FERNANDO ANDACHT / Cabe pensar que los dos incidentes mediáticos que analizo aquí podrían catalogarse como pertenecientes al género sígnico la-montaña-parió-un-ratón. No obstante, ambos sucesos son centrales para el arduo ejercicio de administrar el poder hoy, para el buen manejo de la opinión pública en tiempos de la ilimitada multiplicación de representaciones audiovisuales, ya se los difunda por televisión, en redes sociales, o lo que es común, si de viralización se trata, cuando los signos en cuestión circulan en abundancia por ambos medios.
ENSAYO
Tanto en el caso del elevado personaje político que cae en desgracia por un desliz económico-comercial en 2026, como en el de la mujer innominada pero exhibida y atacada o defendida con virulencia por su singular expresión de victoria electoral de 2024 dos años más tarde, estamos ante un fenómeno central para toda sociedad: el paroxismo de lo normal. Si entendemos la normalidad como el constante flujo de acontecimientos que se desliza desapercibido durante la mayor parte de nuestros días, hay ciertos momentos semejantes a los días señalados en rojo en el calendario, cuando lo que sostiene esa apacible normalidad invadvertida emerge a la superficie con gran vigor. De pronto, percibimos como si fuera la irrupción de un continente sumergido lo que hasta ese instante habíamos dado por sentado e ignorado. Ya sea una fiesta o un luto compartido, el colectivo ciudadano observa con atención y se asombra, celebra o lamenta algo que “nos sostiene tanto más que el hondo hueso” al decir del poeta. De modo inocente, involuntario puede pensarse, el encumbrado jefe uruguayo de Estado y una audaz y anónima joven aspirante a la viralización, hacen algo que los arruina, pero no sin antes rozar y disfrutar de la cúspide de lo auténtico, de la codiciada condición de seres genuinos, porque ese es el ingrediente imprescindible del carisma contemporáneo, como intento explicar en este ensayo.
¿Cómo actúa el carisma en el tiempo de las múltiples pantallas?
Un texto clásico de hace más de medio siglo, “Charisma, Order and Status” del sociólogo Edward Shils (1965) se pregunta sobre la naturaleza del carisma en las figuras que ejercen la autoridad política de la modernidad. A su aún vigente análisis, debe sumarse la intensa y ubicua mediatización actual de lo banal y de lo extraordinario: todo sirve para ser representado en un meme, un video, o un texto breve. A pesar del crecimiento inaudito de la virtualidad en la vida cotidiana, sostengo que los signos más apreciados, los que sirven para respaldar la legitimidad o autenticidad del poder, ya sea político y por ende más o menos duradero, o trivial y efímero como el que buscan los seres viralizados en redes, son de naturaleza corpórea, los más tangibles, aquellos que la semiótica designa como signos indiciales. En su libro clásico de 1959, La presentación del sí mismo en la vida cotidiana, que se ocupa del estudio del orden de interacción, el microsociólogo Erving Goffman describe dos formas de comunicar: la que entregamos y la que nuestros cuerpos emiten. Para caracterizarlas, el investigador canadiense utiliza un intraducible juego de palabras en inglés: “expressions given” y “expressions given off”, es decir, las palabras que decimos, de modo consciente y voluntario, y las señales que surgen de nuestro cuerpo, las que éste emite y que típicamente son percibidas como involuntarias, no conscientes. Explica Goffman que él se dedicará a estudiar las corporales: “de estas dos clases de comunicación este informe estará primariamente ocupado con estas últimas, con la clase más teatral y contextual, con las no verbales, que aparentemente son de tipo no intencional, ya sea esta comunicación armada a propósito o no.”
Lo que sale de nuestro cuerpo es de naturaleza sintomática: el signo indicial está atado, unido de modo fáctico a aquello que representa. Así la sonrisa espontánea, el sonrojarse o quedar pálido de miedo, son signos indiciales difíciles de fingir, en contraste con nuestros dichos, que podemos falsear a gusto, con mayor o menor convicción. Tanto un presidente de la república como una joven influencer sin otra acreditación que su uso frecuente y más o menos hábil de una red en internet dependen para su aprobación de lo indicial, de la medida en que ellos consiguen emitir y transmitir algo que es recibido como íntima y realmente suyo – su alegría, su hastío, su rabia, pero ante nada su sinceridad – por sus muchos observadores o seguidores. De eso estaré hablando en los dos casos mediáticos de los que me ocupo en este texto. Los signos que vuelven carismáticos a los personajes de quienes me ocupo, no importa si por largo o corto tiempo, son los que producen sus cuerpos. Claro que ellos hablan, pero también gesticulan, hacen mohínes, se mueven; inevitablemente sus signos verbales llegan al compás de una tonalidad, de cierto ritmo que nos golpea, nos afecta y nos lleva a admirar u odiar a sus emisores. En ambos casos, estamos ante un paroxismo de lo normal. Lo normal es todo aquello que vemos, oímos y sentimos sin experimentar sobresalto alguno, sin que lo percibido se convierta de modo instantáneo en algo contable, algo narrable a otros. Lo paroxístico cuando se lo relata genera en sus narradores la expectativa de provocar en otros el mismo asombro, indignación o admiración que esa violenta y memorable salida de la norma les causó a ellos. La percepción de alguien como carismático pertenece al régimen del paroxismo de lo normal: hay algo extraordinario, fuera de lo común en alguien que no es vivido como parte de la normalidad, de todo eso que transcurre sin que merezca la mínima atención de nuestro parte, y que nunca figura en el inventario de los signos que atesoramos como dignos de ser narrados a otros, en muy diversas circunstancias, por el anticipado efecto de fascinación que nuestro relato tiende a producir en el Otro.
Sobre cómo un aprendiz-de-carisma se tiró de cabeza al precipicio de lo inauténtico
¿Qué es lo que está verdaderamente en juego en el micro-escándalo de “una atención” de varios miles de dólares recibida por la figura más visible de la democracia nacional al comprar un vehículo? Aunque la cifra de la que se trata – USD 25.000 – es tímida, casi diría irrisoria, si se la compara con los montos manejados en los países vecinos cuando de corrupción política se trata, algo tocó fondo, un pequeño pero contundente iceberg se volvió visible, y contra ese formidable accidente geológico se estrelló la virtud principal y más ostensible de quien ocupa el sillón presidencial uruguayo. ¿De qué hablo? Del toque mágico imprescindible en todo régimen político moderno que no sea autoritario o tiránico, me refiero a la autenticidad, a la dotación de signos que induce a la población a pensar que está bien conducida por esa figura saliente, no necesariamente sobresaliente, que encarna el Estado, que puede confiar su destino a ella. Sin ese ingrediente, que llamaré Aut+, la titánica tarea de aparentar el diestro manejo del timón estatal se vuelve una ardua navegación en espeso dulce de leche. La pérdida de Aut+ es tan irrecuperable como el fin de la virginal inocencia infantil, la pérdida de un estado del alma que no tiene marcha atrás. En lo que sigue, procuro rastrear cuál es o era el signo indicial clave para generar ese efecto semiótico que se encuentra en la base del carisma presidencial uruguayo, tanto en actos solemnes, como en apariciones informales. Esa virtud es la que desaparece en quien la ostentaba con inocultable orgullo y confianza en su poder persuasivo de ser un genuino mandatario del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, a pesar de vivir y habitar de un modo que lo separa radicalmente de las condiciones de vida de la mayoría de sus gobernados.

Hubo una vez una panza módicamente carismática que se hundió en la ignominia
“Llevo ya bastante tiempo aquí como para darme cuenta de que la gente de este país puede tener momentos de Don Quijote, pero también mucha sabiduría de Sancho Panza.”; “»La masa del pueblo es Sancho […] El hombre común y corriente va a tender a razonar como Sancho y nos va a juzgar según le vaya a él en la feria. […] Él aplica el sentido común a las cuestiones concretas.” (Dichos de José Pepe Mujica)

Cuando se pierde el carisma que generan los signos Aut+ en el metabolismo de todo poder, la manifestación natural y luminosa de autenticidad, de ser o parecer la cosa real, ya sea en el virtual universo de Instagram, de Tik Tok, o en la sólida edificación que ocupa el Poder Ejecutivo, sus antiguos poseedores caen en una lóbrega zona desprovista de virtud, donde reina la opaca iniquidad. Todo lo que era – o parecía, tanto da – espontáneo, ocurrente, portador de gracia, desaparece. Tomemos un rasgo característico del presidente Yamandú Orsi. La ostentación de su incipiente o no especialmente protuberante abdomen, más conocido como ‘la panza’ o ‘la barriga’. Son incontables las ocasiones, formales y no formales, en que este alto funcionario del Estado ha sacado abdomen, en las que hizo ostentación de su panza, cuando, sin grandes tropiezos, ésta derrotó a la vestimenta que debería ocultarla o al menos disimularla. Ese acto, de no poco sacrificio, tiene como inocultable fin el asimilar a esta prominente figura política a su conocido mentor, a quien lo ungió como cabeza (y panza) del poder máximo en una democracia. Ese y no otro es el motivo por el cual este político lució en cada oportunidad de gran visibilidad pública local o internacional que tuvo a mano ese elemento de su anatomía. Lo hizo como un músico clásico podría hacerlo mediante una cabellera que recuerde la de Ludwig van. Beethoven, o un filósofo que elige lucir muy poblados bigotes que contribuyan a evocar al adusto rostro de Friederich Nietzsche.
Quizás sea una deformación profesional, muchos años de ser un tenaz observador y cazador de signos de diversa especie, pero confieso que me resulta imposible, un reto casi, no detenerme a mirar fascinado la aparición recurrente, orgullosa, protagónica de ese abdomen presidencial, de la panza que asoma para beneplácito de quienes desean o tienen la expectativa de que este político regional, pueda llenar sino los zapatos, al menos la figura contundente y desgarbada de José Pepe Mujica, el primer mandatario que prescindió de corbata y lució su panza en la asunción presidencial, el 1º. de marzo de 2010. Si se repasa aquella publicitada ceremonia política, sus ojos seguramente quedarán absortos en la contemplación de cómo la banda presidencial, una vez que el político desabotonó el saco de su traje, subrayaba el abdomen del exguerrillero. Lejos de querer ocultar la prominencia de su panza, para poder convertirse en el Pepe-Mujica-de-la-Gente era tan fundamental ese elemento anatómico, como su vetusto Volkswagen, los vasos desparejos y reciclados en su muy modesta vivienda, y la perra Manuela con una pata de menos.

Sin contar con la chacra, ni con el viejo Volkswagen, o o con las gastadas chancletas del viejo líder tupamaro, a Orsi le quedó la expresión de ser un humilde habitante de tierra adentro – no mucho en verdad, unos kilómetros nada más – y exhibir cada vez que pudo en público y en toda ceremonia su barriga, su oronda panza. Aún si ésta es incipiente, si se la compara con la de su fuente de inspiración, alcanza con su rotundez para que se la perciba como una simpática y popular guiñada al pueblo, a Juan Común y Silvestre, que no anda con remilgos estéticos a la hora de lucir la barriga. Sin duda, le pareció a la cabeza del Poder Ejecutivo de Uruguay un sacrificio menor, el lucir de modo alternativo la muy visible presión del saco abotonado, y la plena liberación de abdomen inflado a saco bien abierto.

Pero ese carisma presidencial depende de un difícil acto de continuo equilibrio entre la superlativa muestra de humildad – inigualable en don Pepe Mujica – y la cercanía a ese pueblo que necesita recibir sin pausa los signos indiciales de la excelsa modestia de su gobernante supremo. Un buen día ese acuerdo o contrato tácito y real llegó a su fin de un modo inesperado, paroxístico. De ese modo lo entendió uno de los informativos televisivos que usó como título una frase extraída de una breve entrevista hecha a Orsi en el interior, el día 30 de mayo de 2026: ‘“Cuando hay descuentos yo me tiro de cabeza”, dijo Orsi sobre la camioneta que compró con 25.000 dólares de descuento.’ Esa es su primera reacción pública y mediática ante la insistente consulta de los periodistas sobre la compra revelada y denunciada por el cuarto poder de un vehículo con una rebaja de su precio real más que sospechosa. Esa transacción tan beneficiosa tuvo lugar muy pocos días antes de que Orsi asumiera la presidencia, en 2025. Fue en ese preciso momento que el trabajoso carisma indicial, la dotación mínima pero imprescindible de signos Aut+ con que la que contaba este político se desvaneció, sucumbió ante la fuerte presión de lo real como un trago amargo difícil de beber. Cuesta imaginar una adquisición más antitética a la vida espartana que parecía siempre llevar adelante sin apuros su mentor Mujica que la de un vehículo de 80.000 dólares. El apóstol del consumo mínimo o esencial no habría aceptado esa opción tan ajena a su prédica de ostentar ruidosa y continuamente la humildad.
Todo lo que siguió, cada sucesivo traspié presidencial no hizo más que corroborar la estruendosa caída desde el podio carismático de la autenticidad al sórdido abismo de la insignificancia, donde cada indicio se degrada en pura palabrería, en un triste remedo de lo corporal genuino – una parodia de la mítica modestia uruguaya. Se hizo evidente que el carisma indicial ya no habita más en ese cuerpo. ¿Qué fue lo que traicionó al presidente de los uruguayos? Paradójicamente, el ser fiel a su performance de un personaje que describí en un ensayo en esta revista, a saber, Fortunato Rico, animado con gracia por el popular comediante argentino Luis Sandrini, en los años 40 del siglo 20, en el film La Casa de los Millones (1942, Argentina). La invariable frase feliz de Fortunato ante cada absurda exigencia que le impone su caprichosa e irascible patrona es “¡Y mientras el cuerpo aguante!” La respuestas que da Fortunato no hacen sino subrayar su humildad acompañada de un ligero toque de picardía. Pero ese personaje está en la indigencia, el sirviente para todo uso Fortunato se aferra con ingenio y habilidad a las crecientes e insensatas demandas de su empleo, porque la alternativa es quedar en la calle. Sólo así logra sortear su flagrante ignorancia sobre lo que se le pide que haga, desde recibir a invitados refinados hasta el conducir el lujoso vehículo de la millonaria.
Nada puede ser más diferente de la tenaz lucha por la supervivencia de Fortunato Rico, cuya pobreza es extrema, que la situación del encumbrado político uruguayo que defiende con alegría su adquisición extremadamente ventajosa de lo que, a todas luces, es un lujo. Articular esa pública defensa y caer de la gracia, perder el carisma indicial-mediático son una sola cosa. Lo que siguió en sucesivas y desafortunadas intervenciones comunicacionales no hizo sino ahondar el cisma, producir más motivos para que la adhesión popular a este Fortunato-presidente-de-Uruguay se desmoronase. Muy lejos quedó la folclórica y entradora visión de su panza, su acento provinciano, la expresión pícara con que intervenía antes, cuando se le consultaba sobre los más diversos temas que él no tenía inconveniente en confesar que ignoraba por completo.
Lo que desencanta y desencaja en su desangelada representación del poder es la mirada pícara con la que describió a los periodistas ese día su impulso irrefrenable a zambullirse en un tipo de oferta a la que, dijo, él no podía no sucumbir. Cuenta Robert Darnton (The Revolutionary Temper, 1748-1789, 2023) que el rey de Francia Luis XV perdió su sacro y traumatúrgico poder de curación de la escrófula que sufrían sus súbditos, por vivir en pecado. Su confesor no le autorizó a tomar la comunición pascual, a causa de sus muchas y muy públicas amantes. No creo que sea exagerado trazar un paralelismo entre ese signo literalmente indicial – “el toque real” – de aquel monarca francés, y el vínculo casi táctil con la humildad o sencillez campechana de un hombre del interior del país del mandatario uruguayo. Todo ocurre como si el presidente Orsi, antes de esa caída del carisma mediático en base a los casi-táctiles signos Aut+, hubiera sido capaz de tocar imaginariamente al pueblo con su panza, de ir por el mundo uruguayo dando barrigazos a diestra y siniestra a sus seguidores, a los votantes que más que ver sentían lo acertado de su opción, la de haber elegido a un fiel descendiente del humilde Mujica. Por eso tampoco funcionó el intento de acercarse, de llegar a conmover a sus fieles ciudadanos con una frase tan banal como ineficaz, del todo forzada, en el contexto de la compra de un vehículo de 80.000 dólares. La usó cuando le preguntaron si él recibía beneficios o descuentos: “¡A veces descuentos en el supermercado de la esquina, por favor, por favor!” Lo que inmortaliza la humildad y casi insignificancia de Fortunato/Sandrini en la ficción fílmica es que su actitud sumisa apenas esconde pero también revela al espectador un fiero, valiente deseo de sobrevivir, de mantenerse en ese puesto de trabajo a como dé lugar, para salvarse de la miseria, del hambre.

Momento de la entrevista del día 30 de mayo de 2026, en el que el presidente Orsi responde a los periodistas “¡Cuando hay descuentos, yo me tiro de cabeza!”
Mal día para irse al mazo: tras el éxtasis de cantar bien victoria, el ríspido exilio
El otro fenómeno mediático en el que me detengo aquí es aún más efímero y ligero que el episodio presidencial denunciado por la prensa, apenas se trata de una evanescente pompa de jabón mediático. Todo surgió cuando una ignota joven, que por arte de su dicho, gesto y oportunidad para desplegar esos signos, dejó de serlo. Ella fue por ese breve lapso de la fama viralizada una mezcla de George Bernard Shaw y Oscar Wilde, ambos célebres por lo ingenioso y urticante de sus ocurrencias verbales. Cuando durante el festejo por la victoria del Frente Amplio, y de su candidato presidencial Yamandú Orsi, el 24 de noviembre de 2024, un periodista de un programa informativo de la televisión le preguntó “¿Qué esperás para los próximos 5 años?” a raíz del entonces flamante resultado electoral, la joven no se hizo rogar, y lanzó con donarie los signos que quedaron fulgurante y brevemente inmortalizados en la prensa, en Instagram, y en otras redes sociales:
“Gloria, amor, volvimos. Hoy es un mal día para ser facho. Así que les mandamos un beso y quiero que sepan todos que no nos vamos más.”
Otra evidencia contundente del fuerte impacto de su carisma mediático en la opinión pública es que su frase migró a la camiseta de una senadora electa de esa coalición política, como puede verse abajo:

En X, la senadora del MPP Bettiana Díaz luce la intervención de la joven frenteamplista en 2024 estampada en su camiseta. Incluye la frase “Mal día para ser facho”
Así como el presidente uruguayo se estrella por su impericia, ya que no consigue preservar el esencial factor Aut+, el efecto aurático de la autenticidad mediática por un traspié público, la joven que produce un comentario citable, la proverbial frutilla de la torta, en este caso retórica, sobre la victoria electoral del Frente Amplio en 2024, el día mismo en que ésta se confirmó, se da de bruces con una realidad completamente antagónica a su proclama de haber ingresado a un nuevo mundo feliz, no “facho” o anti-facho, el que advendría gracias al triunfo de su opción electoral. Pero resulta que ella después se mudó al país vecino y argentino, antes de que transcurriesen los dos primeros años del gobierno celebrado con singular gracia por ella aquella noche de ruidosos festejos callejeros. Imposible ignorar que la nación en la que ella se instaló como emprendedora se encuentra bajo el liderazgo de un político que, a priori, si aceptamos su chispeante comentario del domingo 24 de noviembre de 2024, que se volvió un popular aforismo, formaría parte de la ideología que ella condenó de modo radical y absoluto entonces. ¿Cómo entender que esta proto-influencer dejó el margen del Río de la Plata donde se instaló desde el 1º. de marzo de 2025 la “gloria”, según su tan bien armado juicio proverbial? Y para colmo de males carismáticos, ella remató su intervención ante la cámara de un canal de televisión del siguiente modo: “¡Quiero que sepan todos de (sic) que no nos vamos más!” De ahí el vigor con que fue cuestionada su mudanza al margen fluvial amarronado donde rige lo que sería la situación opuesta diametralmente a esa alegría irrestricta, y donde, por ende, reinaría, es lícito pensar, la miseria, la infamia, la oscuridad.

En el recuadro de la izquierda, hay una captura del video con que la joven respondió a sus ataques en redes desde Buenos Aires, en 2026. En el plano de fondo, se ve su respuesta de 2024 al periodista, en la que el espíritu de Oscar Wilde y el de George Bernard Shaw se posaron en su hombro para concederle la gracia, el carisma de su aforismo.
Cuando su decisión de mandarse a mudar se divulgó por un medio de prensa, ese acto en apariencia contradictorio no fue bien recibido por la opinión pública que tanto había festejado su ocurrente dicho electoral de 2024. Y se lo hicieron saber sin reservas los más de 1200 comentarios que encontré sólo el día 12 de mayo de 2026, en Instagram. Mal día para irse a vivir bajo un facho, sería una posible interpretación social y crítica, para recordar su festejada expresión. Pero el pueblo de internet le respondió de mil modos, sin emplear esas palabras. Quizás estos fervientes opinadores podrían haber usado un refrán como el que propongo ahora, basado en el original del día electoral: ¡Mal día para irse al mazo!
Reproduzco a continuación, tal cual fueron escritos algunos de esos signos reactivos, a los que la joven innominada pero ahora desangelada, desprovista de su carisma anterior, se ocupó en responder iracunda mediante un video en Instagram:
Es libre de vivir donde quiera,!! Esa Frase Fué La que…Nos,Representó,y Nos Representa,Vivas en el Pais Que Vivas,Fuiste y Serás, LA Muchacha, Que Con Garra, Nos Representó!!!Estamos Contigo Gurisa!!!
Jaja se fue y dejó unas de las frases más épicas, de los últimos tiempos. Les quedó adentro…
Hoy es un mal día para ser facho’… y al poco tiempo haciendo las valijas para irse a vivir a otro país.
Cada uno es libre de irse donde quiera, faltaba más. Lo curioso es cómo algunos festejan que ‘empieza el Uruguay soñado’… pero eligen probar suerte afuera apenas pueden.
Y después hablan de odio y agresividad cuando las redes simplemente les recuerdan sus propias contradicciones
Jajaja Fiel muestra de lo que es un socialista.
Una Pobre Atorrantita de quinta qué en cualquier momento la vemos en un Sillón de la Bancada Fraudeamplista ‼️

Hermosa frase después puede vivir en china si lo desea
Una genia total. Sigue haciéndose viral . La colada explota

Cuando uno se va lo hace por motivos personales, pero cuando opina y comparte una idea en conjunto lo hace por todos , muy bien por ella,
Es regla …. «Quien habla lo que quiere, escucha lo que no quiere» !!!
Haremos viral tu foto y tus dichos dentro y fuera del país así te recuerdan en todos lados y te dan la bienvenida.
Está demostrando con su actitud nada más y nada menos que el voto en el exterior no debe existir ! De la misma manera votan acá y viven en otro lado , los q nos quedamos la sufrimos de mientras . Se del partido q sea q votan no importa el color . Si tú partido gana quedate y vancala no tires la piedra y salgas corriendo !
Es por este tipo de gentuza que hay que legislar que para ejercer el voto sea obligatorio presentar documentos que acrediten residencia en el país los últimos 5 años y que la ciudadanía se pierda al sacar nacionalidad de otro país o no decidir en el país por un periodo igual o mayor a 2 periodos lectivos.🔥
Es por este tipo de gentuza que hay que legislar que para ejercer el voto sea obligatorio presentar documentos que acrediten residencia en el país los últimos 5 años y que la ciudadanía se pierda al sacar nacionalidad de otro país o no decidir en el país por un periodo igual o mayor a 2 periodos lectivos.🔥
Mal día para ser hipócrita JAJAJAJA
La proliferación de lo que la semiótica llama ‘signos interpretantes’, es decir, el resultado o efecto de sentido de la información sobre el cambio de vida de la autora del aforismo que ella lanzó la noche de la victoria electoral del Frente Amplio es una contundente evidencia del poder carismático de su expresión, no sólo verbal sino corporal. Entre sus rasgos distintivos señalo tres que la hacen acreedora al carisma mediático: a) el desparpajo con que la dijo, b) el siempre celebrado factor woke de que la intervención provino de una mujer y c) la flagrante ausencia de la legendaria modestia uruguaya en su intervención espontánea, callejera. Por supuesto, el llamar al oponente electoral “facho” también es un factor decisivo a la hora de explicar la viralización de su performance en vivo y en directo a través de la televisión, y luego su profusa difusión en plataformas de internet. Nada incentiva más el ánimo batallador de esa lid electoral que el siempre activo y reduccionista dualismo: de un lado estaría la victoriosa justicia social y quizás por fin el advenimiento de la utopía, del otro encontraríamos el fracaso de los miserables que encarnan las fuerzas fascistas del mal en estado de pureza. Voy a detenerme ahora en la dimensión verbal de la frase que por un rato fue inmortalizada en los medios y como se pudo ver en alguna camiseta.
Como alguien que estudia la circulación de los signos, no puedo dejar de preguntarme, cómo se dio la travesía desde el relato “Jacob y el otro” (1961) de Juan Carlos Onetti, donde ni siquiera aparece la frase “Mal día para pescar”, que el director uruguayo Álvaro Brechner eligió para titular su film de 2009, que es una adaptación de ese cuento. La estructura de la frase es interesante, porque el verbo es elíptico, brilla por su ausencia, dado que es obvio el sentido de la frase nominal sin necesidad de ese elemento gramatical. Todo lo que le sale mal a los protagonistas del cuento, en el pueblo de Santa María imaginado por Onetti, tiene lugar durante la temporada de pesca. Metáfora mediante, el luchador y su representante que lo visitan fracasan estrepitosamente en su intento de “pescar” lo que vinieron a buscar en ese rincón perdido del mundo latinoamericano del sur muy al sur.
La frase pertenece a una anónima “joven uruguaya” – así la nombra el diario en su nota del día 11 de mayo de 2026 – cuando de modo involuntario, viral pero en sentido contrario, mucho menos admirativo y más polémico, ella volvió a ser noticia. Me permito parafrasear ligeramente a don Karl Marx, y afirmar que en su caso “La viralización ocurre dos veces: la primera vez como una epopeya y la segunda como una farsa.” Se trata de la caída de la gracia de quien tuvo un celebrado momento de serendipia, como se conoce el hallazgo feliz e inesperado de un elemento valioso, en este caso la epigramática síntesis de la victoria de su partido político al gobierno nacional. Como dije antes, fue clave el uso de un condimento picante, el designar la coalición que perdió la elección como un grupo “facho”, en vez de multicolor, de derecha, o burgués. Imagino que sin ese aderezo, el eufórico saludo de la mujer no hubiera alcanzado la categoría de multiplicable en gran número, no hubiera sido tan irresistible y seductor que esa parte de su comentario también terminó estampada en una camiseta de una política muy activa en las redes sociales. Qué mejor signo de la adhesión de esa senadora a esta manifestación del ingenio popular y militante, que además tiene el aderezo woke de provenir de una mujer.
Si la enunciación de la joven – y no sólo su frase – de 2024 era carismática, por exhibir la fusión no común o rutinaria con su cuerpo, es decir, una manifestación del paroxismo de lo normal, que la vuelve narrable, replicable en gran número, su respuesta de 2026 coincide llamativamente con la melancólica y fracasada tentativa de defensa del nada anónimo y desprovisto del carisma panzesco presidente uruguayo, en su intento de justificar su llamativa y en absoluto carismática transacción comercial, en ese mismo año.

El video de Instagram donde la joven uruguaya defiende su posición desde su nueva morada
En un video defensivo que ella sube a Instagram, la joven reafirma su postura ideológica, pero lo hace ahora desde la amargura desangelada. Explica que no va a explicar su mudanza, lo que podríamos llamar un Mal día para irse al Mazo: “No tienen ni idea y no voy a explicar cuál fue mi necesidad o por qué migré.” Lo que sigue es un fragmento de su comunicado anti-carismático, que ella lleva adelante con el ceño fruncido y un audible enojo en la voz:
“¡La verdad es que no voy a caretear, se pueden ir todos bien a cagar! Me parece demasiado fuerte que sigan pendientes de algo que.. no sé no tienen vida. ¡Me gustaría que hagan otra cosa, este nivel de violencia, reverentemente al pedo! Salgo a hablar, porque a mí no me funciona quedarme callada, Me parece un montón y que revisen el hecho de recagarme a puteadas. […] ¡Yo me aguanto la toma de lo que dije porque me siento orgullosa de lo que dije y eso no va a cambiar, ni en pedo!”
Difícil encontrar un contraste más perfecto o completo que el que surge entre estas dos intervenciones mediáticas de esta anónima mujer. Lo que primero ella enunció con gracia y espontaneidad, aún si incluía la descalificación áspera del contrincante político, ahora se conviritó en una suerte de balbuceo, en una serie de lugares comunes que lejos de justificar su partida, su Mal-día-para-irse-al-mazo, es un desangelado y amargo manotón de frustrado. Su intervención de 2026 se asemeja al fútil esfuerzo por explicar un chiste que no surtió el efecto esperado, pero es algo peor, más obviamente perdedor. La espontaneidad humana es tan rara como valiosa. Sin importar su ubicación ideológica, el surgimiento de signos de lo nuevo desprovistos de la pesada carga de lo consabido, de lo prefabricado y rutinario podría compararse con una jugada magistral en el fútbol, algo que quienes la miran y admiran con embeleso saben, sin poder explicarlo, que están ante algo rayano en un milagro, que es un acto de destreza física y mental irrepetible.
Su respuesta al periodista televisivo, en la noche de noviembre de 2024, salió del cuerpo más poético que militante, de una joven mujer entusiasmada. Según la etimología, la palabra entusiasmo viene del griego enthousiasmos, que significa “estar poseído por un dios, inspirado por la divinidad.” La que desde otro lugar, y en un tiempo distante de aquella euforia política procura responder a los comentarios críticos y a las amenazas, según cuenta, lo hace con palabras y nada más que palabras. No bien abandonan su boca, esos signos pierden toda su vitalidad, no son más que estériles lugares comunes, casi citas, un eco del lenguaje informal de su nuevo domicilio, de su nueva vida, al otro lado del Río de la Plata. Así ocurre con el muy raro fenómeno del carisma en los seres humanos: esa gracia brilla por un instante, que puede prolongarse, ser extenso, pero cualquier desvío hacia su opuesto, hacia lo consabido, lo convencional fallido, lo suprime de modo irreversible. Esto es así, ya se trate del carisma político, como el capital con que contaba el presidente uruguayo hasta su público desliz, que se volvió un violento derrapar, y que lo dejó tirado en la cuneta de la insignificancia, o de la gracia que poseyó a un ser anónimo que se encontró con la felicidad de proclamar lo que pensaba sin pensarlo demasiado, como si ella fuera un médium habitado en ese fulgurante momento por el carisma del lenguaje auténtico.

