PORTADA

NUESTRO CUESTIONARIO:

Hay quienes piensan que en el mundo, desde hace un tiempo se está viendo un avance -en los países occidentales especialmente- de las restricciones y ataques a la libertad de expresión.

Algunos ejemplos de esto han ocurrido en el mundo académico (movimiento “No platform” Inglaterra, la práctica de no dejar hablar en los campus norteamericanos a quienes tengan opiniones críticas sobre la llamada “corrección política”, etc. Últimamente algo similar se ha denunciado en el mundo digital (la censura en YoutTube, Twitter etc.), en la calle (intolerancia general, estatuas tiradas abajo sin debate alguno, etc.)

En Uruguay aún no han ocurrido cosas de ese calibre, pero si hay episodios que pueden ir en ese sentido (lo del cuadro de Mujica y Lucía, la polémica sobre el humor respecto de La Mesa de los Galanes, etc.).

Ante esta situación, nos gustaría conocer su opinión:

1.¿Qué importancia le asigna a la libertad de expresión?
2.¿Tiene límites la libertad de expresión? ¿Cómo los definiría?
3.¿Piensa que corre algún riesgo en el mundo?
4.¿Piensa que corre algún riesgo en Uruguay?
5.Por favor, desarrolle su pensamiento sobre el tema libremente si así lo desea.


ENRIQUE AGUERRE. Director del Museo Nacional de Artes Visuales

1. Máxima importancia, es un derecho humano fundamental.

2. La libertad de expresión no debe tener límites, equivale a limitar la libertad de cada individuo. Sí implica responsabilidad al ejercerla, eso es claro.

3.  La libertad de expresión está muy vinculada a la democracia liberal o republicanismo por lo que suele estar en peligro en regímenes totalitarios. En el mundo actual conviven sociedades donde los derechos humanos están garantizados, en otras están en peligro o directamente no existen. La tensión entre el respeto a los derechos humanos y su avasallamiento es permanente.

4.  No creo que esté en riesgo en nuestro país, pero como todo derecho no basta con que exista, hay que asegurarse de pueda ejercerse y defenderlo cuando se lo ataca o pone en duda. Habitualmente se cuestionan sus límites cuando se entiende que entra en conflicto con otros derechos humanos.

En los dos casos que citás más arriba, tienen que ver con la esencia cuestionadora del arte plástico y la creación de un personaje de ficción de perfil desagradable, en el primer caso no buscaba provocar ya que era una suerte de homenaje, en el segundo caso sí buscaba provocar lográndolo con éxito y generando malestar en parte de la ciudadanía. En ambos casos no se justifica la censura.

5.   Para no atentar con la brevedad de la propuesta creo que las cuatro respuestas   anteriores definen de buena manera lo que pienso sobre la libertad de expresión.

MARTÍN AGUIRRE. Director de «El País«, abogado.

1. La máxima importancia. Sin libertad de expresión, no hay posibilidad de intercambios abiertos de ideas, se corta el flujo del debate y por lo tanto del avance social.2.Todos los derechos tienen límites. Hay dos bien claros, la instigación directa a cometer delitos, y la difamación a otras personas. Claro que estos límites, de violarse, deben sancionarse siempre a posteriori, como dice la constitución.

3. Si

4. Si

5.La libertad de expresión está amenazada hoy por dos cosas. La primera, una infantilización del debate y de las sensibilidades que se da en las sociedades desarrolladas a raíz del bienestar y el sentimiento de culpa de las nuevas generaciones. Que aprovechan el fruto del esfuerzo de sus generaciones mayores sin haber aplicado mayor sacrificio personal para lograrlo. Esto es manipulado por los estamentos afines a las visiones marxistas que se han apoderado de los campos de estudios sociales, y fomentan las aristas que más les sirven para poner en jaque el orden actual. Orden que permitió originalmente, hay que tenerlo claro, estos niveles de bienestar actuales. Esto que empieza en las sociedades desarrolladas, termina permeando en una intelectualidad local, históricamente castigada por una falta de mirada crítica y visión propia de las cosas.

La segunda, el desarrollo de tecnologías de comunicación que potencian para su propio beneficio comercial las “cámaras de eco”, y que desarrollen clusters ideológicos sin casi puentes de contacto unos de otros, lo cual termina provocando visiones irreconciliables y sin ámbitos de diálogo constructivos.

SELVA ANDREOLI. Publicista y dirigente política

1.- Considero que la libertad de expresión es un principio básico de la democracia, y un derecho que debemos practicar y defender.  Pero no alcanza con declamarlo, sino que hay que demostrarlo en la práctica, porque ahí es donde encontramos acechante  la espada de la censura. No hay que pensar en la censura explícita, ésa es más fácil de combatir, sino en la que veladamente nos impide opinar y por lo tanto pensar. Yo asimilo la libertad de expresión con la libertad de pensar,  la libertad de crear en todas sus variantes –el arte, la ciencia, la innovación,  etc.-, y de discrepar con el status quo.

2.-Poner límites a la libertad de expresión parecería una incongruencia, es ponerle un freno, acotarla.. Más que de límites yo hablaría de opinión responsable, porque han ocurrido verdaderos “linchamientos” públicos por entender mal la libertad de expresión; se ha distorsionado la realidad y se han construido “relatos” que tienen mayor o menor influencia en la sociedad según el poder de quien los hace. No creo tampoco que se deba apañar el discurso que estimula el odio o la violencia en la sociedad, o alienta la discriminación en sus diferentes facetas, porque también importa como se colectivizan las ideas en una sociedad. Estamos en un mundo donde abundan las “fake news”, elaboradas en forma cada vez más sofisticada, donde es casi imposible saber si son realidad o fantasía. Y sobre estos temas hay que tener visión crítica.

3.- Creo que siempre está en riesgo, no sólo en el mundo en general, sino en nuestro propio país. La libertad de opinar siempre está amenazada, hasta en las democracias declaradas, porque siempre hay intereses que conspiran en contra. En algunas culturas y tradiciones que dominan ciertas sociedades -donde predominan los prejuicios y  limitantes religiosas y políticas -, es casi imposible encontrarla y es curioso porque a menudo no se tiene conciencia de que falta.

4.- En Uruguay tenemos una visión crítica sobre los temas, que ojalá no la perdamos. A pesar de nuestras deficiencias, siento que podemos hablar libremente y sin cortapisas de los temas más diversos. En los propios medios de comunicación se tocan libremente los temas más urticantes, y a veces con un lenguaje nada académico, por no decir vulgar. Sin embargo, esos programas son seguidos por amplias audiencias, aunque sean criticados.

5.- El derecho a la  libre expresión es un derecho inalienable, pero como tal,  es frágil si no lo defendemos, si no estimulamos desde niños el espíritu crítico, y en eso juega un papel fundamental la educación. El papel de los medios de comunicación, su independencia del poder de turno, es un factor decisivo para generar opinión pública crítica. Si tuviera que imaginarme un color para definir una sociedad donde no tengamos derecho al debate, a la confrontación de ideas, a la libre opinión, optaría por el gris, y amo el color y el claroscuro.

HÉCTOR BALSAS. Docente de Historia e Historia del Arte (IPA), escritor.

1. Le asigno una importancia máxima, siempre y cuando vaya acompañada de otras libertades: de  pensamiento, de conciencia y de investigación. Una enseñanza y una sociedad que sean dogmáticas podrían producir la libre expresión de un pensamiento que no es libre, producto del adoctrinamiento. Sin embargo, cualquier restricción a la libertad de expresión es un hecho de capital importancia, ya sea que provenga del poder político, del poder económico, social o cultural, por los medios de que cada uno dispone: censura, desfinanciamiento, desprestigio o desvalorización. Sin duda que la afirmación legal y la defensa constitucional y personal de la libertad de expresión es una salvaguada para la institucionalidad democrática.

2. Recién hablábamos de restricciones como atentado contra la libertad de expresión. Los límites son otra cosa: no restringen ningún derecho, sino que indican el alcance que cualquier derecho tiene, que llega hasta los derechos de los otros. Ninguna libertad puede ponerse por encima de otra ni ningún derecho puede subordinar a los demás. De modo que si el ejercicio de una libertad o un derecho afectan derechos y libertades de otros, deberán actuar los mecanismos reguladores que restablezcan el equilibrio. No quiero referirme a hechos puntuales en los que siempre hay una distorsión perceptiva, pero digamos que la libertad de expresión se relaciona con los ámbitos y destinatarios de un discurso en cuestión, es decir, que los ámbitos político, humorístico y artístico (por poner tres) tendrán diversos presupuestos para evaluar hasta dónde se ejerce la libertad de expresión y desde dónde se transgrede la línea (si es que se admite la existencia de una línea). Generalmente hay una cuestión de buena fe que se presupone como acuerdo tácito, por el cual mi adversario político puede combatir y rebatir fervientemente mis ideas con total libertad y sin que llame a ofensa, pero no es tan claro que la libertad de expresión le permita, para expresar sus ideas agraviar a mi persona. El humor y el arte tienen quizás, unos límites más amplios, y otros recursos de lenguaje, pero no dejan de tener un acuerdo tácito con los demás de que la finalidad no es el menoscabo, el desprecio o la desvalorización, sino la expresión de las críticas (si es que las hay), a veces las loas, otras las certidumbres y las dudas, otras la trasposición a otros lenguajes de aquello que quizás no puede expresarse en palabras.           

3. No creo que en este momento corra ni más ni menos riesgo que en cualquier época, porque siempre está en debate y es cotidiano el hecho de tener que defender el derecho a expresar lo que uno piensa. Más allá de la consagración escrita de los derechos, están las prácticas sociales que determinan qué es lo que se puede decir, qué es lo que se debe callar y qué, de lo que se piensa, es inconfesable. La censura no es solamente la que proviene desde el poder, existen censuras consensuadas o censuras situacionales y también la censura del censurado devenido censor. Y a veces la censura se manifiesta – paradoja sublime – amparándose en la libertad de expresión. Dicho de otro modo, el riesgo es permanente y no se puede descuidar la libertad de expresión (ni otras libertades públicas) ni aún cuando parece estar asegurada.

4. La respuesta es similar a la anterior, pero complementando esa respuesta, digamos que el principal riesgo – que comprometería la libertad de expresión y también las otras libertades – es el de la intolerancia que sí puede manifestarse en mayor o menor medida según épocas, coyunturas o momentos. Las «grietas», las radicalizaciones y antagonismos exacerbados son motivadoras de que exabruptos, discursos de odio, ofensas y negaciones del otro puedan ser confundidos con libertad de expresión. En un plano muy concreto, en nuestro país esto ocurre con mayor frecuencia, aún, en el ámbito de las redes sociales. Pero manifestaciones no virtuales se ven también en lo cotidiano y en discursos que, a veces cobran difusión y otras tienen vuelo corto.

Para finalizar, una pregunta: frente a un local de una conocida cadena de comidas rápidas basadas en productos de carne, apareció el siguiente grafiti:  «Karne = Krimen / Obesos asesinos». ¿Cómo debe decodificarse esto? ¿Como libre expresión de una protesta, como discriminación, como agravio,  incluso como sexismo (las obesas estarían invisibilizadas)?

RAFAEL BAYCE. Doctor en Sociología, profesor universitario.

1. Figura entre los requisitos más fundamentales para hacer posible la convivencia de la vida humana en sociedad comunitaria.

Rápidamente, por 2 razones básicas: a) Si el ser humano es inherentemente socio-comunitario, o al menos así ha devenido tendencialmente, entonces debe poder materializar, enajenar, alienar, objetivar, sus subjetividades y sus pertenencias a objetividades históricamente contingentes (¿muy hegeliano, no?)  –que ambas constituyen su Dasein (toque heideggeriano)-. En la medida que la variedad de insumos y socializaciones producen diferentes subjetividades y diversas combinaciones de pertenencias a objetividades- a su vez en mezclas distintas- la convivencia debe hacer posible la coetaneidad de esas diversidades, cada vez más abundantes en la medida en que hay cada vez más intersecciones diversas entre subconjuntos más plurales (muy Simmel). Si el Dasein es la objetivación de esa complejidad, la diversidad misma debe ser respetada, permitida y tolerada en su esencia plural, para que la vida en sociocomunidades sea convivible. b) La convivialidad sociocomunitaria exige comunicación en diversos niveles y modos. La comunicación debe ser mínimamente entre iguales comunicacionales, en factibilidad de intercambio, sustantiva y formalmente; debería implicar la expresabilidad casi sin límites de esa mixtura de subjetividades y objetividades que caracteriza a los sujetos de la convivial comunicación sociocomunitaria. Y así como la variedad debe ser comprendida y tolerada, su especificidad debe surfear la compartibilidad de contenidos y formas.

2.    Aunque el principal problema con los límites es, más que el de la     elucidación teórica de sus contenidos abstractos, el del reconocimiento de sus instancias de concreción. Así, teóricamente, no deberían tolerarse aquellas expresiones que impidieran la libertad de expresión de los alter a bien, ¿qué hacer con aquéllos que radican su identidad en alguna negación de la libertad de expresión de otros? Su mismicidad (Ricoeur) impide su realización en ipseidad (Ricoeur de nuevo); entra en la vida sociocomunitaria con una radical incapacidad, puede que hasta consciente e intencional, para una convivialidad consensuada y quizás necesaria. Difícil asunto, quizás bien dibujado por Habermas, demasiado para estas breves líneas solicitadas.

3. En la medida que lo anterior no es compartido teóricamente, y mucho menos en la práctica sociopolítica cotidiana, las identidades (subjetividades intersectadas con pertenencias objetivas) tienden a imponer su expresividad sobre la de otras, por razones diversas: de autoestima moral, de desborde expresivo, de voluntad de poder, de voracidad económica, de salvacionismo simbólico, por coyunturas prácticas, por fidelidad a tradiciones, por carencia de imaginación alternativa, por internalización fragmentaria de la fantástica trascendental humana (Durand), etc.

Las facilidades comunicacionales técnicas, en ese panorama, tienden a favorecer más la constitución de polos, parroquias, tipos polares, trincheras y sectas que la comunicación tolerante y ávida de la constitución de identidades desde ipseidades más que de mismicidades; ergo, los riesgos son cada vez mayores, con el agravante de que, si  antiguamente la libertad de expresión no formaba parte sea del deber ser profundo, sea de la corrección política más epidérmica, ahora sí lo es, facilitando, tanto esa no pluralidad como su ocultamiento o enmascaramiento con coartadas diversas. Estamos ante un mayor riesgo de violación, a la vez que a la negación de su violación, por inmoral o antisocial; hipocresía y falsedad con abundancia de coartadas de intención absolutoria abundarán.

4. Los mismos riesgos que en el mundo y por las mismas razones, con algún retraso civilizatorio, pero con alguna aceleración respecto del pasado debido a la globalización, y la creciente instantaneidad y unanimidad de creencias, ideas, valores, modas, etc. El sentido común, la opinión pública y las múltiples microdiversidades tienden a mentir pluralidad y a generar pseudo-diversidad, en medio de múltiples procesos de homogeneización, masificación, naturalización de las hegemonías y eufemización de los dominios (muy Bourdieu, no?). La prioridad de la consistencia cognitiva (Festinger) y de la espiral silenciosa de la avidez por las mayorías (Noelle-Neumann) en todo su esplendor. Basta ver cómo las coaliciones son casi meramente instrumentales, y tienden a atomizarse y balcanizarse como inicio de hegemonías trans-plurales; cómo las correcciones políticas sectarias y el horror por construidas conspiraciones dominan el universo y discursos ideológicos, en grave perjuicio de los contenidos sustantivos y propositivos; cómo la judicialización mediatizada de la política va ayudando a la némesis de la política y a la desustancialización de las democracias como procesos de dialógicos plurales.


PABLO CASACUBERTA. Escritor, artista visual.

1. Enorme. Es la diferencia entre tener oportunidades de refutar o resignarse a acatar.

2. La libertad de expresión es la manifestación de una aspiración. En la práctica, no puede exceder los límites del derecho público. No puedo definir la libertad de expresión en virtud de mi antojo, ni puedo anteponer mi sentido de ultraje personal o grupal a la legislación vigente. Cuesta mucho generar marcos legales, pero es un imprescindible ejercicio republicano. Que es naturalmente lento e imperfecto, como todo proceso de acuerdos. Aceptar que hay aspectos nacidos de consensos laboriosos generados en un sistema democrático a menudo supone resignar ciertas libertades hasta alcanzar nuevos marcos legales.

3.  Sí. El ejercicio de una suerte de ejercicio de la democracia directa, no mediada por un sistema representativa sino ejercida en la forma de presiones grupales, ha generado nuevas formas de coerción, a menudo desprovistas de mecanismos de refutación o revisión crítica, que han resultado en un empobrecimiento de la capacidad de acordar con quienes detentan una posición opuesta al grupo de presión. Eso ha propiciado formas de la acción directa, al margen de toda mediación legal, que han empobrecido la confianza en el diálogo. También hay una tendencia a extrapolar el sistema de ideas y valores de un individuo o un grupo hasta la categoría de un credo identitario, cuya integridad debe ser resguardada, lo que ha redundado en la tesitura absurda de reclamar que se respeten las ideas, en lugar de simplemente respetar a sus proponentes. Eso ha popularizado la idea de que argumentar en contra de una idea es una forma de abuso o de ejercicio de intolerancia. Una tendencia que ha tornado cada vez más aceptable la idea de que la verdad no existe, o que no hay operaciones aproximativas para acceder a ella.

4. Uruguay participa de la sensibilidad contemporánea, de modo que comparte las posibilidades y también los vicios de su tiempo. En nuestro caso, la condición de país relativamente despoblado favorece que se sume cierta actitud provincial y pacata al proceso de balcanización nacido de las redes. La naturaleza escéptica, orejana del uruguayo ha constituido, paradójicamente, un caldo de cultivo ideal para la proliferación de teorías conspirativas de muy diverso pelaje, que apenas tienen en común partir de la endeble premisa de que al proponente «nadie podrá engañarlo». Los pequeños corrillos de las redes actúan como una cámara de eco que promueve juicios a la vez ligeros en cuanto a la demanda de evidencias y tajantes en su tesitura moralizante. Una vez que se instala la idea de que los datos son invariablemente un territorio nacido de la intención de manipular, se desvanece el debate informado y cunde el discurso reactivo y basado en intuiciones. Ese proceso es todavía incipiente en Uruguay, al menos si se lo compara con Norteamérica, pero ya es suficientemente pronunciado como para resultar preocupante.

5. La democracia requiere de confianza en el proceso de diálogo, en la idea de representación y en la mediación de instituciones en los conflictos de intereses. Cuando se promueve el descrédito de la mera existencia de esas instituciones, se obstaculiza justamente la idea de completarlas y perfeccionarlas, en beneficio de un abandono del marco colectivo y un ejercicio directo, tribal del espacio público. De pronto, la “defensa de las instituciones” comienza a verse como un discurso conservador, incluso reaccionario, y se promueven entonces mecanismos como el “escrache”, la “cancelación” y otras formas de acción directa no fiscalizable, que a menudo simplifica e infantiliza el abordaje de los problemas, socavando por la vía de los hechos una mirada más contemporizadora y profunda. No existe en las democracias un límite discreto entre el ejercicio legítimo de la capacidad de expresarse colectivamente y el debilitamiento intencional de los canales legales, y por lo tanto hay que explorar para cada caso una lógica bastante sutil y contextual, muy distinta de la que se promueve en el ámbito de las redes. En el plano internacional esa contradicción ha desencadenado, entre otras consecuencias, el boicot, el asedio legal y el debilitamiento del rol de las propias corporaciones que proveen estructuralmente a las redes, como facebook o twitter, pues su responsabilidad en el empobrecimiento de la trama social se ha hecho cada vez más evidente. El problema, sin embargo, no se resuelve sólo regulando los canales, sino promoviendo una conciencia pública sobre las consecuencias del uso irresponsable de la dinámicas de redes. Se dice fácil, pero supone revertir años de popularización de ideas posmodernas, que costará muchísimo extirpar de la sensibilidad pública.

PABLO DA SILVEIRA. Ministro de Educación y Cultura. Doctor en Filosofía.

1. Inmensa. Entre otras cosas, es condición para el ejercicio de las demás libertades

2.  Sí: el respeto de la demás libertades y derechos fundamentales (ejemplo clásico de restricción legítima: la prohibición de la instigación al genocidio)

3. Siempre, y probablemente más que en otras épocas

4. Misma respuesta

5.  El ejercicio de la libre expresión requiere cuatro condiciones: resguardos normativos; instituciones capaces de asegurar la plena aplicación de esas normas; una cultura pública que la sostenga (especialmente una cultura de debate público); tecnologías de comunicación que no atenten contra ella.

CATALINA FERRAND. Actriz, comunicadora.

La libertad de expresión es básica para la ciudadanía en un estado democrático y un país civilizado y libre de toda pauta tirana, dictatorial o represora de los derechos de los individuos.

Cuando la libertad de alzar la voz de las personas se persigue y/o se silencia estamos frente a una violacion de derechos que nos lleva a momentos muy oscuros de nuestro pais y de otras tantas partes de nuestra América Latina y el mundo, en diferentes momentos de la historia de la humanidad. Se persiguen personas por lo que dicen, por lo que profesan, por como lucen o por quienes están rodeados, y eso indefectiblemente nos aleja de la sociedad en la cual la mayoría quiere vivir y quiere desarrollar sus potenciales, principios y sueños. Creo que seguimos siendo un ejemplo civilizado de sociedad aun en las diferencias y mientras el debate sea si algo es humor o no, o si alguien tiene los argumentos sólidos para sostener tal o cual cosa, SEGUIMOS ANDANDO BIEN… Cuestionar e invitar al debate nos suma… llevar a ámbitos de condena a la persona o a un personaje «x» nos empobrece, claro esta que en algún punto hay límites morales y éticos y allí esta la sensibilidad del punto que toque al vulnerado, y la manera en que se trate lo que le lastima o lo que se viole para sus principios. Pero para que haya libertad debe haber coraje para respetar las diferencias sin que nos sintamos blanco fácil, y de ser así, levantar también la voz para disentir y refutar la condena. La libertad de expresión es una calle de doble mano.

ADOLFO GARCÈ. Politólogo, profesor universitario.

La libertad de expresión, según la conocida formulación del profesor Robert Dahl, es una de las garantías institucionales de la democracia. La libertad de expresión permite que la ciudadanía pueda formar sus preferencias libremente, manifestarlas, y encontrar caminos para asociarse con quienes piensan igual.

En Uruguay existen niveles decentes de libertad de expresión No tengo quejas importantes en ese sentido, aunque cada tanto aparezcan episodios que generen alarma. Los partidos pueden favorecer o no, mediante distintos mecanismos, por ejemplo, a través de la publicidad oficial, algunos proyectos periodísticos. Los líderes políticos pueden celebrar o cuestionar lo dicho y hecho por periodistas, columnas y medios. Y sabemos que sus opiniones pesan mucho. Pero nada de eso me preocupa demasiado.

El gran desafío de Uruguay pasa por otro lado. Hay demasiadas personas que no usan responsablemente su libertad de expresión. Desde los medios de comunicación se hacen circular con cierta frecuencia, diría con más frecuencia de lo debemos admitir, infamias, calumnias, agravios, noticias falsas… Quienes lo hacen se amparan en la libertad de expresión. El único límite del que disponemos para limitar estas prácticas son las acciones judiciales. Afortunadamente, el sistema judicial uruguayo es, en esencia, sano, profesional, independiente. Esto no quiere decir que no pueda ser más sano, más profesional, más independiente todavía. No hay que escandalizarse si personas que se sientan agraviadas, ofendidas, atacadas en su honor o prestigio, accionen judicialmente. A menos que consideremos preferible la Ley del Talión o el restablecimiento de la Ley de Duelos.

Por último. Me parece urgente que se instale un debate a fondo en la sociedad civil el uso de las redes sociales, en particular de Twitter. Demasiadas personas parecen no asumir que la calidad de la democracia depende en gran medida del comportamiento de cada uno. Una democracia madura precisa ciudadanos maduros. No alcanza con instituciones republicanas. Precisamos una ciudadanía capaz de cultivar virtudes cívicas, entre ellas, la de discutir sin ofender.

RAFAEL GIBELLI. Abogado.

1. Superlativa. Prima facie, digamos que sin expresión no hay diálogo y sin diálogo, resulta imposible el pensamiento (aun consigo mismo); un pensamiento sin expresión es una semilla estéril, un híbrido incapaz de hacer de la libertad un factum consumado. En términos prácticos, sin libertad de expresión resulta imposible al hombre denunciar injusticias y reclamar lo que le sea debido, por lo que, una vida sin libertad de expresión se vuelve sinónimo de vida esclava, o mejor, de vida bajo la opresión ajena. La libre expresión, además, implica una ética sobre la personalidad, el poder (y en algún caso, el deber de) apropiarse de uno, el ser dueño de sí. Sin la libertad de expresión, el individuo deja de ser tal para convertirse en célula cuota parte de un complejo societario que no es él mismo. Es falsearse, negarse, y así, contradecir la razón que le ha sido dada. En términos kantianos (que expongo por la facilidad de su comprensión), la libertad de expresión es un imperativo categórico de la razón práctica.

2. No existe libertad sin responsabilidad. En una moneda, la limitante del número es la cruz; igualmente, la limitante fenoménica de la libertad es la responsabilidad. El hacerse cargo de las consecuencias de los dichos propios. Esta es la clave: si con los dichos se causa algún perjuicio cierto y determinado (sobre los bienes, derechos o, aun, sobre la personalidad del hombre), hay que estar dispuesto a repararlo. Amén de esta delimitación conceptual, están –gusten o no- las limitantes legales relativas a la honra. Hoy día la honra ha sido muy despreciada, convertida en fama o “buen nombre” (como si un malhechor tuviera derecho a tenerlo); de modo que las viejas limitantes jurídicas no coinciden, al menos no necesariamente, con mi ética personal. Si la honra fuera la de un Quijote, en cambio …

3. Obviamente que sí. Siempre ha corrido riesgos, siempre está bajo la mira de los que no quieren que su poder se pierda. La libertad de expresión, al permitir en su ejercicio las denuncias de las injusticias, por ejemplo, atenta contra todo aquél que la impone. En la liquidez actual, la hegemonía del pensamiento políticamente correcto impone una suerte de inquisición al pensamiento libre de la opresión de las mayorías. Hay censuras imposibles de negar y hay censuras invisibles que, no por ello, dejan de asfixiar la conciencia del hombre.

4. Si la época es peligrosa con su bienpensantismo impositivo (la libertad de la máscara, del disfraz, para soportar el grillete sobre la personalidad real del individuo), Uruguay no está fuera de foco del mundo (espacio-tiempo causalísticamente ordenado) que le toca habitar. Los movimientos colectivos que imponen su pensamiento como matriz ordenadora de la vida gregaria imponen sobre el individuo, contra su personalidad las más de las veces, un fórceps conceptual, una cárcel horrenda que impide su libre expresión. El individuo como peligroso cuando no va de la mano de los demás, todos pensando y diciendo lo mismo que se les ordena pensar y decir

5. La libertad de expresión es la punta del iceberg de la libertad en general. Su puerta de entrada, su vía de ejercicio más primigenia y genealógica. Sin libertad de expresión, ¿cómo ser libre de proceder y ejercer la vida conforme el propio criterio?, si ni decir me dejan, cuánto menos me dejarán actuar … Hay que tener presente que si la libertad de expresión significa algo sintético, ese algo es poder decir aquello que alguien no quiere escuchar o leer. Poder informar y formar a partir de aquello que otros quieren negar. La libertad de expresión es, así, la piedra de toque de todas las demás libertades, vale decir, de todos los demás modos de quitarse de encima esas opresiones que convierten a un individuo en amo y a otro, en su esclavo.


JOSÉ LEGASPI. Periodista, escritor y gestor cultural.

1. La Libertad de Opinión y Expresión es fundamental, diría piedra angular, derecho humano primordial, de un sistema democrático y republicano de gobierno, el único hasta el momento, que establece reglas para la convivencia ciudadana, basada en el respeto, y dónde ese derecho permite el debate, la discusión e intercambio de ideas entre TODOS, actores políticos y ciudadanía en general, expresión cabal de otro derecho humano fundamental: la libertad de pensamiento.

2. Por supuesto que tiene límites. La garantía de cada derecho está enmarcada en  deberes y responsabilidades, y la libertad de expresión no está exenta de los mismos, que, a mi modo de ver, tiene que ver con aquella máxima de Jean Paul Sartre: «Mi libertad termina dónde empieza la de los demás”. Y ese límite tiene que ver, básicamente, con los valores, criterios, razón y voluntad generados en una sociedad, y mantenidos en el tiempo, valores culturales y educativos que garanticen el dominio de esa libertad, a través de la Constitución y todo el corpus legal vigente.

3. En algunos países ya no existe (China, Venezuela, Cuba, Irán, Nicaragua) en otros corre peligro, pero en general, con desniveles en lo comparativo, persiste en la mayoría del mundo. Sin embargo, la conquista de derechos, por minorías históricamente ignoradas, ha generado y genera, censura y autocensura en temas como el humor, con reacciones de variado tenor violento contra quienes lo practican, lo que pone en peligro a una escala mundial la libertad de expresión (por ejemplo, atentado contra Charlie Hebdo, en Francia, judicialización del humor, Mesa de los galanes, en Uruguay)

4. Está claro que el riesgo está presente. Y lamentablemente, va a costar mucho mitigarlo o derrotarlo.

El decaecimiento educativo, que lastima en lo profundo el nivel cultural de los uruguayos en pleno siglo XXI, propicia las reacciones “barrabrava” contra la opinión “diferente”, avalada por referentes políticos y culturales muchas veces, lo que agudiza el “mal ejemplo”.

Es aún más grave, en nuestro país, comparativamente con otros, si se considera que los medios periodísticos dependen, casi exclusivamente, de la publicidad oficial, esgrimida o utilizada, en algunos períodos de nuestra historia reciente, como premio o castigo, ante la reflexión crítica, independiente, llevada adelante por la prensa.

5. Recientemente escribí sobre el tema del humor, a partir de lo sucedido con la Mesa de los Galanes y el couplé de Rafael Cotelo. Me interesa destacar que la situación es grave, en la medida que se permita la penalización judicial del humor. Sin entrar en consideraciones estéticas sobre el mencionado couplé, no se puede esgrimir ni la lesión a la “honorabilidad”, ni “el buen gusto” o la carencia del mismo, para censurar esa expresión humorística. Es triste, lamentable, pero, dado el mencionado decaecimiento educativo, y por ende cultural, en nuestra sociedad, estamos condenados “a tener” el humor correspondiente a ese empobrecimiento generalizado. Insistir en el derecho del humorista a ser todo lo bizarro e incorrecto que desee y en mi derecho de consumidor “a elegir” cambiar el dial o apagar la radio, parece de Perogrullo, pero es necesario hacerlo. Es preferible mil veces antes que esgrimir la censura.

CRISTINA MORÀN. Actriz.

1º. Cuando hablamos de libertad de expresión es porque lo hacemos dentro de un estado de derecho, ese estado que precisamente hace 47 años perdimos y sufrimos en carne propia lo que significa que ya no se trataba de lo “que nos contaban”, ya éramos nosotros los que necesitábamos contar y no podíamos. Lo padecimos durante 12 años y hoy, siglo XXI, año 2020 estamos sintiendo que algo está rondando para socavar la libertad de expresión que será la inmediata consecuencia de ese estado derecho perdido. Pregunto, ¿no aceptar a quienes piensan y opinan distinto, negarlos, discriminarlos, no es acaso un ataque a la libertad de expresión? Sí, lo es. En general cuando se habla de libertad de expresión se piensa únicamente en quienes desarrollan su actividad en los diferentes medios de comunicación, en quienes brindan sus opiniones, sus pareceres en los temas que nos conciernen como estado. Pero todos somos libres de expresarnos, de opinar, de disentir o simplemente estar de acuerdo porque sí, porque la postura del otro nos parece bien y lo manifestamos. Y eso no podemos perderlo. Debemos estar alertas y prepararnos para enfrentar ese peligro que viene soslayándose desde la vieja Europa y que en esta era de las comunicaciones muy pronto se expandiría en nuestra América tan amada y tan sufrida.

2º. Pienso que cada uno tiene la total responsabilidad del uso de esa libertad de expresión y por tanto debe cuidarla y respetarla.                                                             Quien opina en radio, televisión, Internet (páginas web, blogs), redes sociales y en los medios gráficos, es dueño de sus palabras y de ellas debe hacerse cargo.

3º. Lo ocurrido con la pintura de la señora Topolansky y el señor Mujica, trae a la memoria algo similar sucedido durante la Intendencia del doctor Elizalde en el gobierno del doctor Sanguinetti y un dibujo de Oscar Larroca. En los dos casos, a mi entender, se violó el derecho de la libertad de expresión. No se trató de un caso de talento, de creatividad, de estética. Los desnudos fueron los censurados. Los artistas fueron censurados.

FACUNDO PÒNCE DE LEÒN. Doctor en Filosofía, periodista.

1. La libertad de expresión es una conquista histórica que es posible datar: surge en el contexto de la ilustración en el siglo XVII y tiene en el texto de John Stuart Mill, “Sobre la libertad”, su formulación conceptual más contundente.  Ese libro fue publicado en 1859 y la mejor edición en español es la de Alianza Editorial con el prólogo de Isaiah Berlin. A esta visión clásica de la libertad de expresión, hay que sumar hoy el texto de Timothy Garton Ash “Libertad de palabra: diez principios para un mundo conectado”, cuya primera edición es de 2017 y es la aplicación de las ideas de Mill a nuestro tiempo. Son los mismos principios pero analizados en un mundo diferente. Por último, el breve ensayo de Santiago Gerchunoff: “Ironía on: una defensa de la conversación pública de masas” es una manera de aplicar la cuestión general de la libertad de expresión al caso concreto de la ironía y el humor en el mundo hiperconectado.

Un lector podría decir, ¿a cuento de qué vienen estas referencias bibliográficas si me consultaron sobre mi posición de la libertad de expresión? ¿estoy a favor o en contra de ella? ¿Cuáles son sus limites en la era de Internet? ¿Uruguay está en la misma situación-riesgo que otros países? ¿Por qué doy rodeos hablando de libros cuando me han hecho preguntas concretas buscando opiniones específicas?

Empiezo por los textos porque el desafío principal no es que la expresión sea libre sino aprender a expresarte. Y para eso siempre se empieza por otros, Estas es una de las paradojas humanas básicas: encontrar tu propia voz es una tarea que requiere que oigas voces de otros.  Esa matriz demanda en sí misma libertad de expresión, de los otros y tuya, pero justamente porque en ese diálogo hay un crecimiento que se busca, una espontaneidad que se hace camino, una novedad que dialoga con la tradición. Dicho con otras palabras: la clave de la libertad de expresión en un mundo de abundancia informativa, no es tanto la posibilidad de específica de expresarte como la capacidad de cultivarte para hacer emerger la espontaneidad personal.

Para ese camino uno tiene que salirse de la agenda, tiene que usar la actualidad como trampolín para hablar del pasado, del futuro, o de las ideas atemporales. Hay que turbar la “la serena superficie de la rutina” (Mill) ; esa turbación es el lugar de la libertad. La coyuntura, las noticias del día, los problemas de esta semana, jamás agotan la realidad. Lo que permite la libertad de expresión es hacer denso en el presente con todas las campas de tiempo posible. Pensar en la libertad de expresión para los temas que marca la agenda, es como pensar que una pelota de fútbol sólo sirve para patear penales. 

Los poderes políticos de turno, la costumbre y la opinión generalizada serán un peligro potencial en el camino de la espontaneidad humana, pero son la contracara de la tradición, los maestros y los anclajes institucionales que aseguran la libertad de expresión. Ese nudo no se desata nunca, se vive siempre con él. Una manera de soportarlo es el humor que, dentro de la libertad de expresión, es el principal tesoro a defender. Toda persona o comunidad que se toma demasiado en serio a sí misma, es más peligroso que cualquier ofensa humorística que se pueda hacer sobre ellos.

3. La libertad de expresión es la mejor herramienta para construir identidad, la búsqueda de la verdad, el funcionamiento de los gobiernos y el conocimiento-respeto de la pluralidad. El primer límite es el de virtud de la prudencia. Que tengamos derecho a decir libremente todo lo que pensamos no implica que lo que pensamos necesita ser dicho. Hay un salto del hecho de la liberta de expresión al hecho de lo que efectivamente se expresa en el espacio público. El derecho a ofender (libertad de expresión) no implica un deber de ofender. El límite es ése, y tiene una elasticidad que obliga a ir caso a caso para saber si efectivamente hubo una agresión. Las preguntas claves son las que establece Garton Ash en el capítulo 2: ¿Qué modos sociales, periodísticos, educativos o artísticos, entre otros, hay de que la libertad de expresión resulte fructífera, permitiendo una provocación creativa sin destrozar vidas ni sociedades? ¿Cómo podemos tratarnos los unos a los otros como adultos, explorando y salvando nuestras diferencias con la ayuda de este don definitorio de lo humano que es la palabra?

4.5. Siempre está en riesgo la libertad de expresión, nació en riesgo y vivirá así, sobre el pretil. En nuestro contexto específico hay un peligro que es la capacidad de vigilancia y manipulación a través de los datos. Luchas contra la opacidad de funcionamiento de eso que llamamos Big Data es un desafío político ineludible. Los gigantes (Google, Facebook y todas sus derivadas) saben demasiado e informan demasiado poco. Eso es riesgoso.

Otro peligro, que no es patrimonio de nuestra época pero que hoy está exacerbado, es el culto a la pasión como valor moral. Eso pone en jaque a la libertad de expresión. Si no intento un diálogo entre mis pasiones y las razones, y considero que todo lo que siento es valioso y merece ser dicho por el mero hecho de sentirse, la libertad de expresión, aunque con todas las garantías legales, no servirá para nada. A fin de cuentas, lo importante no es expresarte, es lograr comunicar.

MARCELO MARCHESE. Ensayista.

1- No es difícil pensar qué distingue a nuestra especie. Las palabras expresaron las ideas y transmitieron lo aprendido. Las palabras cambiaron el mundo pues nos condujeron al andar erguido, al dominio del fuego y a la transformación de la naturaleza con las manos. Las palabras no sólo refieren al mundo, las palabras crean mundos. La libertad de expresión es la libertad de pensamiento, pues “el pensamiento se hace con la boca”. Limitar la libertad de expresión es limitar aquello que nos hizo humanos. Las palabras son el fuego de Prometeo.

2- Un límite a la libertad de expresión es el límite puesto a la difamación, a una acusación sin fundamentos. No debe haber límite ninguno a la expresión de ideas.

¿Quiénes serían los jueces que integrarían el tribunal que prohibiría ideas? Si se prohibiera la expresión de una idea que se considerara “mala”, se limitaría la capacidad de derribar sus fundamentos lógicos mediante el debate, y por lo tanto, seguiría operando de manera soterrada. La razón fundamental es que acaso la suma de circunstancias históricas ha permitido que cierta idea floreciera una única vez en un sólo hombre. Debemos defender el derecho de una persona a expresar lo que piensa aunque enfrente al resto de la humanidad.

3- La Agenda Políticamente Correcta censura el arte y el humor. Véase la productora que no quiso difundir el último film de Woody Allen, o la editorial que no quiso publicar sus memorias por presión de los trabajadores. En Alemania no se puede discutir la versión oficial sobre el genocidio perpetrado por los nazis. Decenas de profesores universitarios han denunciado todo boicots a sus críticas al feminismo. Ciertos libros no pueden venderse en sitios web, pues violan las reglamentaciones sobre incitación al odio y lo mismo sucede en Youtube, Twitter o Facebook. Los grandes medios de comunicación, las grandes empresas de entretenimiento y las principales redes sociales, se encuentran bajo el dominio de quienes han logrado moldear las mentes, y ante la presión social la libertad muere.

4- Nuestro País sufre este proceso y las restricciones que vivió “El día que Artigas se emborrachó” o el ataque al cuplé de Los galanes, son pruebas de que un amplio sector de nuestra población no ha entendido qué significa la libertad de expresión. Esto prueba el fracaso de nuestro sistema educativo. El golpe de Estado militar tuvo amplio respaldo popular refrendado por un 40% que en el 80 le dijo “SÍ” a la dictadura. La libertad naufraga en la dictadura de las víctimas y los ofendidos. Si la libertad de opinar se encuentra limitada por la “ofensa”, el sentimentalismo se erige como tapa del ataúd de la razón y del deseo.

5- El Progreso ha decretado el mito de las libertades conquistadas de una vez y para siempre. Falso. Las libertades dependen de las ideas que prevalecen en una sociedad.

Con el Coronavirus la globalización ha cerrado su círculo. El nuevo tiempo estará marcado por una inaudita concentración de riquezas, lo que incluye una concentración de riquezas a la hora de producir alimentos en laboratorios, desplazando la producción rural y erosionando las culturas regionales. Las soberanías de los países se retiran bajo el imperio de los organismos internacionales, y las Repúblicas languidecen en el desierto que impone la ley del Capital, la ruina de la cosa pública y la cultura de la desesperanza. La Ciencia se erige como la religión del siglo XXI, con sus investigaciones financiadas, sus sacerdotes bien pagos y la fe que ha logrado imponer en la mente del hombre. El lenguaje interfiere con eufemismos, y desvirtúa a la e que introduce, a la o del universo, y a la x del nexo y del sexo. El distanciamiento social, el tapabocas, el METOO y la vida virtual, atacan al sexo.

Aquí es cuando ocurre que la lógica no es un recurso eficiente para enfrentar la lógica de los hechos. La censura no es la raíz del problema cuando la censura también es resultado de otra cosa. La pregunta es qué fuerzas del hombre han derivado en una censura que ya existe sobre nosotros. Cuando se ataca al arte se ataca algo más, ya que el arte se encarga de mantener en estado anárquico la cuadrilla de nuestros deseos. Sin arte, no tendríamos sueños, o si se quiere, sin sueños no tendríamos arte. Se trata de enfrentar la lógica que se impone desde un estadio superior. Las diosas de la lengua son las antiguas Musas y no la razonable Atenea.

El pensamiento es esclavo de la pasión.

JUAN MASTROMATTEO. Artista visual, docente.

1. Suma importancia, aunque no se me escapa la complejidad del tema.

2. Sí. Naturales, culturales y sociales.

3. Sí.

4. Sí.

5. Desde que nacemos, comenzamos a desarrollarnos física y culturalmente en el marco de una realidad que nos antecede. Crecemos por lo tanto en ese contexto. En términos generales podemos afirmar que nuestra sobrevivencia y su desarrollo dependen de la capacidad de adaptación a ese medio. Toda modificación del mismo provoca sobre nosotros una serie de transformaciones inevitables, las que según su dimensión generan diferentes reacciones que oscilan entre los beneficios de una mejor evolución hasta los perjuicios de la extinción.

En el analizas de estas variables crecemos y nos conformamos como seres vivos. Diría que nuestra individualidad, se desarrolla en esa franja muy fina, que crece dentro de esa generalidad en la que estamos todos implicados. Matiz breve, que sin embargo concreta y atesora aquellos rasgos “originales” que nos definen como persona.

El mundo de la cultura y los requerimientos sociales de toda índole completan el panorama de las restricciones que pesan sobre nosotros. La sanción y la reprobación, así como los premios y la aceptación, son las dos caras de un mismo modo de adoctrinamiento, que hacen que estemos más o menos integrados al mundo en el que vivimos.

¿Riesgos? Si, aquí y en todas partes. La organización de las sociedades se está volviendo cada día más compleja, y la satisfacción de las necesidades más elementales pasa cada vez más por la vigilancia y el control de las conductas. En ese contexto la libertad de expresión no es solo una conducta que puede ser reprobada, también pasa a ser un modo no deseable de desarrollo personal. Por lo tanto los riesgos que corre, creo, van de la mano del mundo que hemos construido y destruido. Así como los mecanismos más íntimos que elaboramos por ser inherentes a nuestra condición nos permiten crecer y soñar, se transforman (cada vez más en estos tiempos) en una herramienta feroz que nos inhibe a la hora de ejercerla.

ISABEL ORONOZ. Periodista.

1. La libertad de expresión es un principio y un derecho fundamental consagrado internacionalmente por el Art.19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y en nuestro país por la Constitución de la República y la ley 16099 que establece la libertad de expresión, comunicación de pensamientos, opiniones y la difusión de la palabra por cualquier medio de comunicación dentro de los límites marcados por la Constitución. 

Como ciudadana y como periodista le asigno la mayor importancia, defender el derecho a la información, el debate, la opinión sin restricciones ni censuras de índole alguna. La libertad de expresión se constituye como uno de los pilares fundamentales de la democracia.

2- En nuestro país tiene el límite que establece la Constitución, somos responsables de lo que hacemos y decimos y si haciendo uso de nuestra libertad de expresión transgredimos el orden jurídico, tendremos que hacernos cargo.

Los límites están delimitados por la ley, el respeto, el sentido común y el ejercicio responsable de nuestros derechos. Pensar que solo somos personas con derechos nos vuelve infantiles y problemáticos. 

Los límites están contenidos en el contrato social, en la sensibilidad de la sociedad y su movimiento pendular. Por eso, para mantenernos sanos, es bueno ver con muchos ojos la realidad, argumentar, saber escuchar, saber leer, aprender a debatir otorgándole ese derecho al otro, al de la opinión distinta o antitética, al raro; librarnos de miedos y prejuicios y tener capacidad para reflexionar con sentido crítico.

3- Si. La corrección política ejerce un poder de veto atroz sobre la libertad de expresión. Recorta y pega los temas permitidos que son repetidos en coro en todos los ámbitos, son la “agenda” socialmente permitida que llega a las sociedades, gobiernos, organismos internacionales, mundo académico, universidades. Cuando el relato se uniformiza, cuando perdemos la posibilidad del debate abierto de ideas nos mediocretizamos, el mundo de los mediocres es un mundo uniforme, de términos medios, ni muy arriba ni muy abajo, un modelo estándar de personas iguales que piensan igual y visten igual en todos los sentidos posibles. Alain Deneault, un filósofo canadiense contemporáneo, joven,discípulo de Jacques Ranciére en la Universidad de Paris, habla de este tema en Mediocracia, un libro publicado el año pasado y que recomiendo.

4- Uruguay no está ajeno al mundo, y no está libre de nada, pero siempre se las ingenia para mantener sus rasgos y sorprender al mundo con estilo y decisiones propias. En los últimos 35 años hemos tenido gobiernos de ideologías distintas, más al centro, más a la derecha, más a la izquierda, con cada uno de ellos,   compramos “agendas” de otros, con historias de otros, porque la globalización nos lo impone, pagamos muchos peajes; me temo que debemos estar más atentos a eso. El discurso de las minorías se minimiza cuando se transforma en el único relato posible, cuando se torna agresivo, autoritario y la censura social gana la calle, las aulas, los trabajos y se entromete en lo que podemos ver, oír o sentir. Ahí tenemos un problema, también acá en nuestro país. 

Si la ficción está regulada por la corrección política, si los diarios que manejan la información política no son independientes y le hacen el trabajo al poder político o económico, la libertad de expresión está malherida.   

5- Mike Henry es un actor de voz. Durante 20 años fue Cleveland, personaje afro de la serie animada estadounidense “Padre de Familia”. Días   pasados renunció como consecuencia del rebrote de violencia racial que vive su país, luego del asesinato de George Floyd en manos de un policía. Mike es blanco y entiende, ahora, que los personajes negros deben ser doblados por negros. La misma medida tomaron en Los Simpson para los personajes afro, voces afro. ¿Es una buena decisión? ¿Cómo se mide la libertad de expresión en estas instancias? Si consideramos la medida en un marco de protección para el trabajo de los actores afro, ¿cómo defendemos su acceso al trabajo en otras propuestas que no se correspondan con su etnia? ¿Quién protege el trabajo artístico? ¿Quién va a decir que estas decisiones separan aún más a las personas e interfieren maliciosamente en el arte? ¿Quién puede decir que no es otra forma de racismo? Las repercusiones por el brutal asesinato Floyd terminaron en muchas ciudades con el derribamiento de estatuas de Cristóbal Colón, líderes del ejército confederado y Jefferson Davis, entre otros, considerados símbolos del racismo. ¿Qué se derroca cuando se decapita una estatua? En nuestro país, Maciel, “el padre de los pobres” era uno de los principales traficantes de negros y negociante de los “criaderos de negros”, un símbolo del pasado esclavista en nuestro país. Francisco Antonio Maciel también era un filántropo, un hombre de buena reputación que llevaba adelante un negocio correcto y lucrativo. Donó el terreno para construir el Hospital que hasta el día de hoy lleva su nombre y murió defendiendo la ciudad, en el Combate del Cardal en 1807, en el inicio del sitio de Montevideo, en un enfrentamiento entre las fuerzas de Montevideo y las tropas británicas, en la segunda invasión de los ingleses. La realidad nunca tiene una única lectura. Cuando tenemos la nuestra, es bueno ir por las demás. La libertad de expresión es más que un derecho, es un libre ejercicio que legitima la democracia.

LUIS PEREIRA. Poeta, gestor cultural.

1. Pienso que la libertad de expresión, de prensa, de opinión, son centrales y determinantes para la convivencia democrática y como garantía de libertades para el conjunto de la comunidad. De hecho pienso que en contextos complejos o de retrocesos de derechos, defender la existencia de la libertad de expresión y sus componentes es precisamente lo central para evitar que con su pérdida la ciudadanía termine perdiendo calidad democrática. Por otro lado, en contextos donde fenómenos como la corrupción, la falta de transparencia, comienzan a afectar al sistema político, la libertad de expresión y de prensa se transforma en una herramienta para defender la convivencia democrática.

2. No puedo concebir la libertad de expresión sin los marcos legales y constitucionales que la sociedad se de a si misma. Creo que en esa relación, sistema legal, de garantías, y libertad de expresión, está basada toda la idea de democracia tal como la concebimos desde finales del siglo XX. Me remonto al respecto al Artigas de 1815 y a su frase “ Es muy veleidosa la probidad de los hombres, sólo el freno de la constitución puede afirmarla”.

Por supuesto que cuando digo leyes y Constitución estoy hablando de separación de poderes, pluralidad de partidos y elecciones libres: en ese marco sí pienso que en circunstancias justificadas y legales la libertad de expresión puede tener límites.

3.  Sí, claramente. Creo que una de las libertades más frágiles en el contexto actual. Algunos factores, sin pretensión de tesis: la extrema circulación de información y desinformación en redes sociales, el peso creciente de las operaciones de manipulación y ocultamiento allí y en los medios de comunicación en general, los contextos de guerra de diverso tipo, los contextos de pandemia, el retiro de la política y de los asuntos públicos de las mayorías, la expulsión de los sistemas educativos y demás de cada vez más personas en todo el mundo, la brecha entre riqueza y pobreza cada vez más irreversible, las concepciones de desarrollo imperantes basadas exclusivamente en el lucro y la especulación, la corrupción y la impunidad en el manejo de la cuestión pública, etcétera.

4. Sí, claro. Pese a que somos una suerte de isla en América Latina en cuanto a calidad democrática, no estamos vacunados. Ya sucedió en 1973 y algunos de los factores que entonces estaban presentes hoy comienzan a reaparecer. Entre ellos una creciente incapacidad de escucha y un umbral de tolerancia hacia el que piensa distinto cada vez más frágil, y que abarca a izquierdas y derechas. Los centros políticos, de cualquiera de las tradiciones políticas, son cada días más complejos de sostener.

HÉCTOR AMODIO PÉREZ. Ex dirigente del MLN.

1. Grandísima importancia. Si no la tuviera no sería uno de los derechos tan atacado y cuestionado. Los gobiernos de todo signo, incluso los considerados democráticos tratan de controlarlo, aunque sea de manera indirecta, a través de los medios masivos de comunicación. Lo que no aparece en los grandes medios no existe.

2. El único límite debe ser la veracidad de lo que se exprese, aunque lo que se exprese sea equivocado. Pero no se debe confundir equivocación con mentira o falsedad. Se puede estar equivocado, pero cuando se miente se es consciente de lo que se hace y entonces se cae en la difamación, que está penado, aunque sea de imposible aplicación, en aras, precisamente, de la libertad de expresión.

3. Evidentemente. Los núcleos económicos que son los que realmente ejercen el poder político siempre han controlado la llamada libertad de expresión. Primero desde la titularidad de los grandes medios de prensa y luego a través de los que dependen de ese mismo poder económico.

4. Por supuesto. Es más, creo que Uruguay es un claro ejemplo de que el tal derecho no existe como tal y es nada más que una bella declaración teórica, como el derecho al trabajo, a la salud y a la educación. Podría dar ejemplos de cómo se potencia una expresión según sea el mensajero y cómo la misma expresión es silenciada cuando no interese que su mensajero tenga repercusión pública y cómo algunos reconocidos mensajeros han difundido falsedades y luego se han negado a rectificarlas, o cómo se han realizado reportajes y luego editados para que la imagen del entrevistado sea otra distinta. El corporativismo del sector periodístico es otro de los factores que contribuyen a acentuar ese riesgo.

ÀLVARO RICO. Historiador, ex Decano Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UdelaR.

1. Una importancia central dentro del sistema de libertades de las personas, que el Estado debe garantizar y los individuos ejercer, reclamar y defender en casos de limitación o supresión.

Esa libertad, siendo individual, también debe caracterizar a una humanidad racional y libre. En este sentido, la emergencia de minorías o colectivos que han ido configurando una sociedad más plural y multicultural, también determina que la libertad de expresión se extienda como un derecho social, que ampara la voz y la opinión de grupos y sectores vulnerables.   

2. Creo en la autolimitación, en función de decisiones que los propios individuos se imponen en función de sus valoraciones éticas, su propia educación o cálculo racional. Más allá de la autorregulación moral, pienso que a nivel estatal únicamente deberían establecerse disposiciones legales que permitan anticipar algún tipo de prohibición y/o sanción legal preestablecida en los siguientes casos: que las expresiones públicas inciten u organicen violencias físicas y simbólicas en forma sistemática; promuevan intencionalmente la discriminación o el escarnio de personas o sectores particularizados dentro de la sociedad; utilicen públicamente datos personales en forma no autorizada para provocar un daño moral personal y familiar por razones de cálculo político, económico.

3. Sí, procesos de monopolización y transnacionalización de los medios de comunicación que son las fuentes internacionales y proveedores de la información sobre los sucesos en el mundo y su interpretación; mega compañías informáticas que a través de sus plataformas procesan y utilizan los datos para incidir en los gustos y formar opinión; los gobiernos autoritarios existentes en varios países del continente y del mundo que manipulan la opinión nacional, persiguen opositores y censuran la libertad de expresión.

4. Formalmente no percibo riesgos. Salvo algún ejemplo puntual a no descuidar, en términos del Gobierno, el sistema político y/o de la sociedad civil, también en la Universidad de la República, existen opiniones discrepantes y confrontadas que se expresan públicamente y que son cubiertas, por lo general, por los medios de comunicación así como difundidas a través de distintas plataformas escritas, virtuales y alternativas. La sensibilidad existente a nivel público, es también un fuerte reaseguro contra intentos de desvalorizar el tema o ignorarlo.

De todas maneras, sin que lo que sigue deba entenderse como un cuestionamiento o menoscabo a la libertad de expresión que existe en nuestro país, debo señalar dos cosas: a) la incidencia que tienen los medios de comunicación en la formación de la opinión pública -más aún en épocas de pandemia y cuarentena domiciliaria-, principalmente la televisión, y la capacidad de construir a través de las noticias y la información que brindan un patrón único de acontecimientos que determinan la ‘realidad diaria de los uruguayos’, a veces dificulta la incorporación y/o reflexión sobre otras realidades no presentes o no jerarquizadas por los medios. b) Por otra parte, el predominio de un sentido común sobre lo ‘político, social o académicamente correcto’ en una sociedad uruguaya de ‘buenos modales’, sin imponer censuras o prohibiciones expresas a la libertad de expresión en sus esferas de actividad, va determinando igualmente un sinsentido o una desubicación para quienes libremente actúan y reflexionan críticamente o contra la corriente de ese sentido común aceptado consensualmente.  

RENZO ROSELLO. Escritor y periodista.

Sentarse a la mesa con un café, abrir el diario y leer durante un rato. Hasta hace unos años era la operación más común. La vista vagaba por los titulares, se detenía un instante capturada por los principales y a veces los desdeñaba para caer en los más pequeños en la parte inferior de la página. Y al final del café se había enterado de cosas que antes no sabía o que sólo sospechaba. Había leído algunas opiniones que lo habían sublevado o lo habían confirmado en la propia. A esas simples, en apariencia, operaciones estaba asociada la libertad de expresión y también la libertad de pensamiento, una categoría indisoluble de la anterior.

La impronta de las redes sociales ha cambiado drásticamente esta manera de ejercer la libertad de expresión. Ahora puedo sentarme a la mesa con un café y mi celular y a través de ese dispositivo puedo decir lo que pienso acerca de casi cualquier cosa. No importa que mi opinión esté realmente informada, o tenga el peso de un juicio guiado por el conocimiento, la experiencia o la experticia en alguna materia. Se ha hecho célebre la cita de Umberto Eco sobre el papel de las redes en esta época: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

La paradoja de este aparente reinado de la libertad absoluta en las redes es que nunca se ha visto más amenazada. El estudiado efecto “burbuja” sustrae todos los indicios adversos a mi punto de vista, un algoritmo guía mis intereses y el libre albedrío parece cada vez más una entelequia, una pretensión de viejos idealistas que siguen pasando páginas amarillentas.

Esa “invasión de los idiotas” parece, por fin, haber ganado las calles en nombre de las buenas causas y derriba estatuas, agravia memorias, incendia recintos, prohíbe libros, maldice obras de la vieja cultura. Hace, por supuesto, un uso exacerbado de la libertad para encender bien alta la fogata y alimentarla con todos esos viejos libros cargados de ideas decadentes y satisfechos cantan victoria a viva voz. Un coro uniforme y bien afinado entona los vítores. Y la libertad, multicolor, sucia, peligrosa, llena de incertidumbres yace, por fin, derrotada.

La libertad siempre ha estado amenazada, desde el fondo de la historia, pero las formas de estas nuevas amenazas parecen haber cambiado definitivamente. El pensamiento, la cultura, el saber científico y toda la vida política dependen de ella. Más que pensar en límites para la libertad, habría que ejercer la libertad.

JULIO MARÌA SANGUINETTI. Ex Presidente de la República por dos períodos, abogado y escritor.

1. Como nos enseñó el maestro de nuestra generación, Justino Jiménez de Aréchaga, la libertad de expresión es la garantía de los demás derechos. Sin ella, quedan todos en riesgo.


2. No hay derecho sin límite. El de la vida, quizás el más irrestricto, cede ante el derecho a la legítima defensa. La libertad de expresión del pensamiento no reconoce otros límites que los que establezcan la Constitución y la ley, interpretados éstos de modo estricto, de modo que, en la duda, siempre se prefiere la libertad. Una limitación muy clara es la que establece que en “en los lugares y las horas de trabajo, queda prohibida toda actividad ajena a la función, reputándose ilícita la dirigida a fines de proselitismo de cualquier especie”. ¿Por qué esa limitación? Porque el Estado, justamente, debe respetar la libertad de todos y no puede aceptar que en su ámbito se realicen actividades proselitistas, fueren éstas filosóficas, religiosas o políticas. Esto reza para el gobierno que administra el Estado como para cualquier organización o persona. El mayor conflicto se produce cuando la libertad choca con el orden público, que es el que asegura el funcionamiento de las autoridades democráticamente elegidas y su ejercicio para la protección de todos los demás derechos. Por ejemplo, ¿puede alguien, en estos tiempos, preconizar que el tapabocas no sirve para nada y que el contacto físico no es relevante para el contagio de la pandemia? Poder puede y el Estado no está habilitado a ejercer la censura previa. Pero si se demuestra que de resultas de esa opinión se producen daños catastróficos, su responsabilidad civil será muy grande. De ahí que existan leyes, por ejemplo, que imponen la vacunación en nombre de proteger el bien colectivo de toda la sociedad, lo que colide a veces con concepciones religiosas, que invocan una libertad individual. Ese choque puede ocurrir por casos “graves e imprevistos” de ataque exterior o conmoción interior, en que el Poder Ejecutivo puede tomar medidas limitativas de ciertos derechos y será el Parlamento quien decida sobre ellas de modo definitivo. Estos límites han provocado históricas polémicas.


3. En el mundo hay Estados totalitarios, autoritarios o simples dictaduras, donde la libertad de expresión está muy limitada. Podemos hablar así, por su orden, de Cuba, Rusia o Venezuela. En Occidente, cuna del pensamiento liberal, siempre se proclamara la libertad, pero los riesgos, de hecho, existen. ¿Cuánto condiciona a los medios periodísticos la necesidad de financiarse con publicidad, privada o pública? En estos tiempos de transición, por el impacto de la tecnología, los medios tienen grandes dificultades de supervivencia y por eso están más desvalidos ante esas situaciones. La otra dimensión son los nuevos medios de comunicación no periodísticos, como Facebook por ejemplo, que está hoy en el ojo de una tremenda tormenta. La empresa dice que es simplemente una carretera y no es responsable de lo que transita por ella. Otros dicen que no puede  ser el vehículo de trasmisión de falsedades o difamaciones, que estimulan el odio y la división en la sociedad o la destrucción moral de una persona. El debate está abierto. Alguien debería custodiar los derechos individuales, Pero, como decían los romanos, “quis custodiet ipsos custodes”, ¿quién custodia a los custodios? En el derecho liberal, para eso está la separación de poderes, con la tensión constante entre la necesidad de dictar leyes, de aplicarlas judicialmente de modo imparcial y, a la vez, asegurar la vida normal del funcionamiento social dentro de esos códigos por medio de las diversas modalidades de la policía.


4. En Uruguay no hay mayores riesgos desde el Estado. Los hay desde los ciudadanos, desde las corporaciones, desde los medios de comunicación, especialmente las redes, que es un diabólico mecanismo para imponer lo que a veces son verdaderas dictaduras. Es la “derrota del pensamiento” de la que habla Alain Finkielkraut, desde una Francia donde, por ejemplo, la acusación de “islamofobia” condiciona a quien quiera cuestionar el fanatismo islámico, porque subliminalmente se asocia a un terrorismo cuyo brazo armado puede llegar a cualquier ámbito. Minorías organizadas ejercen una verdadera tiranía, degradando causas nobles, como el feminismo o la igualdad de las razas, que terminan en cortar cabezas, tirar monumentos al barrer, resucitando las batallas iconoclastas o las dictaduras de los Savonarolas, autodesignados monopolistas de la moral pública. Cuando se agrede un monumento a Winston Churchill, líder de la mayor derrota infligida al racismo, en nombre justamente del antirracismo, queda claro de qué modo se hace necesario recuperar la “virtud” del pensamiento clásico.

FERNANDO SANTULLO. Músico, periodista.

1. La libertad de expresión es una de las claves de la vida democrática. Es la herramienta que nos hemos dado para cuestionar los poderes y las relaciones vigentes, en un marco no violento y libre. 

2. En un sentido general, diría que no debería existir limite para la libertad de expresión, salvo en casos muy específicamente definidos por la ley (difamación, delitos de odio). E incluso esos casos deberían contar con la posibilidad de ser revisados a la luz de la charla publica. En un sentido mas estricto, creo que los únicos casos en que la libertad de expresión podría tener limites es cuando de manera específica esa expresión tenga como fin terminar con las libertades del resto o promueva acciones que atenten contra la vida o la integridad de terceros. En esto soy mas de Rawls que de Popper.

3. Si. Creo que una suerte de “pinza populista” viene apretando lenta pero firmemente la posibilidad que señalaba en los puntos 1 y 2. Y lo hace tanto por izquierda como por derecha. Lo hace en los campus, en la charla pública y, cada vez mas, en los parlamentos. El caso español reciente, en donde se declara delito de “negacionismo” cualquier opinión que contradiga la “perspectiva de género” me parece paradigmático de esta pinza populista, en este caso por izquierda. Tiene lo suyo usar el termino que se usa para negar el Holocausto para negar la posibilidad de revisar una teoría (que aun no logra probar su utilidad en la práctica). Solo alguien terminalmente victimizado puede caer en esa clase de frivolidad y la izquierda parlamentaria española lo hizo hace pocos días.

4. En la medida en ese discurso censurador se extienda (y asi viene ocurriendo) es claro que si. Es especialmente sensible cuando ocurre en las universidades, que son el espacio que nos hemos dado precisamente para debatir cualquier expresión de manera científica, sin establecer ninguna clase de censura previa. No se de ningún caso en que específicamente se haya censurado ninguna opinión de manera oficial en nuestras universidades, pero la posibilidad existe.

VIRGINIA SILVA PINTOS. Master of Arts en Periodismo, coordinadora Académica de Comunicación, FCD, Universidad ORT Uruguay.

1. Importancia total.

2. Sí, por ejemplo, expresiones político-partidarias en centros educativos, en aulas, en tanto violan la laicidad (ej. maestros con tapabocas en protesta contra de la LUC).

3. La libertad de expresión en términos generales corre riesgos, sí, en muchos lugares del mundo en los que se pretende controlar con pensamiento hegemónico lo que se puede o debe decir y lo que no.

4. Sí, por lo mismo.

DAISY TOURNE. Ex Ministra del Interior. Dirigente política.

1. Es parte inalienable de toda democracia; es uno de sus pilares.

2. Dice un amigo mío: “La libertad es libre” Otra cosa es la injuria, la descalificación de las personas, la burla que lastima. Eso es solo grosería mediocre, la libertad de expresión es el ejercicio de un derecho que debe cuidarse en el mismo momento que se ejerce.

3. Cualquier libertad molesta porque siempre hay quienes quieren ejercer el poder en forma autoritaria. En estos tiempos en donde lo diferente es vivido como peligroso aumentan los riesgos. Por eso digo, la libertad no solo se defiende exigiéndola, sobre todo se defiende ejerciéndola.

4. ¿Por qué razón sería diferente acá? Nada es para siempre en ningún lugar. De allí que debamos cuidarla y defenderla día a día. Ser libre no es un destino, es siempre una conquista.

5. Defender y ejercer el libre pensamiento y su expresión exige un accionar digno ya que demanda responsabilidad. Abrir la boca y soltar palabras nada tiene que ver con la libertad.

GUILLERMO ZAPIOLA. Crítico e historiador del cine.

1. Esencial para una república. Acaso no necesariamente para una democracia, si se la considera meramente como un sistema de mayorías (el abuso de la estadística de que se burlara Borges), pero el concepto de república va más allá, e implica el equilibrio del sistema de derechos, deberes y garantías, que solamente puede sostenerse si funciona la libertad para la crítica y la disidencia. Es posible imaginar una «democracia totalitaria» (si no me equivoco, ese es el título de un libro del francés Jean Talmon), y durante el siglo XX y después el mundo ha soportado autodenominadas «democracias populares» donde la libertad de expresión se fue de vacaciones, pero es inimaginable una república sin ella. Se requiere de ciudadanos bien informados, y eso implica poder escuchar todas las voces. Sin ir más lejos, en el último mes sendas notas en el semanario Búsqueda le han valido la renuncia dos impresentables en el gobierno cuando todo el sistema político estuvo distraído con respecto a sus transgresiones de la ley, el sentido común o ambos. El periodismo independiente, y por lo tanto la libertad de expresión son imprescindibles para la salud del sistema democrático-republicano (e insisto en que las dos palabras deben ir juntas, o nos perdemos algo).

2. No los defino yo. Los define el código penal. En una democracia liberal, lo único que está prohibido es el delito, y a su vez éste solamente lo define la ley (no un decreto presidencial o un reglamento administrativo). Parece razonable que se castiguen la calumnia, la difamación e injurias o la apología del delito, pero eso solo puede ser definido por la ley y aplicado por la justicia. Lo demás es un abuso.

3. Basta leer los diarios o ver un noticiero en la televisión para saber que sí. La libertad de expresión no existe en medio planeta, y es cuestionada en la otra mitad. Basta cruzar el charco y ver algunos movimientos recientes en el tablero jugado por el dúo «nac &  pop» Fernández Fernández, o lo que pasa en los campus universitarios norteamericanos. La diferencia es que en los Estados Unidos las intolerancias son individuales o grupales, y el sistema suele fallar en favor de la libertad: hay que ver las cosas que John Oliver dice de Donald Trump en su programa de HBO.  Y para no irnos de América, recordemos los casos de Nicaragua, Venezuela o Cuba, países en los cuales la situación es exactamente igual a la de los Estados Unidos: en todos ellos se puede hablar mal de Donald Trump, aunque haya diferencias en otros temas (¿quién es el John Oliver de Caracas?). Movimientos como No platform son peligrosos, aunque no nos gusten los grupos censurados. La frase que se atribuye a Voltaire («No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo») debe ser todavía una guía. Lástima que Voltaire no la haya dicho nunca y sea un invento posterior a él.

4. No me preocuparía demasiado por riesgos provenientes del gobierno, o genéricamente «los gobiernos». Desde el retorno de la democracia, ninguno de los partidos políticos que han llegado al poder en el Uruguay han constituido graves amenazas a la libertad de expresión. Lo más que ha habido han sido llamadas telefónicas desde el Ejecutivo a algún medio para decir «muchachos, no embromen con esto», o cosas por el estilo, pero no ha pasado de allí. Me producen más inquietud, con los añadidos de la irritación y el fastidio por la estupidez, las reacciones sociales impulsadas por esa manera contemporánea del fascismo denominada «corrección política». Acá todavía no hemos visto derribarse estatuas de partidarios de la esclavitud (o por lo menos que no hicieron nada contra ella) como José Artigas, por ejemplo, y hace tiempo que no oigo que nadie haya dicho en una asamblea «los fachos no hablan», como estaba de moda en los años sesenta, la década estúpida por antonomasia (después vinieron los setenta, que fueron la década siniestra). Pero ha habido por cierto tonterías que corresponde cuestionar, desde umbandistas denunciando ante la justicia a evangélicos curreros por lo que éstos dicen de aquellos (para su indignación la justicia no les dio bola y les aconsejó en cambio, sensatamente, que si querían a su vez ellos hablaran más de los otros), «progres» empeñados en prohibir un teleteatro turco que por cierto no vi pero que al parecer «degradaba a la mujer» (¿qué hacemos con el porno en internet?), o el episodio de La Mesa de los Galanes, que podrán ser unos estúpidos pero no justifican la judicialización del caso. Hay gente muy susceptible que reivindica libertad para sí, pero se enoja con la libertad de los demás, o proclaman ese supremo lugar común de «libertad sí, pero sin ofender». Si no ofendemos a nadie ¿dónde está la gracia de tener libertad? Una persona religiosa tiene derecho a ofenderse ante una manifestación atea, un ateo enojarse porque alguien reivindica la existencia de Dios, o un peñarolense porque alguien grita «Nacional arriba nomá», pero mala suerte. Y otra vez. ¿quién maneja el «ofensímetro» para determinar que esto se puede decir y aquello otro no? Volvamos a la Constitución de la República, que protege también derecho a la libertad de expresión de los idiotas. Sospecho que todo esto pasará, como pasará el coronavirus que ya me tiene harto, o han pasado otras molestias en el mundo. Terminemos con una cita de mi admirado John Wayne en su papel de Davy Crocket en EL ALAMO. «República. Amo el sonido de esa palabra. Significa que uno tiene el derecho de pensar libremente, hablar libremente, ir y venir, comprar y vender, emborracharse o permanecer sobrio si es lo que desea. Hay palabras que provocan un sentimiento, como el que un hombre experimenta cuando ve a su hijo dar sus primeros pasos o afeitarse por primera vez. Hay palabras que calientan el corazón: República es una de ellas».

GONZALO ZIPITRÌA. Músico, líder de la banda Boomerang.

1. Creo que la libertad de expresión es fundamental para el funcionamiento de la sociedad toda, en mi caso siendo músico, más importante aún. Aunque tampoco es que se pueda decir cualquier cosa, manifestar opiniones, pensamientos o ideas debe tener libertad total. Uno debe ser libre de poder decir lo que piensa con respecto a cualquier tema, tener libertad de criticar un partido de fútbol, la política, una organización terrorista, un presidente, etc. Lo que no se puede hacer es utilizar la libertad de expresión como escudo para atacar al otro simplemente porque sea diferente en su modo de vida, religión o cultura, para incitar el odio, el racismo, la guerra, etc. Sí partimos de una idea de la igualdad y la libertad de las personas, cada uno debe respetar al otro como ser humano.

2. Me gustaría aclarar que las expresiones artísticas, culturales, el humor, etc. deberían estar al margen de los límites de la libertad de expresión. No los considero un ataque directo sino que muchas veces es el receptor quien se siente ofendido, e incluso terceras personas que se piensan moralmente superiores. Sentirse ofendido de un chiste, una caricatura, una canción u otras expresiones culturales es algo subjetivo, y por lo tanto no es motivo ni de censura ni de sanciones.

La corrección política también es censura. Y tomo las palabras de Alejandro Dolina, “criminalizar el arte es criminalizar el pensamiento”.

Por otro lado, los límites de la libertad de expresión son diferentes para cada persona y tema, la gente los utiliza a su antojo y siempre a su favor. Yo creo que no se debe censurar nunca de antemano o intentar esconder un mensaje. Es lógico que puedan haber consecuencias si se pasan ciertos límites, un insulto grave, amenazas, coacciones o cuando se acusa en falso a alguien de algo.

La gente tiene que tener el derecho a defender su integridad y debe de poder querellarse cuando es acusada sin pruebas, cuando se demuestra que una acusación es mentira.

3. Sí claro. Mas cuando un gobierno o los poderes fácticos de un país impiden generar una opinión sobre algo que nos puede gustar o no y más en el marco de representaciones artísticas.

4. Acá aún estamos lejos de correr riesgos como en algunos países de Europa, ni que hablar de África occidental, sudeste asiático, China, etc. Pero sí creo que en Uruguay la situación en ese aspecto no está dando señales de estar evolucionando de forma positiva.

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