Una antigua alegoría sufi para el tiempo presente

FÁBULAS

Por Idries Shah (*)

Érase una vez una comunidad ideal que vivía en una tierra lejana. Sus miembros no tenían miedos tal como ahora los conocemos. En vez de padecer incertidumbres y vacilaciones, eran resueltos y tenían una manera más plena de expresarse. Aunque no tenían ni el estrés ni las tensiones que hoy la humanidad considera esenciales para su progreso, sus vidas eran más ricas porque otros elementos mejores sustituían a esas cosas. Por lo tanto, el suyo era un modo de vivir ligeramente distinto al nuestro. Podríamos incluso afirmar que nuestras percepciones son versiones burdas e improvisadas de las verdaderas, las cuales eran poseídas por esta comunidad. 

Tenían vidas reales, no semi-vidas.

Los podemos llamar la gente de El Ar.

Tenían un líder, quien descubrió que su país se volvería inhabitable por un período de, digamos, veinte mil años. Planeó el escape, advirtiendo que sus descendientes serían capaces de volver exitosamente a casa únicamente después de muchos suplicios. 

Encontró para ellos un lugar de refugio, una isla cuyas características eran apenas similares a las de su patria; pero debido a la diferencia de clima y situación, los inmigrantes tuvieron que sufrir ciertas transformaciones. Estas los hicieron más adaptados física y mentalmente a las nuevas circunstancias, las percepciones sutiles fueron sustituidas por otras más burdas, así como la mano del trabajador manual se endurece como respuesta a las necesidades de su tarea.

Con el fin de atenuar el dolor que ocasionaría la comparación entre el viejo y el nuevo estado, se les hizo olvidar el pasado casi por completo; de él quedó apenas el más borroso recuerdo aunque lo suficiente para ser despertado cuando llegara el momento. 

El sistema era por demás complejo pero bien organizado. Los órganos por medio de los cuales la gente sobrevivía en la isla también fueron hechos los órganos del disfrute, tanto físico como mental. Los órganos que eran realmente constructivos en la vieja patria fueron puestos en una forma especial de latencia y vinculados al borroso recuerdo como preparación para su eventual activación.

Los inmigrantes se establecieron lenta y penosamente, ajustándose a las condiciones locales. Los recursos de la isla eran tales que, sumados al esfuerzo y a una cierta forma de guía, la gente sería capaz de escapar a una isla más lejana en el camino de retorno a su hogar original. Esta era la primera de muchas otras islas donde tendría lugar una aclimatación gradual. 

La responsabilidad de dicha «evolución» fue conferida a aquellos individuos que podían sostenerla. Necesariamente estos eran unos pocos, ya que para la masa del pueblo era virtualmente imposible mantener vivos en su conciencia dos conjuntos de conocimientos; uno parecía estar en conflicto con el otro. Ciertos especialistas custodiaban la «ciencia especial». 

Este «secreto», el método de efectuar la transición, era ni más ni menos que el conocimiento de las artes marinas y su aplicación. El escape necesitaba un instructor, materias primas, gente, esfuerzo y entendimiento. Con estos, la gente podría aprender a nadar e incluso a construir barcos. 

Las personas que originalmente estaban a cargo del escape dejaron bien en claro que era necesaria una cierta preparación antes de que cualquiera pudiese aprender a nadar o incluso tomar parte en la construcción de un barco. Durante un tiempo el proceso continuó satisfactoriamente. 

Entonces un hombre, de quien se había descubierto que por el momento carecía de las cualidades necesarias, se rebeló contra este orden y se las arregló para desarrollar una idea magistral. Él había observado que el esfuerzo de escapar suponía una pesada y a menudo indeseable carga para la gente que, al mismo tiempo, estaba dispuesta a creer cosas que se le decían acerca de la operación de escape. Él se dio cuenta de que podía adquirir poder y también vengarse de quienes lo habían menospreciado, tal como creía, mediante la simple explotación de estos dos hechos. 

Simplemente, ofrecería remover la carga, asegurando que no había carga. 

Declaró lo siguiente:

«No hay necesidad de que el hombre integre su mente y la entrene del modo en que se les ha descrito. La mente humana es ya una cosa consistente, estable y continua. Se les ha dicho que tienen que convertirse en artesanos para construir un barco. Pero yo les digo que no solo no necesitan ser artesanos…. ¡ni siquiera necesitan un barco! Un isleño necesita únicamente observar unas pocas reglas simples para sobrevivir y quedar integrado en la sociedad. Mediante el ejercicio del sentido común, innato en cada uno de ustedes, podrán lograr cualquier cosa en esta isla, nuestro hogar, ¡propiedad común y herencia de todos nosotros!»

El charlatán, habiendo despertado mucho interés del pueblo, ahora «demostró» su mensaje diciendo:

«Si el nadar y los barcos son una realidad, ¡muéstrennos buques que hayan efectuado la travesía y nadadores que hayan regresado!»

Esto fue un desafío que los instructores no pudieron afrontar pues estaba basado en un supuesto cuya falacia ahora no podía ser captada por el perplejo rebaño: pues verás, los barcos jamás regresaban de la otra tierra. Los nadadores, cuando sí volvían, habían sufrido una nueva adaptación que los hacía invisibles para la multitud.

La turba presionó para tener una prueba definitiva.

«La construcción de barcos», dijeron los huidores en un intento de razonar con los revoltosos, «es un arte y un oficio. El aprendizaje y el ejercicio de esta ciencia depende de técnicas especiales, las cuales conforman una actividad completa que no podemos desmenuzar como ustedes lo exigen. Esta actividad tienen un elemento impalpable llamado baraka, del que se deriva la palabra «barca». Esta palabra significa «la Sutileza», y no puede ser mostrada a ustedes». 

«¡Arte, oficio, conjunto, baraka… tonterías!», gritaron los revolucionarios. 

Y entonces ahorcaron a cuantos constructores de barcos pudieron encontrar.

El nuevo evangelio fue recibido por todos como uno de liberación. ¡El humano había descubierto que ya era maduro! Sentía, al menos momentáneamente, como si hubiese sido liberado de responsabilidad.

La mayoría de los otros modos de pensar fueron rápidamente abrumados por la simplicidad y comodidad del concepto revolucionario. Pronto se lo consideró un factor básico que jamás había sido desafiado por ningún ser racional. Racional, por supuesto, se refería a cualquiera que armonizase con la propia teoría general sobre la cual ahora estaba basada la sociedad. 

Las ideas que se oponían a la nueva eran fácilmente tildadas de irracionales. Cualquier cosa irracional era mala. A partir de ahí, incluso aunque tuviese dudas, el individuo tenía que suprimirlas o desviarlas pues a toda costa debía ser considerado racional. 

No era muy difícil ser racional. Uno solamente tenía que adherirse a los valores de la sociedad. Además, abundaban las evidencias de la veracidad de la racionalidad… siempre y cuando uno no pensara más allá de la vida en la isla. 

La sociedad ahora se había equilibrado temporalmente dentro de la isla y parecía proporcionar una convincente plenitud, al menos desde su propio punto de vista. Estaba basada sobre la razón más la emoción, haciéndolas parecer plausibles a ambas. El canibalismo, por ejemplo, estaba permitido por motivos racionales. Se descubrió que el cuerpo humano es comestible: la comestibilidad es una característica de la comida. Por ende, el cuerpo humano es comida. Con el fin de compensar las deficiencias de dicho razonamiento, se improvisó una enmienda. El canibalismo fue controlado por el bien de la sociedad. Los acuerdos eran la característica del equilibrio temporal. De vez en cuando alguien señalaba un nuevo acuerdo y la lucha entre razón, ambición y comunidad producía alguna nueva norma social. 

Dado que el arte de construir barcos no tenía una aplicación obvia dentro de esta sociedad, el esfuerzo podía fácilmente ser considerado absurdo. No se necesitaban botes… pues no había a dónde ir. Las consecuencias de ciertas suposiciones pueden presentarse de modo que «demuestren» esas suposiciones. Esto es lo que se denomina una pseudocertidumbre, el sustituto de la certeza real. Es con lo que lidiamos a diario cuando asumimos que viviremos otro día. Pero nuestros isleños lo aplicaban a todo. 

Dos artículos de la gran Enciclopedia universal de la Isla nos muestran como funcionaba el proceso. Destilando su sabiduría de la única fuente de nutrición mental disponible para ellos, los sabios de la isla produjeron, con toda franqueza, esta clase de verdades:

BARCO: Deplorable. Vehículo imaginario con el cual, según han afirmado impostores y embusteros, es posible «cruzar el agua»; hoy establecido científicamente como una absurdidad. No se conocen materiales impermeables al agua en la Isla con los cuales se podría construir tal «barco», dejando a un lado la cuestión de si hay un destino más allá de la Isla. Predicar la «construcción de barcos» es un delito grave según la Ley XVII del Código Penal, subsección J, Protección de los Crédulos. LA OBSESIÓN CON LA CONSTRUCCIÓN DE BARCOS es una forma extrema de escapismo mental, síntoma de inadaptabilidad. Todos los ciudadanos tienen la obligación constitucional de notificar a las autoridades sanitarias si sospechan de la existencia de tan trágica condición en cualquier individuo. 

Véase: Natación. Aberraciones mentales; Delitos (serios). Bibliografía: Smith, J. Por qué no se pueden construir «barcos». Universidad Insular. Monografía n. 1151.

NATACIÓN: Desagradable. Supuesto método para impulsar el cuerpo a través del agua sin ahogarse, generalmente con el propósito de «alcanzar un lugar fuera de la isla». El «estudiante» de este arte desagradable tenía que someterse a un ritual grotesco.  En la primera lección se postraba en el suelo, moviendo brazos y piernas en respuesta a las órdenes de un «instructor». Todo el concepto se basa en el deseo de los supuestos «instructores» de dominar a los crédulos en tiempos de barbarie. Más recientemente el culto ha tomado la forma de manía epidemica. 

Véase: Barco; Herejías; Pseudoartes.

Bibliografía: Brown, W. La gran locura de la «Natación», 7 Vols. Instituto de Lucidez Social.

Las palabras «deplorable» y «desagradable» se usaban en la isla para indicar cualquier cosa que estuviese en conflicto con el nuevo evangelio, el cual era conocido como «Complacer». La idea implícita era que la gente se complacería a sí misma, dentro de la necesidad general de complacer al Estado. El Estado equivalía al pueblo.

No es en absoluto sorprendente que desde tiempos muy remotos la sola idea de abandonar la isla llenara de terror a la mayoría de la gente. De modo similar, los prisioneros que han pasado largos años en cautiverio sienten un miedo muy real cuando están por ser liberados; el «afuera» es un mundo incierto, desconocido y amenazante.

La isla no era una cárcel; pero era una jaula con barrotes invisibles, muchísimo más efectivos que los verdaderos.
La sociedad insular se volvió cada vez más y más compleja, y podemos observar solo algunas de sus características más destacadas. Su literatura era rica. Además de composiciones culturales había numerosos libros que explicaban los valores y logros de la nación. Existía también un sistema de ficción alegórica que retrataba cuán terrible habría sido la vida si la sociedad no se hubiera organizado de esta forma actual tan tranquilizadora. 

De vez en cuando los instructores trataban de ayudar que la comunidad toda pudiese escapar. Los capitanes se sacrificaban por el restablecimiento de un clima en el cual los ahora clandestinos constructores de barcos pudieran continuar su labor. Todos estos esfuerzos fueron interpretados por historiadores y sociólogos con referencia a las condiciones de esta sociedad cerrada. Era relativamente fácil fabricar explicaciones inverosímiles de casi todo. No había principios éticos involucrados, pues los eruditos continuaban estudiando con genuina dedicación lo que parecía ser verdad. «¿Qué más podemos hacer?», se preguntaban, implicando con la palabra «más» que la alternativa podría ser un esfuerzo cuantitativo. O se preguntaban unos a otros «¿Qué otra cosa podemos hacer?», asumiendo que la respuesta acaso estaba en «otra cosa»… algo diferente. Su verdadero problema era que ellos se creían capaces de formular las preguntas e ignoraban el hecho de que las preguntas son tan importantes como las respuestas.

Por supuesto que los isleños tenían muchas oportunidades para el pensamiento y la acción dentro de su pequeño dominio. La diversidad de ideas y las diferencias de opinión daban la impresión de libertad de pensamiento. Se estimulaba el pensar, siempre y cuando no fuese «absurdo».

Se permitía la libertad de expresión, pero era de poca utilidad sin el desarrollo de la comprensión, la cual no se cultivaba. 

La labor y el esfuerzo de los navegantes tuvieron que tomar aspectos diferentes según los cambios en la comunidad. Esto hizo que su realidad fuese aun más desconcertante para los estudiantes que intentaban seguirlos desde el punto de vista isleño.

Entre toda la confusión, incluso la capacidad para recordar la posibilidad de escape podía a veces convertirse en un obstáculo. La agitadora conciencia del potencial de escape no estaba muy refinada. A menudo los que estaban ansiosos por escapar terminaban contentándose con algún tipo de sustituto. Un vago concepto de navegación no puede volverse útil sin orientación. Pero incluso quienes aspiraban con más entusiasmo a construir barcos habían sido adiestrados a creer que ya tenían tal orientación, que ya eran maduros. Detestaban a cualquiera que les indicase que quizá necesitaban una preparación. 

A menudo, versiones bizarras de tipos de natación o de construcción de barcos desplazaban las posibilidades de verdadero progreso. Gran parte de la culpa la tenían los partidarios de la pseudonatación o de los barcos alegóricos, meros charlatanes que ofrecían lecciones a quienes eran aún demasiado débiles para nadar, o pasajes en barcos que no podían construir. 

Los requisitos de la sociedad habían hecho inicialmente necesarias ciertas formas de eficiencia y pensamiento que evolucionaron hacia lo que fue conocido como ciencia. Este admirable enfoque, tan esencial en los campos donde tenía aplicabilidad, finalmente sobrepasó su verdadero significado. El así llamado abordaje «científico», apenas después de la revolución de «Complacer», se fue ampliando hasta abarcar toda clase de ideas. Finalmente, todo lo que no podía ser ubicado dentro de sus límites fue considerado «anticientífico», otro sinónimo muy conveniente para lo «malo». Sin que nadie se diese cuenta, las palabras fueron hechas prisioneras y luego automáticamente esclavizadas.

Ante la ausencia de una actitud adecuada, como personas que han sido abandonadas a su suerte en una sala de espera y se dedican a leer revistas febrilmente, los isleños se ocuparon de encontrar sustitutos de la plenitud, que era el propósito original (y el efecto final) del exilio en aquella comunidad. 

Algunos fueron capaces de desviar con cierto éxito su atención hacia compromisos principalmente emocionales. Había diferentes rangos de emociones pero no una escala adecuada para medirlas. A tosas las emociones se las consideraba «hondas» o «profundas»; en cualquier caso más profundas que la no-emoción. La emoción, la cual se veía que conducía a la gente hacia los máximos extremos físicos y mentales conocidos, era automáticamente calificada de «profunda». 

La mayoría de las personas se fijaban objetivos a sí mismos o permitían que otros los fijasen por ellos. A veces practicaban un culto tras otro, o iban detrás del dinero o de la preeminencia social. Algunos adoraban ciertas cosas y se sentían superiores al resto. Otros, al repudiar lo que consideraban idolatría, creían no tener ídolos y que podían por lo tanto burlarse tranquilamente del resto. 

Con el paso de los siglos, la isla quedó plagada de los desechos pertenecientes a estos cultos; pero eran peores que los desechos ordinarios pues se autoperpetuaban. Gente bien intencionada y otros combinaban y recombinaban los cultos, propagándolos nuevamente. Tanto para el aficionado como para el intelectual, esto constituyó una mina de material académico o «iniciático» que brindaba una reconfortante sensación de variedad. 

Proliferaron espléndidas instalaciones para entregarse a «satisfacciones» limitadas. Palacios y monumentos, museos y universidades, instituciones educativas, teatros y complejos deportivos llenaban la isla casi por completo. La gente estaba naturalmente orgullosa de estos legados, muchos de los cuales creían que estaban relacionados de un modo general con la verdad absoluta aunque ninguno de ellos fuese capaz de explicar cómo tal cosa podía ser cierta.

La construcción de barcos estaba conectada con algunas dimensiones de esta actividad, pero de un modo desconocido por la mayoría.

Clandestinamente, los barcos izaban sus velas y los nadadores continuaban enseñando natación…

Las condiciones reinantes en la isla no desalentaban totalmente a estas personas dedicadas. Después de todo, ellos también eran originarios de la misma comunidad y tenían lazos indisolubles con ella y su destino.

Pero muy a menudo tenían que preservarse de las atenciones de sus conciudadanos. Algunos isleños «normales» querían salvarlos de sí mismos. Otros trataron de matarlos, por una razón igualmente sublime. Algunos incluso buscaron afanosamente su ayuda pero no pudieron encontrarlos.

Todas estas reacciones ante la existencia de los nadadores eran el resultado de la misma causa, filtrada a través de diferentes clases de mente. Dicha causa era que casi nadie sabía ahora qué era realmente un nadador, qué estaba haciendo o dónde se lo podía encontrar.

A medida que la vida en la isla se volvía más y más civilizada, una extraña pero lógica industria creció. Estaba dedicada a adjudicar dudas respecto de la validez del sistema bajo el cual vivía la sociedad. Tuvo éxito en absorber dudas referentes a los valores sociales, riéndose de ellos o satirizándolos. La actividad podía lucir un rostro triste o alegre, pero realmente se convirtió en un ritual repetitivo. Aunque era una industria potencialmente valiosa, a menudo se le privó de ejercer su verdadera función creativa.

La gente sintió que, habiéndoles permitido a sus dudas tener una expresión temporal, podría de alguna manera atemperarlas, exorcizarlas o incluso propiciarlas. La sátira fue confundida con la alegoría significativa; la alegoría fue aceptada aunque no digerida. Obras teatrales, libros, películos, poemas, libelos, eran los medios habituales para este desarrollo, aunque había una importante parte del mismo en sectores más académicos. A muchos isleños les parecía más independiente, o más moderno o progresivo, seguir este culto en vez de los viejos. 

Aquí y allá se presentaba un candidato ante un instructor de natación para hacer un trato. Por lo general tenía lugar lo que equivalía a una conversación estereotipada:

-Quiero aprender a nadar

-¿Quieres hacer un trato?

– No. Solamente tengo que llevar mi tonelada de repollos.

– ¿Qué repollos?

– El alimento que necesitaré en la otra isla.

– Allí hay mejor comida.

– No entiendo lo que me dices. No puedo estar seguro. Debo llevar mis repollos.

– En primer lugar, no puedes nadar con una tonelada de repollos.

– Entonces no puedo ir. Tú lo llamas una carga. Yo lo llamo mi nutrición esencial. 

– Supongamos, como alegoría, que no hablamos de ‘repollos’ sino de ‘suposiciones’ o ‘ideas destructivas’.

– Llevaré mis repollos a algún instructor que entienda mis necesidades.

La fábula no ha terminado, pues aun hay gente en la isla. 


* Tomado de Idries Shah, Los sufis. Kairós, Barcelona, 2020 (1a. ed. en inglés: 1964). P. 1-13)

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