DIEGO ANDRÉS DÍAZ/ En su obra La visión del ungido, Thomas Sowell utiliza esta imagen para examinar la visión del mundo predominante entre la élite intelectual y política contemporánea (a quienes denomina con esa expresión, los «ungidos») y cómo sus suposiciones guían las políticas culturales y sociales a pesar de la evidencia empírica en contra. En esta obra, señala a la visión de los ungidos como un peligro social que se ha vuelto inmune a la realidad. Explica que esta visión no busca la realidad, sino un sentimiento de superioridad moral y rectitud diferencial, por lo cual quienes disienten no son vistos simplemente como personas que cometen un error, sino como seres «malintencionados» o «insensibles”, “despreciables” o “monstruos”, frente a los “despiertos” (de allí surge el término woke).

ENSAYO

Los “ungidos” de Sowell son parte del conjunto internacional de promotores de, quizás, la única ideología realmente existente en el escenario occidental: el globalismo progresista, de matriz iluminista y deriva estatista y materialista. Es la única; en el contexto del resurgimiento de una realpolitik más centrada en intereses concretos nacionales, civilizatorios y regionales, y notoriamente menos hipócritas. Y la incidencia de esta ideología de los ungidos, aunque en declive o caída de su predominio asfixiante, manifiesta una serie de características sumamente incómodas para las versiones regionales y locales de las élites intelectuales, que día a día confirman la famosa sentencia de Hans H. Hoppe sobre su naturaleza en el mundo postmoderno: “…los intelectuales son ahora típicamente empleados públicos (…) hay excepciones pero, si prácticamente todos los intelectuales son empleados en las diferentes ramas del estado, no debería ser sorprendente que la mayor parte de su voluminosa producción, por compromiso u omisión, sea propaganda estatista…”.

Esta ideología es en sí, la expresión de una de las tendencias del proyecto ilustrado, a caballo de una serie de vectores propios (igualitarismo, centralismo político, progresismo, materialismo). Y está afianzada en el último medio siglo, por lo menos, en una serie de ideas prestigiosas, de las cuáles referimos en el artículo anterior. Estos ungidos tienen, según Sowell, un patrón (the pattern, capítulo 2) recurrente de acción, que consta de cuatro etapas, cuando las políticas y el discurso de los ungidos fallan: la primera la define como “la crisis”, donde se identifica una situación negativa y se etiqueta como crisis, a menudo ignorando si ya estaba mejorando. En segunda instancia, se propone “La solución», donde se proponen políticas que prometen resultados beneficiosos, descartando a los críticos como «simplistas» y que siempre suponen la participación del estado para redistribuir rentas a la fuerza a beneficio de las organizaciones (oenegés, ministerios, universidades, organismos internacionales) que en general proveen de salarios y puestos a los “ungidos”. El tercer momento Sowell lo define como “Los resultados”, donde la política se instituye y produce resultados perjudiciales o nulos; y la última – “La respuesta”- donde los  ungidos ignoran el fracaso, redefinen los objetivos o argumentan que la situación habría sido peor sin su intervención. Es decir, siempre sugieren que el problema del fracaso es que se debió profundizar más “la solución”, ignorando cualquier evidencia. “Si la realidad nos contradice, peor para la realidad” parece ser su lema.

Existen para los “ungidos” un conjunto de sectores en la sociedad que reciben, de forma automática este proceso -basado en el patrón que analiza como modo de operar-, que son descritos como las mascotas – grupos elegidos para simbolizar la virtud de los ungidos, que son en ocasiones víctimas atemporales y anacrónicas cuyas acciones son excusadas como culpa de la «sociedad», en el típico giro “rousseauniano” de la culpabilidad, y los Objetivos, que son los grupos en general respetados por la sociedad, y que son atacados para demostrar la superioridad de la visión de la élite (como ser empresas, familias tradicionales o la religión); y que tienen como función según Sowell el “realzar la moral de los ungidos”: “…La función de esta visión en la exaltación de la autoestima de los ungidos también se revela en los grupos particulares elegidos como objetivos y en los grupos beneficiarios seleccionados para simbolizar sus posturas morales. La función simbólica de estos últimos grupos es muy similar a la de las mascotas. Su bienestar no es tan crucial como su papel para permitir que otros “hagan una declaración”. Muchos grupos sociales son tratados como mascotas humanas de los ungidos, independientemente de que eso redunde o no, en última instancia, en beneficio de dichos grupos…”.

Y es en este contexto que Sowell nos brinda una conexión necesaria para interpretar la naturaleza de las élites intelectuales y políticas, y su diálogo con la modernidad como marco cultural de Occidente: No todas las ideas modernas son prestigiosas. Las ideas de la modernidad se vuelven prestigiosas cuando manifiestan una cuádruple condición, como mínimo: se presentan como moralmente superiores, se auto perciben como científicas, se blindan frente a cualquier evidencia, transforman el desacuerdo en sospecha moral.

Los ungidos, el progresismo y la izquierda

Es un tema recurrente que el binomio “izquierdas y derechas” sea desechado en los debates actuales por “no operativo” a la hora de analizar la realidad. Personalmente, aunque puedo estar de acuerdo en parte con esta sentencia, rápidamente me doy cuenta que en general se descarta la relevancia de estos conceptos desde una perspectiva que es exactamente contraria a la que analizo. Lo que en general encuentro es un análisis por el cual se sostiene -para mí de forma equivocada- que el binomio de descripción política de izquierdas y derecha no funciona porque dejó de representar en la realidad lo que significan a nivel teórico o conceptual, y yo personalmente creo lo contrario, que no representan algo realmente profundo porque nunca representaron cuestiones muy profundas, sino que son un binomio descriptivo de sistemas políticos modernos. 

Esta diferencia es bastante sustancial, y en general es rechazada por las personas que vienen de una tradición de izquierdas que creen que la condición identitaria de pertenecer a las mismas representa un conjunto de ideas muy sofisticado y estructurado, y que en sí lo que sucede hoy es que ese conjunto de ideas ha sido traicionado, cosa que es a mi entender diferente y que se resume de la siguiente forma: izquierdas y derechas son tendencias de los sistemas políticos dentro de la modernidad occidental, son muy pocos los elementos que pueden señalarse como esenciales e inmutables que caracterizan a cada una, y que en general no hay traición alguna, sino consecuencia evidente de su naturaleza.

Es demasiado difícil de ocultar que las características tanto conceptuales, como discursivas o estéticas del fenómeno del globalismo progresista, del wokismo, y de las izquierdas occidentales, son idénticas. La fuerza de estas ideas radica en que manifiestan un conjunto poderoso de las ideas de la modernidad, que, no necesariamente actúan en el plano político, -es decir, no manifiestan su éxito a partir de un avance electoral-, sino que su victoria radica en representar la primacía cultural de ideas prestigiosas, y es por ello que la discusión política queda reducida a administrar dogmas, a tal punto que la izquierda política fracasa sin perder prestigio.

De la modernidad a las ideas prestigiosas

Las ideas prestigiosas y las élites que las portan -los ungidos– no son patrimonio exclusivo de una sola tradición política. Sin embargo, las izquierdas modernas constituyen su espacio de desarrollo más consistente. No porque representen una verdad última sobre el orden social, sino porque se inscriben plenamente en el proceso cultural que marca su surgimiento: la modernidad occidental.

Las categorías de derechas e izquierdas no expresan esencias eternas ni verdades profundas del ser humano, sino tendencias propias de los sistemas políticos modernos, y, quizás, cierta intuición diferencial que se podría resumir en el arco Rousseau–Nietzsche, tal como lo sugiere Norberto Bobbio. Negar su existencia sería tan irrisorio como negar los últimos tres siglos de historia política occidental; pero atribuirles un contenido sustancial inmutable resulta igualmente equívoco. Su significado se ha venido ajustando al proceso histórico que marcó su fundación terminológica, y varía según las peripecias de la historia nacional de cada país.

Es precisamente en el plano del fondo -y no en el de las formas instrumentales- donde es posible identificar ciertas ideas-fuerza que estructuran estas orientaciones políticas. Con la irrupción de la modernidad toman fuerza una serie de valores que se presentan como metas y deseos: el igualitarismo como mito fundante, el progresismo como sentido de la Historia, el centralismo político como forma racional de organización del poder y utopía de la “ciudad de Dios” terrenal,  y el materialismo como dimensión preponderante de la existencia. Estos valores serán abrazados por las izquierdas, y cuanto más radicalmente sean reivindicados, más radicalmente izquierdistas serán sus seguidores.

No se trata únicamente de posiciones políticas contingentes, sino de una cosmovisión que tiende a percibirse a sí misma como moralmente superior y portadora del sentido histórico. Cuando estas ideas dejan de presentarse como hipótesis discutibles y se afirman como verdades incuestionables –científicas, en el contexto de la vieja obsesión moderna, éticamente obligatorias- dejan de ser simplemente coordenadas de la modernidad, para volverse prestigiosas. Es en este punto donde el debate se clausura y la discrepancia comienza a ser leída no como error, sino como falta moral.

Así, las ideas prestigiosas no triunfan porque expliquen mejor la realidad, sino porque han aprendido a prescindir de ella. Su fuerza no reside en sus resultados, sino en el prestigio moral de quienes las administran. El problema, entonces, no es que determinadas ideas fracasan de forma continua, sino que hayan logrado volverse inmunes a esos fracasos. Cuando una cosmovisión se presenta como moralmente superior, científicamente incuestionable y políticamente inevitable, deja de necesitar resultados para sostenerse. 

En ese punto, la política ya no se orienta por la realidad, sino contra ella; y el desacuerdo deja de ser un error para convertirse en una herejía y construye el clima cultural para que ciertas ideas queden fuera de discusión. Allí es donde las ideas prestigiosas revelan su verdadera naturaleza: representan un mecanismo para clausurar la comprensión de la realidad.