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Plantear una serie de preguntas a un grupo acotado de personas, sobre la importancia y estado de situación de la “Libertad de expresión” cuenta, siempre, con el peligro de representar porciones demasiado específicas, demasiado aleatorias, demasiado subjetivas, del parecer de una comunidad con respecto a un tema tan trascendente. Sin embargo, las diferentes manifestaciones al respecto nos brindan la riqueza de la visión individual, no estadística, cualitativa en pormenores y particularidades, y que manifiesta los matices y las variantes imprescindibles para debatir un tema que, en eXtramuros, consideramos uno de los determinantes de la situación presente.

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La impresión general sobre la importancia de la libertad de expresión parece ser unánime: representa un elemento “máxima” (Martín Aguirre, Héctor Balsas), “básica para la democracia” (Catalina Ferrand, Selva Andreoli), “centrales y determinantes para la convivencia democrática” (Luis Pereira), “enorme” (Pablo Casacuberta), “uno de los pilares de la democracia” (Daisy Tourné) o “inmensa” (Pablo Da Silveira). La relación entre democracia, libertad de expresión y derechos fundamentales es referida por varios entrevistados. El ex presidente Julio M. Sanguinetti sostiene que “Como nos enseñó el maestro de nuestra generación, Justino Jiménez de Aréchaga, la libertad de expresión es la garantía de los demás derechos.”. Guillermo Zapiolla sostiene que es “esencial para una república”.

Parece existir un amplio consenso en que la libertad tiene ciertos límites. La naturaleza de estos límites en general radica en la responsabilidad, sea esta jurídica o no. Limitarla, representaría para algunos “limitar aquello que nos hizo humanos” (Marcelo Marchese), aunque en general la idea de cultivar la mas amplia libertad de expresión es la tónica. Los matices surgen especialmente en dos planos: la naturaleza -legales o éticos- de sus límites, y los elementos que deberían reflejar la frontera deseable de la libertad de expresión.

 “No existe libertad sin responsabilidad” sostiene Rafael Gibelli, “En una moneda, la limitante del número es la cruz; igualmente, la limitante fenoménica de la libertad es la responsabilidad. El hacerse cargo de las consecuencias de los dichos propios.”. Enrique Aguirre también plantea que la libertad de expresión no debe tener límites, salvo los relacionados con la responsabilidad al ejercerla, donde es fundamental, para Facundo Ponce de León, discernir entre la libertad de ofender y el deber de ofender: “El primer límite es el de virtud de la prudencia. Que tengamos derecho a decir libremente todo lo que pensamos no implica que lo que pensamos necesita ser dicho. Hay un salto del hecho de la libertad de expresión al hecho de lo que efectivamente se expresa en el espacio público. El derecho a ofender (libertad de expresión) no implica un deber de ofender”.

A esta prudencia parece referirse Daisy Tourné al señalar que la libertad de expresión no debe confundirse con la libertad de ofender o dañar, ya que esto daña la propia naturaleza del derecho, por ello, sostiene, el “ejercicio de un derecho que debe cuidarse en el mismo momento que se ejerce.”

Fernando Santullo opina sobre este difícil límite: «creo que los únicos casos en que la libertad de expresión podría tener limites es cuando de manera específica esa expresión tenga como fin terminar con las libertades del resto o promueva acciones que atenten contra la vida o la integridad de terceros. En esto soy mas de Rawls que de Popper«.

 En general el límite referido con mayor asiduidad es el legal, ya sea el código penal (Guillermo Zapiolla), la Constitución (Jose Legaspi, Luis Pereira) las leyes, o los derechos fundamentales. Para Pablo Da Silveira el límite es “el respeto de la demás libertades y derechos fundamentales”. Álvaro Rico hace hincapié en la importancia de la “autolimitación”, pero considera que, a nivel de la ley y la acción estatal, “únicamente deberían establecerse disposiciones legales que permitan anticipar algún tipo de prohibición y/o sanción legal preestablecida en los siguientes casos: que las expresiones públicas inciten u organicen violencias físicas y simbólicas en forma sistemática; promuevan intencionalmente la discriminación o el escarnio de personas o sectores particularizados dentro de la sociedad; utilicen públicamente datos personales en forma no autorizada para provocar un daño moral personal y familiar por razones de cálculo político, económico.”.

Selva Andreoli reivindica la libertad de expresión, pero señala los peligros que en la actualidad esto representa para la sociedad, ante el riesgo de apañar el discurso que estimula el odio o la violencia en la sociedad, o alienta la discriminación en sus diferentes facetas, porque también importa cómo se colectivizan las ideas en una sociedad”

Esta circunstancia plantea un antiguo debate sobre los derechos individuales y los alcances y competencias del poder público frente al derecho individual. Un ejemplo es el que da Julio María Sanguientti: ¿puede alguien, en estos tiempos, preconizar que el tapabocas no sirve para nada y que el contacto físico no es relevante para el contagio de la pandemia? Poder puede y el Estado no está habilitado a ejercer la censura previa. Pero si se demuestra que de resultas de esa opinión se producen daños catastróficos, su responsabilidad civil será muy grande. De ahí que existan leyes, por ejemplo, que imponen la vacunación en nombre de proteger el bien colectivo de toda la sociedad, lo que colide a veces con concepciones religiosas, que invocan una libertad individual. Ese choque puede ocurrir por casos “graves e imprevistos” de ataque exterior o conmoción interior, en que el Poder Ejecutivo puede tomar medidas limitativas de ciertos derechos y será el Parlamento quien decida sobre ellas de modo definitivo. Estos límites han provocado históricas polémicas”.

Virginia Silva, también refiere a los límites de la libertad de expresión al señalar como ejemplo las “expresiones político-partidarias en centros educativos, en aulas, en tanto violan la laicidad”,  en definitiva, los límites de la libertad de expresión están consagrados en el marco jurídico histórico. Pablo Casacuberta, en este sentido, sostiene “que hay aspectos nacidos de consensos laboriosos generados en un sistema democrático a menudo supone resignar ciertas libertades hasta alcanzar nuevos marcos legales.”. Para Héctor Balsas, la construcción de un marco legal no supone “limitar” la libertad de expresión, y la existencia de marcos regulatorios “no restringen ningún derecho, sino que indican el alcance que cualquier derecho tiene, que llega hasta los derechos de los otros. Ninguna libertad puede ponerse por encima de otra ni ningún derecho puede subordinar a los demás. De modo que si el ejercicio de una libertad o un derecho afectan derechos y libertades de otros, deberán actuar los mecanismos reguladores que restablezcan el equilibrio.”.

Gonzalo Zipitría también realiza una distinción con respecto a ciertas expresiones de la libertad de expresión. Para él “las expresiones artísticas, culturales, el humor, etc. deberían estar al margen de los límites de la libertad de expresión. No los considero un ataque directo sino que muchas veces es el receptor quien se siente ofendido e incluso terceras personas que se piensan moralmente superiores. Sentirse ofendido de un chiste, una caricatura, una canción u otras expresiones culturales es algo subjetivo y por lo tanto no es motivo ni de censura ni de sanciones.”

¿Esta en riesgo la libertad de expresión?

“Siempre está en riesgo la libertad de expresión, nació en riesgo y vivirá así, sobre el pretil” sostiene Facundo Ponce de León, al respecto de la naturaleza misma de la libertad de expresión. Sobre este punto, el anterior consenso parece permitir una mayor variedad de matices en la mirada frente a los peligros que enfrenta la libertad de expresión, tanto a nivel mundial como en la realidad uruguaya. Aquí, estas diferencias de enfoque tienen dos grandes expresiones: una relacionada a los orígenes ideológicos, económicos o políticos de los que ponen en riesgo la libertad de expresión, y otra en lo que respecta a las prácticas en redes sociales.

Dentro de los que creen que esta en riesgo tanto a nivel global como nacional, Martin Aguirre señala dos emergentes que cuestionan la misma, “una infantilización del debate y de las sensibilidades que se da en las sociedades desarrolladas a raíz del bienestar y el sentimiento de culpa de las nuevas generaciones. Que aprovechan el fruto del esfuerzo de sus generaciones mayores sin haber aplicado mayor sacrificio personal para lograrlo. Esto es manipulado por los estamentos afines a las visiones marxistas que se han apoderado de los campos de estudios sociales, y fomentan las aristas que más les sirven para poner en jaque el orden actual.”. Las razones de este peligro son, para Luis Pereira, “la extrema circulación de información y desinformación en redes sociales, el peso creciente de las operaciones de manipulación y ocultamiento allí y en los medios de comunicación en general, el retiro de la política y de los asuntos públicos de las mayorías, la expulsión de los sistemas educativos y demás de cada vez más personas en todo el mundo, la brecha entre riqueza y pobreza cada vez más irreversible”, entre otros. El decaimiento del sistema educativo es referido por numerosos entrevistados (José Legaspi), o algunos eventos polémicos recientes ( Cristina Morán)

Existen también naciones, ideologías, religiones o grupos políticos y/o económicos que son señalados como causantes del deterioro de la libertad de expresión. La lista es bastante variopinta y extensa: serían agentes que deterioran la libertad de expresión China, Venezuela, Cuba, Irán, Nicaragua (José Legaspi, Julio María Sanguinetti), las tesituras moralizantes y violentas visibles en las redes sociales (Pablo Casacuberta) o el poder de estas corporaciones (Facundo Ponce de León), lo “políticamente correcto” (Marcelo Marchese), que también es referido por Rafael Gibelli al sostener que “la hegemonía del pensamiento políticamente correcto impone una suerte de inquisición al pensamiento libre de la opresión de las mayorías. Hay censuras imposibles de negar y hay censuras invisibles que, no por ello, dejan de asfixiar la conciencia del hombre”, y por Gonzalo Zipitría, que recuerda «la corrección política también es censura. Y tomo las palabras de Alejandro Dolina, criminalizar el arte es criminalizar el pensamiento”. Para Pablo Da Silveira, el peligro en estas épocas es mayor que nunca. Isabel Oronoz también señala a la corrección política como uno de los elementos centrales del deterioro de la libertad de expresión: “La corrección política ejerce un poder de veto atroz sobre la libertad de expresión. Recorta y pega los temas permitidos que son repetidos en coro en todos los ámbitos, son la “agenda” socialmente permitida que llega a las sociedades, gobiernos, organismos internacionales, mundo académico, universidades. Cuando el relato se uniformiza, cuando perdemos la posibilidad del debate abierto de ideas nos mediocretizamos, el mundo de los mediocres es un mundo uniforme, de términos medios, ni muy arriba ni muy abajo, un modelo estándar de personas iguales que piensan igual y visten igual en todos los sentidos posibles”.

Fernando Santullo advierte: «una suerte de “pinza populista” viene apretando lenta pero firmemente […] Y lo hace tanto por izquierda como por derecha. Lo hace en los campus, en la charla pública y, cada vez mas, en los parlamentos. El caso español reciente, en donde se declara delito de “negacionismo” cualquier opinión que contradiga la “perspectiva de género” me parece paradigmático de esta pinza populista, en este caso por izquierda. Tiene lo suyo usar el termino que se usa para negar el Holocausto para negar la posibilidad de revisar una teoría (que aun no logra probar su utilidad en la práctica). Solo alguien terminalmente victimizado puede caer en esa clase de frivolidad y la izquierda parlamentaria española lo hizo hace pocos días.«

Como vimos, el protagonismo de las redes sociales en esta época y las lógicas de comunicación que se desarrollan a su interior son constante. Algunos se inclinan por regular más. Adolfo Garcé, por ejemplo, cree urgente “que se instale un debate a fondo en la sociedad civil el uso de las redes sociales, en particular de Twitter. Demasiadas personas parecen no asumir que la calidad de la democracia depende en gran medida del comportamiento de cada uno. Una democracia madura precisa ciudadanos maduros. No alcanza con instituciones republicanas. Precisamos una ciudadanía capaz de cultivar virtudes cívicas, entre ellas, la de discutir sin ofender.

Álvaro Rico sostiene que existen “procesos de monopolización y transnacionalización de los medios de comunicación que son las fuentes internacionales y proveedores de la información sobre los sucesos en el mundo y su interpretación; mega compañías informáticas que a través de sus plataformas procesan y utilizan los datos para incidir en los gustos y formar opinión; los gobiernos autoritarios existentes en varios países del continente y del mundo que manipulan la opinión nacional, persiguen opositores y censuran la libertad de expresión.”

Otros participantes sostienen que no corre más riesgo que en otras épocas de la historia de la humanidad (Hector Balsas), en tanto Rafael Bayce señala que las circunstancias históricas nos enfrentan a importantes riesgos de la libertad de expresión, ya que la censura puede manifestarse como una expresión de defensa de la misma: “si  antiguamente la libertad de expresión no formaba parte sea del deber ser profundo, sea de la corrección política más epidérmica, ahora sí lo es, facilitando, tanto esa no pluralidad como su ocultamiento o enmascaramiento con coartadas diversas. Estamos ante un mayor riesgo de violación, a la vez que a la negación de su violación, por inmoral o antisocial; hipocresía y falsedad con abundancia de coartadas de intención absolutoria abundarán”. En este sentido varios entrevistados señalan el peligro que supone la tribalización del debate público donde movimientos globales, en nombre de reparaciones históricas o desigualdades estructurales a ajusticiar, representan expresiones claras de actitudes liberticidas. Renzo Rosello sostiene que una verdadera ““invasión de los idiotas” parece, por fin, haber ganado las calles en nombre de las buenas causas y derriba estatuas, agravia memorias, incendia recintos, prohíbe libros, maldice obras de la vieja cultura. Hace, por supuesto, un uso exacerbado de la libertad para encender bien alta la fogata y alimentarla con todos esos viejos libros cargados de ideas decadentes y satisfechos cantan victoria a viva voz. Un coro uniforme y bien afinado entona los vítores. Y la libertad, multicolor, sucia, peligrosa, llena de incertidumbres yace, por fin, derrotada.”

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