CINE

Por Mauro Baptista Vedia

Primero, hay que decir lo obvio: la película de Juan Antonio Bayona es muy buena, cercana a la excelencia. Por varias razones: el hecho histórico en sí, con toda su singularidad y excepcionalidad, la honestidad de la propuesta cinematográfica, el libro de Pablo Vierci y un director español con experiencia y talento, que conduce un equipo de producción eficiente (el casting, la fotografía, el montaje, el arte, son excepcionales) y el dinero. Este es un film hecho con mucho dinero. Veo en la internet que La Sociedad de la Nieve tuvo un presupuesto de 60 millones de euros. Claro que lo mismo que vale para Bayona vale para Martin Scorsese y su último film con Di Caprio, de 200 millones de dólares. El cine es el arte capitalista por excelencia: es arte e industria e industria y arte, de allí su fascinación.

En ese sentido, La Sociedad de la Nieve es un producto eficiente de Netflix, industria pura del entretenimiento audiovisual, y es, al mismo tiempo, arte. Bayona sabe perfectamente que su película tiene que lograr funcionar tanto como entretenimiento como arte e incursiona entre ambas puntas con maestría. Con mucho trabajo, mucha planificación, mucha garra, sabiendo que esta era una oportunidad única. La película divierte, entretiene, como un buen film de aventuras, y conmueve, emociona y nos hace reflexionar, como un buen film de arte, algo que el cine clásico norteamericano siempre supo hacer y hoy en día es cada vez más raro que haga. Y digo más, todo apunta a que el film del director español gane el Oscar de mejor film extranjero.

Un film de ficción sobre la tragedia de los Andes que no fuese entretenido, sería un fracaso de público y no respetaría lo extraordinario de lo ocurrido. Al mismo tiempo, al ser el film basado en un hecho real tan excepcional, lleno de dolor, tragedia, horror y heroísmo, si no tuviese una dimensión artística bien lograda, quedaría en el medio del camino.

Desde ya una reflexión que me vino apenas terminé el film la primera vez que lo vi. Lo que pasó en Los Andes, desde el accidente del avión el 13 de Octubre de 1972 hasta el rescate de los sobrevivientes, 72 días después, trasciende toda obra artística, todo libro, todo film, sea ficción o documental; todo reportaje, crítica, ensayo o lo que sea. Es imposible que una obra logre transmitir todo lo que pasó, sus implicancias, todo lo que repercute esta historia. Hay algo único, de dimensiones míticas y bíblicas, en esta historia, que hará que toda esto perdure por los tiempos. Otros libros vendrán, otros films vendrán, otros reportajes. Estamos tal vez, en el comienzo de la resignificación simbólica de esta historia. Imagine usted, caro lector, si Fernando Parrado y Roberto Canessa hubiesen hecho los 10 días de caminatas en la cordillera hace 500, 600 o dos mil años atrás. ¿Como llegaría hasta nosotros esta historia si hubiese acontecido en la época de Julio Cesar o de Alejandro Magno? ¿Llegaría en una llave realista o en una llave mítica, religiosa, espiritual?

Es por eso que me pareció que le falta al film de Bayona, más allá de su eficiencia, algo de trascendencia, una reflexión que vaya más allá de la anécdota en sí. Le falta peso dramático a la historia y a los personajes, para que el film sea una obra maestra. Leí una extensa entrevista a Fernando Parrado en The Guardian, donde revelaba facetas más interesantes de la historia y de los personajes. Tal vez por que gran parte de los sobrevivientes están con vida, tal vez por la proximidad de ellos con el director, carecen, los personajes, de más singularidad. Por ejemplo, Parrado y Canessa parecen dos caras de un mismo personaje. Parrado podría ser presentado más obsesivo, más fanático, más heroico. Canessa a su vez más cerebral, más estratega, más generoso, dado que su físico no acompañaba al de Parrado.

La película de Bayona acierta en el enfoque del guión: opta por destacar y honrar a los muertos y por narrar la historia a partir del punto de vista de una persona que no sobrevivió, pero que fue fundamental en la sobrevivencia del grupo: Numa Turcatti. Este jugador de rugby, que todo indica se inmoló por el grupo, muere pocos días antes del rescate. Con una estrategia que evoca la misma utilizada por Billy Wilder en Sunset Boulevard, el espectador oye la narración desde el punto de vista de un muerto, Numa. Si Billy Wilder ya anticipaba esto en el comienzo de su film (el cadáver del guionista de Hollywood, encarnado por William Holden que flota en la piscina) con su humor negro, Bayona guarda esta información, magistralmente, hasta el último tercio de la historia.

Estructuralmente, el guión de La Sociedad de la Nieve es perfecto: la historia fluye naturalmente como narrada por “Dios” y es al mismo tiempo verbalmente narrada por Turcatti, interpretado por el uruguayo Enzo Vogrincic, que tiene el talento, el carisma y una fotogenia que anticipan un futuro estrellato de dimensiones hollywoodianas. Un actor de cine es talento, presencia y persona cinematográfica y fotogenia. Alguien muy talentoso sin que la cámara lo ame (como con Marilyn Monroe, Darin, Bardem, Ana de Armas, Natalia Oreiro) no deviene estrella. Alguien sin talento, con presencia y persona cinematográfica pero con mucha fotogenia, tiene una carrera limitada en el mejor de los casos (Jean Sorel, Kim Novak, Helmut Berger).

Los diálogos son, sin lugar a dudas, el punto más débil del film. Por un lado, hay una opción melodramática, de exacerbar las emociones entre los personajes, que recuerda las telenovelas y que, a veces, por su cursilería, nos hace salir como espectadores de la historia. Se trata de un film hecho para todos los públicos y en eso radican sus méritos y sus debilidades. Las conversaciones subrayan lo sentimental y explican afectos que el espectador ya supone o sabe. Esto es obvio, por ejemplo, en las escenas entre Numa y el personaje de su gran amigo, tanto en el bar cuando lo convence para ir, como cuando el primero se está muriendo y el amigo le dice (“llorá, dale, llorá”). Al mismo tiempo, falta a los diálogos algo de transcendencia, una reflexión más profunda sobre el gran dilema de Los Andes, el comer o el no comer la carne humana de aquellos que habían fallecido. Uno no tiene como no evocar al gran cine italiano de los años 50 y 60, cuyos films solían tener un guionista apenas para dedicarse a los diálogos. Con el objetivo de naturalizar lo más polémico y complejo de todo el episodio histórico, el hecho de que, para sobrevivir, los uruguayos tuvieron que alimentarse de los cuerpos de los fallecidos, hay muchos diálogos que no son ni ateos ni cristianos, sino que parecen apostar en una

religiosidad pragmática, a la carte, adaptada a las circunstancias. Esa religiosidad a la carte, se manifiesta en varios diálogos que afirman “pero mi fe, discúlpame Numa, no está en tu dios… Creo en otro dios, creo en el dios que tiene Roberto en la cabeza cuando viene a curarme las heridas, en el dios que tiene Nando en las piernas…”. O sea, los sobrevivientes, casi todos alumnos de un colegio católico de alto nivel, desesperados en la montaña, cuestionan la existencia de Dios porque este no va a la montaña a auxiliarlos (!). Turcatti fue uno de los que tuvo más problemas a la hora de comer y eso tal vez, haya sido una de las causas de su muerte, algo que no está claramente abordado en la película.

Muchos de los que allí estaban tenían 20, 22, 23, 24 años. Eran hombres jóvenes, pero hombres adultos, diferente de los tiempos que corren, donde la adolescencia se prolonga hasta los 40 años. La gran mayoría iba a un colegio privado cristiano, el Old Christians y tenían una formación católica. Pregunto: ¿Nadie planteó en aquellos tiempos, que comer carne humana podría ser pecado? ¿Y nadie lo rebatió no sólo con argumentos médicos (como Canessa en la película) sino con argumentos teológicos y espirituales? ¿Acaso nadie pensó o expresó que algunas tradiciones religiosas establecen que el alma, necesita sólo algunas horas después de la muerte para salir del cuerpo? Algunos católicos creen que el alma se va del cuerpo en pocos segundos después de la muerte. Otros que ese proceso demora algunos días. Si la iglesia católica hoy acepta a regañadientes la cremación, pero la acepta es apenas un símbolo de su decadencia, de su desesperación por competir con los evangélicos y de la pérdida de la noción de lo sagrado en Occidente.

La elección de los actores llama la atención como opción y como estrategia. Mencionamos rápidamente, la brillantez del elenco y de la dirección de actores, aunque con un tono a veces melodramático en los diálogos, en general funciona muy bien. Todo el proceso del casting fue brillantemente conducido. Llama la atención que todos los personajes suenen perfectamente como uruguayos (“uruguashos”) y como en su mayoría del barrio Carrasco. Es evidente el respeto de Bayona y de su equipo a la historia, a los sobrevivientes y al Uruguay. Los 10 minutos antes del accidente son antológicos, tal vez los mejores del film, las escenas del rugby, las escenas en un bar, en el aeropuerto de Carrasco y en la casa de uno de los personajes. Eso que para un norteamericano es algo común, la reproducción histórica fiel de algo que pasó hace 50 años, para los uruguayos es algo casi inédito e impensable.

Sin embargo, hay en la elección del elenco, sobre todo de sus protagonistas, una opción muy consciente del director español que llama la atención: el elegir actores con bastante menos físico y que parecen más chicos de edad que los los personajes reales. De esa forma, el Canessa de la ficción es interpretado por un actor argentino, Matias Recalt, hoy mucho más bajo y que parece tener 17, 18 años y que, por opción consciente, trasmite inteligencia y voluntad, pero no toda la brillantez y madurez del verdadero Canessa. Fernando Parrado es interpretado, muy bien, por Agustín Pardella, que es mucho más bajo y delgado que Parrado. Pardella, de gran sonrisa, transmite carisma, simpatía y voluntad al personaje, pero falta algo de hombría, de obsesión, de fe inquebrantable. Lo mismo con Enzo Vogrincic, tiene mucho menos físico que el Turcatti histórico, pero transmite mucha sensibilidad con su mirada. A propósito, se opta por escoger actores con una sensibilidad más adolescente, más cercanos al público de hoy en día, a los jóvenes hoy más sensibles y mimados que los de aquél entonces, más inmaduros. La vida se ha prolongado, se alarga constantemente y todos hoy, en general, somos más inmaduros que nuestros padres, abuelos y ancestros. Esta opción del director, explica que en el guión se opte por minimizar el rugby como algo determinante para el espíritu de grupo y para la solidaridad de los sobrevivientes. Se destaca el lado atlético del rugby, ver sino la escena inicial donde corren Canessa y Parrado, pero no el rugby y el deporte como formación deportiva, como educación moral y ética, como un factor determinante para el espíritu solidario de ese grupo que protagonizó una tragedia y un milagro.

Para finalizar, unas pequeñas líneas sobre la discusión sobre las élites y la condición social de los integrantes del avión que estrelló en Los Andes. En general, eran gente de clase media alta, o clase alta, gente en su mayoría de Carrasco. Punto. No eran élite, con la excepción tal vez de Carlitos Paez Vilaró, el hijo del legendario pintor Carlos Paez Vilaró. El Uruguay era ya en aquella época, un país con una burguesía nacional en decadencia. Élite es un concepto que se utiliza para denominar los miembros de un pequeño grupo social que decide los destinos de un país o de una nación. Esas élites son en general económicas, pero pueden ser políticas o intelectuales. Son esos miembros a los cuales un nuevo gobierno llama para discutir los rumbos de un país. Los integrantes del avión que se estrelló en los Andes no encajan en esa definición concreta del concepto de élite. Eran hijos de médicos, o de un administrador de estancia, o de un profesional liberal, o de un comerciante de éxito, clase media alta que vivían, en su mayoría, en el barrio de Carrasco. Utilizar de forma indiscriminada ese concepto de élite, revela apenas un rencor social muy uruguayo, algo que viene del Batllismo y que ha hecho raíces en la izquierda. Curiosamente, los mismos que apelan y apelaban a estos argumentos se olvidan de mencionar que gran parte de los integrantes del MLN de los años setenta o eran de la misma clase social sino todavía más elevada. Cual es entonces la condena implícita a la condición social de los sobrevivientes: ¿vivir cerca del mar, jugar al rugby? En un país dominado por grandes grupos extranjeros y capitales transnacionales, estas críticas a ciertos grupos sociales o ciudadanos uruguayos de buen pasar suenan a ignorancia o a mala fe.

Una breve y última mención sobre los sobrevivientes y en especial sobre Fernando Parrado. Cuanto más uno lee todo lo que hizo y más averigua lo que ha sido su vida después del accidente: su postura, su perfil bajo, durante todos estos años, uno sigue, a pesar de todo, creyendo en la humanidad. Escribir algo más, sin una larga reflexión, sin pensar palabra por palabra, seria caer en la sensiblería que tanto he criticado en el artículo.

La seguimos en el próximo número.