ALDO MAZZUCCHELLI / En este número 100 tenemos el honor de dar a conocer un texto de Fernando Loustaunau. El autor murió cumplidos sus setenta años, el lunes 27 de enero de 2025 en su departamento del edificio Ciudadela. Algún poeta escribió una vez: «soy un resumidero». Creo que fue Blaise Cendrars, pero igual podría haber sido otro. Hay en la escritura de Fernando Loustaunau algo de resumidero, de lugar final a donde llegan todas las cosas occidentales, y una geometría sibilina las baraja y las entrevera de modo de que suenen. Prodigioso oído para la palabra, invencible memoria, estructurada y al mismo tiempo capaz de conectar lo inaudito. Surfeo y equilibrio inestable sobre una trama que se deshace a cada paso, pero de alguna manera sigue en funciones.
Fuimos íntimos amigos con Fernando Loustaunau desde el 14 de abril del año 1993, cuando nos cruzamos por primera vez en la escalera esa que, al lado de Linardi & Risso, lleva a los salones superiores donde a veces se hacían algunas ceremonias. La cercanía no es buena consejera al escribir obituarios, de modo que sabrán disculpar lo fragmentario y voluntariamente amateur de este. Loustaunau había vuelto hace poco de su casi década de experiencia neoyorquina y global. Por entonces era ya un rara avis de la literatura uruguaya. 14, Pot Pot, luego Curcc. Sus novelas, publicadas en Buenos Aires o del modo más silencioso en Montevideo, están bastante más allá de lo que la cultura partidolírica local podía (y puede, supongo) aceptar, lo cual lo hace automáticamente candidato a una merecida posteridad literaria, que a su tiempo se efectuará. Entre tanto, contribuyó al conocimiento del Uruguay como muy poca gente que yo pueda mencionar. Sus columnas en El Observador, sus colaboraciones en otros medios (por supuesto, también en eXtramuros), su crítica de arte ampliamente desarrollada en libros, catálogos y presentaciones, lo fueron llevando a conocer y a apreciar el trabajo de muchos otros creadores. Algunos, como él, capaces de convocar y reunir haces de luz nuevos sobre el mundo. Fue Director durante largos años del Museo de Artes Decorativas, transformándolo completamente para mejor, y siendo allí lujoso anfitrión de una actividad cultural sostenida que enriqueció a la ciudad. En la última década y pico había incursionado en textos que buscaron explorar y revivir, en un lenguaje más directo, el mundo de José Enrique Rodó, de Emma Risso Platero. Sé que había planeado alguna exploración más en ese territorio, que le permitía mezclar su memoria intrincada y luminosa, sus deseos y proyecciones de un Uruguay occidentalísimo y excelente a su modo, sobre los datos de personajes quizá aun no bien construidos por el imaginario local.
Fernando Loustaunau quería ver a su país en todas las formas de su hipotética perfección. Tenía algo como un amor perfecto e intocable para las excelencias imaginarias del país. En ese sentido, no conocí a nadie más generoso para con las posibilidades de un Uruguay que siempre comprendí, en Fernando, como la proyección bondadosa de un luz percibida en la inocencia insuperable de la infancia. Cicerone vocacional y nato, le explicaba a los más variados viajeros argentinos, españoles, holandeses… acerca de la incomparabilidad del Centro, la calle Mercedes, la calle 19 de abril, o el Salto Oriental, acompañándolos en sus travesías y -estoy seguro- cambiándoles de una forma indefinible su percepción original del país. Esa inocencia sabedora fue potentemente creadora, sin perder la crítica. Memorable creador de motes y seudónimos para que nos riésemos de lo absurdo, sin perder la piedad. Fernando, raro por derecho propio, era otro que, a su modo, entendía todo.
Hoy lo despedimos acaso como más se merece, leyéndolo -puesto que ninguna despedida formal fue posible ante las circunstancias extrañas de su muerte-. El motivo del texto que publicamos es Marosa di Giorgio, amiga también de Fernando en su tiempo, y si no recuerdo mal, actriz estelar en una especie de performance que acompañó la presentación de uno de sus libros en la Montevideo del siglo pasado.

En la foto principal, Loustaunau en Amalfi, 1999. Fotografía de A.M.
El silencio de Salto
(Nueva Hespérides, vuelo Montevideo – Salto en 1936, era como volar a la luna)
FERNANDO LOUSTAUNAU
Dicen que el café es originario de Etiopía. Bueno, dicen tantas cosas, no?
Suena digamos un tanto extravagante atribuírselo a un país tan insondable, bueno, al menos para mí. Nada menos que la misma Etiopía que quiso el destino, o más bien la casualidad, que no fuera italiana.
De haber sucumbido a aquella Italia, exuberantemente asquerosa Italia de entonces, al menos, al menos habría un cordón umbilical. Algo.
Una vez me dijo alguien que el monstruoso sujeto se llamaba Benito por Juárez. A mí me pareció un error de geografía, un “herror” diría con “h” y juntando las “rr” como lo hacen los franceses.
Aquí nos parece que todo tiene que haber surgido en la vieja Europa, una Europa inconmovible, todopoderosa. Y, por cierto, no fue así ni cosa que se parezca.
En mi infancia pululaban cruentas historias de la monstruosa tiranía que gobernaba a los italianos. Para mí no era fácil entender de qué hablaban, porque “los italianos” éramos nosotros. O sea, había italianos de “allá” y de “acá”. Vayven, no se si se dice así, como el ingreso al salón en las películas de cow boys.
Además, todos los italianos que yo conocía en los días de Salto eran personas dulces – a veces algo obvios en sus conjeturas – e invariablemente afectuosas. Para mí era difícil entender que provenían de un lugar de odio, o gobernado por el mal, por energías negativas en todo caso. Llegué a pensar que sólo los buenos habían emigrado a mis litoraleñas costas.
Es cierto que muchos no decían ser de Italia y referían a la región de origen puntual. Y no faltaban quienes ni siquiera se llamaban italianos, cosa que me costaba interpretar.
Sin pretensiones chauvinistas, faltaba más, siempre pensé que el café era de Salto, que todo, absolutamente todo, había sabido surgir alguna vez y de algún modo remoto, en una eterna ciudad de Salto. Una ciudad por cierto tan atemporal como el viento, anterior a mi abuela y la abuela de mi abuela.
En verdad no sería tan exagerado decir que mi vida fue un café, estrictamente hablando…un café de Salto. Al menos, para ponerme más exégeta, y sobre todo más precisa, en un café de Salto. Cuando me mudé a Montevideo, muchos siglos después, mi vida fue algo similar, aunque profunda, absolutamente diferente: una cosa es el Café Sorocabana en Salto, otra cosa es el Café Sorocabana en Montevideo. ¡Por favor!.
Todo era igual, incluso las sillas bombé, ¿se dice bombé? con tapizado verdoso, presumiblemente alguna vez verde, ya bien desabrido él. Más las redondas mesas de mármol. Todo era definitivamente distinto. Ni la luna estaba empollando, ni la luna.
Para encontrar o reencontrar las mismas sillas alcanzaba con ir de Salto a Montevideo, aunque creo que esa cadena de cafés también estaba en otras ciudades del país. Pero, eran ciudades que no existían para mí, claro está.
En cambio, para toparse con esas mesas redondas de mármol, había que ir a París, sí a la vieja Francia. Al menos sólo en París me vi enhebrada, domesticada casi diría, por esas sillas en tierna sintonía con esas mesas.
No es un detalle menor, no señores. Las mesas redondas siempre tienen espacio para una persona más, siempre hay lugar para el forastero, para el objeto de deseo indeciso o para el objeto de deseo sin cortapisas. Y en este mundo donde todo es tiempo y espacio, insisto, no es, no puede ser un detalle menor.
Al comienzo, los primeros tiempos, nadie se sentaba en mi mesa montevideana por más redonda ni ovalada ni lo que diablos fuera. Y no era porque yo estuviera entretenida hablando con mamá. Nadie me conocía o fingían, porque algunos ya disponían de alguna calumnia de mentas. O proyecto de calumnia: lo mismo. Y, sabido es, todos conocemos más de lo que conocemos.
Paulatinamente, tres, cuatro, cinco antiguos aspirantes a escritores que amenazaban con empezar a contarme sus frustraciones amorosas o literarias, o frustraciones aún menos creíbles. No faltaban quienes pretendían contarme argumentos de novelas que nunca se escribirían, o me sometían a poemas esperando mis juicios que, con frecuencia eran términos tan benevolentes y piadosos como fuera posible.
Esa soledad, esa relativa soledad en ciudad extranjera, me permitía imaginar situaciones, suponer que en el propio café se podía comer platos pantagruélicos. Una vez quise creer que veía una langosta, una langosta poderosamente roja en un plato de plata. Pero nada, no hubo plato de plata. Ni langosta.
Lo peor de estas cosas, lo realmente grave, es que ni siquiera podemos contar el episodio. De hacerlo corremos el riesgo de la mayor incredulidad o, más grave aún, generar pérfida comicidad. Un secreteo a voces, donde todo lo que no es perfectamente vulgar se hace acreedor a la más cruel represión. Entendiendo por cruel represión la infamia en voz baja, la calumnia, la acusación. Si sabré yo de la condición humana, si sabré yo.
Sin embargo, y más allá de tanta elucubración tonta, empecé a pensar intensamente en la langosta, concentrándome en sus innúmeras propiedades, en sus múltiples instintos, hasta en su impostura, por qué no. Es hora de hablar de la impostura de las langostas.
Llegué a creer que bajo sus costillas de arroz vivían el amor, el champagne, las bodas frustradas, los crímenes extraños, el agua. Llegué a creer que todo vivía bajo su sacón de pimpollos rojos. Todo eso pasaba y dejaba de pasar en mis primeros tiempos montevideanos. O en los cafés montevideanos que eran todo y todos mis primeros tiempos.
Al retornar a mi domicilio sentía mis zapatos golpear el granito de la alguna vez augusta avenida con el nombre de la patria. Me cruzaba con seres un poco sórdidos, sólo un poco. Miraba para todos lados en las esquinas, como si alguien se interesase por mi existencia, como si acaso un alma pudiera acecharme, como si los semáforos no fuesen siempre rabiosamente rojos.
La lluvia caía con mayor intensidad que en Salto, eso me parecía a mí y alcanza con que me pareciera. Todavía hoy, aun detrás de la lluvia que surca los vidrios escucho a los cañaverales de la infancia, las gallinas que ponen huevos de oro, o blancos como el azúcar; y llaman a gritos a mamá; todo lo que no está escrito; papá detrás del carretón, del caballo viejo, rosado y gris, que trabajó durante tantos años, y luego, siniestramente vendieron.
De golpe mamá dejaba de ser anciana como purificada por la lluvia, un baño de baba alisaba sus arrugas, la piel recuperaba su porcelaneidad y otorgaba particular brillo a sus ojos color cielo. La lluvia todo lo podía, o casi.
Las cosas todas de la casa, las rosas de la casa, una a una, las granates y dulces como pasteles, las blancas que aparecen como de mármol, y son de los mártires y los héroes, las amarillas que arden como miel, y las rosas rosadas, extremas, de los amores increíbles, de los homosexuales. Las cosas de la infancia, las rosas de la casa, una a una, y levanto otra vez, en el armario, la rosa blanca de mamá. Pero, ¿dónde está mamá?.
Ahora bien, no sólo en los cafés aprendí los rudimentos de la vida, o eso que quise creer que cumplía tal fin. Rudimentos rudimentarios y de los otros, sí, los otros.
También aprendí a no decir cosa alguna, a escuchar en silencio, a darme tiempo para las respuestas…claro, si es indispensable. Lo más aconsejable, y lo aprendí hace muchos muchísimos años, lo más aconsejable es simplemente escuchar. Pero escuchar aparentando estar interesada en lo que se oye. Y, claro, dar una respuesta mínima, acaso una interjección o bien llevarse delicadamente una mano a la mejilla. La derecha, sí. Una amiga psicoanalista, bueno, una conocida, me dijo que es muy importante “la escucha”. No había pensado antes el verbo escuchar usado de ese modo y me impresionó un poco. Y otra amiga de la vida resaltó la importancia de la mano en la mejilla, algo que mamá siempre en los hechos realizó (sólo que sin jactancias). Es sin dudas la forma más discreta de exhibir los dedos estirados con sus formas de ballet. Los dedos que se insertan en las hojas, que se cruzan, se despliegan, se entrometen con las asas de las tazas de café.
Es cierto que en general aprendemos esos comportamientos en nuestro propio hogar, pero luego lo olvidamos. De eso se ocupa la educación formal. Y necesitamos volver a aprenderlo para demostrarnos que constituimos, que somos artífices de nuestra propia historia. Que somos mucho más que la hija de tal o cual.
Un día aprendí en un café – perdón si suena reiterado – que los ingleses eran los padres de esta forma de actuar. Hacen que prestan atención, parecen muy preocupados en lo que se les dice y realizan comentarios tan banales e inocuos como sea posible. Siempre acompañando de la forma más cómplice al interlocutor. Eso se denomina “a la inglesa”.
En Salto había una colectividad inglesa, todavía debe existir pero ya es otra cosa. Todo es “otra cosa” en Salto de un tiempo a esta parte. Seguramente esa colonia fue muy relevante años antes de mi nacimiento, porque hasta un viejo y desvencijado cementerio estos ingleses aún tienen. Recuerdo unas cuantas inglesas y las asocio con las flores, con la efervescencia de colores de Salto y sus jardines. Claro, la inglesa más inglesa que recuerdo era montevideana y no tan inglesa. Se llamaba Esther, Esther Haedo o de Haedo. Era un ser dulce y a la vez severo, al menos austero y acaso ligeramente obsoleto. Como si todo espíritu de vanguardia – o cualquier cosa que se le pareciese – lo delegase tiernamente en su amado Enrique.
Su casa estaba abierta a los visitantes que venían de Montevideo o del exterior. Bueno, para mí entonces todo “exterior” era lo mismo.
Se hablaba de la “Segunda Guerra” y a mí me parecía un dato lejano, de otro siglo, de otra galaxia. Pensado en perspectiva, no habían transcurrido más de diez o quince años de su finalización. Una vez en Saint-Nazaire volvió la palabra, las dos palabras, ambas sí, ambas volvieron a mi vida de forma recurrente y de hecho más entendible. Es que Saint-Nazaire fue sede de la operación Chariot, una acción desarrollada por los ingleses durante la mentada Segunda Guerra. Los ingleses apostaron a la destrucción del dique seco de Saint-Nazaire, bajo ocupación alemana entonces. Por lo que parece, por lo que dicen aquellos que se regocijan con la violencia, ese dique era el único donde los germanos podían introducir el famoso acorazado Tirpitz. Y destruirlo significaba todo lo previsible. Todo sonaba muy serio, acompañado de buen whisky en casa de los Amorim.
Una casa, donde, con frecuencia, había seres venidos de lejanas latitudes. Recuerdo poetas rusos, que en realidad venían de esa sigla misteriosa llamada la URSS. Y yo me preguntaba cómo sería el gentilicio de un señor que procede de la URSS, bueno, entre otras preguntas que me hacía. Enrique los agasajaba en su musical francés, idioma que manejaba con la fluidez de un nativo o más. Un nativo ilustrado, claro está. Porque he conocido franceses malolientes de lengua aguda y violenta.
En uno de esos ilustrados ágapes resonaba, obsecuente, la novena sinfonía de Mahler y lo tomé como un buen augurio. Sabido es que se trata de la última, la última siempre. Por la ventana de Las Nubes (por si alguien no lo supiera, la casa salteña de los Amorim), se veía, recortada, parte de la urbe. Una urbe lluviosa – una vez más lluviosa – y deliciosamente desolada. Abandoné la casa a la hora del humo, cuando las copas se quedan quietas, ya algo agitadas, en su baile. La hora en que empiezan a ulular los pavos, a cacarear como hienas. Llegué hasta mi casa con el alma húmeda, con una sensación de despojo por todo aquello que no aconteció.
Juré no volver a tener expectativas de nada, nunca. Pero incumplí. Aunque sólo de modo parcial.
Ah sí, vale acreditar que en casa de los Amorim las almas solitarias encontrábamos cobijo. Vaya si lo encontrábamos. Era una suerte de asilo de diferentes en esa peculiar residencia que todos decían había sido construida por el mismísimo Le Corbusier. Lo cierto es que todo el proyecto edilicio se originó en Suiza o en algún estudio de la propia París, no importa, pero los verdaderos autores fueron Esther y su marido, Enrique Amorim. Y a mí, si me preguntaran, me encantaría decir que es obra y gracia de Esther. Sus ojos azules penetrantes, su silencioso interés sin estridencias por las artes, sus frases ajustadas y metódicas, todo la hacía idónea para diseñar una casa de arquitectura deslumbrantemente sobria y distinta. Vivió hasta hace poco, centenaria y lúcida. Y yo no la iba a visitar.
Sí, algunas de las mejores actividades que acontecían en Salto, pasaban por este matrimonio. Al menos todo lo que tenía que ver con la cultura o lo que habitualmente se entiende como tal. Y no era un mero acopio de jóvenes inquietos, no, creo que se respetaba hasta mi raíz salvaje. Nadie intentó domesticarme, decirme que el pelo estaba largo o demasiado rojizo. Nadie me dijo que las uñas no podían ser turquesas ni que la bijouterie debía ser de tal o cual marca y suplir simbólicamente las joyas de verdad. Tampoco nadie se preocupó por mis silencios, que podían ser largos en medio de una recepción o donde fuere. Enrique era extremadamente atractivo, no sabría cómo decirlo en la vana pretensión por la exactitud: era un hombre bello, si cabe (aunque la expresión suene algo cursi). Sus modales exquisitos y su generosidad inmensa. Era lo más parecido a un hombre perfecto, al menos así lo sentí durante un tiempo. Y no se me malinterprete, pues la perfección nada tiene de erótico. Esther parecía fiel a sus orígenes o los de su madre, quien se llamaba Young. Cualquiera que conozca algo del pasado nacional puede atestiguar el poder de esos Haedo, tanto como el poder de los Young. Los primeros venidos del País Vasco, según creo, los otros de la impredecible Albion. No me acuerdo quien dijo la broma la primera vez, lo cierto es que quedó como una gracia, una gracia tan inofensiva – y hasta infantil diría hoy -. Los invitados, dígase nosotros los jóvenes salteños de entonces, nos divertíamos diciendo que en esa casa estaba todo, no faltaba nada: ni el Yin ni el Young.
Esther sintetizaba su alma fina con una naturalidad infinita. Todo era extremadamente sencillo en ella, desde su indumentaria deliberadamente obsoleta hasta sus frases, breves y concisas. Podía parcialmente perder esa noble austeridad cuando celebraba tímidamente las anécdotas de su marido, una suerte de nene devenido adulto con lo que implica.
Sin llegar a una risa manifiesta, Esther fruncía sus labios aprobando algún comentario de su cónyuge.
Otro rasgo característico de Esther era la atención que prestaba a cada uno de sus interlocutores. Miraba fijo a los ojos y escuchaba como si el interlocutor fuera el mismísimo Sigmund Freud. A mí me generaba confianza, sentía que la idea, que a veces ni llegaba a tal, tenía otro peso. Y era la resonancia que le otorgaban esos ojos.
¿Qué se puede agregar de los divinos Amorim hoy?. Han pasado ya largas vidas, seguro Enrique está hoy reencarnado en otra vida y otros lugares que lo entiendan mejor. Jamás olvidaré la fría noche de julio en la que su cuerpo dejó de estar entre nosotros. Los teléfonos de Salto hervían en la madrugada; la ciudad se había quedado sin su último vástago prodigio y cada salteño tenía su recuerdo propio, la anécdota intransferible. Sea aquel encuentro casual, el primo del primo, la frase inolvidable, la gastronomía exótica…algún dato. El anterior héroe literario de salteño había sido Horacio Quiroga, muerto dos largas décadas antes y repatriado a su Salto gracias justamente a Enrique. Como no podía ser menos.
Es cierto que en Salto abundó siempre jóvenes elegantes y dispendiosos, tan viajeros como sensuales, dispuestos a la seducción real o qué se yo. O sea, cerciorándose que un amigo daría fe de sus pseudo embriagues amorosos y, claro, siendo siempre un milímetro más osados de lo prescriptivo para obtener gloriosamente la ansiada negativa. También hubo gente valiosa en las distintas artes, verdaderos seres entregados al cultivo del alma. Pero no creo haya habido tantos que conjugaran tan disímiles e infrecuentes virtudes como el inclasificable Enrique Amorim.
Para que no se me malinterprete aclaro – y lo hago de la forma más absolutamente contundente y rima incluida – que jamás pasó por mi mente nada lascivo ni mucho menos ni muchísimo menos con Enrique ni nada ni nadie que tuviera que ver con él. Es más, podría decirse que era para mí una inédita imagen de padre, un padre sin generación, sin edad, sin sexo, casi. Un ser de luz con algún toque oscuro, como todos los seres.
Y ahora que lo pienso, fue tan maravillosa la experiencia de conocerle, que hasta fue algo negativa para esa joven que era yo. Es que llegué a creer – ilusa mujer – que el oficio de escritor era tan maravilloso que todos los escritores eran tan bellos, tan nobles y almas tan puras como Enrique. Gran error, gran error si los hay.
Mi primer encuentro con los poetas fue memorable; sin embargo, es sólo una página más – ésta – en el anuario de los robles.
Además, el universo no está dominado por hechos tangibles y coherentes, faltaba más. En realidad lo que hacemos es disfrazar nuestras percepciones y así lograr que parezcan acorde con nuestro aparato mental o como se diga, nuestro acopio de verdades groseramente subjetivas. De ahí en más todo es verdad, o puede potencialmente serlo. Poco importa. El delito es que arreglamos las cosas para pensar que hicimos bien. Al menos los que tenemos prejuicios éticos, que no somos todos ni siquiera muchos. Dicen que Husserl dijo algo así como “toda percepción es una apuesta”. Y no hay mucho más que agregar.
_Se casa la hija del diablo. De autos grandes y oscuros descienden mujeres con descomunales zapatos de colores inéditos. Se trata de colores ardientes, pletóricos en sensualidad. Algunas llevan ligeras plumas en sus sombreros, las hay con pelos como peluquines de la corte de alguna corte. Todo es sombrío, sombríos los sombreros noctámbulos. También. Todo trasunta una alegría falsa, bien apócrifa. La gente se saluda como si fuera un día especial. Se besan una y mil veces: sólo se casa la hija del diablo.
Suben las escalinatas de pulcro mármol dejando caer alguna pluma, como confesando pecados pretéritos, pretéritos e indefinidos. O adelantándose a los futuros que probablemente acontezcan esa noche misma tres horas más tarde. Los tacos se hunden en una alfombra de un antiguo color bordeaux; una enorme llamarada por donde ascienden esas mujeres de calzados desmesurados.
Todas son de algún modo cómplices de la hija del diablo. Todas tienen información precisa del crimen. Además, están todas, casi todas. Todas, menos la hija del diablo. Todas saben todo lo acontecido, cómo la hija del diablo logró introducirse en el altar de rosas. Pero ninguna lo confesaría, ni se animaría a susurrarlo porque la hija del diablo era desde esa misma hora una dama de antigua alcurnia. Y lo sería para siempre. Amén.
Todo transcurría mientras se deslizaba la lluvia, siempre cómplice ante los gestos impúdicos. Siempre presente para distraer, para cambiar la atención y soslayar lo evidente. Siempre, siempre.
Todos sabemos que las novias transcurren las horas previas a la boda con el novio abandonado. Es una tradición salteña y universal. El novio oficial, horas antes de ser marido ante los dioses y las viejas comadronas, duerme la siesta y entrena piruetas eróticas. Sabe que horas después deberá cumplir con la patria, con Roma, Cartago y hasta con la Grecia más antigua. Y si su músculo duerme o no despierta de una siesta fatal, será literalmente asaltado por una mar de infundios muy bien matizados. En ese caso se dirá que es un bohemio, o que bebe un poco de más: hasta la infamia tiene sus límites.
Un día tomé el tembloroso avión de Pluna – era Pluna? -en el aeropuerto de Salto que no por casualidad se llama Nueva Hespérides. Fue mi primera vez en los cielos rumbo a Montevideo. Aunque una vez que el avión ascendió, tuve la fantasía de llegar a Estambul.
En ese entonces todavía me quedaba alguna ilusión, alguna que otra, algo parecido a una ilusión. Y Montevideo era el destino, el destino posible. Y el desierto, también. Allí tomaría más café y hablaría con escritores que yo creía impolutamente lúcidos y con obra, vaya tema, sí, con obra. Aunque ya tenía elementos para ser bastante escéptica en torno a la vida literaria con sus vericuetos y tenues infamias. Montevideo desde lo alto me pareció un mundo posible, no más que eso. Al descender tomé un café en una enorme cafetería que miraba a la pista. Una enorme cafetería desnuda que – instintivamente – me recordó mi huerta de membrillos. Sentí que era yo.
Con los años pude viajar más allá de la comarca, caminar por París, Israel, Nueva York, la pequeña Saint Nazaire y tantos otros. El retorno era a Montevideo, era mi Salto juvenil y no tan juvenil. Montevideo era la selva feroz, tan terrible como aquella Salto de la que casi sin decírmelo, supe escabullirme en silencio, ligera de cuerpo. Pero ya era tarde, ya no había una ciudad, un futuro, una perspectiva; el infierno tenía ruedas.
Al poco tiempo supe comprender que el problema no era una locación geográfica, comprendí que la cárcel estaba donde yo fuera a depositar mis nalgas. Me dije, omnipotente: “El batallón de las cañas se para justo detrás del manzano”.
Y la gente, una vez más, hizo como que no entendía nada.
Ya era tarde, un día me desperté abruptamente y me di cuenta que ya era tarde. No se puede explicar, no pasa por la metafísica, o si, pero no importa. Quiero en todo caso decir que se entiende desde adentro, desde la intimidad más intensa. Es la conciencia de la ausencia, el nada de nada de nada.
_Nunca olvidaré la enorme sorpresa que me llevé en Nueva York. No fue claramente el Empire State, ni el Central Park, ni el llamado Village, ni nada en particular. La sorpresa provino de la indumentaria de muchas neoyorkinas, especialmente las que circulaban justamente por el Village y el Soho. Por un instante sentí mi identidad profanada, un horror…Sentí que no era, que no había sido, la inventora de una anti-armonía del color, en el uso de bijouterie confundiéndose – o pretendiéndolo – con verdaderas joyas. Incluso me crucé con una pelirroja que estaba tan asombrosamente pelirroja como yo. Nos miramos durante un segundo a lo sumo, lo cual ya es una rareza en tierras yankees, al menos en Nueva York. O sea, no le pasé inadvertida. Segundos después alguna vidriera se apoderó de mi atención y eso que jamás he sido una mujer consumista ni cosa que se parezca. Nada me impresionó tanto, hablando en términos históricos, como los escaparates de las tiendas. Es como entrar a un museo sin tener que seguir todo un protocolo y ceremonial…mirar durante un rato cada obra, hacer un comentario supuestamente inteligente, etcétera. Las vidrieras hasta se pueden ver de reojo, no insumen tiempo, están siempre abiertas, si cabe el término. Salto a su manera tenía lo suyo y los suyos. Pero no puedo negar mi primera visita a Montevideo, o una de las primeras. Se podía recorrer vidrieras y más vidrieras; desde la emblemática London París a Angenscheidt, desde Soler o Introzzi hasta Caubarrère o Tienda Inglesa. La costumbre no se perdió en Nueva York.
_Hay gente que lee, presumo que son la mayoría, por el simple placer de hacerlo. Sería una operación mecánica aprendida en la enseñanza primaria, algo que repiten hasta el agobio, como la mayoría de las cosas. Ya sabemos que todos hacen lo mismo siempre porque hay un orden supuestamente superior que así lo aconseja. Y uso el verbo aconsejar de la forma más benevolente…si alguien pudiera ver como frunzo el rostro, comprendería que no creo ni un poco en todo esto. También están los que leen como una actitud burguesa. Se lee como se compra un cuadro o se ve la última película. Pero estamos aquellos que leemos para sobrevivir, como estrategia última, como forma de salvación (sabiendo que no hay salvación que valga). Una forma militante de existir, o acaso un ejercicio de la propia escritura. Leemos como ensayo de nuestra propia escritura. Una vez leí que Joyce era un tanto escéptico con el gesto poético. Pienso que no tanto con la antigua poiesis, o como se diga, sino con el clásico libro llamado “de poemas”. Parece que Joyce valoraba a la poesía como ejercicio, como una forma de armar su prosa. Puede ser. Mi caso sería en todo caso inverso, ya que con frecuencia me he sentido tentada a desmenuzar pretensiosos novelones, convirtiéndolos en breves juegos poéticos. Si es verdad que con frecuencia a la poesía le faltan palabras para terminar de dar con el sutil golpe, no es menos verdad que a la prosa con frecuencia le sobran palabras. Y si fueran al peso, le sobrarían quilos de palabras.
Ay, cuánta dispersión. Quería recordar a Lolita, una de las primeras obras digamos canónicas a la que me sometí.
Aunque creo que el comienzo literario no siempre es literario. ¿Por qué cayó Lolita en mis manos?.
No lo sabré.
_En Salto siempre se cuentan historias de Salto o del Salto, perdón. Es como si el mundo girase en torno al centro de la ciudad, un centro ígneo del cero. Bueno, seamos honestos, también están las historias que se dejan de contar, pero es harina de otro costal. Tan es así que con frecuencia la gente se siente autorizada a relatar historias que no vivió. Por ejemplo, para un “salteño de ley”, expresión que supe escuchar más de una vez o un millón de veces, no hay como recordar aquel asalto al Banco de Londres de Salto en el lejano 1917. No se realizar relatos pormenorizados, odio las matemáticas, nada odio tanto, pero presumo que fue hace mucho tiempo. Además, en aquella Salto, no existía la violencia, excepto la doméstica, claro está. O la otra violencia, la de las frases ensangrentadas, llenas de odio y venganza por hechos siempre invariablemente imaginarios. Lo cierto es que de un coche bajan tres individuos armados en plena calle Sarandí. Sin problemas logran acceder al escritorio del gerente, un señor inglés, como no podía ser de otro modo, de nombre George Mac Farlane. Como no podía ser de otro modo.
El buen hombre se traba en lucha con los tales malhechores, delincuentes, sinvergüenzas, qué se yo. Lo cierto es que el bueno de Mac Farlane cae mal herido.
Parece que los siniestros sujetos se asustan un poco y salieron raudos del centro de Salto rumbo al río Daymán, el que se atravesaba por una calzada de piedra. Pero resulta que el motor del auto no resiste tanta agresión y se detiene en el lugar menos apropiado. Los siniestros sujetos optan por continuar a pie y finalmente son detenidos por oficiales de Salto y otros de Paysandú (por una vez mancomunados).
Mientras tanto don Mac Farlane es operado de urgencia en el Sanatorio Salto, sin que los abnegados médicos logren evitar el fatal desenlace. Con el paso de las horas se supo que los asaltantes también eran importados; dos de ellos provenían de la mismísima Estados Unidos de América y otro de México. Al día siguiente – y los siguientes – por supuesto todo Salto hablaba del tema. No dejaban de destacar que eran “extranjeros” con la misma energía que se desinfecta la ropa usada en situaciones pecaminosas.
Dolientes ciudadanos asistieron al sepelio en el cementerio Inglés de Salto. Aunque no faltaron quienes quisieron entrever una nube humana dirigiendo sus pasos hasta la necrópolis. Como suele suceder en estos casos y ya sentenciara un tal William Shakespeare, la tragedia vino encadenada; la viuda paulatinamente irá perdiendo la razón. Y poco tiempo después fallece una de los cinco hijos del matrimonio. El diagnóstico lo dice todo: “muerte por tristeza”. Al poco tiempo el destino se cobra la vida de la Señora de Mac Farlane.
Los nenes, huérfanos de padre y madre, se radican en Londres, presumiblemente al cuidado de sus abuelos. Con el paso del tiempo, uno de los hijos será la voz en castellano que trasmitirá al mundo de habla hispana los avatares de la Segunda Guerra Mundial a través de la impoluta BBC. O sea, y hablando mal y pronto, un salteño de sangre inglesa será la voz oficial de la guerra para toda la lengua salida de la Península Ibérica, el Nuevo Mundo y adyacencias. Jugando con aquella idea atribuida a Nietzsche de que “no hay hechos sino interpretación”, no faltó algún ingenioso salteño insinuando que la guerra mundial era un episodio de Salto.
_Siempre estuve rodeada de las artes plásticas, como si se tratase de algo que tuviera que ver con lo más intrínseco del ser. No sabría afirmar que realmente comulgo con los elementos inherentes a la pintura y sus mundos referenciales. Pienso que lo que más se parece a mí debería ser el arte abstracto, pero tampoco lo podría explicar. Y no creo que sea fruto de una dificultad personal, más bien pienso que las cosas son como son y no dan para dar tantas vueltas. A veces complicamos las situaciones, a veces todo es más simple.
No voy a caer en la torpeza de que soy “intuitiva”. Cada tonta que me cruzo en un vernissage dice serlo y hasta más de una lo creerá. La diferencia conmigo es que lo soy, o no sabría decir que intuitiva como tal. No podría adscribir a una palabra determinada, pero creo poder determinar cuando el artista es serio y cuando no lo es.
Ahora bien, la supuesta seriedad del artista no debería asegurar el éxito de su producción. Debería ser un mero antecedente a atender. Al menos no desatender.
Hablemos de Cziffery, ¿no hablé aún de este buen samaritano?, Cziffery tenía clara la función del arte pictórico. Era muy claro en sus conceptos más allá de su icónico acento de Budapest. Había nacido en Hungría hacía muchos años, aunque ahora me parecería que no eran tantos; tal vez era menor de lo que yo creía ver entonces. Y se había quedado en Salto, donde murió. No se sabrá si estaba a gusto, tenía el don de la discreción, don poco apreciado en estos días. Lo cierto es que lo seguía un grupo de jóvenes entusiastas y no faltaba un buen burgués que incorporase alguno de sus cuadros a la colección personal. Un día me contó que trató a Henri Matisse en sus años de París; lo dijo con tanto entusiasmo y el relato fue tan meticuloso hasta en los más nimios detalles, que realmente me produjo algo intenso. Un hombre que recuerda a otro por su arte, que lo hace casi al borde de la emoción…no es poco, no.
Una vez instalada en Montevideo, comencé a frecuentar los mentados vernissages. Algo que en Salto había ensayado cuando se daban las circunstancias. Una ceremonia tonta y repetitiva donde un grupo de personas se daban marco y hasta se protegían con su supuesto arte. Llamémosle arte. Para mí era una buena excusa para intercambiar interjecciones con seres desconocidos, compartir una copa de vino barato y luego seguir mi rumbo hacia el mismo restaurant.
Era también una coincidencia con mi reloj biológico, ya que esos encuentros eran alrededor de las 19 horas, o a partir de las 19 horas. Sincretismo exacto con mis primeras ganas de salir a la calle, de enfrentar el mundo y sus miserias. En realidad no debería hablar de ganas como tal. Era la hora en la que se me hacía menos agobiante enfrentar la vida de relación, los contactos humanos. Todo eso que se supone no podemos soslayar del todo ya que es la antesala de la locura. Eso dicen y me aferré a esa verdad como forma de preservarme, de cuidar la no loca que todavía era.
En ocasiones aparecía algún joven discretamente desgreñado que decía haber leído tal o cual obra por mi publicada. Pero lo más común y aborrecible eran los aspirantes a escritores tratando de someterme a la lectura de sus opus. Nada odié más!.
Porque en verdad nadie sabrá que en mi alma siempre estuvo presente la actriz de Hollywood. Digo mi alma porque fue algo tan inasible, tan poco verificable, tan irrealizado…Pero es la verdad. Desde que asistí a la primera función cinematográfica, vaya a saber uno en qué año, en qué cine, en qué circunstancias. Sí, desde que asistí a la primera función cinematográfica comprendí que era lo mío. Y no hablo de estar sentada en una butaca, sino de ser la hija del celuloide, ser la protagonista. Creo que se entiende.
_No llegué a conocer eso que se llamaba, supongo, “lloronas profesionales”. Refiero a señoras viejas, o bien camufladas de señoras viejas, que se acercaban a los velorios para acompañar en el dolor, en el supuesto dolor. Y hacerlo de una forma bien estentórea, cosa que a nadie cupiera la más mínima duda de lo querido que era el novel difunto.
Lo que se dice “lloronas profesionales” no conocí. Pero sí mujeres que se especializaban en estar de punto en blanco en cuanto velatorio reputado había en Salto. Ni después de muertos somos iguales, sabido es. Y Salto te lo cobraba.
Por mi mirada algo trágica, por mis pelos al viento, una vez alguien dio a entender que podría ser una buena “llorona profesional”. No llegó a decirlo, pero eso poco importa. Sentí que mi existencia era una confusión, una larga confusión que nada tenía que ver con esa gente que andaba por la calle, comía, fornicaba, defecaba. Sabía que el mundo era igual en todos lados, un poco más grande, algún encuentro casual de mayor relevancia…pero la condición humana es irremediablemente horrorosa siempre.
El arte, al menos mi peculiar manera de entender el arte, fue lo que me permitió salvarme, al menos por ahora. La escritura no es rescatar algo que pasó, es darle vida, en una forma de construirlo. Y bueno, si uno se dedica a ello, ¿qué más se puede hacer?.
Pienso en Bernini y Borromini, dos seres iluminados de mi patria ancestral. La Roma del siglo XVII le debe mucho a ambos. Fueron dos hombres ambiciosos, como no podía ser de otro modo. Y la meta, la ansiada meta, era siempre el Vaticano, ese extraño epicentro de miserias. Es que no hay institución más poderosa que aquella que controla el espíritu, no hay bandera más poderosa que la blanca y amarilla.
Se puede decir que la Roma que hoy podemos visitar, es residual de estos buenos caballeros. Sí, Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini, eran arquitectos, escultores, hombres de la cultura culta. Ah, se aborrecían. Además.
Tanto era el odio que se sabían profesar – eso es lo que se dice al menos -, que en cierto modo les debemos el Barroco, ese estilo que me conmueve, que me hace pensar que lo que digo está en sintonía con un algo más profundo. Un estilo que no me es ajeno, si bien es muy difícil traspolar géneros de disciplina en disciplina.
Venían de dos puntos antagónicos y distantes: Bernini era de Nápoles, la bella. Era un clásico “Napoli bene”, como se dice por allá. Borromini venía de Lugano, actual Suiza. A propósito, no muy lejos de donde viven aún mis parientes.
Bernini era un hombre afortunado. Todo lo contrario de su antagonista, perseguido por las formas de lo lúgubre con su antigua mirada trágica y cómplice. Pagó tanto desaliento con un suicidio ridículo, más de lo habitual. Murió célibe, entregado a la religión, ataviado de un brilloso negro que no disimulaba su panza (hecho que la historia habrá sabido ignorar). No era precisamente un seductor.
La llegada de Borromini a Roma fue temprana, aunque no por ello dejó de ser un extranjero. Se instala en Milán antes de los veinte años. Había trabajado en el Duomo. Se convirtió en insustituible para Carlo Maderno, hoy no tan recordado. Por 1624 aparece en Roma, impuesto por el papa Urbano VIII, un escultor soberbio (de carácter soberbio) con acotados conocimientos de arquitectura.
Sí, se llamaba Bernini.
Esos días el Vaticano organizó un concurso, aunque se sospechaba no sin fundamento que la cosa ya estaba cocinada. (Hasta se han hallado documentos de 10 días antes del fin del plazo en los que Bernini ya solicitaba ciertos materiales). La cosa no quedaría allí; al fallecer su maestro, en 1629, Borromini daba por supuesto que heredaría el puesto de arquitecto de la fábrica, o como se diga, de San Pedro. Pero no, el destinatario fue Bernini. Cabe inferir que fue una situación por demás traumática, mas Borromini terminó aceptando trabajar con Bernini.
Claro, no sería más que su asistente, él, el gran artista de la ciudad sólo que un poco malhumorado. Contrariamente a lo imaginable, acometieron satisfactoriamente dos de los proyectos relevantes de entonces: San Pedro y el palacio Barberini, de la familia del Papa, pequeño detalle.
Más allá de este anecdotario olvidable que por alguna razón mi mente aún registra, lo cierto es que esos jóvenes contribuyeron al engrandecimiento de la ciudad más espléndida del planeta tierra. La única que merecería el premio de ser capital.
Es cierto que hay otras capitales que compiten con mayores avenidas, suntuosas construcciones, desarrollos tecnológicos. Pero Roma es todo, desde su silenciosa parsimonia, desde su escala provinciana a la magnificencia perfecta, atemporal y eterna. Roma combina las formas de manera exacta, las proporciones son adecuadas como si la mano de un ángel hubiera dictado cómo dibujar su fisonomía. Y ni qué hablar de la energía que da el Vaticano, saber que allí alberga nuestra espiritualidad occidental, se guarecen nuestros secretos, se expanden nuestras esperanzas. Porque, seamos sinceros, acaso no todos conservamos aún alguna esperanza?.
_Nada extraño más que el silencio de Salto. En verdad no lo extraño tanto porque sigo sometiéndome al mismo desde mis diversos escondites montevideanos. Pero Salto tiene – o al menos tenía – la virtud de que fueran plenos, intensos, inmensos. Nada me producía ni nada me produce más placer que esa ausencia total de sonidos…


Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.