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¿Qué futuro espera al Partido Colorado (PC)? La pregunta parece relevante si tenemos en cuenta la reciente renuncia a la actividad política y partidaria de su último candidato a presidente, Talvi, que abre un escenario de continuidades, renovaciones y cambios que seguramente lo marquen fuertemente en sus próximos años. Parece además pertinente, ya que se trata de uno de los principales partidos históricos del país, que integra la coalición de gobierno, y que tiene una potente identidad de pensamiento y acción.

Por Francisco Faig

Por un lado, está la predominante figura del ex –presidente Sanguinetti, nacido en 1936. Ha sido fundamental en el armado de la actual coalición gobernante, y es secretario del PC e indiscutido líder de su sector Batllistas. También está el sector del talvismo ahora sin Talvi, que ganó la mayoría en la interna de junio de 2019, que obtuvo dos senadores y 8 diputados en octubre, y que tiene por delante desafíos importantes en el sentido de confirmar su vigencia sin su principal figura y también su lugar partidario mayoritario. Luego, aparecen varios dirigentes de generaciones más jóvenes, que están ocupando lugares destacados en el Parlamento y en el gabinete, y otros protagonistas importantes de estos años y que hicieron sus primeras armas políticas en la administración de Batlle, como es el caso de Bordaberry, que legítimamente pueden aspirar ocupar espacios preponderantes dentro del PC futuro.

Por otro lado, la marca “batlllismo” es disputada en el sistema político. Una parte de la izquierda del Frente Amplio (FA) la reivindica para sí, y considera que el actual PC en realidad es una expresión conservadora que no encarna fielmente a ese batllismo. De forma general, el legado socialdemócrata es algo que ha reivindicado Talvi y su sector, del cual se enorgullece Sanguinetti, que pretende conglomerar al espacio que reúne en el FA la sensibilidad astorista, y que incluso fue el eje de acumulación política que pretendió conducir en 2019 el Partido Independiente (PI). De alguna forma, ese talante socialdemócrata con el que se identifica tanto al batllismo, supera ampliamente hoy en día los márgenes de la identidad colorada clásica.

Finalmente, el PC se ha ganado su lugar en el gobierno de coalición multicolor. Ha logrado así volver al poder luego de 15 años, lo que evidentemente traerá consecuencias en su estrategia, en su papel político y en sus perspectivas futuras. Este nuevo escenario político y partidario, en el cual el PC forma parte del poder pero no ocupa el principal protagonismo, es novedoso en su historia, en la medida en que una coalición partidaria duradera, amplia y consolidada como la que actualmente apoya a la administración Lacalle Pou es también un fenómeno novedoso en la historia política del país. Ella responde, claro está, al cabal entendimiento de las reglas electorales y políticas enteramente semipresidencialistas fijadas en la reforma constitucional de 1997 (ver aquí el mito del balotaje contra la izquierda).

Con todo este panorama, me interesa analizar la situación del PC en tres momentos de reflexión. En primer lugar, dando cuenta de su situación y perspectiva electoral y de liderazgos futuros, es decir, centrando el análisis en la descripción política y electoral del partido. En segundo lugar, quiero centrar la atención sobre la impronta identitaria e ideológica del PC. En tercer lugar y a partir de todo lo anterior, quiero entrever las perspectivas futuras del PC en el marco general del nuevo escenario político conformado por dos grandes coaliciones opuestas.

1 – Perspectiva electoral del Partido Colorado

No es novedad que la situación electoral del PC es muy difícil. Sin querer aburrir con muchos datos, sí importa presentar una idea general de su evolución de los últimos períodos, redondeando cifras.

Recibió el 12% de los votos en octubre de 2019, como había sido el caso en 2014; algo mejor que 2004 con el 10%, pero peor que 2009 cuando -liderado por Bordaberry- obtuvo el 17%. Las grandes votaciones que hicieron del PC un partido mayoritario están muy lejanas en el tiempo: la última vez que obtuvo más de 33% del electorado, es decir uno de cada tres votantes, fue en 1984, cuando recibió una cantidad de votos muy parecida a la de 1971. En definitiva, la última vez que el PC tuvo una mayoría absoluta parlamentaria propia fue en 1966, es decir, hace más de medio siglo.

Además de este panorama general que muestra una decadencia electoral extendida en el tiempo, hay que tener claro cuatro características más que hacen muy compleja la situación del PC. 

En primer lugar, los bastiones electorales históricos del PC ya no existen más. Montevideo ya no vota mayoritariamente al PC y Canelones tampoco: el mundo urbano, popular y de clases medias que allí reside, y que conforma la mayoría votante del país, hace ya varias elecciones que apoya al FA. El asunto es bien conocido: la competencia directa en el entramado social y urbano del PC ha sido protagonizada por la izquierda en la zona metropolitana. El FA ha ido consolidando una victoria cada vez más amplia, que se inició en 1989 con el triunfo en Montevideo y que se terminó de asentar 10 años después cuando también venció en Canelones. Por lo demás, el PC también perdió pie en importantes departamentos del Interior. Eran 11 las intendencias coloradas en 1984; quedaron en 2 en 1989; se recuperó el PC y alcanzó 7 en 1994; pero ya en la era de gobiernos frenteamplistas el PC conservó sólo Rivera y Salto (en 2010- 2015).

El PC sufrió así un golpe doble: perdió pie en el mundo urbano metropolitano, y geográficamente quedó muy limitado en el ejercicio del poder ejecutivo departamental.

En segundo lugar, la pirámide de edades de los votantes del PC ha ido envejeciendo. En efecto, las mejores votaciones del PC son entre los uruguayos mayores de 60 años, y a medida que el electorado se hace más joven es menor la intención de voto en favor de los colorados. Esto plantea evidentemente un problema doble. Por un lado, el avance del tiempo sólo puede hacer empeorar estructuralmente la votación del PC, ya que la renovación generacional que se produce naturalmente perjudica la perspectiva colorada: sus votantes se van muriendo y entre los nuevos votantes la predilección por el PC es menor a la de las viejas generaciones. Por otro lado, las dificultades del PC por seducir a las nuevas generaciones dejan entrever que existen problemas serios en la expansión identitaria del partido, es decir, en el pasaje generacional, que se transmite familiar y socialmente, de identidades, valores, creencias y formas de ver la política que hacen a la definición misma de un partido político.

El PC presenta pues una estructura de votación envejecida que hace que la inercia tendencial estructural de sus apoyos decrezca con el paso de los años.

En tercer lugar, el PC se quedó sin liderazgos electorales fuertes pensando en 2024, ya que Sanguinetti tendrá para esa fecha 88 años de edad (y su ideal de vigencia política activa no es el de Adenauer), y Talvi no existe más; sus liderazgos de inserción local exitosa, como los casos salteño o riverense, no logran extender ese amplio apoyo en otras circunscripciones del país; y las figuras más jóvenes que están ocupando lugares destacados en el Ejecutivo nacional no cuentan, por ahora, con apoyos electorales masivos en todo el país, sino que en todo caso tienen cierto arraigo local (sin hacer por ello mayoritario a su partido en sus departamentos).

El PC tiene conserva pues un liderazgo envejecido y en estos 15 años de gran merma de apoyo electoral no ha logrado hacer surgir una nueva generación, hecha de 3 o 4 líderes menores de 55 años de edad, que cuenten con apoyos amplios en distintos departamentos del país de forma de poder posicionarse como figuras nacionales en próximas ocasiones electorales.

En cuarto lugar, el PC sufre hoy en día una competencia de espacios electorales más importante que la ya grande que venía sufriendo desde, al menos, 1989. En efecto, no solamente se mantiene la competencia electoral exitosa frenteamplista en el mundo urbano y metropolitano popular y de clases medias, y no solamente se ha vigorizado en estas 2 décadas la competencia geográfica blanca en departamentos como Río Negro, Florida, Soriano, Maldonado o Artigas, en donde en el pasado el PC supo ganar elecciones locales y contar con liderazgos partidarios muy importantes, sino que ahora también se suma la competencia de Cabildo Abierto (CA) para partes enteras de cierto electorado más tradicional en su adhesión histórica al PC.

En este sentido, en departamentos de mayor peso relativo colorado, como Rivera y Salto por ejemplo, CA tuvo en octubre de 2019 una presencia electoral relativamente mayor que en otras partes del país. El PC sufre así una nueva competencia directa en sus bases populares de bastiones electorales donde se apoya hoy su mejor estructura de votación partidaria.

En materia electoral el PC está pues en una situación delicada. No solamente recibe en sí pocos votos, cuando se los compara con las grandes votaciones históricas del partido, sino que, sobre todo, esas votaciones menores al 18%, que se han repetido ya cuatro veces seguidas, tienen explicaciones estructurales y de largo plazo muy potentes. Por supuesto, en cada ocasión un análisis más fino podrá desgranar virtudes y defectos propios de los candidatos, de sus discursos y de sus estrategias de campaña, que seguramente hayan sido causas relevantes, cada vez, en obtener resultados tan magros desde 2004. Pero a estas razones de circunstancia, nada desdeñables claro está, deben de sumarse estas otras que son más estructurales y que refieren a los cuatro aspectos que acabamos de describir. 

Con todo, un partido político no es solamente su dimensión electoral. Quiero así en una segunda parte reflexionar sobre la impronta identitaria e ideológica del PC.

2. La impronta ideológica e identitaria del Partido Colorado

El PC fue históricamente un partido catch all, es decir, un partido hecho de distintas corrientes internas, enriquecido de diferentes liderazgos y presente en todas las clases sociales, de forma de generar una especie de rastrillo electoral y político que le permitió ser una máquina de ganar elecciones durante décadas. 

Quizá la última expresión más amplia de esa notable variedad interna, que se apoyaba en la llamada ley de lemas (que en realidad es la acumulación de Borély, es decir el voto por un candidato dentro de una idea común, es decir, dentro de un mismo partido), fue la gran victoria colorada de 1966: las grandes figuras de Jorge Batlle, Zelmar Michelini, Amílcar Vasconcellos y Oscar Gestido, siendo cada uno de ellos candidatos a presidente, y fortaleciendo así la amplia oferta electoral de un PC que terminó recibiendo casi el 50% de los votos.

Todo esto fue cambiando con el tiempo. Hoy en día, el PC no es más un partido catch all. Es un partido que reivindica unánimemente al batllismo, pero que en este sentido sufre la competencia tácita de una parte del FA que también reivindica a esa corriente de pensamiento. Más allá de que coincido con la última columna de Sanguinetti en El País sobre el tema, en cuanto a dejar en claro que el batllismo nada tiene que ver ideológicamente con este FA actual, no deja de ser cierto que la competencia electoral que en la primera parte señalé del PC con la izquierda en el mundo urbano metropolitano y sobre todo montevideano, hizo las veces de confrontación ideológica entre el PC y esa parte del FA que pretende reivindicar para sí el legado batllista.

La pregunta del millón es cómo fue posible que el PC perdiera la batalla ideológica- proselitista en un mundo social y político que durante décadas lo apoyó y que ahora, notoriamente, prefiere votar al FA. Evidentemente, hay muchos factores explicativos. Quiero empero dejar aquí anotados dos que me resultan muy relevantes.

En primer lugar, el vínculo entre el PC y el Estado, en tanto proveedor de soluciones económicas, laborales y de inserción social (y hasta afectiva). Ese vínculo, que viene del fondo de la historia pero que se desarrolló grandemente luego de la crisis de 1929 y sobre todo en los años 30; y que tuvo su paroxismo en la masiva integración de las clases medias a una pletórica burocracia pública (y sobre todo montevideana) que perduró a lo largo del amplio período de posguerra, cuando el líder colorado más relevante era Luis Batlle, moldeó una sociedad mesocrática y de gran integración vertical y horizontal.

Ese fenómeno bien conocido se quebró luego de la restauración democrática de 1985. Las élites coloradas de ese entonces entendieron cabalmente que aquel viejo modelo de integración al (y desde el) Estado no podía mantenerse vigente. Una buena ilustración de ese viejo modelo era el principio de coparticipación del 3 y 2: implicaba el reparto amplio del botín estatal, es decir, sin una apropiación batllista del Estado que dejara afuera a la otra parte del país formada por los blancos (hasta 1966 blancos y colorados recibieron en conjunto al menos el 90% del total de votos de la ciudadanía). Esa otra parte del país, por cierto, también gobernaba intendencias: en 1966, por ejemplo, con la amplia mayoría colorada para el Ejecutivo nacional, fueron 10 intendencias para los colorados y 9 para los blancos.

Por supuesto que el asunto no fue de un día para el otro. Pero lo cierto es que los colorados (y los blancos) se plantaron en limitar legalmente fuertemente el ingreso al Estado, cortando así con las amplias carreteras del clientelismo político que habían caracterizado a una democracia que, en el largo plazo que va de los años 50 hasta el golpe de estado de 1973, había sido globalmente económicamente decadente. (Anotación al margen: de las primeras cosas que hizo el FA al llegar al poder en 2005, fue justamente derogar esa disposición legal y abrir nuevamente la canilla del Estado, de forma de volver a utilizarlo como solución laboral y clientelística, con objetivos electorales evidentes y eficientes).

En este sentido entonces, si las viejas y clásicas respuestas coloradas no funcionaron más por decisión política propia, y si esa circunstancia además ocurrió en tiempos en los que el país salía de una feroz crisis económica como fue la de 1982 – con tasas de crecimiento económico destacadas y descenso sustancial de la población situada por debajo de la línea de pobreza, pero sin poder alcanzar velozmente el bienestar económico al que estaban acostumbradas las clases medias urbanas históricas que acompañaban con su voto al PC -, la competencia discursiva- electoral por la legitimación del talante socialdemócrata, clientelista y de mano estatal abierta (aquello del escudo de los débiles) terminó haciendo gran mella en la convicción ideológico- proselitista del PC. 

Visto en perspectiva, el punto de quiebre, claro está, es la derrota en Montevideo en 1989, frente a un liderazgo renovador como el de Tabaré Vázquez (que además era el ejemplo paradigmático del triunfo de la promesa batllista de ascenso social para todos, para mis hijos y los hijos de mis adversarios). Es que el PC se enfrentó en la capital del país, que es donde votan aproximadamente el 40% de los ciudadanos, a una decidida competencia de un FA que también creía mucho en el papel del Estado (aunque por motivos ideológicos más diversos, y variables en función de la ideología política de tal o cual de sus fracciones internas), y cuya dirigencia era fiel reflejo de las pequeñas clases medias capitalinas tan íntimamente ligadas a la suerte de ese Estado. Y el resultado fue políticamente nefasto para los colorados. 

La clave está pues en que el PC dejó de concebir la relación con el Estado de la manera en la que, por décadas, había permitido la acumulación de un sustento político, social y electoral enorme, que llenaba de contenido concreto al discurso teórico e ideológico de la preservación del Estado, de la sensibilidad socialdemócrata, y de la defensa de lo público. Un contenido de políticas públicas que incluso iba más allá de la formación de una extensa burocracia estatal, para tomar forma también en una amplia clase empresarial dirigente, muy vinculada a Montevideo, cuyos parámetros de supervivencia y horizonte de rentabilidad estaban muy vinculados asimismo al papel intervencionista del Estado en la economía.

El segundo factor que quiero destacar en las razones de la derrota del PC en la batalla ideológica- proselitista con relación sobre todo al FA en el mundo urbano y popular metropolitano, refiere a la dimensión identitaria. En efecto, toda adhesión partidaria precisa de una mística, de un relato, de una identidad compartida y explicada, que haga sentir orgulloso al individuo de su pertenencia a su partido, y que además brinde herramientas para los debates políticos que naturalmente se verifican con los adversarios. Los partidos son formas de entender el país, la historia de la Patria, el lugar que se ocupa en el mundo, y las ilusiones y esperanzas que se pueden albergar pensando en el futuro propio y en el de los hijos. Un partido implica por tanto una adhesión racional, pero también es un sentimiento profundo.

Infelizmente para el PC, toda esa dimensión emocional tan relevante fue enteramente abandonada a su suerte. (Póngase en el espejo las vivencias colectivas periódicas de los blancos, desde sus conmemoraciones a Wilson Ferreira cada mes de marzo hasta sus cabalgatas a Masoller cada mes de setiembre, por ejemplo, y se verá comparativamente el enorme déficit de identidad colectiva colorada). Quizá el cierre del diario El Día durante la primera administración Sanguinetti fue una especie de señal gravísima, que no se calibró en su justa dimensión. En cualquier caso, creo que la clave mayor estuvo en que la democracia restaurada de 1985 entregó la educación pública a una formación que de manera sistemática y constante se preocupó, antes que nada y sobre todas las cosas, por llevar agua hacia el molino político frenteamplista.

El asunto merecería un ensayo entero. Pero para ser concreto, la verdad es que la educación política de las nuevas generaciones quedó en manos de la izquierda. Esto quiere decir dos cosas. Primero, que los manuales de historia y la formación cívica en el sentido amplio – qué es ser ciudadano, en qué consiste la representación, cómo se legitima la democracia, cuáles son los mejores modelos sociales, qué grandes referentes políticos y sociales nacionales y mundiales son los que merecen atención por causa de sus acciones destacadas, etc. – tomaron un sesgo decididamente pro- izquierdista, pro- frenteamplista concretamente, y también anti- PC, si por ello se entiende una aceptación del legado batllista de José Batlle pero una paralela y feroz crítica de las traducciones que ese batllismo presentó luego, es decir, con el paso del tiempo y a medida en que nos acercamos a nuestra época contemporánea. 

Segundo, que esa operación completamente constatable en cualquier arqueología que estudie metódicamente la formación del discurso cívico- educativo que se fue haciendo hegemónico desde al menos los años 80, no generó ninguna reacción política radical de parte del PC (ni por cierto, tampoco del Partido Nacional (PN): búsquese, por ejemplo, hoy en día alguna referencia a Luis Alberto de Herrera en los manuales de estudios para primaria y secundaria sobre la historia del país, y se verá cómo se omite olímpicamente a una figura absolutamente excepcional como fue la de Herrera, tanto  en lo que refiere a su peso político como al extenso período de influencia que tuvo en la vida pública del país). Cuando digo ninguna reacción radical, es ninguna: se dejó el campo de la formación educativa de las nuevas generaciones en temas sustantivos que hacen a la identidad partidaria, en las manos de una propaganda completamente sesgada en favor de la izquierda política en general, entendida como sensibilidad socialista no liberal en el sentido amplio del término, pero también y sobre todo en favor implícitamente del FA en tanto traducción concreta de esa sensibilidad idealizada. Sin escándalos; sin denuncias con consecuencias institucionales; sin debates democráticos; sin desnudar la enorme operación cultural que se estaba llevando adelante a plena luz de día y con total tranquilidad. Sin reacción radical.

Todo eso ocurrió en democracia y a lo largo de más de 3 décadas. Y ocurrió desde los manuales para sexto año de escuela, que son en definitiva casi que los únicos a los que la mayoría de la futura ciudadanía efectivamente terminará teniendo acceso, hasta los sesgos de visiones propias de la enseñanza secundaria (a la que acceden menos jóvenes estudiantes por generación, por causa de la gran deserción previa), pasando sobre todo por el relato hegemónico de la educación terciaria en ciencias sociales e historia. El abigarrado sesgo pro- izquierdista llega a ser incluso a veces descarado, y es desde allí que se estructura la cosmovisión que termina formando a las nuevas élites universitarias llamadas, a su vez, a formar a las futuras generaciones de ciudadanos uruguayos: el círculo queda así cerrado y es siempre favorable a la izquierda en el sentido amplio y al FA en el sentido particular- partidario.

Todo esto es bien conocido por todos. Al punto de que desde el PC, Sanguinetti mismo se decidió en estos 15 años que estuvo fuera del poder a intentar revertir ese discurso de izquierda tan extendido, publicando varios libros de crónicas históricas. Se podrá discrepar con algún matiz en sus interpretaciones, claro está. Pero ellos tuvieron al menos la decencia intelectual, que tanto falta hoy en día en la academia vinculada a la historia política del país, de no esconder principalísimos hechos ocurridos en los últimos 60 años de la historia política nacional. 

Entiéndase bien: se podrá estar o no a favor de tal o cual posición de Sanguinetti a lo largo de esa historia, y se podrá estar a favor o no de tal o cual posición izquierdista durante ese amplio período de más de medio siglo. El tema no es ese. El tema es que los manuales de consumo en la educación pública (y privada) primaria, secundaria, y por supuesto los libros sobre historia que se leen mayoritariamente entre los estudiantes de ciencias sociales, no solamente sufren de sesgos interpretativos ideológicos pro- izquierdistas, sino que además carecen de los gestos intelectuales y éticos mínimos que aseguran el respeto por la dignidad de los hechos fácticos, reales, que efectivamente ocurrieron en la historia del país.

El asunto no es menor porque el PC entre 1966 y 2005 fue actor político fundamental del país. Si efectivamente un partido es también una especie de patria subjetiva, entonces importa mucho para su supervivencia de largo plazo la reivindicación de sus valores y de su orgullosa actuación al servicio del país. ¿Cómo es posible lograr todo eso, si desde los aparatos ideológicos del Estado el relato es tan certeramente anti- PC en la formación de las nuevas generaciones ciudadanas del país? 

Pongamos el ejemplo del ex -presidente Pacheco (1967-1972) para ilustrar bien a qué me refiero con este problema mayor que enfrenta el PC. Excluyendo el gran trabajo de Chagas y Trullen, no conozco libro alguno que analice a la vez desapasionadamente y con inteligencia el liderazgo de Pacheco en el contexto de su tiempo político. Hoy en Uruguay la inmensa mayoría de quienes se interesan por estos temas tienen una pésima idea de la presidencia de Pacheco, y de Pacheco en sí como dirigente político. Incluso más, legalmente se definió que el periodo autoritario en el Uruguay empezó en 1968. Incluso más aún: la Universidad de la República en tiempos de la administración Mujica adhirió a esa tesis, para vergüenza completa del conocimiento académico sobre estos asuntos (y por cierto, todo ello ha dado, indirectamente, la posibilidad a varios jóvenes militantes de aquel entonces, de hacer sus planteos frente al Banco de Previsión Social con tal de obtener una pasividad en tanto víctima de ese período autoritario).

Parece delirante, en este estado de la cultura política hegemónica del país, plantear lo siguiente aquí: si el PC no pasa a conjugar un talante que le permita ser capaz de reivindicar el legado positivo de la gestión de Pacheco en el poder, le será imposible otear un horizonte futuro de mayor influencia política. Porque es innegable que Pacheco representó, en efecto, una sensibilidad radicalmente colorada que privilegió la ética de la responsabilidad antes que cualquier otra cosa; enfrentó con coraje una guerrilla urbana que estaba dispuesta a terminar con la democracia; y entregó el poder a su sucesor electo en comicios libres.

Entiéndase bien: no me interesa aquí defender el legado de Pacheco. Lo que aquí escribo es más sutil y diferente a eso: es que el relato impuesto en estas décadas sobre esos años es de tal característica, que hace imposible hoy en día siquiera plantear que Pacheco dejó un legado político positivo al PC y a la democracia. Es, de nuevo, una ilustración. Polémica sí, pero una simple ilustración, sobre el enorme problema del PC. Por cierto, podrían plantearse otras ilustraciones que van en el mismo sentido: por ejemplo, la reivindicación de la salida pactada con los militares en 1984 y la necesaria amnistía que esa visión implicaba.

Todo esto es importantísimo porque repercute en la salud política de todo el PC. En concreto: si los colorados actuales se van a levantar todas las mañanas pidiendo perdón por no ser frenteamplistas, en realidad lo único que harán es sumarse simbólicamente al ridículo camino del ex –diputado Amado: formado por las ciencias sociales izquierdistas de la Universidad de la República, reivindicó por años el verdadero batllismo de don Pepe – es decir, el único aceptable por la hegemonía cultural izquierdista -, y terminó adhiriendo, luego de un sinuoso sendero de cambios partidarios, a la sección del FA que se auto- define como más socialdemócrata, menos radical, más razonable y menos extremista.

Tanto para el caso de Pacheco, como para la salida del Club Naval, como para lo que se proponga analizar de su actuación de los últimos 50 años, el PC actuó con cierta lógica política, discutible ciertamente, pero siempre defendible con argumentos y sentimiento. Un PC que no acepte su propio legado, o lo que es similar, que no pueda librar las batallas contra blancos y/o frenteamplistas (o cualquier otro) en defensa de sus propias visiones políticas, es un partido que está llamado a sufrir una fortísima erosión de su identidad ideológica, de su razón de ser y de su proyección futura. Y esa es, sin duda, la segunda gran razón de lo que yo creo es hoy la gran derrota que vive el PC en la batalla ideológica y proselitista a manos de sus adversarios políticos.

En cualquier caso, y más allá de este panorama tanto electoral como ideológico que sitúa al PC en una situación muy delicada, los colorados están frente a un escenario novedoso que les da una enorme chance de prosperar políticamente: están en el gobierno, forman parte de la coalición que ganó las elecciones, y conservan un perfil político propio tan claro como indudable.

3. El Partido Colorado y el nuevo escenario político

¿Cómo se posiciona este PC, con estas carencias electorales y con esta mengua en la extensión de una identidad orgullosa por su legado político de los últimos 60 años, en el escenario de coalición multicolor gobernante? Los colorados presentan dos grandes virtudes y una dificultad evidente por delante, que quiero dejar planteadas en esta última parte.

La primera virtud está del lado del diagnóstico político que hace la mayoría del PC, formada sustancialmente por Batllistas, por el sector de Zubía, y seguramente también por los referentes del sector Ciudadanos con mayor experiencia política. En efecto, se nota claramente que el PC entiende bien las características medulares del nuevo escenario que se abrió en el país, formado por dos coaliciones de partidos que están llamadas a disputarse la adhesión ciudadana (ver aquí ¿Un cambio profundo y duradero?). El PC parece así convencido de que ese escenario llegó para quedarse y que los colorados tienen allí un papel fundamental para cumplir del lado de la coalición multicolor.

La segunda virtud justamente está enmarcada en ese papel que el PC tiene para cumplir y por tres razones fundamentales. Primero, por la experiencia de sus cuadros de gobierno. Muchos de ellos eran relativamente jóvenes en la administración de Batlle, y ahora están ocupando lugares destacados en esta administración: quizás en este sentido el ejemplo más notorio sea el de Alfie. Segundo, por el sentido de responsabilidad de Estado que está en el ADN del PC, que tan necesario es al momento de conducir los destinos de un país, y cuya expresión más reciente y más grave fue, seguramente, el manejo de la crisis de 2002. Fue una crisis en la que el Uruguay sufrió muchísimo, sin duda, pero que no se llevó puestas a la democracia ni a la estabilidad institucional republicana. Y tercero, por el perfil ideológico propio del PC, con temas sustanciales que conectan de gran forma con el sustrato de sentido común ciudadano del país, como es el caso, por ejemplo, de la laicidad del Estado.

La dificultad hoy en día parece estar del lado del talante que dejó Talvi en el PC. En efecto, más allá de los numerosos errores políticos que cometió desde que fue electo candidato único colorado en junio de 2019 (remito a una columna donde se amplía este tema), y que ahora haya dado un portazo político nunca visto en la historia colorada, el desafío mayor para la sensibilidad talvista está por delante: en el entendimiento cabal de la lógica de la coalición de gobierno, que implica una bipolaridad que no admite un camino del medio que evite identificarse con el FA o con la coalición multicolor; y sobre todo y vinculado a eso, el reto pasa por renovar el legado histórico batllista que hace a la propia identidad colorada.

Se trata, en definitiva, de llenar de contenido político a una traducción liberal, socialdemócrata e igualitarista que sea una buena actualización del batllismo, pero también se trata de asumir la aceptación pluralista y sincera de los socios con los que el PC está llamado a aliarse duraderamente en la escena política del país.

En concreto, el talvismo debiera dejar de lado el talante de su líder, que justificó su incomodidad con Manini Ríos desde la adopción del relato izquierdista que otorga y quita antojadizamente legitimidades democráticas, para pasar a aceptar que buena parte de la sensibilidad política de CA podría perfectamente representar a una parte histórica del PC (el apellido Manini Ríos, convengamos, perfectamente podría facilitar tal tarea), y conjugar así el espíritu de la tradición catch all colorada pero esta vez aplicado a la coalición multicolor. También, debiera revisar la tontería de la molestia de Talvi con los blancos, que se verificó en pleno proceso electoral, ya que muestra que se creyó el discurso ridículo que promueve la izquierda en torno a un PN identificado con una caricatura de partido rancio, retrógrado y anti- Estado. Pero además y sobre todo, ella está enteramente divorciada del talante propio de las familias ideológicas que el PC precisa sostener a futuro. Y finalmente, el sector que quede como abanderado de cierto espíritu de renovación que aportó Talvi al PC debiera abandonar el sueño bastante frágil que promovió el ex –candidato a presidente, ex –canciller y ex senador en tan solo un año, y que refiere a la utopía de vivir una equidistancia blanco- frenteamplista, en la que el polo de izquierda afín a la renovación batllista, socialdemócrata e igualitarista sería, por ejemplo, la candidatura de Martínez en 2019. En efecto, se trata de una completa quimera, que incluso el propio FA se ocupó de liquidar el año pasado, cuando la candidatura de Talvi fue acribillada por la artillería carlshmitteana que lo definió como el enemigo a abatir, y así lo hizo colgándole, entre otros, el izquierdistamente imperdonable mote de neoliberal (vale recordarlo ahora que con la irresponsable renuncia de Talvi la cohorte izquierdista se esmera en fingir tanta pena política como puedan mostrar sus mejores lágrimas de cocodrilo cubano).

Se me concederá entonces que la dificultad resulta enorme para un sector que razonablemente puede afirmarse que tenía como único factor aglutinador a una figura que perdió completa credibilidad política. 

En cualquier caso, si no se entiende la estructura política- electoral forjada a partir de la reforma de 1997 en torno a la bipolaridad, y si se leen los matices políticos entre los socios de la coalición multicolor con los lentes que prestan los politólogos- analistas de la realidad del país a la Caetano, es decir, aquellos que en realidad son simples operadores ideológicos de la izquierda (ya que parece incluso demasiado reconocimiento situarlos en la categoría gramsciana de intelectuales orgánicos), y que de ninguna manera pondrán jamás cariño alguno al resurgimiento del PC ni al éxito de la coalición multicolor, entonces el futuro del talvismo (y por tanto de buena parte del PC) estará en serios problemas.

Conclusión

Quiero concluir con dos ideas este ensayo sobre el PC.

En primer lugar, destaco el escenario de oportunidades que los colorados tienen por delante, que pasa por el gobierno conjunto con los blancos como principal socio de la coalición multipartidaria. En efecto, es difícil prever hoy cuál será la evolución electoral de CA, la tercer gran pata de la coalición multicolor actual. Pero no es para nada difícil entender hoy que el PN, por su inserción territorial y por su renovación generacional ya procesada, está llamado a ocupar por muchos períodos más el protagonismo mayor de esta alianza que posibilita la existencia de una coalición de gobierno.

Gustará mucho o poco, pero esta es la realidad política y electoral del país: hay dos coaliciones, la del FA y la multicolor. En la del FA la izquierda más dura, en torno a la alianza vinculada a los tupamaros, es la que forma su mayoría interna; y en la multicolor, el PN es el que está llamado a ser el socio electoral y político internamente mayoritario. Si el PC asume cabalmente esa realidad, y juega sus cartas en función de ella, entonces podrá ocupar un protagonismo importante en el futuro político del país. Los espejos donde reflejarse están en esos partidos que tanto se conocen en los regímenes parlamentarios europeos, como los liberales en Alemania por ejemplo, que son sustanciales para poder conformar mayorías de gobierno, a la vez que son claves por sus aportes electorales, sus perfiles ideológicos y sus experiencias en el poder. Todo eso, en conjunto, es el caso del PC para la coalición multicolor.

Empero, y esta es la segunda idea, creo que el PC tendrá enormes dificultades para superar alguna vez el 18% del electorado en los próximos lustros. Más allá del mapa estructural electoral que aquí expuse, la clave de fondo, filosófica si se quiere, que explica ese techo tan bajo, es que el PC es un partido racional, moderno, que apuesta a un individuo- ciudadano tolerante con el pensamiento del otro, capaz de acuerdos con el adversario, pero que a su vez privilegia la ética de la responsabilidad por encima de la ética de la convicción en el manejo de la cosa pública.

Con ese talante, ¿cómo podría el PC apostar a conquistar grandes mayorías en este país post- Mujica, es decir, en este Uruguay relativamente embrutecido en su capacidad ciudadana, en donde el discurso hegemónico dominante que genera identidades es aquel que fija su atención en un catecismo zurdo que define superioridades morales, y que para ello recurre a la caricaturización que reniega de la complejidad analítica, y a la interpretación infantil de los discursos políticos de los adversarios? 

Solo podría hacerlo traicionándose a sí mismo. En el país de buenos y malos dominado por identidades primitivas, convicciones sencillas y simplificaciones discursivas adolescentes, el PC encaja mal. Porque el viejo PC representante de grandes mayorías, que no desdeñaba ciertamente claves caudillistas en sus liderazgos, se movía con un grado de exigencia argumentativa, de profundidad analítica y de calidad democrática que, evidentemente, no son propios del Uruguay que alumbró luego de la crisis de 1982 y al que infelizmente le siguió el Uruguay post- 2002, con sus 15 años de discurso hegemónico y clientelismo izquierdistas.

En política no hay nada definido de antemano: sin el apoyo alemán, por ejemplo, Lenin jamás hubiera logrado hacer triunfar su revolución en Rusia; y si a los 12 delegados que en 1921 fundaron el Partido Comunista chino les hubieran dicho que en 1949 se harían del poder en Pekín, y que un siglo más tarde ese partido sería uno de los más poderosos del mundo, seguramente hubieran pensado que el augurio tenía algo de exagerado. También, en política nada es necesariamente eterno, como lo muestra el gran protagonismo del siglo XIX e inicios del XX del Partido Liberal en el Reino Unido, y su posterior larguísima decadencia electoral.

No me atrevo entonces a anunciar aquí la muerte inevitable del PC en un horizonte de las próximas 2 décadas. Pero sí, al cerrar este ensayo, espero haber dejado en claro que sus dificultades actuales son, definitivamente, enormes.


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