Del lado del discurso, querer decir “dice suficientemente que no lo dice”. Del lado del oyente, el querer decir vuelve a desdoblarse: está lo que aquel que habla “quiere decirle”, el sentido que le dirige, y lo que el discurso “le enseña de la condición del hablante”, lo que el discurso le dice “de quien lo dice” [pero también de él mismo].

Bárbara Cassin, Jacques el sofista. Lacan, logos y psicoanálisis

ENSAYO

Por Santiago Cardozo

  1. La hondura de la lectura y la escritura

La lectura y la escritura son, ante todo, una experiencia de la ajenidad, de la extranjería, así como de la desposesión y de la impertenencia del sujeto que lee/escribe. En este sentido, es una experiencia política, no técnica ni instrumental. 

El discurso que pone en funcionamiento cualquier hablante supone un “lugar” en el que las palabras empleadas no se subordinan a sus intenciones ni al contexto de la emisión. Por el contrario, las palabras, en tanto que elementos “ya hablados”, funcionan como un inter-dicto del sentido presuntamente unívoco y homogéneo que el imaginario comunicativo desea y toma por defecto. El efecto que se suscita, también por defecto, por la práctica discursiva en el espacio de la inter-dicción de lo ya hablado y de los efectos del deseo y del inconsciente, es el equívoco, la desnudez del significante. Así, el equívoco desgarra la unidad del signo lingüístico y la superficie del discurso, permitiendo que el lapsus meta la cola y provoque la desposesión del sujeto respecto de las palabras que utiliza para decir lo que se ha propuesto decir y de la forma en que lo ha querido hacer. En consecuencia, la palabra desplegada en el discurso no le pertenece enteramente al hablante: siempre hablan “otras voces” en la voz del sujeto.  

  1. La inconmensurable opacidad del lapsus

Observaciones sobre un fragmento de la última novela de Gustavo Espinosa, La galaxia Góngora, que transcribo acá: “Bernardo entraba en el cuarto de Lorena cada atardecer; le traía dos cajas azules y doradas de cigarrillos sin filtro, trataba de interesarla en algún estreno o reposición de Cinemateca; intentaba contagiarle algo de su indignación por la complicidad de colorados e izquierdistas para no castigar los crímenes de la dictadura. Alguna vez la convidó con whisky o intentó contarle sus propias desgracias pasadas, como la muerte de su hijo Lele por tifus, en Florida, mucho antes de conocer a la madre de ella”. [1]

La lectura que yo estaba ejerciendo sobre este pasaje, en su concentración y atención más abnegadas por el escritor treintaitresino, produjo un lapsus por medio del cual se colaron diferentes saberes, entre ellos, un interdiscurso que muestra, en primer lugar, la manera en que los discursos que circulan socialmente operan como sostén de los discursos que se producen aquí o allá, al tiempo que, en segundo lugar, exhibe la forma misma de la desposesión y la impertenencia señaladas al inicio, mediante el juego de la distancia entre los discursos en diálogo y entre el sujeto (que lee), su inconsciente y el lapsus que hace advenir una voz otra, a espaldas y a pesar del propio sujeto que ejerce la lectura. El desgarro o desgarrón es notable, patente, y el sujeto que lo sufre y que, llegado el caso, lo goza, se experimenta, en efecto y como efecto del decir, como un sujeto barrado (S).   (El sujeto barrado del psicoanálisis es aquel que está atravesado por el inconsciente y hecho, esencialmente, de deseo y de lenguaje. Por lo tanto, cuando pone en funcionamiento la lengua bajo la forma de discurso no puede controlar, en cada punto de la cadena proferida, los efectos de sentido que las palabras y sus combinaciones suscitan. Así, lejos de constituirse en amo y señor de su decir, el hablante trata con la lengua que transforma en discurso, con la cual negocia en términos de su relación con el equívoco, aunque esta negociación, se sabe, está perdida de antemano, en la medida en que el equívoco envuelve al hablante, al tiempo que estructura a la lengua desde su propio interior).

En mi ejercicio de la lectura del pasaje citado arriba, vi “secreto” donde el narrador dice “estreno”. Evidentemente, las superficies de ambas palabras comparten ciertos sonidos, por lo cual la intromisión de la primera en el lugar de la segunda no debe llamar mayormente la atención. Sin embargo, la intromisión de “secreto” (aparentemente) por la vía del significante abre el campo de la significación a múltiples sentidos, no anticipables ni predecibles, que reclaman a gritos la interpretación del sujeto, mediante la cual el propio sujeto se vuelve sujeto y, así, el sujeto queda sujeto (sujetado, subordinado y, también, supuesto; a fin de cuentas, esto es lo que significa la palabra “sujeto”) al discurso o, en todo caso, para ser más preciso, a los efectos del lapsus. 

En la sustitución acaecida, la palabra “secreto” no anula a la palabra “estreno”, sino que se le suma, se le superpone, se le vuelve parcialmente homónima, forzándola a significar a través de la sustituta (y viceversa): “secreto”, que viene del lugar oculto propio del lapsus, a saber, el inconsciente, significa a través de “estreno”. Así, cada una constituye un desgarro y una apertura en la otra, lo que causa efectos de sentido imprevistos, inéditos. Podemos decir, incluso, que el hueco en el que tuvo lugar el lapsus permite, de cierta manera, la convergencia de los dos signos, de cuya interacción se enriquece el texto, aunque el escritor no haya ido por este camino. 

Un estreno, particularmente en Cinemateca, no es solo lo nuevo, lo (parcialmente) desconocido, lo (a veces, o no pocas veces) raro, lo que provoca (en todos los sentidos de la provocación) el interés del

público, lo que se publicita y se propaga, sino también lo que había estado en reserva o se había dado a conocer a modo de fragmentos (adelantos, tráileres, comentarios de lo que está por venir, etc.), lo que había permanecido oculto, apartado (se habrá notado que ya estamos en el significado de “secreto”, sin que haya habido un corte abrupto entre el significado de una palabra y el de la otra; por el contrario, la continuidad resulta casi perfectamente natural). La palabra “secreto” proviene del sustantivo latino “sēcrētus”, que quiere decir, precisamente, “separado, apartado, alejado”, y este, a su vez, viene del verbo “cernere”, cuyo significado reza “cerner, separar” y, figuradamente, “discernir, distinguir, por los sentidos y el entendimiento”. [2] Vemos entones cómo la dimensión figurada del verbo latino que está en el origen de todo ha pasado al sustantivo español “secreto” como parte de su significado corriente, aunque el Diccionario de la lengua española no lo consigne así: 1. “Cosa que cuidadosamente se tiene reservada u oculta”; 2. “Reserva, sigilo”; 3. “Conocimiento que exclusivamente alguien posee de la virtud o propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en medicina o en otra ciencia, arte u oficio”; 4. “misterio. (║cosa que no se puede comprender)”.

El juego de los sentidos es amplio, múltiple; el lugar que le cabe al sujeto hablante es, sin embargo, el mismo: el de un sujeto empujado a los márgenes del decir o desplazado por el inconsciente, que habla, decía, a sus espaldas y a su pesar. Como lo recuerda la poeta uruguaya Circe Maia: “Por detrás de mi voz/–escucha, escucha–/otra voz canta”. ¿Pero qué es lo que hay que escuchar, en el doble imperativo perentorio cantado por la poeta? 

He aquí, entonces, el estreno como un secreto y el secreto que, al irrumpir en el discurso, se estrena en el decir como lo que permanecía oculto e ignorado (a la percepción y al entendimiento); el estreno como una revelación, la que se abre paso con/por el lapsus, y el secreto como algo que, finalmente –porque estaba destinado a la publicidad–, sale a la luz pública. De entre lo conocido y exhibido emerge lo que se expone al público; de entre el archivo (fílmico) dado a la luz (de la percepción y el entendimiento de los espectadores), surge, involuntariamente, la singularidad de lo desconocido, de lo nuevo-raro que se exhibe en la superficie del discurso, que es el lugar iluminado del decir, donde la exhibición de lo nuevo-raro es puesto de relieve (esto es, también, y quizás ante todo, el lapsus: un relieve, una ondulación que, como tal, genera ondas que se expanden en diferentes direcciones). 

Reparemos, no obstante, en que la superficie iluminada del discurso, a la que llega lo nuevo, lo desconocido, lo ignorado por la percepción y el entendimiento, no puede iluminar la oscura profundidad del inconsciente, que permanece, así, siempre oscuro, cubierto de la luz que se abre paso por la rendija que provoca el lapsus. Este, sabemos, no es el inconsciente, sino una de la figuras del equívoco por las cuales el inconsciente habla.  

La iluminación de la sala cinematográfica y la iluminación de la revelación y lo revelado [3] comparten el peligro del velado (el borramiento, total o parcial, de la imagen de la fotografía; pero también, en la línea del juego de los sentidos, el ocultamiento del velo): un efecto que la luz produce como velo que estropea, ocultando, la imagen; que arruina la visibilidad de lo que se da/sale a la luz por el efecto de la luz que permite el revelado/la revelación. Así pues, como enseñara Saussure, un signo se define por diferencia y oposición con los otros: en el (re)velado convergen, en simultáneo, la luz y lo que la propia luz lesiona; el cuarto oscuro y la impresión que se obtiene por el efecto de la luz en el interior más profundo del cuarto de revelado (en la cámara digital –aunque se prescinda del revelado analógico y de su magia, a la cual se retorna por fetichismo o estética–, todo ocurre en el interior del dispositivo, como si, finalmente, no pudiéramos salir de un encierro, de un adentro de oscuridad). En definitiva, tenemos la luz que actúa gracias a la oscuridad (como encuadre o contexto de la luz: esta solo se percibe como tal en el marco o sobre el fondo de la oscuridad) y la oscuridad como lo que es abierto, perforado o punzado [4] por la revelación/iluminación de la luz. Luz/oscuridad; lo nuevo del estreno/lo viejo y conocido del archivo, de lo ya exhibido; lo oculto del secreto/lo expuesto en la superficie del discurso; la luz que, por medio del lapsus, nos llega de ese fondo irreductiblemente oscuro/la oscuridad inherente al inconsciente, de la que apenas se “extrae”, como forma fragmentaria, el lapsus.

En el espacio de la sala cinematográfica, algo sorprende, algo inesperado captura la percepción del espectador y reclama su interpretación, en virtud de las cuales se convierte, precisamente, en espectador (como el sujeto en sujeto). Incluso, la exhibición de lo nuevo, de lo inédito, de lo oculto puede enceguecer al que mira/lee, perdiéndolo en la luz del lapsus. Así, en cierta medida, es el sujeto que habla el que desaparece bajo los efectos de la iluminación, quedando oculto en la sala de revelado.  


Notas 

[1] Gustavo Espinosa, La galaxia Góngora, Montevideo: HUM, 2021, p. 137.

[2] Cfr. https://bdme.iatext.es

[3] Aquí no puede dejar de pensar en Iluminaciones, el libro de Walter Benjamin, donde leí por primera vez el ensayo “El narrador”. Esta palabra, “narrador”, significa etimológicamente “el que conoce”. Entonces, puedo hacer el juego con las Iluminaciones del título del libro y el conocimiento que tiene el narrador de lo que se ilumina, pero que, en el desgarro producido por el lapsus de la lectura, el lector contrapesa con un elemento que escapa a lo conocido.

[4] Cfr. la noción de punctum que Roland Barthes planteara en el extraordinario libro La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía (Buenos Aires, Paidós, 2006 [1980]). En este sentido, ¿no es el lapsus un punctum que punza, y rasga, la superficie del discurso? (punctum y lapsus son, sin duda, dos figuras de lo Real). Asimismo, para el análisis que realizo en este artículo, la relación entre uno y otro viene doblemente al caso, por el juego de la iluminación y la oscuridad (juego que ya aparece en el oxímoron del título del propio libro de Barthes: “cámara lúcida”). Por fin, dos fotografías de La cámara lúcida me llaman particularmente la atención, precisamente por el contraste luz/oscuridad: “Retrato de familia”, de James Van der Zee, 1926, y “La reina Victoria”, de George W. Wilson, 1863.

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