POLÍTICA

Para nosotros este es un episodio más de la pelea, que por la libertad se pelea siempre porque nunca está definitivamente conquistada. Para nosotros la lucha comienza todos los días y, por lo tanto, comienza hoy.”
Wilson Ferreira Aldunate; explanada municipal de Montevideo, 30/XI/1984

Por Ramón Paravís

I.

El diputado Mario Colman -no me doy cuenta a quién quiere parecerse ahora- ha propuesto una modificación del art. 224 del código penal, que convierte un delito de daño en uno de peligro, y recorta las libertades y las garantías del ciudadano de manera tal que a cualquier wilsonista, por descafeinado que fuera, le va a costar digerir. Mario Colman dice que quiso desde niño parecerse a Ferreira Aldunate y hasta se dibujó en una tribuna, hablando, con la banda presidencial cruzándole el pecho. Jugaba de chico a ser eso. 

Fácil imaginar al hijo de la partera y del capataz rural ensayando discursos emocionados, con subidas y bajadas en el tono, y las pausas, tan necesarias, para que la gente aplauda y aplauda hasta que él hace el gesto de que ya es suficiente, y continúa, con la mirada mirando más allá del horizonte. Tiene que haber pronunciado muchísimas veces la palabra libertad; tiene que haberla gritado con furia, con pasión, con alegría, con gratitud, porque era esa una de las palabras que más se repetía en las alocuciones de Ferreira Aldunate y una de esas que, para un hombre como el caudillo blanco, pronunciada de más no estaba nunca. Colman o Colmán (de los Colmanes de Conchillas, así se los conoce: Mario nació en Carmelo, pero creció en Conchillas) no había nacido cuando los wilsonistas salieron de aquél acto por el NO en el cine Cordón, en el 80, afónicos de gritar libertad, libertad y abajo la dictadura y sin Wilson nada, y los esperaba, en la puerta, la caballería, sonriendo. (Algún sablazo fue, para más de un joven, bautismo de pertenencia). No había hecho sus primeros garabatos en la escuela 104 de Conchillas Mario, cuando unos cuantos miles fueron a recibir a Ferreira al puerto, pese a la prohibición expresa y las amenazas de la dictadura, esquivando caballos, sables y tanques de guerra, ganándole a cada paso un paso al miedo. (Caigo en la cuenta de lo difícil de entender que debe ser esto tan evidente que escribo aquí para un wilsonista que tenía siete años, como Colman por ejemplo, cuando Wilson murió. Aunque, bueno, están los libros, los videos, las actas, la memoria oral).

Siete años, efectivamente, tenía Mario Colman cuando sintió que chocaba de frente con la emoción política. Fue el 15 de marzo de 1988. Luego de dos presidencias consecutivas de la junta departamental coloniense, contó: “Uno cuando chico ve a sus padres como todopoderosos y la primera vez que tuve contacto con la política fue cuando vi llorar a mis padres y no entendía qué pasaba. Fue el día que murió Wilson Ferreira Aldunate. En mi inocencia quise ser como esa persona que mis padres querían tanto y sufrían por esa situación. Yo de niño me dibujaba en un atril haciendo política. La psicóloga (Cristina) Lamela recuerda esos dibujos que yo hacía. Siempre dije que quería ser abogado para ser político”.

Ya no precisa dibujarse en una tribuna (olvidemos lo de la banda cruzándole el pecho, por ahora), es diputado. Dejando de lado judiquerías que marean más que lo que explican, el señor diputado ha propuesto, y logró la sanción de su cámara, que se castigue a todo aquel que adoptare algún comportamiento que pudiera considerarse capaz de poner en peligro la salud humana o animal. (Jorge Díaz, el fiscal de corte, lo pedía a gritos y con finalidad distinta, como explican médicos por la verdad Uruguay en este video, y se lo aplaude). 

Nótese que a la figura penal creada por Colman no le importa que mi comportamiento haya ocasionado o no algún daño a la salud  humana o animal (no precisa el daño, basta la mera posibilidad, el peligro de su verificación, no su verificación misma); tampoco indica cuáles serían aquellas de mis conductas de las que debo abstenerme para evitar ese peligro, ni establece qué debo entender y qué debe entender usted por peligro a la salud humana o animal. Por muy buenas que sean las intenciones del legislador, el tema se resuelve en la pena, en el castigo efectivo al infractor. La sanción de este delito de peligro, que se verifica sin que ningún daño se produzca a la vida humana ni animal, es de tres a veinticuatro meses de prisión. Allá por mayo, cuando se pensaba que los votos ya se habían obtenido, el propio Colman adelantó a la televisión que esperaba en minutos a una delegación del Instituto de Derecho Penal de la Facultad de Derecho, y que le constaba la opinión absolutamente contraria de las cátedras. Los investigadores y docentes saben de la extrema delicadeza de ciertas innovaciones en la disciplina que estudian, de sus riesgos superlativos, del manejo político inevitable de tales normas; no hay banda presidencial, ni dibujada, entre sus consistentes motivos para desalentar esta clase de experimentos.

La nueva redacción que propugna el diputado de Colonia -y Jorge Díaz le festeja y le festeja, le sigue festejando- permite, en buen romance, casi que encarcelar a cualquiera y por cualquier cosa, bastando alegar peligro para la pública salud humana o animal; nada menos que eso. Es algo así como abrirle una gran puerta de arbitrariedad a las fuerzas represivas del estado y cerrarle a la ciudadanía todas las válvulas que oxigenan sus garantías , derechos y libertades individuales.

Estas formulaciones penales son contrarias a toda concepción liberal del derecho penal, por muy conservadora que esta sea.

II.

El Mario adolescente cursó el liceo rural en la misma localidad, hasta tercero, y luego marchó a Carmelo para terminar secundaria y empezar el fútbol, que también lo acercó a la militancia. A los 14, relató, se fue a jugar al fútbol a esa ciudad y ahí conoció a Guillermo Rodríguez, quien lo invitó a meterse en la política, allá por la primer postulación de Carlos Moreira a la intendencia de Colonia. A los 15, ya tenía su primer comité político en Conchillas. 

Lo esperaba la capital con su facultad de derecho (allí aprendió a distinguir los delitos de daño de los de peligro y el peligro de estos últimos y del “cheque en blanco”), la militancia en la corriente gremial universitaria, algún debate que devino trifulca, la obtención del título, un tiempo de acercamiento a las cátedras de derecho financiero y administrativo, la obtención de una beca para estudiar en Europa, su pasaje por la universidad complutense de Madrid, sus cursos de administración y políticas públicas en Bruselas, según dijo. Dos períodos presidiendo la junta departamental de Colonia y ahora la diputación. El niño que se dibujaba en una tribuna y jugaba a ser político, legislador electo por la 904, integra dos comisiones: la de constitución, códigos, legislación general y administración, por un lado, y, por otro, la de tenencia responsable y bienestar animal. Y, antes de cruzarse banda alguna en el pecho, puso su nombre en la lista de los que no aprecian la libertad por sobre todas las cosas.

Justo es decirlo: no es este el caso de un diputado novato al que se le ocurre una idea desafortunada y la propone como ley.  Colman (sustituible por el que se sienta más allá, del otro lado) forma parte de un movimiento más complejo y más grande: ni cuenta Colman como tal, pudo haber sido cualquiera. Baste pensar que este proyecto de ley cobró importancia cuando la presión de los médicos por pasar ellos a controlar directamente el gobierno y administración de la lucha contra la pandemia era muy fuerte. Era cuando Lula y Alberto, separados y juntos, más paternales que nunca, trataban de convencernos de las bondades del estado omnipresente y de la orfandad absoluta ante su ausencia; Tabaré Vazquez sonreía y pedía cuarenta obligatoria. El resultado es conocido: primó en el presidente Lacalle su aprecio por la libertad como valor superior.

¿Qué es esto entonces? ¿Qué mutación es esta? Es un grano de arrebato autoritario. Totalitarismo es, con poco maquillaje.  

Es un grano local del acné global que pretende centralizar las grandes decisiones, y las limitaciones a los sujetos en su autonomía, en aras de una supuesta salud o lo que sea que protegen. Acá ni siquiera la vergüenza intelectual es creación vernácula. No tenemos soberanía ni para nuestros propios disparates; carecemos de originalidad hasta en el error. Aquí copiamos, tarde y mal lo que ya está impuesto en el mundo para diseñar nuevos borradores de individuos y sociedades. Colman simplemente se suma, con intenciones que no tengo por qué presumir innobles, con su modesto y triste aporte, a la gran cruzada global liberticida. Igualmente, en nuestros calcos habituales, al momento de hacer los deberes, lo sustancial no falla; tenemos una cierta experticia acumulada en ello. Véase si no: el delito castigará actos que pudieren poner en peligro la salud humana o animal -aunque no provoquen daño ninguno a ninguna de las dos-, actos que no sabemos cuáles son, peligro que desconocemos en qué consiste. A los gobiernos totalitarios les fascinan esta clase de mecanismos vacíos -estos “cheques en blanco” a que refiere la doctrina penalista- ya que permiten al poder llenarlos con el contenido que quiera, cuando quiera, contra quien quiera y como mejor le convenga.

Colman tiene una sólida formación jurídica y no desconoce el peligro que aparejan los delitos de peligro para las sociedades democráticas y republicanas; no le es ajeno que esa clase de técnica penal es propia de los regímenes en los cuales nada vale la libertad individual, ni las garantías, ni los derechos de los ciudadanos. Fruto de la sumisión acrítica a las corporaciones médicas internacionales y nacionales es esta propuesta (pudo haber sido otra, mañana, en igual sentido); hija y madre del miedo, para aumentar el miedo y multiplicarlo por sí mismo, para manipular más y mejor. 

Si este malhadado proyecto prosperase -lo que hablaría muy mal del parlamento- tiene, por fortuna, el presidente la última palabra. Y un hombre que en circunstancias límites, contra todo lo que le aconsejaron, no vaciló en ponerse del lado de la libertad, seguramente no dudará en ejercer el derecho de veto que la constitución le otorga y evitar, así, por la salud cívica de la república, el contagio entre nosotros de tanta vocación liberticida.

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