MARIELA MICHEL / Esta es la principal pregunta que se escucha de modo recurrente en los medios de comunicación, que han anunciado y cubierto de modo exhaustivo el “Primer Encuentro Therian” del 10 de febrero de este año, en Montevideo.  Esta pregunta no es menor. La influencia de los medios en la sociedad actual hace que las respuestas de los profesionales en la prensa sean cruciales, y la unanimidad de criterios que esos medios comunican es crucial para generar la sensación de que existe un “consenso psicológico”. 


ENSAYO

Este supuesto “consenso” se vuelve, a su vez, crucial para orientar las respuestas de padres y educadores desconcertados en este momento. Todos estamos desconcertados, o al menos deberíamos estarlo, frente a algo que es considerado por el periodismo “un fenómeno viral”, pero que, hasta hace muy poco, estaba ausente de las conversaciones cotidianas de los ámbitos profesionales, de todos los libros de psicología, y de los artículos académicos dedicados a estudiar el desarrollo de la identidad. 

“Por supuesto que hay un consenso psicológico”, imagino escuchar el diagnóstico de la humanizada voz de la Inteligencia Artificial (IA), cuando coloco en Google las palabras “Therians consenso psicológico”. Esa fuente informativa, rauda y sin dudarlo un segundo, nos aporta el siguiente resumen, que está listo para facilitarnos la compleja tarea de resolver todas nuestras interrogantes en un abrir y cerrar de pantalla:

“El consenso psicológico actual sobre los Therians (personas que se identifican espiritual o psicológicamente con animales) es que no constituye un trastorno mental ni una patología en sí misma. Se entiende mayoritariamente como una forma de exploración de identidad, búsqueda de pertenencia, o una subcultura digital, a menudo comparada con tribus urbanas previas.”

Bueno, aquí tenemos dos caminos posibles a tomar. O dar por resuelto el problema y dejar a los jóvenes en paz, para que continúen tranquilamente su búsqueda identitaria animalizada. O rechazar la idea de que es posible llegar de modo tan vertiginoso a un consenso sobre un tema nuevo y de naturaleza tan compleja como lo son todos los aspectos del desarrollo de la identidad humana. Para empezar ya la expresión “identidad humana” plantea un problema, si queremos a abordar el fenómeno de una “identificación con animales”. 

Por otra parte, la expresión “consenso psicológico” trae ecos de aquella época en la que el disenso y el debate público fueron avasallados por la difusión mediática de la portentosa expresión “comunidad científica”, sobre una ilusoria unanimidad. Una comunidad que se publicitaba como libre de debate, y en consecuenica libre también de diálogo interno. A partir de Bakhtin, se concibe el diálogo como la relación entre diferentes voces que no necesariamente coinciden con sendas personas. Puede haber diferentes voces en el ámbito interno de una misma persona, en general, se trata de situaciones de duda que generan un verdadero debate interno. O puede ser una sola voz que se expresa a través de diferentes personas. A riesgo de simplificar demasiado este texto, voy a recurrir a la descripción de Wikipedia para argumentar que, ni la comunidad científica, ni la psicológica puede hacer alarde de tener una postura no dialógica. Según Wikipedia en este tema: “Para que el diálogo sea posible, debe haber una pluralidad de posiciones. Lo dialógico es, por tanto, ajeno a cualquier teoría que tienda hacia una monologización de las visiones —por ejemplo, el proceso dialéctico, o cualquier tipo de dogmatismo o relativismo.” 

Considero que para intentar encontrar respuestas adecuadas a la complejidad de un fenómeno que involucra a adolescentes y jóvenes, los profesionales debemos partir de la consideración de hipótesis opuestas,  y no aceptar sin más planteos consensuales que terminan por ser autoritarios. La reflexión siempre parte de la duda. El lógico C. S. Peirce que forma parte de la tradición socrática afirmó que la irritación de la duda es el disparador de todo pensamiento: “la irritación de la duda causa una lucha para llegar a un estado de creencia” (CP 5.374, 1878).  Propongo entonces dejar en suspenso el punto de vista consensual, para reflexionar con mayor libertad sobre un fenómeno que no parece estar cabalmente comprendido aún.

Afirmar desde el punto de vista profesional que se trata de una búsqueda o exploración identitaria saludable con tan escaso fundamento podría ser una negligencia. En el video de Telemundo mencionado arriba, que se encargó de cubrir el encuentro Therian, en la Plaza Independencia, una de las jóvenes entrevistadas que afirmó haber sido Therian desde su niñez – “desde chiquita” –  respondió a la pregunta sobre cómo llegó a ser Therian del modo siguiente:

“Yo empecé sintiéndome sola, haciéndome máscaras, sintiéndome sola, intentando venderlas, ¿viste?, pero nadie me las compraba…. Y ahí descubrí la comunidad Therian, empecé a conocer gente….”

Si una de apenas tres jóvenes entrevistados como representantes de este fenómeno dice dos veces en una frase muy corta “me sentía sola”, para explicar su recurso a una identificación con un animal, considero que los adultos debemos prestar mayor atención y asumir una responsabilidad con respecto a ese tipo de soledad. Es demasiado fácil dejar de lado la reflexión, y asumir que se trata de una etapa normal del desarrollo. 

Encuentro ahora una página periodística titulada: “Lo que la psicología  dice sobre  los Therians, los adolescentes que se identifican con animales: No es un trastorno.”  El título llega al máximo en capacidad de síntesis. Tenemos en una línea todo lo que aparentemente “la psicología dice” de modo categórico y sin titubeos. Creo que nunca antes los psicólogos habíamos logrado tanta simpleza y concisión. En una sección de esa columna dedicada a explicar el fenómeno a partir de la psicología del desarrollo, se afirma que se trata de una búsqueda normal de identidad y pertenencia. No imaginaba que la nuestra fuese una profesión tan eficaz.  Entonces, parece ser un problema ya resuelto.  Una búsqueda identitaria implica un intento de responder a la pregunta “quién soy”, y el deseo de pertenecer al grupo con el cual nos identificamos.  Y aquí se abre nuevamente otra pregunta: ¿es buscar nuestra identidad y pertenencia a otra especie una respuesta saludable?

Voy a argumentar aquí que el recurrir al reino animal para mitigar la soledad parecería estar hablando de un sentimiento intenso de desolación y de falta de respuestas de parte de los adultos.  Estaríamos ante un estado anímico de desamparo extremo. Mi posición no tiene meramente la finalidad de disentir para ir contra ese “consenso”; mi objetivo es abrir la discusión, para llegar a una conclusión razonable. 

Para oponerme dialógicamente a la afirmación de que la identidad Therian responde a una búsqueda normal del desarrollo, voy a recurrir una vez más a la siempre invalorable ayuda de los niños y adolescentes con los que trabajé en el Hospital Pereira Rossell. Ellos muchas veces representaron animales de todo tipo con sonidos y posturas acordes, pero siempre en el ámbito del “como si” dramático, en un improvisado escenario en ese hospital. También recurriré a algunos conceptos extraídos de mi tesis doctoral sobre el desarrollo de la identidad. En definitiva, trataré de tener en cuenta el objetivo de esta revista, que está resumido en el subtítulo: “la escritura ante el declive del debate público”.

Los medios abrazan a los Therians 

El concepto de “identidad Therian” no aparece en los libros de psicología tradicionales, pero recientemente ha tomado un lugar protagónico en los medios.  El Primer Encuentro Therian en la Plaza Independencia fue convocado para el día 10 de febrero y fue anunciado por los canales televisivos. Por ejemplo, en el informativo Telemundo (Canal 12), la periodista Agustina Robetta lo anunció y explicó, desde el estudio. Todo ocurre como si ese medio hubiese elegido para esa función informativa a quien, el diario El País describió como “la nueva cara del informativo central”. En esa nota, ella apareció rodeada de una decoración compuesta por tres vistosas máscaras de zorro, y también por la palabra Therians escrita en grandes y llamativas letras tipo semicursiva de un color a tono con las máscaras, que se veían a su espalda.  El evento fue cubierto luego por Telemundo, que además publicó una nota escrita con el siguiente título: “Decenas de adolescentes se juntaron con sus máscaras del animal con el que se sienten identificados y contaron a Telemundo lo que sienten.” Por eso, sorprende que, a pesar de ese titular donde la cantidad de concurrentes informada es “decenas de adolescentes”,  la periodista Robetta habló de “un centenar de jóvenes, sobre todo público muy adolescente que se encontraron en la Plaza Independencia.” Esa discrepancia parece querer darle la mayor trascendencia posible a ese acontecimiento. 

El énfasis que recibió esta noticia y el estilo de enunciación que es habitual en el ámbito publicitario marcan una diferencia entre este grupo de jóvenes y otros que también se reúnen por internet para realizar actividades callejeras, como los patinadores o los skaters. Este tratamiento diferencial podría explicarse por la novedad del fenómeno, o podría ser una señal de que algo anómalo está aconteciendo con los jóvenes actualmente, algo digno de especial atención o incluso de preocupación. Sin embargo, tanto la IA que recoge el “consenso psicológico”, como algunos profesionales consultados por esos medios niegan o al menos minimizan la necesidad de preocuparse por la salud mental de los adolescentes involucrados. 

En ese mismo canal, pocos días después de ese encuentro montevideano, el tema fue abordado en el programa Esta Boca es Mía al que fue invitado el Dr. Nicolás Gigou, para que desarrollara su enfoque académico, desde el punto de vista específico de la antropología. Él comenzó su intervención en el programa así:

“Todas las culturas han vivido o viven proyecciones o identificaciones con animales. Es algo más normal de lo que a nosotros nos parece, en la cultura occidental secularizada y desencantada.” (énfasis agregado)

Me pregunto a quién se refiere el pronombre “nosotros”. Posiblemente, a aquellos que vivimos en una “cultura secularizada y desencantada”.  Al igual que nosotros, los jóvenes Therians forman parte de esta cultura. De acuerdo con la afirmación de Gigou, este fenómeno debería ser considerado una novedad en nuestra cultura “occidental”. No estamos aquí ante rituales religiosos ni chamánicos, como son los que Gigou trajo como ejemplos ese día. Los jóvenes entrevistados no se refirieron a una conexión con los animales en tanto representaciones de divinidades; ellos hablan de una “conexión espiritual” con los animales en su condición de tales, y en función de su naturaleza animal.  

Esos adolescentes que escuché hablar en la televisión o en las redes no dicen representar alguna clase de figura mitológica. El resto del discurso de Gigou puede ser escuchado en la grabación cuyo enlace fue colocado arriba. La segunda parte está accesible aquí. El lector podría llegar a otra conclusión, pero desde mi punto de vista, la explicación del Dr. Gigou lleva a pensar lo contrario de lo que él concluyó, es decir, no estamos ante un fenómeno normal, al menos no es normal en nuestra cultura. Pero quedó sin responder otra pregunta: desde el punto de vista psicológico ¿estamos ante una fase normal del desarrollo saludable?

Para diferenciar la salud y la enfermedad mental una sola palabra basta

En el canal 4, el fenómeno se abordó desde la perspectiva psicológica, en el programa Algo Contigo, al que fue invitado Alejandro de Barbieri.  Voy a reproducir aquí su posición sobre “los famosos Therians”, como él introdujo el tema:

“Lo normal: el adolescente precisa pertenecer…. hay una moda…viene de Argentina…bueno, perfecto… los chiquilines están explorando su modo de ser, su identificación. En la mayoría de los casos, es una exploración simbólica, como parte de la construcción de la identidad… yo puedo proyectarme en gato… en una parte, por la astucia… o por la calma, por ser independientes. El lobo porque tiene una fuerza que yo no tengo. No se olviden de Superman o Batman (…) La primera pregunta es: ¿para qué lo usa un adolescente?, ¿qué nos está queriendo decir? (…) Ahora, hay que distinguir fantasía de realidad” (De Barbieri, énfasis agregado)

Esa confusión entre fantasía y realidad, explicó el psicólogo, también es lo que caracteriza la patología y el delirio. Hasta aquí transcribí parte de la explicación de De Barbieri casi textualmente, porque considero que él dejó claro cuál es la palabra clave para distinguir salud de patología, en términos psicológicos y también para distinguir fantasía y realidad. 

El problema es que su propia distinción entre salud y enfermedad, con la que coincido plenamente, cuando se aplica al fenómeno de los Therians, nos lleva a extraer la conclusión contraria a la que De Barbieri llegó en ese programa. También, nos llevaría a oponernos a las palabras del antropólogo Gigou, y a la conclusión que se atribuye al “consenso psicológico”, según la IA, en el buscador de Google. De Barbieri afirmó que sólo sería considerado patológico:

“si fuera un cuadro delirante, en el que todo el tiempo estuviera caracterizado como un Therian, para ir al baño, para tener relaciones sexuales, para trabajar, ahí un psicólogo tendría que explorar otros rasgos. Pero si es algo como lo que estamos viendo aquí, que tiene que ver con una tribu urbana, con una comunidad, con sentirse que pertenezco, ¿se entiende? Está en un plano adolescente que es super lindo de apoyar”.  (De Barbieri)

En este punto, no veo otra opción que responderle al profesional que lamentablemente no se entiende. Al menos yo no lo entiendo, y tampoco entiendo ‘la identidad Therian” como algo “lindo de apoyar”. Por supuesto, sería lindo apoyar a estos adolescentes, pero creo que lejos de brindarles apoyo, decir que este comportamiento es algo saludable termina por dejarlos más solos todavía. En. Lo que sigue, Intentaré fundamentar esta afirmación, con base en la explicación que propone el propio De Barbieri. 

¿En qué lugar viven los Therians?

 El concepto de “exploración simbólica” que el psicólogo usó y que ilustró con ejemplos, contiene la palabra mágica del desarrollo infantil: la adquisición de la “función simbólica” (Jean Piaget). Los ejemplos concretos de animales o personajes de juego o ficción que representan rasgos de fortaleza con los que los niños y adolescentes desean identificarse también requieren la capacidad de simbolizar. Se trata de una identificación parcial, sólo con ciertos rasgos, no con el animal en sí. Sin embargo, no todo juego es simbólico. Los primeros juegos infantiles son de exploración en el plano real, es decir, los niños juegan y exploran tamaño, forma, peso de los objetos, sonidos, e incluso el ruido que hacen al caer, por ejemplo. En esas primeras etapas del desarrollo, ellos exploran su cuerpo y su posición con respecto a los objetos en el espacio, arriba, abajo, adentro afuera. Todo eso ocurre en el plano de lo real: tratan los objetos como objetos en sí. Y en su relación con los animales, ellos exploran sus características físicas, sus patas, sus sonidos en tanto animales. En ese estadio temprano, los animales no representan atributos como “astucia”, “fuerza”; no representan para ellos nada, porque la capacidad de representar aún no se ha desarrollada plenamente. 

El juego simbólico y más específicamente el juego dramático se manifiesta mediante la capacidad de representar personajes o animales en lo que Winnicott (1953) llamó “espacio transicional”, y que voy a ilustrar más adelante con algunos ejemplos clínicos.  La capacidad de representar simbólicamente fue explicada de modo claro y sucinto por De Barbieri. Pero los Therians entrevistados no expresaron nada que haga pensar que los animales representan para ellos un atributo o cualidad. 

Cuando De Barbieri concluye que es un fenómeno saludable, él lo hace basado en el tiempo en que ellos permanecen “caracterizados”.  Pero, en ningún momento, el psicólogo mencionó que la distinción entre fantasía y realidad se basaba en un criterio temporal. El aspecto central es el hecho de que los animales “representen” alguna cualidad con la que ellos se identifican. Si el tiempo o la pertenencia a una “tribu urbana” fuese realmente un criterio, entonces el psicólogo debería haber definido e ilustrado esos conceptos, en lugar de la noción de “exploración simbólica.” Dado que existe un concepto crucial para distinguir salud y enfermedad, como lo es la capacidad de simbolizar, debería haber usado dicha noción, para luego evaluar el fenómeno al que se refería, es decir, a los Therians. 

Para aplicarlo, es necesario preguntarse lo siguiente: ¿los Therians habitan un espacio simbólico como lo hacen los personajes de Superman o Batman, o incluso los animales que los niños representan en sus juegos?

La respuesta es un rotundo no. La propia palabra “Therian” niega esta posibilidad, porque ese concepto no es atribuible a un personaje de ficción, sino a los propios adolescentes. Ellos mismos afirman: “Soy Therian”, y luego agregan que “son” tal o cual animal.  Antes de pasar a la definición del término Therian, es importante señalar que el “ser Therian” no es descrito por ellos como un fenómeno que se detiene en el tiempo. Cuando un niño va a comer, deja de “ser Superman”, deja a ese personaje en su hábitat ficcional, que es el espacio transicional del “como sí” característico del juego, y pasa al plano de la realidad para volver a “ser” un niño. Si se tratase de una niña que jugase a ser un hada o una princesa, sucedería lo mismo. Cuando el juego termina, todo niño sabe que ES un niño o una niña. Por eso, en general, para ingresar al espacio simbólico el tiempo verbal del verbo ser está en pasado: “ta que yo era la maestra…. un león….una princesa”, o hace alusión a un tiempo remoto. Ese es un giro lingüístico temporal que delimita un espacio alejado de lo real, un ámbito en el que ocurren los cuentos que comienzan con la fórmula “había una vez”. Todas estas expresiones indican que el ámbito de los personajes de la ficción no es la realidad sino la fantasía: un espacio interno que se manifiesta en la realidad. Dicho espacio se encuentra bien delimitado en un marco nítidamente separado de lo real. Se trata, de un “espacio transicional”, que se define como una zona intermedia entre la fantasía y la realidad:

“Un área intermedia entre el mundo interno y la realidad externa. Un lugar de descanso en la tarea de mantener dos realidades diferenciadas: Existe una zona de la experiencia donde la realidad interna y la externa contribuyen    tanto una como la otra a lo vivido.”     (Winnicott, 1953)    

Esta área no es solo la del juego: en el mundo adulto es la zona ocupada por el arte, las películas y los relatos ficcionales.  El mundo de la fantasía, la “realidad interna”, requiere de materialidad para expresarse, y por eso es perceptible en la “realidad externa”, pero no se confunde con ella. Los animales con los que “se identifican” los Therians no están en un escenario, ni en un cuento. Los Therians no dicen estar jugando, sino que usan una y otra vez el térmno “SOY”.

En general, se afirma que no es una “autopercepción”, por eso dejaré de lado aquí la discusión sobre lo que ese concepto implicaría en términos de salud o enfermedad. Ellos usan el término “identificación”, pero es claro que no se identifican en el plano simbólico, sino en el plano de la realidad.  En sus juegos,  los niños se relacionan con la encarnación de aspectos o de cualidades abstractas. Los Therian, en cambio, tratan de imitar a la perfección los saltos, las corridas, los sonidos de los animales. Aunque sea por un tiempo limitado, ellos sostienen SER esos animales. Se trata de una confusión que un niño o un adolescente con desarrollo saludable no manifiesta tener. Los jóvenes Therian pierden la consciencia del límite entre fantasía y realidad, y por eso considero que el “consenso psicológico” debería decir que su desarrollo está alterado, o al menos detenido, en una etapa temprana de los estadios del juego. Si se tratase de un juego, no estamos ante un juego simbólico. 

Había una vez un Therian que no quería no jugar

Debo citar aquí a la autora del sugerente giro linguistico que sirve de título a esta sección. Se trata de una niña de 8 años que, en el ámbito de un epacio terapéutico psicodramático, narró y puso en escena un cuento que empezaba así: “Había una vez un conejito que no quería no jugar”. Las psicoterapeutas entendimos que ese conejito sí quería jugar. ¿Por qué esa doble negación? Para  responder, es necesario escuchar el resto del cuento: “El perro le dijo para jugar y el conejito dijo no.  El gato le dijo para jugar y también él dijo no. Al final el conejito estaba tan triste que fue a su casa y se murió”.

Al final de la sesión, entendimos por qué el conejito estaba tan triste. Pero para no adelantar el final, diré por ahora que el motivo de consulta de esta niña era que su madre había observado que ella ya no jugaba como solía hacerlo anteriormente. Eso deja claro que la niña se identificaba con el conejito de su cuento. También que antes de ese momento, ella había perdido la capacidad de jugar y por ende su capacidad de simbolizar probablemente estuviera disminuida. Pero cuando se le propuso la idea de contar cuentos, ella no lo dudó y entró inmediatamente en el espacio transicional. Ese ámbito simbólico fue delimitado por una alfombra en la que ella y sus compañeros de grupo de psicoterapia dramatizaron el cuento narrado. La niña lo protagonizó al encarnar el personaje elegido, y terminó acostada en el piso, en la posición del conejito muerto. El animal estaba muerto en el espacio transicional. La niña estaba viva en el ámbito de la realidad, y por eso, ella se puso de pie, para comentar con sus compañeros el cuento: “¡Qué cuento triste!” dijeron al únisono los otros niños. La niña los miró asombrada, y les preguntó: “¿Triste por qué?”

Estaba muy claro que era un cuento desolador. Pero ella no podía aún ver la tristeza que la invadía desde hacía un año, y tampoco la tristeza que transmitía su cuento.  Esto tenía una explicación: su madre sencillamente no podía ver la tristeza en su hija. La habia negado de modo categórico, cuando en una entrevista afirmó: “Bueno, hace un año su padre murió en un accidente, pero no es por eso que Lucía está así.  Él era borracho. Yo ahora tengo otra pareja y soy muy feliz.”  Aclaro aquí que “Lucía” es un nombre ficticio para proteger su identidad. 

Finalmente, luego en otro ejercicio, ella pudo verse en un espejo psicodramático.  Al mirarse allí,  Lucía quedó sorprendida cuando se dio cuenta de que esa niña estaba triste, y como si se le prendiera literalmente la lamparita,  dijo con los ojos brillantes: “yo sé por qué está triste … porque su papá murió”.  La languidez que tenía su cuerpo antes de la representación desapareció como por arte de magia. Ella se movía ahora por el salón con pequeños saltitos, que manifestaban su alivio, porque Lucía había entendido que ella no era una niña triste, sino que estaba triste. Pero para eso, ella tuvo que experimentar la sensación de muerte que llevaba consigo, y  también representarla en un espacio transicional, que es el espacio de los cuentos y del juego simbólico. 

Esta niña no estaba identificada con un conejo en su naturaleza animal, sino sólo con el atributo de tristeza, de desolación, que ese conejito representaba para ella. Antes de poder jugar, ella no podía verse a sí misma. Lucía quería jugar, pero la tristeza expresada en el reiterado “no” que el conejito manifestó, se lo impedía. Precisamente, fue el espacio transicional del cuento, del juego, del escenario psicodramático, lo que le permitió tomar distancia del plano de la realidad  cotidiana, y así observarse a sí misma. Por fin, Lucía pudo literalmente contemplar su tristeza y su fantasía de muerte. Lo que ella consiguió hacer fue observar su realidad interna en el mundo externo, pero no en el plano de la realidad. No hubo suicidio, sino una muerte simbólica. 

Del “despertar Therian” al despertar simbólico: un camino necesario

Los adolescentes entrevistados en distintos medios se refieren al comienzo de su “identificación” con animales como “el despertar Therian” y, en general, lo remiten a su infancia.  Justamente, se refieren a la época del desarrollo en la que el juego es su forma de expresión por excelencia. El juego, el dibujo, los relatos marcan el camino  saludable hacia la vida adulta y el desarrollo pleno.  

Muchos de  los niños con los que trabajé identificaron aspectos de si mismos en sus relatos con animales: con pájaros, leones, incluso con “víboras chupasangre”. Pero, en todos los casos, sus ojos se iluminaron cuando entendieron que ellos no ERAN esos personajes: todo era un juego o un cuento. En todos los casos, hubo un momento como el de Lucía, que podríamos llamar “su despertar.” Pero siempre fue un despertar al espacio simbólico, al ámbito del juego, de los cuentos. En todos los casos, fue allí que se encontraron consigo mismos, que conocieron su realidad interna.  Una “víbora chupasangre” se dio cuenta de que no era un niño destructivo, como lo había hecho creer el relato familiar de su nacimiento. En él, su hermana melliza habría fallecido, supuestamente porque él la había dejado sin suficiente alimento intrauterino.  El niño se entendió a sí mismo, cuando entró en el plano del como si, y vio que esa víbora no era real. En el momento en que la pudo representar  en un cuento, el niño logró diferenciarse de ella, de su poder destructivo, al experimentar el terror que le causaba, y entonces él pudo jugar con sus compañeros sin agredirlos. 

El llamado “despertar Therian” parece ser un movimiento opuesto a esa clase de revelación. El SER Therian implica adentrarse en el plano de lo real, caminar igual que lo hace ese animal, saltar y emitir sonidos guturales del modo más parecido posible. Sin embargo, ellos no lo hacen imitando a los animales, según su propio testimonio, estos jóvenes viven una “conexión espiritual” con aquellos, lo cual los lleva a concluir que ellos “SON” esos animales. Por ende, no estamos ante una búsqueda de expresión de su ámbito interno en tanto seres humanos. No se trata de una búsqueda de identidad. No hay un encuentro con lo que ellos son, o con lo que sienten sobre sí mismos; hay una tentativa de perderse precisamente en lo que ellos no son.  A pesar de los medios de comunicación, y de algunos expertos por ellos convocados, no nos creamos que ese cuento es la realidad. Ellos no son Therians. Son seres humanos. De eso no tenemos escape, pero no hay nada más maravilloso que encontrarnos con nosotros mismos, con lo que realmente somos. Los niños con los que trabajé en el contexto clínico lo manifestaron siempre. Aún en las historias de vida más terribles, ellos sintieron  alegría al encontrarse consigo mismos. 

Salud o enfermedad

No puedo aquí llegar a otra conclusión que la de que el fenómeno Therian no sucede en el espacio transicional, y que por eso mismo, no conduce a esos adolescentes por un camino confiable hacia el desarrollo saludable. Tal vez ,no se pueda aún hablar de trastorno, porque se trata de adolescentes que están en un proceso que es reversible. 

Aunque quizás sea aún temprano para afirmar que es un trastorno psicológico, los Therian sin duda se han desviado del desarrollo saludable. Son muy jóvenes y todavía están a tiempo. Nunca es tarde para “despertar” a un mundo de ensueño y fantasías a través del jugar a lo que quieran, incluso a ser animales. Todos los adultos sabemos, porque lo vivimos, que el paraíso de todo niño es el ámbito del juego simbólico.  No podemos no jugar con ellos. Pero para jugar con ellos, es necesario decirles la verdad. Su identificación en Therian es literalmente “de mentira”.  Es de mentira que Lucía es un conejito o que Pedro es una víbora chupasangre. Superman puede volar, pero el niño disfrazado no puede. ¿Por qué esos Therians despertaron a un universo sin juego? El fenómeno Therian transcurre en un universo “desencantado”. Un mundo infantil sin juego está literalmente “desencantado”. Un mundo adolescente sin representación también lo está. 

Los Therians no se describen como seres humanos que representan animales.  No hay juego, no hay arte, no hay escenario, no hay performance. ¿Por qué estos adolescentes rehazan su naturaleza humana?  ¿Por qué rechazan el encuentro consigo mismos?   La respuesta no es fácil. No he trabajado con ninguno de estos adolescentes. Pero lo que sí conozco por haber trabajado con otros adolescentes y con jóvenes es que estamos ante una generación que se siente sola y desamparada. Los adolescentes fueron niños en la época de la pandemia. Han sufrido la experiencia terrible del aislamiento, de la culpa de ser capaces de casusar la muerte de sus adultos más entrañables. Han sufrido la angustia de vivir con adultos sobrecargados, estresados por las dificultades del subsistir cotidiano, y eso los dejó solos frente a aparatos tecnológicos. La tecnología limita el juego en el plano del “como si” y también el juego dramático que transcurre cara a cara.  Además, ellos han crecido con poca posibilidad de jugar con otros niños al aire libre.  

Los adultos hemos ofrecido pocas horas de contacto y de diálogo a los niños y adolescentes estos últimos años. Lo hemos hecho de modo involuntario, porque las exigencias de la vida cotidiana ha sido excesivamente demandantes. Quizás por eso, se hayan sentido tan solos. Puede ser representativo el discurso de aquella joven que asoció su “despertar Therian” a un sentimiento de soledad. En su libro titulado Hold on to your kids, el psicólogo canadiense Gordon Neufel y el médico especializado en adicciones Gabor Maté sostienen que en el mundo actual los adolescentes están siendo abandonados a partir del supuesto de que ya no necesitan a los adultos como lo hacían en la infancia. Esto se basa en el hecho de que reclaman y valoran  el encuentro con sus pares. Pero eso no significa que no sigan necesitando la presencia de los adultos. El apoyo que les pueden dar sus pares no sustituye el de los padres, a quienes siguen necesitando hasta la edad adulta.

Es necesario que los padres reciban de los profesionales la confirmación de su importancia durante el desarrollo adolescente. La principal identificación de los adolescentes es con las figuras parentales. El “despertar Therian” ocurre en la etapa en la que deberían estar identificándose con los padres o personas a cargo de ellos. No podemos permitirnos el lujo de perderlos, de entregarlos al reino animal. Son nuestros adolescentes.

Winnicott, D. (1953). Transitional Objects and Transitional Phenomena—A Study of the First Not-Me Possession. International Journal Psycho-Analysis, 34:89-97