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Lo que ha estado en juego desde hace casi un año en Uruguay y en el mundo entero es algo tan concreto, tangible, abstracto y distante como lo real, la realidad a secas. 

Por Fernando Andacht

Gracias a una providencial frase, el eslogan lanzado el 17 de abril de 2020, el Gobierno le dio una estocada en medio del pecho a ese paisaje tan visto, olido, tanteado, degustado que ya está adherido a nuestro cuerpo, y que por eso se vuelve tan difícil de contemplar de modo ecuánime, como si a un pez le pidieran su opinión sobre la vida en el agua. ¡Bienvenidos a la Nueva Normalidad! Quienes no se sintieron a gusto en lo que consideraron era un ámbito distópico pergeñaron un Plan B que bautizaron “la nueva realidad”, concebida como una meta utópica a conquistar (Parada 2020a,b). Con vehemencia, se  contrapuso esta noción a la otra entidad al modo de Gobierno vs. Oposición, Derecha vs. Izquierda. 

Por falta de costumbre, no eran pocos los periodistas que, al inicio, confundían sin percibirlo ambas designaciones, y hablaban alternativamente de la nueva ‘normalidad/realidad’. Lo cierto es que ambas expresiones apostaron al fin del mundo tal como lo conocíamos, poco importa si para unos fue un conveniente mandato de una agencia trasnacional como la OMS, o una anhelada reivindicación partidaria e ideológica.  Ese fue el golpe audaz y certero asestado en plena frente a lo real a secas, a la semiosfera y biosfera que llamamos la casa nuestra de cada día, pero en versión ampliada. No ya las paredes, ventanas y ámbitos con roles más o menos fijos, convencionales en las que transcurre buena parte de nuestra vida, sino la casa sin techo, con larguísima Rambla, con mate generosamente distribuido por metro cuadrado, con aceras mugrientas pero familiares, con árboles de generosa sombra estival y atormentadoras pelusas otoñales en busca de ojos para irritar.

Hay una clase muy peculiar de verbos cuya enunciación no se limita a describir algo, como ‘llueve’; si lo digo o no, en caso de ser veraz, la lluvia sigue cayendo por completo ajena a mi enunciado. En cambio, verbos como ‘bautizar’, ‘casar’, ‘sentenciar’ o ‘renunciar’ tienen una peculiaridad cuando son usados en la primera persona y en el presente del indicativo, en el contexto y desde el rol adecuados. Se trata de signos verbales cuya enunciación produce un cambio importante en el mundo en el cual ocurren: alguien es bautizado, casado, sentenciado, o pronuncia la terminación de su vínculo laboral con una organización por el mero hecho de decirlo. De modo análogo, la enunciación del presidente de la república realizada ante cámaras de televisión tuvo el efecto semiótico de un performativo no convencional. Este hecho singular ocurrió en una escena mediática, un recurso que funcionó como una reiterada cadena televisiva de hecho, aunque estaba anidada dentro de un programa mayor y se emitía casi a diario, al inicio pandémico, dos diferencias claves con la cadena televisiva tradicional. Decir en ese entorno, como lo hizo Lacalle Pou el 17 de abril de 2020 hacía que se instalase un existir diferente: 

Muchos nos han preguntado, la prensa y el público, acerca de las medidas que estamos implementando estos días [procede a elogiar el buen uso que hizo la sociedad de la libertad responsable]. En ese sentido, acuñaron el otro día un término que nos vamos a tener que acostumbrar a usar, que ya no es el día después [pausa] sino la nueva normalidad, gente que sabe de estos temas nos corrigió ese concepto y bienvenido sea, el mundo ya no va a ser el mismo, y sin perjuicio de querer ser grandilocuente, en estos tiempos que vienen va a haber una nueva normalidad!

Cuando el hecho de decir algo supone de modo simultáneo el hacer que ocurra algo que altera visible e irreversiblemente el mundo en el que esa enunciación tiene lugar estamos ante un verbo performativo. En este caso, el acto verbal del poder ejecutivo en su figura más notoria cambió nada menos que el encuadre o marco de la vida que todos intentamos llevar adelante a diario, de modo inconsciente buena parte del tiempo. El remate del anuncio principal –el objetivo aparente de esa ocasión fue el inicio de clases presenciales en las escuelas rurales – no dejaba duda: se ha proclamado y ha entrado en vigor una vida nuevo-normal, cuyas consecuencias son, por decirlo de algún modo, inciertas, ominosas. Aunque no contó con la ceremonia mediática en la que ocurrió la enunciación presidencial, el sentido de la reivindicación de la nueva realidad en una dura crítica al Gobierno procuró un semiótico efecto semejante: “La situación que vivimos debería ser una oportunidad para transformar el modelo social, el productivo, el educativo, el sanitario. Hablamos por eso de “nueva realidad”, y no es un simple cambio de términos, sino un profundo cambio ideológico.” (Parada 2020b). La finalidad de ambos pronunciamientos políticos es convergente: se dejaría atrás para siempre lo normal/lo real, tras abandonar el mundo conocido a causa de la pandemia. El proceso en ambos casos supone una pérdida irreversible.

Imaginen que quienes dieron el golpe de Estado en 1973, en Uruguay, hubieran pronunciado algo similar: en este momento ingresamos al mundo-nuevo-normal cívico-militar. Sin duda, en aquel invierno de hace casi medio siglo ocurrió una alteración fundamental en el ámbito de derechos humanos, de nuestras libertades, pero el servicio de mensajería del poder fáctico fue extremadamente lacónico en aquella instancia, si se lo compara con el actual derrame incesante de signos pandémicos. Teníamos entonces la esperanza de que al final del largo y tenebroso túnel dictatorial nos esperase el mundo normal, el de siempre, sin la opresiva presencia del agente rupturista de la vida política y civil. Bien instalado en el siglo 21, en la buena compañía del voto democrático, y sin salirse en apariencia de su esfera de poder, el presidente Lacalle Pou y los impulsores de la nueva realidad desde la oposición pusieron discursivamente en existencia un estado de cosas que sería irreversible para todas las facetas de nuestra normalidad. Su enunciado determinó el exilio definitivo de lo familiar o dado por sentado, que caracteriza la normalidad, y propició un salto al vacío hacia una nueva realidad, según lo expresa con anhelo la postura opositora antes citada. 

La notoria diferencia de lo que establece la Nueva Normalidad/Realidad con respecto a un régimen excepcional de corte marcial autoritario como lo fue la dictadura 1973-1985 en tierras uruguayas es que su impacto o peso específico en la vida cotidiana es más ligero, difuso. Sin embargo, esa normalidad decretada posee algo en común con aquel desfallecimiento de la democracia: el miedo reticular, una onda expansiva de temor que satura los poros de la trama social. El mayor contraste – además de la bienvenida ausencia de torturas, prisiones y tumbas NN – radica en que el derrame de signos de aquel tiempo de excepción en que se militarizó la vida era un mísero goteo comparado con la cascada cuantiosa, imparable y pegajosa que viene de los medios masivos más poderosos en la actualidad. La irritante banda musical castrense que servía de preludio a las noticias sobre capturas subversivas era un mísero derrame de comunicación oficial, notoriamente impuesta, como el propio gobierno de facto, a los informativos y a la prensa escrita de la época. La incontinente producción verbal y la dilatada escenografía pandémica que inunda la mayor parte de horas de la jornada informativo-mediática no puede no alterar la realidad vivida, más allá de cuál sea la realidad a secas. 

Si de lo que se trata es de una redefinición de la normalidad/realidad, vale la pena revisitar un texto clásico de C. S. Peirce (1839-1914) publicado en 1877, en el cual describe las cuatro maneras mediante las cuales la humanidad pasa desde “la irritación de duda” hasta el conocimiento de lo real que la apacigua.  El título no puede dejar de sorprender al lector del siglo 21, ya que está formulado en el lenguaje de hace dos siglos: “La fijación de la creencia”. El lógico y científico Peirce describe en ese artículo cómo procedemos las personas a adquirir nuevos conocimientos; las creencias sobre las cuales trata no remiten necesaria ni principalmente a la esfera religiosa ni tampoco a una doctrina política. La utilidad de este trabajo estriba en darnos elementos para analizar cómo fue el proceso de comprender la emergencia sanitaria mediante su representación mediática. Tres de esos métodos los usamos de modo irreflexivo en la vida cotidiana: cuando con tenacidad elegimos ignorar hechos que nos producen la incómoda disonancia cognitiva (CP 5.378). Así procedió el linchamiento en redes y medios masivos de una mujer que la comunidad uruguaya decidió que era la portadora y perversa difusora del temible virus traído por ella desde Europa.  El método de autoridad (CP 5.379) produce la sumisa adhesión de enormes masas humanas, y posibilita la construcción de obras titánicas como las pirámides egipcias. El método que Peirce denomina “a priori” (CP 5.382) determina que ciertas ideas sean adoptadas por considerarlas “agradables para la razón”. Pero esta forma de llegar a un conocimiento no está libre de prejuicios y está influida por algo tan efímero o arbitrario como las modas. Un ejemplo es el elegir y luego mantener largo tiempo como el chivo emisario de la pandemia en Uruguay a una emprendedora exitosa de cierto aspecto. Sólo el cuarto método, el único que merece el nombre de científico, asegura Peirce, puede conducirnos a un saber válido aún si falible de la realidad, pues al aplicarlo “nuestras creencias son determinadas por algo no humano” (CP 5.384). Esta frase que tal vez cause extrañeza al lector contemporáneo alude a lo real que es como es sin que importe lo que cada individuo pueda llegar a pensar o a creer con respecto a esa realidad. Sólo el esfuerzo de una comunidad ilimitada de  investigadores puede, en el largo plazo, llegar a conocerla. Hecha esta presentación sobre la inseparable función de los signos o representaciones y lo real por conocer, volvemos a nuestra pandemia de cada día.

La intimidad avasalladora de la televisión viral y pandémica

El gran choque frontal entre la realidad metabolizada por los signos de un modo que cabría describir como ‘natural’ hasta el 12 de marzo y el verbo performativo nuevo-normal desarmó y volvió a armar el mundo de la vida de un modo radicalmente diferente. Voy a servirme del texto antes citado de Peirce para entender del modo más general y abarcador posible qué le ocurrió a la realidad en estos casi 12 meses durante los que convivimos con una representación mediática que, en cierto modo, opera como uno de los indiscutidos protagonistas de la “emergencia sanitaria” Covid19, me refiero al test PCR. En los términos más simples, los de un lego, diría que el modo de funcionar del test es amplificar, como si fuera un muy potente y sofisticado lente zoom, para permitir la observación de la evidencia patógena en el cuerpo, para idealmente captar fragmentos del villano máximo de la mayor saga biopolítica del siglo 21: el temible Sars-Cov-2. No ha sido muy diferente la operación de los medios masivos a partir de la declarada crisis de salud pública. Los signos informativos cuya función es representar la realidad pandémica – porque es lo que colorea la mayoría de noticias producidas por todos los programas encargados de informar – no han dejado de duplicarse en cada ciclo televisual, radial, de prensa escrita, o de portales de internet. Vamos a detenernos en el primer medio, por su gran alcance e impacto en estos casi doce meses de pantalla caliente y viral. 

La irrupción en la intimidad de la televisión fue avasallante, intimidatoria, no sólo cuantitativa sino afectivamente, porque en los primeros tres meses de la emergencia funcionó una exhortación gubernamental persuasiva para no salir del hogar, salvo para comprar lo imprescindible: comida, productos de limpieza y medicamentos. En los inicios de la televisión comercial, Horton y Wohl (1957) proponen el término relación para-social para describir analíticamente el vínculo entre espectadores y programas  de TV animados por una ‘personalidad’, como los típicos periodísticos matinales, esos que hoy han ganado terreno en la tarde y en la noche. El trato directo, la interlocución que incluye la mirada que interpela al público distante genera, según los autores, “la ilusión de un vínculo cara a cara con el que actúa (performer)”, en ese dispositivo consiste el vínculo para-social. No es una relación social genuina, como la que tenemos con amigos, familiares y conocidos, pero el género televisual predispone al espectador a interactuar con ese presentador, informativista o locutor de un modo análogo a como lo haría socialmente con alguien cercano, aunque la “personalidad” mediática no lo sea realmente. Propongo entonces que nuestra realidad quedó encuadrada de modo inédito en la historia de los medios uruguayos por una relación para-social de altísima temperatura afectiva, que produjo cantidades iguales de miedo difuso al mundo exterior, a los otros, y también una considerable confianza en esos seres bidimensionales que saturaron con sus diagnósticos y pronósticos el tiempo televisual. Además la pantalla revalorada y poderosa de la televisión desempeñó una función clave en la difusión persuasiva del diseño de formas de vida altamente protocolizadas.  

Tras la declaración de la emergencia sanitaria, la relación para-social alcanzó un paroxismo de intensidad: no sólo hubo una gran frecuentación de los personajes ya conocidos en los programas periodísticos, sino que se unió a ellos un elenco nuevo y semi-estable: científicos del GACH, médicos de diversas especialidades aparecieron ritualmente junto a miembros del gobierno cuyo rostro adquirió gran familiaridad para los espectadores. Esta elaborada producción mediática ofició como un impactante cortejo para presentar con la mayor pompa imaginable la entrada en sociedad de un neo-normal decretado o, desde el otro extremo del espectro político, la nostalgia por un neo-real utópico y escamoteado (Parada 2020a,b). Ya no se trataría entonces de una enfermedad más que tratar con los recursos sanitarios existentes, sino del ingreso globalizado y compulsivo a un mundo radicalmente otro, donde el significado de las cosas ya no sería el mismo. Por eso es tan central el desembarco masivo y unánime de La Nueva Normalidad o de su alter ego discursivo y político de la Nueva Realidad en los medios de comunicación. 

Una pregunta fundacional de la semiótica peirceana es: “¿cómo es posible captar de modo confiable y verdadero la realidad externa (e interna), si apenas contamos con nuestros falibles y frágiles signos humanos para esa tarea?” (Andacht, 2017). La respuesta de la teoría semiótica realista es que conocer lo real es posible porque nuestra experiencia de cada día posee una tendencia a la generalidad, a volverse inteligible. Eso ocurre así, porque no sólo es real el componente subjetivo, la proyección de nuestras expectativas y errores sobre el entorno, sino que también lo es todo lo que es como es ahí afuera, más allá de la opinión de cualquier persona. Peirce propone la metáfora del arcoíris para explicar la inseparable conjunción necesaria y humana del elemento personal y falible con lo externo objetivo en nuestra experiencia del mundo: “se deduce de nuestra propia existencia (que se prueba por la ocurrencia de la ignorancia y del error) que todo lo que está presente ante nosotros es una manifestación fenoménica de nosotros mismos. Eso no le impide ser un fenómeno de algo exterior a nosotros, tal como un arcoíris es a la vez una manifestación tanto del sol como de la lluvia.” (CP 5.283, 1868). 

Dado que es imposible estar en todas partes, confiamos desde hace mucho tiempo en el reporte que nos acercan amable y comercialmente los medios de comunicación, para poder enterarnos de lo que ocurre en ese mundo ancho pero ya no tan ajeno. Algo llamativo sobre lo cual varios de quienes escribimos en eXtramuros hemos estado reflexionando es la cuidadosa y restrictiva selección o casting de quienes han desfilado reiteradamente desde hace un año por los estudios de todos los canales de televisión local. En esa escena mediática, brillaron por su ausencia visiones o posiciones diferentes de la oficial, de la que responde de forma evidente al método de la autoridad: el Gobierno y el cuerpo oficial de asesores científicos. Previsiblemente, cada medio de comunicación manifestó su predilección por algún especialista o experto en asuntos médicos o pandémicos. Eso constituye un ejemplo del tercer método de llegar a una creencia, el que Peirce denomina “a priori”, y que él equipara al gusto por cierta comida o vestimenta. 

Sin embargo, el único método que merece el nombre de científico, el cuarto en ser descrito en su artículo de 1877, se define así: “Para satisfacer nuestras dudas, entonces, es necesario que un método sea encontrado mediante el cual nuestras creencias puedan ser determinadas por nada humano, sino por alguna permanencia externa – por algo sobre lo cual nuestro pensamiento no tiene ningún efecto, el método debe ser tal que la conclusión final de toda persona será la misma.” (CP 5.384). Ese modo de llegar a conocer algo fue el que brilló por su ausencia en la casi totalidad de los medios de comunicación uruguayos, dada la sistemática exclusión de formas divergentes o disidentes de enfrentar la pandemia, de tratar los más diversos aspectos de la crisis sanitaria. 

Si las cosas reales son aquellas “cuyos rasgos son enteramente independientes de nuestras opiniones sobre ellas” (CP 5.384), entonces ¿qué se buscó durante todo este tiempo al excluir de modo innegable a científicos, médicos, en fin a los expertos que no comulgaban con la visión de los recurrentes invitados? Si el método de la ciencia se basa, como afirma Peirce, en la creencia en una realidad que es como es más allá de lo que un número indeterminado de personas – por ejemplo, científicos o ciudadanos – crean que es, ¿no sería algo favorable para la comunidad el poder enterarse de lo que estos disidentes de la versión oficial de la pandemia piensan al respecto? 

La realidad de la pandemia no podría verse dañada por la colisión o contraste de conocimientos expresados sobre ella. Por el contrario, de haber contado con esos otros especialistas, los ávidos y persistentes espectadores hubiesen sido expuestos a una más completa y cabal comprensión de un fenómeno que afecta la vida del planeta. La sociedad se vio sometida a una decisión político-técnica-empresarial de recibir únicamente los resultados de los tres métodos no científicos para alcanzar un conocimiento y dejar atrás la “irritación de la duda” (Peirce), que es el movimiento de toda investigación, así en la vida cotidiana como en la ciencia. Un ejemplo célebre fue la opción pública y mediática por el método de la tenacidad que permitió seguir hablando largo tiempo del vector Carmela como una supercontagiadora irresponsable que dio inicio a los contagios de Covid19 en Uruguay, cuando ya había más que suficiente evidencia disponible para saber que eso no era cierto. Hacer caso omiso de pruebas es el más básico y menos satisfactorio de los modos para llegar a una creencia confiable en lo real. Y también se abusó del llamado “método de autoridad”, me refiero a la veneración a ciertas figuras de gran renombre en el universo académico local – méritos que están fuera de discusión – pero que no constituye el método más confiable para conocer la realidad. Como dije antes, este modo de fijar la creencia ha sido usado históricamente para construir obras monumentales en la Antigüedad – pero no nos sirve para encontrar la verdad sobre un fenómeno. Su finalidad primordial es el organizar un cuerpo social en base a la obediencia ante figuras autorizadas. 

Llego ahora a mi conclusión provisoria. Admitamos que la realidad está compuesta por tres elementos: un número indeterminado de cualidades absolutas, singulares hechos concretos y últimos, que nos impactan mediante su sorda o ciega existencia e insistencia, y regularidades o leyes generales que permiten conocerla, interpretarla, siempre con un grado de incertidumbre o error, según lo establece el falibilismo peirceano. Si este principio que está en la base de la semiótica realista es aceptado, entonces el acceso que como sociedad hemos tenido a lo real, a la realidad, desde hace un año ha sido parcial, basado en los abordajes tenaz, autorizado y a priori o sesgado. Para que la sociedad uruguaya fuese expuesta a la realidad en toda su cambiante complejidad sería necesario el elemento que brilló por su ausencia, el que permite el crecimiento de “la razonabilidad concreta” (CP 2.34, 1902): “El conocimiento no se identifica con los resultados que provienen de aquel, sino con una admiración ante la realidad” (da Silveira, 2004). La admiración de la que se trata aquí es el sincero esfuerzo por “permitir que el propio objeto en su apariencia nos seduzca, y nos convide a representarlo de acuerdo a una forma que, probablemente, más se adecue a él” (ibid.) 

La admiración de la que se trata aquí obviamente no es la clase de sentimiento que nos inspira una obra literaria o pictórica, sino la actitud capaz de dejar de lado nuestros prejuicios, para así descubrir el mejor modo de representar el agente patógeno que ha trastornado al mundo. Y para conseguir ese cometido no es lícito que de forma espontánea o coordinada los principales medios de comunicación y la propia institución científica a la que se le encomendó investigar esta enfermedad se privaran de modo consistente de voces importantes, imprescindibles que no estuviesen de acuerdo en aspectos centrales o secundarios sobre el mejor modo de enfrentar esta emergencia sanitaria. Ser y ser representado son una sola cosa; hay una continuidad lógica en el mundo entre lo real y sus signos. Esa es la lección sobre la realidad que ofrece la semiótica elaborada durante medio siglo por Peirce, y esa es la lección que podría servirnos hoy para cambiar el rumbo seguido hasta ahora para comprender el alcance de la emergencia sanitaria, y así trascender tanto la nueva normalidad como la nueva realidad. Ni la versión oficial-gubernamental ni la de la oposición nos ofrecen garantías suficientes para hacer justicia a la concepción misma de la ‘realidad’, que “implica esencialmente la noción de una COMUNIDAD, sin límites definidos, y capaz de un definido incremento de conocimiento” (CP 5.311). 

Referencias

– Andacht, Fernando. (2017). Una travesía metafórica hacia el realismo semiótico de C. S. Peirce. En Neyla Pardo (ed.) Materialidades, discursividades y culturas. Los retos de la semiótica Latinoamericana. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo

– da Silveira, Frederico Barbosa. (2004). Observe-se o Fenômeno: Forma e Realidade na Semiótica de Peirce. Cognitio, São Paulo, v. 5, n. 2, p. 194-199, 

– Parada, Daniel. (2020a) Nueva normalidad: una nueva forma de dominación

La Diaria, Posturas 5 de mayo de 2020 

https://ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2020/5/nueva-normalidad-una-nueva-forma-de-dominacion/

– Parada, Daniel (2020a) La nueva realidad nos convoca a un compromiso con la transformación, La Diaria, Posturas,  3 de junio de 2020

https://ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2020/6/la-nueva-realidad-nos-convoca-a-un-compromiso-con-la-transformacion/

– Peirce, C. S. (1931-1958). The Collected Papers of C. S. Peirce. Vol. VII-VIII. C. Hartshorne, P. Weiss & A. Burks (eds.). Cambridge, Mass.: Harvard University Press. La obra de Peirce es citada del modo convencional: x.xxx corresponde al Volumen.Párrafo en esta edición. 


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