LUIS ALBORNOZ / Como se sostuvo en (1/2), las “Investigaciones Filosóficas” (Wittgenstein, 1953) subvierten dos de las premisas centrales del paradigma cartesiano: la ubicación de la mente o de la conciencia como punto de partida necesario e indubitable para el pensamiento filosófico y el escepticismo metodológico sobre la realidad externa que se deriva del ejercicio de la duda hiperbólica. En esta parte, se aborda esa segunda premisa. 

FILOSOFÍA

I. El marco histórico-filosófico de referencia

Como se expuso en (1/2), un presupuesto común de las tradiciones derivadas del paradigma mentalista cartesiano, es una concepción del lenguaje como actividad mental (individual, privada) que luego se verbaliza en las expresiones y enunciados, haciéndose lenguaje público (intersubjetivo, social). Y este pasaje tiene como un factor constitutivo el problema escéptico: la duda y cuestionamiento, acerca de la legitimidad (la fundamentación) de las inferencias sobre el mundo exterior (su realidad y su correspondencia problemática con los juicios), y sobre la alteridad (la realidad y el contenido de las “otras mentes”). Este replanteamiento moderno del escepticismo, deriva últimamente de la duda hiperbólica cartesiana. 

La filosofía contemporánea, desde mediados del siglo XIX, se caracterizó por la ruptura con esta concepción propia del paradigma mentalista y por fundarse sobre un nuevo paradigma lingüístico, que ubica al lenguaje observable (y no las representaciones mentales inobservables) como mediación epistémica entre el sujeto y el mundo. Una primera versión de este “giro lingüístico” priorizó la función epistémica y representativa del lenguaje, en la elaboración de las teorías semánticas del significado, que se centraron en las condiciones de verdad de los enunciados. En esta versión, el cuestionamiento escéptico continuó siendo un interlocutor privilegiado para los autores de la primera filosofía analítica (Frege, Russell, el primer Wittgenstein del “Tractactus”, Carnap).

Pero a mediados del siglo XX, se produjo una segunda fase del giro lingüístico, realizado en torno al mayor énfasis en las teorías pragmáticas del significado, que también tiene como a uno de sus protagonistas al segundo Wittgenstein(el de las “Investigaciones Filosóficas”). Esta fase priorizó la función comunicativa e intersubjetiva (por lo tanto, pública) del lenguaje, en la que el significado de los enunciados esta dado por las condiciones de uso, siguiendo determinadas reglas gramaticales, que son parte de un determinado contexto de aprendizaje o “juego de lenguaje”.

El giro lingüístico de la filosofía contemporánea, al trasladar la mediación epistémica de las representaciones mentales al lenguaje, articula el pensamiento desde otro punto de partida. Y en particular, la sustitución de la concepción semántica por la concepción pragmática del lenguaje compartido, ya pone la alteridad en ese punto de partida y disuelve así, el cuestionamiento sobre los contenidos inaccesibles de las “otras mentes” (porque ahora el tema ya no es el contenido mental de una representación, sino el contenido lingüístico verbalizado y que es un hecho público). Sin embargo, esa sustitución, para que no sea simplemente un traslado del problema, necesita una fundamentación, que puede ser a su vez, discutible. En ese movimiento, las “Investigaciones Filosóficas” ocupan un lugar protagónico. En especial, lo que se ha reconstruido y titulado como “argumento contra el lenguaje privado”, en directa alusión al paradigma mentalista del cartesianismo y del empirismo del siglo XVII. Ese argumento en primera instancia es el que disuelve, disloca, la fuente misma del cuestionamiento escéptico sobre las “otras mentes”.

Y esta nueva concepción  del lenguaje, reubicó radicalmente el cuestionamiento escéptico y las estrategias para abordarlo.Se ha sintetizado esta situación (Strawson, 2003, 43-53)  en: (1) estrategias de la refutación o intentos de “resolución” del problema, y en (2) replanteos globales que provocan la “disolución” del problema. Entre las primeras Strawson distingue: (1.1) los intentos de refutación directa por medio de un argumento racional (Descartes, Kant) o por la consideración del conocimiento científico como la mejor explicación disponible (Quine) y (1.2) los intentos de refutación indirecta, mostrando el sinsentido del cuestionamiento (Carnap). Y entre las segundas ubica el naturalismo, que consistiría o bien (2.1) en no enfrentar sino en dejar pasar el cuestionamiento escéptico, por considerar sus argumentos como inútiles y vanos (Hume), o bien (2.2) un replanteo global del lenguaje como un factum público, que supone compromisos ineludibles y naturales, que no se eligen ni se pueden abandonar (el segundo Wittgenstein de las “Investigaciones”). Según Strawson, en esta estrategia de la “disolución” del escepticismo, Wittgenstein (a quien considera un “naturalista social”) haría un abordaje indirecto del cuestionamiento a través del argumento mencionado contra el lenguaje privado (Strawson, 2003, 57 y 75-76). 

Pero a su vez, una interpretación alternativa del alcance del argumento (Kripke, 1989), al ubicar el argumento como un caso particular de la imposibilidad de seguir una regla privadamente y al remitir el criterio de corrección de las reglas a una instancia pública últimamente injustificada, no estaría disolviendo, sino replanteando el problema escéptico (aunque desde otro lugar). La interpretación que hace Kripke del argumento, lo subsume como un caso particular de la imposibilidad general de seguir una regla privadamente, cuya normatividad se remite a una práctica pública (comunitaria) que permanece últimamente injustificada. Y de este modo, parece reinstalar y más radicalmente, el problema, en lo que el mismo Kripke llama la “solución escéptica”.

II. Una disolución del escepticismo

Como se expuso en la parte (1/2), el argumento contra el lenguaje privado lleva a la conclusión que el lenguaje es un factum primero, un hecho socialmente compartido, que es la plataforma desde la que se desarrolla cualquier pensamiento. Y al sustituir a la conciencia individual (instalada por el paradigma mentalista) por la mediación epistémica del lenguaje, en los hechos se opera una disolución de la duda hiperbólica cartesiana sobre el problemático contenido de las “otras mentes” (que podría considerarse incognoscible).

La conclusión a la que se llegó es que el lenguaje es un factum público, social, intersubjetivo, que con sus reglas de uso gramaticales según los distintos contextos, es condición sine qua nonpara la discriminación e identificación de las sensaciones y procesos internos (mentales). Esto hace imposible un lenguaje privado entendido como en IF 243, aunque eso no impide que pudiera existir un lenguaje “privatizado”, entendido como un código de uso individual y en solitario, de un lenguaje público previamente adquirido.

Esta concepción implicada en el giro pragmático del paradigma lingüístico, es entonces de hecho una contraposición radical con la concepción del paradigma mentalista, tanto en la tradición empirista de los sense-data privados como fuente del significado, como en la tradición cartesiana de situar la conciencia y sus experiencias internas como punto de partida para el conocimiento. El paradigma cartesiano estaba en la base de la inferencia problemática de la existencia del mundo y de los otros (el escepticismo metodológico). La inversión de este paradigma, situando el punto de partida de cualquier reflexión filosófica en el lenguaje público y su necesaria intersubjetividad, significa no cuestionar, sino más bien suponer, la alteridad.

De este modo, como pretende Strawson, el cambio de perspectiva plantearía la disolución del cuestionamiento escéptico moderno (cartesiano), acerca de la fundamentación del contenido de las representaciones de las “otras mentes”. Es decir, que la teoría pragmática del lenguaje de Wittgenstein, indirectamente provocaría la caída de ese cuestionamiento, porque el paradigma mentalista, al separar el lenguaje del contexto de su práctica social y suponerlo como un producto individual (privado), llevaba inexorablemente al problema escéptico. Y en cambio, el paradigma lingüístico-pragmático, al considerar el lenguaje como el factum primero, como el hecho público intersubjetivo que funciona como punto de partida, parece disolver la pertinencia del problema.

III. Un replanteo escéptico del argumento

Sin embargo, existe una interpretación alternativa (Kripke, 1989), que llevaría a replantear la cuestión escéptica desde otro lugar. Kripke ubica el argumento contra el lenguaje privado (IF, 243 y siguientes), como un caso particular (aplicado al lenguaje psicológico de las sensaciones), de las reflexiones que Wittgenstein venía haciendo, sobre el significado de seguir una regla en el lenguaje matemático (IF 143 y siguientes) (Kripke, 1989, 12 y 79). Si el significado del lenguaje está dado por “seguir una regla” y se llega a la conclusión en el lenguaje paradigmáticamente reglado de las matemáticas, que no se puede seguir una regla privadamente (IF, 202), entonces, esto se cumpliría también en el lenguaje psicológico de las sensaciones.

La paradoja que plantea Wittgenstein (IF, 201) y que Kripke califica como una “paradoja escéptica” (Kripke, 1989, 13 y 17-28), consiste en la indeterminación en la que se encuentra quien cree  haber seguido (privadamente) una regla R (en el ejemplo, la adición en matemáticas) en un número finito de casos (por ejemplo, una sumatoria hasta 57). Porque no tendría ninguna razón para suponer que siguió la regla R y no otra regla R’ (en el ejemplo, la “tadición”), que prescribiría lo mismo que R para los casos surgidos en el pasado (en el ejemplo, cuando los sumandos son menores que 57), pero que indicaría algo diferente para los casos nuevos (en el ejemplo, cuando alguno de los sumandos no es menor que 57).

El problema radica en que desde un número finito de casos, un sujeto debería sacar la regla R, aplicable a los infinitos casos sucesivos. Pero en realidad, toda operación futura, siempre se podría hacer compatible con una regla distinta R’ (IF, 201 a). Para que no fuera así, debería haber un hecho acerca del usopasado por el sujeto, que sirviera de fundamento para la interpretación correcta. Y el planteo escéptico, es que ese presunto hecho (estado mental o disposición conductual) no existey que por tanto, la aplicación de la regla es injustificada (Kripke, 1989, 22-23)desde ese lugar. Dicho de otro modo: si seguir una regla, es actuar de acuerdo a un procedimiento correcto en el futuro y dado que lo hecho por el sujeto en el pasado, puede ser compatible con dos reglas diferentes (R y R’), la exigencia de una hipotética interpretación correcta privada, podría implicar el “malentendido” (IF, 201 b), de una cadena de interpretaciones en una regresión al infinito.

Pero dado que un individuo aislado no puede discriminar seguir R, de creer seguir R (y estar siguiendo de hecho una R’), se necesita un criterio externo de corrección. Por eso, en última instancia la captación y el discernimiento si se sigue una regla o sólo se cree seguir una regla, no pueden ser interpretables privadamente, sino que remite necesariamente a una instancia externa, pública, de discernimiento de la corrección (IF, 202).

Entonces, comprender y saber aplicar una regla no designa así, un proceso mental privado (en el que sería imposible distinguir seguir, de creerseguir), sino que designa una capacidad medida según un criterio externo de corrección (una práctica social establecida). Y Kripke entiende que si esta conclusión es aplicable al lenguaje paradigmáticamente reglado de las matemáticas, entonces esa conclusión se puede extrapolar a todo el lenguaje en su conjunto (Kripke, 1989, 26). Dicho de otro modo: si comprender el significado de los enunciados de un lenguaje, equivale a poder seguir una regla de uso, y si no existe un hecho sobre el uso pasado individual, que determine la aplicación inequívoca de la regla, entonces no se pueden seguir reglas privadamente y no se puede comprender (ni fundamentar) el significado de un lenguaje privadamente (y esto sería válido para cualquier lenguaje).

Según Kripke, esta conclusión es un replanteo radical del escepticismo (porque no existiría una fundamentación última), e implicaría que “todo lenguaje, toda formación de conceptos, sea imposible e ininteligible” (Kripke, 1989, 66) porque exigiría una remisión a una instancia social de justificación (concepción comunitarista), que permanecería ella misma, últimamente injustificada. Entonces, frente al cuestionamiento escéptico, Kripke distingue una solución directa, que pretende refutarlo mostrando que es injustificado (al estilo Descartes, Kant o Quine) y una solución escéptica, que concede que el cuestionamiento es irrefutable, pero que afirma que la práctica ordinaria no necesita la justificación que pide el escéptico (solución que atribuye a Wittgenstein) (Kripke, 1989, 70-71). 

La paradoja escéptica no puede resolverse en la concepción del lenguaje del Tractatus, en la que las oraciones significativas deben tratar de corresponder a hechos. Pero en las Investigaciones (numerales 138-242), según Kripke, Wittgenstein plantearía la solución escéptica basada en una nueva teoría (pragmática) del significado, en la que:

“los juegos de lenguaje, autorizan bajo ciertas condiciones, las aseveraciones de un hablante, tal que su aplicación actual de una palabra ‘concuerde’ con el uso pasado (…) mediante la referencia a una comunidad (y es inaplicable a una única persona considerada aisladamente). El rechazo al `lenguaje privado’ ya estaría entonces en IF, 202 (la imposibilidad de seguir privadamente una regla) (y) los numerales 243 y siguientes, serían la aplicación a las sensaciones, de las conclusiones generales sobre el lenguaje” (Kripke, 1989, 78-79).

Es decir, que dado que es imposible seguir una regla privadamente (porque no habría ningún criterio de distinción entre seguir y creer seguir una regla) (IF, 202), habría que aceptar como un hecho empíricoque el seguimiento de reglas (y por tanto el significado del lenguaje) es una práctica social(IF, 202) que fija la normatividad (los estándares de corrección). En esta perspectiva, lo normativo (el criterio de corrección) de seguir una regla (y por tanto, el significado del lenguaje), no serían entidades objetivas al modo platónico (paradigma ontológico), ni entidades mentales (paradigma mentalista), ni una hermenéutica que supusiese una interpretación permanente de las reglas en una regresión al infinito (IF 198 y 201 b), ni tampoco la estructura lógica subyacente a todo lenguaje (concepción semántica del Tractactus), sino las prácticas sociales acostumbradas (IF 199 y 202) en los distintos contextos de uso (concepción pragmática).

Pero a su vez, la interpretación de Kripke ha sido muy criticada. Si su estrategia consistía en subsumir el argumento contra la posibilidad de un lenguaje privado, como un caso particular, de la imposibilidad de seguir una regla privadamente, la crítica ha ido en el sentido de desarticular esa conexión. Se ha planteado en un experimento mental (Baker-Hacker, 1984, 42) la posibilidad que un hablante considerado de manera aislada (una especie de Robinson Crusoe), pueda seguir una regla, sosteniendo que “el criterio para saber si Crusoe está siguiendo una regla, reside en su conducta, pero no en que esa conducta sea concordante, en referencia a una hipotética comunidad observadora e independiente (…), sino en que existan regularidades conductuales suficientemente complejas, como para dar lugar a una normatividad”.

El criterio para determinar si existe un seguimiento privado de reglas, sería según estos autores, la regularidad conductual y no la concordancia comunitaria (interpretación de Kripke). La conducta sería un criterio externo para determinar la comprensión de la regla, tal que entre la conducta y la regla existiría una relación interna, no mediada por una interpretación: comprender una regla sería inseparable, de saber cómo aplicarla y de actuar conforme a ella. Y sin embargo, esta eventual regularidad conductual de Crusoe, no habilitaría a pensar que pueda tener un lenguaje privado, en el sentido de que sea inteligible sólo para él mismo (según la definición de IF, 243).

Las razones esgrimidas para negar esto último son varias. En primer lugar, por la insuficiencia de la definición ostensiva: el nombre de una sensación (por ejemplo, dolor), solo tiene sentido cuando existe previamente un trasfondo de conocimiento conceptual del significado del término. En segundo lugar, por lo ya señalado en el sentido de la inexistencia de una instancia independiente, de comprobación de la identidad de la sensación. En tercer lugar, porque desde la función comunicativa del lenguaje, sus términos no pueden obtener significado, a partir de los objetos privados de uno de sus usuarios.

Desde ahí, parecería que el argumento del lenguaje privado, tiene una estatus independiente de las consideraciones de Kripke, sobre el seguimiento de reglas. Ese sujeto (Crusoe) tomado aisladamente, podría seguir reglas privadamente, lo que se determinaría por su regularidad conductual. Y podría hablar consigo mismo en solitario. Pero su lenguaje, no sería el juego privado de un solipsista (en todo caso, sería un juego de lenguaje privatizado), porque sus términos no se podrían fijar por definición ostensiva de sensaciones privadas, usadas como “muestras” o “ejemplos paradigmáticos de referencia”.

IV. La subversión de la duda hiperbólica cartesiana

La tesis que se viene exponiendo es que el pensamiento del segundo Wittgenstein, subvierte indirectamente dos de los aspectos centrales del paradigma cartesiano: la conciencia como punto de partida indubitable del pensamiento y la duda hiperbólica metodológica que remite al punto anterior y que inaugura el problema del escepticismo sobre el conocimiento en la filosofía moderna. Por eso, el giro lingüístico que es lo central del paradigma contemporáneo, al sustituir como mediador epistémico, la conciencia y las representaciones mentales (que son siempre individuales) por el hecho público y socialmente compartido del lenguaje, confronta directa o indirectamente al paradigma mentalista cartesiano. Y este giro se enfatiza en el pasaje de la concepción semántica del lenguaje y del significado que es lo central del “Tractactus” (1922), a la concepción pragmática del lenguaje que es lo central de las “Investigaciones” (1953). 

En el Tractatus, lo que Wittgenstein llama la “teoría pictórica” del significado, supone una correspondencia formal entre los enunciados del lenguaje y los hechos del mundo, según una teoría de la verdad por correspondencia. En cambio, en las Investigaciones, el significado de una expresión es el uso que recibe en un determinado contexto práctico y lingüístico (lo que Wittgenstein llama los “juegos de lenguaje”). Esta nueva concepción supone la multiplicidad de prácticas lingüísticas no reducibles entre sí, la relatividad del contexto del uso, la dimensión pública e interactiva del significado y su eventual cambio en consonancia con los cambios de prácticas y formas de vida.

De ahí se sigue su argumentación contra el “lenguaje privado” heredado de la concepción mentalista (Descartes) con el presupuesto de las ideas “innatas” y de la concepción empirista (Locke), con el presupuesto que los significados proceden de los datos sensoriales (los “sense data”) recibidos por una mente concebida como “tabula rasa”. En ese marco, el argumento contra el lenguaje privado puede considerarse entonces, un cuestionamiento  indirecto del escepticismo heredado del cartesianismo sobre el contenido de las “otras mentes”, por la vía de poner en el punto de partida incuestionable, la realidad del lenguaje público y la necesaria alteridad que supone. 

Es más: la distinción platónica entre creencia y conocimiento (caracterizado como una “creencia justificada”), abría la posibilidad de una regresión al infinito en el proceso de justificación, que Descartes intentó cerrar estableciendo un punto de partida indubitable (el conocimiento inmediato y auto-evidente de las ideas claras y distintas). De este modo, la definición de conocimiento como creencia justificada sería aplicable sólo al conocimiento derivado empírico, que a su vez se funda en un conocimiento inmediato (interno) auto-justificado (mediante el argumento ontológico). Según este principio cartesiano de certeza, las creencias sobre el mundo externo, al necesitar justificación, resultarían siempre falibles y sujetas a duda, lo que de hecho abre el campo del escepticismo moderno.

Los intentos de refutación de ese escepticismo y de reivindicar el estatuto epistemológico del conocimiento empírico del mundo externo, también se han estructurado (Faerna, 1990, 72-92) en dos estrategias diferentes: (1) el rechazo de la fundamentación en el conocimiento inmediato sustituyéndolo por un criterio holista de coherencia, y (2) la defensa de alguna forma de certeza empírica. Faerna le atribuye la segunda estrategia anti-falibilista a Moore, con su defensa del sentido común y de determinadas proposiciones que estarían exentas de toda duda razonable, entre las que incluye las creencias que nunca han resultado falsas (en situaciones parecidas y contando con evidencia similar). Esto implicaría de hecho, la inviabilidad de la duda y la certeza empírica sobre determinadas proposiciones del mundo externo. Este tipo de “proposiciones Moore” pretenden satisfacer simultáneamente las condiciones de ser contingentes, implicar la existencia de un mundo externo y de no requerir demostración. 

En una obra editada póstumamente (“Sobre la Certeza”, en adelante SC, indicando el número de la proposición correspondiente), Wittgenstein retoma esta posición, para sostener (como Moore) que tenemos certeza de algunas proposiciones empíricas, pero que (a diferencia de Moore) no conocemos estas proposiciones. Por otro lado en esta obra, confronta con la posición que sostiene que el “sentido común” (Moore) sea una prueba eficaz para refutar el idealismo del mundo exterior, sino que aborda de un modo directo y más amplio, las variaciones de ese cuestionamiento escéptico, aunque muchas de sus proposiciones se expresan en un estilo metafórico.

En esta obra, Wittgenstein antepone al ejercicio de la duda, el problema de su inteligibilidad, es decir la disposición de criterios para entenderla y para removerla (SC, 115 y 257), porque si se extendiera la duda a las nociones más básicas del lenguaje (por ejemplo, a “este es mi cuerpo”), la misma duda perdería toda inteligibilidad o dicho en forma más clara: “el juego mismo de la duda presupone certeza” (SC, 138). Pero esta certeza, no es un resultado alcanzado desde la duda, sino que por el contrario, es un presupuesto del propio ejercicio de dudar. Es su “mundo vital” o en la metáfora de Wittgenstein, es “el lecho de un canal que posibilita la circulación del fluido y que siendo mudable, puede suceder que en el tiempo los fluidos se sedimenten y/o que lo sólido se licue”. De este modo, la certeza “remite al fondo implícito de enunciados básicos y funcionales a la producción del conocimiento, que es el que exige creencia, verdad y prueba”. De lo anterior se sigue que hay una distinción entre certeza y conocimiento: el “conocimiento” es pasible de duda y error, mientras que lo que Wittgenstein llama aquí la “certeza” es básica es indubitable, aunque mudable (y por eso relativa).

A su vez, se podrían distinguir tres tipos de certezas: la subjetiva (“me duele la cabeza”), la objetiva de los enunciados de conocimiento empírico falsable (“hoy llueve”) y la funcional de los enunciados del sentido común (“este planeta existía hace dos minutos”). Esta última constituía los “truísmos” que Moore entendía como prueba fehaciente contra los escépticos de la realidad del mundo exterior, pero que para Wittgenstein no significa conocimiento (y por tanto no significa prueba), sino una “certeza” como presupuesto que hace posible el “juego de lenguaje”.

La idea es que estas proposiciones no son pasibles de justificación/falibilidad. Son las certezas “exentas de dudas” (SC, 341) que constituyen el entramado, la “red” (SC, 225), el “marco de referencia” (SC, 83), el “trasfondo” incuestionable del contexto de aprendizaje (juego de lenguaje), en el que es posible juzgar el valor veritativo de otras proposiciones (el “conocimiento” siempre cuestionable), pero en el que no es posible la auto-justificación (SC, 82). Los juegos de lenguaje o “sistemas de creencias” se aprenden de un modo práctico (SC, 94-95), pueden ser diversos y pueden mutar: lo invariante puede transformarse en variable y viceversa. En la metáfora del río con cauce/fluido (SC, 96-99), las proposiciones justificables/falibles se comparan con la corriente de agua y las invariantes con las márgenes del río, que “no están sometidas a alteración”. Pero esta distinción no es nítida, ni absoluta, ni inmodificable, porque puede haber procesos (a veces imperceptibles) de “sedimentación y licuación”.

En la analogía que propone Faerna, se podría decir: “así como las leyes del pensamiento (la lógica) se muestran (no se producen) en cada acto de pensar, así también la imagen del mundo (el entramado del juego del lenguaje) se muestra (no se produce), en cada uno de nuestros juicios”. Este cambio en el modo de entender la certeza, cambia el modo de entender la duda escéptica, que en sí misma presupone su inteligibilidad, es decir, los criterios desde los cuales puede ser entendida o dicho de modo más sintético: “el juego mismo de la duda presupone la certeza” (SC, 115, 369-370). Estas certezas constituyen la “imagen del mundo” como el sustrato de todas nuestras investigaciones y afirmaciones (SC, 162), el “andamiaje” de nuestros pensamientos (SC, 211), el “elemento vital” de los argumentos (SC, 105). Están más allá de lo justificado-injustificado (SC, 359), “subyacen” a toda pregunta y todo pensamiento (SC, 415), son el “fundamento” de los juegos de lenguaje  (SC, 411), que “no son objeto de elección” (SC, 317).

Strawson señala que la posición naturalista de abordar la duda escéptica no consiste en refutarla, sino en mostrarla como inútil (irreal, engañosa) tal que, no se argumentan razones para sostener determinadas creencias básicas.  En Hume, lo constituyente (el entramado de toda investigación) es la aceptación (postulación) de la existencia de los cuerpos y la fiabilidad general de la formación inductiva (para Strawson, Hume representa a la vez, la posición escéptica y la posición naturalista). En Wittgenstein ese entramado constituyente, es el aprendizaje en una práctica social de las certezas (“exentas de dudas”) que forman los presupuestos del marco general de referencia, que son las que dan las condiciones de inteligibilidad de la duda misma y que hacen en definitiva, que la hipótesis escéptica del genio maligno cartesiano, “no sea una hipérbole, sino sólo un contrasentido”. 

V. Cierre

La formación de un pensamiento filosófico hay que entenderlo en su contexto histórico de formación y en relación a la agenda temática de la tradición que le precede. Entre los siglos XV-XVII, muchos acontecimientos de distinta índole cuestionaban el sentido común y el conocimiento común generalmente aceptado: la caída del último bastión del antiguo Imperio Romano en Constantinopla, la fragmentación occidental de la unidad religiosa representada por la Iglesia Católica, el descubrimiento de un Nuevo Mundo desconocido navegando hacia Occidente y sobre todo la comprobación de la teoría física-astronómica copernicana-galileana que sustituía a la antigua cosmovisión aristotélico-ptolemaica. Simultáneamente, el nominalismo del siglo XIV (sobre todo, el de Ockham), se distanciaba del esencialismo escolástico y volvía la atención a los objetos particulares, fortaleciendo el método inductivo y anticipando la actitud cognoscitiva de la ciencia del siglo XVII. 

Todo este escenario, en el pensamiento filosófico tiene un factor común: pasar de las proclamadas certezas esencialistas de la Escolástica, a la incertidumbre que provocaba revisar toda la cosmovisión y el conocimiento heredado. En ese contexto, es entendible que Descartes colocara como nuevo punto de partida la duda sistémica y metodológica, para fundar nuevas certezas, sobre las cuales construir el nuevo edificio del conocimiento. 

Pero esta postura tenía por lo menos, dos problemas: primero, no se puede dudar de todo simultáneamente, porque como dice Wittgenstein en “Sobre la Certeza”, sólo se puede entender la duda generalizada sobre el trasfondo de unas certezas provisionales y segundo, al dirigir la búsqueda de la nueva certeza hacia el “interior” del hombre (en este caso, del hombre-Descartes), sólo se puede encontrar lo que previamente fue puesto allí y no las presuntas “ideas innatas” (y ése es el caso también de la reconstrucción del “argumento ontológico” anselmiano para fundar la garantía de la realidad exterior sobre un teísmo “desde la conciencia”). Una vez instalada la duda hiperbólica y esgrimido el débil argumento de certeza ontológica, se instala la sospecha generalizada acerca de la posibilidad misma del conocimiento, es decir, de la correspondencia entre las representaciones mentales del mundo y el mundo mismo.

Asimismo, en la tradición empirista, sostener una mente ya no con “ideas innatas” sino “tabula rasa” que se provee de contenidos por las sensaciones primarias, no resuelve el problema porque justamente las sensaciones primarias habían resultado engañosas respecto a la percepción correcta del mundo exterior (en este sentido, el giro copernicano supone una ruptura epistemológica con el realismo pre-crítico basado en la fuente de los sentidos). Kant había propuesto un punto de partida confiable, en el “camino seguro de la ciencia” de su época (que era la física de Newton), pero aún así conservaba un residuo del innatismo cartesiano en la postulación de las categorías “aprióricas”, que presuponía necesarias y universales para garantizar la objetividad del conocimiento y la refutación del escepticismo radical. 

Pero cuando se advierte, que las representaciones mentales (ya sean ideas “innatas” cartesianas o categorías “aprióricas” kantianas) son derivadas de un proceso de formación cuya base es el lenguaje compartido y cuando se advierte asimismo, que los sentidos no sólo pueden ser engañosos, sino que sus percepciones están influidas por las prácticas (y en particular, por las prácticas lingüísticas sostenidas en el tiempo), entonces se ubica a ese lenguaje compartido como el “hecho primero” a partir del cual, se deriva todo lo demás. Y esta última consideración, es la que otorga una centralidad a las “Investigaciones Filosóficas” de Wittgenstein. Que permiten entender que una duda hiperbólica es imposible y que el escepticismo cognitivo que deriva de ella, sólo es inteligible dentro del marco de unas certezas (provisorias, mutables, falibles) compartidas. 


 Referencias bibliográficas

Wittgenstein, Ludwig. “Tractactus Lógico-Philosophicus” (1922). Editorial Tecnos (Madrid, 2013).

Wittgenstein, Ludwig. “Investigaciones Filosóficas” (1953). Editorial Crítica (Barcelona, 1988).

Wittgenstein, Ludwig. “Sobre la Certeza” (1953). Editorial de Oxford: Basil Blackwell, 1969).

Strawson, Peter. “Escepticismo y Naturalismo” (Madrid, Machado SA, 2003).

Kripke, Saúl. “Wittgenstein: Reglas y lenguaje privado” (UNAM, México, 1989).

Baker-Hacker: “Scepticism, rules and language” (Oxford, 1984).

Faerna, Angel. “El juego del conocer. Reflexiones de Wittgenstein en torno a la certeza”. Anales del Seminario de Metafísica nº 24. Edición Universidad Complutense (Madrid, 1990).

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