ENSAYO

Por Jeff Thomas

El bicho de la foto de arriba es una maravilla entomológica. La langosta de diecisiete años aparece en el continente americano como un reloj cada diecisiete años. En cuanto nace una langosta, se entierra en el suelo y parece hibernar durante diecisiete años. Cuando emerge, sólo vive entre cuatro y seis semanas, el tiempo suficiente para devastar los cultivos, poner una nueva tanda de huevos y volver a empezar el ciclo.

Pero, mientras están bajo tierra, en realidad no están hibernando. De hecho, están activas en forma de ninfa sin alas, alimentándose de la savia y las raíces de los árboles. Están acumulando fuerzas para su devastación periódica. El peligro que representan para la humanidad es que, cuando emergen, lo hacen de forma colectiva, y su daño acumulado suele ser épico.

Pero basta de lecciones entomológicas. Quienes leen esta publicación están más preocupados por una destrucción creada por la humanidad: el surgimiento de una clase de humanos que busca destruir todo lo que se ha logrado en las últimas generaciones. 

Los llamamos las élites, los globalistas, el Estado profundo, etc. El apelativo que les demos importa poco; lo importante es su naturaleza. Han estado construyendo su base de poder durante generaciones y ahora son lo suficientemente poderosos como para transformar el mundo. Son una clase de parásitos que han conseguido apoderarse de gobiernos enteros.

Y en el camino, han tratado de apoderarse de las mentes de los pueblos del mundo. La conciencia “woke” se ha convertido en la mentalidad de un porcentaje significativo de primermundistas que desafía toda lógica. 

La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza“.

Así hablaba George Orwell en 1948, en su novela predictiva, 1984. Y así es con el wokeismo. Lo que se percibía como verdad hace unos años se presenta como falsedad y se sustituye por una nueva “verdad”, lo contrario de la antigua. 

Como observó Orwell, el propósito es crear tanta confusión entre los hoi polloi que, literalmente, ya no saben dónde está el piso. Temen señalar el “piso” que una vez aceptaron, ya que no están seguros de si un enjambre de wokeístas podría descender sobre ellos, rezongándoles… y eliminando sus libertades como castigo.

Pero curiosamente, esto no es nada nuevo. La humanidad ha experimentado plagas similares de comportamiento sociópata durante milenios.

La última tuvo lugar a finales de los años 30 y principios de los 40. Comenzó en Alemania, que estaba desesperadamente arruinada en ese momento, sin esperanza de recuperación económica, ya que tenían una opresiva factura de reparación de cien años que pendía sobre ellos, una factura que les había sido entregada en virtud del Tratado de Versalles. 

Sin embargo, de alguna manera, este país económicamente devastado recibió de repente una enorme inyección de riqueza: se construyeron innumerables fábricas de armamento, produciendo aviones de última generación, obuses, tanques y todos los demás artículos de uso militar. 

Aunque esto no ha sido señalado en los libros de historia, la financiación masiva necesaria para esta acumulación militar provino de Wall Street y la City de Londres – de los globalistas de la época, que buscaban gobernar, primero Europa, a través del poderío alemán, luego Asia, y después más allá.

El esfuerzo fracasó. Los globalistas habían pasado décadas acumulando su riqueza y poder y habían puesto en marcha su apuesta por la dominación mundial, pero sobreestimaron su propio poder y subestimaron la probabilidad de que el resto de la población mundial se volviera contra ellos de forma unificada.

Fueron derrotados, pero no destruidos. Echaron a unos cuantos generales alemanes a los perros en los juicios de Nuremberg, y el mundo, satisfecho de que se hubiera hecho “justicia”, siguió adelante. El mundo volvió entonces su atención a la productividad normal.

En esencia, los globalistas pasaron a la clandestinidad y, durante ochenta años, acumularon fuerzas para el siguiente intento de dominio mundial.  

Quienes estudian la historia sacuden la cabeza y se preguntan: ¿Cómo es posible que esto se repita? ¿Cómo es posible que se haya permitido a los globalistas asumir de nuevo el poder? ¿Cómo hemos olvidado la lección de la Segunda Guerra Mundial?

Bueno, la respuesta es que hemos pasado por un saeculum histórico, un problema que se repite periódicamente y sobre el que incluso Platón y Aristóteles discutieron. Lo más probable es que otros lo hicieran, durante incontables generaciones, mucho antes de que nacieran esos filósofos. 

Por desgracia, tras una gran debacle como la Segunda Guerra Mundial, la población está deseosa de dejar de lado los tiempos dolorosos, olvidar el pasado reciente y seguir adelante con la vida. El objetivo se vuelve simplista y admirable: una vivienda asequible, una familia, una comunidad pacífica y un trabajo productivo que haga posible esas metas. 

Esa generación tiende entonces a criar una generación de hijos bastante mimados, que a su vez crían una generación de personas complacientes, que a su vez crían una generación de hijos apáticos. Este patrón se ha reproducido sin cesar durante milenios.

En cualquier generación, en cualquier comunidad, lo normal es que aproximadamente el 4% de la población nazca o se convierta en sociópata, obsesionado con su propia importancia y sin ninguna preocupación emocional por el bien de sus semejantes. 

Después de una gran debacle, tienden a pasar a la “clandestinidad”, por así decirlo. Rápidamente se les reconoce como de la misma materia que los dictadores derrotados. Durante la siguiente generación, permanecen en la clandestinidad pero ganan fuerza y, en el ámbito político y militar, comienzan a formar alianzas. Luego, en la generación complaciente, comienzan a ascender a la prominencia. En la generación apática, tienden a ascender hasta el dominio.

En la última mitad de la cuarta generación final -en la que hemos entrado ahora- comienzan a imponer el dominio que han conseguido a los pueblos que ahora gobiernan. 

Una vez más, los principios que el señor Orwell esbozó anteriormente se convierten en las políticas de la Élite. La población apática se desliza cada vez más hacia un estado de confusión, que luego se convierte en conformidad a través de la coerción y luego la fuerza.

Ahora estamos en esa etapa final: estamos viendo la primera evidencia de una serie de Kristallnachts, como ocurrió en Alemania en noviembre de 1938 – la confiscación de activos por los líderes gubernamentales globalistas en Canadá, Holanda, etc., la guerra innecesaria en Ucrania, la proliferación de leyes que eliminan la libertad. En resumen, una abrumadora ola de opresión en todas las esferas del quehacer humano.

Vemos un acto de dominación tras otro, mientras que el hoi polloi mira como un ciervo a los faros del coche, incapaz de entender a dónde ha ido a parar su mundo, que antes era agradable, o, en el mejor de los casos, a hacer protestas poco entusiastas contra el repentino y creciente nivel de opresión.

La razón por la que puede producirse una toma de posesión de este tipo es que es omnipresente: una plaga de langostas -o, en nomenclatura moderna, wokeistas– entran en acción todos a la vez. 

Si lo hubieran hecho poco a poco, en un país a la vez, seguramente serían reprimidos, pero al igual que las langostas abandonan el suelo de repente juntas, en sus miles de millones, los sociópatas tienden a tratar de ser omnipresentes en su intento de dominación – para hacer que su apuesta por el poder sea realmente global – un número relativamente pequeño de personas que pretenden subyugar a uno mucho mayor. 

Como observó Vladimir Lenin, “un hombre con una ametralladora puede dominar a cien hombres sin ella“.

Entonces, ¿eso es todo? ¿Estamos fritos?

Bueno, no si la historia es un indicador. De nuevo, remontándonos a Platón y Aristóteles, los que habían sido complacientes e incluso apáticos, se dan cuenta en algún momento de que sus únicas opciones son luchar o morir. Finalmente, eligen luchar.

Siguiendo con el concepto de Lenin por un momento, unos pocos pierden la vida en el intento de arrebatar la ametralladora al soldado, pero los demás triunfan por su número. (En 1940, los nazis derrotaron fácilmente a un ejército francés apático, pero luego fracasaron al enfrentarse a la pura tenacidad de la resistencia francesa).

Todavía no hemos llegado al punto álgido de la opresión en este saeculum. Empeorará bastante y lo hará rápidamente. Y la reversión no será ni rápida ni fácil. Es probable que la reversión tarde varios años en llegar a su punto álgido y es posible que no se produzca un cambio sustancial antes del final de la década.

Nos espera un período largo y doloroso, como en todas las guerras en las que la propia humanidad es la víctima prevista. 

El resultado dependerá de la rapidez con que se produzca un despertar en los corazones y las mentes de la gente común y de cuánto estén dispuestos a tolerar antes de tomar represalias colectivas. A partir de ese momento, será un proceso de lento desgaste hasta que el mal vuelva a pasar a la clandestinidad.

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