GONZALO PALERMO / En las montañas de Bolivia, en algún punto entre Potosí y Oruro, cientos de hombres llevan siglos congregándose el primer fin de semana de mayo para trenzarse en peleas cuerpo a cuerpo que duran varios días. Este ritual preincaico se llama tinku, que en quechua significa “encuentro” y en aymara “ataque físico”
ENSAYO
El tinku es una ceremonia mística de devoción hacia la madre tierra en la cual el perdedor derrama su sangre sobre el polvo para atraer la fertilidad. Es también un rito de pasaje mediante el cual los hombres jóvenes empiezan a ser escuchados en la comunidad y ganan el derecho a casarse. Hombres sudorosos hechos un cristo animados por el alcohol trenzándose hasta regar la sangre del otro en el polvo al grito de “somos hombres, somos hombres” para ganarse su lugar en el clan. De eso va el tinku.
Un par de hombres golpeándose rodeados de otro grupo de hombres que observan atentamente formando un círculo: una escena que expresa los instintos más básicos del género masculino no solo en aquellos que participan activamente sino en quienes observan con fascinación voyeurista. Hay algo narcótico en la pelea cuerpo a cuerpo, una suerte de liberación catártica acompañada de una explosión de testosterona que se remonta a los instintos más primarios.
Esta ceremonia sangrienta del tinku encierra en su violencia primitiva una de las características menos exploradas de la masculinidad en occidente, donde la negación sistemática de la violencia física como una esfera más de la naturaleza humana, especialmente masculina, ha degenerado en un efecto paradójico del tipo olla a presión.
En el imaginario colectivo occidental las artes marciales aún no han sido del todo entendidas como lo que realmente son: una manifestación violenta, sí, pero dentro de un marco de tradiciones que disciplinan esa violencia convirtiéndola en un valor. El iniciado en artes marciales conoce las profundidades de su violencia así como también las consecuencias reales de su uso —y por eso mismo evitará a toda costa practicarla fuera del marco normativo que supone el dojo. En cambio, la violencia indisciplinada del tipo echando humo al volante de su auto durante un atasco el lunes en la hora pico —retratado por Michael Douglas en Un día de furia— tiene unas consecuencias desconocidas tanto para él como para los demás. Es el típico padre de familia oficinista y buen vecino que de repente pierde la cabeza en un arranque descontrolado y todos se preguntan —empezando por él mismo— cómo fue capaz de algo así.
Si alguna vez frecuentaste un gimnasio de artes marciales —karate, taekwondo, muay thai, jiujitsu, la que sea— lo sabés bien: hay más violencia en la cancha de fútbol, en el bar o en las redes sociales.
“Entrenar artes marciales debería ser obligatorio, así como es obligatorio aprender matemáticas” (1), asegura Firas Zahabi, uno de los entrenadores de artes marciales mixtas más reconocidos a nivel mundial. “Muchos padres me han dicho: ‘no reconozco a mi hijo cuando está contigo, es muy disciplinado, muy agradable, habla tranquilamente. En casa es como un animal, hace de las suyas todo el tiempo’. En el gimnasio, si se comportara así, tendría un problema. Los estudiantes respetan el dojo y el ambiente en el que están porque saben que, si no, hay otros que los pondrán en su lugar. Y así es el mundo real. Algunas personas no lo saben. Una vez estaba en un avión y un tipo golpeó el respaldo de mi asiento cuando lo recliné. Estaba usando su laptop y le molestó que reclinara mi asiento, así que le dio un fuerte golpe al respaldo con su mano. Entonces me di vuelta y le dije: ‘¿hay algún problema, señor?’. Y me gritó: ‘¡no reclines tu asiento hacia atrás!’. Este es un tipo que nunca recibió un golpe en su vida, por la forma tan ruda en la que me habló. Yo nunca la hablaría así a nadie, porque a través de las artes marciales aprendés a respetar a cualquiera, un día sos el cazador y otro día sos la presa, es como funciona la vida, es bueno tener respeto por los demás. Nosotros conocemos la realidad de la violencia. Algunas personas no conocen la realidad de la violencia. No querés esto. Lo viste en el cine y en la televisión, pensás que sabés lo que significa ser golpeado, pero es algo que puede terminar muy mal. ¿Querrías jugar con algo así si supieras lo que es?”.
Una pelea callejera es una alternativa razonable solo para alguien completamente alejado de las consecuencias reales de la violencia física. El entrenamiento en artes marciales consiste precisamente en poner al individuo en contacto directo con esa parte oscura para resignificarla. En Acerca de la psicología de la religión occidental y de la religión oriental (1938), el psicoterapeuta suizo Carl Jung escribe: “Todo el mundo lleva consigo una sombra, y cuanto menos encarnada está en la vida consciente del individuo, más negra y densa es”.
El psicólogo canadiense Jordan Peterson ha aplicado en numerosas ocasiones la teoría de la incorporación de la sombra de Jung a las artes marciales: “Si sos incapaz de la violencia, no ser violento no es una virtud. Quienes enseñan artes marciales saben esto muy bien: si aprendés artes marciales aprendés a ser peligroso, pero simultáneamente aprendés a controlarlo. Ambas cosas están unidas. Y la combinación de la capacidad para ser peligroso y la capacidad para el control es lo que genera la virtud. De otro modo estarías confundiendo la debilidad con una virtud moral: ‘soy inofensivo, por lo tanto soy bueno’. ¡No! No es así como funciona, en absoluto. Si sos inofensivo simplemente sos débil, y si sos débil no vas a ser bueno, no podés serlo, porque ser bueno implica tener fuerza; es muy difícil ser bueno” (2).
El hombre no es virtuoso cuando es incapaz de ser violento sino más bien cuando teniendo la capacidad de ser violento decide no serlo. Esta claridad equilibrada se alcanza solo en el plano físico y mental a través del entrenamiento.
Y de ahí surge el célebre estribillo de Peterson repetido en podcasts, entrevistas y conferencias que inspira a los hombres jóvenes mientras pone los pelos de punta al wokismo: “Deberías ser un monstruo, un verdadero monstruo. Y después deberías aprender a controlarlo”.
En otras palabras: es mejor ser un guerrero en un jardín que un jardinero en una guerra.
O también: la solución contra los hombres malos y violentos son los hombres buenos y violentos.
Georges St. Pierre, considerado uno de los artistas marciales mixtos más grandes de la historia, múltiple campeón del Ultimate Championship Fighter (UFC), la organización más importante del mundo en ese deporte, fue, mucho antes, un niño víctima de bullying al que sus compañeros le pegaban, le robaban la merienda y le bajaban los pantalones en el patio dejándolo en calzones delante de todo el mundo. Esto lo llevó a tomar clases de karate a los siete años y más tarde muay-thai y jiu-jitsu. Había un niño en especial, el hijo del borracho del pueblo, en las afueras de Montreal, que le daba su dosis diaria de palizas en el ómnibus de vuelta a casa. Mucho tiempo después, convertido en campeón del mundo, St. Pierre se detuvo una tarde en un semáforo esperando que la luz pasara de rojo a verde cuando vio que un vagabundo se acercaba para pedirle una moneda. Era aquel compañero que le había hecho la vida imposible en la escuela. Ambos se reconocieron de inmediato. “La manera en que este chico había aprendido a comunicarse con su padre era recibiendo golpes. Era la misma forma en que se estaba comunicando conmigo”, cuenta St. Pierre en una entrevista (3). “Yo simplemente había aparecido en su vida en el momento equivocado siendo el tipo con el que podía desquitarse”. Y ahora se reencontraban, uno convertido en campeón mundial de artes marciales mixtas y el otro sumido en la pobreza. St. Pierre estacionó el auto y se acercó al tipo. “Cuando me acerqué se puso nervioso, no sabía si salir corriendo o qué. Le pregunté cómo había terminado ahí. Me dijo que las cosas le habían ido bastante mal. Le dije que se pusiera a trabajar, era un tipo alto y elegante, lleno de potencial. Le dije: ‘cuando estábamos en la escuela yo quería ser como vos’”. Un tiempo después el tipo se apareció por la casa de los padres de St. Pierre, todavía radicados en el barrio de su infancia, para agradecerle porque había tenido una muy buena conversación con su hijo en la calle a partir de la cual se había buscado un trabajo y su vida estaba tomando otro rumbo.
Esta historia muestra claramente el efecto resignificante de las artes marciales: el abusado aprende artes marciales no para vengarse del abusador y darle de su propia medicina sino para entender el trasfondo de la violencia y encontrar la paz consigo mismo —y en última instancia con el abusador. Como en la teoría de Peterson, el hombre aprende a desarrollar su violencia justamente para no tener que usar su violencia. Ahora es un monstruo, pero un monstruo bajo control.
En la sociedad de cristal del occidente contemporáneo, sin embargo, la receta contra el abuso consiste en rodear entre algodones a los niños abusados y aislar en una nube de drogas por prescripción a los abusadores, generando así traumas en ambos lados: en unos se alimenta el victimismo, la debilidad y el miedo, mientras en los otros crece el estigma y el resentimiento. Mientras tanto, seguimos ahogándonos entre eslóganes donde toda masculinidad es tóxica per se y donde se invita al hombre a deconstruirse, negar sus instintos en lugar de transmutarlos.
Joseph Campbell decía que todos los hombres nacen —con suerte— con un padre biológico al que no eligieron y del cual tomarán distancia durante la adolescencia, momento en el cual encontrarán una segunda figura paterna que los terminará de conducir hacia la adultez. Este padre secundario por elección ha sido históricamente encarnado por figuras como el sacerdote, el profesor o el entrenador. El maestro de artes marciales o sensei ha sabido también cumplir este rol de padre secundario a lo largo de la historia acompañando al hombre joven en el viaje del héroe, descrito por Campbell en El héroe de las mil caras (1949).
En el occidente actual, sin embargo, la figura del padre secundario —cuando no directamente del padre biológico— está en peligro de extinción. Esto tiene consecuencias nefastas. Un niño crecido en un hogar sin una figura paterna es más proclive a vivir en la pobreza, desarrollar problemas mentales, abandonar los estudios, involucrarse en actos violentos y acabar detenido que uno crecido en un hogar con un padre (4). El niño crecido sin padre tiene seis veces más de probabilidades de vivir por debajo de la línea de pobreza e involucrarse en actividades criminales tempranas (5), así como también tres veces más de probabilidades de acabar preso al llegar a los treinta años (6).
Campbell, décadas atrás, explicaba el fenómeno de las pandillas juveniles como la consecuencia de esta falta de figuras paternas positivas —tanto del padre biológico como del no biológico— entre los adolescentes: en ausencia de un rol paterno positivo al cual acudir, el joven termina siendo conducido hacia la adultez por el cabecilla de la banda del barrio, reconvertido en padre secundario, a través de los rituales de crecimiento negativos que componen el sentido de pertenencia a la pandilla, la mara o la ‘ndrangheta —diferentes nomenclaturas para referirse a un problema común dependiendo de la latitud.
La masculinidad negativa no surge entonces —como sugiere cierto discurso amplificado por los medios hegemónicos pero en franca decadencia— de la figura paterna tradicional sino de un sucedáneo tóxico que toma el lugar de figura paterna cuando esta está ausente o deconstruida.
Y en aquellos casos donde ninguna figura paterna, ni padre biológico ni no biológico, ni positivo ni negativo, aparece. ¿Qué pasa? Una generación de hombres-niños que jamás madurarán del todo.
Así lo explica el escritor estadounidense Chuck Palahniuk, autor de la novela El club de la pelea:
“El problema es que muchos de estos padres secundarios están siendo desautorizados en la historia reciente. Los entrenadores deportivos han sido estigmatizados. Los sacerdotes se han convertido en parias. Por alguna razón, los hombres están abandonando la docencia. Y, por lo tanto, muchos de estos padres secundarios están desapareciendo por completo. Cuando eso sucede, ¿qué nos queda? ¿Madurarán alguna vez estos niños o jóvenes?” (7).
Palahniuk ha retratado como ningún otro autor el poder catártico de la violencia física entre hombres construyendo en El club de la pelea una historia que sigue al pie de la letra el camino de héroe de Campbell, con especial énfasis en la figura de ese padre secundario, que en la historia viene a interpretar el personaje de Tyler Durden. No se trata simplemente de un grupo de hombres sudorosos que se reúnen en un sótano a cagarse a trompadas después de haber terminado su jornada laboral de nueve a cinco; es ante todo el retrato de una generación de hombres carentes de figura paterna —el protagonista cuenta cómo su padre abandonó el hogar para dedicarse a formar otras familias como si fueran “franquicias”— crecidos en una época sin ritos de pasaje —sin guerras, sin crisis, sin dramas tangibles— a los que el sistema les prometió convertirlos en estrellas de rock y jugadores de fútbol pero que terminaron manejando surtidores de nafta en estaciones de servicio y rellenando planillas de Excel en oficinas asépticas y atendiendo el mostrador un autoservice 24 hs. para poder comprar porquerías que no necesitan y así impresionar a gente que no les interesa. El club de la pelea no es otra cosa más que un tinku moderno de los suburbios del primer mundo para hombres en busca de las marcas más esenciales de la masculinidad.
Si la ausencia de una figura paterna en la infancia incrementa las probabilidades de que los hombres se involucren en la vida criminal, en actos violentos o incluso vivan debajo de la línea de pobreza, como demuestra la estadística, todo lo contrario parece ocurrir al introducir el entrenamiento en artes marciales en la ecuación. Así lo sugiere un estudio publicado en 2021 conjuntamente por especialistas de las universidades de Burgos y León, en España. “El entrenamiento en artes marciales tradicionales parece ser un método eficaz para reducir los niveles de ira y agresión. En cuanto a la edad de los participantes, existe una predisposición a reducir la ira en la población adulta. Además, los jóvenes con problemas de violencia o conducta muestran una respuesta positiva al practicar artes marciales” (8).
No es un descubrimiento de ahora: en un paper titulado El camino del guerrero: los efectos del entrenamiento en artes marciales tradicionales en la agresividad, publicado en 1981 por T.A. Nosanchuk, del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Carleton, en Canadá, se puede leer: “El interés teórico se deriva de la creencia popular que percibe dicho entrenamiento como una factor de disminución de la agresividad, a diferencia de la teoría actual, que esperaría que dicho entrenamiento la aumentara. Esta investigación reviste interés humanístico ya que ofrece a quienes practican la no violencia la opción de adquirir competencias defensivas sin volverse simultáneamente más agresivos. Entrevistas con 42 estudiantes de diversos niveles de cinturón revelaron que un entrenamiento más prolongado se asocia con una menor agresividad, en contraposición a las predicciones teóricas. Se examinaron cuatro mecanismos plausibles de dicho cambio: autocontrol, autoafirmación, autoestima y autoconfianza” (9).
En 1991, en tanto, profesores de la Universidad de Indiana realizaron un estudio con 68 niños de entre 6 y 11 años que practicaban taekwondo en el cual determinaron una relación inversamente proporcional entre el nivel práctica del taekwondo de cada niño y su nivel de agresión: a mayor nivel de experticia en este arte marcial, menor nivel de conductas agresivas (10). En esta misma línea, vale la pena mencionar el Gentle Warrior Program, un programa de intervención para reducir las conductas violentas en niños basado en el entrenamiento en artes marciales. De acuerdo a los resultados obtenidos en base a 254 niños que pasaron por el programa, un estudio (11) demuestra “una menor frecuencia de agresión y una mayor frecuencia de observación útil (es decir, comportamiento útil hacia las víctimas de bullying) a lo largo del tiempo”. El estudio subraya además que este programa fue especialmente útil en el caso de los varones ya que “no se hallaron resultados significantes en las niñas”.
El hombre como un caballo de guerra
Jesús dice:
“Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mateo 5:5).
Es interesante detenerse en la etimología del término “mansos”. En inglés se ha traducido históricamente como “meek”. Ninguna traducción captura la esencia total de un término cuyos orígenes se remontan al ámbito militar griego, especialmente al entrenamiento de caballos de guerra.
El término original del griego antiguo es “praus” (πραΰς), cuya raíz se refiere al “ejercicio de la fuerza bajo control” (12).
En la antigua Grecia los caballos salvajes eran capturados y sometidos a meses de entrenamiento riguroso. Unos eran descartados porque no soportaban el rigor. Otros se amansaban a tal punto que se convertían simplemente en animales de carga. Y a aquellos pocos que atravesaban el entrenamiento hasta convertirse en animales con una gran fuerza natural pero que se mantenían bajo control a las órdenes de su jinete les valía la denominación de praus.
Existían caballos incapaces de correr al frente de un ejército. Existían otros que corrían de forma desbocada hacia el frente. Y después estaban los praus: caballos capaces de correr directo hacia el ejército enemigo con la mayor de las destrezas pero siempre obedientes ante las órdenes del jinete.
El historiador, militar y filósofo griego Jenofonte (431 a. C.-354 a. C.) escribe en su tratado Sobre la caballería acerca de las cualidades que debe tener un caballo apto para la guerra, y se refiere a este equilibrio entre fuerza y control que pareciera encerrar el termino praus:
“El caballo menos problemático y más útil para su jinete en la guerra sería, naturalmente, el caballo de pies firmes, manso, suficientemente veloz, listo y capaz de soportar la fatiga y, sobre todo, obediente. Por otro lado, los caballos que necesitan mucho estímulo por pereza o mucha persuasión y atención por ser demasiado enérgicos, mantienen las manos del jinete siempre ocupadas y le quitan el coraje en momentos de peligro” (13).
Así, la mansedumbre bíblica no se refiere al hombre incapaz de ejercer la fuerza sino al hombre capaz pero controlado.
En una de sus conferencias (14), Jordan Peterson reinterpreta este pasaje bíblico a la luz de esta raíz etimológica, traduciéndolo como sigue:
“Bienaventurados los que saben usar sus armas pero las mantienen enfundadas, porque ellos heredarán la tierra”.
Fuentes
1
2
3
4
https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/2158244014521818
5
https://www.proquest.com/docview/2628794018?pq-origsite=gscholar&fromopenview=true
6
https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4240051
7
8
https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1359178921000653
9
https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/001872678103400601
10
https://journals.sagepub.com/doi/10.2466/pms.1991.72.1.179
11
https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/pits.20344
12
https://biblehub.com/greek/4239.htm
13
https://ia801609.us.archive.org/26/items/artofhorsemanshi00xeno/artofhorsemanshi00xeno.pdf (pp. 26)
14


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