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La tecnología y la técnica, suelen tener un rol intercambiable y, a priori, necesariamente neutro en la historia. Los vaivenes en el predominio para su uso como mecanismo de promoción de control o libertad no son nada nuevo en la Historia, plagada de tendencias y contra-tendencias, donde la oposición entre libertad individual y control social se evidencia a través de nuevos medios técnicos y nuevas formas institucionales.

Por Diego Andrés Díaz

Internet y las redes sociales parecen representar -entre otras dimensiones posibles- un nuevo capítulo en la larga historia entre la tecnología como factor decisivo entre la tensión de libertad y control en las sociedades.

En este aspecto, las “redes sociales” como vehículo de expresión de ideas, opiniones, mensajes, noticias, publicidades, propagandas e información, se ha posicionado de forma dominante, y representa el vehículo abrumadoramente preferido para expresar y dejar testimonio de cosas tan diversas como una elección culinaria o una posición institucional de un organismo jurisdiccional global. Más allá de esto, los procesos técnicos suelen pegar cambios bruscos y dramáticos, justo en el mismo instante que las sociedades tienden a idolizarlo. La “idolización de una técnica efímera”, tiene, como sostiene el historiador Arnold Toynbee, muchos ejemplos en el pasado.

Esta idolización suele traer consigo que los usuarios mas beneficiados de una técnica superior, con el tiempo, tienden a no concebir otra forma alternativa en ese campo que dominan. Las redes sociales, como tecnología, traen consigo la tensión entre control-libertad, y en general, la historia de una técnica prontamente obsoleta está anticipada por el predominio de esta, y la fascinación que causa en sus mayores beneficiarios. No sería extraño que, a futuro, se repitiesen con las redes sociales las mismas lógicas observables detrás del duelo entre David y Goliat. En este punto, Goliat no esperaba jamás que su oponente presentase batalla con armas diferentes a las que conocía, y esperaba para vencer con su lanza, a otro lancero.

Un análisis del impacto de la técnica en la Historia podría desarrollarse fácilmente apelando a los cambios y vaivenes técnicos y productivos en el arte de la guerra. Por dar un ejemplo, la relación directa entre la fragmentación política y el predominio de la caballería durante varios siglos en el poliárquico feudalismo europeo contrasta con la tendencia centralizante del poder una vez que los reyes lograron imponerse, con sus multitudinarios ejércitos de campesinos armados, a los señores de la guerra.  La eficacia y predominio técnico en el campo militar de los gobiernos y estados frente a los individuos ha jalonado las diferentes etapas del desarrollo de la historia política occidental. Como consignábamos en un artículo anterior, Caroll Quigley también advertía en su obra esta tendencia histórica, donde los períodos en que el acceso a formas de defensa individual se emparejan en acceso y tecnología con los que ostentan los poderes centralizados, la tendencia a mayores niveles de poliarquía y libertad individual es una constante. En el caso de las tecnologías de la comunicación, la tensión evidente entre su aplicación como método de liberación del control político, o como método de exacerbación de este, parece darse con bastante similitud a los de la técnica y tecnología bélica.

Las redes sociales y su protagonismo.


“Las redes sociales” son un genérico bastante engañoso: no son todas iguales, no tienen las mismas lógicas ni apuntan a un mismo mercado. Por ejemplo, Facebook tiene la tendencia creciente a acercar personas con ideas y actividades afines, y Twitter es más una asamblea permanente de comunicaciones oficiosas, proclamaciones y ataques cruzados. En general, la indignación social por la “censura” que se realiza en plataforma privada, soslaya el verdadero problema: la censura en las plataformas es en última instancia solo un síntoma del problema central, que es la censura aplicada por un sistema de poderes gubernamentales y supranacionales coordinados. La censura militante que viene ampliando su lugar en las redes, tiene como origen las relaciones carnales de los estados y los organismos internacionales de gobernanza con ciertas plataformas de internet. Es un ciclo bastante recurrente el que lleva a que las empresas triunfantes en un mercado intenten mantener su posición predominante aliándose con el poder político. Cuando Mark Zuckerberg reivindica la regulación y el control político de las redes e internet, lo que esta afianzando es una antigua alianza entre el Estado y las agencias dominantes de un rubro o actividad, que se articulan a partir de la intervención estatal: históricamente solían ser la banca, la industria energética, la aeronáutica, la industria militar. Las comunicaciones, y especialmente las redes parecen entrar en ese círculo.

Si las regulaciones gubernamentales de las empresas de tecnología comienzan a crecer exponencialmente, el costo de emprender y competir en este rubro aumenta. Las empresas más grandes, con amplios segmentos del mercado en sus manos, creen poder lidiar un aumento de costos, acceder a financiación, absorber costos laborales, legales provocados por la regulación. Esto no es nuevo: el eje «político-empresario» proyecta un sistema donde el Estado y su inconmensurable sistema de prohibiciones, intervenciones y reglamentaciones de la vida -y sobre todo la vida económica- son una traba para los empresarios sin relación de lobby estatal.

Todo estado tiene un aparato de hegemonía, que cuenta con diferentes plataformas: una de ellas es, por ejemplo, la educación. En esta tensión constante entre el poder central y los individuos, las tecnologías tienen siempre un rol central de intermediación, expansión del control y de producción de hegemonía. En este sentido, las tecnologías, las redes y la expansión de los contactos parecían en un principio jugarle en contra a la tendencia centralista del poder político, por lo menos potencialmente. Como señalamos antes, la relación entre técnica y poder representan una tensión histórica que se pierde en la noche de los tiempos, y no por obvia, es importante señalar que de esta tensión surge uno de los elementos más importantes de los ciclos históricos de las civilizaciones. Estos ciclos históricos parecen estar condicionados, en el ejemplo de las redes sociales, por dos vectores mayormente:

1) El monopolio que ostente el poder (gobiernos, estados, organizaciones supraestatales de gobernanza) sobre las tecnologías de control coactivo o cultural. Esto puede medirse en unidades espaciales y temporales: la capacidad de los estados u otros organismos de control de apropiarse y utilizar las nuevas tecnologías para el control de sus ciudadanos.

2) La distancia -siempre oscilante- entre la capacidad de los individuos de crear ámbitos técnicos de descentralización de la acción humana, y la consiguiente acción del poder político de reglamentar, prohibir o utilizar estas tecnologías para su propio beneficio, siempre en el sentido de mayor control.

¿Empresarios libres o Mercados Libres?.

El mercado de las redes sociales, y de las llamadas “tecnologías de la información”, más allá de su especificidad, se maneja con los mismos parámetros que cualquier mercado corporativo a nivel global. En este sentido, el proceso histórico de desarrollo de estas empresas presenta algunas de las características típicas del proceso económico que cualquier otro tipo de emprendimiento empresarial vive en esta época.

Cuando internet y el mundo de las redes sociales eclosionó en las sociedades a fines de siglo pasado, representaba un ejemplo típico de desarrollo tecnológico avanzado donde buena parte de las posibilidades que brindaba construían un espacio liberado de controles y reglamentaciones por parte del poder político. Este ambiente técnico impactó fuertemente en el mundo de las ideas, y representó un potente fertilizante donde germinasen muchas de las propuestas de tendencia liberalizadoras de los últimos años: como una proyección de “idolización de una técnica”, estas nuevas tecnologías consagraban y repotenciaban, a la vez, una serie de valores muy fuertemente imbuidos de ideas de libertad individual.

Cualquiera que realice una búsqueda más o menos simple de las ideas y valores dominantes dentro de la “subcultura” de los más significativos creadores de estas tecnologías, encontrara allí una fuerte impronta “libertaria” en los diferentes investigadores, académicos informáticos, los hackers, las redes comunitarias contraculturales, las criptomonedas, el ámbito “ciberpunk”, incluidas expresiones tan novedosas y extrañas como la “sociedad de las indias electrónicas” o el fenómeno “extropy”. Esta posibilidad técnica novedosa permitía la construcción de un ámbito abierto, libre, descentralizado y de difícil control. El impacto a nivel cultural en las nuevas generaciones, de las lógicas técnicas de internet y las redes sociales es sin duda bastante menos“ideológico” de lo que podría entenderse de lo referido anteriormente, pero necesariamente la idea de cierta relación sinonímica entre internet y libertad se extendió en el mundo.

Estos cambios significaron un nuevo desamarre de los ciudadanos con respecto a los controles del poder, a través de la técnica. Esto no es algo novedoso en absoluto, y el poder político de los estados y las instituciones de gobernaza supra-nacional fueron corriendo “detrás” de la aparición de las nuevas tecnologías, en muchos casos incluso detrás de sus sombra, promoviendo legislación restrictiva que resultaba obsoleta a la hora de su implementación, siempre en medio de una cultura general dominante sostenida por la idea de “libertad irrestricta” en el ambiente de internet. Una de las críticas mas recurrentes con la llegada de este nuevo ámbito de comunicación fue la excesiva tendencia a proclamar una “libertad total”, descontextualizada de las características nacionales y locales, de la jurisdiccionalidad de las leyes que pueden contemplar situaciones dolosas o delictivas, entre otros cuestionamientos. La lentitud en los procesos de asimilación, comprensión y actuación de los estados y poderes sobre la “libertad” del internet y las redes tenia no solo problemas de orden técnico -la estructura de la red tiende a interpretar la censura (o interceptación) como un fallo técnico y encuentran automáticamente rutas alternativas de transmisión de contenidos- sino que también, y sobre todo, ideológico. Las argumentaciones sobre control basadas en el peligro que representa el internet y las redes sociales como mecanismo de comunicación, intercambio, información y promoción de actividades delictivas o moralmente detestables no lograron imponer un ambiente de censura consensual en un ámbito como internet.

Para las generaciones “visagra” entre el mundo del predominio de televisión y el mundo del internet, el costo de ver colonizado por el poder político y sus operaciones mediáticas -globalizadas- este nuevo espacio, era sumamente alto. Ya había sucedido con la televisión y el cine.  Pero es cuestión de tiempo y de afinar los mecanismos discursivos de legitimación de la censura para que sus procesos logren presentarse como situaciones “deseables”. En este punto, ni el narcotráfico, ni la pedofilia, ni la guerra al “terrorismo” han logrado avances tan sustanciales en los procesos de control, censura y persecución como la llamada “política de cancelación” -que motivo el abordaje de extramuros en un número anterior– a las ideas indeseables, los “discursos de odio” y otras expresiones de contraculturas, con especial predominancia las que tienen un componente de reivindicación política antiglobalista.

En este sentido, los estados occidentales pasaron de tener una posición de preponderancia técnica frente a otros gobiernos, a tener una desventaja operativa resultado de su tradición constitucional liberal: no pueden operar de forma abierta y avasallar la privacidad de los individuos como sí parece pueden hacerlo los gobiernos de otros países de tradiciones civilizatorias y políticas diferentes, o al menos no sin invocar justificaciones de proteger un bien mayor lo suficientemente aceptado por todos. A esta situación compleja, se le añade la siempre presente circunstancia histórica por la cual el dominio de una técnica superior puede dar ventajas civilizatorias de corte circunstancial, pero la técnica se aprende, y los adversarios civilizatorios de occidente rápidamente incorporaron estas tecnologías a su bagaje técnico, como lo hicieron con el desarrollo industrial que le dio la preponderancia técnica a occidente a partir del siglo XIX, especialmente, frente a las otras civilizaciones.

A todo esto, se suma el resurgimiento en estos últimos años de una retórica presentada como “progresista”, que tiene una larga tradición en occidente y especialmente en EE.UU., relacionada a justificación ideológica en tono moralizante de la censura y control por parte del “gran gobierno”, apuntando especialmente a las actitudes, formas de vivir y pensar, valores y moral de los individuos, para promover en ellos la virtud -consignada en su peripecia histórica en el artículo de extramuros referido al puritanismo y el movimiento pietista-prohibicionista-progresista norteamericano-, y que representa una evidente justificación teórica para el avance del poder político estatal y supraestatal frente a la libertad de expresión de internet. Como señalamos anteriormente, el combate al “discurso de odio” en consonancia con la promoción de una serie de reivindicaciones igualitaristas de carácter global, preparó con buen éxito el terreno social para el desarrollo de una acción más efectiva del poder político frente a la “independencia” de internet y las redes sociales. Este proceso va a tener un capítulo especialmente significativo con la aparición, a fines de 2019, de la “Pandemia”.

Uno de los problemas más importantes que tenían los poderes políticos nacionales y supranacionales, las organizaciones internacionales de promoción cultural y los activistas de la gobernanza global a la hora de avanzar sobre el internet libre y las redes sociales, radicaba en que las empresas relacionadas al rubro tenían, por aspectos históricos, jurisdiccionales -la abrumadora mayoría están radicadas en los Estados Unidos- y empresariales, una serie de salvaguardas legales, culturales y de interés empresarial para mantener la censura fuera de sus intereses comerciales. En este sentido, el punto empieza a cambiar cuando estas mismas empresas observan que pueden obtener mayores ventajas comerciales en la acción lobbysta antes que en la competencia.

La proliferación de plataformas de redes sociales representó en un momento, un ámbito crecientemente competitivo. El desarrollo de crecientes niveles de control y reglamentación de estos ámbitos -crecientes en numero de leyes que los contemplan, cantidad y costo de las reglamentaciones- tiende a potenciar a las mayores y mas exitosas redes sociales y consolidar su predominio, por ser las que pueden enfrentar los requerimientos legales y económicos que el poder político les impone. En un proceso de creciente intervención estatal, las empresas dominantes encuentran en el mismo un aliado tácito del que pueden obtener beneficios evidentes. Las reglamentaciones constantes y crecientes han sido un método especialmente utilizado por las grandes empresas que operan como lobby frente al poder político, con la intención de mantener mercados cautivos y protegidos de posibles competidores. En este caso no es una excepción, como lo ha sido el sector de la banca, la energía, la industria del armamento o toda actividad económica que se desarrolla a partir de las leyes y reglamentaciones del estado. No es casualidad que en estos ámbitos -y veremos si se consolida en el del internet, las redes sociales este proceso- los actores privados o públicos comienzan a ser intercambiables, en una especie de “puerta giratoria” donde un mismo individuo es, por unos años, ministro de energía, para ser CEO de una multinacional del petróleo, para luego volver al ámbito estatal o privado sin mayor problema en la continuidad. El nivel de capacidad de “intercambiarse” entre unos y otros grupos dentro del estado depende del cada país: militares a la política, políticos a la gestión de empresas del estado (en general, no de la economía competitiva, sino de los sectores asociados a la regulación del estado), gerentes de empresas a ministros del rubro, ministros de defensa ex integrantes de la industria bélica, figuras mediáticas a la política, etc.

Estos procesos se enmarcan en la competencia por el poder político a la interna de los estados, que se manifiestan como una puja entre facciones. Entiéndase por “estado” al conjunto de corporaciones formadas por la “Clase política”: la alta administración del estado (alta judicatura, altas autoridades militares y policiales, representación internacional y burocracia global), los sectores económicos del Estado (las empresas estatales, la banca, los sectores energéticos, transporte, militar, etc.) y el aparato de hegemonía: medios de comunicación, educación, clero. Las relaciones entre estos sectores son distintas, dependiendo el país, y se da la preponderancia de uno con respecto a otros. Las pujas, competencias -incluso los golpes de estado- se dan entre sectores dentro de estos ámbitos.

El mercado de las redes sociales vive un proceso bastante similar al que vivieron otros campos económicos anteriormente, como, por ejemplo, el de la industria aeronáutica luego de los ataques terroristas de principios del siglo XXI. Así como estos ataques cambiaron los flujos de transporte de pasajeros a nivel cuantitativo a tal punto las condiciones de navegabilidad de las empresas aeronáuticas que muchas de las mismas tuvieron que dejar de operar; con la creciente presión política e intervención de los gobiernos, no todas las redes sociales se vuelven rentables. Esto transforma a esos mercados en lo que se conoce como “mercados delgados”, es decir, que hay pocos compradores y vendedores de estas compañías, que suelen ser, además, las que pueden enfrentar esas reglamentaciones. Este proceso aumenta la consolidación de las redes sociales más exitosas a partir de hacer crecientemente inalcanzables las exigencias de control por parte de los estados y de los poderes supranacionales emergentes. Con la aparición del COVID 19, se sumará otro capítulo en este proceso.

La Pandemia como aceleración del control

La llegada de la Pandemia ha aumentado la presión sobre las empresas que brindan estos servicios en internet, para que agudicen los niveles de control y censura de actividades y opiniones. El miedo como relato que vino junto a la pandemia representó un mecanismo extremadamente efectivo donde vehiculizar -bajo el rotulo de las mejores intenciones e inspiraciones- nuevos avances en la censura. Este proceso tiene tres características muy destacadas:

a) El proceso de censura es más frontal que nunca, directo, diáfano en acciones e intenciones, fruto de un pacto tácito entre las redes sociales mas exitosas y populares y el poder político.

b) Este poder político que opera y profundiza este proceso de censura esta más relacionado al modelo de gobernanza global y centralismo político reivindicado por las agencias internacionales, que a los viejos estados nacionales, que en ocasiones suelen hacer de fiscalizadores y replicadores locales de estas ideas globales.

c) La censura esta justificada mayormente desde aspectos ideológicos y no legales. Los motivos están directamente relacionados a silenciar opiniones no alienadas con un discurso hegemónico que no admite disidencia posible, por indeseable, peligroso, anticientífico, promotor del odio, entre otras coartadas. La Pandemia hizo de este proceso, algo pornográfico.

Se podría sostener que este nuevo episodio de una tensión histórica relacionada al rol de la técnica en el control por parte de los gobernantes de sus gobernados no representa elementos especialmente diferentes a los que vivió la humanidad en el pasado, más allá de la profundidad y la sofisticación de las técnicas que operan sobre el mismo. El control por parte del poder político sobre estos nuevos ámbitos está experimentando un crecimiento sostenido, tanto en su justificación ideológica como en su manejo técnico.

Una combinación eficiente de las tecnologías de identificación, de vigilancia y de investigación por parte de los gobiernos y del poder político  -sumado a sus nuevos integrantes, las corporaciones propietarias de las redes sociales-  brinda un acceso casi irrestricto a una base de datos donde lo medular de cada individuo parece no poder escapar. Las redes han evidenciado un creciente control de contenidos -donde las derechas políticas parecen ser sus mayores victimas- pero, en general, la censura tiene aún numerosas grietas que permiten mantener niveles aceptables de libertad de expresión. El factor fundamental -más allá de las censuras especificas a nivel operativo- parece radicar en la pretensión de autocensura a partir de la potencialidad que representa la acción coordinada del poder político, judicial-policíaco, cultural o comercial que se proponga actuar contra un individuo o grupo. El miedo, otra vez.

La tecnología y la técnica, suelen tener un rol intercambiable y, a priori, necesariamente neutro en la historia. Los vaivenes en el predominio para su uso como mecanismo de promoción de control o libertad no son nada nuevo en la Historia, plagada de tendencias y contra-tendencias, donde la oposición entre libertad individual y control social se evidencia a través de nuevos medios técnicos y nuevas formas institucionales.

Más allá de esto, parecen bastante nítidos los ganadores y perdedores ideológicos en este proceso creciente de censura que se ha instalado a partir de la Pandemia: el control de mando parecen tenerlo los organismos internacionales de gobernanza globalista y sus aliados ideológicos, y sus víctimas, las voces críticas al manejo global de la pandemia, al centralismo político y a las ideologías reactivas al progresismo. Podríamos resumir entonces, que los mayores beneficiarios de las censuras que se dieron en Twitter, Facebook, Youtube, entre otras plataformas, han sido:

Los neomalthusianos, los filántropos del despoblamiento, los agoreros del fin del planeta, los adoradores de la misantropía, que deliran con la obsesión de bajar la cantidad de población de forma drástica a nivel mundial, partiendo de premisas apocalípticas, y promoviendo todo lo que huela a muerte y miedo para bajar la población.

Los progresistas pietistas, eternos burócratas globales de sonrisa amplia y discurso “one World”, que consideran que tienen una especie de designio universal cósmico y mesiánico, que es llevar a todas las personas del mundo sus “valores superiores”, y obligarlas a la fuerza a vivir en la “virtud”, a través de una especie de gran hermano/gobierno global. Te quieren salvar de vos mismo, y que seas ecofriendly, socialdemócrata, biodegradable, y global.

Los colectivistas posmodernos, viudas de Marx, y estatistas tradicionales, que quieren hacer de cada uno de nosotros un esclavo del estado, dependiente de una renta básica, llorón y débil, que crea que solo por existir los demás están obligados a darte cosas e incluso decirte como debes pensar, sentir, amar, usando una neolengua que llama a las cosas por su antónimo.

¿Cuál será la respuesta de los adversarios del centralismo político y el control estatal?

Seguramente, está por escribirse.

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