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Comprendí en este tiempo que sólo si apartamos los sentidos del mensaje monolítico de la voz unida de medios y de política, conseguiremos salir al mundo normal a secas, y tal vez logremos resistir el llamado de la temible ternura dulce y siniestra con la que se pretende de modo incesante encerrar nuestra razón.

Por Fernando Andacht

Siento temor, luego no pienso (bien). En modo epigramático, esa frase podría describir la travesía que me condujo desde el achicamiento del encierro programado o exhortado al estiramiento de las piernas mentales que me permitieron volver a andar por el mundo con cierta libertad, y con muchas ganas de sobrevolar el miedo.

Hay una frase memorable que enuncia Zavalita en ese abigarrado cambalache narrativo sobre el universo político-moral peruano que es Conversación en la Catedral (Vargas Llosa, 1969). Son esas palabras las encargadas de inaugurar la novela: “¿Cuándo se jodió el Perú?” Me gustaría parafrasearla, para dar inicio a esta meditación en medio del piélago de viscoso dulce de leche en que se ha convertido el mundo desde la emergencia sanitaria: ¿Cuándo se enfermó de miedo el planeta? También podría uno preguntar(se):¿Cómo se agarró el virus de la sobreactuación desaforada?

Tengo aún fresco el recuerdo de cómo temía acercarme a alguien más veterano y muy cercano en el afecto, justamente por el temor a ser la encarnación del letal vector de la infección, a involuntariamente llevar conmigo el mal del siglo. Hasta que un día igual a cualquier otro día, decidimos Mariela y yo sopesar el riesgo del fatal y sobreanunciado contagio al más viejo contra la certeza de que la distancia nunca compensada por la tecnología virtual o analógica es sin duda fatal, angustiante. Y luego, todo pareció volver a ser casi normal, no nuevo-normal, porque esa criatura no forma parte del mundo de lo vivo, de lo que nos rodea para ayudarnos a existir. Fue un gradual pero feliz reingreso a la normalidad a secas, ni vieja ni nueva. De ahí en más, fue despertándose en mí el viejo apetito para salir a cazar signos, de esos que circulan bien envasados, que tienen vocación de certeros proyectiles persuasivos para conseguir que muchos estén pendientes de su llegada. Antes, hace mucho, alguien imaginó lo que viene de los medios como si fuera la legendaria bala de plata, o también como una penetrante hipodérmica; ambas imágenes tendrían el mismo efecto: inocular una idea, una emoción, una voluntad firme de ir en cierta dirección sin más.

Transcurrió más de un siglo, y esas metáforas se dejaron de lado por anacrónicas, y se adoptó otra que hoy tiene una resonancia siniestra: esos signos mediáticos tan potentes son comparados con la acción de un virus. Ya no hace falta que los medios nos inyecten o disparen nada; presurosos y entusiastas nosotros mismos, sus fieles seguidores, procedemos a inyectarnos los signos para que se viralicen. En felices y siempre bien dispuestos distribuidores de signos nos ha convertido la tecnología de la comunicación, y la práctica tiene un seductor sabor a emancipación. Sin embargo, a menudo nos ocurre algo parecido a la amarga escena final de La danza de los vampiros (Polanski, 1967); cuando el cazador de vampiros y su ayudante huyen del siniestro castillo y llevan en su carro a la mujer que creen haber rescatado de ser inoculada por ese mal irreversible, ya es muy tarde, y en verdad ellos transportan al mundo a una bella transmisora de la muerte por infección demoníaca.

A medida que miraba en estado casi hipnótico el copioso derrame imparable de noticias truculentas, reiteradas e interminables, tal como lo hacía buena parte de los demás televidentes de mi país, fui entendiendo que esa inundación de imágenes, palabras y ademanes grandilocuentes tenían el exclusivo e imperativo cometido de poner en escena la taquillera película La Peor Pandemia Jamás Lanzada Contra la Humanidad.  A imagen y semejanza de superproducciones grandilocuentes hechas en Hollywood sobre la Biblia, como Los diez mandamientos (1956) o La historia más grande jamás contada (1965), para exhibirlas en Semana Santa, ahora medios, política y agencias trasnacionales se aliaron para producir ese film que agota funciones diarias en gran parte del planeta.   

Otro recuerdo fuerte de esta época fue mi muy breve pasaje por un programa periodístico nuevo en la tele local. Antes de aceptar, quise que los productores estuvieran al tanto de mi posición, del fuerte escepticismo que me merece la información oficial que satura todos los medios imaginables, sobre la peligrosidad irrestricta del coronavirus y las medidas para combatirlo. Nada mejor para ese fin que enviarles el ensayo publicado en esta revista, en junio. Para mi sorpresa, la invitación  siguió en pie. Y fue así, que en la noche del 15 de julio, me encontré incrédulo pero feliz frente a las cámaras de un canal abierto capitalino. Calculé el muy escaso tiempo durante el cual una cabeza parlante – ‘talking head’ en la jerga televisiva del norte de América – como la mía podría permanecer sentado, hablando y mirando fijo a mis tres anfitriones periodísticos antes de ser llamado a silencio. Cuando llegó mi turno, saqué de la galera un cuento y me lancé raudo por un desfiladero de suspicacia, análisis, y crítica sobre la desaforada comunicación pandémica. El cuento es una entrada difícil de resistir, así en la vida como en los medios. El que elegí esa noche fue una narrativa sobre fiestas Covid19 para inmunizarse o para apostar quien se infectaría primero. Eran dos relatos, uno situaba la fiesta en Texas y el otro en Alabama; la trama más aterrorizadora era la de un hombre joven que moribundo, en su lecho de agonía, le contó a una enfermera cómo a causa de su incredulidad ante la pandemia se había condenado a muerte. Ni una experimentada agencia publicitaria podría concebir una historia tan aleccionadora para una campaña gubernamental contra el virus: ¡Hubo uno que no creyó y se murió! ¡A creer a muerte en la pandemia! El relato es perfecto para ese fin, salvo por un detalle: es falso del inicio al fin; ambas narrativas son ejemplos del género ‘leyenda urbana’. ¿Cómo no detenernos a absorber religiosamente la revelación de esos signos tan apetitosos que piden ser creídos y difundidos? Y eso fue lo que hicieron tanto pequeños periódicos y portales de internet, como también el New York Times y luego uno de los informativos centrales en Uruguay. Pocas cosas demuestran con más luminosa claridad el enorme esfuerzo de producción de esta magna película con miles de millones de extras y una férrea dirección con guante de moral dulce y asustadora: ¿qué importa que la historia no sea verdadera, si verdadero es el miedo que esa fantasía macabra produce, la de una fiesta hecha para contagiarse o para ejercer la duda de que no hay tal virus, con un final tan aleccionador, la justa muerte del injusto hereje? No sé si fue la hipnótica atracción de la leyenda urbana o la inesperada irrupción de una voz disidente en medio del férreo consenso, lo cierto es que el registro de ese programa ya acumula casi 13.000 visitas en YouTube.

Dos son los instantes en que cayó la ficha, como dicen en Brasil, que llegó a mi vida ese momento irreversible en que no podés des-saber lo que entendiste sobre pandemia y vida cotidiana. Ambos acontecimientos se ubican en los polos opuestos del rango de lo tierno o enternecedor – una idea que tomo de un libro reciente sobre El Poder de la Ternura (The Power of Cute, Simon May, 2019). La cacería al surfista promovida en abril por medios masivos y el gobierno departamental demostró como pocos episodios anteriores la unión de algo cuya imagen produce normalmente admiración por la audacia de los intrépidos jinetes oceánicos con algo tenebroso capaz de infundir miedo. Los surfistas son una variante adulta de la ternura que nos causa contemplar absortos los primeros pasos de un niño; el atleta de la tabla flotante sería la culminación del dominio del cuerpo al conquistar audazmente la postura vertical, así en la tierra como – más difícil y heroicamente – en el mar. El pasaje vertiginoso de lo admirable a lo despreciable, a un acto que debe ser denunciado y perseguido con todo el peso de la ley fue la primer gota que colmó el vaso de la normalidad. No daba crédito a la visión delirante de helicópteros, vecinos enfurecidos, policías terrestres; al unísono los informativos transmitían con euforia la imagen de la turba iracunda contra quienes contaminaban la ancha senda marina al aire libre. De la dulce imagen del diestro equilibrista domador de olas a la visión amarga y repudiable de criminales irresponsables capturados en plena difusión del mal fue la vertiginosa travesía a la que nos convidó amable y persuasivamente la televisión junto a la perentoria voz unánime de la política, en todos los canales abrileños del Uruguay.

La otra gota que colmó para mí el apacible cáliz de la normalidad tuvo nombre, apellido y escasa edad: la dulzura tiene cara de escolar vareliano. La nota periodística de Subrayado (Canal 10) que el 30 de abril usó al niño Renzo, en ocasión de la reapertura de las escuelas rurales también consiguió reunir ambos extremos del espectro de la ternura: lo dulce encantador que nos captura y lo amargo siniestro que deja una extraña sensación en el cuerpo. Encaramado en sus frescos seis años, plantado con apacible firmeza en su  escuela No. 60 La Mina, en Cerro Largo, ese escolar de túnica blanca, imperiosa moña azul y elocuencia imparable fue el espejo ideal para contemplar la progresiva infantilización a la que estábamos entregados todos por obra y gracia de esa voz incesante de medios y política en torno a la pandemia. Mientras el encantador Renzo discurría con palabras y gestos justos, nunca antes ensayados sobre el lavado de manos y otros recursos para combatir al enemigo invisible, caí en la cuenta de que la reunión de ternura y programación oficial tiene una virulencia letal: es muy difícil no ser cautivados por esa mezcla de espontaneidad y domesticación perfecta. Ningún presentador o locutor profesional podría conseguir lo que esa noche logró con levedad implacable el inesperado niño-afiche de esta campaña glocal. Se habían reunido de modo anti-natural la frescura infantil con la sabiduría milenaria para convencer al más escéptico de obedecer ciegamente a los signos pandémicos de la pantalla informativa.

Los que recordé y describí hasta ahora son algunos de los hitos que quien se dedica a escrutar signos cuenta al regreso de esos viajes, como un modesto Marco Polo de entrecasa. En estas líneas, quise entender cómo ocurrió el pasaje del enfrascamiento paralizante –  literalmente el estar metido en un muy pequeño frasco atemorizador – hacia  una módica  liberación. Para dejar entrar el oxígeno reparador que me permite a mí o a cualquiera que lo intente dejar de mirar obsesivamente la gran superproducción La Peor Pandemia Jamás Lanzada Contra la Humanidad, voy a pedirle ayuda a un explorador de signos de gran porte. En el final del relato “El Congreso”, Borges cuenta sobre una secta cuya existencia culmina con la quema ritual de un disparatado acopio de libros y toda clase de publicación apilada sin orden ni utilidad alguna en un sótano. Ese caos de información sin provecho alguno había surgido por consejo de Twirl, un personaje cuyo nombre evoca el torbellino incesante y desestabilizador. Luego, quien ordenó destruir la ilusoria acumulación de saber, el líder, invita a sus integrantes a salir a contemplar la ciudad sin rumbo fijo, porque “no hay un lugar en que no esté” la sabiduría que imaginaron encerrar para fundar ‘El Congreso del Mundo’. Tampoco se puede encerrar a la humanidad en una campana distópica bautizada a contramano como ‘La Nueva Normalidad’. Comprendí en este tiempo que sólo si apartamos los sentidos del mensaje monolítico de la voz unida de medios y de política, conseguiremos salir al mundo normal a secas, y tal vez logremos resistir el llamado de la temible ternura dulce y siniestra con la que se pretende de modo incesante encerrar nuestra razón.

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