MARIELA MICHEL / Sin duda somos víctimas. Pero como toda víctima, tenemos la posibilidad de cerrarle la puerta a esos seres que están nutriéndose de nuestro temor y fortificándose con nuestro debilitamiento. Cada vez más nos cruzamos con rostros lánguidos y pálidos por las calles, muchas veces detrás de algunos obstinados tapabocas; en otras ocasiones, son rostros atemorizados que le huyen al aire libre, a las fiestas, a los encuentros danzantes, a los encuentros. Cada vez más personas se sienten seguras en el encierro solitario, luego de trancar las puertas para dejar fuera la energía del sol, el vigor de la naturaleza, la alegría del contacto.

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