VLADIMIR PETROVICH KAZAKOV (*) / Traducimos en exclusiva un artículo contemporáneo que repasa cómo se reportó e interpretó en Rusia la intervención británica en el Río de la Plata de 1806 y 1807. Leyendo textos informativos y académicos de aquel tiempo, el estudio revela la existencia de una visión de largo plazo en aquellos historiadores y analistas rusos, quienes predijeron que la independencia de las posesiones españoles en América se volvería desde entonces inevitable. Es interesante también la relevancia que los autores rusos de entonces le daban al futuro de Hispanoamérica

HISTORIA

En la latinoamericanística rusa se considera tradicionalmente que el estudio de América Latina en este país comenzó en el siglo XX.¹ Sin embargo, el conocimiento de la prensa periódica rusa permite afirmar que el interés por la historia de ese continente surgió mucho antes. El estudio de las publicaciones en la prensa rusa permite ampliar los marcos cronológicos de la latinoamericanística nacional, incorporando en ella su forma inicial: la historiografía periodística de carácter periodístico y de revista. Precisamente la prensa periódica desempeñó al principio un papel fundamental en el estudio de los países latinoamericanos.
La historiografía nacional rusa, aunque consideraba la prensa periódica como fuente histórica, en los trabajos concretos le atribuía un papel poco significativo, con excepción de la monografía de Slezkin², lo cual se explicaba por el propio tema de su investigación. Al estudiar las relaciones de Rusia con los países de América Latina, se recurría ante todo a documentos de archivo (correspondencia diplomática), así como a fuentes de origen personal (notas de viajeros rusos, memorias, diarios).
Todo lo dicho se aplica también a la historia de uno de los países más grandes del continente: Argentina. En este sentido, la intervención inglesa en el Río de la Plata en 1806–1807, tal como fue reflejada en la prensa rusa, representa un interés indudable, puesto que este tema hasta ahora no había sido tratado. Sin embargo, el mero hecho de la existencia de información suficientemente detallada sobre este acontecimiento en las revistas y periódicos rusos de aquella época demuestra la aparición en Rusia de un interés activo por Argentina [y Uruguay], cuando esta aún no había surgido como Estado en el mapa político del mundo. Ese interés no solo no desapareció posteriormente, sino que se intensificó a lo largo de todo el siglo XIX. Dado que el propio acontecimiento —la intervención inglesa en el Río de la Plata (1806–1807)— no ha sido objeto de un estudio específico en la historiografía nacional, este autor consideró oportuno dedicarle la primera parte del artículo.
La intervención inglesa no fue un episodio fortuito, sino el resultado lógico de la política británica a lo largo de todo el siglo XVIII. El interés por el Río de la Plata apareció por primera vez entre los círculos gobernantes ingleses en 1711, cuando el gobernador de las Islas Bermudas, Pullen, llamó la atención del ministro de la reina Ana, R. Harley, sobre el hecho de que el Río de la Plata podría convertirse en el mejor lugar del mundo para establecer una colonia inglesa³. Las palabras de los políticos británicos no se quedaron sin acción. Incluso antes de la firma del Tratado de Utrecht de 1713, Gran Bretaña obtuvo de España un acuerdo (asiento), según el cual recibía el derecho exclusivo, durante treinta años, de introducir anualmente 4.800 esclavos negros. Con este fin se creó la Compañía de los Mares del Sur (South Sea Company). Durante la vigencia del acuerdo, la compañía poseía privilegios que permitían a sus empleados y esclavos cultivar la tierra y construir edificaciones y casas⁴. Buenos Aires se convirtió, de hecho, durante treinta años, en una factoría comercial inglesa en América del Sur⁵.
Los ingleses esperaban más: establecer el control sobre la costa de Patagonia y las islas adyacentes, principalmente las Islas Malvinas/Falkland, hasta el Cabo de Hornos. Con este objetivo recurrieron ampliamente a los servicios de corsarios, quienes en 1748 capturaron por primera vez las Malvinas.
La presión inglesa sobre las colonias españolas se detuvo temporalmente cuando, en 1775, comenzó la Guerra de Independencia de las colonias inglesas de América del Norte. España apoyó a los insurgentes y, junto con Francia, entró en guerra con Inglaterra. En 1783, tras la firma del Tratado de Paz de Versalles, por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de los Estados Unidos, entre los políticos británicos surgió la idea de vengarse de España por su apoyo a los colonos norteamericanos e invadir los dominios sudamericanos de España, liberándolos del poder de la metrópoli⁶. Estos planes no fueron aprobados por el gabinete británico. Como señaló el investigador inglés J. Lynch, la política británica en la década de 1780 se caracterizaba por la ausencia de un interés directo hacia Hispanoamérica⁷. La Revolución Francesa, iniciada en 1789, reavivó nuevamente el interés por Hispanoamérica. Por primera vez, a nivel gubernamental, se prestó atención al Río de la Plata cuando España entró en guerra del lado de Francia. Desempeñó también su papel el precursor de la independencia hispanoamericana, Francisco de Miranda, quien instaba a Inglaterra a ayudar en la liberación de Hispanoamérica⁸.
En los círculos gobernantes británicos se debatía la cuestión de qué sería más ventajoso para los intereses de Inglaterra: ayudar al Río de la Plata a alcanzar su independencia o conquistarlo y convertirlo en una colonia inglesa. Según el testimonio de los ministros del gabinete de William Pitt, se señalaba los numerosos beneficios que obtendría Gran Bretaña en caso de conquistar Buenos Aires. Estaba interesado en asestar un golpe a España en sus colonias sudamericanas, también con el propósito de adelantarse a los franceses. Sin embargo, a su juicio existían obstáculos de carácter político que impedían llevar a cabo ese plan: Pitt expresaba grandes dudas sobre la posibilidad de separar a España de su alianza con Francia. Además, debía tener en cuenta la posición de su aliado en la guerra contra Napoleón, Rusia, cuya postura consistía en no irritar a España y en considerar los intereses rusos en América.
En 1804–1805, estos planes de conquista no estaban destinados a realizarse. Inglaterra concentró todas sus fuerzas en Europa para la lucha contra Napoleón. La derrota de las tropas de la Tercera Coalición en Austerlitz, aunque atenuada por la victoria naval en Trafalgar, asestó un golpe mortal al propio Pitt, quien murió en enero de 1806. Así, no llegaron a definirse las orientaciones de la política hispanoamericana del Reino Unido.
Un papel importante en el desarrollo posterior de los acontecimientos lo desempeñó la ocupación por los ingleses, tras la victoria de Trafalgar, de la colonia holandesa en el Cabo de Buena Esperanza – Ciudad del Cabo (Cape Town). Poseer esta colonia tenía gran importancia para Inglaterra, pues servía como base en la ruta hacia la India. Además, se convirtió en un trampolín para el ataque a Buenos Aires.

Desde Ciudad del Cabo, el comandante Home Popham, con el permiso de su superior, el general Baird, decidió apoderarse de Buenos Aires. Popham partía de la nueva situación creada en Europa tras las victorias de Napoleón, así como de la imposibilidad de separar a España de Francia. Todo ello, según su opinión, eliminaba las causas que habían frenado la expedición al Río de la Plata. Popham se basaba en los enormes beneficios comerciales que obtendría Inglaterra como resultado de la toma de Buenos Aires. «Según el testimonio de los círculos comerciales de Londres —escribía al Almirantazgo—, Buenos Aires ocupa la mejor posición comercial de toda América del Sur. Es un gran puerto y una ruta por la cual cada año pasa una gran cantidad de las riquezas de Chile y Perú»⁹.
Los cálculos de Popham se basaban en aprovechar las contradicciones existentes en la colonia entre las autoridades españolas y los criollos. Esperaba atraer a estos últimos a su lado mediante la proclamación de la libertad de comercio. También partía de la extrema debilidad militar de España en el Río de la Plata: prácticamente no había flota española, y las fuerzas terrestres eran escasas. Sin esperar la autorización oficial del gobierno, la expedición bajo el mando de Popham zarpó del sur de África a mediados de abril de 1806 y el 15 de junio apareció en las aguas del Río de la Plata.
El 25 de junio, el comandante de las fuerzas terrestres, el general Beresford, al frente de 1.600 hombres, desembarcó en los alrededores de Buenos Aires y el 27 de junio tomó la ciudad. Una victoria tan rápida se explicó por la confusión de las autoridades españolas. El virrey Rafael Sobremonte abandonó la capital y huyó a la provincia. Beresford se nombró a sí mismo gobernador (esta cuestión había sido previamente acordada con el general Baird) y exigió que los funcionarios españoles juraran fidelidad al rey Jorge III. Con el fin de atraer a la población a su causa, los ingleses declararon su respeto por la religión católica, la reducción de los derechos aduaneros y la libertad de comercio para todas las naciones amigas, pero únicamente en buques británicos¹⁰. En esencia —y esto no se ocultaba— se planeaba organizar Buenos Aires según el modelo de las demás colonias inglesas.

A comienzos de septiembre de 1806, Londres recibió con júbilo la noticia de la toma de Buenos Aires. En una asamblea general de la asociación comercial, con la participación de varios ministros, se discutieron las perspectivas de comercio con Buenos Aires y el aprovechamiento de los beneficios que ofrecía este nuevo mercado. A este respecto, el periódico The Times escribía: «Hemos obtenido un mercado permanente para nuestros productos, mientras que nuestros enemigos han perdido para siempre la posibilidad de aumentar, gracias a los recursos de estos países ricos, los medios que debían causar daño a nuestro Imperio»¹¹.
El gobierno británico aprobó la expedición. Se prestó especial atención a las cuestiones comerciales. Un decreto real confirmó las medidas adoptadas previamente por Beresford y autorizó el libre comercio en buques británicos a todos los habitantes de Buenos Aires. Los ingleses tampoco pasaron por alto las cuestiones de la esclavitud y la trata de esclavos. Se prohibía la importación de esclavos a Buenos Aires bajo la amenaza de que todos los esclavos y los buques que los transportaran serían confiscados a favor de Su Majestad. La prohibición no se extendía a los sirvientes domésticos ni a los esclavos empleados en el servicio marítimo o comercial¹².
Sin embargo, los planes de los ingleses para consolidar su dominio en Buenos Aires no estaban destinados a cumplirse. La ocupación de Buenos Aires por las tropas británicas impulsó el despertar de la conciencia nacional. Expresando sentimientos patrióticos, Manuel Belgrano, quien más tarde sería una destacada figura de la Guerra de la Independencia, escribió que le dolía ver «mi patria bajo dominio extranjero»¹³.
A pesar de la afirmación de Beresford sobre el apoyo de la población de Buenos Aires a las autoridades británicas, la situación de los ingleses era sumamente precaria. No hallaron respaldo ni siquiera entre los comerciantes criollos, que, al parecer, debían estar interesados en mantener vínculos con Gran Bretaña. En su mayoría, no juraron lealtad al nuevo poder.
Entretanto, la idea de expulsar a los ingleses se extendió entre los sectores más amplios de la población. Con el aporte decisivo de Montevideo bajo el gobernador Pascual Ruiz Huidobro, comenzó la organización de la resistencia contra los invasores. En las zonas rurales fue dirigida por el acaudalado criollo Juan Martín de Pueyrredón, quien formó a sus expensas una unidad de mil hombres, en su mayoría gauchos jinetes. En Buenos Aires, la resistencia fue liderada por el capitán Santiago de Liniers, de origen francés, que llevaba ya mucho tiempo al servicio del rey de España. Liniers encabezó la lucha armada.
Uniéndose con el destacamento de Pueyrredón, Liniers atacó a los ingleses en Buenos Aires el 11 de agosto. Recibió apoyo activo de los habitantes, que abrieron fuego contra las tropas inglesas desde los tejados de las casas¹⁴. Al verse completamente rodeado y sufrir grandes pérdidas, Beresford capituló el 12 de agosto, entregando las armas y rindiendo las banderas.

A pesar de la derrota, los ingleses no se retiraron del Río de la Plata. Su escuadra continuó en sus aguas. El gobierno británico, bajo la presión de la City, decidió apoderarse de la región. Los círculos empresariales veían en ello la única salvación frente a la crisis provocada por la pérdida de mercados en Europa.
A comienzos de 1807, después de recibir refuerzos considerables, los ingleses emprendieron una segunda invasión. En febrero, tomaron la fortaleza y la ciudad de Montevideo. Al aproximarse el enemigo, el virrey Sobremonte, que había vuelto a sus funciones tras la derrota de los ingleses, huyó nuevamente. La noticia de la caída de Montevideo provocó indignación popular en Buenos Aires. Los militares exigieron al Cabildo (municipalidad) la destitución del virrey. Bajo la presión del pueblo, fue destituido, y Liniers fue nombrado virrey interino. Madrid se vio obligada a aprobar esta decisión, un hecho sin precedentes.
Entretanto, las tropas inglesas, bajo el mando del general William Whitelocke, marcharon desde Montevideo hacia Buenos Aires. El 28 de junio, un ejército inglés de doce mil hombres desembarcó cerca de Buenos Aires. En la batalla que siguió, Liniers fue derrotado.
La derrota, sin embargo, no desmoralizó al pueblo. Buenos Aires se alzó para luchar. Los habitantes se armaron, levantaron barricadas y cavaron trincheras. Las tropas derrotadas de Liniers se reagruparon en la ciudad. En la mañana del 5 de julio, tras rechazar la propuesta de rendición, las tropas inglesas iniciaron el asalto a Buenos Aires. Durante dos días de encarnizados combates, las fuerzas regulares inglesas no lograron quebrar la resistencia de los habitantes. Tras sufrir grandes pérdidas, Whitelocke capituló. Según las condiciones de la capitulación, las tropas británicas debían evacuar Buenos Aires, retirarse de Montevideo, abandonar el Río de la Plata y liberar a los prisioneros¹⁵.

La victoria del pueblo del Río de la Plata sobre las tropas regulares de una potencia como Inglaterra influyó en el desarrollo posterior de los acontecimientos en toda la América Española. Para Argentina, se convirtió en el prólogo de la Guerra de la Independencia. El fracaso de la invasión condujo a un cambio radical en la política inglesa. Convenció al Reino Unido de abandonar sus planes de conquista de la América Española. A partir de entonces, el principal objetivo de la política británica fue su sujeción económica, la apertura de mercados para el comercio y la industria ingleses.




Los acontecimientos de la vida de España y de sus colonias encontraron reflejo en la prensa rusa. A comienzos del siglo XIX, en Rusia ya se habían acumulado informaciones sobre la América Española y Portuguesa —sobre sus condiciones naturales, población, economía, etc. Al iniciarse el siglo XIX, el tema hispanoamericano también se reflejó en la obra de los escritores miembros de la “Sociedad Libre de Aficionados a la Literatura, las Ciencias y las Artes”¹⁶.
“El bello comienzo de los días de Alejandro” —así se llamaban los primeros años del reinado de Alejandro I— se caracterizaron por el renacimiento de la vida pública en el país, el aumento del número de publicaciones periódicas de tendencia liberal y el relajamiento de la censura. Una actitud crítica hacia la situación en España y su política colonial se formó tanto en los círculos gobernantes como en la opinión pública. Prueba de ello fue la publicación, con permiso del emperador, del libro del abate Reynal, Historia filosófica y política de las colonias y del comercio de los europeos en ambas Indias, en la que se criticaba el régimen colonial, la crueldad hacia los indios y los negros. En Rusia se percibía el declive progresivo de la monarquía española, se observaba cómo se debilitaba el imperio español en América.
A pesar de la gran distancia, la información sobre los acontecimientos en España y sus colonias era regular y relativamente detallada. Los editores no disponían de fuentes propias de información y, por lo general, la tomaban de publicaciones periódicas extranjeras, principalmente inglesas¹⁶. 
Los principales periódicos eran el Sankt-Peterburgskie Vedomosti (Noticias de San Petersburgo), publicado por la Academia de Ciencias, y el Moskovskie Vedomosti (Noticias de Moscú), editado por la Universidad de Moscú. La información más detallada la proporcionaba el Sankt-Peterburgskie Vedomosti, que en ocasiones incluía comentarios. El Moskovskie Vedomosti reproducía esas noticias con un retraso de varios días o más.

Antes de pasar a la intervención propiamente dicha, es necesario exponer su trasfondo. Sobre esto también escribieron los periódicos con bastante detalle. La intervención inglesa fue posible como resultado de la guerra entre España e Inglaterra. El Sankt-Peterburgskie Vedomosti informaba ampliamente sobre la ruptura entre ambos países, publicando despachos tanto desde España como desde Inglaterra.
La gran distancia dificultaba la rápida transmisión de la información, por lo que las noticias sobre los acontecimientos de fines de 1804 aparecieron en el periódico recién en enero de 1805. También se producía cierta confusión cronológica. Así, un acontecimiento importante que fue la causa del inicio de la guerra apareció en el nº 2 del periódico, mientras que su consecuencia figuraba en el nº 1.

En orden cronológico, debía presentarse del modo siguiente:

“Cádiz, 13 de noviembre. La noticia de que los ingleses habían capturado cerca de Cádiz cuatro barcos españoles ricamente cargados produjo gran inquietud aquí. Aunque había información fiable de que se había dado la orden de desplegar los dos buques de guerra y las lanchas cañoneras que se hallaban aquí, nadie esperaba un suceso semejante.”

Al mismo tiempo, se señalaba la actitud pacífica de los españoles:

“A pesar de tal acción, los barcos mercantes ingleses que se hallan en este puerto no sufren de nuestra parte la menor molestia. El gobierno español (nota del autor) no realiza preparación militar alguna.”¹⁷

Y solo después de eso debía seguir:

“Madrid, 15 de noviembre. El señor Frere, encargado de negocios inglés, partió ayer al mediodía. Las demandas finales presentadas por el gobierno británico fueron consideradas por nuestra corte como de imposible cumplimiento. Por tanto, la guerra entre España e Inglaterra es un hecho inevitable”.

Y tras la noticia sobre la caída del valor de los títulos españoles —los vales reales— como resultado de estos acontecimientos, seguía: 

“Cádiz, 16 de noviembre. Frente a nuestra bahía han aparecido cuatro navíos de línea ingleses, cuya llegada repentina nos ha causado gran asombro. Esta circunstancia nos da motivo para concluir que los ingleses tienen la intención de comenzar acciones hostiles contra España.”¹⁸

En los números siguientes, el tema de las relaciones anglo-españolas continuó desarrollándose. 

“Madrid, 24 de noviembre: Las esperanzas de conservar la paz con Inglaterra se han perdido por completo. El encargado de negocios inglés interrumpió las negociaciones y ya ha partido hacia Portugal.”¹⁹

La parte inglesa sostenía una opinión semejante. En una noticia del 13 de diciembre, publicada en el número siguiente, se decía que Pitt había declarado a los fabricantes que la guerra con España era inevitable y que Portugal también se vería obligado a romper su alianza con Inglaterra²⁰.
Aun antes de la declaración oficial de guerra, ambas partes comenzaron a confiscar los bienes del enemigo. 

“Cádiz, 27 de noviembre. Aquí se ha recibido desde Madrid una orden real de poner bajo embargo todos los bienes ingleses existentes en esta ciudad. La medida ya se ha aplicado a un barco mercante que se hallaba en el puerto. Medidas semejantes se han tomado en otras ciudades españolas. Al mismo tiempo, se señala la lentitud con que tales disposiciones se ponen en práctica en otros puertos españoles. Los comerciantes ingleses han tenido tiempo suficiente para tomar las precauciones necesarias al respecto, y por ello los bienes confiscados a los ingleses serán, sin duda, escasos.”²¹

Los ingleses actuaban con mayor energía, y su botín fue más abundante: 

“Barcelona, 3 de diciembre de 1804. Tres barcos mercantes españoles que navegaban desde La Habana con un valioso cargamento fueron capturados por los ingleses cerca de Gibraltar y enviados a Plymouth.” ²² 

“Cádiz, 12 de diciembre de 1804. Un barco inglés capturó a un mercante español que navegaba desde Lima. A bordo se encontraban 180 mil piastras (dólares), 700 sacos de trigo y 4.500 fanegas (una fanega = 46 kg, nota del autor) de cacao«. ²³

Finalmente, se produjo la declaración oficial de guerra. Por parte española se señalaba el carácter forzoso de la acción, la imposibilidad de mantener la neutralidad en la guerra franco-inglesa ya iniciada, después de que los ingleses capturaran cuatro barcos españoles y dieran la orden de “hundir y quemar los barcos españoles de menos de 100 toneladas y enviar a Malta todos los que tuvieran más de 100 toneladas”²⁴. En la proclamación del “Príncipe de la Paz” (Manuel Godoy) sobre la guerra con Inglaterra, después de describir todas las acciones de ésta contra España, se decía: “En nombre del rey, en nombre de la justicia y del honor, invitamos a todo el pueblo español a la venganza.” ²5

De la siguiente noticia procedente de España los lectores podían conocer la lamentable situación financiera del país, que acababa de entrar en guerra con Gran Bretaña: 

“Las autoridades han expedido a los habitantes patentes de corso contra Inglaterra. La construcción de la flota se lleva a cabo con extraordinaria rapidez, lo que da esperanza de que nuestros barcos, ricamente cargados y procedentes de América del Sur, puedan navegar con seguridad. Qué medidas adoptará el gobierno respecto a las sumas de dinero necesarias para ello aún se desconoce, tanto más cuanto que nuestros tesoros americanos en su mayor parte han sido capturados por los ingleses.”²6

Según la exposición del periódico, la declaración de guerra por parte de Inglaterra a España constituía en esencia un ultimátum. 

“Londres, 3 de febrero. Se ha publicado un manifiesto gubernamental contra España. En el Manifiesto se dice lo siguiente: El 20 de octubre de 1804 el encargado de negocios británico presentó al ministro español una nota: debía revocarse la orden dada por el gobierno español de armar los buques de guerra en varios puertos y devolverlos al estado en que se encontraban antes del comienzo de la guerra entre Inglaterra y Francia. España debía proporcionar una explicación satisfactoria de la naturaleza de sus relaciones actuales con Francia. Al recibir del ministro español una respuesta insatisfactoria, el encargado de negocios británico obtuvo su pasaporte el 7 de noviembre y el 14 de noviembre salió de Madrid²⁷.”

La culminación de las operaciones navales fue la batalla de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. El periódico presentó tanto la versión española como la inglesa de los hechos: 

“Cádiz, 25 de octubre. La sangrienta y decisiva batalla ocurrida el día 21 entre las flotas española-francesa e inglesa tuvo lugar a 8 millas de aquí. La primera flota, compuesta de 33 navíos de línea y, en total, de 40 barcos, salió de este puerto el día 20 y se encontró al día siguiente con la flota inglesa, mandada por el almirante Nelson; tras lo cual comenzó de inmediato una terrible batalla que duró día y medio y terminó para la flota combinada de modo tan desgraciado, que aún no se han encontrado 15 navíos de línea, entre ellos el mayor y más hermoso, el Trinidad, de 136 cañones. La pérdida habría sido aún mayor si durante dos días consecutivos no hubiera soplado hacia nuestras costas un fuerte viento acompañado de lluvia, que favoreció la entrada en el puerto de varios barcos, en su mayoría gravemente dañados.” 

La noticia concluía con las siguientes palabras: 

“El infortunado destino de una flota tan grande y magnífica, ahora destruida; el triste espectáculo de los barcos destrozados y de los cadáveres que cubren nuestras costas, ha causado aquí una profunda impresión y ha sumido a toda la ciudad en honda tristeza.”²⁸

Los ingleses, al informar sobre sus pérdidas —1.587 muertos y heridos—, señalaban: 

“Ninguna batalla naval fue más grande ni más sangrienta que Trafalgar.”²⁹ 

Al mismo tiempo, con orgullo informaban: 

“En total, la flota enemiga, compuesta de 33 navíos de línea, perdió 24 de ellos, y la derrota fue tan completa como puede serlo una batalla librada cerca de la costa”³⁰.

Los acontecimientos de importancia mundial no eclipsaron otros más pequeños pero relevantes para nuestro relato: 

“Londres, 21 de septiembre (por vía de Holanda). Se dice que la expedición enviada desde Cork bajo el mando del general Baird ha sido destinada al Cabo de Buena Esperanza. Consta de tres navíos de línea, varios fragatas y diecinueve buques de transporte de la Compañía de las Indias Orientales y de otros tipos. Las tropas enviadas con esta expedición suman 7.000 hombres. Si nuestras fuerzas logran apoderarse del Cabo, se cree que luego emprenderán un ataque contra la Île de France (actual isla de Mauricio). La conquista de esa isla, cuyos corsarios causan graves perjuicios a nuestro comercio de las Indias Orientales, sería sumamente ventajosa para el comercio inglés. Sin embargo, es poco probable que esa colonia, fortificada tanto por la naturaleza como por el arte, se rinda rápidamente ante nuestras fuerzas.”³¹ 

Como se desprende del informe, en Inglaterra en ese momento se consideraba la toma del Cabo de Buena Esperanza principalmente con el fin de asegurar las rutas hacia la India, y no como una base para una expedición a Sudamérica.
El periódico retomó este tema al año siguiente, 1806. En una noticia procedente de Londres, del 8 de febrero, se informaba sobre la escuadra del Sir Home Popham, que se encontraba en San Salvador, Brasil, con 9.000 hombres a bordo, aunque su destino era desconocido³². 
Poco después, el propósito de la expedición se aclaró: 

“Ha partido hacia su destino final, a saber, el Cabo de Buena Esperanza.”³³ 

Y ya en el número siguiente se informaba de la victoria inglesa: 

“Londres, 28 de febrero. El 8 de enero, la expedición de Baird y del Sir Home Popham, tras una encarnizada batalla, tomó el Cabo de Buena Esperanza. Holanda perdió 700 hombres, mientras que los ingleses 240. La guarnición holandesa apenas contaba con 2.000 hombres, y las fuerzas de desembarco inglesas eran el doble de numerosas. Sin embargo, el gobernador holandés Janssens no firmó el acta de capitulación y se retiró con sus tropas al interior del país.”³⁴

Se reseñaron los festejos en Inglaterra con motivo de la victoria: 

“Londres, 4 de marzo. La noticia de la toma del Cabo de Buena Esperanza por las tropas al mando de Sir Home Popham y del general Baird ha quedado plenamente confirmada y, con tal motivo, el 27 de febrero se efectuó una salva de artillería en la Torre y en el Parque.”³⁵

En uno de los números siguientes se informó de un suceso que le ocurrió a Popham y que casi le costó la vida: 

“Londres, 21 de marzo. Sir Home Popham, durante el desembarco en el Cabo de Buena Esperanza, estuvo a punto de perder la vida. Una fuerte ola lo arrojó fuera del bote y ya luchaba con la muerte cuando un marinero lo agarró por la charretera y lo sacó del agua.”³⁶

El gran papel del azar. ¿Y si el marinero no lo hubiera sacado? ¿Habría tenido lugar la intervención en el Río de la Plata? En cualquier caso, difícilmente se habría realizado en 1806.

El Sankt-Peterburgskie Vedomosti y el Moskovskie Vedomosti informaron en detalle sobre la intervención inglesa en el Río de la Plata desde el comienzo mismo. El 31 de julio el Sankt-Peterburgskie Vedomosti reprodujo una noticia desde Londres del 26 de junio según la cual

“desde el Cabo de Buena Esperanza partió hacia Buenos Aires una expedición al mando de Home Popham y del general Beresford, compuesta por un navío de 64 cañones y otro de 65 cañones, y por dos fragatas. A bordo de ellos se hallaban los regimientos 71 y 72. Al mismo tiempo, circuló un rumor dudoso sobre su participación en la empresa del general Miranda”.

Sobre la propia empresa y la figura de Miranda el periódico ofreció un informe detallado. La nota concluía informando que “dicha expedición ya había llegado a la isla de Santa Elena”³⁷.

El 17 de agosto el periódico precisó la información anterior: “Ahora se sabe con certeza que la expedición enviada desde el Cabo de Buena Esperanza al mando de Sir Home Popham y del general Beresford está destinada contra la colonia española situada en el Río de la Plata”³⁸.

En el número siguiente el periódico volvió sobre el tema, reimprimiendo una noticia desde Madeira del 22 de junio: “La flota mercante de la Compañía de las Indias Orientales llegada aquí confirma la noticia de que Sir Home Popham efectivamente se dirigió al río de la Plata, a Buenos Aires”³⁹.

El 28 de septiembre se publicaron amplios extractos de las cartas del general Beresford sobre el curso y el resultado de la intervención, recibidas desde Londres y publicadas el 13 de septiembre. Beresford escribía que él y Home Popham deliberaron largamente “si nos convendría atacar la ciudad de San Felipe de Montevideo o si convendría primero guerrear por Buenos Aires, capital de este país. Finalmente decidimos marchar contra esta última ciudad”. Beresford no informa sobre las razones de esa decisión. Pero, por lo que se desprende de la exposición posterior de los hechos, se trató de consideraciones puramente militares: “Ante la débil resistencia de las tropas españolas, compuestas en su mayor parte por naturales de este país, la fortaleza de Buenos Aires y los lugares de ella dependientes se rindieron a capitulación ante el Ejército Real Británico”. De este pasaje, el lector atento podía concluir que prácticamente no había tropas regulares españolas en Buenos Aires y que los ingleses se enfrentaron a la milicia local.
A continuación se exponían las principales condiciones de la capitulación: “Las tropas de Su Majestad Católica que se encuentran en esta ciudad saldrán con todos los honores militares y, después, depondrán las armas. Los soldados reclutados entre los naturales serán puestos en libertad con la condición, no obstante, de que no se incorporen al servicio hasta el intercambio de prisioneros”.
Los siguientes artículos de la capitulación concedían a los habitantes “el libre ejercicio de su fe y el derecho de disfrutar de su constitución y propiedad”. Por constitución se entendían las leyes locales, que los ingleses no pensaban abolir, al menos de inmediato. La capitulación fue firmada por el lado inglés por el general Beresford y el comandante Home Popham, y por el lado español por el gobernador Quintana.
Se enumeraban detalladamente los trofeos militares: la artillería, municiones y armas encontradas en la fortaleza de Buenos Aires y en las localidades de ella dependientes: 45 cañones de gran calibre, 39 cañones de bronce; 550 barriles de pólvora; 2.064 fusiles con bayoneta; 616 carabinas; 4.009 pistolas; 31 mosquetes; 1.208 espadas.

“A este número debe añadirse otro armamento dejado por el virrey en su huida, a saber: 7 cañones de bronce de gran calibre; 130 fusiles con bayoneta; 71 fusiles sin bayoneta; 39 espadas”. De este último informe, lo más interesante era la información sobre la huida del virrey Sobremonte. Al mismo tiempo, no podía dejar de impresionar al lector la cantidad de armamento capturado.

En una carta al lord Castlereagh, Beresford elogiaba a los habitantes locales “por su buena disposición hacia los ingleses”.
Junto con las condiciones de la capitulación de las tropas españolas, los periódicos publicaron el manifiesto del general Beresford a los habitantes de la provincia de Buenos Aires. En él se enteraban de que “han sido conquistados por el valor e incansable esfuerzo de las tropas de Su Majestad el Rey Británico”. Para atraer a los habitantes al lado de los ingleses, Beresford les prometía —a ellos y a los pueblos “que viven junto al río de la Plata, que quizá también vengan bajo su protección”— el libre ejercicio de su fe y el goce de sus privilegios (es decir, derechos). “La propiedad y las leyes de este país permanecen en su estado anterior y serán protegidas por el Gobierno inglés. Por los víveres militares y otras cosas necesarias para las tropas se pagará según convenio, con la adecuada exactitud y sin demora”.
En el manifiesto se subrayaba especialmente la introducción por parte de los ingleses en Sudamérica del libre comercio con “otras poblaciones y especialmente con la isla de Trinidad, ya bajo dominio de Inglaterra”, es decir, con el gobierno que sea capaz de protegerlos de los ataques enemigos y proporcionar ventajas comerciales “como las que no se conocen en ningún otro país”.
En un informe a lord Castlereagh, Beresford comunicaba que se había enviado a Inglaterra un buque con 1.086.208 dólares. “Además de esto, se encontró en los almacenes pertenecientes al Rey de España una gran cantidad de diversas mercancías por valor de 2 o 3 millones de dólares”.
Seguidamente, el periódico publica un despacho de Home Popham al Secretario del Almirantazgo, señor Marsden, en la que recordaba que ya en una carta desde la isla de Santa Elena había expuesto las razones “que me impulsaron a apresurarme lo más posible en marchar contra los dominios españoles del río de la Plata”. En otras palabras, Popham reconocía que emprendió la expedición contra Buenos Aires sin autorización del gobierno británico. Pero ello no lo inquietaba, ya que se había obtenido la victoria, y felicitaba a los lores del Almirantazgo por la conquista de Buenos Aires por las tropas británicas. “Esta ciudad es la capital de la más rica y extensa provincia de Sudamérica. El beneficio particular de la adquisición de Buenos Aires para el comercio británico servirá de nuevo medio para la expansión de la industria de las manufacturas inglesas. El clima de este país —añade Popham— es siempre bueno y saludable”.
Además de los beneficios económicos para el Reino Unido en la adquisición de Buenos Aires, al lector se le familiarizaba con los pormenores de las operaciones militares. El desembarco de las tropas inglesas tuvo lugar el 25 de junio en Quilmes, cerca de Buenos Aires, “sin obstáculo alguno por parte del enemigo”.

“Las tropas enemigas se hallaban en la elevación de una colina, a unas dos millas del punto de desembarco, suponiendo que el terreno pantanoso impediría el avance. Entretanto, nuestras tropas subieron la mencionada colina con la misma sangre fría y la misma bravura que caracterizaron en todo caso el carácter del ejército británico”.

Popham señalaba los méritos de Beresford, sus disposiciones prudentes y el valor de sus tropas, que obligaron al enemigo a abandonar su artillería y buscar salvación en la huida. La victoria fue celebrada con salvas “en honor de Su Majestad el Rey Británico, cuyo pabellón ondea ahora también en Sudamérica. Los buques fondeados frente a la ciudad respondieron a esta salva con diverso número de disparos”⁴⁰.
En los números posteriores, el periódico volvió repetidamente al tema de los tesoros capturados en Buenos Aires: 

“Londres, 16 de septiembre. Los tesoros traídos de Buenos Aires fueron llevados ayer al banco de esta ciudad en ocho carros. Veinte marineros que estuvieron en la toma de esa fortaleza marcharon en desfile, con la misma ropa que entonces vestían. Dos días antes de la toma de Buenos Aires habían llegado allí dos ricas caravanas. Home Popham escribe aquí que espera enviar a Europa más de dos millones de piastras (dólares). Al mismo tiempo, pidió al gobierno refuerzos de tropas. Con su ayuda, pensaba tomar Montevideo.”⁴¹

En el número siguiente se enumeraban minuciosamente los beneficios para Inglaterra de la conquista de Buenos Aires, señalándose que el sistema fluvial del Plata “proporciona una gran facilidad para la conducción del comercio interior”: 

“Los beneficios físicos y morales de esta posesión, que hasta ahora se han mantenido en gran secreto, serán conocidos por todos tan pronto como llegue a manos de Inglaterra. Los capitalistas ingleses se ocuparán, sin duda, del éxito de importantes empresas, a las que Paraguay, Perú y Chile, con tales mercancías y preciosos productos de esos países, darán aún mayor amplitud e importancia.”⁴²

El periódico tampoco pasó por alto las medidas adoptadas por el gobierno británico respecto de Buenos Aires. A los súbditos británicos se les permitió el libre comercio en buques ingleses, se redujeron los derechos de importación y se prohibió la entrada de esclavos en Buenos Aires⁴³.
Como ejemplo de grandes ganancias en los países recién conquistados se mencionaba la historia de dos barcos que aceptaron ir con la expedición del general Beresford a Buenos Aires: “Sus propietarios obtuvieron —según se dice— un beneficio del 250%”⁴⁴.

Y, como cierre del año, se informaba: 

“Londres, 18 de octubre. El día 7 del corriente se envió a Buenos Aires un ejército de refuerzo.”⁴⁵

El nuevo 1807 comenzó con una noticia desde Londres que resultó ser falsa: que “nuestras tropas bajo el mando del general Beresford y de Home Popham habían tomado la importante ciudad comercial de Montevideo en la provincia de Buenos Aires”⁴⁶.

El Sankt-Peterburgskie Vedomosti ofreció información detallada sobre el llamamiento de Popham desde Sudamérica: 

“Londres, 23 de diciembre (1806). El ministro de Asuntos Exteriores lord Howick (T. Grey) —lo dicho por él acerca de la expedición contra Buenos Aires merece particular atención— afirma: ‘En cuanto a Sir Home Popham y al general Baird, confieso que fui de los que desearon e insistieron en que fueran llamados a Inglaterra, por cuanto emprendieron la expedición a Sudamérica no por orden del Gobierno, sino por su propio arbitrio. Para la defensa del Cabo de Buena Esperanza no dejaron allí ni un solo navío de línea. Llevaron su atrevimiento incluso al extremo de detener una fragata destinada a las Indias Orientales con dinero para pagar sueldos. Tal proceder merece severo castigo, pues subvierte toda disciplina’.”⁴⁷

La continuación del tema la encontramos en el Moskovskie Vedomosti: 

“El juicio a Home Popham comenzó el 6 de marzo. Este consejo de guerra se celebrará en Plymouth a bordo del Gladiator y deberá estar compuesto por 8 almirantes y 6 capitanes superiores.”⁴⁸ 

Añadimos por nuestra parte que la sentencia fue bastante benigna y no impidió su carrera ulterior: poco después fue promovido a almirante.

En Inglaterra la noticia de la pérdida de Buenos Aires se recibió en enero de 1807, y a Rusia llegó en abril. Ambos periódicos publicaron una declaración del Almirantazgo británico, basada en el informe de Home Popham, quien procuraba convencer a los lores del Almirantazgo de la corrección de las acciones del general Beresford, en que “su política magnánima al administrar Buenos Aires otorga más honor a las armas y al carácter del pueblo británico que si hubiera empleado la fuerza”, aunque se reconocía que en ese caso “habrían sido anulados todos los esfuerzos del enemigo y ese país habría sido separado de la corona de España”.
En el informe de Popham, los acontecimientos que condujeron a la expulsión de los ingleses de Buenos Aires se presentaban como una conspiración, encabezada por Pueyrredón, “uno de los funcionarios civiles” y el “coronel Liniers, oficial francés al servicio de España”, que “sedujeron al pueblo sencillo y lo inclinaron a la sublevación”. Reunieron y armaron a muchos habitantes. “A su bando atraían con amenazas y temor; pues todo aquel que no aceptaba participar en la conspiración era amenazado de muerte”.
Popham recibió del general Beresford la noticia de que “esperaba en breve una sublevación”. El 2 de agosto el general atacó a 500 españoles, capturando piezas de artillería y varios prisioneros. Pero, debido al mal tiempo, no pudo ser apoyado por los buques de guerra. “Por los fuertes aguaceros que se prolongaron del 6 al 8 de agosto, la caballería inglesa no pudo actuar”. “Mientras tanto, el enemigo, con grandes fuerzas, logró acercarse a la ciudad por diversos lados, de modo que el ejército británico no pudo impedírselo”. “Además del ejército español que rodeaba Buenos Aires, todos los habitantes de la ciudad estaban armados y apostados como en emboscada en los tejados de las casas y de las iglesias. El enemigo evitaba la batalla campal y dispuso sus tropas de manera que, desde lugares seguros, pudieran disparar con gran eficacia contra nuestras fuerzas”.
Los ingleses, intentando impedir el avance de los españoles, situaron la artillería en las calles principales que conducían a la plaza mayor. “El enemigo, cuyo número crecía sin cesar, mostró en esta ocasión la mayor intrepidez […] Entretanto, la gente en los techos de las casas cercanas a la plaza mayor aumentaba cada vez más y causaba gran daño a nuestras tropas”.

“Dado que el general Beresford no pudo forzar a los españoles a ninguna batalla general, y entretanto los enemigos apostados en lugares seguros, con fuego de fusilería, mermaban de modo notable el pequeño ejército inglés, el general Beresford ordenó izar la bandera de parlamento”.

Según las condiciones de la capitulación del 12 de agosto, “las tropas británicas saldrán con todos los honores militares, pero serán consideradas prisioneras de guerra y, lo antes posible, embarcadas en los buques de transporte británicos que se hallan ahora en el río de la Plata, para partir a Inglaterra”.

“Todos los prisioneros de una parte deberán ser intercambiados por todos los prisioneros de la otra”. “Las tropas inglesas serán provistas del suministro que necesiten, y a los enfermos que queden deberá prestárseles la debida atención. La propiedad de todos los súbditos ingleses en Buenos Aires deberá ser respetada. Los ingleses perdieron 165 hombres, principalmente por el fuego de los habitantes que se hallaban en los techos”.

“En otras cartas, el comandante Sir Home Popham informaba que, con los refuerzos recibidos del Cabo de Buena Esperanza, se llevó a cabo un ataque contra Montevideo, pero no tuvo éxito, ya que, debido a la escasa profundidad, no fue posible acercarse a la ciudad”⁴⁹.

A pesar de la pérdida de Buenos Aires, los ingleses no abandonaron el Plata. Su escuadra continuó en sus aguas. Su objetivo pasó a ser la toma de Montevideo. En enero de 1807, las tropas inglesas desembarcaron no lejos de Montevideo y comenzó la batalla por la ciudad. El 6 de febrero Montevideo fue tomado “a pesar de la fuerte y decidida resistencia de los habitantes” —como señalaban los propios ingleses.
En junio de 1807, ambos periódicos reimprimieron de la Gaceta de la Corte inglesa el comunicado oficial sobre este acontecimiento, basado en el informe del general de brigada Achmuty, comandante de las tropas, al ministro de la Guerra, Windham: 

“Montevideo, 6 de febrero de 1807. Tengo el honor de comunicarle que las tropas de Su Majestad bajo mi mando tomaron la importante fortaleza y ciudad de Montevideo, a pesar de la fuerte y decidida resistencia de los habitantes.” 

Luego, el general detalló el curso de las operaciones: el 18 de enero las tropas inglesas desembarcaron a 9 millas de la ciudad. “En ese momento el enemigo, con fuerzas superiores, ocupaba una posición elevada ventajosa; sin embargo, no nos opuso obstáculos y nos permitió ocupar una posición fuerte a una milla de la costa”. Consolidada la posición, las tropas inglesas avanzaron combatiendo hacia la ciudad. “El enemigo se retiró, pero continuó haciéndonos fuego. Tomé posición a dos millas de la fortaleza. Se apostaron destacamentos en las mismas afueras de la ciudad, de donde el enemigo retiró la mayor parte de sus tropas”.
La toma de la fortaleza y de la ciudad se prolongó dos semanas, porque “por las noticias recibidas yo concluía que las obras fortificadas de Montevideo eran débiles, la guarnición escasa y incapaz de sostener una resistencia tenaz; esto resultó falso, pues la fortaleza estaba en buen estado y dotada de numerosas piezas, que el enemigo empleó con gran pericia”.

“Al ver que la guarnición no pensaba rendir la ciudad, construí una batería de seis cañones de 24 libras a casi 100 pasos de la fortaleza; el parapeto del baluarte fue inmediatamente destruido, pero el terraplén sufrió muy poco daño. Fue preciso instalar otra batería junto a la Puerta del Sur, hacia el mar, para abrir brecha. A pesar del fuego enemigo, la brecha fue abierta, y el 2 de febrero se decidió tomar la fortaleza por asalto”.

“Nuestros valientes soldados se precipitaron por la brecha y se apoderaron de las puertas de la ciudad. En muchas calles se habían dispuesto piezas; nuestras tropas las limpiaron a bayoneta. Al amanecer del día siguiente, todos los baluartes estaban ocupados por nuestras fuerzas; poco después la propia fortaleza se rindió. Al día siguiente la ciudad estaba tranquila e incluso las mujeres caminaban sin temor por las calles”. 

Las pérdidas inglesas fueron de 10 oficiales y 133 soldados muertos; 30 oficiales y 399 soldados heridos. Los defensores de Montevideo perdieron más: 800 muertos y 500 heridos. Fueron capturados el gobernador Ruiz Huidobro y 2.000 hombres⁵⁰.

Tras la toma de Montevideo, el siguiente objetivo fue Buenos Aires. Los ingleses no lo ocultaban: “Montevideo es mucho más fuerte que la ciudad principal de Buenos Aires, situada no lejos de ella, contra la cual nuestras tropas se disponen a realizar un nuevo intento”⁵¹.
En relación con el previsto ataque a Buenos Aires, los ingleses se interesaban por el estado de ánimo de sus habitantes, como lo demuestra la siguiente noticia: 

“Londres, 6 de junio (por Dinamarca). De un oficial de Estado Mayor se ha recibido desde Montevideo la siguiente carta: Montevideo, 16 de marzo. ‘Solo ahora hemos recibido noticias de un suceso importante. Los habitantes de Buenos Aires, bajo el mando del general Liniers, se han declarado, a ejemplo de la América del Norte, un pueblo independiente. Al buque de transporte que les enviamos respondieron que, si estamos dispuestos a apoyar su empresa, nos recibirán con gran alegría; si, en cambio, queremos hacer de Buenos Aires una colonia británica, han decidido oponerse a ello hasta el último hombre’.”⁵² 

Si la primera parte del informe era falsa, de la veracidad de la segunda los ingleses muy pronto se convencieron.
El 5 de julio de 1807 los ingleses, tras recibir refuerzos, atacaron Buenos Aires, pero sufrieron una derrota. Las primeras noticias al respecto aparecieron en los periódicos rusos en octubre, aunque de carácter breve. En el Moskovskie Vedomosti se decía:

“En el boletín enviado por este motivo por lord Castlereagh al lord alcalde, se afirma que el 5 de julio, día en que se realizó el ataque, parte de la ciudad fue efectivamente tomada, pero con gran pérdida para nuestras tropas, por lo cual el general Whitelocke consideró mejor entrar en negociaciones con el general enemigo, Liniers, en las cuales se convino en que las tropas inglesas evacuarían Sudamérica en el plazo de dos meses, y que todos los prisioneros de ambos bandos serían restituidos. Durante el combate del día 5, por nuestra parte murieron 306, resultaron heridos 674 y desaparecieron 208, en total 1.188 hombres”⁵³.

En noviembre, ambos periódicos publicaron un comunicado oficial desde Londres con detalles sobre la “noticia sumamente desagradable”:

“El 20 de junio el general Whitelocke llegó con su ejército a Ensenada; el 5 de julio avanzó con la intención de poner sitio a Buenos Aires. Y como sabía que el enemigo quería ocupar antes las azoteas planas de las casas, consideró necesario dividir sus fuerzas en varias columnas, que debían entrar directamente por las calles de la ciudad y no abrir fuego hasta que cada columna no llegara a su punto designado. Las brigadas del ala derecha y del centro, al mando de Sir Achmuty y del general Lumley, pese al intenso fuego que el enemigo hacía desde las azoteas y a las muchas dificultades para cruzar los fosos que atravesaban las calles, llegaron con éxito a los lugares que se les habían asignado. En cambio, la brigada izquierda, al mando del general Craufurd, habiendo perdido su última división y viéndose rodeada por doquier por el enemigo, se atrincheró en un monasterio, donde pronto fue atacada por 6.000 hombres de las tropas enemigas. El general Craufurd, viendo imposible resistir a una fuerza superior, se vio obligado a rendirse”.

No mejor fue la situación en otra parte de las tropas:

“Entretanto, el general Whitelocke se apoderó de dos posiciones importantes, pero estos logros le costaron 2.500 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. El 6 de julio por la mañana, el general enemigo Liniers, comandante en Buenos Aires, envió al general Whitelocke una carta en la que ofrecía incluso la libertad a todos los prisioneros ingleses, con tal de que las tropas inglesas se retiraran del río de la Plata, añadiendo que, en caso contrario, no respondía por la vida de los prisioneros ingleses. Esta propuesta fue aceptada por el general Whitelocke, quien firmó un acuerdo por el cual las tropas británicas debían, en el plazo de dos meses, evacuar la fortaleza de Montevideo y toda la región del Río de la Plata⁵⁴.”

En Inglaterra se sufrió la derrota, pero se vio con claridad su causa y se reconoció el mérito del adversario: “La vergüenza por el fracaso del ataque a Buenos Aires supera la pérdida que hemos sufrido en este caso. Los españoles nos odian; no teníamos ni una sola persona favorable a nosotros en el país que queríamos dominar. La gloria militar del general Craufurd se empañó. El general enemigo Liniers actuó con gran pericia, al no sacar sus tropas a campo abierto, sino disponerlas en las casas y en las azoteas, desde donde actuaron con gran éxito”⁵⁵.

Además de en los periódicos, la intervención inglesa recibió cobertura en una serie de revistas rusas, que reproducían de forma sintética la información contenida en la prensa. La interpretación más interesante de los resultados de la intervención inglesa la publicó la revista Vestnik Evropy. En el número de septiembre de 1807, en la sección “Política”, se publicó un amplio artículo traducido del alemán, “La región del Plata, o Paraguay y Tucumán”. Además de datos físico-geográficos y económicos sobre esas tierras, el artículo informaba sobre el ignominioso final de la invasión inglesa.
En el artículo se examinaban las causas profundas de lo ocurrido, que residían en el irresistible afán de independencia de los países coloniales: “El Estado, recibiendo ventajas y riquezas de sus poblaciones (colonias, V. K.), se debilita por la saciedad; en cambio, la población madura, se fortalece por la actividad y se convierte en rival, y a veces en señor de su antiguo dueño. Tal es el curso ineludible de todos los pueblos trasplantados, favorecidos por el destino”. Después se comparaba América del Norte con América del Sur:

“Sudamérica promete mucho más que Norteamérica. Allí, pueblos activos y laboriosos han adoptado muchas costumbres europeas; aquí, españoles y portugueses, asegurando sus dominios, se esforzaron más por adaptarse a las costumbres de los naturales que por introducir nuevas. Allí todas las riquezas de la tierra ya están descubiertas y se agotan sin descanso; aquí, pese a la extraordinaria abundancia, mucho permanece aún desconocido; a muchas fuentes no han acudido todavía los colonos despreocupados, contentándose con el oro, que para ellos representa todas las cosas y productos. Allí los naturales han desaparecido por completo, y los que quedan muy pronto tendrán que adoptar las costumbres europeas; en cambio, aquí habitan pueblos salvajes, libres, numerosos y belicosos, que, habiendo tomado mucho de sus débiles vecinos, no se contagiaron de sus vicios ni se sometieron a sus leyes. Si cambian las circunstancias de Sudamérica con respecto a Europa, aparecerá como otro país; de ella, de su participación, dependerán la civilización, el comercio y el poder de las demás partes del mundo. Este cambio, por lo visto, sobrevendrá pronto» ⁵⁶.

Y, como ejemplo, se aducían los acontecimientos del río de la Plata. Todo lo anterior permite concluir que la prensa periódica rusa de comienzos del siglo XIX sentó las bases para la formación de las representaciones sobre Argentina en Rusia.


(*) Vladímir Petróvich Kazakov , Doctor en Ciencias Históricas, Instituto de Historia Universal de la Academia de Ciencias de Rusia (RAN).

Referencias:

Kazakov V. P. «La intervención inglesa en el Río de la Plata en 1806–1807 en la prensa rusa» // Anuario Histórico Latinoamericano, 2025. Nº 46. pp. 7–35. DOI: 10.32608/2305-8773-2025-46-1-7-35
(Versión en inglés del autor: Kazakov, Vladimir, “The British invasion of Rio de la Plata in 1806 and 1807 in Russian Press” // Latin American Historical Almanakh, 2025. No 46. pp. 7–35. DOI: 10.32608/2305-8773-2025-46-1-7-35)


Notas

¹ Vólski, 1986.

² Slezkin, 1964.

³ Roberts C., 1932, p. 24.

⁴ Documentos… T. V, pp. 11–13.

⁵ Kossok M., 1959, p. 66.

⁶ Gallo K., 1994, p. 19.

⁷ Lynch J., 1969, vol. 1, nº 1, p. 10.

⁸ Gran Bretaña y América Latina, 2022, pp. 156–170.

⁹ Citado según: Beverina, 1939, p. 471.

¹⁰ Annual Register for 1806; Street, 1967, pp. 36–37.

¹¹ Citado según: Roberts, C., Op. cit., p. 183.

¹² Annual Register for 1806; Street, 1967, pp. 36–37.

¹³ Belgrano, M., citado según Roberts, C., Op. cit., p. 183.

¹⁴ García Belsunce, 2008, p. 147.

¹⁵ Annual Register for 1807, pp. 687–689; Ferns, 1960, p. 43.

¹⁶ Shur, 1960.

¹⁷ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 6 de enero de 1805, nº 2, p. 12.

¹⁸ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 3 de enero de 1805, nº 1, p. 3.

¹⁹ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 13 de enero de 1805, nº 4, p. 25.

²⁰ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 17 de enero de 1805, nº 5, p. 36.

²¹ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 20 de enero de 1805, nº 6, p. 43.

²² Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 24 de enero de 1805, nº 7, p. 59.

²³ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 30 de enero de 1805, nº 9, p. 77.

²⁴ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 3 de febrero de 1805, nº 10, p. 86.

²⁵ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 10 de febrero de 1805, nº 12, p. 101.

²⁶ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 17 de febrero de 1805, nº 14, p. 131.

²⁷ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 3 de marzo de 1805, nº 18, p. 176.

²⁸ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 12 de diciembre de 1805, nº 99, p. 101.

²⁹ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 22 de diciembre de 1805, nº 102, p. 138.

³⁰ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 26 de diciembre de 1805, nº 103, p. 114.

³¹ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 21 de septiembre de 1805, nº 77, p. 653.

³² Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 8 de febrero de 1806, nº 11, p. 87.

³³ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 15 de febrero de 1806, nº 12, p. 93.

³⁴ Sankt-Peterburgskie Vedomosti, 22 de febrero de 1806, nº 13, p. 101.

³⁵ Noticias de San Petersburgo (Sankt-Peterburgskie Vedomosti), 1806, del 29 de abril, Nº 29, p. 334.

³⁶ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 8 de mayo, Nº 37, p. 388.

³⁷ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 31 de julio, Nº 61, p. 685.

³⁸ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 17 de agosto, Nº 66, p. 744.

³⁹ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 21 de agosto, Nº 27, p. 738.

⁴⁰ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 28 de septiembre, Nº 78, pp. 880–881.

⁴¹ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 19 de octubre, Nº 84, p. 947.

⁴² Noticias de San Petersburgo, 1806, del 23 de octubre, Nº 85, p. 957.

⁴³ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 30 de octubre, Nº 87, p. 981.

⁴⁴ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 9 de noviembre, Nº 90, p. 1010.

⁴⁵ Noticias de San Petersburgo, 1806, del 25 de diciembre, Nº 103, p. 1141.

⁴⁶ Noticias de San Petersburgo, 1807, del 15 de enero, Nº 4, p. 66.

⁴⁷ Noticias de San Petersburgo, 1807, del 15 de marzo, Nº 22, p. 266.

⁴⁸ Noticias de Moscú (Moskovskie Vedomosti), 1807, 11 de mayo, Nº 32, p. 755.

⁴⁹ Noticias de San Petersburgo, 1807, del 2 de abril (marzo), Nº 27, pp. 331–333; Noticias de Moscú, 1807, 20 de abril, Nº 29, pp. 669–671.

⁵⁰ Noticias de San Petersburgo, 1807, del 1 de junio, Nº 46, p. 879; Noticias de Moscú, 1807, 11 de junio, Nº 49, pp. 1075–1076.

⁵¹ Ibíd.

⁵² Noticias de San Petersburgo, 1807, del 12 de junio, Nº 158, p. 706; Noticias de Moscú, 1807, 24 de julio, Nº 59, p. 1245.

⁵³ Noticias de Moscú, 1807, 3 de octubre, Nº 81, p. 1776.

⁵⁴ Noticias de Moscú, 1807, 16 de noviembre, Nº 92, p. 1882; Noticias de San Petersburgo, 1807, 5 de noviembre, Nº 82, p. 1121.

⁵⁵ Noticias de San Petersburgo, 1807, 28 de noviembre, Nº 95, p. 1200.

⁵⁶ Mensajero de Europa (Vestnik Evropy), 1807, Nº 17, pp. 57, 59–60.



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