PENINSULAe / 01

Por Carlos Suárez

El misterio que nos rodea en confluencia con el espíritu creador engendra metáforas de lo posible, cosmovisiones estéticas que hacen progresar a nuestra especie y renuevan nuestra forma de participar en el mundo.  Esas metáforas nacidas de la creación humana son capaces de transformar la realidad, producen mutaciones en lo que somos, enriquecen nuestro pensamiento y nos hacen evolucionar. 

En las certezas objetivas no hay misterio, no hay movimiento. Las certezas son dogmas, convicciones estáticas, ideas fosilizadas incapaces de llevar a la imaginación más allá de lo ordinario. La certeza dogmática es una especie de oposición al acto creador, el cual, por su propia naturaleza, solo puede enrumbarse en dirección a lo desconocido, a lo incierto. El artista sospecha lo que desea expresar, pero no sabe exactamente lo que va a surgir ni sabe de forma inequívoca qué metodología le permitirá materializarlo. Se intenta fijar unos contenidos, pero la composición misma siempre mostrará detalles inesperados que dan pie al inicio de otra composición, y así se avanza en el campo estético.  La tradición no es más que un punto de partida, reconocible, que debe buscar lo inefable, lo oculto, de tal manera que uno afronta el trabajo con incertidumbre, con dudas sobre si finalmente la revelación se producirá. 

Trayendo al terreno del arte el concepto de fe que planteaba Kierkegaard, la creación es algo que se asume como un salto de fe al vacío, a lo desconocido. Todo parece indicar que solo al atravesar un riesgo extremo, se producen las alteraciones fructíferas que el espíritu precisa para evolucionar, y es partiendo de la incertidumbre que la conciencia puede evolucionar a través de la experiencia estética. La creación, a fin de cuentas, es un encuentro con lo inaudito, un rehusarse a repetir lo que ya existe.  Así que, aunque la conciencia creadora parte de cierta nostalgia, una admiración intensa por lo ancestral subyacente; es al dar un paso al interior del propio misterio cuando podemos aportar algo distinto al orden simbólico.  Ese inconformismo es el requisito para avanzar.

Pese a las malinterpretaciones materialistas, la experiencia religiosa verdadera es antidogmática, esa es su propensión fundamental. Lo otro es la institucionalización de lo religioso que usa la obra y la experiencia de los místicos como elementos de poder para su propio beneficio, transformándolo en formas dogmáticas de dominio. Es verdad que algunos aplican correctamente las metáforas de la tradición para el bien de la sociedad, pero la mística creadora va por otro camino, vira hacia lo desconocido, y así se conecta con la verdadera experiencia creadora, que es religiosa.  Sin ese componente místico relacionado con una vida extática, es fácil caer en un arte muerto que es una caricatura de la tradición.   

Interpretar la religión solo como una fuerza retrograda que nos arrastra al pasado es no entender el sentido de su fuerza. La religión, tal como la entienden los creadores místicos, es un despertar permanente de la conciencia a lo inexplicable, que no por eso es irreal. Podemos entender la creación artística, la experiencia estética de creación, como una analogía del proceso creador del cosmos, una resonancia expansiva de significados que se van haciendo complejos en una espiral ascendente, que va en procura de lo sublime.  La religión creadora es una especial forma de inteligencia, capaz de sacarnos de lo ordinario, del conformismo perceptivo y de los apegos materiales de un sistema acomodado y aburguesado.  El artista místico se aparta de las dinámicas del consumo y no le interesa acercarse a las instituciones ni al poder.  Este tipo de creador involucrado en las altas exigencias del espíritu puede atravesar la tradición, traspasar al otro lado de lo ordinario y habitar la morada de las revelaciones.

En relación a la obra acabada: ¿es posible decir que no es imagen y semejanza del artista, tal como el artista es imagen y semejanza de su creador? La obra de un estafador será una estafa, aunque durante un tiempo engañe a los ignorantes. Sin embargo, una obra profunda tarde o temprano pasará a ser parte de la cosmovisión de la sociedad, aunque la humanidad tarde años en descifrar sus significados.
 
Muchas obras de arte de carácter sagrado reflejan la belleza de la creación, un enfoque analizado durante siglos por la filosofía. Quien esto intenta expresar, se entrega a la inagotable belleza del mundo, del cosmos, como inagotable es toda esa perfección del autor supremo.

Los rigores existenciales del creador religioso lo sitúan en una situación tangencial, oblicua, que no parece ubicable en el tiempo presente. Desde ese no-lugar desarrolla metáforas que rompen el orden simbólico dominante, más allá de lo reglamentario y reconocible.  Los argumentos de la obra transcienden lo corriente, refutan lo reglamentario, y se fundamentan en las altas alusiones de lo necesario.   Pocos asumen el tránsito a lo inaudito, la mayoría se conforma con una arquitectura formal, esquivando los desgarramientos necesarios que alcanzan una estética profunda, extática. Estos formalistas, no son conscientes de que componer, es afrontar un cierto rigor existencial, es introducirse en el panóptico de diálogos que caracterizan al misterio, y digo panóptico, porque no existe un solo misterio, sino la multiplicidad infinita de sus aspectos: el misterio de la vida, el misterio de la muerte, el misterio creador, etc. 

La metáfora que nace de la experiencia creadora mística parte de su deseo de encender la conciencia con una resonancia original. El sonido inesperado de un trueno nos recuerda que un más allá es posible. El que anhela ese tipo de experiencias sonoras no se conformará con un dogma, por sublime que a veces parezca.  Con eso, intenta probar que un más allá es posible. Esta, es la chispa que durante siglos ha impulsado a nuestra especie a progresar.  

La ignición del acto creador es similar al verde intenso que se enciende en las hojas atravesadas por el sol, esa fluorescencia vital que se amplifica desde lo minúsculo. En lo infinitesimal se expresan mecanismos inimaginables que emergen como eso que llamamos vida pero que aún estamos muy lejos de entender. El creador humano, al sentirse parte de ese misterio incandescente se considera por analogía poseedor de esas fuerzas, y en su religiosidad extática, se siente tocado por el poder de una inteligencia inconmensurable capaz de diseñar la química de la vida o actuar en las profundidades de lo cuántico. Es el espíritu que emerge desde lo infinitesimal para resolver los procesos que una simple estructura no puede facilitar en las macroscópicas estructuras moleculares de las células. Ese misterio que da forma al cosmos produce el milagro de la vida y no puede ser definido, solo intuido.  Algunos tratamos de escuchar atentamente los sonidos de los animales o de la naturaleza en un intento por acercarnos a sus exacerbadas metáforas. Es como leer los textos sagrados que contiene la gigantesca biblioteca de la biosfera, o asistir al concierto de una descomunal orquesta. Y la ciencia, no hace más que acrecentar este misterio, una arquitectura monumental que refleja la extrema complejidad de los procesos evolutivos, cuyos misterios se extravían en los remotos confines de lo inimaginable.

El neopositivismo nos sermonea con su prepotente conformismo de verdades indubitables, pero ¿es en realidad tan sólida e incuestionable esa forma de pensar?, es decir, ¿qué sentido tiene para un compositor o un poeta imponerse esos límites, situarse en el axioma o en las convicciones indubitables del orden?, ¿debemos callar sobre lo metafísico porque no se pueda definir científicamente, o en cambio es nuestra responsabilidad como pensadores y creadores intentar encontrar formas de revelar lo inefable como estética?

Analizando la historia de la cultura humana, parece claro que el testimonio de los creadores que han transitado el camino del espíritu, revela aspectos fundamentales de lo humano; y aunque estas conclusiones no sean tan claras como una ecuación, son manifestación de los logros más elevados de nuestra especie. Los artistas con sus estéticas, prueban que se puede mitigar el poder de la muerte, pues sus obras, permanecen resonando, resistiendo el paso de los siglos, la fría inmensidad del tiempo.   
La verdad no solo se asienta en la materia medible, también se manifiesta en lo ético, en lo contemplativo, en lo estético, en lo extático, en lo trascendental. Lo metafísico contribuye decisivamente al conocimiento de la verdad, tanto como la ciencia.  ¿Cómo ciertas obras tan aparentemente subjetivas pueden ser tan universales?, ¿cómo explicar esa permanencia, esa trascendencia espiritual, frente a la muerte y el olvido?, ¿cómo negar que el arte es uno de los más altos logros de nuestra especie?, ¿qué define más a una civilización, su economía o sus manifestaciones estéticas?, ¿qué es más representativo del barroco veneciano, su economía o los conciertos de Vivaldi que están presentes hoy en miles de anuncios, memes, reels, videos, etc, etc? La importancia del estudio científico es dar respuestas a propiedades, razones, causas de la vida, pero esto no significa que una propuesta estética inexplicable o metafísica sea menos importante, pueda o no ser verificada en el plano objetivo. Al relacionarnos por primera vez con el misterio nos desconciertan sus enigmas, pero también nos percatamos de su potencialidad como generador de principios estéticos. Afirmar que el arte ha muerto no es afinado, en todo caso se podría hablar del agotamiento de ciertas culturas, pero sentenciar la muerte universal del arte es una estupidez etnocentrista. 

Algo interesante en muchas creaciones artísticas es el hecho aparentemente paradójico de que alcanzan lo universal revelando una estética que emerge de lo subjetivo, ¿cómo ocurre esta transustanciación alquímica de lo profundamente local a lo universal? En algunos casos, el artista se nutre de una cultura local distintiva, extraña, que posee unos códigos propios e inconfundibles, y en ese contexto nace su obra. La obra de arte universal, a pesar de la especificidad de su origen geográfico y cultural, posee en sí misma una misteriosa capacidad de dialogar con ciertas características esenciales de la naturaleza humana, y por esta razón, pueden llegar a ser comprendidas y apreciadas por culturas muy diferentes a la cultura que la originó. Esta especulación de todos modos no responde a la cuestión de como ocurre ese proceso, pues que exista una estructura biológica común a todos los humanos, no explica como las obras universales pueden ser entendidas en el contexto del orden simbólico diferente del que las originó, ¿Cómo pasa a ser universal un tango de Piazzola o una suite de Bach para que un cellista japonés pueda entenderlos a la profundidad que exige su interpretación? Pero, sobre todo, ¿Cómo lo puede entender su público en una remota aldea del Japón?

Otra característica misteriosa de la música es que se torna atemporal en su devenir histórico y es capaz de dialogar con cada época de la humanidad. La música puede aportar un sentido para cada tiempo, es decir, mostrar su veracidad a cada civilización, revelando elementos que pueden ser germen para la continuidad evolutiva de la humanidad. ¿Cómo es posible esto, tendrá algo que ver la cercana conexión con lo sagrado que practicaron muchos de estos creadores? Otro asunto fascinante, es el hecho de que en las manifestaciones estéticas históricas, se puede percibir la época en la que fueron creadas, sin que por ello pierdan vigencia. Evidentemente, el carácter subversivo que se manifestó como inconformidad frente al orden simbólico en su tiempo, ya no está presente, pero sí el testimonio de un proceder ético a través del cual esos creadores superaron los límites de lo formal para aportar una nueva interpretación del mundo. Las expresiones estéticas, pueden en parte ser descifradas, analizadas, pero al mismo tiempo, siempre queda en ella algo por interpretar, semejan ser inagotables, y quizás es esto lo que mantiene nuestra atención, lo que nos sigue sorprendiendo a pesar de los siglos que han transitado.  Los creadores superan los límites de lo vigente para aportar una nueva interpretación del mundo, inconformes frente al orden simbólico inmóvil de su tiempo. Las expresiones estéticas, aunque en parte puedan ser descifradas, contienen misterios o complejidades cuya existencia quedan por interpretar. Quizás es esto lo que mantiene nuestra atención, lo que nos sorprende a pesar del paso de los siglos.

Evidentemente, tiene sentido pensar, escribir, sobre lo que no puede ser verificado en un plano objetivo, es absurdo detenernos ante lo inefable, argumentando sus dificultades, lo ontológico, lo estético, lo irracional, lo metafísico; esto es tan importante como lo comprobable, lo inequívoco, la ecuación, una cosa no anula a la otra.  En el arte, por ejemplo, una obra plástica, nace creada en parte por un proceso bioquímico medible, científico, pero su verdadera conformación surge del misterio. La música es materia resonante y espíritu que se expresa, es intemporal, puede ser analizada, explicada, pero lo esencial de ella queda incógnito, no puede ser explicado bajo una forma absoluta y definitiva, pero tampoco se puede negar que está ahí, pues su estética permanece resonando a través del tiempo.

El arte es atemporalidad trascendente, pero, paradójicamente, expone y controla la realidad del tiempo en el que transcurre. La música parece alimentarse de un principio sagrado que está más allá de lo material, se hace profunda en ese devenir espiritual, y a esto, se le suman las técnicas del oficio y las herramientas tecnológicas que le dan forma a la conciencia del oído. La música es materia resonante, espíritu y atemporalidad, así pues, la obra puede en parte ser descifrada; pero otra parte de ella, persistirá como un misterio inagotable que no puede ser precisado.