido lo bastante extrema como para sentir revulsión. Fue la voz del miedo mientras el miedo reinó. Al punto de dejar caer la libertad, la democracia, la alternativa, la revolución e incluso la insurrección, en la escarcela conceptual de la extrema derecha. Hay que decir que la izquierda siempre encarnó el partido de la biopolítica. Para terminar, los marxistas en onda de la revista Jacobin alucinaron, desde Nueva York, el anuncio del socialismo que viene en el uso del tapaboca, mientras que otros iban hasta teorizar el “comunismo vacunatorio”. Apasionantes discusiones se anuncian, en los tachos de basura de la historia.

Es en su cruzada contra el conspiracionismo, evidentemente, que la izquierda dio toda su medida. Todo lo que la izquierda puede contar como intelectuales homologados, periodistas ociosos y pequeños emprendedores en medios de comunicación alternativos, todo lo que la izquierda puede encerrar como narcisistas hinchados con la aprobación del rebaño, todos estos se apresuraron a pagar valientemente su óbolo. Nadie, o casi, que advirtiera que todos los grandes autores “de izquierda”, todos esos monumentos, todas esas referencias que quedan muy chic en las bibliotecas de libros jamás abiertos, todos ellos son uniformemente conspiracionistas.

¿Foucault? Describía, al final de Vigilar y castigar, la delincuencia como un producto de la propia institución carcelaria, que así apunta a mantener en un perímetro bajo control la siempre amenazadora difusión de los ilegalismos. Por todos lados Foucault veía estrategias y contra estrategias, capturas y escapes. Se atrevió a un “soy materialista porque niego la realidad”. ¡Vaya uno hoy a proclamar algo así en público! Peor aún, durante uno de sus cursos en el Collėge de France, Foucault no temió proferir esto: “Este exceso de biopoder [sobre el derecho soberano] aparece cuando la posibilidad está técnica y políticamente dada al hombre, no solo de acondicionar la vida, sino también de hacer proliferar la vida, de fabricar viviente, de fabricar monstruo, de fabricar –en última instancia- virus incontrolables y universalmente destructores”.

¿El gran pensador de la Razón en la historia, Hegel? Creía en el magnetismo animal, en un alma sintiente universal accesible en estado hipnótico. Respondía de antemano a los cientistas, zetéticos y demás escépticos: “Podría parecer que los hechos tienen necesidad de verificación, pero una verificación así sería a su vez superflua para quienes la exigieran, porque se facilitan la tarea sin inconveniente cuando dejan pasar como ilusión y como impostura los relatos en infinita cantidad y tan bien atestiguados por la cultura, el carácter, etc., de los testigos. Están tan firmemente apegados al a priori de su entendimiento que no solo cualquier atestación es impotente ante este, sino que han negado de antemano lo que han visto con sus propios ojos”.

¿Marx, Nietzsche, Freud, todos catalogados como “pensadores de la sospecha”? Los tres hoy pasarían por conspiracionistas. Freud se complacía en confiar a Ernest Jones, en sus veladas, su pasión por las visiones extralúcidas, la acción a distancia o el comercio con el espíritu de los difuntos, y concluía con un “Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía”. Imagínense.

¿Adorno? Adorno-la-teoría-crítica, tan poco sospechoso de irracionalismo que dedicó un libro entero a la vituperación de los horóscopos, hablaba en Minima Moralia de “la colusión secreta de todo médico con la muerte”. “Es en el promedio, aseguraba también, que reside la enfermedad de la época”. ¡Diablos! Y Deleuze, con su “sociedad de control”. Guattari, con su “capitalismo mundial integrado” y su “revolución molecular”. Sin hablar de todos los “grandes poetas” nacionales –Nerval y Rimbaud, Baudelaire y Lautréamont, Artaud y Michaux: ¡todos conspiracionistas hasta la médula! Y K. Dick, y Pynchon, y De Lillo, y Bolaño –¡habrá que ir pensando en vaciar el estante literatura!

Todos los autores que la izquierda adula, los detestaría de estar vivos; y ellos, de estar vivos, la despreciarían. La izquierda solo los ama muertos, para reducirlos en papilla de cultura. Un requete conspiracionista como Guy Debord solo puede ser elevado al rango de “tesoro nacional” porque no está más aquí para escupir a los que finalmente se vendió. Casi que nos olvidábamos de Rousseau, ese inmenso conspiracionista cuyas lágrimas prendieron la mecha de la Revolución Francesa.

Ah, justo, ¡hablemos de la Revolución Francesa! ¡Hete aquí un acontecimiento conspiracionista hasta la caricatura! Con todos sus rumores sobre las costumbres satánicas de la corte, sobre las hambrunas fabricadas por la Iglesia, los financistas o los ingleses, o sobre los amores sáficos de la princesa de Lambelle. A nadie se le ocurría poner a Robespierre entre los complotistas cuando escribía: “¿Cuál es la primera época de esta conspiración? El propio origen de la Revolución. ¿Cuáles son sus primeros motores? Todas las cortes ligadas en contra de nosotros. ¿El objetivo? La ruina de Francia. ¿Las víctimas? El pueblo y usted. ¿Los medios? Todos los crímenes.” Y todos esos periodistas que ahora hacen profesión, remunerada por Facebook y Google, de perseguir los contenidos conspiracionistas: ¿acaso al menos recuerdan que hace apenas diez años, en las horas de gloria de WikiLeaks, adulaban a un tal Julian Assange, autor de un pequeño manifiesto sobriamente titulado “La conspiración como modo de gobernanza”?

Un conspiracionista al que se le dedicó un horroroso bulevar en París, y que pasó su vida complotando, al menos cuando no se encontraba aislado en un calabozo en la cárcel, afirmaba: “Las armas y la organización, he aquí el elemento decisivo del progreso, la manera seria de terminar con la miseria. Quien tiene el fierro, tiene el pan. Se prosternan ante las bayonetas, son barridos los tropeles desarmados […] En presencia de los proletarios armados, obstáculos, resistencias, imposibilidades, todo desaparecerá. Pero, para los proletarios que se dejan entretener con paseos ridículos por las calles, con plantar árboles de la libertad, con frases sonoras de abogado, habrá agua bendita primero, insultos luego, finalmente metralla, y miseria siempre.” (Auguste Blanqui, “Le toast de Londres, 1851”)

La izquierda siempre estuvo del lado de los paseos ridículos por las calles, de plantar árboles de la libertad y de las frases sonoras de abogado. Es uno de los esclarecimientos definitivos arrojados por estos dos últimos años. De la derecha, nunca hubo nada que esperar, si no es la perpetuación de la injusticia heredada. Pero que la izquierda, en el fondo, haya estado siempre del lado de los vencedores, de los que solo era la mala consciencia histérica, he aquí que esto había aparecido ante los ojos de todos, en la historia, únicamente por estallidos rápidamente olvidados. Desde hace dos años, es un espectáculo cotidiano, interminable, infaltable. Reactiva, embrollada, peso muerto, la izquierda siempre fue contra revolucionaria de la manera más eficaz que hay: pretendiendo “apoyar el movimiento”. Siempre ausente en el momento en el que hay que estar, solo vive en futuro anterior, produciendo los relatos, las nociones, las justificaciones que explican y ratifican la derrota. Del proletariado, solo ha amado su derrota, que de este modo forma la condición de su existencia. El episodio de los Chalecos Amarillos -que mostró a la izquierda al unísono con la calumnia general mientras el movimiento era insurreccional, para encontrarle afinidades crecientes a medida que el movimiento era más débil- ciertamente la había vuelto a poner en el cuchitril de los trastos. Pero finalmente los dos últimos años nos la quitaron de encima. Cualquier espíritu vivaz puede ahora oír estas palabras, inaudibles cuando fueron escritas en 1955 por el escritor comunista Dionys Mascolo: “Lo contrario de ser de izquierda no es ser de derecha, sino ser revolucionario […] De todo lo que no se atreve a ser franca, absolutamente de derecha, o reaccionario (o fascista), a todo lo que no se atreve a ser francamente revolucionario, se encuentra el reino de la izquierda, dudosa, inestable, mixta, inconsecuente, presa de todas las contradicciones, impedida de ser ella misma por la indefinida cantidad de maneras de estar unida que se le proponen, de nuevo desgarrada, como se dice, y nunca desgarrada por mala suerte, malevolencia o torpeza, sino por naturaleza” (Sur le sens et l’usage du mot “gauche”).

En marzo de 2020 como en 1914, de repente no hubo nadie más.

Como 1914, marzo de 2020 libró al mundo de esta hipoteca –la izquierda.

Quienes, como acompañamiento de decenas de derrotas, bramaban contra el orden existente súbitamente entraron al redil, en el momento preciso en el que se requería el coraje de salir de éste.

Se ubicaban así entre sus semejantes.

Hubiera sido necesario en 1914 que cesara la mistificación de la izquierda para hacer posible la onda revolucionaria que corrió de Dada en Zürich a las fábricas ocupadas de Turín, de los marinos insurrectos de Hamburgo a las manifestaciones de mujeres que iniciaron la revolución rusa.

Por cierto, habrá sido necesaria esa maldita guerra para liquidar el anarco sindicalismo francés, la “gran fiebre” de los obreros ingleses que subía desde 1910 o los heroicos International Workers of the World en Estados Unidos.

Por lo demás, la meta de esta guerra, como la de la crisis de management de la “pandemia”, era congelar la onda de las revueltas mundiales que las precedía.

3.

Es de verdad estrafalario estar viendo a los paladines de un régimen nacido de los “13 complots de mayo de 1913” -la V República- lanzarse en una cruzada contra el complotismo.

O absolutamente lógico, por el contrario.

Solo quienes saborearon plenamente las alegrías y las potencias de la conspiración pueden, a tal punto, querer reservarse su exclusividad.

Si el conspiracionismo es tan trivial y tan popular es porque cabe entero en esta trivialidad efectivamente popular: todo poder solo se mantiene conspirando contra aquellos sobre los que se ejerce –empleados, ciudadanos, clientes, población, pacientes, acusados o presos. Por construcción, solo hay emancipación seria en el crecimiento de una fuerza opaca a los rayos del poder: una conspiración, pues.

Para, sin reírse, poder decretar una cruzada anticonspiracionista, fue necesario organizar, desde hace decenios, la rarificación del conocimiento histórico. Esta era la condición.

Por nuestra parte, claro que podemos afinar la distinción entre complot y conspiración. El complot evoca la imagen de los conjurados reunidos en la misma habitación, y urdiendo juntos un plan preciso según una voluntad explícita y compartida. Reposa sobre un secreto común que puede entonces ser fácilmente traicionado. La conspiración no tiene ninguna necesidad de reunir a sus miembros. Flota. Su elemento es aéreo. El entendimiento, aquí, puede ser tácito, difuso, tan inasible como una idea. Es esto, además, lo que la vuelve temible. Hay conspiraciones objetivas que son el producto de reflejos, de representaciones, de estructuras sociales, y que, más ágilmente que un complot bien llevado, saben eludir todos los obstáculos para la realización de su programa. Sería difícil identificarles un origen, adjudicarles una sede, aislar su tema. El mundo presente es, sin ninguna duda posible, el resultado de dos siglos de una conspiración objetiva de los ingenieros, conspiración cuyo perímetro está en todas partes y su centro en ninguna. ¿Y qué le van a hacer? Tal es su naturaleza. Sería necesario que dejaran de ingeniárselas, que sean desertores de sí mismos. Las conspiraciones, con su carácter transversal, superan las finalidades conscientes de quienes en ellas se implican. Incluso a veces pueden detallarse en una multitud discreta de complots locales. Nada se parece más a una maniobra concertada, a un complot centralizado que la unidad en la falsificación periodística cotidiana, la que resulta en primer lugar de un efecto de estructura, de una uniformidad ideológica, de una selección social, de un servilismo profesional, lo que se aviene perfectamente con las auténticas operaciones de intoxicación coordinadas.

Sobre todo, hay que sacarle a la conspiración su aura de excepcionalidad. En latín, la conspiratio es el acorde, el acorde musical tanto como el acuerdo entre los seres. En la liturgia del primer cristianismo, la conspiratio es el momento del osculum, el beso en la boca que los fieles intercambian, volviéndose así un “solo aliento”, un solo “espíritu”. Muy temprano el ritual pareció tan incómodo para la jerarquía eclesiástica que lo reemplazaron por el anodino “paz de cristo”. Solo sobrevivió en el homenaje medieval del caballero a su soberano, y todavía hoy entre los mafiosos. Un “complot”, en antiguo francés es simplemente una aglomeración –una muchedumbre, una reunión o una compañía. Por doquier las personas respiren el mismo aire y compartan el mismo espíritu, hay conspiración. Por doquier se congreguen físicamente, hay complot, al menos potencial. Que esas nociones se hayan cargado de una significación maléfica solo testimonia del peso del Estado en la definición de nuestro vocabulario, y consecuentemente en la mirada que dirigimos al mundo. Porque es solo desde el punto de vista del Estado que cualquier entendimiento singular y cualquier aglomeración constituyen una amenaza.

La facultad de conspirar es inherente a cualquier existencia.

Incluso es la marca de todo lo viviente.

Si todo vive, es porque “todo conspira”, decían los estoicos.

No hay realidad humana, no hay vida transparente.

Hay un resto en la representación de toda cosa, en la captura de todo ser.

Toda publicidad está ornada de opacidad.

En donde hay escena y espectadores, hay bambalinas y tramoyas.

En donde hay campo, hay fuera de campo.

En donde hay política oficial, hay servicios secretos.

El organigrama de las organizaciones al fin de cuentas dice poco sobre las jerarquías reales, en las empresas, en los partidos, en las asociaciones.

De modo que una época en la que la publicidad ganó todas las esferas de la vida solo puede ser una época en la que el complot a su vez se inmiscuyó en cada rincón de la existencia.

La aberración no es el complotismo, sino el subcomplotismo: el hecho de discernir solo un gran complot, siendo que hay innumerables que se traman en todas las direcciones, en todas partes y todo el tiempo.

No solo existe la mafia de los X-Mines [École polytechnique: tal vez la escuela pública de ingenieros más selecta de Francia], la logia Athanor o las redes de la Françafrique [redes de poder neocolonial en África “independiente”] que conspiran en Francia.

Cada vez que amigos se hablan con el corazón en la mano, cada vez que pasa algo entre personas, en la calle, en el café o en música, hay un comienzo de conspiración.

Quien dice conspiración no dice necesariamente maquinación común, sino posibilidad de una maquinación común.

¿Cuántas huelgas nacieron de una copa de más en el boliche, de una charla fortuita ante la máquina de café?

Fíjense bien: no hay ninguna aventura consistente, ninguna revuelta viva, ninguna tentativa restallante que no hunda sus raíces en la dimensión conspirativa de la existencia.

Los intrigantes que manejan las palancas del Estado están aterrorizados por cualquier acuerdo que se produjera entre los seres.

De ahí estos últimos años el encarnizamiento para vaciar todos los lugares físicos en los que nos encontramos, para cerrarlos, para miliquearlos, para encerrarnos entre cuatro paredes con o sin jardín.

De ahí la venganza salvaje, de otro modo incomprensible, del Estado contra los fiesteros.

Cualquier ingeniería del caos es preferible a esto.

La puesta en transparencia algorítmica de las relaciones entre los seres, a partir de la llegada de los smartphones y de la informática ubicua, acoplada a la ocupación policial del espacio público, expresa esta misma febrilidad.

Porque todo, en su desastre consumado, llama al derrocamiento del orden existente.

Es por esto que una feroz contrarrevolución preventiva está en su apogeo, so pretexto de gestionar una epidemia.

A los inocentes siempre les costará creerlo.

*Los corchetes en amarillo -[…]- corresponden a esta traducción en español. Traducción Alma Bolón


Las afirmaciones vertidas en los textos publicados en esta revista, como acaso sea ocioso aclarar, no necesariamente son compartidas por la redacción de eXtramuros