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La emergencia sanitaria resultado de la aparición del Covid 19 ha disparado un creciente uso político de esta situación. Tanto a nivel internacional como local, numerosas fuerzas vienen operando sobre el relato pandémico con la intención de acrecentar su control político, sus ganancias económicas y su prestigio social. Tienen en común representar fuerzas intervencionistas que aman la ingeniería social, que desprecian las libertades individuales y utilizan el miedo como herramienta de acción.

Por Diego Andrés Díaz

1 El centralismo político
¿Qué se podría señalar como elemento novedoso, frente a lo que personalmente he dicho y machacado, desde el inicio, con respecto al Centralismo político? Este punto es, a mi entender, la base detrás de toda la lucha política asociada a la Pandemia, y podría resumirse de la siguiente forma: la pandemia es utilizada como excusa para aumentar de forma dramática los niveles de centralismo político, y llevarlos a una dimensión mayor, con autoridades globales que nadie eligió imponiendo modelos y solucuones únicas y globales. Desde los primeros números de nuestra revista, nos hemos explayado repetidamente sobre las consecuencias nefastas que existen detrás de la consagración de mayores niveles de poder político concentrado, que además esta basado en un sinfín de organismos y burocracias internacionales no electas, que operan con sus intereses específicos. El centralismo político del “Partido Globalista” trata de hacerse camino a fuerza de desastres, malas políticas, engaños masivos, censura y corrupción, y ha depositado demasiadas expectativas en este proceso Pandémico.

Ya desde el inicio de la Pandemia, era evidente que las fuerzas del Partido Globalista, “…que no es otra cosa que un nuevo envoltorio en que se nos presentan las ideas centralistas y estatistas de carácter global…” traían consigo como programa único la implementación generalizada de cuarentenas obligatorias, rentas básicas, paquetes de ayuda económica a través de endeudamiento, y mayor dependencia de los gobiernos. Estaba claro desde el principio que este sigue siendo el programa básico de los centralistas políticos. La Pandemia, lejos de brindarles argumentos convincentes a sus intereses, demostró la necesidad de que las decisiones sean tomadas de forma más local, atendiendo las características de cada circunstancia, y especialmente, permitiendo comparar los modelos exitosos con los fracasados y ajustando las respuestas. Esa ha sido una de sus grandes derrotas.

El antídoto evidente frente al centralismo político fracasado es la Poliarquía, es decir, la mayor descentralización posible de las decisiones de los ciudadanos, la mayor cantidad de respuestas a la crisis buscando siempre disminuir daños, aplicable con especial importancia a los problemas que el Covid 19 han creado. En última instancia, el centralismo político no es una técnica, es una concepción filosófica -el universalismo- de la vida, y especialmente, del poder. Como bien señala Mencius Moldburg, «El universalismo en sí mismo es una especie de nacionalismo. De racismo, incluso. Acepta una sola nación: el planeta entero (…) al leer estas proposiciones, cualquier universalista asentirá con la cabeza y sonreirá ante la belleza insuperable de su propia fe. Que, de hecho, es insuperable sólo en su potencial gigantesco y diabólico para el mal. Como dijo Jay Nock, las personas que creen en el gobierno mundial son como las personas que creen que, si una cucharadita de cianuro te mataría, beberse una botella entera es lo que hay que hacer.»

2 El cuarentenismo y los fundamentalistas de la «renta básica”

Ya me he referido en numerosas veces a la obsesión “cuarentenista” que moviliza políticamente a diversos actores en el mundo entero a partir de la emergencia del Covid 19. El “Partido Globalista” está detrás de esta idea, así como también el progresismo y la izquierda estatista. El Cuarentenismo podría definirse como la obsesión radical por encerrar a toda la población de forma coactiva, destruir la vida y la economía de los ciudadanos, y hacerlos aun más dependientes de los gobiernos y su discrecionalidad. El “cuarentenismo” es fácilmente advertible, ya que no representa propuestas más o menos variadas para cierres puntuales o que busquen atacar problemáticas regionales o locales con respecto a la Pandemia, sino que se yergue como una medida única e universal, incondicional, radical e innegociable por sus promotores, siempre acompañada por diferentes niveles de rentas, también con esas características.

Todos los capítulos que pueden contarse con respecto al cuarentenismo fueron señalados con anticipación en esta revista, que caen como una cascada monótona y repetitiva de eslóganes falsos y extorsión emocional de la población. Las cuarentenas eternas y policíacas han demostrado tener una nula efectividad en lo que buscaba frenar -el aumento de las muertes- y siempre viene acompañada de un ambiente policíaco y restrictivo, un ambiente de delación y promoción de los “soplones sociales”, avasallamiento constante de derechos constitucionales, y la expansión de la dependencia con respecto al Estado para la mínima supervivencia. Esto no es necesariamente un fenómeno local -la izquierda política en Uruguay es básicamente el partido del encierro y la cuarentena policíaca por excelencia, pero no el único- ya que se replica en buena parte de los países occidentales.

La obsesión de la izquierda política local por derrumbar la sensación de “gestión exitosa” del gobierno con respecto a la pandemia, los lleva a intercalar movilizaciones multitudinarias con exigencias de encierro total. En todas sus manifestaciones políticas, la apelación a la instrumentación de una “renta básica” es infaltable. En una publicación que aparece en el periódico la Diaria el 31 de marzo bajo firma de Javier Cousillas, el autor plantea con meridiana claridad la hoja de ruta de la izquierda política: “se trata de generar acciones que obliguen al gobierno a cambiar el rumbo de la ortodoxia liberal y que este juegue en beneficio de la población y no de una -de su- clase social”. Esta diáfana declaración de intensiones y acciones es uno de los incontables ejemplos de praxis opositora desde que empezó este periplo covidiano, donde caceroleos, marchas, terrorismo discursivo orquestado, y exigencia de cuarentena y renta básica son su programa sin fecha de caducidad.  El encierro mata, pero parece que no importa para los cuarentenistas.

Increíblemente, sus loas al desastroso modelo argentino -que promovió desde el principio el cuarentenismo y la renta básica- no han amedrentado este discurso. La lista de contradicciones en sus pedidos de Cuarentena y promoción de aglomeraciones es larguísima, y bastante conocida. En los próximos meses seremos testigos por una batalla muy importante -la batalla del relato pandémico- donde la lucha estará centrada en el intento de “lavarle la cara” al cuarentenismo militante.

Como señalabamos en abril del 2020, el fin de esto “no son cuestiones sanitarias, son cuestiones políticas e ideológicas. En general, el plan de los enemigos de la libertad es desarticular cualquier institución, cualquier orden, que exista entre el poder y los ciudadanos: Su propiedad, sus bienes, su capacidad de ahorro, su familia o comunidad, su herencia, su religión, es decir, su independencia económica y cultural del poder. El poder necesita que estas fortalezas se disuelvan en un marasmo de dependencia constante, “rentas básicas” y prebendas estatales, así dejar al ciudadano solo frente al poder, desnudo, sin propiedad, sin ahorros, sin trabajo, sin familia, sin bienes, sin nada. Y allí decirle al oído: “no te preocupes, que yo te voy a cuidar.”

Las medidas draconianas de encierro están siendo cuestionadas por cada vez más personas y organizaciones de la sociedad civil, en todo occidente. El reloj corre en contra de los cuarentenistas, ya habrá tiempo de ajustar cuentas con ellos.

4 La tecnocracia

En su obra la contrarrevolución de la ciencia: estudios sobre el abuso de la razón, F. Hayek nos advertía de los peligros que se esconden detrás de la prédica positivista con respecto a las bondades de la técnica y su rol superador de valores como la libertad de expresión y pensamiento. La tecnocracia es, en última instancia, el uso político de la fascinación por la técnica.

De la mano de las propuestas de centralismo político -basadas en el gobierno global ejercido por técnicos no elegidos por los ciudadanos- viene creciendo la ponderación de la tecnocracia como ese sector político que intenta venderse como sector técnico, y legitimarse en el prestigio del conocimiento humano. Ya hemos señalado la aparición constante de “políticos de túnica” que utilizan una coyuntura especifica donde son necesarias explicaciones técnicas para diversos temas -salud, derecho, economía, gestión, estadística, etc.- para operar de forma política. La tecnocracia -que suele utilizar conceptos absolutos para legitimarse, como pueden ser “la ciencia”, o “los científicos”, representan en sí un sector político más en puja por el poder y las rentas del Estado. Así como los soberanistas utilizan al “Pueblo” como forma de legitimación para la acción política -aunque no representen a las mayorías- y las corporaciones utilizan los marcos universales para autopromocionar su acción a partir de pretender representar a los “trabajadores”, los “empresarios”, los “médicos”, etcétera, la tecnocracia utiliza como legitimación política ser la representación del conocimiento técnico, la sabiduría científica, como una especie de voz unánime y única.

La tecnocracia suele ser una especie de poder frío, generalmente ilegítimo, que necesita del temor social y del desprestigio de las decisiones políticas para profundizar su condición de interventora y diseñadora de la vida de los individuos. La tecnocracia es una forma de acción política más, promotora de la ingeniería social, que contiene generalmente a un grupo de lobbys asociados que esperan obtener mayores rentas del Estado a partir de imponer sus criterios unidimensionales o vender a la sociedad la imperiosa necesidad de que sea en sus organismos que se canalice el aumento del gasto público.

En esta coyuntura, el terrorismo discursivo de la tecnocracia se ha vuelto bastante evidente. Amparados en el prestigio del conocimiento humano y en la necesidad de coordinar esfuerzos frente a la crisis sanitaria, numerosos “políticos de túnica” vienen operando, ya sea para fortalecer posiciones políticas propias en sus corporaciones, ya sea para torcerle el brazo a gobiernos e instituciones con el afán de acrecentar el intervencionismo social, y con ello, su poder.

La aparición del “Partido de la Tecnocracia” no es algo novedoso. Miguel Anxo Bastos plantea que “…tecnócratas americanos de los años 20 del siglo pasado, como King Gillette, un célebre fabricante de utensilios de afeitado y uno de los líderes del movimiento, soñaban con una suerte de Gobierno empresarial, en el que empresas dirigidas por managers inspirados en los principios de la tayloriana administración científica fuesen los encargadas de dirigir la sociedad. Eso sí, esas empresas también monopolizarían la violencia, la justicia, las obras públicas y las consideradas como funciones esenciales de un Estado moderno. Simplemente dejarían de discutirse cuestiones “políticas” y el Gobierno se centraría en la gestión de las cosas. Sería un Gobierno de gerentes y expertos. El problema sería determinar cuáles serían los fines a los que los expertos consagrarían su actividad, esto es, cuáles son los objetivos últimos de tan despolitizada actividad…”. El abuso de la “coartada técnica” para justificar acciones políticas vienen en aumento, tanto sea para decidir protagonismos, como culpables, y a diario podemos leer sobre la imperiosa necesidad de implementar en plena crisis, sin mayor análisis general, medidas sugeridas por especialistas, aunque estos mismos especialistas expliquen que son sugerencias a tener en cuenta, no pontificados ineludibles.

Las decisiones en esta crisis son necesariamente políticas porque, en última instancia, suponen una responsabilidad mayúscula en sus resultados. Hasta ahora, los “políticos con túnica” que juegan a utilizar al conocimiento como coartada para las operaciones políticas no han tenido mayores consecuencias sociales. Por ahora.

5 El «Club del Miedo»

A partir de un bombardeo mediático constante, direccionado, basado en la construcción de un verdadero “club del miedo” de membresía abierta, apostando a soliviantar los miedos y las pulsiones más irracionales, se empuja a consolidar la idea que la arbitrariedad del gobernante puede avanzar a pasos agigantados sobre las cuestiones más cotidianas de los ciudadanos, incluida en su esfera más privada – muchos de los entusiastas miembros del club del miedo ponderan como modelos a seguir las políticas gubernamentales de España, por ejemplo, que permitan ingresar a los hogares violentamente a cualquier hora si hay dudas de “aglomeraciones”, el uso de mascarillas en espacios abiertos, o la creación de campos de concentración de “infectados” en Canadá – para llevar a las sociedades a una lógica de delación y crispación, donde los derechos individuales consagrados en la Constitución -que existe para frenar el poder de los gobiernos, no para dirigirle la vida a los ciudadanos- son relativizados hasta lo grotesco, y acusadas las voces disidentes de enemigos de la sociedad.

Uno de los factores centrales del discurso del “club del miedo” es que plantean un pensamiento circular: el terrorismo mediático y el discurso apocalíptico que asusta a las personas y crean conmoción, plantean un razonamiento circular, auto-confirmatorio, con la intención de que esa prédica opere en el ya trillado y nauseabundo ámbito de la extorsión emocional, y logre hacerlos recorrer de forma impune una y otra vez su relato: si todo se derrumba, tenían razón. Si nada se derrumba, es porque aplicaron las medidas exigidas, cuando evidentemente no lo hicieron. Y así sucesivamente, se habló apocalípticamente de la pandemia, de los casos, de la mortalidad, de la llegada o no de las vacunas, de los CTI.

Un contacto de la red social Twitter personifica de forma cabal esta actitud. Al mes de desencadenarse la pandemia, profetizaba para el Uruguay 30.000 muertos en unos meses, luego sostuvo que serian miles y miles por mes si no se aplicaba la cuarentena obligatoria, y así sucesivamente cada mes. Nunca sucedió nada cercano a sus vaticinios, pero ha insistido con el mismo -siempre apoyado en que su discurso encarna la esencia misma de la vena cientificista y tecnocrática, no así en datos reales- y se pavonea aun en las redes asustando gente y señalando que el apocalipsis llegará, y deberemos cuarentenarnos sin fecha de caducidad.

El arma más común del “club del miedo” es la constante extorsión emocional. Andrew Cuomo, gobernador de New York -un estado con los peores guarismos de muertes por habitante, que aplicó cuarentenas criminales, y responsable de enviar infectados a asilos de ancianos-, uno de los mas entusiastas cultores del discurso del miedo, insistió consecuentemente en que cualquier acción de “lockdown” valía la pena si salvaba “una sola vida”. Lo grave no es que esa actitud psicópata fuese el programa de acción pandémica de un gobernador de New York, peor aun fue la actitud de aceptación de semejante disparate conceptual.

Cualquier matiz que se presente a la corriente apocalíptica y su discurso del miedo ha tenido como respuesta la acusación de desear que la “gente muera”. Esta característica es un subproducto de la “cultura de la cancelación” que se repite en cuanto tópico o agenda global aparece: no se logra mantener una conversación o debate mas o menos sensato sobre ningún tema, ya que la respuesta es una constante extorsión emocional, donde se apela a la tan trillada como autoproclamada “superioridad moral” de las ideas progresistas. Así, cualquier cuestionamiento a la ortodoxia cuarentenista del terror es acusada de “negacionismo” y de “insolidaridad”, cualquier cuestionamiento a las desastrosas políticas estatales de asistencia es acusado de “odio a los pobres”, o cualquier matiz al dogma ecologista dominante despierta la ira y las acusaciones de “odio al medio ambiente” y “egoísmo”, o cualquier impugnación a las políticas identitaristas es señalada como odio. El modo operativo de cancelación es tan parecido que avergüenza.

El “club del miedo” es un club histérico, y merecería un exhaustivo análisis de psicología de masas al proyectar en el otro -y señalar cualquier desacuerdo con sus dogmas, como inspiraciones malintencionadas de odio- sentimientos que parecen serles sumamente familiares. Las muertes son siempre, algo penoso e indeseable, pero el “Club del miedo” intenta utilizar un mecanismo de extorsión sentimental extremadamente maniqueo y primitivo para crear un ambiente inquisitorial -pienso en un conjunto de periodistas bastante notorios que han jugado irresponsablemente a eso- y promover el pánico social. Ninguno de ellos ha utilizado sus propios disparates para analizar la enorme cantidad de daño real -tanto como las muertes mismas que utilizan- que provoca el cuarentenismo y el pánico que militan. Un ejemplo de esto representa la enorme cantidad de muertes por enfermedades no tratadas, así como las llamadas “muertes por desesperación”, trastornos psicológicos y económicos que derivaran en incontables muertes.  

6 El encuentro del “club del miedo”, el Partido de la Cuarentena policÍaca, y los “políticos de túnica”

A fines de marzo del 2021 se suscitó una polémica general en nuestro país, debido a una campaña mediática impulsada por algunas figuras del Sindicato Médico del Uruguay, basada principalmente en la inminencia -manejando fechas precisas- de la total debacle del sistema sanitario y de la atención de terapia intensiva. La campaña contó con asesoramiento técnico en propaganda, un detallado instructivo del mensaje a señalar, la necesaria carga de miedo -a tal punto que se preveía en el mismo sostener que ya empezarían a elegir quien vive y quien no- y que fue fogoneado por los “políticos de túnica” de rigor, exigiendo que se vaya a una cuarentena obligatoria o encierro mayor. La polémica tomo un giro inesperado cuando desde las redes sociales -el mismo ámbito donde se expandía la campaña de terror público- se señaló lo dramáticamente inadecuada de la misma, su móvil político y las implicancias que podía tener a todo nivel una acción de este tipo.

Todo el debate a este episodio llevo inexorablemente a los ámbitos mas barrosos posibles. La izquierda cultural señaló que esto era un ataque a la “corporación médica” en su conjunto por parte del gobierno y de sus aliados. Lo interesante del affaire es que la izquierda cultural y política, que viene exigiendo la cuarentena policíaca desde el inicio de la Pandemia, apela a construir un relato intermedio, donde en el se proyectaría una especie de “espacio posible” de medidas entre la “libertad responsable” del gobierno -que es una tímida defensa de las libertades individuales- y la “cuarentena obligatoria”.

Así, ante la acusación de operación política con el fin de crear pánico social, la izquierda replicó -a través de varios representantes políticos- que se proponía un camino intermedio. Ante esta respuesta monolítica de la izquierda -exigir cuarentena pero sosteniendo que no se exige cuarentena, sino algo intermedio-  José Mujica, en su verborragia habitual, derrumbó la estrategia comunicacional al señalar que hay que ir a un “toque de queda” nocturno. Se necesita un mínimo de honestidad intelectual -mínimo- para entender que cualquier propuesta similar a la que propone Mujica, supone, inevitablemente, la activación de un sistema coordinado de represión y control policíaco y hasta militar, para llevar a cabo semejante medida. Estas declaraciones significaron un golpe enorme para el “Partido de la cuarentena”.

El golpe, en palabras de Mujica, desnuda un criterio que si ha sido constante en el Partido de la Cuarentena desde el principio: la insensatez. La creación de un relato mediático en el cual el cuarentenismo, reivindicado por la izquierda cultural y política, será en la práctica un ámbito de armonía y respeto a las medidas antipandémicas -medidas que no han sido respetadas en muchos casos, por la misma izquierda cultural y política- se derrumba así por obra y gracia de la honestidad brutal del expresidente, un filósofo de sus filas.

Una pregunta más que válida sería la de explicar el fenómeno por el cual, las mismas personas, agentes y sectores son, a la vez, los que exigen cuarentenas policiacas y rechacen la acción del aparato represivo del estado en aglomeraciones; organice y convoque a manifestaciones y exija toques de queda represivos; reclame rentas básicas en un contexto de dificultades fiscales de la cual son responsables directos. Todo este proceso puede darse solo en un contexto donde la izquierda ostenta una hegemonía cultural muy poderosa, que le brinda cierto grado de impunidad. Algo así como una licencia para hacer daño.

Una consecuencia no visible de esta estrategia representa la cierta “comodidad” que le significa al gobierno el hecho de lidiar con una oposición cuarentenista y anti-libertades. El gobierno se ha transformado en el “paladín de la defensa de las libertades públicas”. En un debate fuertemente “dialectico” o “dualista”, no logran colarse las expresiones sociales que exigen mayor respeto a los derechos individuales, las libertades públicas, y la exigencia de un mayor rigor a la hora de medir consecuencias en las políticas antipandémicas. El problema de la mentalidad “blanco o negro”, radica en que el espectro real de debate tenga pocos y acotadísimos matices.

7 El Club Materialista

Los móviles prácticos, incluso los filosóficos, que están detrás de este grupo son tan variados, complejos, que ameritarían un ensayo entero para su análisis. Me parece importante, en este caso, señalar los perfiles mas dañinos de su prédica, en este momento.

De todas las plagas que nos trajo la Pandemia, el “club Materialista” es el que menos ruido mediático provoca, por lo menos en un plano de visibilidad evidente, al intentar una y otra vez convencer a la población que la única dimensión de la vida que vale algo es la que se explica a través del fenómeno materialista, la biológica.  Su prédica -basada en una concepción de fondo de la experiencia existencial humana- los lleva a ver como aceptable que las personas del mundo posterguen por tiempo indefinido sus esperanzas, sueños, proyectos y aspiraciones, con una frivolidad pavorosa. “Solo tienes que mantenerte encerrado”, repiten sin el más mínimo criterio de análisis, llenos de cinismo y arrogancia, y plantean una exigencia que solo crea un peligroso estado explosivo a nivel social. Ejemplos de esta mentalidad son la arenga sobre la “nueva normalidad” como infierno terrenal de autoaislamiento eterno, o la absurda profecía que hay que despedirse definitivamente de los encuentros masivos, de ciertas formas de reunión, de todo tipo de demostración afectiva. Conciertos, teatros, eventos religiosos y deportivos, encuentros sociales, fiestas, incluso paseos menores y reuniones familiares son puestas en la máquina de extorsión emocional, sin la más mínima precaución de señalar hasta cuando estos procesos son sostenibles, y si tiene algún tipo de sentido que la perspectiva a largo plazo sea la “no perspectiva”.

Aún resuenan en mi mente dos twitts de connotados miembros de este club, que dejaban entrever el nivel de delirio salvaje que puede despertar el dogmatismo que manifiesta el club materialista: en uno, su autor ponderaba la suerte que tenía China de tener un régimen dictatorial para mantener a la población sometida y la pandemia bajo control. En otro, su autor relativizaba el derrumbe económico causado por el freno global señalando que los millones de nuevos pobres -y nuevas muertes y sufrimientos- valen la pena para frenar la Pandemia.

El “club materialista” parece creer que las personas van a aceptar felices que todas las cosas que hacen que la vida valga la pena ser vivida, dejen de existir, por el simple hecho de protegernos de forma total a los riesgos que la vida corre a diario. La obsesión Pandemista los empuja a lugares siniestros, de justificación de cualquier exigencia. Es la reivindicación de la vida con pulso, pero sin alma. El peligro del discurso del “club Materialista” es no advertir que vivir no puede ser mera supervivencia biológica basada en el encierro absoluto sin fecha de finalización. La vida es, exactamente, todo eso otro que se viene bloqueando con la pandemia: afectos, emociones, alegrías, amores, placeres, experiencias, riesgo.



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