eXtramuros prosigue, en traducción propia a cargo de Alma Bolón, la publicación de fragmentos de “Manifiesto conspiracionista”, libro de autoría colectiva anónima que “no pertenece a nadie, pertenece al movimiento de disociación social en curso” 

Editado en enero de 2022 por Éditions du Seuil, “Manifiesto conspiracionista” recoge la experiencia de la pandemia remontándose a sus vísperas planetarias -el estado del mundo en aquel lejano 2019-; a las pioneras conspiraciones anticonspiracionistas -Karl Popper y Friedrich von Hayek en la postguerra-; a los paralelismos con 1914 -las dimisiones de la “izquierda” y el olvido del conspiracionismo de sus autores señeros-; a los sucesivos ejercicios de simulación de catástrofes en los que, desde hace más de veinte años y bajo la ideología del preparedness, confluyen servicios de inteligencia (CIA-FBI), científicos-guionistas, millonarios, transnacionales.
La tesis es sencilla y esclarecedora: la guerra fría no terminó ni se interrumpió con la caída de la Urss, sino que la guerra fría es el régimen en el que vivimos desde los años 1940. Régimen tecnocrático que modela nuestro vivir, la guerra fría es creación de servicios de inteligencia (CIA-FBI), antropólogos, sociólogos, psicólogos, ingenieros, físicos, biólogos, genetistas, matemáticos, informáticos, médicos, mega patrones de mega transnacionales, medios de comunicación, etc.
La reivindicación es nítida: “somos conspiracionistas, como hoy lo son todas las personas sensatas”, porque “el conspiracionismo es el nombre de la consciencia que no depone las armas”.

Una primera traducción y edición en papel de “Manifiesto conspiracionista” tuvo lugar en Logroño, España, en octubre de 2022, en la editorial Pepitas de calabaza:
https://www.pepitas.net/libro/manifiesto-conspiracionista

El mundo es dual, como lo son sus tecnologías

1.La guerra del clima. 2.La guerra doméstica. 3. El mundo made by DARPA. 4. El tipo cool como máquina de exterminio. 4. Dualidades francesas.

1.
Se habla de “tecnología duales” para designar las que disimulan bajo su aspecto civil una vertiente miliar.

De todos modos, no hay “civil” si no es desde el punto de vista militar.

Al volverse tecnológico, todo ese mundo se volvió dual.

He aquí una de las claves para comprender la locura propia.

Tomemos el más irénico de los asuntos actuales: el del “cambio climático”. Es típicamente un asunto de guerra fría. Y es por esto que nos parece tan inextricable: porque desdeñamos considerarlo desde los años 1950.

En los años 1950, el cambio climático es un sector de investigación completo, que está en la tapa de los periódicos. Hay acuerdo amplio en que la “guerra ambiental” es el porvenir de la guerra, puesto que el enfrentamiento nuclear significaría el fin de la especie humana. Es una afirmación en ese entonces trivial la de Irving Langmuir, ingeniero químico de General Electric y premio Nobel: “El control del clima puede constituir un arma de guerra tan poderosa como el arma atómica”. Langmuir por otra parte trabaja en bombas capaces de explotar en las nubes para producir lluvia o sequía y hambrear al enemigo sin poder ser acusado por esto. En los Estados Unidos, en 1953, un muy oficial Comité Consultivo sobre el control climático se instituye encabezado por, evidementemente, un capitán de la Navy. Este también considera que “es concebible que utilicemos el clima como un arma de guerra, creando tempestades o disipándolas según lo que requiera la situación táctica”. El arma climática fue ampliamente empleada en secreto en Vietnam, durante los años 1960, con dos mil seis cientas salidas de avión de cloud seeding repartidas durante cinco años, para prolongar el mousson en el sendero Ho Chi Minh y así volverlo impracticable para las tropas adversas. Era la operación Popeye.

En lo que constituye una especie de testamento sardónico –su artículo “¿Podremos sobrevivir a la tecnología?”, 1955– John Von Neumann, el matemático en jefe del proyecto Manhattan, el inventor de la teoría de los juegos, de la arquitectura de nuestras computadoras, un teórico de la singularidad tecnológica y de la mecánica cuántica, por otra parte consultante de la Standard Oil, la CIA o la Rand Corporation, escribe: “El dióxido de carbono emitido en la atmósfera por la combustión del carbón y del petróleo –más de la mitad de esas emisiones tuvieron lugar en el curso de la generación pasada- podría haber alterado suficientemente la atmósfera como para generar un calentamiento general del planeta de aproximadamente un grado Fahrenheit. […] Un calentamiento de quince grados probablemente haría fundir la capa de hielo de Groenlandia y del Antártico, e instauraría un clima semitropical en el mundo entero. […] No hay dudas de que se podrían efectuar los análisis necesarios para prever ciertas consecuencias, intervenir en todas las escalas deseables, y finalmente obtener efectos bastante sensacionales”. Cuando en mayo de 1960, un temblor de tierra de una magnitud de 9,5 –el sismo más intenso registrado- seguido de tsunami golpeó las costas de Chile, la primera pregunta que se hicieron los científicos y militares de la OTAN fue ¿cómo reproducir algo así contra la URSS gracias a una bomba de hidrógeno ingeniosamente ubicada en la corteza terrestre?; ¿Cómo progresar en materia de “guerra ambiental”?

Como lo esencial de las ciencias desde 1945, las ciencias ambientales y particularmente las climáticas deben casi todo a los créditos y a los instrumentos del ejército. Diez años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, 80% de los climatólogos estadounidenses seguían recibiendo financiación militar. Las primeras observaciones de los movimientos atmosféricos se deben a los satélites militares espías. El hecho mismo de dar un nombre humano a las tempestades es de origen militar –quién salvo un ser que padece un complejo obsesional pronunciado y una frustración crónica puede haber tenido la idea de dar nombres humanos a los huracanes y, más exactamente, nombres de mujeres, como sucedió entre 1950 y 1970? En los años 1990, cuando la cuestión del “calentamiento climático” y de la extinción de las especies volvió a ocupar el primer plano y Al Gore se la apropió, es al ejército al que hay que solicitarle datos, porque el ejército es quien detenta los más confiables y los más antiguos. En 2005, el premio Nobel de economía, el pensador del complejo militar-industrial estadounidense y eminente teórico de la guerra fría Thomas Schelling seguía sosteniendo que actuar sobre el cambio climático “será en este siglo lo que el control de las armas atómicas fue en el siglo pasado”.

Más que preguntarse por qué no “se” hizo nada durante decenios siendo que “se” sabía, es necesario compulsar los documentos de los años 1980 de la CIA. En esa época, la CIA ve el calentamiento climático más bien como una buena cosa, porque pondrá en aprietos a los rusos. Los archivos de los petroleros, por su parte, ven en el desastre una dinámica virtuosa que empuja a la “adaptación”. Nada como las catástrofes para crear escasez, por lo tanto nuevos mercados y nuevos sujetos económicos. En el momento mismo de la COP21 con su objetivo de 1,5 grado C, con toda serenidad el patrón de Total comunicaba al público, en una conferencia en Sciences Po, su previsión de un aumento de 3,5 grados C en la temperatura planetaria en 2050.

El desastre forma parte del plan

El ángulo apocalíptico desde el cual se enfoca hoy la cuestión climática solo prevalece porque desde los años 1960 se sabe que esto permite neutralizarla, y que el público reacciona mayoritariamente con un rebrote de cinismo y de indiferencia.

2.

Luego de la temperatura que hay, ¿qué puede haber de menos sospechoso que lo que comemos? Nuestro régimen alimenticio sin embargo es un puro producto de la guerra fría. No hubo necesidad del estruendoso título de The Lancet, en octubre de 2020, “Covid-19 is not a pandemic” para advertir que el Covid es el nombre dado al encuentro fortuito entre un agente patógeno y un terreno mórbido hecho de obesidad, de hipertensión, de diabetes y de carencias, de asma y de enfisema, de miseria y de sedentarismo. Desde hace dos años, la ficción del virus como entidad hostil que ataca indiscriminadamente a los seres humanos logró reprimir lo evidente: el Covid es una enfermedad de civilización, como el cáncer. Visto el carácter benigno de la afección en la mayoría de las personas, hay que admitir que si hay una “causa” de ésta, es menos el propio virus que el estado patológico normal característico de este mundo. Si hay un caso en el que puede decirse junto con Claude Bernard que “el microbio no es nada; el terreno es todo”, es en el caso del SARS-CoV2. Por muy hollywoodiana que sea su puesta en escena, no tenemos que vérnoslas con Yersinia pestis. La enfermedad infecciosa que se diaboliza sirve aquí para enmascarar las enfermedades crónicas que se refrendan. Así como las campañas de vacunación de Bill Gates en África sirven para enmascarar los OGM y los pesticidas de Bayer-Monsanto que, por otra parte, Bill Gates promueve, como promueve la Coca-Cola, bebida conocida por sus virtudes nutritivas. Desde 1950, algunos nutricionistas había establecido “un número creciente de datos que ratificaban la hipótesis de quienes juzgaban el régimen alimenticio estadounidense como intrínsecamente patológico” (Harry Marks, La Médecine des preuves, 1999). El carácter nocivo de la sedentaridad, de la harina blanca, del azúcar, de la carne en todas las comidas, todas las trivialidades a propósito de la arterioesclerosis, del colesterol o del régimen mediterráneo –todo esto remonta a los estudios estadounidenses de los años 1950. Pero “cualquier cuestionamiento público del régimen alimenticio estadounidense estándar atacaba uno de los símbolos de la prosperidad estadounidense […] Las conclusiones sacadas de estudios comparativos que mostraban los efectos nocivos del régimen estadounidense “normal” podían ya entonces aparecer como “anti estadounidenses”, una acusación grave en período de guerra fría.” (ibid.)

[…]

Es un hecho igualmente comprobado y hoy documentado gracias a todo tipo de archivos desclasificados que el ideal doméstico moderno del hogar equipado, industrializado, taylorizado, sirvió de caballo de Troya en la lucha contra el “comunismo” a partir del plan Marshall, tal vez incluso desde antes. Las grandes exposiciones estadounidenses We’re Building a Better Life, o America at Home, o la American National Exhibition, en los años 1950 dieron la vuelta al mundo hasta Moscú, con sus cocinas ideales, sus interiores en bakelita según el último grito de la moda, sus casas-modelos para ciudadanos-modelos, sus domos geodésicos de Buckminster Fuller y el histórico “Kitchen Debate” que opuso a Khruschev y a Nixon en 1959 en Moscú, en el medio de la estupefacción de los visitantes rusos a la exposición.

[…]

Es entonces, en este período “no muy normal” que se forja la utopía de una existencia íntegramente domesticada, como se nos pretende imponer en estos días.

Una tonta utopía de guerra fría.

Toda una manera de vivir.

Toda una idea de la felicidad.

Que nada tiene, en efecto, de “normal”.

3.

Los años 1950 también son el momento en el que el departamento de Defensa estadounidense, humillado por el lanzamiento de Sputnik, se dota de la DARPA. Por sus financiaciones, la DARPA está en el origen de Internet, del mouse informático, de las ventanas Windows, de los enlaces hipertextuales, de la primera teleconferencia, del ancestro de Google Street View, del GPS, de la cloud, del sistema de reconocimiento vocal Siri, del programa de anonimización Tor y ahora de las “vacunas” con ARN mensajero. ¿Cómo puede uno creer que la guerra fría moldeó cada uno de los aspectos de la vida contemporánea? Si uno admite que las tecnologías financiadas por la DARPA llevan cincuenta años haciendo el mundo en el que hoy vivimos y si uno se informa un poco sobre las investigaciones actuales de la DARPA, dan ganas de suicidarse al imaginar el mundo de mañana. El programa Insect Allies que utiliza insectos para introducir virus genéticamente modificados en los cultivos de los países enemigos para destruir sus cosechas. El programa In Vivo Nanoplatforms que desarrolla nanoplataformas que pueden implantarse y permiten detectar la presencia de ciertas moléculas en el cuerpo y que pueden ser interrogadas a distancia. El programa Living Foundries (fundiciones vivientes) que apunta a subvertir el metabolismo celular para que el cuerpo humano produzca tal o tal proteína desconocida por éste. El programa Next-Generation Nonsurgical Neurotechnology (neurotecnología no quirúrgica de próxima generación) que quisiera desarrollar interfaces computadora-cerebro “no invasivas” con el fin de superar los implantes digitales cerebrales que la DARPA ya experimenta con la idea reivindicada de “controlar los pensamientos”. Las fantasías más ridículas que se les prestan a los conspiracionistas no llegarán ni a los tobillos de las que pueblan el “cerebro del Pentágono”. La dirección actual de sus investigaciones va hacia la convergencia de las tecnologías NBIC “para mejorar la performance humana”, cuyo programa fue establecido en diciembre de 2001 durante un coloquio organizado en Washington por el sociólogo transhumanista de las religiones William Bainbridge bajo la égida de la National Science Foundation. Este programa fantasea un “nuevo Renacimiento” y una “unificación de las ciencias” hechos posibles por la generalización de una nano-ingeniería capaz de reconfigurar la materia desde su grano más ínfimo. Se terminaría así al reparto entre lo orgánico y lo inorgánico, y “la humanidad podría volverse un único “cerebro” distribuido e interconectado”. La DARPA desarrolla la vertiente militar de este programa mientras que el Foro Mundial de Davos se encarga de la promoción civil bajo el nombre de “cuarta revolución industrial” –“una fusión de tecnologías que borra las fronteras entre las esferas física, digital y biológica”, resume Schwab. Se encuentran, junto con industriales, universitarios, políticos y tecnócratas que intervienen en la conferencia fundadora “Converging Techonologies for Improving Human Performance” de 2001, militares de la DARPA. Nadie se sorprenderá de que el actual director de las “Soluciones tecnológicas innovadoras” de la Fundación Gates sea el mismo biólogo genetista del ejército que impulsó, a comienzos de los años 2010, las investigaciones sobre las vacunas con ARN mensajero para la DARPA. Cuando nace, el proyecto transhumanista de mejora de los procesos naturales y las funcionalidades humanas no esconde en ningún momento su vocación dual para asegurar el mantenimiento de la hegemonía geoestratégica estadounidense. Sucede luego, cuando, como una buena hija, Europa lo adopta, que resulta más elegante borrar su naturaleza fundamentalmente civil-militar.

[…]

Entretanto, las consecuencias desastrosas de dos siglos de crecimiento capitalista rompen los ojos: se venderán entonces la ingeniería genética de los micro organismos, incluso el “diseño de proteínas”, la agricultura de “alta precisión” con sus drones y sus tractores autónomos, la generalización del big data, de los smart grids, de la 5G, de la Internet de los cuerpos y de los objetos conectados, como otros tantas remedios a la catástrofe ecológica y climática. La convergencia de las tecnologías NBIC se titula ahora, en la nueva jerga tecnocrática, “crecimiento verde”. Se trata de “liberar el valor económico de la naturaleza” y de producir “una población más inteligente para resolver los problemas que hemos creado”, como tan bien lo dice un patrón de una start-up de Silicon Valley. Aquí también, se propone como solución a un problema inédito un proyecto con el que se cuenta desde hace mucho tiempo, y que solo puede profundizar lo que dicen que remediará.

Otro ejemplo: contrariamente a lo que cuenta la saga oficial, los lazos entre Google y el servicio de inteligencia estadounidense no datan del reclutamiento de su CEO Eric Schmidt a la cabeza de un órgano consultivo de los ejércitos, en la época de Obama. Ni del día de 2004 cuando Google compra Keyhole, una empresa de cartografía cuyo principal inversor es In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA, para hacer Google Earth. Ni del día de 2003 en que desarrolló en Mountain View una herramienta de búsqueda específica para la NSA. Los lazos son originarios, orgánicos. La “comunidad de los servicios de inteligencia” fue el hada madrina que veló por Google desde su cuna, que cumplió su sueño. En los años 1990, a pesar del fracaso de la NSA para colocar en cada computadora producida en Estados Unidos un clipper chip, un chip que garantizara un acceso a distancia a ésta, la inteligencia estadounidense golosamente vio crecer la masa de datos que circulan en el mundo y por lo tanto la masa de datos que intercepta – violando, claro está, todas las convenciones existentes- gracias a la red Echelon, en particular. Su ideal inoxidable es registrar todo, acopiar todo y, si es posible, darle tratamiento a todo. Pero carece de herramientas para esto, es decir, para “organizar las informaciones a escala mundial con el propósito de hacerlas accesibles y útiles” –misión que milagrosamente Google se atribuirá de manera oficial.

[…]

En aquellos años 1990, los servicios de inteligencia carecen de un motor de búsqueda para explotar su océano de datos robados. En 1993 se lanza entonces, con la colaboración de todo tipo de universitarios en ciencias informáticas, el proyecto Massive Digital Data Systems (MDDS). Véase la declaración de intención: “La comunidad de inteligencia –entiéndase la CIA y la NSA- desempeña un papel proactivo estimulando las investigaciones en materia de tratamiento eficaz de bases de datos masivos y se asegura que las exigencias de la comunidad de inteligencia puedan ser incorporadas o adaptadas a los productos comerciales”. En 1995, Lawrence Page y Sergey Brin, los futuros fundadores de Google, todavía estudiantes de Terry Winograd en Stanford, obtienen dos becas: una bien conocida de la DARPA para constituir una megabiblioteca utilizando internet como esqueleto y otra, tristemente olvidada, para el tratamiento de los pedidos de los usuarios, financiada por el MDDS. Es decir, por la “comunidad de la inteligencia”. Como lo explica muy bien el texto de Brin, Page y Winograd “¿Qué puede hacer usted con la Web en su bolsillo?” en 1998, el algoritmo de Google, Page Rank, es la respuesta a la pregunta que se hace la “comunidad de la inteligencia”: ¿cómo organizar toda la información desparramada en la Web a partir de los pedidos acotados de los usuarios?

La fábula cuenta que el capitalismo de vigilancia se fecha el día en que Estados Unidos, golpeados por el terrible 11 de setiembre, desearon disminuir sus estándares exclusivos de democracia al consentir en vigilar masivamente a sus ciudadanos. A continuación, se habría descubierto, con fascinación, que la vigilancia policial de masa converge milagrosamente con los intereses de las GAFAM, ávidas éstas de proveer de datos contantes y sonantes a sus usuarios, con ánimo de mercadear los “excedentes de comportamiento”.

Esta fábula es ridícula.

[…]

Fue en 1997, y no en 2002 o 2010, que el director de la CIA, George Tenet, decreta, fiel a las metáforas maoístas: “La CIA debe nadar en el Valley”. El 11 de setiembre sirvió de justificación a posteriori a la locura de control que constituye la razón de ser de la “comunidad de inteligencia” desde la Segunda Guerra.

Para algunos, la paronoia es una enfermedad; para otros, es solo un oficio.

Los más enfermos no son forzosamente quienes se cree.

Buena parte de las tecnologías que nos rodean, incluidas las recientes “vacunas”, nuestra manera industrial de comer e incluso la temperatura que hará este invierno –todo esto constituyen subproductos ampliamente intencionales de programas de investigación iniciados por peligrosos paranoicos encerrados en su eterna guerra fría.

Podríamos extendernos infinitamente a propósito de esta arqueología del presente.

Y figurarnos un mundo a la manera de los gnósticos. Un mundo creado por un maligno demiurgo, entregado a las tinieblas, entre las manos de cosmócratas todo poderosos.

No sería del todo falso.

Pero no tendría propósito.

La fascinación por los menores gestos del Diablo y su soberanía en este mundo solo sirve para fortalecer nuestra impotencia, para adular nuestra pasividad, para desentendernos de tener que hacer la historia nosotros también, y justo en el momento preciso en que empezamos a aprehender su arte y sus métodos.

“Todo sistema que afirma: este mundo es lamentable, espere el siguiente, renuncie, no haga nada, sucumba –constituye tal vez la Mentira fundamental.” (Philip K. Dick, L’exégėse)

Como una tecnología puede ser dual, como un mundo puede ser dual, un tipo humano también puede serlo. Una cosa no va sin la otra.

Y es ahí en donde la cosa se pone interesante.

Porque permite situar éticamente la guerra fría.

Detectar cómo nos afecta vitalmente.

Y al tocar su textura real, situar su afuera, percibirla desde ese afuera.

Salirse, pues.

[…]

Fundamentalmente, el tipo humano estándar, el tipo ideal de las sociedades democráticas no cambió desde los años 1950.

Es un tipo cool, piola, empático, colaborativo, móvil, adaptable, ni neurótico ni obsesivo, desprovisto de resentimiento, que está más allá de los conflictos interiores y exteriores, de modales llanos, sin apego ni convicción demasiado firmes – smart, en suma.

Es el tipo del manager ideal tanto como el del empleado ideal, del amigo ideal y del marido ideal.

El modelo también existe en femenino, con las mismas características.

Esta humanidad democrática fue construida, y fue construida en el marco de una guerra –la Segunda Guerra Mundial, luego la guerra fría.

Vamos a mostrar esto.

Este ser enteramente positivo fue concebido como una negación determinada del enemigo nazi y luego comunista.

Esta criatura idealmente pacífica en verdad es un arma de guerra.

Es una máquina de exterminio ético en blister.

Su sonrisa esconde una vocación para devastar.

Lleva en su corazón, como en negativo, la marca de lo que debe aniquilar.

Es dual, en suma, también ella.

Como Google lleva la máscara del “Don’t be evil” y trabaja para la NSA.

Como Facebook “conecta a las personas” para el escaparate, pero aparte, para sí, susurra “Move fast, break things”.

Como Mark Zuckerberg se ofrece para “proteger la democracia” luego de haber bramado “Domination!” al terminar cada reunión de equipo y de haber llamado August a su hija por fascinación por el primer emperador de Roma.

Veamos cómo fue fabricado ese tipo.

Toda la historia comienza en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos, con cantidades de intelectuales progresistas determinados a prepararla, a pesar del compás de espera pacifista que reina en la población. Desde 1914-1918 las guerras no solo son asunto de cuerpos armados, sino que también incumben a la mobilización total de las sociedades y de los seres. La organización industrial o la agricultura de un beligerante pueden proporcionar la ventaja decisivo, del mismo modo que su aviación o la disciplina de su clase obrera. En última instancia, al enemigo, lo que conviene quebrarle es su voluntad de resistencia, el ánimo de las poblaciones adversas –de ahí, más tarde, el bombardeo de Dresde o de Hiroshima. A nuestros intelectuales progresistas lo que les importa es equipar a Estados Unidos de una causa. De una causa capaz de derrotar a Alemania como a Japón y, más lejana, a la URSS. Una causa capaz de galvanizar el país. Hay psicólogos como Erich Fromm, Gordon Allport o Abraham Maslow –lo conocen: el de la famosa pirámide de Maslow de las clases de marketing-, teóricos de la comunicación como Harold Lasswell o Paul Lazarsfeld, periodistas como Lyman Bryson, un crítico de arte, un responsable de la fundación Rockefeller o antropólogos como Gregory Bateson, su esposa, Margaret Mead y la profesora y amante de esta última, Ruth Benedict. Todos finalmente se pondrán al servicio del esfuerzo de guerra estadounidense.

[…]

Es justamente en este último comité (Comittee for National Morale) que tiene como tarea particular determinar la oportunidad o no de instalar un ministerio estadounidense de Propaganda sobre el modelo del del doctor Goebbels, que Margaret Mead, Gregory Bateson y Ruth Benedict van a concebir la causa estadounidense ante el nazismo. La causa por la que se justificará la guerra y se fortalecerá el ánimo de las tropas.

Porque es poco decir que en 1939, cuando la Fundación Rockefeller todavía financia el instituto de eugenesia del doctor Mengele, cuando la Dehomag alemana es la principal filial en el mundo de lo que será IBM –filial que generará durante toda la guerra las máquinas para las tarjetas perforadas instaladas en los campos de concentración- cuando las leyes de eugenesia estadounidenses en vigor en una mayoría de Estados constituyen el modelo de las leyes nazis de preservación de la raza, cuando Henry Ford es uno de los principales fans mundiales de Hitler y recíprocamente, cuando Alemania representa el principal rubro de inversión estadounidense en el extranjero, cuando la aristocracia WASP (White Anglo-Saxon Protestant) que, bajo apariencias democráticas, dirige el país siente una secreta admiración por la disciplina alemana, cuando los movimientos fascistas locales desfilan con paso de ganso en Times Square y organizan reuniones masivas, es muy poco decir, entonces, que la definición de la causa estadounidense como esencialmente ajena al nazismo y enemiga de Alemania no va de suyo. Incluso hay que retorcer un poco la realidad para imponer su evidencia. Esta causa será la de la defensa de la personalidad democrática estadounidense contra la personalidad autoritaria fascista, luego comunista. “Puesto que todas las naciones occidentales tienen tendencia a pensar y a comportarse según un esquema bipolar, sería bueno, para reforzar el “ánimo” de los estadounidenses, considerar a nuestros diversos enemigos como una entidad hostil única”, preconiza Bateson en 1942. Margaret Mead pone manos a la obra. Esto resulta en su libro And Keep Your Powder Dry (1942). Luego de haber definido el ethos balinés o el ethos iatmul –su forma de vida, se diría hoy-, la antropóloga culturalista estadounidense en los años 1920-1930 vuelve al redil para explicitar qué es el ethos estadounidense. O sea: para inventarlo como tal. Pronto, Margaret Mead se ocupará, a pedido del ejército, del ethos japonés o del soviético con el fin de arruinarlos mejor. Algunos extractos, como dato:

“La esencia de la personalidad puritana, personalidad que alcanzó en Estados Unidos su desarrollo más completo, es una mezcla de sentido práctico y de fe en la potencia de Dios –o en metas morales. “Crean en Dios, pero conserven seca la pólvora”, dijo Cromwell […] Ganar la guerra es un asunto de ingeniería social. […] Debemos admitir claramente la lección de que el mundo es en lo sucesivo uno, que nosotros y nuestros enemigos estamos atrapados en la misma red, que no podemos forjarnos una vía de salida o eliminar al otro sin comprometer al mismo tiempo el porvenir del otro. Cuando hablamos de policiar el mundo, esto implica una transición de los ejércitos a la policía, de un mundo visto como un conjunto de entidades nacionales en guerra a una única entidad cívica. […] Debemos estudiar y conservar las culturas de Francia y de Albania, de Rumania y de la India […] Al mismo tiempo, debemos exigirles a todas esas culturas que eliminen ciertos elementos que son incompatibles con el orden del mundo tal como lo vemos. […] Debemos ser los instrumentos que den forma a un orden creativo basado en el respeto de las diferencias, y los escalpelos que deben extirpar lo que no se adapta a nuestro sueño particular. […] La plataforma que Estados Unidos puede ofrecer es un esqueleto, una plataforma mínima –las cuatro libertades, la finalidad moral, los métodos de ingeniería. […] Si utilizamos las pistas que nos dan las otras grandes culturas, y si trabajamos con miembros de esas culturas en la construcción de un mundo nuevo, encontraremos maneras de explotar energías humanas tan asombrosas, tan excitantes como las maneras de explotar los recursos naturales que hoy encandilan nuestros ojos. […] Debemos concebir una fórmula para la reconstrucción luego de la guerra cuando tratemos sin merced a esas instituciones que producen hombres que se dedican a la guerra, a la dominación y a la crueldad, cuando tratemos esas instituciones como si fueran peligrosos virus y cuando tratemos a los individuos que están profundamente infectados por estos como a portadores de enfermedades sociales mortales. Debemos analizar la organización social de Prusia y de Japón, en particular, e intentar suprimir científicamente esos elementos que producen fascistas convencidos. […] Si fijamos nuestra atención en la enfermedad –porque se trata de una enfermedad ese odio sistematizado que intenta insinuarse en toda la superficie del globo –y no en quien es el portador, si combatimos la enfermedad y solamente si es obligatorio segregamos a quienes están infectados más violentamente, si somos tan severos e inflexibles con nosotros mismos como con nuestros enemigos –evitaremos corrompernos nosotros mismos en nuestra condición de instrumentos de un orden nuevo. […] Somos la substancia con la que esta guerra está hecha.”

Llevado adelante desde los años 1920-1930 por Erich Fromm, Wilhelm Reich o Abraham Maslow, el estudio de la personalidad autoritaria –acorazada, rígida, en conflicto consigo misma tanto como con el mundo, “incapaz de verse a sí misma […] de ser ella misma” (Adorno & Co) –desemboca a contrapelo en la definición de la personalidad democrática –abierta, integrada, completa, auténtica, espontánea, autónoma.

Be yourself.

Be yourself contra los nazis y los comunistas.

La guerra estadounidense es terapéutica.

Al menos es en este lenguaje que se formula a sí misma.

Se trata de curar este mundo poblado de neuróticos, de purgarlo de esa gente llena de “odio” –este “odio” incomprensible que sumergirá pronto a internet y las redes sociales-, esa gente que siembra por todas partes el conflicto que la habita, y de sustituirla con personalidades positivas. Enfin.

Curar a quienes se está destruyendo del odio que sienten,

que no lo sientan más,

visto que no existen más.

Con la mayor de las benevolencias.

“Be polite. Be professional. Be prepared to kill”, resumía John Nagl, uno de los redactores del actual manual estadounidense de contrainsurgencia.

“La tarea [de construir el carácter democrático] es nada menos que la reconstrucción drástica y continua de nuestra propia civilización y de la mayoría de las culturas que conocemos”, escribía el politólogo Harold Lasswell en su Caractėre démocratique.
Era en 1951.

Mission accomplished!

5

“Si la racionalidad de la guerra fría tal vez perdió parte de su coherencia, y para algunos de su credibilidad, sus componentes siguen prosperando en el seno de una multitud de disciplinas” (Collectif, Quand la raison faillit perdre l’esprit, 2015)

Pero el verdadero problema es que la guera fría configuró, en casi todas sus dimensiones, el mundo de asfixia en el que vivimos, y que son sus herederos quienes continúan configurándolo.

Hay muchas maneras de heredar.

Ninguna necesidad de “ser de la familia”.

Un ejemplo francés entre tantos otros: un capitán de caballería gaullista de Francia Libre, encandilado por la comunicación bélica estadounidense en Casablanca en 1943 –un “hall de información” que hacía el artículo de la victoria inminente y de los combates en curso.

Digamos que se llama Michel Frois.

Estuvo en Indochina, en Túnez y en Marruecos, es decir, que estuvo ahí en la comunicación de los ejércitos.

Se iza hasta dirigir con el coronel Lacheroy –el teórico maldito de la “guerra revolucionaria” en Francia, quien termina por integrar la OAS- el Servicio de Acción Psicológica y de Información del ministerio de Defensa.

“Las cosas no son lo que son, sino como se hace que aparezcan”, tal es la doctrina.

En ese servicio, despliega su facundia siempre sonriente en tanto que responsable de la comunicación de los ejércitos, en plena contra insurrección. Cuando la intoxicación es vital.

Jura que solo proporciona informaciones, jamás propaganda.

No sería su estilo.

Solo hechos.

“Para servirse de la prensa, primero hay que servirla”, teoríza.

El ejército debe cesar de mantenerla a distancia, de temerla, de pretender manipularla.

Vale más saturarla de noticias, de fotos, de anécdotas, de scoops.

La pereza y la cobardía de los periodistas harán el resto.

“La información, dice, es un corset que ayuda a mantenerse derecho”.

Qué bella imagen, tan al galope.

En 1957, pasa “para el civil”.

Dirige la comunicación de la Federación de Industrias Eléctricas y Electrónicas.

Organiza exposiciones, como los estadounidenses.

Tanto y tan bien que pronto se lo encuentra dirigiendo el sevicio de “información” de la patronal.

Y organizando, siempre tan positivo, siempre igualmente cool, siempre tan simpático, el primer encuentro del patrón de los patrones y del patrón de la CGT justo en seguida de 1968 –no tiene enemigo alguno: incluso discute con los periodistas de L’Humanité, va al encuentro de Chou En Lai.

Ustedes bien lo ven – no tiene enemigo alguno.

Temprano, comprende que la causa de los patrones se beneficiaría mucho si se presentara como la de los “empresarios” –mucho más positivo, el empresario.

En los memorables años 1980 con todas sus renegaciones, mantiene firme su norte.

Para oponerse al socialismo que amenaza, organiza los “estados generales de la empresa en peligro” –veinticinco mil patrones, pequeños y grandes, que lloriquean en coro. El presidente Mitterrand lo felicita.

“Las empresas deben desenvolverse en su ambiente como el pez en el agua”, arriesga a modo de recuerdo de los viejos proverbios de guerrilleros.

Para terminar, y asegurar su jubilación –a pesar de todo es militar, todo lo que un civil puede serlo- crea sus propia empresa de relaciones públicas, DGM.

Se convierte en el “papa de la comunicación mediática de las empresas”, cuenta con “los principales patrones” entre sus clientes.

Su heredero a la cabeza de DGM, Michel Calzaroni, es un ex de Occidente, el grupúsculo que llamaba a “matar a los comunistas estuvieran en donde estuvieran”.

Y DGM sigue haciendo la comunicación mediática del CAC 40, de los gobernantes, de Bolloré o de Laetitia Hallyday.

La herencia está entre buenas manos.

El acerrojamiento de las posibilidades históricas sigue su curso.