* El intento fallido de censura de Telegram en España, y cómo se sigue mintiendo sobre Ucrania

GLOBO

Por Salvador Gómez

Allá por junio de 2022 en una nota que servía de análisis y balance procurando ordenar los muchos asuntos aparentemente nuevos de la “nueva normalidad”, se proponía una lectura histórica organizada en torno a varios momentos de giro o quiebre: la caída del muro (1989-91); la crisis de las .com (2000) y 9/11 (2001); la emergencia de las redes sociales (2005-2008); la crisis de las sub prime (2008), la elección de Trump más el enfrentamiento gobierno+medios tradicionales contra redes sociales que la siguió (2016-17), y la crisis masiva que estalló en 2020 (Covid, y luego Ucrania). Todos estos eran señalados como elementos clave en el desarrollo de la historia reciente.

El supuesto fundamental que permitía leer esos sucesos era: estamos ante un cambio de era al que contribuye decisivamente el cambio tecnológico, en curso en muchas áreas. Lo que estamos viendo son distintos episodios a través de los cuales el poder “viejo” -es decir, organizado según las categorías mentales y orden social viejo- intenta resistir la llegada de formas nuevas de poder y organización social. Lo viejo intenta usar las nuevas tecnologías de modo viejo, casi exclusivamente para profundizar su control de la sociedad. Sin embargo, formas nuevas de poder podrán emplear las nuevas tecnologías para crear algo fundamentalmente distinto a todo lo que hemos conocido hasta ahora. Pero no podrán desplegarlo hasta que esta confrontación con el poder de lo viejo termine, con la derrota de lo viejo. Las distintas crisis mencionadas son legibles como mojones de ese camino, que aun no terminó.

Telegram, o un nuevo fracaso de los censores

Dos hechos contemporáneos podrían servir hoy para seguir poniendo a prueba aquella lectura. El primero es un ejemplo de como el poder viejo intenta usar métodos medievales (censura lisa y llana) para controlar las narrativas sociales que se le escapan. Se trata de un hecho relativamente menor: un juez español, Santiago Pedraz, decretó hace unos días el bloqueo de la red social Telegram “de manera cautelar”, a partir de una denuncia de las empresas de telecomunicación Atresmedia, Mediaset y Movistar, además de EGEDA, la sociedad de servicios que gestiona los derechos de autor. 

El argumento de los denunciantes -tomado en primera instancia por el magistrado- era que en Telegram circula contenido audiovisual protegido por copyright…

El argumento recuerda al procesamiento de Al Capone por evasión de impuestos. Esto es, no se condena a Telegram por lo que realmente molesta al poder, sino por algo que el poder encuentra a mano, y de lo que cree poder agarrarse para justificar su acción. En este caso, el argumento es tan profundamente ridículo que llama inmediatamente la atención. ¿Que en una red social circula contenido autoral sin permiso? ¿Es un chiste? Esa es una de las características más notables de todas las redes sociales, que han significado -desde los lejanos tiempos de Napster y similares- una ventana abierta y libre a la comunicación, que escapa a las pretensiones de control de los guardianes de la creatividad ajena. ¿No está YouTube -el caso más notorio- repleto hasta el borde de contenido teóricamente protegido por copyright, pero que de todos modos sigue allí hace décadas ya, y cada día aumenta? ¿Y Whatsapp? ¿Facebook? ¿Instagram? ¿Tiktok? Muy cada tanto, en un porcentaje azaroso que quizá llegue al 1%, alguien hace un reclamo y esas redes bajan un contenido protegido. Por lo demás, y por suerte, las redes sociales han venido siendo vehículo de la libertad comunicativa de la creatividad humana. Esto no significa que no sean también vehículo de la masiva tontería neo-oralizada de esta sociedad -ese es otro asunto.

Pero Telegram es distinto. ¿Por qué? Muy simple: porque Telegram está concebido desde el primer día con una arquitectura que impide o hace muy difícil su control a los gobiernos -a los representantes del poder organizado del modo viejo, y que se resiste a irse. Pavel Durov, uno de los creadores originales de esta red, explicó hace tiempo que no solo en materia de servidores la red ha cuidado especialmente una dispersión que hace que un solo gobierno no pueda “bajarla”, sino que además lo ha hecho en materia de contraseñas: éstas están partidas, y cada una de las partes se aloja en servidores pertenecientes a jurisdicciones distintas y distantes. De modo que aunque un juez orden obtener una contraseña, haría falta la coordinación de varios sistemas judiciales para obtenerla. 

Telegram ha resuelto, por lo menos parcialmente, la cuestión de la jurisdiccionalidad y la globalización, por una vez, en favor del usuario, esto es, abrumadoramente, de la gente común que quiere decir lo que se le antoje sin que venga un pseudo representante del “pueblo” -en realidad, casi siempre hoy, representante de un poder hegemónico que se ha unido ante su inminente retirada.

La cuestión está clarita en esta nota del ex-periódico -hoy hoja de propaganda del poder viejo- El País de Madrid. En ella, se hace el argumento favorito del poder viejo desde 2016, cuando la victoria del candidato al que no favorecía el blob en EEUU los despertó acerca de lo profundamente caduco de sus esquemas de control del poder. Ese argumento es que la libertad de Telegram “ha provocado que florezcan, al abrigo del anonimato, canales de contenido sensible: venta de drogas, actividades de extrema derecha, desinformación, difusión de contenidos violentos, pornografía infantil o terrorismo.”

Sorprendente: los gobiernos y sus servicios de inteligencia, dueños hasta ahora absolutos de todos esos negocios -venta de drogas, actividades de extrema derecha, desinformación, generación (no ya solo difusión) de contenidos violentos, pornografía infantil y terrorismo- se lamentan de que en Telegram se difundan versiones alternativas, privadas digamos -si es que no son ellos mismos también en Telegram-, de esos quehaceres, desde siempre perfectamente controlados y explotados por los propios gobiernos. 

Al gobierno norteamericano le molesta que haya videos que echan por tierra la propaganda ridícula diseminada por los medios sistémicos como el NYTimes, el WPost, o CNN. Y al gobierno español le molesta lo mismo. Entonces, se cuidan muy. bien de tocar a Whatsapp, pero van contra Telegram. ¿Por qué? Te lo dicen en la nota de El País: “[la arquitectura de Telegram] es similar a la de WhatsApp. Sus tripas, también. “La arquitectura no es muy diferente”, reconoce el experto, “pero en WhatsApp hay puertas traseras para que entren la NSA y diferentes agencias de inteligencia. En Telegram no. Aquí no se comparte nada”.

Negro sobre blanco: Whatsapp es una herramienta más para que el poder controle tu discurso y tu información. Telegram no. Y por tanto, vamos a intentar liquidar Telegram.

Ya se intentó en Brasil, y fue un fracaso. Y acaba de fracasar también en España. Quienes piensan que el poder puede obviar la política, están subestimando la inteligencia de la gente. Es posible amenazar con medidas dictatoriales, pero otra cosa es tomarlas cuando los gobernantes comienzan a sentir los concretos costos políticos que ellas tienen. 

La nota de El País es desinformación, como casi todas las que publica, y sigue calificando a pueblos y gobiernos ajenos de “regímenes autoritarios”, desde una supuesta virtud democrática de Occidente en la que solo alguien contumazmente desinformado puede creer. Pero es un tipo de desinformación que al menos desnuda con toda claridad cuál es el predicamento en el que la nueva tecnología ha puesto al viejo poder hegemónico. Argumentos similares, con mucha mayor calidad retórica, ya puso Obama en su discurso en Stanford el 21 de abril de 2022, sobre el que ya se comentó otras veces aquí.

En lo sustancial, Obama desplegaba allí las razones del poder viejo: los medios servían como factor de cohesión social; cuando todos mirábamos solo las grandes cadenas, podíamos tener distintas opiniones, pero todos coincidíamos en cuáles eran los hechos. Esta situación de real apertura informativa y de opinión que las nuevas tecnologías permiten es un peligro para el poder. Por consecuencia, la sugerencia de Obama era que el sistema tome medidas para que los poderes constituidos vuelvan a ser los dueños incontestados del orden mental y social. 

Mientras Occidente gozaba de cierta legitimidad -sus principios coincidían grosso modo con sus acciones institucionales-, muchas de estas perspectivas tuvieron sentido -lo mismo que lo tienen en gobiernos legítimos actuales en otras zonas del globo. En Occidente, sin embargo, la tecnología ha supuesto una posibilidad de crecimiento de la libertad en el nivel de la información, que para los poderes actuales viene resultando intragable a la vista del crecimiento de otras civilizaciones que desafían su hegemonía. Quizá por su propio énfasis ideológico en la libertad, los regímenes pseudo “liberales” occidentales se están enfrentando cada vez más con el sencillo hecho de que no pueden tolerar tal libertad de información y conciencia en sus ciudadanos. Contrariamente a lo siempre proclamado, bastó que existiesen poderes externos a Occidente que crecieran hasta desafiar una hegemonía global de algunos siglos, para que el significado ideológico de “libertad”, “prensa libre” o “educación libre” se viniese al suelo. 

Los intentos de intervenir en las posibilidades de libertad que da la nueva tecnología para frenar el aumento de conciencia que la comunicación realmente libre y masiva posibilita son un ejemplo de cómo el poder viejo pelea para frenar cambios imparables e inevitables. El nuevo intento fallido de bloquear Telegram en España es otro ejemplo, menor pero interesante, de cómo no es posible frenar el cambio de conciencia favorecido por la nueva tecnología.

Lo más importante a tener en cuenta es lo siguiente: pese a que hace dos años enteros que venimos sufriendo las mentiras y la propaganda de Occidente respecto de Ucrania y la guerra -lo que se comenta en la segunda parte-, tal parece que casi nadie cree en esas mentiras. Una reciente encuesta encomendada por el European Council on Foreign Relations sirve de síntoma, pese a lo relativo de las encuestas. La publica The Guardian, y muestra que, grosso modo, pese a que los europeos no quieren que gane “Putin”, son lo suficientemente sensatos como para decir que lo mejor es negociar ya, porque Ucrania no puede ganar. El informe “Guerras y elecciones: Cómo pueden los líderes europeos mantener el apoyo público a Ucrania”, reveló que sólo 1 de cada 10 europeos de los 12 países encuestados creía que Ucrania ganaría en el campo de batalla. 

Si quiere una razón simple por la cual la elite en el poder europeo -y español- quiso cerrar Telegram es: en Telegram hay miles de canales llenos de información veraz e inteligente sobre Ucrania, lo que destruye la propaganda occidental y hace que la gente vea las costuras del relato oficial. Por eso quieren cerrar Telegram. 

Cómo gestionar una derrota, haciéndola peor

Eso por un lado. En cuanto a Ucrania, hemos asistido todos a dos años largos de mentiras flagrantes. Esta revista fue desmenuzando desde el primer día los hechos de esa guerra -horrible como todas- que el discurso oficial de los medios establecidos -incluyendo a los medios locales y globales- ocultó.

¿Cuál fue el discurso de los medios establecidos -que siguieron a pies juntillas la propaganda norteamericana y otánica al respecto?

Según los grandes medios, la invasión del 22 de febrero de 2022 fue totalmente “no provocada”, y no tuvo ningún sentido, salvo el deseo satánico de Putin. Putin, según estos medios, sería el gobernante ilegítimo de un país no democrático, y un dictador imperialista equivalente a Hitler cuyos planes incluyen conquistar toda Europa.

Según esos medios, lo que ocurrió en las primeras semanas de guerra fue que los rusos intentaron tomar Kiev, y no pudieron, pues su tecnología de guerra es obsoleta, sus tropas -debido a que lo son de un país autoritario- no tenían moral para un combate real, y además estaban compuestas mayormente por presidiarios. 

Luego de unos días en los cuales se surtió a los medios repetidores con propaganda de una supuesta victoria fulminante ucraniana en el aire -¿recuerda usted el ‘Ángel de Kiev’, aquel piloto ucraniano milagroso que habría derribado decenas de Migs rusos, pero que en realidad fue el invento de un chico en un computador en Buenos Aires?- y de una supuesta retirada presurosa de los tanques rusos que habrían retrocedido debido a la valentía ucraniana y a la alta moral de sus tropas que “defendían la democracia frente al autoritarismo”, el mensaje general fue: “los rusos intentaron destruir Kiev y no pudieron. La guerra giró rápidamente al lado ucraniano. Las sanciones, junto a este desastre militar, generarán la caída de Putin, y éste será reemplazado por un gobernante más civilizado, con el cual se negociará el fin de esta aventura delirante”.

Desde el comienzo de la guerra Estados Unidos y sus aliados en OTAN o fuera de ella han enviado el equivalente a casi 400.000 millones de dólares en equipo y ayuda militar, incluyendo baterías antimisiles Patriot norteamericanas, tanques alemanes Leopard, y se prometen aviones F-16 desde Holanda. Argentina y Colombia han sido los países latinoamericanos que han contribuido -modestamente- al esfuerzo conjunto.

Finalmente, se informó a la gente que el momento decisivo del conflicto y de la muy anunciada victoria se produciría durante la primavera-verano de 2023, cuando por fin se lanzase una gran ofensiva ucraniana, destinada a desalojar a los rusos de todos los territorios que controlaban en el sur y este del país. La ofensiva comenzó el 4 de junio. Fue un fiasco absoluto, y luego de 3 meses los ucranianos habían avanzado aproximadamente un kilometro y medio, en un par de lugares muy específicos del inmenso frente, a un costo de decenas de miles de efectivos. Esta ofensiva fue seguida por una contraofensiva rusa que revirtió cualquier mínimo avance enemigo, y siguió adelante muy cautelosa y lentamente, como ha sido norma desde el comienzo. Esto se ha visto reflejado últimamente en la toma de Adveedka, al oeste de Donetsk, por parte de los rusos, lo que consolida su posición y abre al avance ruso más territorio difícil de defender hacia el oeste. 

Justo cuando había quedado claro el fracaso de la ofensiva ucraniana, se produjo el evento del 7 de octubre en Israel, y la prensa aprovechó para dejar de hablar de Ucrania, de la guerra, de la supuesta inminente derrota rusa, y de todo el episodio. Hoy, cada tanto, alguna información deja saber que a los ucranianos no les va bien, y poco más. Pero en el bajofondo, cada vez con más sensación de obviedad se habla de una victoria rusa, y esa certeza ha lanzado a los gobernantes de los países OTAN a agitar entre sus poblaciones ideas de intervención directa de sus tropas en Ucrania -sobre todo Macron lo dijo explícitamente-. No creo que ni los nacionalistas rusófobos más fanáticos crean que intervenir en una guerra abierta con Rusia, en territorio ruso, sea una buena idea para los minúsculos y desactualizados ejércitos europeos. En todo caso, si ocurre, se convertirá en una nueva confirmación de que la principal víctima en esta guerra, aparte de la población ucraniana, es la población europea.

Ya no se habla de una victoria de Occidente que se vendió durante casi dos años como segura. Ni siquiera de recuperar los territorios perdidos. Lo que queda, finalmente, es una amarga sensación de resentimiento, la insistente descripción de Putin como un villano a nivel hitleriano, y una obsesiva repetición de una frase misteriosa: “Rusia no puede ganar en Ucrania. Es esencial para Europa que Putin no gane. Haremos todo lo que sea necesario para asegurarnos de que eso no ocurra”. 

Los pilares ideológicos de la propaganda

El nivel de simplificación propagandística que evita considerar los intereses geopolíticos occidentales, los norteamericanos como líder de OTAN en especial, y los de Rusia y otros actores, parece alcanzar a los editores de los medios mainstream para mantener la propaganda funcionando hasta aquí. Para creer en ello basta con que uno mantenga la inercia mental de los años 80 y antes, cosa que pareciera que toda una o dos generaciones de políticos e ideólogos en Occidente no tiene inconveniente en hacer. Siguen pensando que el evento final de la historia es la caída del Muro, que nada pasó desde entonces salvo confirmar aquello, y que nada más pasará ni cambiará. La élite que comanda Estados Unidos sigue dogmas ideológicos inmunes a cualquier dato, que podrían sintetizarse en que considera que, dado que la facción anglo-occidental ganó la Guerra Fría, son las empresas anglo-occidentales las que deberían tener el terreno libre para alzarse con todos los recursos del resto, incluidos especialmente los recursos rusos, cosa que ocurrió por cierto entre 1991 y 2000 como mínimo, y después también. 

Las políticas de resistencia a esta idea que fue desplegando Putin, y el éxito que las acompañó desde el punto de vista ruso, alcanzan para explicar la frustración y el encono de esa elite que comanda el bloque anglo-occidental. Y el crecimiento redoblado que Rusia ha conseguido a partir de los errores cometidos por esa elite occidental al usar Ucrania como punta de lanza para debilitar a Rusia y, luego, al intentar avanzar por medio de sanciones, es lo que ha llevado primero a una ceguera ideológica que perjudicó los cálculos estratégicos y tácticos de los dirigentes anglo-occidentales, y ahora a la desesperación de no saber cómo salir del asunto.

Tal propaganda occidental está basada en dos o tres pilares.

El primero es que la Rusia actual es lo mismo que la Unión Soviética de Stalin. En efecto, toda la propaganda ha intentado pintar a Rusia como una sociedad autoritaria, sin democracia efectiva, sin libertad de expresión, gobernada por Putin no debido a que los rusos lo apoyan, sino debido a que tira a sus opositores por las ventanas o los envenena. Esto pese a que en las recientes elecciones rusas fue a votar el 77% de la población. El voto no es obligatorio. En la democracia perfecta, Estados Unidos, nunca se pasó del 66% -número ficto alcanzado en la elección de 2020 y que incluyó un fraude escandaloso, que el propio sistema se encargó de ocultar. 

El segundo pilar de la propaganda es que Rusia es una sociedad no solo autoritaria y cerrada, sino tecnológicamente atrasada y pobre. La máxima expresión de este punto de vista la alcanzó el finado John McCain, que definió a Rusia como “una estación de servicio con ejército”, para hacerse el macho en la prensa, allá por 2012 cuando peleaba electoralmente con Obama. Muchos siguen creyendo eso. 

Parecen creerlo los halcones neocon como Victoria Nuland, recientemente renunciada, quien repartiera galletitas a los manifestantes convencidos de que un títere yanqui es más democrático que el presidente electo Yanukovich cuando estuvo allá organizando el golpe de Estado. Su famosísima conversación con el entonces embajador norteamericano en Kiev, en la cual discutían a quién iban a inventar de presidente electo de los ucranianos a continuación -convenientemente grabada por la KGB y divulgada al mundo entero- exime de mayores comentarios. Se puede argumentar que a los ucranianos les convendría más un régimen títere de Occidente que uno de Moscú, pero no se puede argumentar que el primero es democrático y el segundo no. Especialmente no después de haber derrocado al segundo e imponer el primero.

En todo caso, la noción de que Rusia es hoy una sociedad soviética cerrada y atrasada es una completa estupidez. Pero también es una sociedad donde los fondos de la OSF y similares no han logrado -debido a la oposición del gobierno Putin- imponer por completo el sonsonete de las políticas de Agenda 2030, como si lo lograron en Occidente. Para la izquierda global este es un motivo principal de rechazo de Putin y Rusia -recientemente el filósofo Zizek le ha recordado a sus huestes que deben abominar de Putin por esa causa-. Lo mismo piensa Yuval Harari, el filósofo oficial de Davos. En la convergencia de estos dos “filósofos” masivos de Occidente, queda demostrado que lo que Occidente llama “la izquierda” y “la derecha” piensan exactamente lo mismo sobre los temas importantes. 

Sea como sea, Rusia está lejos de ser una estación de servicio con un ejército -si bien ha demostrado tener ambas cosas en un nivel impensable para los calculistas de la guerra en Occidente. 

Y tampoco su economía se comportó como los calculistas pensaban en 2022. Las sanciones impuestas -sin precedentes- no solo no derrumbaron a Rusia, sino que la fortalecieron y le dieron un espaldarazo a las tendencias soberanistas internas, antes de la guerra mucho menos centrales que hoy. 

“La guerra está estancada”

El tercer pilar de la propaganda anglo-Occidental refiere directamente a lo que pasa en el campo de batalla, y merece un tratamiento aparte. Con el objetivo de representar como victoria lo que es, por el momento, una derrota continuada, la esencia de este esfuerzo propagandístico consiste en interpretar la acción militar rusa según parámetros y objetivos de fantasía, atribuidos por sus enemigos. Su frase de síntesis fundamental, una vez más, sería algo así: “Rusia quiso tomar Kiev y no pudo. Luego, solo ha podido avanzar unos km respecto de un gran frente que, en lo sustancial, se mantiene incambiado desde el comienzo. Esto significa que la guerra está estancada”

Todo en la frase anterior depende de supuestos falsos, y oculta lo relevante. Pretender que “Rusia quiso tomar Kiev y no pudo” se basa en la noción, para la que la audiencia masiva está mediáticamente educada hace años, de que Rusia tenía intenciones de hacer en Kiev lo que Estados Unidos hizo en Bagdad, una operación de “shock and awe” basada en el bombardeo desde el aire de puntos clave de una ciudad de millones de habitantes. Tal es el modelo de “una operación ofensiva de guerra” que tiene, sin saberlo, la teleaudiencia. Toda operación militar que no tenga ese aspecto espectacular, es vendible como un fracaso. Es lo que se ha hecho.

Estados Unidos hizo lo que hizo en Bagdad porque le importan un bledo las vidas de civiles iraquíes -sin voz ni representación en Occidente- y, sobre todo, porque su objetivo es conducir sus acciones militares de modo que sustenten la propaganda. No había ninguna necesidad de bombardear a la población civil o burocrática de Bagdad, pero montar ese espectáculo nocturno y luego divulgarlo en la prensa global convence a la gente del “poderío militar norteamericano”. Luego, establecer un área fortificada en la ciudad y llevar desde allí dentro un gobierno de ocupación con eventuales incursiones sangrientas en el resto del país convence al mundo de que “Estados Unidos controla Irak”.

La verdad es que Estados Unidos nunca controló ni Irak, ni siquiera Afganistán, como lo demuestran los resultados catastróficos de ambas intervenciones para la ‘democracia’ y la vida en ambas naciones -y lo confirma la desprolija y derrotada salida de ambos territorios por parte de los norteamericanos. Pero sí que sirvieron para desestabilizar la región, asegurarse el acceso a algunos recursos, molestar a los rusos via Siria inventando ISIS, y posponer un poco la inevitable caída de la hegemonía americana en el mundo, además de apoyar las políticas de Israel.

A diferencia de la intervención “shock and awe” de Bagdad, Rusia nunca consideró hacer eso con Kiev. Habría significado la pérdida de decenas o centenares de miles de vidas de civiles que para los rusos son históricamente parte de su misma tradición, y no les habría dado control de la capital, que tampoco serían capaces ni de tomar sin un altísimo costo en vidas propias y ajenas, ni de controlar como ocupantes. Tampoco vemos la menor prueba de que los rusos quisieran ‘conquistar toda Ucrania’, sino -según lo declarado desde el principio- garantir la neutralidad de Ucrania, desmilitarizarla y ‘desnazificarla’, palabra rusa algo exagerada e impracticable, que en realidad debe significar algo así como sacar del poder a los rusófobos de Kiev, que son el puente con el poder y la estrategia geopolítica otánica en ese país. 

En fin, la guerra no está ni nunca estuvo estancada: su lógica es la que Rusia le ha impuesto desde el primer minuto. Pero los medios de comunicación occidentales saben que la repetición de un esquema falso convence a muchos de que es una representación de la realidad. O como dice con ironía Aurelien, cuyo ensayo traducimos hoy aquí al lado, “si se echa un vistazo a los medios de comunicación, se ve una cadena interminable de derrotas rusas, que conducen a la situación actual, en la que los rusos están a punto de destruir por completo al ejército ucraniano“.

Pero desde luego la elite occidental a cargo, pese a todos los desastrosos errores de cálculo que pueda haber cometido, no deja de saber lo que está haciendo, ni lo que está pasando.

Un solo ejemplo basta. Vea el lector lo que acaba de declarar la editora de The Economist, la señora Zanny Minton Beddoes, hablando a un periodista americano. Transcribo el fragmento: “Seamos claros: ayudar a Ucrania -darle dinero a Ucrania- es el modo más barato posible para que los Estados Unidos mejoren su propia seguridad. Es simple… es… Los que pelean son los ucranianos. Ellos son los que mueren. Los Estados Unidos y Europa aportan las armas, y al hacerlo, estamos resistiéndonos a Putin“.

Objetivos mutuamente coincidentes

Las guerras a veces se producen en función del acuerdo implícito de los beligerantes: ambos ganan cosas. Este parece ser el doloroso caso.

Según la versión oficial occidental, los objetivos de esta guerra son “defender la democracia en Occidente, y frenar el intento de Putin de conquistar Europa”. Según la versión oficial rusa, la guerra es para proteger a la población rusa en Ucrania y para impedir que la OTAN instale su poder misilístico a minutos de Moscú. 

Sin embargo, los objetivos de Washington y Londres al provocar durante 10 o más años a Rusia para que finalmente entrase en guerra abierta parecen ser otros. Y otros, también, los objetivos de Rusia al invadir Ucrania, aprovechando tales provocaciones. En varios puntos, ambos objetivos -para desgracia de los ucranianos- convergen.

Para Estados Unidos, ante el trasfondo de una pérdida de poder y control sobre zonas de la tierra que antes controlaba -sobre todo en Asia, África, y ahora también Medio Oriente, debido al avance de China y Rusia, al que ahora se suman nuevos realineamientos en el mundo musulmán -árabes, iraníes, y norte de África, sobre todo-, se trata de una maniobra cuyo objetivo fundamental es “salvar lo salvable”, apretar el yugo sobre los aliados, y entrar a un inevitable mundo multipolar con el control de todo lo que sea capaz de conservar. Especialmente, su control sobre Europa.

Es a esto a lo que responde, primero y sobre todo, la construcción propagandística de Rusia como “enemigo de Europa” -pese a que pocas veces haya tenido Rusia un líder tan proeuropeo y moderado como lo fue Putin hasta hace pocos años-. Como parte de esa estrategia de “salvar lo salvable” tenemos el aumento de la dureza americana sobre sus socios de OTAN, incluyendo la exigencia de que ingresen a la OTAN países hasta ahora felizmente neutrales, y que no se conoce prueba de que tengan el menor riesgo de invasión de Rusia, como Suecia o Finlandia por ejemplo. Asimismo se aumenta la presión sobre los disidentes dentro del ámbito europeo -como Hungría- y se intenta controlar a los poderosos incontrolables por tener agenda nacional propia, como Turquía. 

La estrategia geopolítica sobre Europa tiene como componente económico un dogma fundamental: aislar a Rusia de Alemania. Este intento ha sido permanente, política de estado norteamericano con independencia de los mandatarios, y tanto Bush como Obama como Trump la han mantenido. Las acciones brutales tomadas a partir de la oportunidad de Ucrania son solo su confirmación más espectacular. En un mundo multipolar, Estados Unidos juzgó que no podía arriesgarse a un crecimiento sostenido de la colaboración de Alemania y Europa con Rusia y Oriente. A la estrategia china de comercio en paz con Europa -“la ruta de la seda” revivida- se contrapone la voladura del Nordstream, y la imposición a prepo a los europeos del gas líquido norteamericano a precio de ópera y la energía no rusa, más cara, menos abundante, y totalmente dependiente de la sumisión al poder anglo -negocio intermediado por ingleses y holandeses-. Obviamente, los anglo pintan el gasoducto con Rusia como “una amenaza de que Rusia controle políticamente a Europa”, pese a que aun durante la guerra Rusia siguió honrando sus contratos de largo plazo de gas con Alemania y Europa. El Nordstream no era solo un mal ejemplo, sino también una abierta psoibilidad de que Alemania revirtiese su rumbo geopolítico. Volarlo fue la garantía -aunque sea a mediano plazo, pues se puede reparar- de que esa reversión se demore.

En materia de geopolítica mayor, todo lo que estamos viendo parecía orientado a frenar el crecimiento de Rusia, China y demás. Se suponía que India iba a jugar un rol decisivo como contrapeso a China. Pero si bien India es un jugador importante y no está alineado con China aunque esté dentro del BRICS, también es cierto que la parte propositiva de la estrategia anglo -impulsar alianzas en el mundo asiático que aislasen a China- ha arrojado muy pobres resultados, y parece ir a peor. El progresivo alejamiento de Arabia Saudita, y su consiguiente acercamiento a Irán -auspiciado por China y Rusia y cumplido vertiginosa e inesperadamente durante pocos meses de 2023- son un punto geoestratégico clave, y todo lo que está ocurriendo en Israel debe ser analizado también teniendo en cuenta este factor. La integración a los BRICS de varios países importantes, ocurrida el último 1 de enero (Egipto, Etiopía, Irán, y los Emiratos), más el acercamiento de otros incluido Marruecos, Indonesia y Arabia, no pueden ser leídos sino como una durísima señal para las pretensiones hegemónicas globales del poder anglo tradicional. Con un dolar amenazado por los rebotes en confianza global que causaron sus propias sanciones, por el ascenso incipiente de mecanismos comerciales y financieros controlados por China y Rusia, ajenos al orden anterior y al sistema Swift, y por el alejamiento de la garantía saudí del petrodólar, ese mundo anglo, la otrora “comunidad internacional” hoy habitada solo por menos de una sexta parte de la población mundial, cada día tiene menos margen para seguir haciéndole creer al resto que sus ideas y motivaciones son obligatorias. 

Sectores favorecidos por la guerra

Además de todo lo anterior, sectores fundamentales de la economía norteamericana se han visto favorecidos por la guerra. La industria de armamentos ha recibido transferencias increíblemente grandes de dineros públicos, votados en el Congreso con el pretexto de ayudar militarmente “a la democracia, en juego en la guerra de Ucrania”. Con ese sonsonete de la defensa de la libertad mandando a la muerte a los ucranianos, bien explicado, con cinismo y exacta síntesis por la señora Minton, los senadores y representantes americanos han transferido decenas de miles de millones de dólares del sector público al privado, a la industria de armamentos, sin control ninguno. Nadie sabe exactamente a donde va ese dinero, y a nadie parece convenirle exigir contabilidades precisas, pues todo queda bajo el manto del patriotismo y el estado de excepción. El sistema norteamericano -igual que cuando Covid- no funciona más en el caso de los controles al uso de los dineros públicos: otro síntoma claro de decadencia. La política sobre Ucrania ha incluido, además, la exigencia de que los aliados otánicos entreguen a Ucrania material militar. Como consecuencia, esas naciones europeas ahora se verán obligadas a renovar su material militar, el cual -por supuesto- compran exclusivamente a esa misma industria de armamentos yanqui, doblemente favorecida pues. Cada tanque o cacharro europeo que los rusos hacen volar en Ucrania -y los hacen volar cada hora de cada día con sus drones y su artillería- es dinero futuro que entra en las arcas del complejo militar-industrial.

En cuanto a otros sectores importantes, el de la energía está de fiesta, pues ha logrado reemplazar a prepo la energía rusa con energía más cara y más escasa de origen norteamericano, o intermediada por el poder anglo y holandés en Europa -aun el petróleo ruso que sigue llegando igual, tercerizado.

Los beneficios para Rusia

Para Rusia, mientras tanto, el lanzamiento de la que llaman “Operación Militar Especial” significó una gran ocasión para combatir la oposición interna pro-Occidente -abundantemente representada en el sistema político e institucional de ese país desde los años 90, pese a los intentos propagandísticos de pintar al sistema político ruso como una dictadura. En Rusia hasta la directora del Banco Central Elvira Nabiúllina es una figura considerada seguidora ortodoxa de las doctrinas económicas del capitalismo occidental más rancio, y esta nota de BBC reconoce que “durante sus años al mando del Banco Central, Nabiullina logró el reconocimiento a su gestión por parte de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), empresarios, inversores de Wall Street, banqueros y estrategas gubernamentales que vieron en ella a una profesional que demostró en la cancha cómo jugar a la pelota.Por ejemplo, se ganó elogios cuando, entre 2013 y 2017, retiró más de 300 licencias bancarias de entidades consideradas crónicamente débiles o dirigidas sin escrúpulos, que representaban un tercio de las instituciones crediticias de Rusia“. Nabiúllina, acaso la mujer política más importante de Rusia, y una de las más pro Occidentales, no fue removida por Putin de su cargo, sino ratificada hasta 2027. En cualquier caso, el poder de esa zona estratégicamente más pro-Occidente de Rusia se debilitó ante la situación de emergencia que las guerras siempre propician, fortaleciendo el poder de los nacionalistas más duros, que ganaron favor y se ven representados en miradas radicales que destacan la necesidad de que Rusia recupere y potencia sus propias raíces civilizatorias distintas de Occidente, como las del filósofo Alexander Dugin. 

Los famosos oligarcas rusos cuyos capitales habían salido hacia Europa y el extranjero, se han visto ahora en la situación de pensar bien donde van a invertir sus capitales, sujetos a confiscación sin previo aviso en Occidente. Por tanto, el retorno a Rusia de parte de esos capitales es un hecho ya acontecido, que se suma a la nueva estrategia rusa de apertura a Asia, que va a toda máquina. 

Además de ello, la zona oriental de Ucrania es la más rica e industrializada del país, y está pasando de nuevo a Rusia.

De modo que, para Rusia, el conflicto ha sido un éxito tanto militar como estratégico. En suma, ambos contendientes principales -Estados Unidos y Rusia- se fortalecen y quedan relativamente mejor parados hacia el futuro, mientras que Ucrania y toda Europa son los grandes perdedores, actuales y futuros. Habrá que ver qué hace el pueblo europeo con los líderes que los condujeron a esta situación.

La decadencia de Occidente explica los detalles

Todo esto sobre Ucrania fue expuesto y explicado en esta revista desde hace dos años -enfrentando los insultos de los repetidores vocacionales de la propaganda tradicional, así como de los muchos sinceros creyentes en que la tradición occidental es aun lo que siempre fue para ellos-, lo mismo que desde antes –desde el número 1– fueron expuestas y denunciadas las causas por las cuales Occidente ha entrado en una fase de decadencia en la cual la censura abierta, la cultura de cancelación y la ignorancia propia de una neo-oralidad oscurantista predominan, sobre todo en la prensa, la política y la educación. 

Que Estados Unidos haya tenido que resucitar su ideología de la guerra fría y pretender que la Rusia de 2024 es la URSS, y Putin es Stalin, es otro testimonio de la decadencia mental de Occidente y del descenso significativo en la capacidad general de su público para leer e interpretar el mundo. Solo una propaganda repetida hasta el cansancio pudo convencer a alguien en Occidente que en Ucrania se jugaba “la democracia”, siendo hoy “democracia” el sistema por el cual el poder hegemónico busca justificar crecientes niveles de robo de dineros públicos y censura e intervención en las decisiones otrora libres -desde qué comer a qué hacer en la cama o con la propia identidad-. Esta “democracia” es -para volver al comienzo- otro término que ya no significa nada -lo mismo que no significan nada “izquierda”, “derecha”, “soberanía nacional”, o “Estado” como algo distinto a “empresa privada”- entre muchos otros términos tan retorcidos en su aplicación que ya caducaron para cualquier referencialidad práctica. 

Ahora falta ver cómo termina de terminar una guerra ya ganada por Rusia. Como se adelantaba hace mucho, Rusia ya ha conseguido con creces sus objetivos,y para Rusia casi cualquier salida negociada va a ser buena. Para el poder anglo -que también ha conseguido los suyos, si bien son objetivos de robo para la elite, y de que su pérdida de hegemonía, aunque no pueda ser evitada, al menos se lleve consigo unas cuantas víctimas entre los enemigos cercanos-, el balde lo pasaron a los líderes europeos, que en estos días andan haciendo el ridículo pretendiendo que van a ir a la guerra con Rusia y ganarla. 

Cualquier salida negociada -lo que cualquier ser humano racional habría impulsado desde el primer día- que se obtenga, será la que Rusia determine, pues el ganador de la guerra es Rusia, y ella dictará los términos de la rendición ucraniana y de la OTAN como le plazca. 

Luego, cualquier acuerdo de paz alcanzado será explicado en la prensa anglo-occidental, prensa automática del poder decadente, como si fuera una debilidad rusa.

Todas estas maniobras de maquillaje de la derrota, aun por venir, se harán para estirar algunos meses o años más la vigencia de las universales mentiras de la propaganda Occidental, de hecho ya agotadas -como queda demostrado al ver el sinsentido en que han caído los términos y categorías fundamentales de la ideología con la que controló el mundo del pasado.