LECTURAS DE EXTRAMUROS

BOTUL, Jean-Baptiste. La vida sexual de Inmanuel Kant. Universidad Nacional Autónoma de México (2004)

Por José Assandri

Menos de diez centímetros de ancho por quince. Ni llegaría a las cien páginas si no fuera por el prólogo y otros agregados. Menos, mover la aguja de la balanza del baño. ¿Immanuel Kant tenía vida sexual? ¿Qué tipo de asunto es este? ¿Hasta dónde la vida sexual tendría importancia en lo que alguien piensa y en los sistemas filosóficos que pueda haber construido? Sin embargo, nuestro autor, Jean-Baptiste Botul, nos recuerda que no sólo Kant fue soltero y no se le conoció mujer, sino que hizo de este asunto una pregunta más amplia: “¿Debe casarse un filósofo?” Como respuesta hizo una especie de relevamiento. En siglo XVII, todos fueron célibes: Descartes, Spinoza, Pascal, Leibniz, Malebranche, Gassendi, Hobbes. En el siglo XVIII, salvo Diderot, ni Kant, ni Hume, ni Voltaire emprendieron una aventura conyugal. En el siglo XIX, mientras Hegel, Fitche, Schelling, Comte y Marx se casaron, ni Kierkegaard, ni Nietzsche ni Schopenhauer lo hicieron. En el siglo XX, vaya a saber por qué causas, esa costumbre del celibato se ha ido perdiendo, aunque el filósofo francés Alain resistió al matrimonio hasta los 77 años (pp. 59-60). Esto no quiere decir que nuestro autor, Botul, haya estado contra el matrimonio: “Vivir sin mujer es una ascesis. Vivir con ella también lo es.” (p. 55) Para este último caso simplemente nos recuerda el caso de Xantipa, la conflictiva esposa de Sócrates, un filósofo que ya sabemos cómo terminó. (p. 56) 

El relevamiento conyugal de Botul se remontó también a los filósofos griegos y latinos, donde la cuestión tuvo variadas respuestas, pero no insistiremos en esto. En el caso particular de Kant no fue, según Botul, que fuera un ser asocial, aunque no era muy agraciado. Medía un metro cincuenta, tenía la cabeza muy grande y un hombro más bajo que otro; además de que, en sus tiempos, no tenía una buena condición económica como para poder proyectar casarse y tener hijos. Pero, “si Kant evitó casarse fue porque observó cuidadosamente el matrimonio. ¡Constante terrible!; ‘ustedes los que entran aquí: ¡abandonen toda esperanza!’, como escribía Dante; el matrimonio es el infierno. Ciertamente nuestro filósofo [Kant] no usa imágenes violentas y se contenta con señalar que ‘es difícil encontrar que las personas que alcanzan una edad avanzada hayan vivido la mayor parte del tiempo casadas’. Ser longevo o ser casado, hay que elegir; el matrimonio es un lento suicidio, una forma autorizada de abreviar la vida.” (p. 63)

Ubicar así a Kant en las costumbres eróticas de los filósofos, y en su época, hace necesario preguntarse quién se ocupa de la vida de un filósofo de esta manera. El autor del libro, Jean-Baptiste Botul, habría nacido en Lairière, un pueblo de Francia, el 15 de agosto de 1896, y muerto en el mismo pueblo, en la misma fecha, pero por suerte en el año 1947, lo que hizo que nos dejara cierta obra. Su apellido puede resultar extraño, dado que si hubiera hecho escuela esta habría sido llamada botulismo, y por homonimia se podría confundir su escuela con el botulismo, una enfermedad que proviene de cierto germen que se encuentra en la carne en descomposición. Seguramente muchos lectores se precipitarán en señalar que todos (nosotros) somos carne en descomposición, con lo que la filosofía no sería más que un germen producto de ese proceso que se inicia al nacimiento para desembocar ya sabemos dónde. Puede que haya algo de cierto en esto, pero el apellido de nuestro autor, Botul, no es más que un heterónimo de Fredéric Pagès, un periodista y ex profesor de filosofía francés. 

Un heterónimo en el campo de la ficción, como fue el connotado caso de Fernando Pessoa, no genera molestias y hasta puede ser admirado. Pero tratándose de filosofía, dado que hubo algunos que tomaron su existencia como real (aunque se dice que el filósofo francés Bernard-Henri Lévy citó a Botul en una tesis, esto no es cierto, simplemente en el año 2010 obtuvo el Premio Botul, otorgado por la Asociación de Jean-Baptiste Botul) quedaron bastante mal parados frente a sus colegas. Aunque es justo decirlo, también hubo otros que declararon que La vida sexual de Immanuel Kant es un libro soso, que no era filosófico ni tampoco entretenía por no haber dejado de lado del todo las cuestiones filosóficas. El heterónimo Botul puede resultar problemático, y su libro, mórbidamente inconveniente.

Una vez que el lector puede llegar a saber estos datos tal vez disfrute del asunto. Vale la pena adentrarse en la fabricación del libro, y en la invención del propio Botul como autor. Si bien Botul habría escrito otros textos, como Landru precursor del feminismo: la correspondencia inédita y El rey de Clipperton (Clipperton es una isla en forma de anillo, con un lago en el centro, que en cierto momento se disputaran Francia y México con el triunfo de ya sabrán quien), el libro sobre Kant consistió en la reunión de una serie de charlas que Botul dio en Paraguay, un año antes de su muerte. Incluso más, el libro está basado en los apuntes que hizo en Buenos Aires antes de llegar a Paraguay, porque en realidad no fue exactamente eso lo que dijo cuando llegó a su destino, Nueva Königsberg. Este nombre ya dice algo de quién era su público: un grupo de inmigrantes, originarios precisamente de Königsberg, la ciudad de la que Kant nunca se movió en su vida. Estos prusianos habrían emigrado al Paraguay para vivir bajo los principios kantianos, de tal modo que podrían ser calificados de “kantianos integristas”. No sólo buscaban cumplir con las postulaciones kantianas, sino que incluso, a mediados de siglo XX, vestían al uso de la época de Kant.

Por qué estos prusianos habrían emigrado al Paraguay es una pregunta que un lector de Botul puede hacerse. No parece ser un país tan próspero como para que alguien se atreviese a cruzar el océano a probar suerte, menos, kantianamente. Sin embargo, a fines del siglo XIX, la hermana de Friederich Nietzsche, Elisabeth y su esposo, el Dr. Bernhard Förster, un fanático antisemita, fundaron Nueva Germania en Paraguay. Fue entonces que catorce familias llegaron a esas tierras convencidas de querer constituir una colonia puramente aria. El Dr. Förster se suicidó al cabo de unos años y Elisabeth volvió a Alemania. Pero para llegar a responder por qué a Förster y a su esposa se les ocurrió Paraguay, habría que ir un poco más atrás, a la prosperidad paraguaya que destruyó la atroz Triple Alianza unos años antes, en la guerra del Paraguay. No hay peor cosa que asesinos sin motivos propios como fueron Uruguay, Argentina y Brasil, sicarios al servicio de Inglaterra. Por qué a Inglaterra le molestaba el Paraguay, seguramente habría que ir otro poco más hacia atrás, hasta llegar a las Misiones Jesuíticas, ese extraordinario sincretismo entre los pueblos originarios y los Jesuitas, cuyos logros fueron arruinados cuando Carlos III expulsó a los Jesuitas de los reinos de España inspirado por… ¿alguien sabe por quién? Dios sabrá.  

Nos hemos desviado del tema. La importancia de la vida de Kant está en su formulación del imperativo categórico que se lee en Crítica de la razón práctica, y que Botul citó en su libro en la página 47: “Obra de modo tal que la máxima de tu acción pueda convertirse por tu voluntad en ley universal.”

He aquí el problema. Si Kant fue célibe y no se le conoció mujer (por más que Botul le haya inventado algún escarceo con una mujer de nombre falso), el asunto es que, si no practicar el sexo se vuelve una ley universal, la especie humana, kantianamente, correría riesgos de desaparecer. El problema se ahondaría si además consideramos que Kant formuló que “todo órgano existe en función del fin que debe realizar”, lo que implica la pregunta por el uso de los genitalia de los célibes. Por suerte aquí el traductor corrigió errores de Botul, la cita exacta es: “proponemos en principio que no existe órgano para un fin que no sea, al mismo tiempo, el más apropiado y adaptado para dicho fin.” (p. 48) No es lo mismo que el propio órgano exija cumplir con su fin a que un órgano sea más adaptado para algunas funciones que para otras, de las que, en lo que concierne a Kant, nunca sabremos nada. 

No nos detendremos en los desarrollos que hizo Botul sobre la locura, la hipocondría y el estreñimiento de Kant, continuemos en la línea de sus prácticas eróticas. La “quinta plática” del libro está dedicada a las tres “s”: saliva, sudor y semen. “Uno tiene que guardar sus líquidos, uno tiene que contenerse. Toda gota de nuestros preciosos humores es una parte de nuestra energía vital, todo escurrimiento es desperdicio de energía. El kantismo es una utopía de la carne: vivir en un circuito cerrado, limitar nuestros intercambios a lo mínimo indispensable.” Esto se ve confirmado en la siguiente frase: “Los testimonios son unánimes: Kant no sudaba.” (p. 81) En esa lógica también se define la saliva como un líquido precioso, sea para la digestión, para la tos o para la picazón de la garganta. Kant mantuvo su boca bien cerrada, nunca escupió, y, por cierto, tampoco besó. En este apartado de los líquidos, el semen, no sólo debía ser preservado del encuentro con otro, sino también de la masturbación, uno de los fantasmas más terribles de su época. Todo esto tiene sentido en función de la fidelidad que tenía Kant al pneuma, también llamado espíritu, soplo, hálito, y al hecho de que el pneuma circula tanto por la sangre como en el semen. Y, por cierto, la finalidad última de Kant era llegar a la “cosa en sí desnuda”, que, para nuestro autor, Botul, era el sexo. De este modo se cerraría todo el sistema filosófico que comenzaba con la problematización del matrimonio, para terminar en la “séptima plática” que llevó por título “COITO ERGO SUM” (p. 99). Allí se plantea seriamente el problema de la reproducción de los kantianos, que como el mismo Botul postula, los filósofos se reproducen sin el concurso del sexo, por lo que llegan a evitar todas las problemáticas generadas por los lazos de sangre. Ellos se multiplican “por medios complejos que se llaman afiliación, agrupación, amistad. Sus matrices se llaman escuelas, banquetes, salones, universidades.” (p. 101) Y esto porque los filósofos le dan a la humanidad un semen espiritual, “el único líquido fecundante es la tinta, el sustituto de la bilis negra.” En tanto la actividad de los filósofos son leer y escribir, “hombres de biblioteca”, es el libro el que engendra otros semejantes, es decir, otros libros. “Es de este modo como los filósofos heredan su bilis negra, y su melancolía contribuye a la propagación de los hombres.” (p. 102)

Al fin, la octava y última plática nos presenta al filósofo (Kant) frente al día y la noche. Porque, además de la claridad de su filosofía, entre sus muchas preocupaciones, estaba en taparse bien para dormir, cosa que hacía envuelto como si fuera con una camisa de fuerza, y con todas las ventanas bien cerradas. “Kant es una bomba que se impide a sí misma explotar. ¿Qué pasaría si un geniecillo maligno viniera a abrir el sarcófago?, ¿qué pasaría si el sueño no le llegara? Los insomnios de Kant engendran los monstruos de la razón.” La noche invierte la moral kantiana casi al modo de su contemporáneo el Marqués de Sade: “Mata de tal manera que tu crimen pueda servir de modelo a toda la humanidad.” “No te contentes con querer matar a todo el mundo; haz de modo tal que todo el mundo quiera matar a todo el mundo.” “Asesina de tal manera que tu asesinato se pueda aplicar a toda la humanidad.” (p. 107) Aunque estas reglas también concuerden con las barbaries de nuestro tiempo, Botul nos aclara que no es que haya pensado que el nazismo salió del kantismo, “lo que digo es que, en el kantismo, así como en toda moral que busque lo universal, hay un germen de perversión que basta activar para obtener un genocidio y una exterminación en masa; o bien…” (p. 111)

Con solo detenerse en los títulos de otros libros de Botul ya se percibe su lógica. Por ejemplo, El rey de Clipperton. Esa extraña isla compuesta mayormente por agua, que en la confrontación se resolvió en favor de Francia a expensas de México, obliga a cualquier persona decente a preguntarse qué se disputaba allí. ¿Para qué se necesitaría un rey en una isla de agua? Otro ejemplo, Landrú precursor del feminismo: correspondencia inédita. Aunque Henri Désiré Landru sólo aceptó haber matado once mujeres, fue el sospechoso de haber asesinado entre cien y trescientas mujeres desaparecidas en su época. En una carta suya (correspondencia inédita) descubierta muchos años después de que cabeza cayó cortada por la guillotina, él se reconoció autor de todos los crímenes. ¿Cómo es que el autor de múltiples femicidios pudo ser un precursor del feminismo? Del mismo modo, La vida sexual de Immanuel Kant, ¿acaso no resulta un título ridículo? ¿Qué lector serio podría leer un libro así? Ni siquiera aspira a ser un título sensacionalista, no es más que el vulgar lugar común de pretender explicar todo mediante el sexo, ese botulismo interpretativo al que son afectos tanto los chismosos del barrio como algunos seres falsamente sofisticados. 

Como bien lo señala Pagès, Botul transformó una rutilante estrella filosófica en un agujero negro (p. 19). Mediante la aplicación de la regla “la sexualidad de Kant es la vía regia que nos conduce a la comprensión del kantismo” (p. 26), Botul, alquímicamente, transforma eso que suponemos absolutamente claro de Kant en una incógnita. Sembrando una serie de interrogantes, Botul objeta por el absurdo esa idea de transparencia que tenemos entre las ideas y las conductas de un sujeto. Suponer que la autoridad de un autor está determinada por la unidad entre los pensamientos y formulaciones con su existencia, no es más que un ideal que nunca puede sostenerse en vida común y corriente que cada uno lleva. En su defecto, la inversión del día a la noche completa la interpretación si es que fuera necesario. Pero la enseñanza de este libro se vuelve doble en la medida en que, aquello que se puede escribir sobre la vida de alguien, la semblanza que pueda hacer de un filósofo o de un escritor, la apología de un general, no necesariamente es algo creíble porque, curiosamente, aunque se pueda ser muy exhaustivo sobre esa persona a la que se le dedican palabras y más palabras, en realidad, no sabemos muy bien quién fue el que las escribió. Y esa cuestión Pagès la hace evidente haciendo del nombre del autor de La vida sexual de Immanuel Kant un heterónimo. Si el autor es un heterónimo, no necesariamente lo que diga un heterónimo es algo verificable, simplemente puede ser tan ficción como su propio nombre. ¿Por qué los lectores somos tan fácilmente pasto de la ficción? Sin importar demasiado en qué envases se presentan los relatos, sean biografías, historias o artículos periodísticos, si tenemos el temor a decepcionarnos, tal vez es porque de ilusión también se vive, como alguna vez cantó la Pequeña Orquesta Reincidentes

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