La clave del modelo de “empresa ideológica” radica en que la “causa” política, cultural, económica o social que representa la razón de su existencia debe trabajar en el consenso social de su “importancia” y “necesidad”, y sobretodo, lograr que este consenso jamás permita un cuestionamiento del botín real: los dineros públicos. La empresa ideológica logra además, instalar temas en la agenda desde su perspectiva de identidad basada en la “superioridad moral” que predisponen a la sociedad a promover, aceptar, o en última instancia no cuestionar las inversiones o direccionamiento de fondos a estas empresas, en general realizada desde el Estado. Así, vemos a  políticos de todo pelo y color, sonriendo frente a las cámaras junto al activista/artista de estas empresas ideológicas, recibiendo feliz el “baño purificador” que brinda la imagen de estas empresas, a cambio de dinero público.

ENSAYO

Por Diego Andrés Díaz
PARTE 1

En un artículo publicado en Búsqueda a fines de mayo del 2020, Facundo Ponce de León plantea una serie de opiniones a partir de un mas que sugerente título: la caída del relato. En este artículo plantea que el gobierno de la coalición multicolor, en este breve tiempo, ha logrado “desmontar” una serie de relatos relacionados a la “sensibilidad de izquierda”, uno de ellos basado en lo que denomina el autor en la idea de ostentar el Frente Amplio el “patrimonio exclusivo junto con la preocupación por el más débil”. Existirían también otros elementos culturalmente dominantes y debilitados por la coyuntura (“la ciencia y la investigación son algo defendido por “la izquierda” y despreciado por “la derecha”), que girarían en torno al intento de la izquierda de mantener bajo su dominio el relato simbólico.

Un tercer elemento planteado reviste necesariamente de una inusitada importancia: “La izquierda se ha instalado como la única portavoz de las manifestaciones culturales, sobre todo capitalinas. ¿Por qué se da esta asociación casi inmediata entre cultura —artistas— e izquierda?”

“Es una pregunta relevante”
sostiene el autor, de la que según su propia expresión, “Hay que articular demasiadas pistas”.  Este último punto ha sido necesariamente el más evadido por intelectuales, investigadores y periodistas locales, siendo uno de las características mas notorias de la historia cultural uruguaya en su etapa reciente: la existencia de una hegemonía cultural de la izquierda progresista. Al advertir su naturaleza, sus formas y manifestaciones, quizás se logre comenzar a transitar una comprensión mas acertada de lo que realmente sucede en estos ámbitos, y quizás posteriormente aquilatar la pertinencia del colofón editorial: “Si este gobierno logra quitarle al Frente Amplio la hegemonía del relato simbólico de la cultura, habrá logrado algo muy importante en términos de la salud de la democracia y del impulso creativo”.

Me resulta necesario señalar algo importante sobre este último pasaje: la hegemonía no es “del Frente Amplio”, porque las «hegemonías» de naturaleza cultural no son patrimonio de partidos políticos, sino más bien que los partidos políticos son manifestaciones en el ámbito político de una cultura dominante. Incluso pueden existir varios partidos que representen expresiones políticas de una cultura dominante. Este punto es central en la comprensión de la naturaleza de la hegemonía cultural, ya que es un ámbito donde la política partidaria representa solo una parte de sus manifestaciones diarias. La izquierda y su hegemonía cultural representan un fenómeno de una naturaleza muy singular y compleja: no es una institucionalidad política -como un partido- sino un complejo entramado cultural que incorpora sentido de pertenencia identitaria, visión del mundo, espíritu de época, valores, entre otros elementos. 

Es en esa circunstancia que el Frente Amplio es solo la expresión electoral -una de ellas- de esa dimensión cultural. Considero que no tener en cuenta este elemento predispone a no comprender que esta hegemonía también da la batalla en las internas de los otros partidos, por ejemplo. Puede darse la circunstancia en la que la “herramienta política” empieza a agotarse y surja la necesidad de construir “nuevas mayorías”.
La hegemonía cultural tiene una naturaleza tanto ubicua, como proteica, y suele inyectar de su tintura a los agentes y grupos que tratan de enfrentarla, matizarla y cuestionarla, regándola de sus propias características. Los partidos políticos pueden representar manifestaciones de este ámbito hegemónico, no la fuente de origen.

La hegemonía y el «ambiente consensual»

Hace ya más de una década, intentando esbozar una definición de lo que representa la hegemonía cultural de la izquierda, me surgió el problema de expresar de forma breve pero abarcativa este concepto.  En aquella primera definición, entendía “por HCI (Hegemonía Cultural de la Izquierda) al proceso por el cual se imponen de forma hegemónica y gradual, los valores que un colectivo asume como propios; que cree que son su “ser” y su “deber ser” nacional. Las mentalidades colectivas (entendidas como “el espíritu de época”), los agentes culturales encarnados en personas relevantes del ámbito, y las instituciones (organizaciones, asociaciones, instituciones varias) también forman parte de la hegemonía cultural de la llamada Izquierda Progresista. De ese modo, han accedido a los sectores estratégicos de la cultura.”. 1

Considero un error de enfoque partir de la base que la acción cultural es un mero medio para alcanzar un cambio político que suponga nuevas estructuras económicas, de clase, y en última instancia, un cambio socialista. La acción cultural es un fin en sí mismo, es el nuevo ámbito de acción revolucionaria.

Hoy creo que debería tener mayor protagonismo en esa definición la importancia del ambiente social y las ideas dominantes y subyacentes en el mismo. La hegemonía cultural es, sobre todo, un fenómeno netamente ambiental: su acción se produce especialmente a través de las emociones y de los contextos y no solamente en su victoria en el mundo de las ideas o institucionalidades.

Una de sus manifestaciones más simples de medir es lo que podríamos denominar el “ambiente consensual hegemónico”. ¿Que es? Es la característica que existe en la mayor parte de los ambientes sociales en los cuales opera sobre ellos – de forma no normativa- una especie de “consenso” cultural e ideológico que es autónomo de los individuos que componen ese ámbito social. Hay que tener en cuenta que este consenso, estos límites, operan en el plano de la psicología y las relaciones sociales.

¿Donde lo percibimos? En la T.V., en la radio, los periódicos, las redes sociales, en el teatro, en las opiniones públicas, en el club, en el gimnasio, en el bar, en el supermercado, en el trabajo, en la universidad, en la escuela, en la fila del Abitab, es decir, opera en casi todo ámbito público, y se basa en una especie de “condiciones lingüísticas e ideológicas” indispensables que todos debemos seguir en mayor o menor medida, porque es un “consenso” dominante. Seguramente si hacemos el ejercicio memorístico de recordar algún ámbito de relacionamiento público, fácilmente recordaremos que en esos espacios existe una serie de ideas dominantes -“espíritu de época”- a los cuales alineamos nuestras opiniones, llegando incluso a la autocensura cuando estas mismas contradicen a esa ideas dominantes.

Este “ambiente consensual” de carácter psicológico-social, es, hace bastante tiempo, la hegemonía cultural de la izquierda progresista. La experiencia personal de cada uno de los que lee esto podrá recordar numerosas ocasiones donde esta situación se manifiesta, y este falso “consenso” ideológico permite que los “agentes culturales” de la hegemonía dominen -simbólica, ideológica y económicamente- los “espacios culturales” de forma cómoda.

2 Las dimensiones del «culturalismo»

Una de las situaciones no asumidas del fenómeno del “culturalismo” o concepción cultural del poder, es que nos cuesta entender las nuevas lógicas de lucha de este mismo poder encarnan. Cuando empezó esta obsesión por la “batalla cultural”, y se manifestaba más nítidamente la cuestion “gramsciana” -a tal punto que se le imputaban consecuencias poco relacionadas con esta forma de acción política-, se podría pensar que ese discurso representaba una especie de “dimensión cultural” de la lucha política, es decir, un desembarco más o menos expandido y extendido de la visión ideologizada y militante, en clave revolucionaria, de las actividades culturales, entendidas sobre todo como algo difuso, pero “por lo alto”, como expresión artística, científica o filosófica.

Pero la concepción “culturalista”, la que parece poner el foco en la “superestructura”, necesariamente supone un cambio dramático de la praxis política. No plantea ideologizar actores culturales solamente -o necesariamente- ni tampoco subvencionar las expresiones culturales amigas del proyecto político colectivista: supone “deconstruir” -expresión extendida en la jerga culturalista- la tradición cultural occidental -deconstruirla como “burguesa”, “patriarcal”, “homófoba”, “racista”, y en última instancia, capitalista- y reconstruir una realidad cultural “alternativa”.

Este aspecto es necesariamente central: para esta concepción todo es cultural, en una expresión mas extensa que la evidente, y volver a llevar a la sociedad a una especie de “virginidad” donde dibujar, construir, la sociedad igualitarista añorada, es fundamental. Considero un error de enfoque partir de la base que la acción cultural es un mero medio para alcanzar un cambio político que suponga nuevas estructuras económicas, de clase, y en última instancia, para algunos, un cambio socialista. La acción cultural es un fin en sí mismo, es el nuevo ámbito de acción revolucionaria. Pensar que es un medio para de allí cambie las estructuras de propiedad y económicas de la sociedad -es decir, que la acción cultural tiene un rol auxiliar y no central- representa en mi opinión un error recurrente entre sus adversarios, e incluso entre las expresiones de una “izquierda ortodoxa” que no entiende bien cuando dejarán de “jugar” con la cultura, y se pondrán a cuestionar las relaciones de clase.

La acción cultural parece representar otra cuestión, el fin en sí mismo, es decir, es la convicción profunda de que estriba allí el poder real. Ocupa integralmente, no como estrategia, el rol que anteriormente ocupaban quizás en algunas retóricas, los “medios de producción”, por ejemplo. Esta característica de la naturaleza del “culturalismo” como protagonista de la lucha política suele llevar a una mirada extendida dentro de los sectores opositores a la “acción culturalista”, donde esta representa una palanca para realizar la revolución en las relaciones de producción. Los sucesos de estas últimas décadas tienden a sugerir que no es necesario cambiar dramáticamente las estructuras de poder, de propiedad y de producción, para consagrar el «cambio del sistema», o el socialismo, en esta óptica: el modelo productivo capitalista o semicapitalista puede funcionar sin mayores problemas, en la medida que permita -y financie- las expresiones de lucha cultural.

Traducir esta concepción en praxis representa “deconstruir”, en un sentido, literal: ya no es el fin dominar la academia, o tomar el poder político para poner allí a los dirigentes afines, o generar ambientes dominantes, es decir, creer que la lucha cultural es un medio para la revolución “de verdad”. La ortodoxa. Creo que es todo lo contrario. El gramscismo cultural sepulta a Lenin. No hay proyecto de cambio social material necesariamente. El proyecto es cultural. Las sociedad sin clases surgirá porque “deconstruiran” la cultura que las sostiene. La idea parece no radicar en tomar el poder político de la “asociación de psiquiatría”, sino la de “despatologizar las enfermedades psiquiátricas del capitalismo” y “patologízar el pensamiento burgués”, por ejemplificarlo de alguna forma.

La acusación al “marxismo” -una referencia que se torno extremadamente poco clara- de la genesis de la “estrategia culturalista” ha representado una constante, bastante extendida en las derechas occidentales, aunque se convirtió en una acusación demasiado genérica, por lo menos dudosa, ampliable, y matizable. El “culturalismo” parece significar mucho más que la expresión de una estrategia de un grupo determinado. Se ha convertido en una forma de acción social en sí misma. Una manifestación de esto son lo que califico como “empresas ideológicas”.

Hace unos meses se informaba que la activista Greta Thunberg ha registrado varías marcas -incluido su nombre- con evidentes fines comerciales. La noticia -comercial- a diferencia de la mayor parte de las noticias de este tipo, está en primera plana de los portales internacionales.

Este año además tuvo mayor presencia en los medios el debate sobre el carnaval y los discursos de las murgas, su condición ideológica, como operan en el discurso público, entre otros debates. El caso de “Greta” y cientos de miles de fenómenos globales y locales, son expresiones de lo que se podría denominar “empresas ideológicas”, características del progresismo, que surgen fuertemente a partir de la incidencia creciente de organismos multinacionales, del poder y expansión de las ONG’s y de las ideologías accesorias de “conciencia” social de moda.

Obviamente por tratarse del progresismo, la clave del modelo de “empresa ideológica” radica en que la “causa” política, cultural, económica o social que representa la razón de su existencia debe trabajar en el consenso social de su “importancia” y “necesidad”, y sobretodo, lograr que este consenso jamás permita un cuestionamiento del botín real: los dineros públicos.

La “empresa ideológica” crea mecanismos “incuestionables” donde tiende a estar garantizada la subvención estatal directa o indirecta. Esta realidad caracteriza al “mercado cultural” en occidente desde hace muchas décadas, el cual está hegemonizado por el discurso progresista, que, por definirlo más esquemáticamente, representa una expresión emocional donde se conjuga un discurso anticapitalista vulgar, un emocionalismo pietista, dificultades histórico-civilizatorias para el manejo de la “culpa” y el deseo de pertenecer, en última instancia, a una forma de identidad donde uno se sienta incorporada al “lado bueno del mundo”.  Existe evidentemente un poderoso mercado donde se vende “superioridad moral” y “sentimiento de pertenecía al bando bueno del mundo”.

Este ambiente, que es el que domina en las pantallas, parlantes, redes, aulas, escenarios, plazas y púlpitos a diario, tiene su expresión obvia en la oferta cultural: el público objetivo que puede pagar las entradas de un espectáculo así responde a estos estímulos, ya que se concentra en los sectores urbanos de ciertas clases sociales, educación, ámbitos de trabajo y expresión social.

La tendencia a que los promotores de las “empresas ideológicas” deban mostrar un discurso político no es nueva en la historia, pero tiene un empuje importante en estas épocas, y no es casual: es parte del predominio de las teorías “culturalistas” y “hegemonistas”anteriormente citadas, que hace rato, escapan a la acusación de ser solo una expresión teórica del neomarxismo.

Si lo vemos desde una perspectiva económica, la oferta cultural responde a los estimulo que la demanda realiza. Y en ese sentido, lo sectores de las clases media-alta, las élites y los medios le señalan que ese discurso es el que atrae a los que pagan esa entrada, votan o tienen mayor incidencia en el debate público.

La empresa ideológica logra además, instalar temas en la agenda desde su perspectiva de identidad basada en la “superioridad moral” que predisponen a la sociedad a promover, aceptar, o en última instancia no cuestionar las inversiones o direccionamiento de fondos a estas empresas, en general realizada desde el Estado.
Así, vemos a  políticos de todo pelo y color, sonriendo frente a las cámaras junto al activista/artista de estas empresas ideológicas, recibiendo feliz el “baño purificador” que brinda la imagen de estas empresas, a cambio de dinero público.

Si nos detenemos un momento en cómo se manifiesta el relacionamiento entre las empresas ideológicas y el poder político, podemos advertir allí, por lo menos, dos tendencias: cuando la empresa proporciona cultura, y cuando proporciona legitimidad y sello progresista y moderno al político.

Puede advertirse esta tendencia cuando se analiza los discursos políticos de los partidos contrarios a la hegemonía cultural, que suelen ofrecerse al electorado como el “partido de la gestión”. Una de las evidencias más impactantes del fracaso de la estrategia del “partido de la gestión” es observar los nombres “orwellianos” que van adquiriendo los ministerios, secretarias y planes de política pública de los Estados occidentales, incluido el nuestro. Los rimbombantes nombres llenos de eufemismo y neolengua deja en evidencia el alcance del dominio cultural y el riesgo de venderse como «gestores».

Estas “empresas ideológicas” no dejan de ser una manifestación de la construcción por fuera de la “sociabilidad política” tradicional en los sistemas políticos occidentales, de una nueva interacción democrática, de una “sociabilidad democrática”.

El carácter fuertemente «partidocrático» del sistema político uruguayo durante el siglo XX se encontró, por diversas razones y motivos. con un elemento nuevo: el Frente Amplio. La idea de que el FA es “un partido político tradicional más” que repite buena parte de la academia y sus adversarios políticos no deja de ser algo relativamente verdadero -es decir, relativamente acertado, y entonces, con errores o matices- , basado en un análisis superficial del fenómeno. El FA es la expresión político partidaria de algo mucho mayor, más complejo y central: una cultura político-identitaria.

Aquella partidocracia construyó un relacionamiento político entre poder-ciudadano extremadamente institucional, concéntrico al poder político partidario, dotado de cuerpos e instituciones intermedias de mediación y negociación entre el poder y el estado, y la sociedad.

Puede sostenerse que estos circuitos fueron deteriorándose y debilitándose debido a la pérdida de contenido simbólico y prestigio: venta de cargos, repartos, y prebendas fueron socavando los vasos comunicantes. Incluso, la propia partidocracia atinó a aferrarse a una imagen prestigiosa de sí misma que en definitiva, alcanzóen algunas etapas altos niveles de rechazo y desprestigio.


No es absurdo imaginar que una nueva sociabilidad política se construyó a partir de esto, con otras características, y tampoco es descabellado imaginar que los sectores menos dañados e impactados por este desprestigio sean los que tienen características diferentes, como ser una “cultura identitaria”.  Esta “nueva” sociabilidad democrática se fue construyendo no desde la institucionalidad política, sino desde otras organizaciones, agrupaciones y sobre la “opinión pública” que emerge ya, desde otros lugares y soportes.

En este nuevo escenario, las empresas ideológicas, como elemento constructor de esta nueva “sociabilidad política” entendida como las rutas de interconexión del debate político con la sociedad, tienen notoriamente un capital objetivo, es decir, cuentan para sí con ciertas ventajas, cierto “prestigio” que les permite otorgar títulos de legitimidad y vanguardismo moral que los partidos políticos no logran obtener tan fácilmente.

Esta manifestación se evidencia, por ejemplo, cuando actores políticos progresistas apelan a citar a los “colectivos”, “movimientos sociales”, o diferentes entes dentro de los “ismos” de moda del imaginario progresista, como respaldo político-ideológico de legitimación, e incluso, como manifestación verdadera y pura de la democracia.

Esta última característica no deja de ser sintomática: los partidos más alejados del “eje progresista” pueden ser los más votados, pero no dejan de tener una actitud temerosa y dubitativa frente a minorías que se manifiestan como “verdaderas mayorías” simbólicas. Las largas listas de organizaciones sociales, oeneges y colectivos citados como “respaldo democrático” o “voz del pueblo” logran así que los partidos políticamente mayoritarios que escapan a esta lógica, sientan de sí mismos, que son en sí una “minoría”, y sobretodo, una “minoría callada”, quejosa quizás, pero débil. Las empresas ideológicas tienen ese capital, y lo usan. Dentro de un contexto de diferentes grados de crisis de representatividad política, los partidos políticos de tipo clásico pueden perder, aunque ganen elecciones.

Minorías, mayorías y representatividad. Las “organizaciones sociales” como representación democrática.

Los “reclamos sociales”, entendidos como manifestaciones de descontento “popular”, necesitan efectivamente de plantear su existencia en un ámbito extremadamente difuso, incuantificable, excedido de simbolismo y representatividad, y, en ocasiones, victimista.

Las “empresas ideológicas” suelen preparar el terreno, el «ambiente social”, ya que la legitimidad que manifiestan en sus reclamos debe su fortaleza no tanto a las fuerzas políticas afines sino a la debilidad y connivencia de las fuerzas políticas adversarias, que, en la buena parte de los casos, opera como “gestor” de las ideas hegemónicas que encarnan las empresas ideológicas.

El debate público dominante sobre los “desafíos emergentes” de una sociedad están fuertemente dominados por las “empresas ideológicas”. Así, se construye una sensibilidad propensa a aceptar como válida esta representación política nueva, que se manifiesta democrática, pero no necesariamente lo es. Esta sensibilidad es “revolucionaria” pero desde un lugar no vanguardista. Es un “sentido común” basado en una “vulgata revolucionaria”.

Esta sensibilidad “revolucionaria” se manifiesta en los medios de comunicación a diario. ¿Porque es “revolucionaria”? Porque automáticamente intenta encontrar en las circunstancias que se viven en una sociedad, la premonición de una especie de “fatalidad” revolucionaria: si hay conflicto social, es porque antes hubo «injusticia precipitante». Esa lógica, típicamente revolucionaria, es la que, por ejemplo, predispone a los historiadores a buscar conflictos y diferencias sociales profundas antes de 1789 en Francia. Pero en general, encuentran en el análisis previo lo contrario: reclamos convergentes entre sectores sociales, igualdad de clases como nunca existió en Francia, altas expectativas sobre una mejor posición de los distintos actores, similares entre sí como nunca en la historia de Francia. Es decir, el «lío» se armo cuando menos distancia social tenían los viejos estamentos del “Antiguo Régimen”. Los “Cahiers de Doléances” son testimonio de esto.

Esta característica emocional de las sociedades se ha podido advertir en el reciente fenómeno chileno: las manifestaciones de descontento social preanuncian cambios políticos importantes porque existe, según esta sensibilidad revolucionaria, una inevitabilidad de estos procesos y una fatalidad en sus consecuencias. Si se manifiesta un “descontento”, es porque hay una “crisis”, aunque los datos y una mirada objetiva sobre el proceso chileno contradigan o maticen este relato, y especialmente, que los hacedores de la realidad chilena actual representen vastísimos sectores del sistema político nacional, incluida la izquierda progresista, circunstancia que cualquier analista honesto debería señalar.

En esta ecuación, la representatividad democrática tradicional, resultado de los canales tradicionales, parece no tener muy claro que hacer: no se siente mayoría, no se siente legitima, se auto percibe “sucia”, se manifiesta a la defensiva, concesionista, culpable. Gana elecciones pero no siente que representa mayorías, estas están cautivas en una representatividad simbólica que las “empresas ideológicas”, y la hegemonía cultural en general, han sembrado y utiliza.

Esto nos llevará a analizar, en la siguiente parte de este ensayo, uno de los anhelos que plantea el articulista Ponce de León en el artículo referido anteriormente, al preguntarse si es posible lograr una sociedad donde la hegemonía dominante sea la libertad cultural. Tengo la sospecha que eso no será un trabajo para nada fácil.

CONTINUARÁ…

Notas

1 En Díaz, Diego (et alia) Ideas y reflexiones desde la derecha. 2009. (volver)

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