ENSAYO / EDUCACIÓN

Por Aldo Mazzucchelli

Mientras en Escocia luego de 13 años de experimentar la educación “basada en competencias”, se vuelve atrás y se entiende la importancia de enseñar algo en particular para que los que aprenden puedan ser competentes en algo en particular, la ANEP incluye, en el comienzo mismo de su fundamentación de los nuevos Planes y Programas, el siguiente párrafo, que vale la pena transcribir:

“Se cambia la forma tradicional de enseñar que partía de la repetición y memorización de contenidos, por una educación basada en competencias, que motiva e involucra al estudiante en su aprendizaje a través de propuestas educativas activas y de aplicación práctica.”

El párrafo está mal pensado tanto en general, como en cada una de sus partes. Además es tremendamente pretencioso. Empecemos por las partes.

Primero: El párrafo, al centrar la “transformación” en “competencias”, está ocupándose de los resultados de la enseñanza, después de haberlas antepuesto a los “contenidos”, eliminado así la enseñanza misma. Pues los contenidos son lo que es posible enseñar. Los contenidos son la condición sine qua non para desarrollar y exhibir cualquier destreza o competencia. No se puede empezar una casa por la azotea si antes no se echaron los cimientos y las paredes.

Segundo: no hay tal “forma tradicional” de enseñar. La enseñanza nunca pudo describirse con justicia como algo que haya consistido en “memorizar” nada. La enseñanza -como su nombre lo indica- exhibe o presenta, a quien quiera aprenderlos, determinados contenidos, y para retener estos existen muchos caminos, o métodos. La mnemotécnica es solo uno de ellos. Mezclar en una sola frase “contenido” con “memorización” -como si fueran dos partes necesariamente ligadas en la “enseñanza tradicional”- es lo mismo que mezclar en una frase el concepto de viaje con el de tren, como si solo se pudiera viajar en tren, o el concepto de viaje implicase al de tren. Es decir, los redactores empiezan por una nebulosa que entrevera categorías. Le llaman a su malcomprensión “forma tradicional” de enseñar, y a continuación pasan a oponer ese entrevero con su enseñanza centrada en “competencias”.

Ese entrevero dirige la mente a un sinsentido.

Los contenidos no se conectan más que a veces con la memorización. Los contenidos normalmente se pueden presentar vinculados a acciones. Por ejemplo puedo enseñar palabras mientras las uso. Puedo enseñar el concepto “multiplicar” (un contenido) mientras opero matemáticamente haciendo multiplicaciones. Puedo enseñar el rol de una figura histórica como Fructuoso Rivera, en parte, visitando el museo Histórico o mirando y sometiendo a crítica videos sobre él. En ningún caso es preciso someter estas cosas a ninguna técnica de memorización -aunque la memorización pueda servir parcialmente en los tres casos. Basta familiarizarse por exposición variada con los mencionados contenidos, para retenerlos razonablemente. Es la práctica con contenidos que hay que enseñar lo que crea cualquier “competencia”.

Esto muestra que la mente capta y retiene de distintas formas esos contenidos. La memorización de algunos de ellos es, comprobado por la experiencia práctica de millones de seres humanos perfectamente sanos, inteligentes y exitosos, una de esas formas. Depende de qué contenido se trate, y de si nuestra mente funciona bien memorizando, y es capaz de desarrollar buenas técnicas mnemotécnicas para usarlas cuando las precise.

Confundir “repetir” con “memorizar” podría ser incluso un sub-entrevero más, pues la repetición es una metodología y la retención (anfibológicamente aludida como memorización) es un objetivo intermedio de la enseñanza -precisamente, el objetivo que toda esta “filosofía” educativa se propone combatir y exterminar.

Eliminar la retención de contenidos, estigmatizarla como algo del pasado, no responde a ningún progreso, iluminación o descubrimiento educativo repentino: es una variante más de la vieja “filosofía” de “todo consiste en que el estudiante se sienta contento”, variante de una ansiedad infantil de los administradores educativos -contagiada a los docentes- por posibles descontentos y críticas de los estudiantes. Esta ansiedad, a su vez, se basa en una concepción errónea de la enseñanza, propia de un entorno relativista como el que domina a padres, maestros y alumnos, concepción que implícitamente cree que nadie sabe más que nadie, y que enseñar algo equivale a una microagresión, pues instala una asimetría no justificada entre docente y alumno.

Un acompañante frecuente de esto es la teoría llamémosle ‘ecopedagógica’, de notorios ecos rousseaunianos, de que todo niño nace natural, completo, puro y perfecto, y por tanto enseñarle cualquier cosa es contaminarlo -a lo que más o menos se reduce el summum de la sabiduría de la generación hippie que tomó a su cargo la enseñanza en los años 70+, y que sigue siendo una de las principales sospechosas de todo lo que pasó luego.

El progresismo educativo

Luego viene el momento estelar del párrafo. En él, se nos explica que felizmente hemos dejado atrás el pasado educativo, la “enseñanza tradicional”, y la estamos sustituyendo por una “educación basada en competencias”. Ésta “motiva e involucra” y que trae “propuestas activas” y “de aplicación práctica”.

El párrafo despide un nauseabundo olor a progresismo, es decir, el componente ideológico de la modernidad occidental que toma como un dogma de fe que la historia es una linealidad de lo peor a lo mejor, y que cualquier cosa que pase después de otra, supera a la anterior y debe ser deseada.

En fin, según la ideología de la transformación educativa, en lugar de enseñar contenidos, ahora vamos a enseñarle a los estudiantes directamente a hacer cosas. Les vamos a dar el poder de realizar, y les vamos a ahorrar tiempo y esfuerzo.

Si antes, para calcular la resistencia de un puente elemental -digamos, un pasaje sobre un tablón de madera en un jardín- había que conocer algunos contenidos matemáticos, ahora los muchachos construirán el puente, manos a la obra, sin molestarse en aprender matemáticas primero.

Si antes para redactar un texto sobre, digamos, historia de la Convención Preliminar de Paz, había que saber una serie encadenada de hechos históricos, ahora haremos a los muchachos capaces de redactar el texto histórico sin necesidad de conocer, mucho menos memorizar, ninguno de esos contenidos históricos previos. Si la historia que así se escriba resulta un disparate ficcional sin ningún interés, no importa, porque haber logrado escribirla es mucho más importante que escribirla bien -y además, en un mundo relativista absoluto, nadie tiene derecho a determinar qué sería escribirla bien.

Y si antes para entender un ensayo filosófico había que pasar primero por la lectura de otros textos más elementales que nos preparaban y daban los conceptos como para entender ese ensayo filosófico, ahora… Bueno, ahora ya eliminamos totalmente del curriculum cualquier ensayo filosófico. Porque sabemos de antemano que sin conocer esos contenidos previos más elementales, los estudiantes -como reconoció el Ministro de Educación hace poco- no son capaces de leer nada complejo. A esa eliminación de toda la filosofía la justificaremos diciendo que tales cosas “no son de aplicación práctica”, como aconseja el párrafo citado.

Es decir, eliminaremos la necesidad de ser sólidos y saber de determinadas cosas, no obstante lo cual seguimos teniendo el objetivo de que los estudiantes sepan hacer cosas que los dejen preparados para el mundo contemporáneo.

Bien. Usted es una madre, un padre, genuinamente creyente en que el sistema en que vivimos está administrado y controlado por profesionales sabios, actualizados, y que no podrían cometer un error tan elemental como el que dejo implícito en mi crítica de lo que anuncia la “Transformación Educativa”.

En efecto, usted ha visto -igual que yo- el comercial que promueve la cuestión, donde se exhibe un piloto de avioneta y una orquesta de jóvenes, y se indica que la educación que viene no consistirá en enseñarle al piloto de avión solamente a repetir y memorizar el manual, ni a los músicos solamente a leer música sin tocarla nunca en ningún instrumento. Qué bien, habrá pensado usted, esta gente sí que la tiene clara. Ahora, en lugar de aburrir a mi hijo con ‘teorías’, le enseñarán finalmente algo ‘que le sirva para algo’ en la vida. Ahora, como anuncian, le enseñarán “competencias”.

Y qué son las “competencias”? Bueno, usted

sabe, “un conjunto de capacidades y actitudes”. Sic: no dice aptitudes, que habría sido un mero sinónimo de capacidades, sino que aparentemente ahora la educación enseñará actitudes.

¿Qué es una actitud? Reúno dos definiciones que encontré: Según Warren: “Una actitud es una específica disposición mental hacia una nueva experiencia, por lo cual la experiencia es modificada; o una condición de predisposición para cierto tipo de actividad”. Según Droba: “Una actitud es una disposición mental del individuo a actuar a favor o en contra de un objeto definido”.

Por lo que entiendo, la ANEP se apresta a enseñar a sus estudiantes a que tengan predisposiciones. Por ejemplo, a que estén predispuestos positivamente, a que tengan una “actitud positiva” frente a una tarea equis que se les plantee.

En fin, ¿cuáles son las competencias que se enseñarán? Son éstas:

¿No es fantástico? Sin molestar al estudiante ni aburrirlo con absolutamente ningún contenido ni ninguna retención del menor dato, se lo va a formar para que desarrolle un “pensamiento crítico” de modo competente.

‘Pensamiento crítico’ y paranoia

¿Cómo sería ese pensamiento crítico, a qué se parecería? Porque, si entiendo bien, deberá ser un pensamiento crítico al cual le sea totalmente ajeno, ya de arranque y por principios, cualquier postura previa, cualquier opinión definida y sólida. Porque esas opiniones previas son justamente los “contenidos memorizables”, que la transformación ha decidido abandonar.
Es decir, puesto que no vamos a enseñar más la filosofía concreta de nadie -ni la de Platón ni la de Hegel ni la de Hanna Arendt- ni historia -ni la historia de Blanco Acevedo ni la de Stewart Vargas ni la de Pivel ni la de Vázquez Franco- ni pensamiento político antiguo o contemporáneo, etc. (pues son todas cosas que habría que retener, ‘memorizar’, o sea contenidos, cosas pasadas de moda), nuestro estudiante deberá adquirir de todos modos la actitud crítica, la predisposición crítica.

¿Cómo se la enseñaríamos? ¿Cómo le enseñaremos a orientarse ante algo para criticarlo?

¿Se la enseñaremos, quizá, dándole algunas indiciaciones metodológicas sobre cómo desconfiar al buscar en Google, de modo de evitar los contenidos esponsorizados, y confiar solo en “fuentes confiables y verificadas” y “factcheckers” que ya pensaron por ellos? ¿Se la enseñaremos mostrándole un par de ejemplos en los cuales primero lo haremos adoptar una postura de aprobación y confianza, para luego demostrarle que estaba equivocado porque confió en una fuente poco confiable?

Me parece que eso, más que pensamiento crítico, se parecería a la desconfianza, cuando no a la paranoia. ¿Por qué? Simplemente porque el pensamiento crítico no es, en absoluto, una “actitud”. No tiene en su esencia nada, pero nada que ver con una actitud, sino que es la danza de los contenidos que compiten, con sus argumentos, sus fundamentos y su verosimilitud, dentro de un espíritu formado e inteligente.

Un observador externo que carezca de la experiencia directa del pensamiento crítico, puede tender a creer que se trata de una actitud, una predisposición, simplemente porque sólo está viendo los síntomas externos. Pero no es así: el mundo está lleno de gente competente en pensamiento crítico que es de lo más confiada, hasta llegar a la inocencia; y está llena de desconfiados que, cuando llega el momento de expresar su crítica racional a algo, se quedan mudos, o entregan sus espumarajos de delirios sin otro apoyo que un resentimiento profundo.

Algo parecido se puede decir de las demás ‘competencias’ definidas. ¿Se buscará capacidad para comunicar sin tener nada que comunicar? El resultado previsible es que se obtendrá lo mismo de lo que se partió: un estudiante que es capaz de surfear una conversación más o menos inteligente, o más o menos vacía desde que tiene 5 o 7 años. No se le habrá enseñado nada. El que ya trae inteligencia y conocimientos propios, los podrá expresar -la naturaleza siempre garantiza eso, pese a la creencia en contrario de los pedagogos, que si reconociesen esta vieja verdad se quedarían inmediatamente sin trabajo.

¿Se buscará competencia en pensamiento científico sin saber química, física, biología, matemáticas? ¿Cómo? ¿Entrevistando colectivamente a un miembro del GACH? ¿Asistiendo a las conferencias de prensa de la Ministra de Salud, que por otra parte raramente existen y cuando existen están hueras de ciencia? ¿Haciendo un germinador? ¿”Investigando” (el término refiere a haber leído una nota de prensa y dos sitios web) cómo se resolvió la contaminación de un arroyito por parte de UPM Paso de los Toros?

Y las competencias en relacionamiento y acción, ¿no presupondrán toda una cantidad de contenidos y debates, que nunca se enseñarán pues fueron mayormente eliminados del curriculum, pero que se dan por sentados -eliminando así la capacidad crítica sobre los supuestos del sistema mismo?

Leo el detalle sobre qué se evaluará en materia de “Pensamiento Crítico” y constato que se alude a “los fundamentos” sobre los que se opina algo, los conocimientos que son “la base” para las propias opiniones, la autoevaluación del propio punto de vista, el respeto al punto de vista del otro -cosa muy poco deseable si se quiere avanzar en una discusión. Lo que se requiere es el respeto al otro, de ninguna manera el respeto a la opinión del otro, que es precisamente lo que tiene que estar abierto a demolición. Es claro, sin embargo, que en una sociedad oral como la que habitamos la individualidad (interior) se confunde con la representación de opiniones (externa). Estos materiales caen en esa misma confusión. Y esa confusión presenta una dificultad extra cuando dice que “expresa con elocuencia sus puntos de vista en diversos soportes y formatos orales o escritos”. ¿Cómo podría un estudiante expresarse competentemente por escrito si se elimina primero como contenido serio de la educación la lectura y escritura de textos complejos, largos y elaborados? Quizá se indique que expresar por escrito es escribir un tuit.

Más de una vez se ha objetado que en esta materia no es posible criticar sin proponer. Eso no es cierto: es perfectamente legítimo criticar sin proponer. Pero, en tren de decir algo positivo, en mi opinión la enseñanza debe basarse estrictamente en contenidos, siendo las “competencias” aquello que se busca lograr al terminar cada etapa. En lugar de confundir a los docentes con supuestos objetivos maravillosos que nadie sabe como obtener y que se vende la ilusión de que basta teatralizar o fingir, debería pasarse un mensaje completamente distinto, contenidista y de exigencia estricta.

Para ello, el sistema entero debe girar -desde arriba y usando todos los recursos a su disposición- a una recuperación de la escritura, exigiendo a docentes de primaria a que tengan la enseñanza de los contenidos básicos “tradicionales” como centro y preocupación absoluta.

Debe abandonarse o relegarse sustancialmente el tiempo dedicado a ideologizar a los niños y jóvenes en presuntas posiciones virtuosas en materia íntima y social, que no son más que un lavado de cerebro financiado por organismos internacionales que impulsan esas agendas con complicidad de los administradores locales y beneplácito de los políticos, devolviéndole a cada individuo la libertad de juzgar sobre ideas y valores.

Y se debe unir a ello el uso de todas las metodologías audiovisuales y virtuales a disposición para que la presentación de los contenidos resulte interesante.

No hay ninguna contradicción entre aprender contenidos y ser “activo”. Basta con entender que aprender es en sí una actividad, la actividad apropiada a la educación, y que no puede de ninguna manera ser postergada por supuestas inmersiones “prácticas” que no son sino un mal remedo de la vida real. El objetivo, tiempo y espacio de la educación, no es meter al estudiante ya en la vida real, sino alejarlo de ella todo lo posible para que obtenga, justamente, una distancia crítica desde la que pueda aprender a pensar alejado de las presiones del rendimiento y el éxito monetario.

La Transformación Educativa no puede resumirse, desde luego, a una crítica sumaria como esta. Pero lamentablemente su filosofía educativa está bien clara en los materiales exhibidos por ANEP, y no es muy arriesgado decir que, con esta enésima “Transformación” de lo mismo en lo mismo, los pésimos resultados educativos del Uruguay seguirán como hasta ahora.